CAPÍTULO 3
Una mano muy fuerte se cerró alrededor de su tobillo, y Sakura soltó un gritito.
Luego trató de soltar un gran grito, pero un hipido inoportuno hizo que se lo tragara y el corte de respiración la dejó jadeando.
Con un tirón implacable, él la sacó de debajo de su cama.
Sakura se sujetó frenéticamente la falda con ambas manos, tratando de evitar que se le quedara atrapada alrededor de la cintura mientras se veía inexorablemente arrastrada hacia atrás. Lo último que quería era aparecer con el culo al aire. Con aquella falda en particular se le marcaba bastante la línea de las bragas (no se la ponía muy a menudo por esa razón y porque había ganado un poco de peso y la falda le quedaba un tanto ceñida), así que aquel día sólo llevaba unos pantis sin bragas. No era algo que ella hiciese con frecuencia. Y había tenido que hacerlo precisamente aquel día.
Cuando estuvo fuera de la cama, él le soltó el tobillo. Sakura quedó tendida boca abajo sobre la alfombra, hipando mientras se estrujaba los sesos en un desesperado esfuerzo por pensar.
Él estaba detrás de ella; podía sentir su presencia y que estaba mirándola. En silencio.
En un terrible, espantoso, desconcertante silencio.
Tragándose un nuevo ataque de hipo e incapaz de armarse del valor necesario para mirar detrás de ella, Sakura dijo jovialmente, en su mejor tono de jovencita simpática:
—Je ne parle pas anglais. Parlez-vous françáis? —Luego, con un envarado acento francés (fingir ser tonta en latín le parecía demasiado descabellado)—: ¡Servicio de habitaciones! —Hipo—. Yo limpio el dormitorio de usted, oui? —Hipo.
Nada. Todavía silencio detrás de ella. Iba a tener que mirarlo.
Incorporándose con mucho cuidado sobre las manos y las rodillas, Sakura se alisó la falda, pasó a sentarse en el suelo y luego consiguió alzarse sobre sus temblorosas piernas. Todavía demasiado alterada para hacer frente al hombre, enfocó la mirada en un vaso y un plato vacíos sobre una mesa junto a la cama y determinada a convencerlo de que era una doncella del servicio de habitaciones, los señaló mientras trinaba:
—Platos susios. Vous aimez que yo lave, oui?
Hipo.
Silencio, pesado y lleno de tensión. Un tenue rumor. ¿Qué estaba haciendo él?
Respirando con profundas inspiraciones, Sakura se volvió lentamente. Y entonces toda la sangre huyó de su rostro. Reparó en dos cosas al mismo tiempo, una completamente irrelevante, la otra terriblemente significativa: él era el hombre más devastadoramente hermoso que había visto en toda su vida, y sostenía el bolso de ella en una mano mientras le quitaba la pila a su móvil con la otra.
Después dejó caer la pila al suelo y la aplastó bajo su bota.
—¿S-s-servicio de habitaciones? —graznó ella, y luego volvió a recurrir al francés, demasiado nerviosa para hacer algo más que balbucear, entre hipido e hipido, la conversación elemental sobre el tiempo que había aprendido en primero de francés, pero eso él no lo sabría.
—De hecho no está lloviendo, muchacha —dijo secamente él, en el idioma de ambos y con un pronunciado acento escocés—. Aunque he de admitir que éste es uno de los escasos momentos de la última semana en los que no ha estado lloviendo.
Sakura sintió que se le caía el alma a los pies. Oh, maldición... ¡debería haber probado a hablar griego!
—Sakura Haruno —dijo él, arrojándole su permiso de conducir.
Ella estaba demasiado aturdida para que le fuese posible atraparlo al vuelo, y el permiso rebotó en su cuerpo y cayó al suelo.
Mierda. Merde. Menudo desastre.
—De Los Claustros. Hace un cuarto de hora he estado con tu jefe. Ha dicho que me esperabas aquí. Nunca habría imaginado que quería decir que estarías en mi cama.
Ojos peligrosos. Ojos hipnóticos. Se clavaron en los suyos y Sakura no pudo apartar la mirada.
