CAPÍTULO 2

Unas semanas después...

Al otro lado del océano, no en Escocia sino en Inglaterra —una tierra acerca de la que Izuna Uchiha había mantenido erróneamente en el pasado que sus druidas apenas poseían suficientes conocimientos como para tejer un simple hechizo de sueño—, tenía lugar una conversación en voz baja y apremiante.

—¿Has establecido contacto?

—No me atrevo a hacerlo, Daore. La transformación todavía no se ha completado.

—¡Pero ya han transcurrido muchos meses desde que los draghar tomaron posesión de él!

—Él es un Uchiha. Aunque no puede salir vencedor, todavía se resiste. Es el poder lo que lo corromperá, y él se niega a utilizarlo.

Un largo silencio. Luego Daore dijo:

—Llevamos miles de años esperando su regreso, tal como se nos prometió en la Profecía. Me he cansado de esperar. Impúlsalo a actuar. Dale una razón para que necesite el poder. Esta vez no perderemos la batalla.

Un rápido asentimiento de cabeza.

—Me ocuparé de ello.

—Sé sutil, Gen. No lo alertes de nuestra existencia todavía. Cuando haya llegado el momento apropiado, yo me encargaré de ello. Y en el caso de que algo fuera mal..., bueno, ya sabes lo que has de hacer.

Otro rápido asentimiento de cabeza, una sonrisa anticipatoria, un revoloteo de tela y su acompañante desapareció, dejándolo solo en el círculo de piedras bajo un caluroso amanecer inglés.

El hombre que había dado la orden, Daore Dōtonbori, maestre de la secta druida de los draghar, apoyó la espalda en una piedra cubierta de musgo y se acarició distraídamente el tatuaje de la serpiente alada que llevaba en el cuello, mientras recorría los antiguos monolitos con la mirada. Alto y delgado, con el pelo rojizo entrecano, un rostro estrecho como el de un zorro y unos inquietos ojos grises a los que nunca se les pasaba nada por alto, Daore se sentía muy honrado de que un momento tan lleno de auspicios hubiera llegado durante el tiempo de su mandato. Llevaba treinta y dos años esperando aquel momento, desde el nacimiento de su primer hijo, que había coincidido con el día de su iniciación en el círculo interior de la secta. Estaban los que, como los Uchiha, servían a los Tuatha de Danaan y había otros que, como él, servían a los draghar. La secta druida de los draghar había mantenido la fe durante millares de años, transmitiendo la Profecía de una generación a la siguiente: la promesa del regreso de sus antiguos líderes, la promesa de aquel que los llevaría a la gloria. El que recuperaría todo el poder que los Tuatha de Danaan les habían robado hacía ya tanto tiempo.

Daore sonrió. Qué apropiado era que uno de esos Uchiha tan queridos por los Tuatha de Danaan llevara ahora dentro de sí el poder de los antiguos draghar, la liga de los trece druidas más poderosos que jamás habían existido. Qué poético que uno de los que pertenecían a los Tuatha de Danaan fuera finalmente a destruirlos. Y a reclamar el lugar que los druidas tenían derecho a ocupar en el mundo.

No en ese papel de imbéciles dedicados a recoger muérdago y abrazar a los árboles que ellos permitían que el mundo creyese que eran.

Sino en tanto que gobernantes de la humanidad.

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—Tienes que estar bromeando —dijo Sakura Haruno secamente mientras se apartaba los largos rizos de la cara con ambas manos—. ¿Quieres que le lleve el tercer Libro de Manannán (y sí, ya sé que sólo es una reproducción de una parte del original, pero aun así es algo que no tiene precio) a un hombre que vive en el East Side y que probablemente se dedicará a comer palomitas mientras va pasando las páginas con sus sucias patas? No creo que pudiera leerlo. Las partes que no están en latín están en gaélico antiguo. —Con los brazos en jarras, Sakura alzó la mirada hacia su jefe, uno de los varios conservadores de la colección medieval depositada en Los Claustros y el Met—. ¿Para qué lo quiere? ¿Lo dijo?

—No se lo pregunté —replicó Genshō, encogiéndose de hombros.

—Oh, estupendo. No se lo preguntaste.

