Libro I

Capítulo II

"El conejo blanco"

Aquella tarde de invierno; la nieve había caído la noche anterior sobre la ciudad de Domino dejando una capa blanca cubriendo el paisaje. Sus días transcurrían, aburridos y predecibles en el orfanato junto a su hermano menor, Mokuba; pero aquella tarde fue diferente. Mientras jugaban en el patio; Moki, como llamaba a su hermano, encontró una madriguera con un pequeño conejo blanco en su interior. Le costaba entender como un fenómeno meteorológico y ese simple animal alegraron su mundo, aunque sea por poco tiempo. Por poco tiempo... El diminuto animal, ajeno a los peligros del mundo externo a su madriguera se aventuró mas allá de las rejas que separaban el orfanato de la calle; donde los perros callejeros, famélicos por el frio se abalanzaban sobre cualquier criatura errante que anduviese.

El gruñido puso en alerta a los dos niños que corrieron hacia el refugio de su pequeña mascota. El pobre animal, con sus últimos rastros de vida, se arrastró hacia su madriguera dejando un camino de sangre tras él; en un intento de protegerse de las mandíbulas del canino.

Ante los ojos llorosos de Mokuba; Seto sacó en sus brazos al pequeño mamífero. Una brutal herida en su estomago selló su destino: el conejo estaba muerto.

Después de lo que ocurrido; no pudo simplemente deshacerse de su compañero; así que envió a Mokuba a su habitación mientras él hacia lo humanamente posible: enterrar al conejo en el patio de juegos.

Comenzó a cavar la fosa que contendría el cadáver; una tarea acongojante, aun para él, que nunca había demostrado demasiado interés en los animales o tal vez era la felicidad de Mokuba lo que hizo que demostrara sus respetos hacia tan insignificante roedor.

―¡Oye! ¿Puedes pasarme mi balón?

Una voz infantil lo sacó de su tarea. Un niño como de su edad, vestido de sweeter y pantalón negro, botas de nieve, abrigados guantes de felpa purpura haciendo juego con una bufanda y orejeras de idéntico color. Pero no era la vestimenta lo que llamaba su atención sino esos rebeldes cabellos tricolores que desafiaban la gravedad y esos altivos, orgullosos, a la vez inocentes y peculiares ojos color rubí. El niño se había subido a la tapia que separaba el orfanato del hospital de Domino y esperaba que él le devolviese su extraviado balón.

Seto dejó su quehacer un momento, tomó la pelota roja y se aventó al extraño niño.

―Gracias ―exclamó el niño recibiendo la pelota en sus manos.

Seto no dijo nada y regresó a su labor.

―¿Qué estas haciendo? ―el pequeño ojiazul había despertado curiosidad en él.

―Nada que te importe ―respondió Seto.

―¡Que carácter! ¿Tus padres no te enseñaron modales? ―reprendió a su par.

Seto tragó fuerte ante el desafortunado comentario que decidió ignorar.

―¿Que tienes ahí? ―preguntó el ojirubí, señalando la manta que envolvía al finado mamífero; otra vez intentado conversar con el castaño.

―Un conejo...

―¿Puedo verlo? ―preguntó entusiasmado. Siempre quiso ver un conejo.

Seto se encogió de hombros y el ojirubí terminó de trepar la barrera que los separaba para cruzar del lado que el conejo estaba. Pero la expresión alegre y entusiasta del ojirubí se desvaneció instantáneamente cuando reveló el desagradable contenido de la manta.

―No era lo que esperabas ¿o si? ―sonrió irónicamente el ojiazul. Eso le ensañaría a no ser tan entrometido.

―¿Eres cínico o que? ―replicó furioso el otro niño.

―Si no te gusta, no deberías meter las narices donde no te llaman ―retrucó Seto.

―¿Acaso me estas diciendo entrometido? ―preguntó ofendido el ojirubí.

―¿Qué acaso eres psíquico también?

―¡Eres un arrogante! ―gritó apretando sus puños.

