CAPÍTULO 1

Época actual

Sasuke Uchiha caminaba como un hombre y hablaba como un hombre, pero en la cama era puro animal.

La abogada criminalista Koyuki Kazahana siempre llamaba a las cosas por su nombre, y aquel hombre era Sexo con S mayúscula.

No era sólo su aspecto, aquel cuerpo esculpido, piel como terciopelo dorado derramado sobre acero, facciones talladas a cincel y sedosos cabellos negros. O esa sonrisa perezosa y completamente arrogante, que le prometía el paraíso a una mujer y luego hacía honor a su promesa. Satisfacción garantizada al cien por cien.

Ni siquiera eran los exóticos ojos ónix circundados por gruesas pestañas negras bajo cejas sesgadas.

Era lo que le hacía a ella.

Sasuke Uchiha era sexo como nunca había tenido en su vida, y Koyuki llevaba diecisiete años practicándolo. Pensaba que ya lo había visto todo. Pero cuando Sasuke Uchiha la tocaba, era como si a Koyuki se le deshiciesen las costuras. Distante y altivo, con cada uno de sus movimientos fluidamente controlado, cuando Sasuke Uchiha le quitaba la ropa también la despojaba de toda su rígida disciplina y la convertía en una bárbara indómita. Sasuke Uchiha la follaba con la obsesiva intensidad de un condenado a muerte que será ejecutado al amanecer.

El mero hecho de pensar en él ponía rígidas ciertas partes de su bajo vientre. Hacía que sintiera la piel tensa a lo largo de los huesos. Hacía que su respiración se volviera rápida y entrecortada.

Ahora, de pie en la antesala, delante de las puertas vidrieras esmaltadas de su exquisito ático de Manhattan desde el que se dominaba Central Park y que parecía formar parte de él como si fuese una segunda piel —austeramente elegante, negro, blanco, cromado y duro—, Koyuki se sentía intensamente viva y con todos los nervios en tensión. Con una profunda inspiración, hizo girar el pomo y empujó la puerta.

Nunca estaba cerrada. Como si Sasuke Uchiha no temiera nada cuarenta y tres pisos por encima de aquella ciudad tan afilada y cortante como una navaja de afeitar. Como si ya hubiera visto lo peor que podía llegar a ofrecer la Gran Manzana y le hubiera parecido un entretenimiento liviano. Como si por muy grande y muy mala que pudiera ser la ciudad, él fuese todavía más grande y más malo.

Koyuki entró e inhaló el intenso aroma a rosas y madera de sándalo. La música clásica se esparcía por las suntuosas habitaciones —el Réquiem de Mozart—, pero ella sabía que más tarde él podía poner cualquier disco de rock duro de Nine Inch Nails y estirar su cuerpo desnudo contra la pared de ventanas que daban al invernadero, penetrándola una y otra vez hasta que Koyuki gritara la culminación de su éxtasis a las brillantes luces de la ciudad que había debajo.

Veinte metros de codiciada fachada de la Quinta Avenida en la calle Setenta Este, y Koyuki no tenía ni idea de qué era lo que hacía él para ganarse la vida. La mayor parte del tiempo ni siquiera estaba segura de querer saberlo.

Cerró las puertas tras ella y dejó que los pliegues suaves como la mantequilla de su chaqueta de cuero se extendieran sobre el suelo, revelando unas medias terminadas en encaje negro, unas bragas a juego y un sostén cuyas copas elevaban sus opulentos senos a la perfección. Tuvo un atisbo de su reflejo en las ventanas oscurecidas y sonrió. A sus treinta y tres años, Koyuki Kazahana tenía un aspecto magnífico. Tenía que tenerlo, pensó mientras arqueaba una ceja, con la cantidad de ejercicio que había estado haciendo en la cama de Sasuke. O encima del suelo. Acostada en el sofá de cuero. Dentro de su jacuzzi de mármol negro...