Sakura sacudió la cabeza con incredulidad. Aunque la copia sobre la que descansaban delicadamente sus dedos en aquel momento no se hallaba iluminada, y sólo tenía cinco siglos de antigüedad (casi mil años más joven que los textos originales que se encontraban en el Museo Nacional de Irlanda) era un fragmento sagrado de historia, merecedor del máximo respeto y la mayor reverencia.

No era algo que debiera ser paseado por la ciudad para confiarlo a las manos de un desconocido.

—¿Cuánto donó? —preguntó con irritación.

Sabía que tenía que haberse dado algún tipo de soborno. Uno no «sacaba cosas» de Los Claustros, del mismo modo en que uno no podía ir al Trinity College y pedir que le dejaran en préstamo el Libro de Kells.

—Un skean dhu enjoyado del siglo quince y una inapreciable hoja de Damasco —dijo Genshō, sonriendo beatíficamente—. La hoja de Damasco se remonta a las cruzadas. Ambas cosas han sido autentificadas.

Una delicada ceja se alzó. Sakura estaba tan impresionada que su indignación enseguida se disipó.

—Uau. ¿De veras? — ¡Un skean dhu! Sus dedos se curvaron en una tensa expectación—. ¿Ya las tienes?

Antigüedades: Sakura amaba todas y cada una de ellas, desde la cuenta de rosario tallada con la escena de la Pasión hasta los Tapices del Unicornio, pasando por la espléndida colección de aceros medievales.

Pero amaba especialmente todos los objetos escoceses, porque le recordaban al abuelo que la había criado. Cuando los padres de Sakura murieron en un accidente de coche, Gongorō Kamakura entró en escena y llevó a la desolada niña de cuatro años a un nuevo hogar en Kansas. Orgulloso de su herencia y dotado de un apasionado temperamento escocés, su abuelo le imbuyó su amor por todo lo celta. Uno de los sueños de Sakura era ir algún día a Glengarry, para ver el pueblo en el que había nacido él, visitar la iglesia en la que se había casado con la abuela y pasear por los brezales bajo una luna plateada. Su pasaporte ya estaba preparado, esperando aquel precioso sello, y sólo le faltaba ahorrar dinero suficiente. Quizá todavía tendrían que transcurrir uno o dos años antes de que pudiera hacerlo, especialmente ahora, con lo que costaba vivir en Nueva York, pero iría. Y estaba impaciente. De niña fueron muchas las noches en que se había quedado dormida escuchando el suave acento de su abuelo, mientras tejía fantásticas historias de su tierra natal. Cuando él murió, cinco años atrás, Sakura quedó devastada por la pena. A veces, sola de noche en Los Claustros, se descubría hablándole en voz alta, sabiendo que —aunque él habría odiado la vida de ciudad todavía más que ella— se habría mostrado encantado con la carrera que había elegido su nieta. Preservar los objetos antiguos y las viejas costumbres.

La risa de Genshō la sacó de su ensueño y sus ojos se achicaron. Genshō se burlaba de su repentina transición desde el escándalo a la fascinación. Ella se dio cuenta y volvió a fruncir el ceño. No era difícil. Un extraño iba a poner sus manos sobre un texto de valor incalculable. Sin supervisión. Quién sabía lo que podía ocurrir.

—Sí, Sakura, ya las tengo. Y no te he pedido tu opinión acerca de mis métodos. Tu trabajo consiste en llevar los registros...

—Genshō, tengo un máster en civilizaciones antiguas y hablo tantas lenguas como tú. Siempre has dicho que mi opinión cuenta. ¿Cuenta o no cuenta?

—Por supuesto que cuenta, Sakura —dijo Genshō, poniéndose serio enseguida. Se quitó las gafas y empezó a limpiarse los cristales con una corbata que lucía su acumulación habitual de manchas de café y migajas de donut—. Pero si yo no hubiera accedido, él habría donado las armas al Museo Real de Escocia. Ya sabes lo feroz que es la competición por hacerse con piezas de calidad. Sabes cómo funciona este mundillo. Ese hombre es rico, es generoso, y tiene toda una colección. Puede que consigamos convencerlo para que nos haga objeto de alguna clase de donación a su muerte. Si quiere disponer durante unos días de un texto de hace quinientos años, que además es uno de los menos valorados, tendrá lo que pide.

—Si deja aunque sea una sola mancha de palomitas en las páginas, lo mataré.

—Precisamente ésa es la razón por la que te convencí de que vinieras aquí a trabajar para mí, Sakura: amas todas estas cosas antiguas tanto como yo. Y hoy he adquirido dos tesoros más, así que ahora sé buena y entrega el texto.