―¿Y por qué sigues aquí, entonces? ―preguntó lo obvio. Aun no entendía porque permanecía ahí después de sus evidentes intentos de deshacerse de él.

―Porque... porque... no sé. Algo me dijo que tenía que venir... ―se quedó pensando― y me han enseñado que tengo que hacer caso a los presentimientos ―dijo escondiendo sus manos tras su espalda como recitando obedientemente la lección― Es como una … una... "ción", "división", "maldición" o algo así ―trató de recordar el nombre del don que su madre reconoció en él.

―¿Maldición? ―preguntó confuso Seto. Ese niño era extraño hasta en su modo de expresarse.

―Bueno, es un don ―recordó― aunque no sabría explicarlo ―dijo tímidamente escondiendo su falta de conocimiento o memoria.

―Una maldición no es un don ―aclaró y volvió a su tarea tratando de dar por terminada la charla que no llevaba a ningún lado.

―Algo me dijo que tenia que conocerte este día.. en este momento. Que habría alguien que necesitaría de mi ―continuó explicando porque no se decidía a dejar solo al pequeño ojiazul.

―Bien, pues pierdes tu tiempo. No necesito nada de ti. Y este conejo tampoco me importa mucho... es solo que... era de mi hermano. No puedo simplemente desecharlo e irme...eso lo podría triste.

―¿De tu hermano? ―

El ojiazul continuó cavando en silencio.

―No me caes bien ―se sinceró el ojirubí con inocencia en su voz― pero me da lastima tu hermano. Yo también tengo uno; y no me gusta verlo triste ―confesó solemnemente.

Lentamente, el pequeño de cabellos tricolores tomó en sus manos la manta que contenía el cuerpo sin vida del conejo.

―¿Qué vas a hacer? ―preguntó incrédulo.

El pequeño ojirubí se quedó meditando un segundo en silencio― Si lo hago, me desmayaré... ―recordó un poco indeciso y miró de reojo al castaño― ¡No te atrevas a reírte si me desmayo! ―gritó haciendo un berrinche.

―¿Por que irías a desmayarte? ―preguntó el otro sin comprender.

―Mi madre me enseñó un truco.

Acarició un poco la superficie de la manta y, ante la mirada incrédula del ojiazul, susurró unas palabras al fenecido animal como quien recita en un hechizo a escondidas de los demás

Los segundos transcurrieron en silencio...

La manta tímidamente comenzó a moverse.

El castaño no podía creer lo que estaba presenciando. El hocico del animal comenzó a asomar queriendo alejarse de la manta que lo envolvía

No era posible. Ahí estaba... sin un rasguño.

El ojirubí sonrió, débil, pero satisfecho. Dejó al animal sobre el suelo y este, inmediatamente se acercó a los saltos hasta el ajiazul como buscando protección en el mismo.

―Tu... ¿Cómo? ―la mente del castaño no podía creer lo que había sucedido ¿cómo?

Fueron unos instantes cuando Seto vio los ojos carmesí del mas pequeño desaparecer antes de que este cayera sobre la impavida nieve frente a él, inconsciente.

La desesperación se adueñó de Seto, aunque el otro le había advertido que podia suceder, nunca había estado frente a una situación similar. Se arrodilló junto al pequeño brujo, sosteniéndolo entre sus brazos.

―¡Oye! ―trató de despabilarlo golpeando sutilmente la mejilla pálida del somnoliento niño― ¡Despierta!

Los ojos rubí perezosamente comenzaron a abrirse y una sensación de alivio invadió al castaño. De pronto ese niño, entrometido ya no le parecía tan exasperante. Sabia lo que le sucedería si realizaba ese "truco" y sin embargo, lo hizo... ¿por él? ¿por alguien que apenas conocía?

―Tu cabello es gracioso ―bromeó el pequeño ojirubí con una cálida sonrisa en sus labios. Ya estaba mejor.

Seto sonrió fingiendo enojo― Mira quien lo dice ―haciendo referencia al insólito cabello tricolor y en forma de estrella de su compañero.

El otro sonrió de nuevo, esta vez, llevando su mano hacia el rostro del castaño en una ligera caricia.

