POR REGINA:

El temblor y el desgarrador grito que ella había liberado cesaron, nos despertamos en el suelo luego de un posible desmayo colectivo, el silencio reinaba en la casa, no se oía siquiera el aleteo de una mosca. Una sensación en mi interior me dijo que algo andaba mal, muy mal.

Sin esperar que Emma, Henry ni nadie se levantara del suelo, corrí escaleras arriba, todavía no me cuadraba en la cabeza ¿Como era posible que de un momento a otro, hubiéramos pasado de estar Megan (la reencarnación de la legendaria Morgana), Emma y yo, tratando de explicarle a nuestra hija que y quien era, a Estar inconscientes en la planta inferior de nuestra casa?.

Abrí la puerta de la primera habitación que estaba en el pasillo...la peor pesadilla que pude haber tenido se presentó ante mis ojos: La cama estaba intacta, sin señales de que alguien la hubiera ocupado, no me importaba si no encontraba a esa maldita mujer en el cuarto, pero ella era otra cosa, era mi hija. Toqué las sabanas y las encontré frías...sin su aroma ni una sola arruga...no...no podía ser cierto.

Abrí bruscamente las puertas de madera del closet, estaba vacío, las perchas de plástico sin uso alguno colgaban inertes en su soporte, tiré los cajones de sus sitios, también sin ninguna prenda, ni siquiera su bolso de viaje, nada, ni su silla, ningún indicio que me dijera que mi pequeña estaba ahí.

Mi vista se nubló, producto de las lagrimas que luchaban por salir de mis ojos, mis dientes castañeteaban y como si algo o alguien me hubiera golpeado las rodillas caí al suelo sin fuerzas, mis venas se quemaban de puro dolor, mi estomago se contrajo en un nauseabundo nudo, mi garganta se cerró, pero contra eso lo único que pude hacer fue soltar el mismo grito que había oído de ella momentos atrás.

Me la habían arrebatado una vez mas, primero siendo una indefensa bebé, y ahora cuando recuperaba la esperanza de volver a tenerla en mis brazos...se esfumaba hacia quien sabia donde.

Sentí unos cálidos brazos rodeándome por la espalda y cubriendo mi pecho en un abrazo protector que en ese momento no me servia de nada, la quería de vuelta, conmigo, no me importaba que medidas tenia que tomar para recuperarla, pero sabia que Emma, mamá, papá, Zelena, Henry, Mary Margaret, David, ninguno de ellos me dejaría actuar sola, lo sabia con certeza.

-La vamos a recuperar, Gina...te lo prometo-La voz de Emma se oía lejana y distante a mis oídos, sin importar lo pegada que estuviera de mi oreja.

-Ni tu ni yo sabemos donde está-Le respondí ya rendida y cansada-No conocemos su paradero, no puedo sentirla, no sabes si Megan la ha secuestrado o su magia mal reaccionó...siquiera...

-La van a traer de vuelta ¿No es así?-Henry estaba oculto detrás de mi madre aferrándose a ella como si todavía tuviera seis años.

-Claro que si, chico-Emma no era una mujer de soltar palabras en vano, pero en esos momento dudaba fervientemente de volver a ver los dulces ojos de mi pequeña princesa-Tu madre y yo haremos hasta lo imposible por traer a tu hermana con nosotros.

Luego de ese día no hubo minuto que se desperdiciara en nuestra investigación y búsqueda de nuestra primogénita. Pero no importaba que libro o conjuro leyéramos, no encontrábamos respuesta alguna de nuestro predicamento, los libros de mis padres no decían nada acerca de viajes o desapariciones mágicas, era francamente exasperante, ni siquiera sabíamos que hacer o como actuar, hasta que se me ocurrió...necesitábamos hablar con alguien que realmente conociera la magia en su totalidad, pero solo se me vino a la mente una sola persona, y era la ultima con quien quisiera contactar.

-Se que no quieres, Regina, pero Megan ya no está y solo nos queda esa mujer-Me respondió mi madre leyendo mis pensamientos.

Si, ella tenia razón, pero aun sentía la traición de esa hada tan fresca en mi pecho como el hueco que ella tenia en el suyo.

doce semanas pasaron exactamente desde que nuestra hija había desaparecido de nuestro hogar justo en nuestras narices, y yo trataba de evitar esa cita con la verdad y la confrontación con quien creíamos era la respuesta agridulce que necesitábamos.

