CAPÍTULO 5
Sasuke se hallaba peligrosamente cerca de perder el control.
—Eso significa «puente», no «pasarela adyacente» —estaba diciendo ella mientras miraba por encima de su hombro y señalaba lo que acababa de escribir él en las notas que iba tomando.
Un poco de su cabellera caía sobre el hombro de Sasuke y se derramaba encima de su pecho, obligándolo a recurrir a toda su fuerza de voluntad para no deslizar la mano entre aquellos mechones y atraer los labios de ella hacia los suyos.
Nunca hubiera debido desatarla aquella mañana. Pero después de todo tampoco era que la joven pudiera huir de él, y mantenerla atada a la cama rayaba en lo bárbaro. Además, la mera idea de que ella estuviera atada a la cama había empezado a obsesionar a una parte oscura de la mente de Sasuke. Aun así, tenerla revoloteando por el ático para examinarlo todo mientras lo acosaba con incesantes preguntas y comentarios era igual de malo.
Cada vez que la miraba, un gruñido silencioso subía rápidamente por la garganta de Sasuke, hambre apenas reprimida, necesidad de tocarla y saborearla y...
—Deja de estar pegada a mi hombro, muchacha.
El aroma del cuerpo de ella le llenaba las ventanas de la nariz, provocando un lujurioso estupor. Aroma de inocencia y sensualidad femenina. Dios, ¿acaso no se daba cuenta ella de que él era peligroso? ¿Quizá no abiertamente, sino del modo en que un ratón veía a un gato y se refugiaba prudentemente en los rincones más oscuros de la habitación? Al parecer no, porque siguió parloteando.
—Sólo tengo curiosidad —le dijo con voz malhumorada—. Y no lo estás entendiendo bien. Ahí dice: «Cuando el hombre llegado de los montes, allá en las alturas donde vuelan las águilas amarillas, emprenda el bajo..., ejem, sendero o camino... por el puente que engaña a la muerte... —qué curioso, ¿el puente que engaña a la muerte?—, los draghar regresarán». ¿Quiénes son los draghar? Nunca había oído hablar de ellos. ¿Qué es eso? ¿El Códice Midhe? Tampoco había oído hablar de él. ¿Puedo verlo? ¿De dónde lo has sacado?
Sasuke sacudió la cabeza. No había manera de controlarla.
—Siéntate, muchacha, o volveré a atarte.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Sólo estoy intentando ayudar...
—¿Y por qué intentas hacer tal cosa? Soy un ladrón, ¿recuerdas? Un bárbaro visigodo, para emplear las mismas palabras que utilizaste anoche.
Ella frunció el ceño.
—Tienes razón. No sé qué mosca me ha picado. —Una larga pausa. Luego—: Es sólo que pensé que si realmente ibas a devolverlos... —le dirigió una mirada escrutadoramente escéptica— cuanto antes terminaras con ellos, antes regresarían al sitio en el que tienen que estar. Así que en todo caso te estaría ayudando por una buena causa.
Asintió alegremente, al parecer muy complacida con su racionalización.
Él soltó un bufido y le indicó que se sentara. Era evidente que aquella muchacha estaba obsesionada por las antigüedades y que era tan curiosa como largo es el día. De hecho, sus dedos se curvaban distraídamente cada vez que miraba el Códice, como si ardiera en deseos de tocarlo.
Le habría gustado verla arder en deseos de tocarlo a él de aquella manera. Las mujeres de mundo prácticamente lo metían en la cama a empujones. Sasuke nunca había seducido a una inocente. Tenía el presentimiento de que ella se resistiría... Pensarlo lo divirtió y lo excitó al mismo tiempo.
Ella se dejó caer con un resoplido en el sofá enfrente de él, cruzó los brazos y lo contempló a través de las pilas de textos y cuadernos de anotaciones amontonadas sobre la mesa de mármol que se interponía entre ellos. Opulentos labios fruncidos, un pie golpeando rápidamente el suelo.