—Debajo de la cama —balbució, abandonando su exagerado acento francés—. Estaba debajo de la cama, no en ella.
La sensual boca de él se curvó con el atisbo de una sonrisa. La tenue diversión no llegó a extenderse a sus ojos.
«Oh, Dios», pensó ella mientras lo miraba con los ojos muy abiertos. Su vida muy probablemente corría peligro y lo único que podía hacer era quedarse mirándolo.
Aquel hombre era hermoso. Increíble, aterradoramente hermoso. Sakura nunca había visto un hombre así. Él era cada una de sus más oscuras fantasías súbitamente dotada de vida. La sangre escocesa se hallaba claramente presente en aquellas facciones que parecían haber sido talladas a cincel.
Ataviado con pantalones negros, botas negras, un suéter de color crema y una chaqueta de cuero muy suave, tenía una sedosa cabellera negra como la medianoche que llevaba recogida en la nuca para apartarla de un rostro salvajemente masculino. Labios firmes y sensuales, el inferior mucho más carnoso que el superior, nariz orgullosa y aristocrática, cejas oscuras y suavemente inclinadas, una estructura ósea por la que un modelo de pasarela estaría dispuesto a morir. La sombra de una barba perfectamente esculpida oscurecía su mandíbula perfecta.
Un metro noventa y cinco como mínimo, pensó ella. Una constitución magnífica.
La gracia de un animal salvaje.
Los exóticos ojos negros con motas doradas, peligrosos como los de un gran felino.
De pronto Sakura se sintió como un trozo de carne fresca.
—Se diría que tenemos un pequeño problema, muchacha —observó él con una sedosa amenaza en la voz mientras daba un paso hacia ella.
El hipo de Sakura se desvaneció al instante. El terror podía surtir ese efecto. Siempre daba mucho mejor resultado que una cucharadita de azúcar o una bolsa de papel.
—Le aseguro que no sé de qué me habla —mintió desesperadamente—. Vine a entregar el texto y siento muchísimo, haberme dejado distraer por todos sus hermosos tesoros, y me disculpo sinceramente por haber invadido su hogar, pero Genshō me espera en el despacho, de hecho ahora mismo Bill está esperándome en la entrada, y no veo que haya ningún problema. —Lo contempló con los ojos muy abiertos y se concentró en ofrecer un aspecto lo más suave, estúpido y femenino posible—. ¿Qué problema? —Púdico aleteo de pestañas—. No hay ningún problema.
Él no dijo nada y se limitó a dejar que su mirada bajara hacia los textos robados esparcidos alrededor de los pies de Sakura entre tangas y envoltorios de condón. Ella también bajó la mirada.
—Bueno, sí, no cabe duda de que tiene usted una vida amorosa muy activa —murmuró vacuamente—. Pero no se lo tendré en cuenta. —«¡Mujeriego!»
La mirada que le lanzó él hizo que el fino vello de su nuca se le pusiera de punta.
Después su mirada volvió a dirigirse significativamente hacia los tomos.
—¡Oh! Se refiere a esos libros. Así que le gustan los libros —dijo alegremente—. No pasa nada. —Se encogió de hombros.
Una vez más él no dijo nada y se limitó a mantenerla paralizada con aquella intensa mirada dorada. ¡Dios, aquel hombre era impresionante! Hacía que Sakura se sintiera como... como Rene Russo en El secreto de Thomas Crown, lista para unir su destino al del ladrón. Huir a tierras exóticas. Pasear con los pechos al aire por una terraza que daba al mar. Vivir más allá de la ley. Acariciar sus antigüedades cuando no estuviera ocupada acariciándolo a él.
—Ay, muchacha —dijo él, sacudiendo la cabeza—. No soy idiota, así que no me insultes con mentiras. Salta a la vista que sabes con toda exactitud qué son esos libros. Y de dónde han salido —añadió suavemente.
Viniendo de él, la suavidad era peligrosa. Sakura lo supo de manera instintiva. En aquel hombre la suavidad significaba que se disponía a hacer algo que no sería del agrado de ella.
Y lo hizo.
