Libro I
Capítulo III
¡Quemen al brujo!
El pequeño de ojos amatista lentamente colocaba las velas en las esquinas del pentagrama que dibujó en el suelo de su oscura habitación. En el centro, la tabla Ouija que había adquirido de Jonouchi, y ahora esperaba a que el rubio llegara para ayudarlo en su tarea. Las invocaciones generalmente requerían dos o mas personas debido al grado de peligro que significaba realizarla solo. Mientras terminaba los preparativos suspiró desganado, no podía creer lo que estaba por hacer; él era un brujo nigromante, utilizar una tabla Ouija para hablar con los muertos estaba entre sus últimos recursos, siendo este mas utilizado por los que no tenían habilidad alguna en el área. Los nigromantes poseían infinidad de técnicas para comunicarse con los del mas allá, servus, telepatía, sin mencionar claro, el conjuro "don" de la casa Cárdena que solo una vez intentó realizar con resultados... nada favorables. Eso era lo que mas lo depreciaba, él era el heredero de la Casa Cárdena, sin embargo, las habilidades mágicas que había logrado desarrollar eran bastante limitadas. La única muestra de que era un brujo nigromante, era su habilidad de Mediumnidad, también algo decadente al no poder interpretar bien los mensajes que le transmitían. Su abuelo le había dicho que cuando cumpliese los 16 años y lograse invocar a un servus las voces que escuchaba por medio de la Mediumnidad se aclararían y podría realizar sus labores como Cabeza de la Casa Nigromante dignamente pero...
―¿Yugi?— llamó Aknankanon a su hijo.
―Si, padre —respondió Yugi con su característica sonrisa infantil.
―Tenemos que hablar —cambió el tono de la conversación y Yugi se estremeció al saber hacia donde se dirigiría― ¿Has estado practicando? —algo decepcionado, tuvo que preguntar. La magia no se practicaba, o al menos, no en un brujo de la clase a la que pertenecían. La magia era algo natural en ellos pero en Yugi, podía ser la excepción
—Bueno... pues si —dijo la verdad.
―¿Has avanzado?
―Bueno pues... —dudó, era la parte difícil— no mucho padre —reconoció decepcionado.
Aknankanon suspiró desganado―. Yugi, sé que eres listo; y que no ignoras la situación...
―Lo sé —sabia a lo que se refería; si el Ritual de los 7 se realizaba; seria su deber representar a su Hogar.
―Sabes que tu madre y tu hermano te estarían orgullosos de ti. No nos decepciones; eres nuestro heredero.
―No los decepcionaré —dijo terminando los preparativos para la invocación.
Si el Ritual de los 7 estaba por suceder, no tenia tiempo a cumplir los 16 años para desarrollar su poder; necesitaba respuestas ahora.
En la mansión de los Rosenkreuz; el hijo mayor de la familia miraba a través del ventanal de su habitación. Era una noche pacifica, ya habían pasado 3 días desde que sacó al pequeño esclavo de Bakura de su hogar y ahora, esperaba la decisión de los jefes sobre su destino. El sonido de la puerta al abrirse lo sacó de su meditación y sabia exactamente quien lo había provocado.
―¿Cómo esta? —preguntó sin apartar la vista de la ventana.
―No hemos podido extraer a los serviles de su cuerpo. Su organismo sirve como un nido, los regenera cada vez que intentamos eliminarlos. Los Bakura se aseguraron su posesión sobre este —informó una de las pocas brujas blancas de la casa.
―¿Y su poder mágico?
―No podemos medirlo pero... posee una considerable cantidad. Claro esta que no puede hacer uso de el; no en ese estado —guardó silencio un instante ―Su padre desea hablar con usted, joven Kaiba
El castaño se puso de pie casi de manera instantánea dirigiendo una seria mirada a la mujer —Él no es mi padre —aclaró de mal modo.