Un diminuto y delicado pie descalzo, con uñas rosadas como conchas. Esbeltos tobillos asomando de las perneras enrolladas de los pantalones de él. Vestida con una de sus camisas de lino, las mangas subidas hasta los codos, que era también donde los hombros descendían sobre su delicado cuerpo, y con los cabellos en desorden alrededor de su rostro, era toda una visión. El caprichoso sol de marzo había decidido brillar durante un rato, muy probablemente, pensó él, para así poder derramarse a través de la pared de ventanas que había detrás de ella y besar sus rizadas ondas de un rosado precioso.
Ondas que a él le habría gustado mucho sentir derramarse sobre sus muslos, mientras aquellos sensuales labios rosados...
—Come tu desayuno —gruñó, volviendo a concentrarse en el texto.
Ella entornó los ojos.
—Ya me lo he comido. Voy a perder mi empleo, ¿sabes?
—¿Qué?
—Mi empleo. Si no me presento a trabajar me despedirán. Y entonces, ¿cómo viviré? Quiero decir, suponiendo que realmente hablaras en serio cuando dijiste que me dejarías marchar.
Le lanzó otra mirada altiva y luego miró hacia la puerta por duodécima vez, y él supo que se estaba preguntando si podría llegar hasta allí antes de que él la detuviera. Eso no lo preocupaba. Incluso si conseguía llegar a salir por la puerta, nunca lograría alcanzar el ascensor a tiempo. Sasuke también sabía que antes, cuando estaba de pie detrás de él, su mirada había ido continuamente de una pesada lámpara a su nuca para luego volver a la lámpara. No había tratado de golpearlo con ella, demostrando así que no tenía nada de tonta. Quizás había percibido su tensa alerta, quizás había decidido que tenía la cabeza demasiado dura.
Inhaló profundamente y exhaló muy despacio. Si no la sacaba pronto de la sala, saltaría sobre la mesa que se interponía entre ellos, la dejaría inmovilizada en el sofá y la tomaría. Y aunque tenía toda la intención de hacerlo en algún momento, primero necesitaba terminar el Códice Midhe. La disciplina era una parte crucial en el proceso de controlar el mal que había dentro de él. La primera parte del día era para trabajar; el anochecer, para la seducción, y las últimas horas de la madrugada, para más trabajo. Sasuke llevaba muchas lunas viviendo de aquella manera. Era imperativo que mantuviera las cosas separadas en pulcros compartimientos, porque no le costaría nada convertirse en un hombre consumido por el deseo de satisfacer cualquier capricho o necesidad momentánea que le vinieran a la cabeza. Sólo manteniendo rígidamente sus rutinas sin desviarse jamás de ellas podía demostrarse a sí mismo que todavía controlaba la situación.
Los draghar, pensó sombríamente. Aquélla era la tercera mención de ellos con la que se encontraba. La peculiar redacción del texto parecía aludir a sus propias acciones. El hombre llegado de los montes..., el puente que engaña a la muerte. Pero ¿quiénes o qué eran los draghar? ¿Serían tal vez alguna facción de los legendarios Tuatha de Danaan? ¿Regresarían los Tuatha de sus míticos escondites para ir tras él ahora que había roto su juramento y violado El Pacto?
Cuanto más profundizaba Sasuke en tomos que ni él ni Izuna habían tenido presentes en sus pensamientos con anterioridad, más se daba cuenta de que su clan había olvidado, incluso abandonado, una gran parte de su antigua historia. La biblioteca de los Uchiha era vasta, y en sus treinta y tres años de existencia Sasuke apenas si había llegado a hacer mella en ella. Contenía textos que ningún Uchiha se había molestado en leer desde hacía siglos, quizá milenios. Había demasiada sabiduría para que un hombre pudiera absorberla en el curso de una sola vida, y ciertamente nunca había habido ninguna necesidad de eso. Con el transcurso de los eones, los Uchiha se habían vuelto descuidados y, sintiéndose satisfechos con su existencia, miraron hacia delante en vez de hacia atrás. Sasuke supuso que era así como el hombre renunciaba al ayer, instalándose en el presente hasta que de pronto el antiguo pasado se volvía vital.