Acorralándola con su poderoso cuerpo, la obligó a retroceder hacia la cama y le asestó un ligero empujón que la hizo caer de espaldas sobre el lecho.
Luego se dejó caer tras ella con la gracia de un tigre, dejándola atrapada entre el colchón y su cuerpo.
—Juro que no se lo contaré a nadie —se apresuró a farfullar Sakura—. No me importa. Si usted tiene los libros, por mí de acuerdo. No siento absolutamente ningún deseo de acudir a la policía o nada semejante. Ni siquiera me gusta la policía. La policía y yo nunca nos hemos llevado bien. En una ocasión me pusieron una multa por ir a ochenta y cinco en una zona donde el límite de velocidad era ochenta. ¿Cómo quiere que me caigan bien después de eso? Me importa un comino si ha robado usted la mitad de la colección medieval del Met, en serio, de veras, ellos tienen seis mil piezas, así que aunque les falten unos cuantos, nadie se dará cuenta. Sé guardar muy bien los secretos —prácticamente chilló—, eso se lo puedo asegurar, de veras, lo juro por estas que son cruces y espero que... ejem, no se me escapará ni una sola palabrita al respecto. Mantendré la boca cerrada. A partir de ahora ésa va a ser mi consigna. Y puede estar seguro de que...
Los labios de él se llevaron el resto de sus palabras junto con su aliento.
«Oh, sí. Rene Russo al habla.»
Aquellos labios tan sensuales, encima de los suyos, rozándolos suavemente mientras los saboreaban. Pero sin tomar nada.
Y por un instante completamente insensato, Sakura quiso que él la tomara. Quiso que aplastara su boca con un beso ávido, salvaje y devastador, que la ayudara a poner al rojo vivo ese botón del amor que en su caso nunca había llegado a rozar la tibieza. Aquel hombre llenaba la cabeza de una mujer con fantasías que Sakura hubiese jurado no tener. Sus labios traicioneros se separaron de los suyos. Miedo, se dijo a sí misma, sólo que el miedo podía traducirse rápidamente en excitación. Había oído hablar de casos en los que una persona hacía frente a la muerte segura con una repentina descarga sexual que se negaba a disiparse.
Tan extraña e intensamente excitada se hallaba que ni siquiera reparó en que él le estaba atando un pañuelo alrededor de la muñeca hasta que hubo terminado de apretar el nudo, y entonces ya era demasiado tarde y ella estaba atada a su cama. Su pecaminosa, decadente cama. Moviéndose con una celeridad y una gracia inhumanas, él ató diestramente su otra muñeca al poste más alejado.
Sakura abrió la boca para gritar, pero él se la cubrió con una poderosa mano. Yaciendo encima de ella, con los ojos clavados en los suyos, le habló en voz muy baja y suave, articulando cada palabra con mucho cuidado:
—Si gritas, me veré obligado a amordazarte. Prefiero no hacerlo, muchacha. Tampoco hay que olvidar que de todas maneras aquí arriba nadie puede oírte. La elección es tuya. ¿Qué va a ser?
Levantó la mano imperceptiblemente, justo lo suficiente para poder oír su réplica.
—N-no me hagas daño —susurró ella.
—No tengo ninguna intención de hacerte daño, muchacha.
Ella se dispuso a decir que aun así se lo estaba haciendo, y entonces se dio cuenta con un súbito rubor de que aquella cosa dura que se le clavaba en la cadera no era el cañón de un enorme revólver Magnum, sino un arma de una clase enteramente distinta.
Él tuvo que haber visto algo en sus ojos, porque se elevó unos centímetros por encima de ella.
Lo cual significaba, concluyó Sakura con un inmenso alivio, que no iba a violarla. Un violador se habría desplazado unos cuantos centímetros hacia la derecha, y no hubiese subido sus caderas.
—Me temo que voy a tener que mantenerte aquí durante un tiempo, muchacha. Pero no sufrirás daño alguno. Te lo advierto, no obstante: un grito, un ruido fuerte, y te amordazaré.
No había misericordia en su mirada. Sakura sabía que hablaba en serio. Podía elegir entre estar atada, o atada y amordazada.
