CAPÍTULO 4

Salmón escalfado, arenques y erizos de mar. Una ensalada adornada con nueces y moras. Un plato de quesos escoceses, mermelada y rebanadas de pan. Vino que chispeaba dentro de las copas Baccarat.

¿Muerte por suculenta comida escocesa y cristal de la mejor calidad?

—Pensaba que recibiría un bocadillo de mantequilla de cacahuete o algo por el estilo —dijo Sakura cautelosamente.

Sasuke dejó el último plato sobre la cama, la miró y sintió que todo el cuerpo se le ponía tenso. Dios, era como una fantasía que hubiera cobrado vida en su cama, allí sentada con la espalda apoyada en la cabecera y las muñecas atadas a los postes. Toda ella era suaves curvas, con la falda subida sobre sus delicados muslos para provocar a Sasuke con atisbos prohibidos, y un suéter muy ajustado ciñendo sus opulentos pechos, los cabellos en desorden alrededor de la cara, los ojos tempestuosos muy abiertos. No le cabía ninguna duda de que todavía era doncella. La forma en que había respondido a su breve beso así se lo había indicado. Sasuke nunca había tenido en su cama a una joven semejante. Ni siquiera en su propio siglo, donde las muchachas decentes siempre se mantenían prudentemente alejadas de los hermanos Uchiha. Los rumores sobre «esos hechiceros paganos» habían abundado en las Highlands. Aunque las mujeres experimentadas, las casadas y las sirvientas habían buscado ávidamente las camas de los dos hermanos, incluso éstas rehuían cualquier vínculo permanente.

«Se sienten atraídas por el peligro, pero nunca se les pasará por la cabeza llegar a vivir con él —había dicho Izuna en una ocasión con una amarga sonrisa—. Les gusta acariciar el sedoso pelaje de la bestia, sentir su poder y su salvajismo. Pero no te dejes engañar por eso, hermano: nunca, nunca permitirán que la bestia se acerque a los niños.»

Bueno, ya era demasiado tarde. Ahora ella estaba con la bestia tanto si le gustaba como si no.

Sólo con que se hubiera quedado en la calle, habría estado a salvo de él. Sasuke la habría dejado en paz.

Hubiese hecho lo honorable y la habría borrado de su mente. Y si luego hubiera vuelto a encontrarse con ella por casualidad, habría dado media vuelta fríamente para alejarse en dirección opuesta.

Pero ya era demasiado tarde para el honor. Ella no se había quedado en la calle como una buena chica. Estaba allí, en su cama. Y él era un hombre, uno que no tenía nada de honorable.

«¿Y cuando la dejes?», sisearon los harapos de su honor.

«La dejaré tan profundamente satisfecha por el placer que le habré dado que nunca lo lamentará. Uno de esos idiotas que no saben lo que se traen entre manos le haría daño. Yo la despertaré de maneras que ella nunca olvidará. Le daré fantasías que caldearán sus sueños durante el resto de su vida.»

Y ése fue el fin de aquella discusión, en lo que a él concernía. Sasuke la necesitaba. La oscuridad que había dentro de él se volvía incontrolable sin una mujer. Ya no disponía de la opción de hacerle pasar un buen rato a Koyuki, o a cualquier otra mujer, en su hogar. Pero la seducción, no la conquista, era el plato principal que se serviría en la mesa aquella noche. Sasuke le daría la noche, quizás el día siguiente, pero ir más allá habría sido conquista.

—¿Así que, hum, vas a desatarme?

Con un esfuerzo, Sasuke apartó la mirada de su falda subida. De todos modos ella había juntado las rodillas. «Eres una chica muy lista —pensó sombríamente—, pero eso no te servirá de nada.»

—No puedes retenerme aquí —dijo ella con voz gélida.

—Oh, sí que puedo.

—Me buscarán.

—Pero no aquí. Nadie vendrá a interrogarme, eso ya lo sabes.

Cuando se sentó en la cama de cara a ella, vio cómo se apresuraba a retroceder contra la cabecera.

—No sufrirás ningún daño por mi parte, muchacha. Te doy mi palabra.

Ella abrió la boca y luego la cerró, como si lo hubiera pensado mejor. Entonces pareció cambiar de parecer, se encogió de hombros y dijo:

—¿Cómo puedo creerte? Estoy sentada en medio de todas estas cosas robadas y me has atado. No puedo evitar preocuparme pensando en lo que planeas hacer conmigo. Bueno, ¿qué es lo que vas a hacer conmigo? —Como él no respondió, ella añadió con vehemencia—: Si vas a matarme, te lo advierto ahora mismo: mi fantasma te perseguirá hasta el fin de tus días de latrocinio. Convertiré tu vida en un auténtico infierno sobre la Tierra. Haré que vuestra legendaria banshee parezca una tímida doncella de voz suave en comparación conmigo. Eres un bárbaro, eso es lo que eres. Un bárbaro y un... un... un visigodo —escupió.