Una súbita oleada de deseo hizo que le empezara a dar vueltas la cabeza, y respiró profundamente para calmar el ruidoso palpitar de su corazón. Cuando estaba con él se sentía insaciable. En una o dos ocasiones incluso había llegado a abrigar por unos instantes la descabellada idea de que Sasuke Uchiha quizá no fuera humano. De que tal vez fuera algún mítico dios del sexo, quizás el mismo Príapo invocado por los ávidos habitantes de la ciudad que nunca dormía. O alguna criatura surgida de leyendas olvidadas hacía ya mucho tiempo, un sidhe que poseía la habilidad de incrementar el placer, hasta extremos que los mortales no estaban hechos para paladear.

—Mi pequeña Koyuki.

Su voz flotó hasta ella desde el piso de arriba del dúplex de quince habitaciones, oscura y rica, con su acento escocés que le hacía pensar en humo de turba, antiguas piedras y whisky envejecido.

Sólo Sasuke Uchiha podía llamar a Koyuki Kazahana «mi pequeña Koyuki» sin pagarlo muy caro.

Mientras él bajaba por la escalera curvada y entraba en la sala de estar de diez metros con techos abovedados, chimenea de mármol y vista panorámica del parque, Koyuki permaneció inmóvil y se dedicó a embeberse de la visión. Sasuke llevaba unos pantalones negros de lino, y Koyuki sabía que debajo de ellos sólo había el cuerpo masculino más perfecto que hubiera visto jamás. Su mirada recorrió los anchos hombros de Sasuke, bajó por su duro pecho y sus abdominales ondulantes, se detuvo en las cuerdas gemelas de músculo que atravesaban la parte inferior de su estómago y desapareció dentro de sus pantalones, llamando al ojo para que la siguiera.

—¿Lo bastante bueno como para comérselo? —Los ojos ónix con mota doradas de Sasuke relucieron mientras se paseaban por el cuerpo de Koyuki—. Ven. —Extendió la mano hacia ella—. Me dejas sin respiración, muchacha. Esta noche tus deseos son órdenes para mí. Sólo tienes que decírmelos.

Su larga cabellera de medianoche, tan negra que parecía del mismo negro azulado que la sombra de su barba a la claridad ambarina de las luces indirectas, se derramaba sobre un hombro musculoso para caer hasta su cintura, y Koyuki tragó aire con una rápida inspiración. Conocía la sensación de aquellos cabellos moviéndose sobre sus pechos desnudos, excitando sus pezones para luego descender más abajo, a través de sus muslos, mientras él la llevaba a una cumbre de placer tras otra.

—Como si necesitara decir nada. Tú ya sabes lo que quiero antes que yo misma.

Oyó la tensión en su voz, y supo que él la oía también. Siempre la llenaba de nerviosismo lo bien que la comprendía Sasuke. Antes de que ella supiese lo que quería, él ya se lo estaba dando.

Eso lo hacía peligrosamente adictivo.

Él sonrió, pero la sonrisa no terminó de llegar a sus ojos. Koyuki no estaba segura de haberla visto llegar nunca. Los ojos de Sasuke nunca cambiaban, limitándose a observar y esperar. Como los ojos brillantes de un felino, los suyos se mantenían alerta pero altivos, divertidos pero alejados de todo. Ojos enormes. Ojos de depredador. Koyuki había querido preguntar en más de una ocasión qué veían aquellos ojos de tigre. Qué juicio emitían, qué diablos parecía estar esperando él que ocurriera, pero en el éxtasis de sentir su duro cuerpo contra el suyo se olvidaba por completo del tiempo, hasta que había vuelto al trabajo y ya era demasiado tarde para preguntárselo.