Sacudió la cabeza y luego asintió, bastante confusa porque no sabía si se suponía que tenía que decir que sí o que no.
—No gritaré —prometió envaradamente.
«De todas maneras aquí arriba nadie puede oírte.» Dios, eso probablemente era cierto. A aquella altura las paredes del edificio eran muy gruesas, no había nadie encima de ellos, y a los integrantes de la élite siempre se les dejaba vivir a su aire a menos que solicitaran algo. Probablemente podía gritar hasta quedarse sin voz, y aun así no vendría nadie.
—Buena chica —dijo él, levantándole la cabeza con la palma de una mano y deslizando una mullida almohada debajo de ella.
Luego, en un movimiento tan rápido como lleno de gracia, se apartó de la cama y salió del dormitorio, cerrando la puerta tras él y dejando a Sakura sola, atada con un par de pañuelos de seda a la pecaminosa cama del Fantasma Galo.
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Ella era la clase de mujer que un hombre siempre mantiene a su lado.
Sasuke maldijo suavemente en cinco lenguas distintas al recordar lo que había estado pensando hacía un rato, y se asestó unas cuantas palmadas enérgicas por encima de los pantalones. Aquello no ayudó en nada. De hecho, sólo sirvió para empeorar las cosas.
Aquella parte de él siempre agradecía cualquier clase de atención que se le prestara.
Con el ceño fruncido, fue a la pared de ventanas y contempló la ciudad sin verla.
No había sabido llevarlo muy bien. La había asustado. Pero no había sido capaz de ofrecerle palabras tranquilizadoras, porque había tenido que alejarse de ella a toda prisa ya que de lo contrario le hubiese dado a su sangre lo que estaba pidiendo a gritos. Aunque se dijo a sí mismo que había apretado sus labios contra los de ella únicamente para distraerla mientras la ataba, Sasuke la había besado porque necesitaba hacerlo, porque no había podido evitarlo. Había sido un breve y dulce saborear sin lengua, porque de haber llegado a cruzar aquella barrera, hubiese estado perdido. Yacer encima de ella ya había sido una auténtica agonía, porque sentía cómo la oscuridad crujía y se retorcía dentro de él y sabía que el tomarla la haría retroceder. Sintiéndose helado y hambriento, Sasuke había hecho un desesperado esfuerzo por ser humano y bondadoso.
Había ido a Los Claustros, complacido por la firmeza con que había sabido alejar de su mente todos los pensamientos relacionados con la joven escocesa. Una vez allí, había descubierto que el paquete estaba en camino hacia él, mientras que él se había puesto en camino hacia el paquete. Cubriéndolo de atenciones y miramientos, el conservador le había asegurado que Sakura Haruno estaría esperándolo, dado que alguien llamado Bill ya había regresado después de dejarla en la casa de él.
Pero la muchacha no estaba en la entrada y Seguridad, con numerosos guiños y sonrisas, le había dicho que su entrega lo esperaba arriba.
Al no encontrar a la mujer del museo en la antesala, Sasuke había ido a mirar a la sala de estar y entonces había oído ruidos en el piso de arriba.
Había subido la escalera con rápidas zancadas y entrado en su dormitorio, donde descubrió el par de piernas más preciosas que hubiera visto jamás, sobresaliendo de debajo de su cama. Suculentos muslos, que enseguida quiso mordisquear, esbeltos tobillos, hermosos piececitos envueltos en unos delicados zapatos de tacón.
Magníficas piernas femeninas. Cama.
Aquellas dos cosas en estrecha proximidad siempre hacían que toda la sangre huyera de su cerebro.
Las piernas le parecieron alarmantemente familiares y Sasuke se dijo que debían de ser imaginaciones suyas.
Entonces la sacó de debajo de la cama tirando de un tobillo y confirmó la identidad de la muchacha que iba unida a aquellas piernas celestiales, y la sangre enseguida empezó a hervir en sus venas.
Espoleado por una legión entera de fantasías mientras contemplaba el hermoso trasero de aquella joven tendida boca abajo en el suelo, Sasuke necesitó unos instantes para reparar en lo que había alrededor de la chica.
Los libros que él había «tomado prestados».