Si su clan no hubiera olvidado tantas cosas, quizás él nunca habría llegado a estar de pie dentro del círculo de piedras, asegurándose a sí mismo que no había ninguna potencia maléfica aguardándolo en el lugar intermedio en el caso de que utilizara las piedras por motivos personales. Quizá nunca habría conseguido medio convencerse de que los Tuatha de Danaan, una vaga raza de la cual se hablaba en términos todavía más vagos, sólo eran un mito, un cuento de hadas urdido para evitar que un Uchiha utilizara mal su poder. Y no era que Sasuke hubiera creído que estaba abusando de él. Nunca había pensado que sus acciones sirvieran a motivos personales. Bueno, no enteramente, ¿o acaso el amor no era el más grande y noble de todos los propósitos?
La joven ya volvía a estar pegada a su hombro.
¿Cuál sería la mejor manera de conseguir que lo dejase en paz durante un rato? Una sonrisa depredadora curvó los labios de Sasuke.
Alzó la mirada. Levantó los ojos del texto y la miró, dejando de una manera muy deliberada que todo lo que estaba pensando en hacerle —que era absolutamente todo— apareciera en su rostro, trayendo consigo un súbito fuego a su mirada.
Ella tragó aire con un jadeo ahogado.
Él la miró de soslayo. Era la clase de mirada que un guerrero podría lanzar a otro en desafío, o la clase de mirada que un hombre lanza a una mujer a la cual tiene intención de hacer suya. Lentamente, con una lánguida sensualidad, se humedeció el labio inferior. La mirada de Sasuke descendió hasta sus labios, y luego volvió a subir.
Los ojos de ella se volvieron inverosímilmente redondos y tragó saliva.
Sasuke se mordió el carnoso labio inferior y lo liberó lentamente, y luego sonrió. No era una sonrisa que pretendiera tranquilizar. Era una sonrisa que prometía oscuras fantasías. Tanto si ella las quería como si no.
—Estaré en el estudio —dijo ella con un hilo de voz, levantándose de un salto del sofá para salir prácticamente corriendo de la habitación.
Sólo después de que se hubiera ido hizo Sasuke aquel ruido. Un largo y ronco gruñido de expectación.
El corazón de Sakura palpitaba furiosamente y sus ojos no veían absolutamente nada mientras fingía estudiar los títulos de los libros que había en las estanterías del estudio.
¡Cielos, aquella mirada! ¡Santo Dios!
Allí estaba, sentado enfrente de ella y devastadoramente hermoso vestido de negro de pies a cabeza, con su magnífica cabellera color medianoche apartada de su soberbio rostro y al parecer soslayándola, y entonces de pronto había levantado los ojos —pero no la cabeza— del texto y le había dirigido una mirada de... deseo sexual.
Ningún hombre había mirado nunca a Sakura Haruno de aquella manera. Como si ella fuese alguna clase de suculento postre y él acabara de salir de una larga semana a pan y agua.
Y su labio... Dios, cuando él había tomado entre sus dientes ese labio inferior pecaminosamente carnoso para liberarlo después. La visión hacía que una chica quisiera darse un atracón con él. Durante horas.
«Creo que ese hombre puede estar planeando seducirme», pensó con asombro. Sí, sabía que él era un mujeriego y sí, la noche anterior había parecido estar flirteando con ella, pero Sakura no se lo había tomado en serio. Ella no era exactamente la clase de mujer por la que un hombre como él perdía la cabeza. Sakura era bastante realista acerca de su aspecto; no era la típica modelo de piernas interminables, de eso no cabía ninguna duda. Si hasta los de Seguridad habían dicho que ella no era su tipo.
Pero aquella mirada...
—Lo hizo únicamente para conseguir que te fueras de allí, Haruno —se murmuró a sí misma—. Y funcionó. Eres una cobardica.
Estaba a punto de salir de allí hecha una furia para decirle que no se había tragado su farol; de hecho, ya había ido hacia la puerta y se disponía a salir del estudio, cuando él hizo un ruido.