—Vaya, muchacha, tu sangre escocesa ha hablado —dijo él con una leve sonrisa—. Y además acabas de demostrar que tienes mucho temperamento. Aunque lo de llamarme visigodo es exagerar un poco, porque difícilmente se puede afirmar que yo esté haciendo nada tan épico como el saqueo de Roma.

Ella frunció el ceño.

—Entonces también se perdieron montones de libros.

—Los trato con mucho cuidado. Y no necesitas preocuparte, muchacha. No te haré ningún daño. No te haré nada que tú no desees. Puede que haya tomado prestados unos cuantos tomos, pero mis crímenes no van más allá de eso. No tardaré en irme. Cuando lo haga, te dejaré en libertad.

Sakura escrutó su rostro con la mirada mientras pensaba que no había acabado de gustarle del todo la parte del «no te haré nada que tú no desees». ¿Qué había pretendido decir exactamente con eso? Con todo, él le sostenía la mirada. A Sakura no se le ocurría por qué iba a molestarse en mentir.

—Casi podría creer que lo dices en serio —murmuró finalmente.

—Así es, muchacha.

—Umpf —dijo ella evasivamente. Una pausa, y luego—: Bien, ¿y por qué lo haces? —preguntó, con un movimiento de la cabeza dirigido hacia los textos robados.

—¿Importa?

—Bueno, no debería, pero en cierto modo sí que importa. Verás, conozco las colecciones de las que los has robado. En ellas hay reliquias mucho más valiosas.

—Busco cierta información. Me he limitado a tomarlos prestados. Serán devueltos cuando me vaya.

—Y la luna está hecha de queso —dijo ella secamente.

—Lo serán, aunque tú no me creas.

—¿Y todas las otras cosas que has robado?

—¿Qué otras cosas?

—Todos esos objetos célticos. Los cuchillos, las espadas, las insignias, las monedas y...

—Todo eso es mío por derecho de nacimiento.

Ella le dirigió una mirada escéptica.

—Lo es.

Sakura soltó un bufido.

—Son galas de los Uchiha. Yo soy un Uchiha.

Ella lo midió con la mirada.

—¿Me estás diciendo que las únicas cosas que has robado son los textos?

—Los tomé prestados. Y sí.

—No sé por quién debo tomarte —dijo ella, sacudiendo la cabeza.

—¿Qué te dicen tus... —¿vísceras? No, ésa no era la palabra apropiada— ... tus instintos?

Ella lo miró con una intensidad tan profunda que rayaba en lo íntimo. Sasuke se preguntó si alguna muchacha lo había mirado nunca de una manera tan penetrante. Como si intentara sondear las profundidades de su alma, llegando hasta el más negro corazón de ella. ¿Cómo le juzgaría aquella inocente? ¿Lo condenaría del mismo modo en que él se había condenado a sí mismo?

Después de unos instantes, ella se encogió de hombros y el momento se perdió.

—¿Qué clase de información estás buscando?

—Es una historia muy larga, muchacha —se evadió él, con una sonrisa burlona.

—Si me dejas marchar, de verdad que no se lo contaré a nadie. Prefiero con mucho seguir viva a que me corten el cuello por alguna clase de obligación moral. Ese tipo de cosas nunca me han comido el coco.

—Nunca te han comido el coco —repitió él lentamente—. ¿Quieres decir que para ti eso es una decisión que resulta muy fácil de tomar?

Sakura parpadeó.

—Sí.

Lo miró fijamente. Entre algunas de las palabras que utilizaba y el modo en que de vez en cuando hacía una pausa, como si estuviera meditando en una palabra o una frase, de pronto se le ocurrió pensar que quizá su lengua nativa fuera otra. Había entendido el francés. Llena de curiosidad, y queriendo ponerlo a prueba, le preguntó en latín si el gaélico había sido su primera lengua.

Él le respondió en griego que lo había sido.

¡Cielos, el ladrón no sólo era guapísimo, sino que además era políglota! Sakura estaba empezando de nuevo a sentirse peligrosamente como Rene Russo.

—Realmente estás leyendo esas cosas, ¿verdad? —dijo con asombro—. ¿Por qué?

—Ya te lo he dicho, muchacha: estoy buscando algo.