Ese calido guante de felpa acariciaba su mejilla con una ternura que nunca habia sentido; ni aun en su hermano Mokuba. Se quedó un segundo con su mente en estado de shock. No entendía que había generado ese calor en sus ruborizadas mejillas.

―Ya estoy bien. Puedo levantarme ―pidió un poco de espacio el ojirubí.

―Si, claro ―respondió el castaño.

Saliendo de sus confusos pensamientos, se puso de pie dándole la mano al mas pequeño para que este pudiese incorporarse.

―¡Yami! ¡Ven, nos vamos! ―una voz femenina hizo que pequeño de cabellos tricolores volteara hacia el edificio del hospital.

―¡Ya voy! ―respondió el ojirubí― Me tengo que ir. ¡Fue un placer! ¿Cómo te llamas?

―Se... Seto ―respondió aun obnubilado por los recientes acontecimientos.

―¿Seto a secas?

―Solo Seto.

―Bien, "Solo Seto" ―sonrió―. Me llamó Yami... Yami Emiya, heredero de la Casa Cárdena ―dijo esta última parte con un orgullo que superaba el de cualquier niño corriente. Y eso era, porque él no era un niño común y corriente. De eso podía estar seguro.

Dicho esto, Yami se alejó por donde vino. Perdiéndose bajo una estela de nieve que misteriosamente comenzó a caer del cielo. Nunca mas volvió a verlo.


Esa fue la primera vez que tuvo consciencia de la existencia de la magia y parece que no pasó desapercibida ya que a la semana siguiente; él y su hermano fueron adoptados por Gozaburo Kaiba, quien se hacia llamar Cabeza "Legal" de la Casa Blanca.

Por muchos años, buscó a ese niño... a ese autodenominado: Heredero de la Casa Cárdena. Conocía a la casa Cárdena; a ellos y toda su historia. Era la casa por la cual la anterior Suprema Giovana llegó al poder, pero su heredero no era ese niño. Era otra persona, un tal Yugi Mutou. Aunque no podía negar el parecido físico que guardaban, no eran la misma persona. Por muchos años se preguntó si lo que había ocurrido aquella tarde de invierno no había sido obra de su infantil imaginación, si era posible traer a los seres vivos de la muerte. Con el tiempo y una incasable lectura de libros, descubrió que si, era posible. La Casa Azul era la principal fuente de brujos Blancos, brujos cuyo arte primordial era realizar el balance entre dos o mas fuerzas vitales. Después estaban los brujos nigromantes que nacían de la Casa Cárdena, la casa a la que supuestamente pertenecía este misterioso niño. Los Nigromantes, a diferencia de los Brujos blancos se especializaban en traer a los muertos como, la expresión popular los denominaba, zombies. Eran descendientes de los primeros brujos Vudú, y a pesar de que ambos encantamientos eran poderosos... solo la magia de los brujos blancos era considerada: un milagro; uno de los 7 Milagros. ¿Acaso ese niño era eso? ¿un brujo Nigromante? ¿Un brujo nigromante capaz de realizar un Milagro? Ya habían pasado 10 años y el conejo aun estaba con vida.

―Joven Kaiba, hemos llegado ―

la voz de Isono le indicándole que habían arribado a las puertas de la mansión Bakura. Un castillo de estilo ingles consumido por el tiempo y la humedad.

―Espera aquí ―fue su simple orden.

―Si, señor.

Avanzó hasta la entrada del castillo y golpeó el llamador contra las puertas de gruesa y antaña madera; esta crujió al tiempo que se abría lentamente y una muchacha joven aparecía tras esta. Seto observó la mirada vacía de la mujer: una donante.

―Adelante ―invitó a pasar al Inspector.

"Ayudame..."

Ni bien puso un pie dentro de la casa, una voz en su cabeza lo desencajó. ¿Qué había sido eso?

―¿Sucede algo? ―pregunto la muchacha.

―Nada ―respondió recuperando la linea.

―Bien, sigame.