Un sonido que la hizo estremecerse y cerrar la puerta en lugar de salir de allí. Y echar el pestillo.
Un sonido de animal hambriento.
Apoyándose en la puerta, Sakura empezó a respirar con inspiraciones muy lentas y profundas.
Ahora sí que se había metido en un buen lío. Ser rehén de un criminal y, quizá, fantasear acerca de besos era una cosa. Pero ser seducida por él era algo muy distinto. El muy canalla era tanto un ladrón como un secuestrador, y Sakura no podía permitirse olvidarlo.
Tenía que escapar antes de que fuese demasiado tarde. Antes de que se encontrara buscando razones, no meramente para ayudar y encubrir al criminal, sino para presentarle su virginidad encima de una bandeja de plata.
Cuando Sakura salió sigilosamente del estudio media hora después, el muy arrogante la dejó llegar hasta la puerta antes de molestarse en moverse. Entonces se levantó muy despacio, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, y le lanzó una mirada de decepción y suave reproche.
Como si fuera ella la que estuviese haciendo algo malo.
Desafiante, Sakura blandió la corta espada que había cogido de su colección de la pared después de haber decidido que, con sus cincuenta centímetros de acero afilado como una navaja de afeitar, era la más apropiada para su estatura.
—Ya te he dicho que no se lo contaré a nadie, y no lo haré. Pero no puedo seguir aquí por más tiempo.
—Suelta esa espada, muchacha.
Él se puso en movimiento en el preciso instante en que ella tiraba de la puerta, y cuando la puerta no se abrió, primero se quedó asombrada, y luego comprendió que para empezar no había estado cerrada con llave. Hizo un frenético intento de empujarla en sentido contrario, pero la palma de él cayó sobre la puerta por encima de su cabeza y la mole de su cuerpo la dejó atrapada. Sakura alzó instintivamente la espada y él se envaró cuando la punta de la hoja quedó apoyada en su corazón.
Se miraron el uno al otro por un largo instante. Sakura fue vagamente consciente de que la respiración de él se había vuelto tan entrecortada como la suya.
—Hazlo, muchacha —dijo él fríamente.
— ¿El qué?
—Mátame. Soy un ladrón. La evidencia está aquí. Lo único que tendrás que hacer será llamar a la policía y mostrarles que soy, o era, el Fantasma Galo y que te mantenía cautiva. Nadie te culpará porque me hayas matado para escapar. Es lo que haría cualquier muchacha honesta.
Sakura se quedó boquiabierta. ¿Matarlo? Oírlo hablar de sí mismo en pasado no le había gustado nada. Hizo aparecer en su estómago un frío y horrible nudo que le oprimió las entrañas.
—Hazlo —insistió él.
—No quiero matarte. Sólo quiero irme.
—¿Porque te he tratado mal?
—¡Porque me mantienes cautiva!
—Y ha sido horrible, ¿verdad? —se burló él ligeramente.
—Atrás —siseó ella.
Cuando él apretó el cuerpo contra la punta de la espada y ella sintió ceder su piel bajo la hoja, dejó escapar un jadeo ahogado. Los labios de él se curvaron en una sonrisa helada.
Y Sakura supo que si hacía retroceder la hoja, ésta brillaría con el rojo de la sangre de él. Las náuseas se unieron al nudo terrible que le oprimía las entrañas.
—Mátame o baja la espada —dijo él con una mortífera intensidad—. Esas son tus opciones. Tus únicas opciones.
Sakura escrutó sus ojos, aquellos relucientes ojos ónix. Parecían estar girando con un torbellino de sombras, cambiando de color, atenuándose del ámbar fundido al cobre quemado, pero eso no era posible. El momento no podía estar más lleno de peligro, y de pronto Sakura tuvo la extraña sensación de que algo... más... estaba en el ático con ellos. Algo antiguo y muy, muy frío.
¿O era sólo la frialdad que había en aquellos ojos? Sakura se agitó, disipando sus absurdos pensamientos.