Sakura soltó un bufido. Genshō la conocía demasiado bien. Había sido su profesor de Historia medieval en la Universidad de Kansas antes de que asumiera el cargo de conservador. Un año atrás le había seguido la pista hasta su trabajo en un deprimente remedo de museo en Kansas, y le ofreció un empleo. Aunque había sido duro dejar el hogar en el que había crecido, lleno de tantos recuerdos, una ocasión de trabajar en Los Claustros no era algo que se pudiera dejar pasar, a pesar del fuerte choque cultural que había sufrido Sakura. Nueva York era ágil, ávida y mundana, y la chica del Kansas rural se sentía irremediablemente torpe y fuera de lugar en aquel sofisticado hervidero de actividad.

—¿Cómo?, ¿se supone que he de salir a la calle con esta cosa debajo del brazo? ¿Con el Fantasma Galo rondando por ahí fuera?

Últimamente había habido una serie de robos de manuscritos celtas de colecciones privadas. Los medios de comunicación habían apodado al ladrón el Fantasma Galo porque sólo robaba artículos celtas y nunca dejaba ningún rastro, apareciendo y desapareciendo igual que un espectro.

—Has que Amelia se encargue de empaquetártelo. Mi coche te está esperando enfrente de la puerta. Bill tiene el nombre y la dirección del hombre. Te llevará hasta allí y dará vueltas alrededor de la manzana mientras tú se lo subes. Y no le hagas pasar un mal rato cuando lo entregues —añadió.

Sakura puso los ojos en blanco y suspiró, pero cogió el texto con mucho cuidado.

Mientras salía del despacho, Genshō dijo:

—Cuando regreses te enseñaré las armas, Sakura.

Su tono era apaciguador pero divertido, y la llenó de irritación. Genshō sabía que ella se daría prisa en volver para verlas. Sabía que una vez más pasaría por alto lo espurio de sus métodos de adquisición.

—Soborno. Abyecto soborno —masculló—. Y eso no me hará aprobar lo que haces.

Pero ya ardía en deseos de tocarlas. De deslizar un dedo por el frío metal, de soñar con tiempos antiguos y lugares antiguos.

Educada en los valores del Medio Oeste e idealista hasta la médula, Sakura Haruno tenía una debilidad, y Genshō sabía en qué consistía. Bastaba con ponerle algo antiguo en las manos para seducirla.

¿Y si era antiguo y, además, escocés? Dios, entonces sí que estaba perdida.

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Algunos días, Sasuke se sentía tan antiguo como el mal que habitaba dentro de él.

Mientras llamaba un taxi para que lo llevara hasta Los Claustros a recoger un ejemplar de uno de los últimos tomos disponibles en Nueva York que necesitaba examinar, no reparó en las miradas fascinadas que le dirigían las mujeres que pasaban por la acera. No reparó en que, incluso en una metrópoli que rebosaba diversidad, él sobresalía. No se trataba de nada que dijera o hiciese, porque a todas luces él no era sino otro hombre rico y pecaminosamente apuesto. Era simplemente la esencia del hombre. La manera en que se movía. Cada uno de los gestos de Sasuke exudaba poder, algo oscuro y... prohibido. Él era sexual de un modo que hacía que las mujeres pensaran en fantasías profundamente reprimidas, cuya expresión haría palidecer a psiquiatras y feministas.

Pero Sasuke no se dio cuenta de nada de eso. Sus pensamientos estaban muy lejos de allí, porque seguía dando vueltas a las insensateces escritas en el Libro de Leinster.

Ay, qué no habría dado él por poder contar con la biblioteca de su padre. A falta de ella, se había dedicado a obtener sistemáticamente los manuscritos que todavía existían, agotando sus posibilidades presentes antes de pasar a concentrarse en otras más arriesgadas, como volver a poner los pies en las islas de sus ancestros, algo que empezaba a parecer cada vez más inevitable.

Pensando en el riesgo, Sasuke hizo una anotación mental de que debía devolver algunos de los volúmenes que había tomado «prestados» de colecciones privadas cuando los sobornos no surtieron efecto. Tenerlos en su poder durante demasiado tiempo no habría estado bien.