La chica lo dirigió hacia el salón principal: un cuarto cerrado con una decoración particular: artefactos del antiguo Egipto; entre ellos: dagas ceremoniales, jarrones, papiros, lamparas de oro y un sarcófago que estaba tras la cabecera de la mesa. Y, un símbolo de la familia Bakura: una colección de muñecos vudú en una vitrina.

A la mesa principal, se encontraban 2 jóvenes albinos que Kaiba no tardó en reconocer: Ryu y Akefia Bakura.

―Ah, tu debes ser el Inspector ―dijo el mayor que estaba sentado a la cabeza de la mesa― te esperaba mas viejo pero la expresión ya la tienes ―se burló.

―Por favor, disculpe a mi hermano ―se disculpó Ryu por ambos― es un honor recibirlo en nuestra casa. Tome asiento ―invitó al Inspector a sentarse a la mesa.

Seto, serio, ignoró el comentario de Akefia y tomó asiento en el extremo opuesto a Akefia en una clara muestra de rechazo a la idea de que tan desagradable personaje ocupara un puesto tan importante como podía ser: líder de una de la 7 Casas.

―¿Desea algo para tomar? ―preguntó Ryu

―No, ―respondió seco.

―¿Estas seguro? Ryu hace un excelente té ―preguntó Akefia.

―Creí que la muchacha era la que preparaba el té ―le llamó la atención que uno de los hermanos hijos herederos se dedicara a las labores caseras.

―¿Ella? No, es mi donante. Como podrá apreciar, por poco tiempo; así que prefiero no darle labores elaborados ―comentó Akefia con una sádica sonrisa en sus labios.

Seto, con su aguda visión, inspeccionó la habitación buscando... cosa que no pasó desapercibida para Bakura.

―¿Y bien? ¿Cuánto mas quiere gozar de la hospitalidad de mi hogar? ―preguntó golpeando sus dedos sobre la mesa de oro en señal de impaciencia.

―Bakura, por favor ―retó el pequeño Ryu a su hermano por su falta de cortesía

―No mucho mas ―respondió el Inspector―. Si me permite hablar con el segundo hermano; necesito que me aclare porque renuncia a acceder al puesto de Líder de la Casa Azabache.

―Por su puesto ―se retiró a regañadientes por hacerlo a un lado; pero estaba seguro que Ryu no le fallaría.

―Le ruego disculpe a mi hermano. No es muy afecto a las visitas sociales.

―No hay problema. Ahora, conoce las reglas de la Cofradia en cuanto a los herederos hermanos y francamente... no entiendo ¿por qué no se postula para el puesto? Ser el lider de una Casa no siempre significa tener una habilidad mágica superior; sino la diplomacia con los demás hogares. Es obvio que no es una virtud en su hermano pero en usted...

―No podría hacerlo. No podría desobedecer las ordenes de nuestro padre ―explicó Ryu tristemente sus motivos.

―Su padre esta muerto. La decisión de lo que pase de ahora en mas con su hogar recae sobre ustedes.

―Su deseo era que Bakura siguiera la linea de nuestra familia.

―Aun cuando podría no ser el indicado para continuarla.

"¿Seto?"

Otra vez lo escuchó. Débil pero estaba allí. Llamándolo desde el interior de la casa. Solo una vez había escuchado un llamado así; sabia que era improbable pero debía cerciorarse.

―Debo hacer una llamada ―el Inspector inquirió su deseo de estar solo.

―Por su puesto. Lo dejaré solo ―Ryu se retiró de la habitación.

Seto tomó su celular y llamó.

―Mokuba, ¿qué sucede? ―habló a través del teléfono.

―¿Seto? ¿De qué hablas? ¿Todavia estas en la casa de los Bakura?

―Si ¿Has estado llamándome?

―No, ¿por qué? ¿sentiste algo?

―Si, hay algo en esta casa.

―¿Quieres que le avise a Gozaburo?

―No, puedo manejarlo. Te llamo en media hora.

―Ten cuidado, Seto.

Colgó. No tenia dudas; lo que sea que lo llamaba, estaba en esa casa y ahora que estaba solo; era su oportunidad de investigar el secreto que escondía la Casa Azabache y mas precisamente: Akefia Bakura.