Él hablaba en serio. La obligaría a matarlo para irse de allí. Sakura no podía hacerlo.
No era ni siquiera remotamente posible. Ella no quería ver muerto a Sasuke Uchiha. Nunca querría verlo muerto. Aunque eso significara que anduviera suelto por el mundo, un ladrón sin escrúpulos, hermoso como un ángel caído, que infringía leyes y robaba antigüedades.
Cuando ella dejó que la punta de la hoja bajara, la mano de él se movió en un gesto tan veloz que apenas podía ser visto. Sakura gritó, soltando la espada mientras el destello plateado de otra hoja se elevaba hacia su rostro en un súbito arco.
Para clavarse en la puerta junto a su oreja.
—Mírala, muchacha —ordenó él.
—¿Q-qué?
—La daga. Es un skean dhu del siglo catorce.
Ella volvió la cabeza con cautela y contempló la hoja que sobresalía de la puerta, y luego dirigió de nuevo la mirada hacia él. Estaba atrapada por casi dos metros de músculo y hombre, la palma de una mano a cada lado de su cabeza. Un cuchillo junto a su oreja. Él lo había llevado en algún lugar de su cuerpo durante todo el tiempo. Podría haberlo utilizado contra ella en cualquier momento. Pero no lo había hecho.
—Te gustan las antigüedades, ¿verdad, muchacha?
Ella asintió.
—Cógela. Sakura parpadeó.
Él bajó las manos en un súbito movimiento y dio un paso atrás.
—Adelante, cógela.
Sin dejar de mirarlo con ojos llenos de recelo, Sakura desclavó la hoja de la puerta con un leve gruñido. Tuvo que utilizar ambas manos para liberarla.
—Oh —jadeó. Con la empuñadura incrustada de esmeraldas y rubíes, era exquisita. La daga más hermosa que hubiera visto jamás—. ¡Esto tiene que valer una fortuna! Está como nueva. ¡No hay ni la más leve señal en la hoja! Genshō daría cualquier cosa por hacerse con esto.
Y, se temía Sakura, ella también.
—Es mi daga. Lo que hay en la empuñadura es el blasón de los Uchiha. Ahora es tuya. Para cuando te vayas. En el caso de que pierdas tu empleo.
Dio media vuelta y fue hacia el sofá.
Cuando se sentó y se puso a trabajar en el texto, Sakura se quedó de pie allí en un perplejo silencio mientras su mirada iba de él al skean dhu y nuevamente a él. Varias veces abrió la boca para hablar, y luego volvió a cerrarla.
Las acciones de él acababan de demostrar, más persuasivamente que cualquier palabra que pudiera haber utilizado, que no mentía cuando dijo que no le haría ningún daño. ¿Cuáles eran las palabras que había utilizado la noche antes? «No te haré nada que tú no desees.»
Sakura lo hubiera encontrado muy reconfortante si sus propios deseos hubieran sido un poco más puros.
Él acababa de poner en sus manos una auténtica daga celta y le había dicho que ahora era suya.
Los dedos de Sakura se curvaron posesivamente alrededor de la empuñadura de la daga. Se mostraría completamente en contra. O al menos, protestaría educadamente. Eso era lo que iba a hacer, en cualquier momento.
Esperó. En cualquier momento.
Con un suspiro lleno de consternación, Sakura admitió que algunas cosas no eran humanamente posibles: ni siquiera Martha Stewart podía doblar las sábanas que tenían puntos de ajuste.
«Oh, abuelo, ¿por qué nunca me dijiste que los escoceses eran tan fascinantes? Él sabe cómo llegar a mis puntos débiles.»
Casi le pareció oír la suave risa de Gongorō Kamakura. Como si él le hubiera respondido desde algún lugar situado más allá de las estrellas. «Tú nunca te conformarías con menos, Sakura. También llevas dentro de ti tu parte de sangre salvaje.»