Llevaba dos meses acostándose con Sasuke, y seguía sin saber más acerca de él que el día en que lo conoció en el Starbucks, enfrente del bufete de O'Leary Banks y Kazahana, del que ella era socia, en parte gracias a su padre, el viejo Kazahana, y en parte gracias a su propia dureza. Una sola mirada por encima del borde de su taza de café con leche a los casi dos metros de hombre oscuramente seductor, y Koyuki había sabido que tenía que ser suyo. Quizá tuviera algo que ver con el modo en que sus ojos se habían encontrado con los de Koyuki mientras él lamía lánguidamente la crema batida de su taza de moca, haciendo que ella se imaginara aquella lengua tan sexy ocupada en cosas mucho más íntimas. Quizá tuviera algo que ver con el puro calor sexual que desprendía. Koyuki sabía que había tenido mucho que ver con el peligro que irradiaba. Algunos días se preguntaba si en meses o años venideros se encontraría defendiéndolo, convertido él en uno de sus controvertidos clientes de altos vuelos.

Ese mismo día en que se conocieron, rodaron sobre la blanca alfombra bereber desde la chimenea hasta las ventanas en una lucha silenciosa por hacerse con la posición suprema, hasta que llegó un momento en el que a ella ya no le importó cómo la tomara Sasuke, con tal que lo hiciera.

Pese a su reputación de tener una lengua tan afilada como una navaja y la clase de mente que sabía cómo emplearla, Koyuki no la había usado ni una sola vez contra él. No tenía ni idea de cómo mantenía él su elevadísimo nivel de vida, cómo podía permitirse todas sus obscenamente caras colecciones de arte y armas antiguas. No sabía dónde había nacido, ni siquiera cuándo era su cumpleaños.

Había preparado mentalmente su interrogatorio mientras trabajaba, pero las preguntas con que pretendía sondearlo siempre se le quedaban inevitablemente atascadas en la lengua nada más verlo. Ella, la interrogadora implacable en la sala de un tribunal, veía cómo se le trababa la lengua en el dormitorio de él. A veces, su lengua quedaba trabada de maneras infinitamente más placenteras. Aquel hombre era un verdadero maestro de lo erótico.

—¿Piensas en las musarañas, muchacha? ¿O estás decidiendo cómo quieres poseerme?

Koyuki se humedeció los labios. ¿Cómo quería poseerlo?

Lo que quería era quitárselo de la cabeza. No perdía la esperanza de que el sexo quizá ya no fuera tan increíble la próxima vez que se acostara con él. Aquel hombre era demasiado peligroso para involucrarse emocionalmente con él. El día anterior, Koyuki se había quedado un buen rato en la iglesia después de la misa, rezando para ser capaz de superar su adicción: «Por favor, Dios mío, que sea pronto». Sí, él hacía que le ardiese la sangre, pero también había algo en él que le helaba el alma.

Mientras tanto —irremediablemente fascinada como estaba—, sabía con toda exactitud cómo lo poseería. Siendo una mujer fuerte, Koyuki se excitaba con la fortaleza de un hombre dominante. Terminaría la noche tendida encima de su sofá de cuero. Él sujetaría sus largos cabellos en su puño y la tomaría por detrás. Le mordería la nuca cuando ella llegara al éxtasis.

Koyuki aspiró hondo, dio un paso adelante y un segundo después ya lo tenía encima, acostándola sobre la gruesa alfombra. Labios firmes y sensuales, con un atisbo de crueldad, se cerraron sobre los suyos mientras la besaba, entornando sus ojos ónix.

Había algo en él que rayaba en lo aterrador, pensó Koyuki mientras Sasuke le inmovilizaba las manos contra el suelo y se alzaba sobre ella, demasiado hermoso, rebosante de oscuros secretos que Koyuki sospechaba ninguna mujer llegaría a conocer jamás; y eso, aquel delgado filo de peligro, hacía que el sexo se volviera mucho más exquisito.

Fue el último pensamiento coherente que tuvo durante un buen rato.

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Sasuke Uchiha apoyó las palmas de las manos en la pared de ventanas y contempló la noche, su cuerpo separado de una caída de cuarenta y tres pisos por un panel de cristal. El suave zumbido de la televisión casi se perdía entre el repiqueteo de la lluvia contra las ventanas. A un par de metros hacia su derecha, la pantalla de sesenta pulgadas se reflejaba en el cristal reluciente y David Boreanaz acechaba con expresión meditabunda, interpretando al protagonista de Angel, el vampiro torturado que tenía un alma. Sasuke lo contempló durante el tiempo suficiente para determinar que se trataba de una reposición, y luego dejó que su mirada volviera a dirigirse hacia la noche.

