Si hay algo que se puede resaltar de las películas de gánsters, es la más que verosímil representación de la frivolidad de la gente del crimen.
Y ella, como espectadora en primera fila, podía dar cuenta de aquello.

Hablaban de fraude, robo, corrupción y estafas como si de deporte se tratase; todos sentados, fumando un puro o bebiendo un poco de escosés o ron que Sal siempre les ofrecía. Y discutían para decidir a cuál político comprar de la misma manera en que un grupo de amigos común y corriente discutiría qué tipo de comida pedirían para la cena.
"Henderson", decía uno (no recuerda su nombre), "la gente lo ama y él se deja manipular como si nada". "No, no", interrumpió Toni, "ese será el primero en hablar. Sandoval, mejor". "Nah", intervino Pete, "Nunca hace caso. Wegel: su mamá es esposa de mi tío. Así será más fácil".

Era asqueroso.
Tanto por parte de los compradores como por los que se dejaban vender al mejor postor. Sin embargo, y solo si ignoramos los millones y millones de dólares que juntos le robaban al país, supuso que de alguna u otra forma era tolerable.

Pero cuando se trataba de acabar con la vida de otra persona, ese aire de trivialidad mágicamente desaparecía.

Siempre trató de ignorar los comentarios que escapaban del despacho, viajaban por los pasillos, subían las escaleras y se colaban en su habitación. Por más secretismo que habían en estos —ellos se tomaban el asesinato muy en serio, ejecutados solo y únicamente con la autorización de Sal o, en algunos casos, la de Toni—, usando metáforas y eufemismos para las palabras claves, había que ser idiota para no darse cuenta de lo que "enviarlo a Fondo de Bikini", frase usada por el que era padre de una niña de cinco años, significaba.

Por todo lo contado, cuando al pasar cerca de la reunión de cuatro hombres (encabezada por el don, obviamente) alcanzó a distinguir la frase "los cafeteros mandarán a dormir al chico mudo", descartó por completo la opción de analizar lo que en realidad eso quería decir.
Fue solo cuando, echada de espaldas en su cama y sin nada mejor que hacer y con la única intención de no caer en un sueño profundo, se dispuso a hallarle un significado.

Era más que obvio lo que "cafeteros" significaba; no sería la primera vez que acuerda una breve tregua con una organización enemiga para conseguir algo a su favor. Así que no hubo mucha ciencia en aquello.
Le trajo más preguntas el objetivo.
De seguro se trataba de un miembro de alguna familia rival. Los Forelli, apuesta. Aunque es un poco extraño que lo llamen mudo, los mafiosos siempre son tan callados que no puede evitar preguntarse qué clase de parámetros habrán usado para distinguir a un mudo de un mafioso promedio... Y sin duda tenía que ser alguien importante, no estaría planeando nada de ser lo contrario... También es curioso que lo llamen chico, las personas que son lo suficientemente trascendentales como para perder la vida por orden de Salvatore Leone deben rondar, por lo menos, los cincuenta... Chico mudo...

Se incorporó de golpe en la cama.

—Viejo de mierda —murmuró entre dientes.

Sujetándose de la barandilla y yendo lo más rápido que pudo, bajó las escaleras y corrió hasta la entrada del despacho. Sal estaba de perfil, con una mano apoyada sobre el escritorio de caoba y hablando por teléfono.

—Sí, sí... El auto ya está ahí... Llamaré al chico en un rato...

—¿De qué hablas?

El hombre la miró un segundo, con el único fin de percatarse de quién se trataba seguramente, y, de la misma forma que actuaría si fuese un insecto caminando sobre la puerta, volvió a la conversación.

—Sí... Donde Luigi-

El teléfono fue arrancado de su poder y puesto sobre la mesa.

—¡Te hice una pregunta, Sal! —estaba a menos de un metro del mayor—. ¿De qué hablas?

Leone, con el ceño fruncido y una mueca de incomodidad, se acariciaba el puente la nariz.

—Ahora no, María, estoy-

—¡Chico mudo! ¡Los escuché hablando esta tarde! —se paseaba por la habitación al mismo tiempo que su voz se alzaba con cada paso—. ¿¡Acaso planeas matarlo?! ¿¡Al nuevo!?

—María, esto no te incumbe.

—¡Claro que sí! ¿¡Cuál es tu puto problema!? ¿¡Qué hizo para que quisieras matarlo!?

—Sabes por qué...

En la mente de la más joven no tardó en aparecer la imagen de un hombre afroamericano bajo con horrible gusto en moda.