—Bueno, si me cuentas de qué se trata, quizá pueda ayudarte. —En cuanto las palabras hubieron salido de su boca, Sakura se horrorizó—. No pretendía decir eso —añadió, apresurándose a retirar la oferta—. No acabo de ofrecerme a encubrir y ayudar a un criminal.

—Eres una muchacha muy curiosa, ¿verdad? Sospecho que la curiosidad suele ser más fuerte que tú. —Señaló la comida—. Esto se está enfriando. ¿Qué te apetece?

—Cualquier cosa que tú comas antes —dijo ella al instante.

Una expresión de incredulidad cruzó por el rostro de él.

—¿Piensas que sería capaz de envenenarte? —preguntó con indignación.

Dicha por él, la idea sonaba patentemente ridícula y perfectamente paranoide.

—Bueno —dijo ella, poniéndose a la defensiva—, ¿cómo se supone que he de saberlo?

Él la riñó con la mirada. Después, sin apartar los ojos de los suyos, comió un bocado de cada plato.

—Puede que sólo sea mortal tomado en grandes dosis —adujo ella.

Enarcando una ceja, él comió dos bocados más de cada plato.

—Mis manos están atadas. No puedo comer.

Él sonrió, con una lenta sonrisa impregnada de un estremecedor atractivo sexual.

—Pues claro que puedes comer, muchacha —ronroneó, pinchando un trozo de salmón con el tenedor y elevándolo hacia los labios de Sakura.

—Tienes que estar bromeando —dijo ella secamente, para luego apretar los labios. Oh, no, no iba a hacerle ningún daño: sólo iba a torturarla, jugar con ella y fingir que estaba siendo seductor, para ver cómo Sakura Haruno se convertía en una idiota balbuceante mientras el hombre más increíblemente apuesto que había a aquel lado del Atlántico le daba de comer con su mano. Eso ni soñarlo. Ella no iba a aceptarlo.

—Abre la boca —le rogó él.

—No tengo hambre —dijo ella tercamente.

—Claro que tienes hambre.

—No la tengo.

—Mañana por la mañana la tendrás —dijo él mientras la sombra de una sonrisa flotaba alrededor de aquellos labios tan sensuales que tenía.

Sakura lo miró con los ojos entornados.

— ¿Por qué estás haciendo esto?

—Hubo un tiempo, allá en Escocia, y ya hace mucho de eso, en que un hombre escogía el bocado más fino que había en su tabla y alimentaba a su mujer con él. —Su reluciente mirada ónix se clavó en los ojos de ella—. Sólo después de que hubiera saciado los deseos de esa mujer, de la manera más completa y absoluta posible, saciaba él los suyos.

Uau. Aquel comentario fue directamente al estómago de Sakura y lo llenó de mariposas. También fue directamente a unas cuantas partes más de ella, partes en las que era más prudente no pensar. No sólo era un mujeriego, sino que además sabía tratarte con guante de seda. Sakura se puso rígida y apretó los dientes.

—No estamos en la Escocia de hace mucho tiempo, yo no soy tu mujer, y apostaría a que ella no estaba atada.

Eso hizo que él volviera a sonreír, y entonces Sakura se dio cuenta de qué era lo que no acababa de gustarle del todo en su sonrisa: aunque había sonreído en varias ocasiones, su diversión nunca parecía extenderse a sus ojos. Como si aquel hombre nunca llegara a bajar la guardia. Como si nunca se relajara del todo, como si siempre hubiera alguna parte de él que mantenía bajo llave. Ladrón, secuestrador y seductor de mujeres. ¿Qué otros secretos escondía Sasuke Uchiha detrás de aquellos fríos ojos?

—¿Por qué tanta resistencia? ¿Piensas que podría matarte con el tenedor? —preguntó él jovialmente.

—Yo...

Salmón dentro de su boca. Astuto ladrón. Y estaba muy bueno. Había sido cocinado a la perfección. Sakura se apresuró a tragar.

—Eso no ha sido justo.

—Pero ¿estaba bueno?

Ella lo miró en un hosco silencio.

—La vida no siempre es justa, muchacha, pero eso no significa que no pueda seguir siendo dulce.

Desconcertada por la intensa mirada de él, Sakura decidió que sería más sensato limitarse a capitular. Sólo Dios sabía lo que podía llegar a hacer aquel hombre en el caso de que ella no capitulase, y además, lo cierto era que tenía hambre. Sospechaba que podía discutir con él hasta que la cara se le pusiera azul y no llegar a ninguna parte. Aquel hombre iba a alimentarla, y no había que darle más vueltas al asunto.