El vampiro siempre encontraba al menos una solución parcial, y Sasuke había empezado a temer que para él nunca habría ninguna. Jamás.

Además, su problema era un poco más complicado que el de Angel. El problema de Angel era un alma. El problema de Sasuke era una legión de ellas.

Se pasó una mano por los cabellos y estudió la ciudad que había más abajo. Manhattan: apenas cincuenta y un kilómetros cuadrados, habitados por casi dos millones de personas. Luego estaba la metrópolis propiamente dicha, con siete millones de personas apretujadas en setecientos sesenta kilómetros cuadrados.

Era una ciudad de proporciones grotescas para un highlander del siglo XVI, inconcebible en su inmensidad. Cuando puso los pies en Nueva York por primera vez, Sasuke pasó horas dando vueltas y más vueltas alrededor del edificio del Empire State. Con sus ciento dos pisos, diez millones de ladrillos, doce millones de metros cúbicos de espacio interior y cuatrocientos treinta y ocho metros de altura, el Empire State era alcanzado por un rayo un promedio de quinientas veces al año.

¿Qué clase de hombre edificaba semejantes monstruosidades?, se había preguntado. Aquello era locura pura y simple, se había maravillado el highlander.

Y un sitio magnífico al que llamar hogar.

La ciudad de Nueva York llamaba a la oscuridad que había dentro de él. Sasuke había establecido su morada en el palpitante corazón de la urbe.

Hombre sin clan, exiliado y nómada, Sasuke se había librado del hombre del siglo XVI como si éste no fuera más que un plaid gastado por el uso y había aplicado su formidable intelecto de druida a la tarea de asimilar el siglo XXI: el nuevo lenguaje, las costumbres, la increíble tecnología. Aunque todavía había muchas cosas que no entendía —ciertas palabras y expresiones lo dejaban absolutamente perplejo, y lo habitual era que se encontrase pensando en gaélico, latín o griego y tuviera que apresurarse a traducir—, se había adaptado con una notable rapidez.

Al ser un hombre que poseía el conocimiento esotérico para abrir una puerta a través del tiempo, Sasuke ya esperaba que cinco siglos hicieran del mundo un lugar completamente distinto. Su conocimiento de la sabiduría druida, la geometría sagrada, la cosmología y las leyes naturales de aquello a lo que el siglo XXI llamaba «física» habían hecho que los prodigios del nuevo mundo le resultaran mucho más fáciles de asimilar.

Aunque eso no impedía que se quedara boquiabierto con bastante frecuencia. Lo hacía. Volar en un avión le produjo una enorme impresión. La hábil ingeniería y fabulosa construcción de los puentes de Manhattan lo habían mantenido ocupado durante días.

La gente, todas aquellas masas de personas, lo asombraba. Sasuke sospechaba que siempre lo haría. Había una parte del highlander del siglo XVI que él nunca sería capaz de cambiar. Aquella parte siempre echaría de menos las grandes extensiones de cielo estrellado, las leguas y más leguas de colinas ondulantes, los interminables campos de brezo y las deliciosas muchachas escocesas.

Había ido a Norteamérica porque abrigaba la esperanza de que viajar hasta encontrarse muy lejos de su amada Escocia, de lugares de poder como las piedras verticales, podría ayudar a mermar el poder del antiguo mal que llevaba dentro.

Y lo había logrado, aunque sólo había servido para reducir la rapidez con que Sasuke descendía hacia la oscuridad, sin llegar a detener ese descenso. Día a día Sasuke continuaba cambiando... Se sentía más frío, menos unido a lo que lo rodeaba, menos aprisionado por los grilletes de la emoción humana. Más dios alejado de todo, menos hombre.