Dio un chasquido con sus dedos e inmediatamente un circulo plateado se dibujó en el suelo con unas runas en su interior. La runa comenzó a dar vueltas a una gran velocidad buscando el extremo opuesto del lazo.

―¿Cómo escondes algo al mejor detective del mundo? ―recordó esa acertijo infantil y, como si supiese la respuesta, la runa se detuvo y palpitó en su interior antes de desparecer: ambos extremos estaban en la misma habitación― Lo pones frente a él. Justo bajo su nariz.

Con cuidado, abrió el sarcófago. Dentro de este, lo que precia ser una antigua momia envuelta en sus mortajas.

―Un buen truco, Bakura ―se sonrió ante la originalidad del brujo para esconder a su esclavo.

Desenfundó su navaja y, rápidamente, comenzó a cortar las cintas que envolvían a la momia. Le costaba creer que había una persona viva bajo esas mortajas y finalmente llegó al origen bajo esos lienzos. La sorpresa lo golpeó de tal forma que tuvo que alejarse para cerciorarse que no estaba equivocado al reconocer al joven frente a él.

―Tu... ―no podía creerlo. Esos altivos cabellos tricolores, esa piel blanca lechosa, esos ojos altivos de inconfundible color... la imagen distaba de aquel niño pero el tiempo no lo engañaba.

―Te encontré, pequeño heredero ―se acercó al paralizado chico para examinar su estado, el cual no era el mejor: sus ojos estaban ciegos, su respiración apenas perceptible, los órganos virtualmente paralizados. No podía imaginar una tortura semejante. El joven estaba muerto en vida; en un estado latente del que no podría salir. Ejecutó un pequeño hechizo para tratar de despertar al joven, sin resultado alguno.

―Vudú ―reconoció la magia negra. Solo había una solución: encontrar el muñeco que controlaba al joven frente a él. Debía estar por alguna parte.

No tuvo que buscar mucho, ya que efectivamente, estaba allí Junto a una colección de muñecos de igual naturaleza; algo le indicó que ese que tomó en sus manos era el indicado. ¿Por qué lo habrían dejado allí?

El muñeco estaba totalmente atravesado por agujas; cada una atravesaba un nervio o un órgano vital de modo que un movimiento en falso podría dejar lisiado al joven o incluso matarlo. No podía imaginar el dolor que habría sentido al ser atravesado

Deshacer sellos fue lo primero que les enseñaron, a él a su hermano, cuando fueron adoptados por la familia Kaiba. Como brujos de la casa Rosenkreuz, su deber era mantener el equilibrio entre las 7 Casas. Pero, Bakura no era un simple brujo negro y había usado un sello mayor sobre el muñeco; cualquier intento de remover las agujas provocaría que estas se incrustasen mas en el joven. Para deshacer el sello debía pronunciar el nombre del joven...y solo tendría una oportunidad.

―Emiya Yami...

El muñeco se deshizo en la nada y las agujas que lo atravesaban cayeron inútiles al suelo, tintineando contra la cerámica.

Un sonido ahogado y el joven se incorporó tragando una enorme bocanada de aire como si sus pulmones pidiesen a gritos por oxigeno.

―Oye, ¿puedes oírme? ―Seto se apuró a revisar al chico.

El cuerpo del joven comenzó a convulsionar sin control. Seto se apartó y una mueca de repugnancia se dibujo en su rostro al ver que el joven, involuntariamente comenzaba a vaciar por la boca el añejo contenido de su estomago. Superando su asco, colocó al ojirubí de costado para evitar que se ahogara con su propio vomito. Era normal, después de haber estado mucho tiempo bajo un hechizo vudú.

