Estamos solos bajo la inmensa oscuridad de la noche, caminando hacia ninguna parte. La gélida brisa acaricia nuestros rostros, mi rebelde mechón dorado roza mi sien para volver a descansar sobre mi frente. A mi izquierda estás y puedo apreciar que tu delicado y bello perfil se dibuja en la luz.
Pero te veo tan callada, con un semblante triste, melancólico. Estoy impactado por como aún sin una sonrisa eres capaz de verte tan hermosa, aunque te ves mucho mejor estando feliz.
Miro al frente esperando que no hayas notado mis ojos sobre ti, y seguimos en silencio. Quiero decir algo, pero no puedo, no encuentro la forma de iniciar el diálogo. Es posible que tú tampoco puedas hallar las palabras, las que simplemente no pueden fluir.
Y por alguna razón, es como si resultara inevitable el perderse en el umbral de nuestros recuerdos, reviviendo una y otra vez solo lo más tristes del ayer. Y sé bien que por eso mismo no estás aquí, pues tu mente carga con una cruz de tus penas diarias.
—¿Tengo algo en la cara, Hunter? —Preguntas de la nada, sacándome de mis pensamientos de forma abrupta y cortando el silencio cual daga de hielo.
Parece que te volví a ver y ni siquiera me di cuenta. Suspiro y clavo mi mirada al frente, armando con torpeza mi oración.
—Nada, jefa —no, no tienes nada. Solo te veo porque es imposible para mí el apartar mis ojos de ti. Todo lo que tengo que hacer es convencerte de que te quedes—. Solo he tenido en mente esa idea que tienes… la de irte del Aquelarre.
—Me iré, Hunter. Esto era lo que deseaban mis padres, no yo —respondes sin verme, presenciando como tus labios se enmarcaban en el brillo azul de la luna.
—Amity —llamo por tu nombre y no por tu nuevo rango—, aunque no lo creas, las cosas en el Aquelarre han cambiado desde que llegaste. Tú eres realmente fuerte.
Por primera vez en nuestra caminata nocturna, giras tu rostro para verme. Ojos grandes y brillantes bajo la oscuridad de la noche, tan dorados y profundos. La humana tiene razón en quedarse hipnotizada viendo aquellos preciosos orbes.
—¿Tú lo crees?
—Definitivamente. Eres la bruja más fuerte que él conocido, aunque seas pequeña y aparentes fragilidad —digo con una pequeña sonrisa, con la esperanza de verme algo mejor. Soy tan feo que creo que mi aguileña nariz, mis cejas desprolijas, mis marcadas ojeras y mi cicatrizada cara se ven mucho mejor detrás de mi máscara.
Pero, aunque mi máscara esté intacta, aquella que puedo ver en mis manos, tan limpia y pulida con su característico color oro. Esa máscara en realidad ha sido destruida.
Pues tu mirada me encontró y fuiste tú quien acabó con mi falsa realidad. Porque desde ese instante en que decidí vivir mi vida a tu lado, mi mundo de mentiras se deshizo frente a mí. Pretendí pura fortaleza y oculté toda debilidad, volviéndome una persona totalmente distinta.
—Me alegra entonces haber encontrado la verdadera fuerza —dices sonriendo, y sé bien en que piensas… o en quien—. He sido salvada por alguien tan brillante y persistente, Luz nunca se rindió conmigo por alguna razón que desconozco.
—Luz te salvó a ti. Y Amity, yo… quiero que sepas algo —anuncio desviando mis ojos a otro lado, evitando verte. Te puedo ver de reojo y noto que tus ojitos expresan pura curiosidad.
A día de hoy, me sigue pareciendo imposible pensar que esa niña ruda y tan alerta sea la misma a quien hoy considero amiga y algo más. Eres una brujita tan tenaz, inteligente y fuerte, sin perder tu toque delicado y elegante.