Excepto cuando hacía el amor; oh, sí, entonces estaba vivo. Entonces Sasuke sentía. Entonces ya no flotaba a la deriva en un mar oscuro, embravecido e insondable con sólo un miserable trocito de madera al cual agarrarse. Hacerle el amor a una mujer mantenía la oscuridad a raya y restauraba su humanidad esencial. Sasuke siempre había sido un hombre de inmensos apetitos; ahora era insaciable.

«Todavía no me he vuelto del todo oscuro», les gruñó desafiante a los demonios que se enroscaban dentro de él. Los que aguardaban su momento con una silenciosa certidumbre, su oscura marea erosionándolo tan lenta e implacablemente como el océano daba forma a una costa rocosa. Sasuke entendía muy bien sus tácticas. El verdadero mal no acometía con violencia, sino que permanecía recatadamente enroscado e inmóvil... y seducía.

Y estaba presente allí cada día la clara evidencia de sus progresos, en las pequeñas acciones que Sasuke realizaba sin darse cuenta de lo que hacía hasta después de ocurrido. Cosas aparentemente inofensivas como encender el fuego de su chimenea con un gesto de la mano y un teine susurrado, o la apertura de una puerta o una persiana mediante un suave murmullo. O atraer a uno de los medios de transporte de aquel siglo —un taxi—sólo con una mirada impaciente.

Cosas insignificantes, quizá, pero Sasuke sabía que tales cosas distaban mucho de ser inocuas. Sabía que cada vez que utilizaba la magia, se volvía un poco más oscuro y perdía otro fragmento de sí mismo.

Cada día era una batalla para conseguir tres cosas: utilizar únicamente aquella magia que fuese absolutamente necesaria, a pesar de la tentación que no paraba de crecer; hacer el amor a menudo y con el mayor apasionamiento posible, y continuar recopilando y examinando los tomos en los que podía encontrarse la respuesta a la pregunta que lo consumía.

¿Había un modo de librarse de los oscuros? Si no..., bueno, si no...

Volvió a pasarse la mano por los cabellos y exhaló profundamente. Con los ojos entornados, contempló las luces que parpadeaban más allá del parque mientras detrás de él, encima del sofá, la muchacha dormía con el sopor carente de sueños de quienes se encuentran completamente exhaustos. Por la mañana, círculos oscuros sombrearían los delicados huecos debajo de sus ojos, imprimiendo a sus facciones una atractiva fragilidad. Hacer el amor con Sasuke siempre le pasaba factura de algún modo a una mujer.

Hacía dos noches, Koyuki se había humedecido los labios y observado como por casualidad que él parecía estar esperando algo.

Sasuke sonrió y la puso boca abajo. Besó su cuerpo cálido, dulce y dispuesto a entregarse desde la cabeza hasta los dedos de los pies. Pasó la lengua por encima de cada centímetro y luego la tomó, la cabalgó, y cuando hubo terminado con ella Koyuki estaba llorando de placer.

O había olvidado su pregunta o lo había pensado mejor. Koyuki Kazahana no era ninguna idiota. Sabía que había algo más en él de lo que ella realmente deseaba llegar a saber. Quería a Sasuke únicamente para el sexo. Cosa que estaba muy bien, porque él era incapaz de nada más.

«Espero a mi hermano, muchacha —no le había dicho él—. Espero el día en que Izuna se harte de mi negativa a regresar a Escocia. El día en que su esposa no esté tan embarazada que tema separarse de ella. El día en que finalmente reconozca lo que en el fondo de su corazón ya sabe, a pesar de lo muy desesperadamente que se aferra a mis mentiras: que soy tan oscuro como el cielo nocturno, con sólo unos cuantos puntitos de diminuta luz estrellada todavía presentes dentro de mí.»

Oh, sí, estaba esperando el día en que su hermano gemelo cruzara el océano y viniera a por él.

Para verlo como el animal que era.

Si Sasuke permitía que llegara ese día, sabía que uno de los dos moriría