Lo último que necesitaba era ser perseguido por los defensores de la ley del siglo XXI. Tenía mucho que hacer, y muy poco tiempo para hacerlo. No podía permitirse ninguna clase de complicaciones.
Todavía no estaba preparado para abandonar Manhattan. Había dos últimos textos que necesitaba examinar.
¡Por Amergin, y pensar que ya casi había terminado! Unos cuantos días como mucho. ¡No necesitaba aquello! ¿Por qué ahora?
Inhaló profundamente y exhaló muy despacio. Repitió el proceso varias veces.
Sasuke se dijo que no le había quedado otra elección. Sí, atarla sin perder un instante había sido lo más sensato que podía hacer. Durante los próximos días, hasta que hubiera terminado, tendría que mantenerla cautiva.
Aunque podía utilizar la magia, recurriendo a un hechizo de la memoria para hacerle olvidar lo que había visto, no quería correr ese riesgo. Los hechizos de la memoria eran complicados y solían causar serios daños, porque casi siempre se llevaban consigo más memoria de la que se había pretendido en un principio, pero además él sólo utilizaba la magia si no había ninguna manera humana de manejar la situación. Sasuke sabía el precio que pagaba cada vez que utilizaba la magia. Pequeños hechizos para obtener los textos que necesitaba eran una cosa, pero lo otro era demasiado arriesgado.
No. Nada de magia. La joven tendría que soportar un breve período de cómodo cautiverio mientras él terminaba de traducir los últimos tomos, y luego se iría y la dejaría en libertad en algún punto del camino.
«¿Del camino hacia dónde? —quiso saber su conciencia—. ¿Finalmente has aceptado que tendrás que regresar?»
Sasuke suspiró. Los últimos meses habían confirmado lo que él ya sospechaba. Sólo había dos sitios en los que era posible encontrar la información que necesitaba: en los museos de Irlanda y Escocia, o en la biblioteca de los Uchiha.
Y la biblioteca de los Uchiha era con mucho el mejor de los dos.
Sasuke había estado evitándola a toda costa, porque ir allí traería consigo una miríada de peligros. La tierra de sus antepasados haría que la oscuridad que llevaba dentro se volviese más fuerte, pero además temía enfrentarse a su hermano gemelo. Porque tendría que admitir que había mentido. Porque tendría que admitir lo que era.
Aquella amarga discusión con su padre, Fugaku, mientras veía la ira y la decepción en sus ojos ya había sido bastante dura. Sasuke no estaba seguro de si llegaría a estar preparado alguna vez para comparecer ante su hermano gemelo, el hermano que nunca había roto un juramento en su vida.
Desde el día en que rompió su juramento y se volvió oscuro, Sasuke no había vuelto a llevar los colores de su clan, aunque un trozo de un viejo plaid de los Uchiha permanecía guardado debajo de su almohada. Algunas noches, después de que hubiera metido en un taxi a la mujer de turno (aunque Sasuke hacía el amor con muchas, nunca pasaba la noche con ninguna), lo apretaba entre sus dedos, cerraba los ojos y se imaginaba que volvía a estar en las Highlands. Un hombre sencillo, nada más.
Lo único que quería era encontrar una solución al problema, una manera de librarse de los oscuros por sus propios medios. Entonces recuperaría su honor. Entonces podría presentarse orgullosamente ante su hermano y reclamar su herencia.
«Si esperas mucho más —le advirtió aquella voz que nunca lo dejaba en paz—, puede que ya no quieras reclamarla. Puede que entonces ya ni siquiera entiendas lo que significa.»
Sasuke obligó a sus pensamientos a apartarse de aquel curso tan desagradable, y éstos se volvieron con una alarmante intensidad hacia la muchacha atada a su cama. Vulnerable y desvalida, atada a su cama.
Un pensamiento peligroso, aquél. Parecía como si ahora ya sólo fuese capaz de tener pensamientos peligrosos.
Pasándose una mano por el pelo, Sasuke se obligó a concentrar su atención en el texto que había dejado sobre la mesa de centro, procurando no pensar en el desconcertante hecho de que una parte de él, al mirar a aquella joven tan próxima a su cama, había dicho:
«Mía».