Entró a la habitación de su "padre" quien estaba sentado en su formidable sillón, de espaldas a su escritorio de madera, mirando hacia el exterior a través del inmenso ventanal de su oficina. En su mano derecha, su distintivo habano negro que parecía darle aun mas autoridad de la que ya gozaba. Él era la Cabeza Legal de la Casa Rosenkreuz; un cargo algo complicado al entendimiento de las demás Casas pero muy distintivo a la manera fría y analítica que caracterizó a la Casa Blanca. Después de todo, la Casa Blanca no nació como las otras, mas bien fue un mal necesario pero no es momento de hablar de ello.
―¿Y bien? ¿Qué hay de nuestro invitado? —habló Gozaburo con su rustica voz.
―Como si no lo supieras... ―contestó fastidiado. Nada pasaba en esa Casa sin que Gozaburo estuviese al tanto.
―Lo único que sé es que los Bakura nos quieren hacer quedar como unos imbéciles —replicó golpeando con su puño el apoya-brazo de su sillón— Alimentarse de la magia de un brujo para obtener ventaja en el Ritual de los 7 es imperdonable pero... —guardó silencio y giró su sillón de manera de quedar frente a Seto— quizás aun nos pueda servir a nuestro favor ―apoyó los codos sobre la mesa entrelazando sus dedos; Seto conocía esa mirada, un negocio empezaba a gestarse en la mente del empresario― El primer hijo de la Suprema Giovana, seria una excelente adquisición para la familia Rosenkreuz.
―¿De que habla?
―Olvidalo, —no iba a ponerse a explicar maniobras de negocios a Seto, no lo veía necesario, no lo entendería— el Maestro quiere verte.
Entró a la habitación del Maestro de la Casa; un hombre de avanzada edad cubierto en su totalidad por una gruesa capa de seda blanca, con un peculiar dibujo de una cruz cristiana dorada, que no dejaba ver su rostro y cuerpo, mas allá de sus envejecidas manos, su boca y mentón. Nadie en la Casa, jamas, había visto la faz del viejo y nadie se atrevía a aventurar una edad aun cuando los rumores decían que el Maestro había sido el fundador de la Casa Blanca; de ser cierto, su edad superaría los 500 años. Sabia que los jefes de las Casas eran longevos ¿pero tanto? El mayor se encontraba en su sillón blanco, como era de costumbre, rara vez abandonaba su habitación, y al escuchar a Seto entrar por la puerta y acercarse a él alzó su cabeza apenas a verlo.
―¿Cuanto tiempo ha pasado, Seto? —saludó con su voz autoritaria pero a la vez, le dedicaba cierta familiaridad cuando su interlocutor se trataba de Seto.
―Maestro ―saludó formalmente.
―Deja los formalismos. Gozaburo me ha comunicado lo que ha sucedido y lo que piensan hacer ―guardó silencio unos segundos ―. Debo decir que nunca creí volver a ver esa imagen en otro hijo de casa Cárdena
―¿Usted sabe lo que sucedió? ―preguntó conociendo la obvia respuesta. Había cosas que las Cabezas de las Casas sabían y que nunca se daban a conocer.
―Tengo una idea de quien es... ya lo he visto antes. Esa abominable manera de arrebatar la magia a un brujo... ―hizo silencio tratando de ordenar sus lejanos y tristes recuerdos― Lo que voy a contarte, Seto, es uno de los tantos secretos de nuestra Cofradía; secretos que su conocimiento pondría en peligro la fe en nuestras tradiciones mas antiguas. Su nombre es Yami Emiya; el primer hijo de la decimoquinta Suprema y por tanto, heredero de la séptima generación de la Casa Cárdena.
―Entonces ¿es cierto?
―Así es, el hijo que la Suprema Giovana tuvo antes de entrar a la Casa Mutou.
―¿Antes?