Alzó la mirada hacia el reloj que había encima del banco. Las doce cuarenta y cinco. El conservador de Los Claustros le había asegurado que lo primero que haría aquella mañana sería encargarse de que le trajeran el texto, pero éste todavía no había llegado y Sasuke ya estaba harto de esperar.

Necesitaba información, información veraz y precisa acerca de los antiguos benefactores de los Uchiha, los Tuatha de Danaan, aquellos «dioses y no dioses», como los llamaba el Libro de la Vaca Parda. Ellos eran los que habían aprisionado originalmente a los druidas oscuros en el lugar intermedio, de lo que se seguía que tenía que haber un modo de devolverlos a su prisión.

Era imperativo que él encontrara ese modo.

Mientras entraba en el taxi —una operación fastidiosa para un hombre de la altura y la corpulencia de Sasuke—, su atención fue captada por una joven que estaba bajando de un coche en la acera delante de ellos.

Era distinta, y fue esa diferencia la que atrajo la mirada de Sasuke. No había en ella nada del barniz de la ciudad y por eso resultaba todavía más hermosa. Refrescantemente descuidada, deliciosamente libre del artificio con el que las mujeres modernas realzaban sus rostros, aquella joven era una auténtica visión.

—Espere —le gruñó Sasuke al conductor mientras la observaba ávidamente.

Cada uno de sus sentidos se inflamó con una súbita y dolorosa intensidad. Sasuke apretó los puños cuando el deseo, nunca saciado, inundó todo su ser.

En algún lugar de la ascendencia de la muchacha había sangre escocesa. Se hallaba presente en las rizadas ondas de los cabellos rosáceos que caían alrededor de un rostro delicado, pero dotado de una mandíbula sorprendentemente firme. Se hallaba presente en aquel cutis que hacía pensar en los melocotones con crema de leche, y en los enormes ojos de color esmeralda; unos ojos que, notó Sasuke con una sonrisa levemente burlona, todavía eran capaces de contemplar el mundo con un maravillado asombro. Se hallaba presente en el fuego que ardía suavemente justo debajo de la superficie de su piel impecable. No muy alta, deliciosamente opulenta allí donde había que serlo, con una cintura esbelta y unas hermosas piernas envueltas por una ceñida falda, aquella muchacha era el sueño de un highlander exiliado.

Sasuke se humedeció los labios y la miró, y un sonido que tenía más de animal que de humano tembló en las profundidades de su garganta.

Cuando ella metió la cabeza por la ventanilla abierta del coche para decirle algo al conductor, la parte de atrás de la falda se le subió unos cuantos centímetros. Sasuke tragó aire con una brusca inspiración mientras se imaginaba a sí mismo detrás de ella. Todo su cuerpo se tensó de lujuria.

Dios, era preciosa. Aquellas curvas podían hacer que hasta un muerto temblara de deseo.

La joven se inclinó unos centímetros hacia delante, mostrando con ello un poco más de la deliciosa curva de la parte posterior de su muslo.

Sasuke sintió que la boca se le quedaba ferozmente seca.

«No es para mí», se advirtió a sí mismo, apretando los dientes mientras cambiaba de postura para aliviar la presión sobre su miembro, repentina y dolorosamente endurecido. El sólo llevaba a su cama chicas experimentadas. Chicas mucho mayores tanto de mente como de cuerpo. Que no olían, como ella, a inocencia. A sueños llenos de luz y un hermoso futuro.

Sofisticadas y conocedoras del mundo, con paladares hastiados y cínicos corazones: ésas eran las mujeres a las que un hombre podía poseer para luego irse por la mañana dejándoles cualquier regalito, sin que nada hubiera cambiado.

Ella, en cambio, era la clase de mujer que un hombre quiere tener siempre junto a él.

—En marcha —le murmuró Sasuke al conductor, obligándose a desviar la mirada.

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Sakura golpeó impacientemente el suelo con el pie mientras permanecía apoyada en la pared junto al mostrador de recepción.

El muy desgraciado no estaba en casa. Llevaba quince minutos aguardando allí, con la esperanza de que apareciera. Unos momentos antes le había dicho a Billy que se fuera sin ella, que ya cogería un taxi para regresar a Los Claustros y lo cargaría en la cuenta de gastos del departamento.

Tamborileó impacientemente con los dedos sobre el mostrador. Lo único que quería era entregar su paquete e irse. Cuanto antes se librara de él, antes podría olvidar su papel en todo aquel sórdido asunto.