¿Sí? ¿Sería ésa la razón por la que, últimamente, despertaba en plena noche llena de una energía que necesitaba desesperadamente alguna válvula de escape? ¿El porqué, a pesar de lo bien que le iban las cosas en el trabajo (sabía que no tardaríaa en ascenderla), de que se sintiera cada vez más inquieta y fuera de lugar? Ya hacía varios meses que una insistente vocecita murmuraba dentro de ella: «¿Esto es todo lo que hay en mi vida?».
El Fantasma Galo le estaba ofreciendo un soborno, una especie de pago. Sé una buena chica y te irás de aquí con un premio. Tu propia antigüedad céltica.
A cambio de su silencio y su cooperación. Sakura estaba sufriendo una crisis ética.
Afortunadamente, fue breve.
Se inclinó a recoger la espada olvidada y fue a devolverla al estudio.
—No me iría nada mal tener algo de ropa de mi talla —gruñó mientras pasaba por detrás de él.
Si Sasuke no hubiera estado de espaldas y Sakura hubiese visto la sonrisa que curvó sus labios, se habría estremecido de pies a cabeza.
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—Sasuke, cariño, te echo de menos, te necesito. Me muero sin ti. —Pausa—. Llámame. Soy Koyuki.
El contestador se desconectó con un chasquido.
Sasuke apareció un instante después. Su mirada se cruzó con la de Sakura cuando bajó el volumen del contestador.
—Sasuke, cariño —trinó Sakura, sintiéndose inexplicablemente irritable.
Allí estaba ella, pasando con delicadeza las páginas del Códice Midhe y sintiéndose extrañamente contenta mientras él hacía ruidos domésticos en la cocina, cocinando para ella, cuando Koyuki los había interrumpido.
Él le dirigió una sonrisa devastadora y se encogió de hombros.
—Soy un hombre, muchacha.
Luego regresó a la cocina. Dejando sola a Sakura para que mascullara en voz baja. No tenía ni idea de por qué le importaba tanto aquello. Pero la había llenado de irritación.
—¿Naciste en Escocia? —preguntó Sakura un rato después mientras apartaba su plato con un suspiro.
Otra fabulosa cena. Bistec de buey Angus al estilo Aberdeen con setas en salsa de vino, patatas tempranas con chirivías, ensalada y pan de hogaza untado con mantequilla. Y vino, aunque él estaba bebiendo Macallan, un excelente whisky de malta escocés.
—Sí. En las Highlands, cerca de Inverness. ¿Y tú?
—Indianápolis. Pero mis padres murieron cuando yo tenía cuatro años, así que me fui a vivir a Kansas con mi abuelo.
—Eso tuvo que ser difícil.
Había sido horrible. Se negaron a permitir que viera los cuerpos de sus padres, cosa que en aquel momento no había entendido. Sakura pensaba que alguien se los había llevado y nunca se los devolvería. No había creído que simplemente ya no pudieran existir. Pero con el tiempo se había curado. Sabía que eso la había moldeado de manera que las personas que tenían padres nunca llegarían a entender, pero había tenido mucha suerte. Hubo alguien que la rescató, y Sakura creía que siempre había que agradecer los pequeños favores de la vida.
—¿De quién te viene la sangre escocesa que hay en ti, muchacha?
—De mi abuelo. Gongorō Kamakura. ¿Tienes familia?
Una oscura sombra cruzó rápidamente por los ojos de él, un breve destello de angustia, aparecido y esfumado tan deprisa que Sakura no estuvo segura de no haberlo imaginado.
—Mi madre y mi padre están muertos. Tengo un hermano.
Se levantó abruptamente, recogió los platos y se los llevó a la cocina, dejando sola a Sakura para que meditara en lo que le parecía haber entrevisto. Estaba decidida a seguir con el tema, pero cuando él regresó, la distrajo poniéndole una copa de un chispeante licor rojo oscuro en una mano y un puro en la otra.
Sakura parpadeó.
—¿Qué es esto?
—El mejor puro que se puede comprar con dinero y una copa de oporto igualmente excelente.
— ¿Y qué es lo que piensas que voy a hacer con ello?