Era una mañana algo nublada, tanto en el cielo como en mi humor, David y Emma me acompañaban a la comisaría, sentía que no estaba del todo lista para afrontar sola esa sensación de ira y dolor que aun albergaba mi semi ennegrecido corazón.

El hada se encontraba en la celda donde David la había puesto bajo arresto, yo no se veía con esa fortaleza y altivez que tanto la caracterizaba en un pasado, su rostro estaba demacrado, tal vez por la falta de sol, la falta de comida diaria casi escasa, la falta de agua o tal vez la tristeza era por otra razón...la falta de su corazón dentro de su pecho.

Su ropa había cambiado de la elegancia a la hosquedad de la prisión de Storybrooke, que consistía en un simple camisón descuidado que apenas si llegaba por debajo de las rodillas y no cubría los brazos.

El hada apenas escuchar que la puerta del sótano donde estaba recluida, solo se limitó a levantar la cabeza en la dirección del sonido, se encontraba sentada sin ninguna gracia sobre el catre donde dormía en esa celda de un metro cuadrado.

-Veo que se te han acabado las cartas de la baraja, Majestad-Me dijo sin siquiera dignarse a verme a la cara-Sé que ya no está, hace tres meces que dejé de sentir su aura-prosiguió limitándose a ver sus manos caídas, colgadas de sus muñecas.

Sin miramientos hice aparecer el cofre que contenía su corazón entre mis manos, el órgano vital brillaba en su interior, esperando que alguien lo sacara de su cautiverio sintético y lo devolviera al sitio donde pertenecía, pero esa no era mi idea. Abrí la tapa de su caja y se lo mostré.

-Si no quieres que lo aplaste justo en frente de ti, nos dirás lo que realmente necesitamos oír-Le dije apretando entre mis dedos su corazón palpitante y viendo como se doblaba de dolor mientras se agarraba el pecho haciendo una mueca de terror.

Una vez deje tranquilo el órgano que tenia en mi mano, ella se tranquilizó, se irguió y tomó los barrotes que la separaban de nosotros.

-Tu sabes la respuesta, Majestad, pero el sacrificio es muy grande, tal vez nunca vuelvas a ver a tus seres queridos-Al momento de soltar esas palabras, lo comprendí, tenia que viajar a donde ella estaba...pero solo conocía un método que fuera eficaz sin usar magia...y solo uno podría usarlo, sin garantías de retornar.

-Me la arrebataste por quince años, maldita luciérnaga, no creas que no haré hasta lo imposible por recuperarla-Emma no comprendía, y David estaba un poco distanciado por temor a mi repentino cambio a lo que alguna vez fui en el Bosque Encantado. Solo yo sabia donde estaba ese artefacto y con o sin permiso de mi familia lo usaría para volver a ver a mi niña.

-¿Regina? ¿De que está hablando?

-El primer árbol de magia pura, es un portal-Emma asintió todavía buscando que continuara-...pero solo puede ser usado una vez...por una sola persona.

-¡¿Que que?!-Sin dejar que replicara ninguno de los dos, me envolví en una nube de humo y me aparecí en mi mausoleo, sellé las puertas con magia y me desplomé contra ellas.

Si, era cierto que tenia miedo, estaba asustada, aterrada de la idea de aceptar ese viaje, pero también, el pensamiento de no volver a ver a mi familia, me acojonaba, no volver a tener las conversaciones que solíamos tener con Mary Margaret, no compartir las tardes de gimnasia con David, no volver a ver a mi pequeño príncipe, no verlo crecer y terminar la primaria, acompañarlo en la secundaria, verlo graduarse e irse a la universidad...Pero lo peor era la posibilidad de no volver a estar con la mujer que llegó a robarse mi corazón y ganarse mi amor, no volver a ver sus ojos brillar cuando sonreía solo para mí, no oir nunca mas su hermosa risa, no compartir jamas esos hermosos momentos que era solamente nuestros.

No sabia que hacer realmente, estaba en una encrucijada, por un lado mi pequeña estaba quien sabia donde y era mi deber como madre encontrarla y traerla de vuelta con su familia, pero también estaba el problema que ese árbol no tenia un segundo portal y volver era como encontrar una aguja en un pajar...por primera vez en mi vida, el liderazgo y la habilidad de tomar decisiones sabiamente no me acompañaban...solo la mínima corazonada que sentía en el fondo de mi garganta y en medio de mi pecho.