Se le ocurrió que, a menos que pudiera encontrar una alternativa, probablemente perdería el resto del día sin sacar nada de ello. Un hombre que vivía en la calle Setenta Este rodeado de semejantes lujos sería alguien acostumbrado a hacer esperar a su antojo a los demás.

Sakura miró a su alrededor y atisbo una posible alternativa. Alisándose el vestido con una profunda inspiración, se metió el paquete debajo del brazo y atravesó con paso rápido y decidido el elegante y espacioso vestíbulo en dirección al puesto de seguridad. Dos hombres bastante entrados en carnes que lucían impecables uniformes negros y blancos enseguida centraron su atención en ella mientras se aproximaba.

Cuando llegó a Nueva York el año anterior, Sakura supo desde el primer momento que nunca podría codearse con las mujeres de la ciudad. Elegantes y sofisticadas, ellas eran Mercedes, Jaguar y BMW, y Sakura Haruno era un... jeep, o en uno de sus días buenos quizás un Toyota Highlander. Su bolso nunca hacía juego con sus zapatos, y en realidad podía considerarse afortunada si un zapato hacía juego con el otro. No obstante, Sakura creía que había que trabajar con aquello de lo que una disponía, así que hizo todo lo que pudo para introducir un poco de encanto femenino en sus andares mientras rezaba para no romperse un tobillo.

—Traigo una entrega para el señor Uchiha —anunció, curvando los labios en lo que esperaba fuese una sonrisa insinuante, en un intento de ablandarlos lo suficiente para que le dejaran depositar aquel maldito libro en un lugar un poco más seguro.

Sakura no estaba dispuesta a dárselo a la adolescente llena de granos que estaba sentada detrás del mostrador de recepción. Tampoco lo dejaría en manos de aquel par de brutos.

Dos miradas salaces la recorrieron de pies a cabeza.

—Estoy seguro de ello, encanto —dijo el guardia de seguridad rubio. Volvió a examinarla a conciencia—. Aunque no eres su tipo habitual de chica.

—El señor Uchiha recibe montones de entregas —dijo su compañero de pelo oscuro con una sonrisita burlona.

«Oh, estupendo. Sencillamente estupendo. Así que ese hombre es un mujeriego. Las páginas quedarán llenas de palomitas de maíz y sólo Dios sabe qué más. Grrrr.» Pero pensándolo bien debería sentirse agradecida, se dijo unos minutos después, mientras subía al piso cuarenta y tres en el ascensor. Los guardias de seguridad la habían dejado subir al ático sin escoltarla, algo que podía calificarse de asombroso en un inmueble de lujo del East Side.

«Déjalo en su antesala —le había dicho el rubio—, es un lugar seguro.» Pero su mirada libidinosa decía muy claramente que creía que el verdadero paquete a entregar era ella y que no esperaba volver a verla en varios días como mínimo.

Si Sakura hubiera sabido cuán cierto era eso —que realmente aquel hombre no volvería a verla en días—, nunca habría entrado en el ascensor.

Más tarde, también se le ocurriría pensar que si la puerta hubiera estado cerrada con llave todo habría ido bien para ella. Pero cuando llegó a la antesala del señor Uchiha, que rebosaba flores exóticas recién cortadas y estaba amueblada con elegantes sillones y magníficas alfombras, lo único que se le pasó por la cabeza fue que los de seguridad podrían dejar subir a cualquier beldad carente de cerebro, tal como acababan de hacer con ella, y que dicha beldad carente de cerebro podía arrancar una página de aquel texto inapreciable para envolver su chicle, o cualquier otra cosa igual de sacrílega.

Así que, suspirando, se atusó los cabellos y probó suerte con una de las puertas dobles.

Ésta se abrió en silencio girando sobre..., cielos, ¿realmente era oro lo que recubría aquellas bisagras? Sakura vio su reflejo boquiabierto en una de ellas. Algunas personas tenían más dinero que sentido común. Una sola de esas estúpidas bisagras bastaría para pagar el alquiler de su diminuto apartamento durante varios meses.

Sacudiendo la cabeza, entró y se aclaró la garganta.

—¿Hola? —llamó, mientras se le ocurría pensar que la puerta podía estar abierta porque el señor Uchiha había dejado allí a alguna representante de la multitud de mujeres que al parecer tenía.

