Un dolor irritante recorría a Selyse desde la cabeza hasta la punta de los dedos de los pies, algo le punzaba en la cabeza y un aroma a madera recién quemada inundaba su nariz. Un leve movimiento le hacía ver las estrellas y sollozar por culpa del ardor, provocado por los numerosos cortes que se encontraban repartidos por todo el cuerpo de la joven.

— No os mováis, las heridas aún están frescas.

Desde su estado medio inconsciente, Selyse pudo percibir la voz melódica de una mujer. Era suave y dulce, un arrullo para sus oídos.

— Tardarán un par de días en sanar. — añadió mientras le acomodaba la almohada.

Los ojos le pesaban pero tenía ganas de saber a quién pertenecía esa cálida voz, parpadeó repetidas veces, acostumbrando a sus ojos a la luz del sol que se encontraba brillante ese día. A medida que su visión se hacía más clara, una figura femenina cobraba intensidad. Era una mujer joven, no aparentaba más de los treinta, y llevaba el cabello, de color cobrizo, regogido en largas tenzas. Dejando su rostro, tan fino como la porcelana, y sus orejas terminadas en forma de punta al descubierto. Selyse nunca había visto una mujer tan bella, ni siquiera una miss podía compararse con ella.

— Estoy soñando .— susurró para sí.

Los Elfos no existían, eran seres ficticios que aparecían en las novelas de fantasía, esas que leía de pequeña y en las que le encantaba sumergirse hasta que cumplió la mayoría de edad. Cuando debió relegar ese mundo mágico por el real para poder ser una persona independiente.

Una leve sonrisa se formó en los labios de la mujer. Selyse no sabía si era capaz de intuir lo que estaba pensando o si solo lo hacía para transmitirle cierta tranquilidad. De cualquier modo, ese leve gesto pareció ayudar a calmar su inquietud.

— ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? .—preguntó cuando logró apartar los ojos de aquella Elfa y mirar alrededor.

La habitación tenía las paredes rocosas con pequeños labrados, muy finos y elegantes. Dando al lugar cierta sensación de calidez. El que esculpiera eso debía tener unas manos muy habilidosas, pues los trazados eran perfectos.

— Mi nombre es Idril .— dijo la Elfa mientras veía cómo Selyse inspeccionaba el lugar con curiosidad —. Y estáis en el palacio del rey Thranduil, dentro del …

— ¡Aysha! .—gritó Selyse al ver a su hermana tumbada en otra cama, una igual a la suya, justo a su derecha.

Todos los recuerdos del accidente y el encuentro con la araña negra vinieron a su mente como un remolino lleno de caos, seguía sin tener claro si todo eso era real o simples alucinaciones, pero en ese momento le daba igual. No soportaba ver a su hermana tan malherida, llena de moretones y cortes.

Selyse intentó incorporarse, una vez más, ignorando el dolor que le producía, pero apenas había hecho el amago cuando notó cómo una mano se posaba en su pecho con delicadeza, pero firme a la vez.

— Debes reposar, si te mueves tardarás más en sanar.

— Es mi hermana .—dijo con voz medio rota.

Los ojos de Selyse mostraban tanta preocupación que Idril no tardó en contestar.

— Tranquila, ella estará bien. Despertará en un par de días a más tardar.

— ¿Un par de días?

— Sí, tenía heridas más importantes que las vuestras en su torso, pero están evolucionando bien. La medicina élfica es muy buena y sanará rápido.

— Medicina élfica .— repitió con incredulidad.

— Sí .— contestó Idril como si fuera algo obvio.

Selyse ya no estaba segura de su cordura, pero apenas había pensado en ello cuando la puerta del dormitorio se abrió como un vendaval, la fuerza fue tal que golpeó contra la pared contraria creando un estruendo que retumbó por todo el dormitorio, dando paso a un elfo imponente. Era un hombre alto, delgado y fibroso, de facciones angulosas, cabello rubio platino, muy fino y liso que le caían a ambos lados del rostro. Llevaba una corona hecha de ramas y hojas otoñales, a juego con su vestimenta en color verde musgo. Sus ojos azul grisáceo se clavaron en Selyse, inquisitivos.

Era la primera vez que se encontraban, de eso Selyse estaba segura, pero, por alguna razón, no pudo evitar sentir una súbita atracción hacia él, como si el mero hecho de estar cerca de aquel desconocido le produjese paz. Era algo extraño porque al mismo tiempo sentía mariposas en el estómago, las reconocía porque las había sentido una vez, hacía ya cuatro años.

Selyse se quedó paralizada, hechizada por la mirada del Elfo.

—¡Ada! .— gritó una voz masculina, entrando poco después.

El elfo que acababa de entrar, venía acelerado y tuvo que frenar en seco para no llevarse al otro por delante. Era de estatura más baja y parecía mucho más joven que el primero, pero tenía unos rasgos parecidos. Su piel, pelo y ojos eran exactamente iguales, tan solo la mirada cambiaba. Ésta parecía mucho más cálida, alegre y dulce.

— Mi señor Thranduil .— dijo Idril haciendo una leve reverencia en símbolo de respeto —. Príncipe Légolas.

El más alto de los dos pareció salir de su trance al escuchar a Idril, Selyse dedujo que se llamaba Thranduil pues Idril le había saludado primero. El elfo se acercó con paso decidido hacia la cama donde reposaba Selyse, su mirada no se había retirado de ella en ningún momento. Era una mirada fría y distante, parecía decepcionado con lo que veía. Selyse se sentía intimidada y su cuerpo tembló, de manera involuntaria, cuando su piel entró en contacto con la de él. Tenía su brazo agarrado con fuerza pero sin llegar a hacerle daño. Fue entonces cuando él retiró sus ojos de los de ella para mirar hacia su brazo, donde pareció encontrar algo de su interés. Selyse no sabía que podía haber causado tal impresión en el estoico elfo, hasta que dirigió su mirada al mismo lugar. Allí, en su antebrazo, había un símbolo.

¿Cuándo se había tatuado eso?

Thranduil soltó el brazo de la chica con brusquedad y salió de la sala sin pronunciar palabra alguna.