Escuchaba al joven toser pero no imaginó lo que haria a continuación. La mano izquierda, temblorosa, del ojirubí se elevó tanteando a su alrededor, debido a su visión oscurecida por el embrujo de Bakura, buscando algo que lo atrajese al mundo de nuevo. Y lo encontró al sentir el rostro de quien tenía frente a él. Tiernamente acarició las facciones del castaño, como un agradecimiento silencioso antes de que sus sentidos se nublaran de nuevo y cayese en la inconsiencia. Habia soñado tanto tiempo con ese momento e internamente, una parte de él suplicaba que fuera cierto, que no fuese otro ridiculo sueño que llenaba sus dias de esperanza.

La fuerza mágica del joven era extremadamente débil pero aun ardía en su interior. Un brujo joven, sin duda. Por eso había sentido esa aura al entrar. Debió suponer que esa muchacha era un ardid. Los Bakura eran maestros de sangre por naturaleza, brujos negros cuyo principal fuente de poder eran sus sirvientes pero... utilizar a un brujo de familia como dador de poder, estaba prohibido. Kaiba dio una nueva mirada al joven. Sus ojos aun permanecían ciegos como si estuviese totalmente ausente; y lo estaba, tardaría mucho tiempo en recuperar el control sobre su cuerpo. Era como si estuviese frente a un cascaron vacío. Rápidamente, haciendo uso del don de la casa Rosenkreuz, los tele-transportó hacia la puerta principal donde fue interceptado por ambos hermanos Bakura.

―¿Adonde vas con eso? No sabia que los de la casa Rosenkreuz fueran unos ladrones ―reclamó Akefia furioso.

―Lamento informarles que él no les pertenece. Es un brujo, como tal y siguiendo la 4ta regla que rige en nuestra Cofradía, no puede estar atado a la voluntad de otro. Eso los incluye a ustedes ―invocó una de las primeras leyes.

―Te equivocas, sabueso. Ese pequeño nos fue dado por su padre cuando tenia 6 años. El niño dado en comodato no tiene derechos, si vive es porque se lo permitimos ―

Seto se encontraba en un aprieto. Si el padre del niño decidió cederlo, estaba ante un vacío. Un conflicto de reglas.

―¿Qué edad tiene?

―15 ―respondió Ryu desafiando los deseos de su hermano, secretamente esperaba que el Inspector encontrara la manera de sacar al ojirubí de su hogar.

Seto quedó en silencio, efectivamente, un vacío. Yami aun no tenia edad suficiente para decidir sobre su magia; sus padres aun eran responsables por él pero... si su voluntad fue cederlo entonces... no podía discutir eso. Aunque tenia varias leyes que lo avalaban al final terminaría perdiendo. Miró otra vez a su indefenso protegido: su figura demacrada, su mirada ausente parecía suplicarle en silencio que no lo dejara. Nunca pensó volver a ver a ese alegre niño de esta forma. Solo una idea se le cruzó y maldijo internamente; ya que por mucho que odiaba a los brujos negros, no estaba en sus planes declararse enemigo de los Bakura. Pero si cruzaba esas puertas llevándose al joven, la "guerra" comenzaría. Debía tomar la decisión pero ¿por qué dudaba? ¿acaso podía ignorar lo que había visto? ¿acaso podía darle la espalda? ¿acaso esa era la manera de devolverle el favor?

―"...y me han enseñado que tengo que hacer caso a los presentimientos..."

La lejana voz de Yami consolidó su decisión. Llevó su mano hasta sus labios y susurró 3 palabras creando un circulo plateado en el pecho de Yami. Sin decir nada mas, tomó al joven en sus brazos y se dirigió hacia la puerta.

―Si te lo llevas, te aseguro que no vivirá mucho más. Lo torturaré hasta que desee la muerte. Sabes que puedo hacerlo ―amenazó Bakura apretando su puño; al tiempo que un ligero gemido de dolor escapaba de los labios de ojirubí demostrando implicitamente que Bakura poseia varios trucos para controlar a su esclavo aun lejos de él.

―Por los próximos días, tendrá la protección de la Casa Rosenkreuz; después veremos.

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¡Holas a todos! aquí con el capítulo 2!

Gracias por sus reviews a RiriSkull, Liss y al anonimo Guest :D

Espero les haya gustado, y no se olviden: hagan feliz a esta little autora y dejen reviews!