—¡Hola, hola! —volvió a llamar. Silencio. Lujo. Como ella nunca había visto antes.

Sakura miró a su alrededor, y aun así posiblemente todo habría salido bien si no hubiera visto aquella magnífica espada escocesa de doble filo colgada encima de la chimenea en la sala de estar. La atrajo como una llama atrae a las mariposas nocturnas.

—Oh, pero qué cosita tan preciosa —trinó, apresurándose a ir hacia ella mientras se prometía que sólo iba a dejar el texto encima de la mesa de centro de mármol, echar una rápida mirada e irse.

Veinte minutos después estaba embarcada en una minuciosa exploración del hogar de aquel hombre, con el corazón palpitándole de nerviosismo pero demasiado, fascinada, como para detenerse.

—¿Cómo se atreve a no echar la llave a su puerta? —gruñó mientras fruncía el ceño ante una magnífica espada medieval de hoja ancha.

Allí estaba, despreocupadamente apoyada en una de las esquinas de la pared y lista para que alguien la robase. Aunque Sakura se enorgullecía de tener un sólido sentido de la moral, de pronto experimentó el escandaloso impulso de metérsela debajo del brazo y salir huyendo con ella.

El lugar estaba lleno de piezas valiosas, y además ¡todas ellas de origen céltico! Armas escocesas que se remontaban al siglo XV —si su olfato para aquellas cosas no la engañaba, y rara vez lo hacía— adornaban una de las paredes de la biblioteca. Había toda una serie de galas escocesas que carecían de precio: un morral, una insignia y broches en un impecable estado de conservación reposaban junto a una pila de monedas antiguas encima de un escritorio.

Sakura tocó, examinó, sacudió la cabeza con incredulidad.

Si hasta entonces lo único que le inspiraba aquel hombre era disgusto, de pronto había empezado a caerle un poco mejor y ahora ya se sentía desvergonzadamente seducida por lo excelente de su gusto.

Y la curiosidad que sentía por él iba creciendo un poco más con cada nuevo descubrimiento.

No había fotos, notó mientras recorría las habitaciones con la mirada. Ni una sola.

Le habría encantado saber qué aspecto tenía aquel tipo.

Sasuke Uchiha. Menudo nombre.

«No tengo nada contra Haruno —había dicho su abuelo a menudo—. Es un apellido magnífico, pero es tan fácil enamorarse de un escocés como de un inglés, muchacha.» Siguió una pausa cargada de sobrentendidos. Un ruidoso carraspeo. Luego, tan inevitable como la salida del sol: «De hecho, es más fácil».

Sakura sonrió, acordándose de la de veces que la había animado él a que se procurase un apellido «como es debido».

La sonrisa se le heló en los labios cuando entró en el dormitorio.

Su deseo de saber qué aspecto tenía aquel hombre creció hasta entrar en el terreno de la obsesión.

Su dormitorio, su pecaminoso y decadente dormitorio, con la enorme cama tallada a mano rodeada de cortinajes y cubierta de sedas y terciopelos, con la chimenea exquisitamente embaldosada, el jacuzzi de mármol negro dentro del que uno podía estar sentado bebiendo sorbos de champán mientras contemplaba Manhattan desde lo alto a través de una pared de ventanas. Docenas de velas rodeaban la bañera. Dos copas habían sido descuidadamente volcadas sobre la alfombra bereber.

El aroma de él todavía perduraba en la habitación, aroma de hombre y especias y virilidad.

El corazón de Sakura empezó a palpitar frenéticamente cuando se le ocurrió pensar en la enormidad de lo que estaba haciendo. ¡Se había puesto a fisgonear por todo el ático de un hombre muy rico y en aquel preciso instante estaba de pie en su dormitorio, por el amor de Dios! En el mismo cubil donde él seducía a sus mujeres.

Y a juzgar por el aspecto que tenía todo, aquel hombre había sabido convertir la seducción en una de las bellas artes.

Alfombra de lana virgen, cortinajes de terciopelo negro en torno a la monstruosa cama, sábanas de seda bajo un suntuoso cobertor de terciopelo adornado con cuentas, magníficos espejos enmarcados en plata y obsidiana merecedores de estar en un museo.