Aunque no debería ser tan sorpresivo para mí, tú me ofreciste tu pequeña mano. Tus ojos brillaban cual dos soles y tu sonrisa era un perfecto rastro sobre el lienzo que es tu rostro. Y tontamente rechacé tu amabilidad en aquella ocasión, obsesionado por la estúpida postura del tirano que es mi tío.
—Quiero que sepas que me ensañaste algo que antes desconocía —comienzo antes de tragar algo de saliva y continuar—: para alcanzar la verdadera fuerza, tenemos que empezar por aceptar nuestra debilidad y, al menos en mi caso, encontrar algo que quiero proteger - finalizo sonriendo torpemente y mirando para abajo.
Mi querido Red, quien está en mi hombro derecho, frota su suave y emplumada cabecita contra mi mejilla, justo por la zona de mi horrible cicatriz. El pequeño bribón me está dando ánimos, a pesar de que no hay esperanza para mí.
—¿Estas diciendo que quieres proteger algún tipo de ideal? —Cuestionas interesada.
—Jefa, lo que te quiero decir es que yo quise luchar por ti, y quiero seguir así, porque eres mi más grande amiga Amity, y yo no quiero que te vayas —admito por fin.
Tu semblante cambia. Tu mirada se expande por el asombro, y se entrecierra con pena mirando al suelo. Puedo ver como sostienes con fuerza el báculo en tus manos, con tu pequeña pero letal Señorita Otabin reposando inerte sobre su punta.
—No me puedo quedar, Hunter. Te quiero y eres mi amigo, pero no puedo estar aquí —dices en tono suave y decepcionado.
—Pues… ¡Iré contigo! —Suelto de la nada—. Amity, tú eres quien hizo que las cosas en el Aquelarre cobraran sentido para mí. Eres mi más grande e importante amiga, porque cuando llegaste estaba en las sombras… —expongo tratando de verte a los ojos.
—Mi amigo… —susurras con pena por lo que oyes, aunque logró ver como esbozas la más cuidadosa y comprensiva sonrisa que he visto en mi vida. Pequeña y dulce, perfectamente adornada con ese rosa pálido pero marcado de tus labios.
—Te conocí, iniciamos terriblemente mal, pero las circunstancias te han llevado al Aquelarre, te encontré de nuevo y hemos estado juntos desde entonces —comento al mismo tiempo que me paro frente a ti para detener nuestra caminata y verte directamente. Veo que asientes con la cabeza y sigo—. Y yo… yo siempre voy a atesorar el tiempo que pasamos juntos en esos bellos días, Amity, yo nunca había sido tan feliz en toda mi vida hasta que llegaste tú —confieso dejar escapar una pequeña risa nerviosa al final.
Me siento más vivo que nunca al oír tu risita tan dulce al oído. Mantienes tu sonrisa, aquella que me gusta pensar que es solo para mí, aunque sé muy bien que, en realidad, pertenece a alguien más…
Lo sé desde el principio, tu felicidad es de Luz, es gracias a ella. Y la mía es gracias a ti.
—Hunter, yo debo decirte que también eres mi más grande amigo desde que me separé de Willow… es decir, he vuelto a estar con ella y Gus es bastante divertido e interesante, pero…
Te tomas unos segundos para pensar, y yo apenas me doy cuenta de que hemos podido mantener un diálogo cuando al inicio estábamos en completo silencio. Pero era uno lleno de paz y comodidad, y sé que igual lo pudiste sentir.
—Tú eres especial, mi hermano… —hablas por fin—, realmente eres el amigo que en todo camino y jornada está siempre conmigo. Y a pesar de que la vida ya te ha hecho un hombre, tú aún conservas el alma del niño que en realidad eres —dices con una calma tan contagiosa. Siento que floto, que poco a poco me acerco más y más a las estrellas, las mismas que te encantan—. Me has dado tu amistad, respeto y cariño desde que abriste tu corazón, Hunter, y te lo agradezco demasiado.
—Amity —te llamo en un susurro. Tu nombre hace que mi labio inferior roce con delicadeza mis estropeados dientes, después mi boca se cierra y se abre con suma suavidad y al final, mi lengua viaja a acariciar mi único incisivo. Hasta yo puedo ser el más elegante de los cisnes con solo llamarte—, tú me salvaste.