Y francamente, cuando él estaba sentado allí en la cama, todo él pecaminosamente apuesto y juguetón y fingiendo flirtear con ella..., resultaba un poco difícil resistirse, a pesar de que Sakura supiera que para él todo aquello sólo era alguna clase de juego. Cuando ella tuviera setenta años (suponiendo que saliese viva de allí) y estuviera sentada en su mecedora con sus biznietos correteando alrededor de ella, podría reflexionar sobre el recuerdo de la extraña noche en que el irresistible Fantasma Galo le había dado a comer bocados de platos escoceses y le había dado a beber sorbos de un vino magnífico en su ático de Manhattan.

La sombra de peligro que flotaba en el aire, la increíble sensualidad que emanaba de aquel hombre, y lo extraño de la situación se combinaban para hacer que se sintiese un poco temeraria.

No sabía que tuviera aquello dentro.

Sakura había empezado a sentirse..., bueno..., bastante intrépida.

Unas horas después, Sakura yacía en la oscuridad, viendo crujir y chisporrotear el fuego mientras su mente repasaba una y otra vez los acontecimientos del día sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria.

Había sido, con mucho, el día más extraño de su vida.

Si aquella mañana, cuando se ponía los pantis y el vestido, alguien le hubiera dicho cómo discurriría aquel ordinario, frío y un poco lluvioso miércoles de marzo, Sakura se habría echado a reír ante semejante disparate.

Si alguien le hubiera dicho que terminaría el día atada a una suntuosa cama en un ático lleno de lujos bajo la custodia del Fantasma Galo, bien alimentada y sintiendo que le empezaba a entrar sueño mientras veía cómo un fuego ardía hasta quedar reducido a un montón de ascuas, Sakura habría acompañado a esa persona hasta el centro psiquiátrico más próximo.

Estaba asustada... Oh, ¿a quién trataba de engañar? Por muy embarazoso que fuera admitirlo, en realidad se sentía tan fascinada como asustada.

La vida había tomado un curso decididamente extraño y Sakura no estaba tan preocupada por ello como sospechaba que probablemente debería estar. Llegar a colocarse en un estado de temor por la propia vida mínimamente satisfactorio resultaba un poco difícil cuando el captor era un hombre tan fascinante y seductor. Un hombre que preparaba una cena escocesa completa para su prisionera, encendía un fuego para ella y ponía música clásica. Un hombre inteligente que había recibido una excelente educación.

Un hombre pecaminosamente sexy.

Cuando a una no sólo no le habían hecho ningún daño, sino que además la habían besado de una manera que no podía ser más provocativa.

Y aunque Sakura no tenía ni idea de lo que traería consigo el día siguiente, estaba impaciente por descubrirlo. ¿Qué podía estar buscando aquel hombre? ¿Era posible que él no fuese más que lo que decía ser? ¿Un hombre rico que necesitaba cierta información por alguna razón y que, si no podía obtener los textos que necesitaba recurriendo a medios legítimos, los robaba con la intención de devolverlos después?

—Oh, claro. Llamadme idiota.

Sakura puso los ojos en blanco.

Con todo, introduciendo un serio obstáculo en los engranajes que le impedían limitarse a etiquetar a Sasuke Uchiha como un ladrón, también estaba el hecho de que él había donado piezas muy valiosas que luego habían sido autentificadas a cambio del tercer Libro de Manannán.

¿Por qué iba el Fantasma Galo a hacer algo semejante? Los hechos no encajaban con el perfil de un frío e implacable mercenario. Sakura no cabía en sí de curiosidad. Llevaba mucho tiempo sospechando que algún día la curiosidad podía ser su perdición, y no cabía duda de que ahora la había metido en un buen lío.

Después de la cena, él la desató y la escoltó hasta el cuarto de baño que había junto a la suite principal (manteniéndose demasiado cerca de ella para su tranquilidad, con lo que Sakura fue dolorosamente consciente de los noventa kilos de sólido músculo masculino que había detrás de ella). Unos minutos y una llamada con los nudillos después, le informó de que acababa de dejar una camisa y unos pantalones de chándal (él los había llamado calzones) delante de la puerta.

Sakura había pasado treinta minutos dentro del cuarto de baño con el pestillo echado, primero buscando algún conducto de la calefacción que tuviera las dimensiones apropiadas para que una persona pudiera pasar por él —de la clase que una veía a menudo en las películas, pero que nunca encontraba en la vida real—, para luego deliberar sobre si escribir un mensaje de socorro con lápiz de labios podría servir de algo. Aparte de para que luego él lo descubriera y se enfadara muchísimo, claro está. Finalmente había optado por no hacerlo. O al menos todavía no, en cualquier caso. No había ninguna necesidad de alertarlo acerca de su intención de escapar a la primera oportunidad que se le presentase.

