Hacía ya una semana que Aysha había despertado, ambas hermanas tenían sus heridas curadas, ni siquiera les había quedado un pequeño rastro de ellas. Se podría decir que los cuidados élficos eran realmente milagrosos. A pesar de todo, hoy sería el primer día ante un gran número de desconocidos. Ninguna de las dos había salido de sus aposentos, primero porque ninguna tenía fuerzas suficientes y después porque Selyse no se separó de su hermana hasta verla completamente recuperada.

Había sido una semana bastante complicada para ambas hermanas, no solo por soportar las curas si no por descubrir que realmente habían terminado en otro mundo y sin saber si algún día podrían volver a ver a sus padres. Aparte del símbolo de sus antebrazos, Aysha también lo tenía y parecía que todo el mundo allí sabía de su significado, pero nadie quería contárselo. Cada vez que sacaban el tema, siempre recibían la misma respuesta.

Debéis esperar a la noche del concilio ahí se revelará todo.

Por suerte cada una de las hermanas había logrado entretenerse con algo. Aysha pasaba su tiempo observando a los soldados entrenar o hablando con Idril y Légolas cada vez que iban a verlas. Légolas era el que menos tiempo pasaba con ellas debido a sus responsabilidades como príncipe, pero siempre lograba sacar algo de tiempo porque decía sentirse curioso por su mundo. Una buena excusa para Aysha que buscaba cualquier oportunidad para llamar la atención del elfo.

Selyse solía entretenerse dibujando todo aquello que veía desde la ventana de su dormitorio. Había llenado el cuaderno de hojas, que Idril le había facilitado el segundo día de conocerse, de una hermosa cascada, de haces de luz que salían de todas partes para iluminar cada rincón o de elfos vestidos con armaduras, trajes elegantes o vestimentas que parecían corresponder al servicio. Pero había algo que era capaz de dibujar sin tener que verlo mientras lo hacía, algo que había retenido en su retina…

El rey Thranduil se había colado en sus pensamientos de tal manera que era incapaz de no pensar en él durante algún momento a lo largo del día y Selyse no era capaz de entender cómo había podido llegar a aquel nivel, ya que no lo había vuelto a ver.

—¿Otra vez pensando en él?

Ni siquiera se había percatado de que estaba repitiendo los mismos trazos, una y otra vez, alrededor de los ojos del rey hasta que su hermana apareció a su lado interrumpiendo lo que fuera que le estaba pasando.

Selyse soltó un suspiro y cerró el cuaderno para después guardarlo bajo el colchón, no quería que nadie viera esa clase de dibujos. No le apetecía parecer una loca acosadora del rey.

—No sé qué me pasa.— dijo resignada-. No puedo quitármelo de la cabeza. Aparece hasta de manera inconsciente.

—Si que te ha dado fuerte sí. Nunca te había visto así por un chico .—comentó cepillándose el pelo-. bueno… elfo.

—Bueno al menos no soy la única que está colada por un elfo.-dijo remarcando la palabra elfo, a medida que se acercaba al tocador, que ambas hermanas compartían, para sentarse junto a Aysha en un pequeño banco alargado.

—Eso no es cierto.

—¡Oh, venga!—exclamó su hermana con incredulidad .—No puede ser que me lo estés diciendo en serio, he visto cómo miras a Légolas cada vez que viene a vernos.

—No sé de qué hablas—. contestó haciéndose la desentendida.

—¿Por qué te da tanto reparo hablar de chicos cuando se trata de ti?

Aysha no sabía que responder a esa pregunta pero, por suerte, varios golpes se hicieron sonar en la puerta.

—Salvada por la campana. — dijo Selyse levantándose de su sitio para ir a ver quién llamaba-. Pero que sepas que de esta no te libras hermanita.

Selyse agarró la manilla y abrió la puerta de par en par.

—Hablando del rey de Roma. — susurró Selyse sin querer.

—¿Quién es el rey de Roma?. — preguntó Légolas extrañ he oído hablar de él.

Sí que tenían audición esos elfos, pensó Selyse.

La joven fue incapaz de evitar soltar una leve carcajada, Légolas se veía realmente descolocado con su ceja derecha alzada y una expresión en el rostro llena de confusión.

—Perdone majestad, es una expresión que tenemos en nuestro mundo. Estoy segura de que mi hermana estará encantada de explicárselo más tarde. — completó echando una ojeada al rostro colorado de Aysha.

—¡Será un placer!. — dijo inclinando levemente la cabeza hacia Aysha.— Pero no he venido para eso, os traigo los vestidos para esta noche.

Légolas se hizo a un lado mientras extendía uno de sus brazos para señalar a dos elfas idénticas.

Mellizas, pensó Selyse nada más verlas.

Ambas poseían una piel blanca y tersa, de ojos color verdeagua y melena oscura. Tan solo se diferenciaban en los recogidos, ya que una lo llevaba completamente suelto y las otra se habían hecho un recogido que dejaba un par de mechones sueltos a los laterales.

—Las doncellas os ayudarán a adecentaros para esta noche. —dijo antes de caminar un par de pasos hacia atrás mientras las elfas entraban al dormitorio—. Si me disculpan, debo recibir a los invitados.

El joven elfo volvió a realizar una leve reverencia a modo de despedida y caminó hasta desaparecer por uno de los corredores.

—¡Dios mío Selyse, son preciosos! . — escucho que exclamaba su hermana. —. ¡Mira!

Selyse no era muy aficionada a la ropa, de hecho nadie diría que era una chica con estilo ya que no le daba mucha importancia, todo lo contrario a su hermana Aysha que adoraba la moda. Su hermana pequeña era una de esas adolescentes que seguía las últimas tendencias y tenía una enorme colección de zapatos y bolsos. Pero, a pesar de no ser una aficionada del estilismo, Selyse debía reconocer que esos vestidos eran preciosos, parecían estar hechos de seda, con pequeños detalles que cubrían la parte superior del corset.

— El mismo rey Thranduil mandó hacerlos en persona.— comentó una de las doncellas terminando de sacar el vestido violeta de Aysha de una enorme caja de cartón gris plata.

— ¿El rey Thranduil? .— preguntó Aysha.

— Sí, mi señora.— dijo la misma doncella.

— ¡Vaya!

Selyse cogió el suyo, ignorando la mirada intencionada de su hermana por la mención del rey, de manos de la otra elfa y se dirigió a los baños para cambiarse.