—¿¡Es en serio!? ¿¡Te das cuenta de lo —llevó el índice a su propia cabeza— psicópata que suenas!? ¿¡Vas a matarlo solo porque un tipo te robó hace nueve años!? ¡Estás enfermo! —Y sin esperar una respuesta, se dio media vuelta y desapareció de la habitación, ignorando al hombre que la llamaba.

—¡María! ¡Vuelve aquí!

Al llegar al primer peldaño, Sal, viendo el gran esfuerzo físico que tenía en su delante, tuvo que tomar aliento antes de emprender el viaje en busca de su esposa, deteniéndose a mitad de camino para, por segunda vez en el día, inhalar y exhalar suavemente.
La encontró de espaldas en su propia habitación —hacía años que no compartían una—, apartando la ropa colgada del clóset y buscando algo con la suficiente urgencia que cualquiera creería que su vida dependía de eso.

—Es por seguridad... Sabes que desconfío de todos, especialmente de los no-italianos.

—Estás paranoico —dijo, con una calma que contrastaba la agresividad de hace unos momentos, sacando de la oscuridad del armario una maleta que, a juzgar por el esfuerzo de la mujer, parecía que ya tenía el contenido listo.

—¿¡Qué pasa si nos roba, eh!? —gritó—. ¡Si nos traiciona como una puta rata!

—Hasta donde yo veo, Sal —explicó mientras abría la maleta y observaba el contenido—, tú eres la puta rata.

Satisfecha con lo que encontró ahí, la cerró.

—¡No dirías eso si me quitara todo el dinero!

María llevó la maleta a su hombro y, evitando cualquier tipo de contacto visual con su esposo, caminó a paso resignado hacia las escaleras.

—Ya no quiero tu dinero, Sal...

Leone la dejó pasar.
Volvería de todos modos. Siempre lo hacía.

Cuando ya estaba por llegar al último peldaño, con los ojos de Salvatore siguiendo el recorrido en todo momento, el hombre quiso, antes de que otros problemas más importantes se robaran la atención de su mente, matar su curiosidad.

—¿Por qué te importa, de todos modos?

Fue ignorado.

Una risa sin gracia se produjo en su boca y un resoplido escapó de su nariz.

—¿Qué? ¿Ya te lo follaste?

Como si hubiese detonado una bomba, María, retornando a la furia del principio de su discusión, se detuvo de imprevisto, justo cuando ya había tocado el suelo de la mansión. Pero al mirar a Sal, la ira se había transformado (en algún punto en medio de esas dos acciones) en una sonrisa burlona.

—Te habías tardado mucho —dejó la maleta en el piso—. ¡Me descubriste! —exclamaba de manera dramática, llevando la mano al pecho—. ¡Hicimos el amor en el asiento trasero de tu limosina una noche de noviembre y teniendo a la luna llena como testigo de nuestro pecado! —el dorsal de su mano acariciaba su frente en un intento de imitar el gesto tan característico de las pinturas renacentistas—. ¡Cómo mi corazón anhela su presencia! —su espalda chocó contra la pared más cercana—. ¡Y mi alma, lo prohibido! —finalizó con un suspiro exagerado.

Sal rodó los ojos. Y María, como acto final, transformó su diestra, con protagonismo del dedo del medio, en un "vete a la mierda".

—¡Vete a la mierda, Salvatore Leone!

Tomó su maleta y emprendió el viaje hacia la salida. La casa se quedó en silencio durante un minuto entero, con su dueño permaneciendo inmóvil.

Pero sí que eres un completo idiota de mierda, Salvatore Leone, pensaba, esto es toda tu culpa; esto te pasa por casarte con una mocosa.

Bajaba lento, quejándose un poco en el proceso, más por lo agotador de la reciente escena que por el esfuerzo en sí.

Oyó la puerta abrirse.

—¿¡Y sabes qué!? —la voz venía desde la entrada.

—¿¡Qué!?

—¡Él no necesita la pastilla azul!

Podría jurar que todo Liberty City escuchó el portazo que sucedió a continuación. Rezó, además, para que las ventanas que ahora mismo temblaban cesaran su movimiento y no se rompieran en pedazos.

—Tsk.

Por fin pudo llegar a su escritorio. Recordó que María, en medio de su ataque maniático, había dejado el teléfono sobre la madera pulida.

Lo tomó. Para su sorpresa, mejor dicho, para sorpresa de cualquier otra persona —nadie con suficiente inteligencia le colgaría el teléfono a Salvatore Leone—, la llamada seguía ahí.

—Sí... Llamaré al chico.