Como si desde el momento en que la había visto, reclamarla como suya fuese tan inevitable como que al día siguiente saliera el sol.
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Unas horas después, las volátiles emociones de Sakura ya habían agotado todo su repertorio. Había agotado el miedo, luego había pasado un rato zambulléndose con alegría en la indignación contra su captor, y ahora estaba profundamente disgustada consigo misma por su impetuosa curiosidad.
«Eres tan curiosa como una gatita, Sakura, pero un gato tiene siete vidas —solía decir su abuelo—. Tú sólo tienes una. Ten cuidado con adonde te lleva.»
«Y que lo digas», pensó Sakura mientras escuchaba atentamente para ver si podía oír al ladrón moviéndose por allí fuera. Su ático disponía de uno de esos sistemas de alta fidelidad, que llevan la música a cada habitación y, después del molesto estruendo de una canción heavy sospechosamente parecida a aquel tema de Nine Inch Nail cuya radiodifusión había sido prohibida hacía unos años, él puso música clásica. Durante las últimas horas Sakura había sido obsequiada con una serie de conciertos para violín. Si la intención era relajarla, no estaban surtiendo efecto.
Que le picara la nariz y que el único modo de rascársela fuese enterrando la cara en las almohadas de él y sacudiendo la cabeza tampoco ayudaba en nada.
Sakura se preguntó cuánto tiempo tendría que transcurrir antes de que Bill y Genshō empezaran a preguntarse dónde se había metido. Porque seguro que se pondrían a buscarla, ¿verdad?
No.
Aunque ambos dirían que Sakura nunca se apartaba de la rutina, ninguno de los dos interrogaría o acusaría a Sasuke Uchiha. Después de todo, ¿quién que estuviera en sus cabales podía creer que aquel hombre fuera nada más que un rico coleccionista de arte? Si se le preguntaba al respecto, su captor se limitaría a decir:
«No, ella dejó el paquete y luego se fue, no tengo ni idea de adónde puede haber ido». Y Genshō lo creería, y nadie intentaría ir más allá, porque alguien como Sasuke Uchiha no era la clase de hombre al que uno interroga o acosa. Nadie llegaría a imaginárselo jamás como un secuestrador o un ladrón. Ella era la única que sabía cómo era en realidad, y sólo porque se había prendado tontamente de sus antigüedades y luego había ido a fisgar dentro de su dormitorio.
No; aunque Genshō podía enviar allí a Bill aquella tarde, o más probablemente a la mañana siguiente, para que preguntara cuándo se había ido Sakura, la cosa se quedaría en eso. Cuando hubieran transcurrido uno o dos días, imaginaba ella, Genshō empezaría a preocuparse de verdad, la telefonearía a casa, pasaría por allí e incluso comunicaría su desaparición a la policía, pero en Nueva York las desapariciones inexplicadas eran algo que ocurría continuamente.
Sí, estaba metida en un buen lío.
Sakura suspiró, sopló para apartarse de la cara un mechón de pelo que le hacía cosquillas y volvió a ejecutar el numerito de la nariz en la almohada. Olía bien, el muy canalla. Mujeriego, prepotente, amoral, vil entre los viles, culpable de robo, profanador de textos inocentes.
—Ladrón —musitó Sakura con un pequeño mohín.
Inhaló, y luego se contuvo. No iba a apreciar el aroma de aquel hombre. No iba a apreciar ni una sola cosa relacionada con él.
Con un suspiro, Sakura se retorció cama arriba hasta que quedó apoyada contra la cabecera, en una posición casi erguida.
Estaba atada a la cama de un desconocido. Que además era un criminal.
—Sakura Haruno, tienes toda clase de problemas —murmuró mientras ponía a prueba por centésima vez sus ligaduras de seda.
Estas le concedieron una pequeña libertad de movimientos, sin que cedieran en lo más mínimo. Aquel hombre sabía hacer nudos.