―Giovana era una mujer muy especial. Llena de secretos, joven y con un gran poder. Ella no pertenecía a ninguna de nuestras casas; así que para asumir siguiendo el orden del Ciclo Mágico tuvo que "desposar" al entonces heredero de la Casa Cárdena, Aknankanon Mutou.
―¿A qué se refiere con que "no es la primera vez que lo vé"?
―Estos acuerdos entre casas datan de los inicios de nuestra Cofradía. Los Mutou y los Bakura provienen de los primeros escalones de lo que se considera magia negra. Ambas casas comparten un origen muy peculiar. Los Mutou se dedicaron a estudiar la magia mientras que los Bakura se toparon con ella, como lo que se dice... métodos, artefactos de invocación. Pero con la llegada del primer Supremo nacido de la Casa Bakura su magia creció al punto de no responder a sus amos. De esa manera ganaron su libertad y la guerra comenzó entre ambos hasta que se llegó a un acuerdo por el cual la casa Cárdena se comprometía a entregar al primer hijo de cada generación como "resarcimiento" por los años de servidumbre de los Bakura hacia ellos. Y era así, que a la edad de 3 años un pequeño era entregado al clan Bakura; era torturado al punto de la locura, y una vez que su poder era vaciado el ciclo volvía a repetirse. Fue la onceava Suprema, Teana Mazaki, de la casa Azul quien dio fin a ese pacto.
―¿Y por qué esta de nuevo en práctica? ―no tenia sentido; ¿por qué poner en practica algo que ya había sido revocado por una anterior Suprema? ¿Con qué propósito? ¿Por qué a Yami si él no era hijo "legitimo" de la Casa Cárdena?
―No lo sé, Seto. Estos son tiempos difíciles para nuestra Cofradía. Sin un Supremo que medie entre nosotros nuestra existencia penderá de un hilo. Y no solo entre nosotros, existen otros clanes o incluso los cazadores comenzaran a acecharnos. Tal vez, los Bakura desean asegurarse su victoria en caso de que el Ritual de los 7 se lleve a cabo.
―Eso es ridículo. Ya están descubiertos. ¡Ya no esta en su hogar!
―No importa. Tu lo has visto; ¡sabes de lo que los brujos negros son capaces! ―recordó ya furioso por la obstinación de su pupilo.
―Debe haber alguna manera ―se negaba a creerlo.
—Solo hay una opción posible, tu lo sabes y él también lo sabe ―guardó silencio; sabia que no era fácil de oír
—¡No es posible! Usted es el Maestro. Lleva en esta Casa mas tiempo del que cualquiera pueda recordar. Debe conocer otra forma.
—No la hay. Él esta en vísperas de su cumpleaños 16; una vez que cumpla el pacto, los Bakura le arrebataran hasta el ultimo fragmento de magia en su interior; matándolo en el proceso. Aunque sobreviva su mente quedara marcada para siempre; la vida de un brujo, su existencia esta ligada a la magia. Sin ella, se volverá loco y muy posiblemente le espere un destino peor que la muerte. No solo eso; el balance del circulo mágico también esta en riesgo; no podemos siquiera estimar las consecuencias de que Bakura llegue a nombrarse el Supremo haciendo uso de magia ajena ―se detuvo. No había otra opción― Sé que te preocupas por ese chico pero debemos enfocarnos en encontrar al sucesor de Giovana. Esa es nuestra responsabilidad.
Entró a la habitación de huéspedes, ahora ocupada por el exiliado hijo de la Casa Cárdena. Este se encontraba sentado sobre un sillón cerca de la humeante chimenea; encorvado apenas sobre si mismo; como si quisiese mantener la postura ante un dolor que los aquejaba. Se encontraba cubierto por una capa gris encubriendo las aciagas manifestaciones de los serviles dentro de su cuerpo. No reparó en quien entró a la habitación, quizás no lo había escuchado. Seto se acercó; el invitado no parecía tomar consciencia que había otra persona cerca suyo; solo miraba fijo el fuego de la chimenea. El castaño acercó su mano al rostro del menor; no pareció reaccionar cuando de repente la mano de Seto se vio atrapada por las del ojirubí las cuales lo acariciaron suavemente como reconociéndolo
―¿Seto? —habló casi en un ligero susurro.
