Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Thomas Astruc.


Wishmaker


¿Cuándo había sido la primera vez que había soñado? ¿Cuándo recordaba aquellas memorias? ¿Hacía más o menos 15 años? ¿Desde que recordaba que había gateado por primera vez?

¿Qué era soñar?

Entre la nebulosa del hechizo que avanzaba rápidamente para atacarlo, se preguntó, por unos segundos efímeros, qué era tener un sueño. ¿Qué era querer algo desde pequeño con tanta fuerza que sintieras que te consumes de lo mucho que lo piensas y anhelas con que se haga realidad a largo plazo? Los sueños, sueños son, pero cuando los tienes, a veces sabes que quizás no pueden pasar y estás bien con eso. Algunos sueños se convierten en metas y, en algún momento de tu vida, luchas por hacerlos realidad.

Pero, ¿qué pasa si tu sueño es más bien un arraigado deseo de sumisión que te empuja a hacer felices a tus semejantes porque lo único que realmente anhelas es verlos siempre sonreír…? ¿Qué pasa si, incluso sin darte cuenta, te has arrebatado a ti mismo el derecho de reír por tu cuenta para ser el causante de la sonrisa de los demás?

Entonces, ¿ni siquiera has podido encontrar tu propio ser?

—¿Cuál es tu sueño, Adrien?

El corazón se le estrujó de forma estrepitosa y sus gatunas orejitas se inclinaron apenas. No supo si se trataba de un dolor físico por el golpe del poder del Creador de deseos, o porque lo que su mente acababa de reproducir, era la más tierna e íntima imagen sacada desde el fondo de su subconsciente; un deseo que había tenido desde que abrió los ojos, quizás. Ahí estaba, podía verlo. La sonrisa de papá, mirándolo con una dulzura que ya no recordaba, sonriendo ligeramente con orgullo por tenerlo, brindándole un amor que, al día de hoy, parecía jamás haber existido en Gabriel, como si también se hubiera muerto. A su izquierda, la sonrisa y mirada cálida de su madre le brindaban la paz y tranquilidad que todo niño quiere.

Una sensación de espacio seguro, un hogar. La sonrisa de mamá era como bálsamo, calmaba toda tempestad, apagaba toda hoguera y era el centro de su universo. Emilie era aquel punto mudo en medio de la tormenta, ese silencio perfecto que todos deseamos encontrar cuando, en medio del dolor y las lágrimas, nuestro mundo se cae a pedazos, esos pedazos caen sobre ti y te sepultan. Era esa sonrisa conciliadora que te recuerda que las lágrimas y la tristeza no duran para siempre.

Sus padres lo habían sido todo.

Incluso habían sido su propia vida.

Sus propios… sueños.

—Cuando era un niño, siempre quise ser lo que mis padres querían que fuera.

¿Y qué había sido, después de todo?

¿Era un modelo? ¿Era un esgrimista? ¿Era un bilingüe? ¿Era uno de los mejores de la clase? ¡¿Era el hijo de Gabriel Agreste?! ¡¿Era simplemente un Agreste vacío que no había podido ni siquiera tener sus propios sueños?!

Era un niño que todavía lloraba la muerte de su madre, intentaba a aferrarse de los buenos momentos que conseguía con su padre y observaba la comida fría en una mesa enorme que era casi escalofriante. Era un niño que seguía reglas, que seguía un itinerario, que hacía caso, que intentaba no refutar para mantener la poca estabilidad emocional que parecía mantener su padre después de que Emilie se hubiera ido para siempre. Adrien Agreste anhelaba la libertad de ser Chat Noir cada segundo de su vida, se aferraba al amor que sentía por Ladybug incluso si ella no parecía corresponderlo, él solo quería sentir, quería soñar, quería vivir. Quería experimentar el exterior de las enormes paredes de su habitación y entender por qué una pareja de enamorados reía tan genuinamente mientras se comía un helado y veía el sol ponerse.

¿Qué había fuera que podría ser tan bueno como para ser… feliz?

Y, después de todo, el único sueño de Adrien, a esas alturas de su vida, era, paradójicamente, tener libertad para soñar.

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Esto es un descargo de sentimientos, una reflexión que hice de Adrien después de oír sus palabras y que le dedico a Bogaboo porque literalmente fui a llorarle a WhatsApp cuando se estrenó el cap xd.

Sigan en lo suyo.