¿Por qué no le había hecho daño?, se preguntó. Y dado que no se lo había hecho, ¿qué planeaba hacer con ella? Los hechos eran bastante simples y muy horripilantes: había conseguido introducirse en la guarida de un experto, escurridizo y muy concienzudo ladrón de primera categoría. No un ladronzuelo cualquiera o un atracador de bancos, sino un genio del robo que entraba en lugares imposibles y robaba fabulosos tesoros.
Aquello no era un delito cualquiera.
Lo que dependía de su silencio no eran unos cuantos miles de dólares, sino bastantes millones.
Sakura se estremeció. Aquel pensamiento tan sombrío podía arrastrarla directamente a la histeria o, como mínimo, a un ataque de hipo potencialmente mortal. Buscando desesperadamente alguna distracción, se acercó al borde de la cama todo lo que le permitían sus ligaduras y bajó la mirada hacia los textos robados.
Suspiró con anhelo, ardiendo en deseos de tocarlos. Aunque no eran originales —cualquier original que mereciese ser conservado se encontraría a buen recaudo en la Royal Irish Academy o en la biblioteca del Trinity College—, eran soberbias copias de finales de la Edad Media. Una de ellas se había abierto al caer, revelando una preciosa página de escritura irlandesa en mayúsculas donde cada una de las letras había sido gloriosamente embellecida mediante el intrincado motivo de nudos por el que eran famosos los celtas.
Había una copia del Lebor Laignech (el Libro de Leinster), del Lebor na hUidre (el Libro de la Vaca Parda), el Lebor Gabála Erenn (el Libro de las Invasiones), y varios textos menores del Ciclo Mitológico.
Fascinante. Todos ellos referentes a los primeros días de Eire, o Irlanda. Llenos de historias sobre los partolonianos, los nemedios, los fir bolg, los Tuatha de Danaan y los milesios. Ricos en leyenda y magia, e interminable objeto de debate por parte de los estudiosos.
¿Por qué los quería aquel hombre? ¿Estaría vendiéndolos para costearse todos sus fabulosos lujos? Sakura sabía que existían coleccionistas privados a los que les daba igual de dónde procediese el artículo, con tal de que pudieran tenerlo en su poder. Siempre había un mercado para las antigüedades robadas.
Pero, pensó con un creciente desconcierto, él sólo tenía objetos célticos. Y Sakura sabía sin lugar a dudas que la mayoría de las colecciones que había saqueado para hacerse con aquellos textos alardeaban de contar con piezas mucho más valiosas procedentes de muchas culturas distintas. Piezas que aquel hombre no se había llevado.
Lo cual significaba que, por la razón que fuese, era un ladrón altamente selectivo y que no obraba motivado únicamente por el valor del objeto.
Sakura sacudió la cabeza, perpleja. No tenía ningún sentido. ¿Qué ladrón no estaba motivado por el valor del objeto? ¿Qué ladrón robaba un texto menos valorado y dejaba sin tocar docenas de artículos más valiosos una vez que se había tomado la molestia de abrirse paso a través de los sistemas de seguridad? Y ¿cómo conseguía abrirse paso a través de los sistemas de seguridad? Las colecciones que había robado contaban con algunos de los sistemas antirrobo más sofisticados del mundo, y atravesarlos requería auténtico genio.
La puerta se abrió de pronto, y Sakura se apresuró a apartarse del borde de la cama al tiempo que adoptaba su expresión más inocente.
—¿Tienes hambre, muchacha? —dijo él con su marcado acento escocés, asomando la cabeza por la puerta parcialmente abierta.
—¿Q-qué?
Sakura parpadeó. ¿El muy desgraciado no sólo no la mataba, sino que además iba a darle de comer?
—¿Tienes hambre? Me estaba preparando algo para comer y se me ocurrió pensar que tal vez te apeteciera.
Sakura dedicó unos momentos a reflexionar. ¿Tenía hambre? Estaba hecha un lío. Pronto tendría que usar el cuarto de baño. La nariz le picaba furiosamente y se le había vuelto a subir la falda. Y entre todo aquello, sí, tenía hambre.
—Ajá —dijo recelosamente.
Sólo después de que él se hubiera ido se le ocurrió pensar que quizás ése era el modo en que iba a librarse de ella: ¡envenenándola!