—¿Puedes verme?
—Solo veo sombras, apenas estoy comenzando a recuperar la movilidad —aclaró liberando la mano del castaño y este tomaba asiento a su lado.
―Me dicen que te pusiste algo tenso en la ducha.
―Lo lamento. Tengo... algo de miedo al agua ¿sabes? —dijo con algo de vergüenza por la revelación.
―Es natural. El agua y el fuego han sido instrumentos de tortura para los de tu clase desde los inicios de la civilización.
―No lo tenia antes de estar al castillo de los Bakura... —recordó tristemente.
―Hay muchas historias de lo que se oculta bajo esas paredes. De porque la humedad se apoderó del castillo de los Bakura.
―No... las historias ni se acercan a lo que hay en ese lugar, Seto —un escalofrió recorrió su espina al recordarlo.
―¿Hace cuanto que estabas allí?
―Unos diez años creo.
―¿Quieres hablar de eso? —se ofreció cortésmente a escucharlo.
―No, y creo que tu quieras oírlo tampoco —agregó dibujando una infantil sonrisa al tiempo que recordaba el poco tacto que tenia Seto de niño.
Seto quedo en silencio, debía decirle pero algo lo detenía
—Ya es tiempo, ¿no es cierto? —preguntó adivinando los pensamientos del castaño.
—No tienes que hacer esto...— trató de hacerlo desistir.
—Tengo que hacerlo... es mi única salida. Tu me encontraste y abriste el cerrojo de mi jaula. Ahora depende de mi, escapar —explicó con tristeza pero a la vez un hálito de esperanza.
El castaño guardo silencio una vez mas.
—Seto, mirame —pidió el ojirubí.
Kaiba alzó la vista a verlo a los ojos; no podía ignorar el estado del joven. Sus ojos se encontraban teñidos en un rojo pálido y opaco; sus labios secos y azules; la piel grisácea y desecada como si de un muerto de tratase y sus venas, marcadas con caminos negros como si su sangre fuera de petroleo.
Colocó sus manos frías y ásperas sobre las del castaño en una silenciosa suplica.
—Por favor, no te conviertas en ellos. No me dejes así
El silencio perseveró en la oscura habitación.
—El plazo esta a punto de terminar, Seto —recordó Gozaburo mientras daba una pitada a su habano.
—Lo sé.
—Si no lo haces ahora; mañana deberá volver con los Bakura.
—¿No se supone que los contratos de sangre entre familias estaban prohibidos? ¿Acaso la Casa Blanca no se interpondrá —le recordó, con sarcasmo, al empresario el rol de la Casa Rosenkreuz en la Cofradía
—Seto, el Ritual de los 7 pronto dará inicio. No esta en nuestros planes ponernos en contra de la Casa Negra. No en este momento. Si quieres salvarlo, y él también esta de acuerdo, entonces firma la sentencia —dijo indicando con el puro el escritorio donde estaba el pergamino con el tintero y la pluma.
—Solo se lavan las manos; son despreciables todos ustedes —recriminó de manera cortante.
—Así hemos sobrevivido. Ese niño es solo uno de muchos otros; algún día lo entenderás, Seto. Y ese día, estarás listo para liderar nuestro Hogar.
Utilizando el cortaplumas, el castaño se infligió un leve corte en su pulgar y con la sangre de la herida llenó apenas el contenido del tintero, lo suficiente para poder realizar el trazo que condenaría a Yami a la hoguera. No acordaba con los métodos de sus tutores, pero no podía cruzarse de brazos y esperar teniendo la vida de una persona en riesgo. Debía hacer algo; y esto, como una maldición, era lo único que estaba a su alcance. Tomó la pluma, hundió la punta en la "tinta" e imprimió su firma al pie del documento.