No se había atrevido a correr el riesgo de desnudarse y darse una ducha, ni siquiera con el pestillo echado, así que se había lavado un poco y luego se había cepillado los dientes con el cepillo de él, porque no estaba dispuesta a permitir bajo ningún concepto que aquel hombre le cepillase los dientes. Usarlo había hecho que se sintiera bastante extraña. Sakura nunca había usado el cepillo de dientes de un hombre. Pero después de todo, racionalizó, habían comido del mismo tenedor. Y casi había tenido la lengua de él dentro de su boca. Si tenía que ser sincera, le habría gustado tener la lengua de él dentro de su boca, siempre que dispusiera de una firme garantía de que la cosa no habría ido más allá. (Se negaba a convertirse en el próximo par de bragas olvidado debajo de su cama, por mucho que no tuviera ningunas bragas que dejar allí).

Sakura se ahogaba con la ropa de él, pero al menos no había tenido que preocuparse porque se le subiera la falda cuando volvió a atarla a la cama. Los pantalones tenían una cinturilla de cordón —lo único bueno que se podía decir de ellos—, había tenido que enrollar las perneras unas diez veces hacia arriba, y la camisa le llegaba hasta las rodillas. La ausencia de bragas era un poco desconcertante.

Él la había arropado con el cobertor. Había comprobado las ligaduras. Las había alargado ligeramente para que pudiera dormir con un poco más de comodidad.

Después se había quedado de pie junto a la cama por un instante, contemplándola con una expresión insondable en sus exóticos ojos ónix, con motas doradas. Súbitamente nerviosa, Sakura había sido la primera en desviar la mirada y se había dado la vuelta —hasta el punto en que podía llegar a hacerlo— para alejarse de él.

«Oh, Dios», pensó mientras abría y cerraba unos párpados que ya empezaban a sentir el peso del sueño. Ahora olía igual que él. Su olor estaba por toda ella.

Se estaba quedando dormida. No podía creerlo. Con lo espantosas y estresantes que eran las circunstancias, se estaba quedando dormida.

Bueno, se dijo a sí misma, necesitaba dormir para tener la mente lo más clara posible al día siguiente. Entonces escaparía.

Él no había tratado de volver a besarla: fue su último, ligeramente melancólico y completamente ridículo pensamiento antes de quedarse dormida.

.

.

.

Unas horas después, demasiado inquieto para dormir, Sasuke estaba en la sala escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre las ventanas mientras examinaba el Códice Midhe, una recopilación de mitos mayormente descabellados y vagas profecías («un tremendo fárrago de miscelánea medieval», lo había llamado un estudioso de mucho renombre, y Sasuke se sentía bastante inclinado a estar de acuerdo con él), cuando sonó el teléfono. Sasuke lo miró con recelo, pero no se levantó para responder a la llamada.

Una larga pausa, un pitido, y luego:

—Sasuke, soy Izuna.

Silencio.

—Ya sabes lo mucho que detesto hablar con las máquinas, Sasuke.

Largo silencio, un pesado suspiro.

Sasuke apretó las manos, volvió a abrirlas y luego se dio un masaje en las sienes con los cantos de las palmas.

—Sakurasou está en el hospital...

La cabeza de Sasuke giró abruptamente hacia el contestador y se medio levantó de su asiento, pero no llegó a completar el movimiento.

—Tuvo contracciones prematuras.

Preocupación en la voz de su hermano gemelo. Sasuke sintió como si le clavaran un cuchillo en el corazón. Sakurasou estaba embarazada de seis meses y medio y esperaba gemelos. Sasuke contuvo la respiración y escuchó. No había sacrificado tantas cosas con el objetivo de que su hermano y la esposa de su hermano pudieran estar juntos en el siglo XXI, sólo para que ahora le ocurriese algo a Sakurasou.

—Pero ya se encuentra bien.

Sasuke volvió a respirar y se dejó caer sobre el sofá.

—Los médicos dicen que a veces ocurre durante el último trimestre, y siempre que no tenga nuevas contracciones, están pensando en darla de alta por la mañana.

Un espacio de tiempo llenado únicamente por el tenue sonido de la respiración de su hermano.

—Oh, Dios..., hermano..., ven a casa. —Pausa. Luego, en voz muy baja—: Por favor.

Chasquido