A pesar de todos los timbres de alarma que habían empezado a sonar dentro de su cabeza, Sakura era incapaz de irse de allí. Fascinada, abrió un armario, pasó los dedos por las soberbias prendas confeccionadas a mano e inhaló el aroma del hombre, sutil e innegablemente sexual. Exquisitas botas y zapatos italianos cubrían el suelo.

Sakura empezó a conjurar una imagen de fantasía de aquel hombre.

Sería alto (¡Sakura no estaba dispuesta a tener niños bajitos!) y apuesto, con un cuerpo magnífico, aunque no demasiado excepcional, y un grave acento escocés. Sería inteligente, hablaría varias lenguas (para que así pudiera ronronearle al oído palabras de amor en gaélico), pero no demasiado refinado, un poco todavía por pulir en ciertos aspectos. Se olvidaría de afeitarse, ese tipo de cosas. Sería un poco introvertido y dulce. Le gustarían las mujeres no muy altas y llenas de curvas que pasaban tanto tiempo con la nariz metida en los libros que se olvidaban de depilarse las cejas, pasarse el cepillo por el pelo y ponerse maquillaje. Mujeres cuyos zapatos no siempre hacían juego.

«Deja de soñar despierta —dijo la voz de la razón, pinchando sin ningún miramiento su burbuja de fantasía—. El guardia de la entrada dijo que no eras su tipo habitual de chica. Ahora vete de aquí, Haruno.»

Y todavía no habría sido demasiado tarde, todavía podría haber escapado si no se hubiera acercado un poco más a aquella cama tan pecaminosa para contemplar, con una mezcla de curiosidad y fascinación, los pañuelos de seda anudados alrededor de unos postes del tamaño de pequeños troncos de árbol.

Sakura, que se había criado con maíz de Kansas, no pudo evitar sentirse muy impresionada. Sakura, que nunca llegaba hasta el final con los hombres, se encontró... respirando de manera muy rápida y entrecortada, por decirlo suavemente.

Apartando la mirada con un estremecimiento mientras retrocedía sobre un par de piernas que habían empezado a temblar, casi se le pasó por alto la esquina del libro que sobresalía de debajo de la cama.

Pero a Sakura nunca se le pasaba por alto un libro. Y menos si se trataba de un libro antiguo.

Unos momentos después, con la falda subida hasta las caderas, el bolso abandonado encima de un asiento y la chaqueta tirada en el suelo, Sakura ya había sacado el botín de su escondite: siete volúmenes medievales.

¡Santo Dios, se hallaba en la guarida del nefasto Fantasma Galo! Y no era de extrañar que aquel hombre tuviese tantas antigüedades: cuando quería algo, iba y lo robaba.

Sakura se puso a cuatro patas y empezó a hurgar debajo de la cama en busca de más evidencias de sus atroces crímenes. Su opinión acerca de aquel hombre acababa de dar un brusco giro a peor.

—Un sucio mujeriego que además se dedica a robar —masculló en voz baja—. Esto es increíble.

Usando el pulgar y la punta del dedo índice, sacó cautelosamente de debajo de la cama un tanga de encaje negro. Aaaj. Un envoltorio de condón. Otro envoltorio de condón. Otro envoltorio de condón.

¡Dios! ¿Cuántas personas vivían allí?

«Magnum—anunciaba el envoltorio con presuntuosa satisfacción—, para el Hombre Extra-Grande.» Sakura parpadeó.

—Todavía no he probado a hacerlo debajo de la cama, muchacha —ronroneó detrás de ella una ronca voz escocesa—, pero si es así como lo prefieres, y el resto de ti es la mitad de hermoso de lo que estoy viendo, tal vez me animaría a hacerlo a tu manera.

El corazón de Sakura dejó de latir.

Se quedó paralizada mientras su cerebro afrontaba confusamente el dilema de luchar o huir. Con su metro sesenta escaso de estatura, luchar distaba mucho de ser la opción más prometedora.

Desgraciadamente, el cerebro de Sakura no se acordó de procesar el hecho de que ella todavía se encontraba debajo de la cama cuando descargó en su sangre el torrente de adrenalina necesario para huir, así que lo único que consiguió fue golpearse la nuca contra la sólida estructura de madera.

Aturdida y viendo las estrellas, Sakura empezó a tener hipo; algo muy mortificante que le sucedía siempre que se ponía nerviosa, como si estar nerviosa no fuera ya lo bastante malo.

Sakura no necesitaba salir a rastras de debajo de la cama para saber que estaba metida en un buen lío.