—Esta hecho —declaró Gozaburo antes de exhalar el grueso humo del habano negro.
Sobre la arena de la playa de Domino, una congregación de oscuros personajes avanzaba a través de la espesa grava hacia un paraje oculto donde realizaban sus rituales. Ellos eran, los integrantes de la familia Rosenkreuz seguían al condenado con sus atuendos negros y sus caras cubiertas por mascaras venecianas que emulaban a cuervos y otras aves de rapiña.
Dos de los seguidores condujeron al ojirubí al mástil principal. Uno de ellos ató fuertemente las manos de Yami tras el mástil mientras el otro traía madera que serviría para alimentar el fuego y luego rociaba al joven con combustible. Yami instintivamente cerró fuertemente sus ojos ya que el olor del solvente era penetrante. Trataba de mantenerse firme y solemne en su decisión aunque muy en el fondo, estaba aterrado. Después de haber pasado 10 años encerrado como un esclavo, no estaba seguro si podía lograr su objetivo.
No habría palabras, no había nada que decir.
—Hermano Seto —habló uno de los presentes mientras tomaba una antorcha ahora en llamas—, haga los honores —dijo entregándole la antorcha al castaño.
Seto dio un paso adelante y tomó la antorcha. Aun no estaba del todo seguro de esa decisión ¿Cual era el crimen que había cometido Yami? El era la victima. ¿Por qué debía inmolarse de esa manera? Titubeó, y Yami lo notó. Miró por ultima vez a los ojos del ojirubí y este para alivio o maldición asintió suavemente como tratando de liberar al castaño de la carga de lo que estaba a punto de hacer.
Seto soltó la antorcha sobre la pira y el fuego rápidamente se esparció siguiendo los caminos de combustible en el ojirubí , envolviéndolo. Los gritos desesperados del joven inundaron el ambiente. Ante la vista de los presentes, la piel de Yami comenzaba a fundirse con la carne a medida que iba desintegrándose Ardía, cada fragmento de su carne que quedaba desnuda ardía como un profundo sarpullido que se esparcía sin control y el calor, el calor abrazante que ya no lo dejaba respirar. El corazón del ojirubí palpitaba en una brutal carrera dentro de su pecho, sofocado por el dolor que llegaba de cada rincón de su cuerpo, hasta que al final no pudo con él. Fue cuando el calor calcinante y sus nervios destruidos a causa del mismo extinguieron los gritos del ojirubí y esas... esas horribles cosas se consumieron en el fuego, y él también..
Cuando el fuego se consumió, nada quedaba del joven; solo una figura negra con su carne completamente carbonizada apenas encogida sobre el mástil al que había sido atado. Los presentes, viendo terminada su tarea, se fueron retirando dejando solo a dos personajes que aun contemplaban la escena; una indiferente, la otra con algo de culpa enmascarada en su alma.
―Se aproxima una tormenta ―afirmó Gozaburo mientras encendía un habano.
Seto no contestó.
―La ciénaga detrás de la mansión es un buen lugar para hacerlo ―sugirió entregándole un pala― asegurate de limpiarte los zapatos cuando termines― agregó antes de entrar a su limusina para luego retirarse; dejando al castaño solo.
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¡Holas una vez mas! Una capitulo mas de este nuevo fic. Y seguro van a matarme por lo que he escrito pero saben que la brujería y las hogueras están relacionadas junto con otras cosas; y esta no es una historia de magos estilo HP; es de brujas. Así que ya saben, si les gusto dejen review y si no... entenderé y la historia terminará aquí.
Agradecimientos a Liss, TsukihimePrincess y a Alexandria Kousuke, y respondiendo, me alegra que lo hicieras mi querida seito ;D
Nos leemos!