Mi vida dio un vuelco a causa de ti, solo por ti. Sostengo tus delgados hombros en mis manos, mientras que tú alzas tu rostro para verme.
Y puedo sentir como algo diminuto y húmedo se resbala por mi mejilla derecha, viajando lentamente por mi pómulo y bajando con mayor rapidez para ir por el sendero que es mi cicatriz. Era una lágrima que derrame, igual que una estrella fugaz, un cometa.
Al menos yo puedo apreciar como la tenue luz de la luna se apaga más y más, y aunque al final no soy capaz de descifrar si siento lamento o felicidad, yo al final solo me dejo llevar…
¿Quién podría pensar que en ese físico fornido y marcado por la batalla se esconde una gran bondad? Porque es así, tienes un ser de luz que habita en tu interior.
Pero en tu rostro pálido, aquel rostro tosco del que sobresale una nariz romana debajo de dos ojos sangre tan penetrantes, con esas bolsas de estrés y angustia que te han impedido dormir como es debido, tus gruesas cejas descuidadas y la huella de una herida en tu mejilla… ese rostro hoy lo veo lleno de aflicción.
Porque yo si pude apreciar como tu gotita de dolor se derramaba para caer y extinguirse en la tierra. Esa imagen tan vulnerable de mi hermano del alma se quedará siempre conmigo, pues no se trata del exterior, es lo que habita en tu interior.
Así es, Hunter. Aunque aparentes frialdad, sé bien como eres tú en realidad. No hay quien te conozca igual…
—¡Cuidado! —Gritó el mayor tomando el pequeño cuerpo de la brujita entre sus brazos.
Red voló sobre los dos viendo la escena con gran confusión, y la Señorita Otabin se restó inmóvil en el piso.
El chico le dio fácilmente la vuelta a la contraria y, de la nada, Amity sintió como el ser de Hunter se volvía más y más pesado, como si fuera a caer.
Y así fue, el de pelo dorado se la llevó al suelo, quedando justo encima de ella. Amity apartó a su amigo a un lado y recuperó la compostura rápidamente para verlo. Sus ojos cerrados y sus labios ligeramente separados fueron lo primero que notó en su cara.
El sonido de un disparo acaba de dividir nuestra noche en dos… No, me niego a creerlo. Te sacudo una y otra vez, grito con fervor tu nombre, pero no responde, no sientes mis manos sobre tu ropa, no oyes mi voz, y te alejas más y más de mi.
No quiero creer en la evidente realidad, pero es obvio que el aliento del adiós ha hecho más pesado el ambiente. Pero no me quiero despedir de ti, no aún, porque sé bien que ninguno se quería separar del otro.
Hunter, mi hermano, te hubiera llevado conmigo desde antes. Seríamos todos amigos, junto con Luz hubiésemos sido los más grandes nerds de las Islas Hirvientes; junto con Willow pudiste haber convivido; junto con Gus pudiste armar un dúo de traviesos rufianes…
Pero me encuentro aquí, esperando que todo fuera de una horrible pesadilla de la cual despertaría y contaría a todos como una fea experiencia de sueño, pero… esta es mi realidad.
Mis lágrimas vuelan como los cometas, cometas que se van tan rápido que no pueden escuchar mi deseo, el deseo que no los alcanza. Astros tan efímeros igual que el existir.
Y sé a la perfección quien lo hizo, y si yo fuera tan fuerte como tú creíste, me pararía y haría justicia por ti como tú realmente lo mereces. Más sin embargo, yo me quedo aquí con mi tristeza apoyada en tu pecho.
Y como en un vacío, me pierdo. Red se acurruca en el hueco que hay entre tu cuello y tu hombro, tratando de buscar calor en tu frialdad post mortem.
Ahora tú eres una estrella, sobre el cual voy montada en su brillante y cálida estela. Sin fuerzas, solo me dejo llevar y nos sumergimos en la infinita oscuridad…