—Disfrutarlo —dijo él, dirigiéndole una sonrisa que no podía ser más encantadora.
Sakura contempló el puro con curiosidad y lo hizo rodar entre sus dedos. Nunca había fumado. Nunca había sentido el deseo de hacerlo. Pero si había un momento apropiado para probar nuevas cosas, era aquél, con un hombre que ciertamente no la juzgaría, sin importar lo que ella pudiera llegar a hacer. Sakura cayó en la cuenta de que estar con un hombre como él resultaba extrañamente liberador.
—No necesitas inhalar, así que no te preocupes. Lo que realmente importa es la sutil combinación del oporto con el humo en tu lengua. Adelante, pruébalo. Si no te gusta, al menos así ya sabrás qué es lo que tienes que decir la próxima vez que alguien te ofrezca uno.
Le enseñó cómo había que hacerlo, preparando el puro y animándola a que lo encendiera.
—Me siento como si estuviera haciendo algo malo —observó ella, y estornudó.
Por Dios, ella no tenía ni idea de hasta qué punto era malo aquello. Una cosa insignificante, hacerle fumar un puro y beber una copa de oporto. A las muchachas les encantaba flirtear con el peligro, con cosas que nunca habían probado antes, a pesar de lo buenas que eran. O precisamente por lo buenas que eran. Y ese pequeño saborear lo prohibido, luego solía traducirse en un súbito apetito por otro fruto.
«Hambre, mi pequeña Sakura —deseó él en silencio—. Saciaré cualquier deseo que tengas.» Casi podía paladear la inocencia de ella en su lengua. De hecho, no tardaría mucho en paladearla.
—Has estado haciendo algo malo desde el momento en que me conociste, muchacha —ronroneó, refiriéndose a sí mismo, pero cuando ella lo miró de soslayo, pasó a provocarla—. Curioseando en mi dormitorio...
—Si lo hice fue únicamente porque allí dentro tenías objetos robados...
—¿Y qué hacías tú dentro de mi dormitorio en primer lugar? — preguntó él sedosamente.
Ella se sonrojó.
—Es que yo, ejem... me, ejem... —balbució.
—Y he de confesar que me he estado preguntando qué hacías tan cerca de mi cama como para encontrar esos libros. Sólo te faltó meterte en ella. ¿Sentías curiosidad acerca de mí? ¿Acerca de mi cama? ¿Tal vez acerca de mí en ella?
El rubor de Sakura se volvió más intenso.
—Sólo estaba curioseando, ¿de acuerdo? Pero si hubiera tenido alguna idea de lo que iba a encontrar, no lo habría hecho.
Él sonrió, una sonrisa lenta y seductora, y Sakura contuvo la respiración.
—Bebe un sorbo de oporto y mantenlo encima de la lengua por un momento.
Sakura así lo hizo.
—Ahora el puro.
Sakura dio una ligera calada. Dulzor y humo, una combinación fascinante. Otro sorbo, otra calada. Sakura rió. Se sentía ridícula dando caladas al grueso puro. Se sentía cálida y viva. Volvió la cabeza para decirle lo que pensaba, pero él se había dejado caer junto a ella en el sofá y Sakura se tropezó con sus labios.
Directamente con aquella boca lujuriosa, opulenta y pecaminosa, y en cuanto los labios de él establecieron contacto con los suyos, Sakura crepitó. El calor recorrió todo su cuerpo desde la cabeza hasta los pies, llenándolo con una especie de incontrolable llamarada que nunca había experimentado antes. Era un calor que Sakura comprendió instintivamente podía abrasarla hasta dejarla sin sentido. Él no había fumado su puro y sabía a malta, y su cálida lengua se deslizó dentro de la boca de Sakura y todo su mundo quedó vuelto del revés. Apenas si se enteró cuando él le quitó diestramente de las manos el puro y la copa para depositarlos en otro lugar. De hecho, hubiese podido dejarlos caer al suelo y a ella le habría dado absolutamente igual.
—Mi pequeña Sakura. Necesito saborearte. Ábrete más. Entrégate a mí.
Enterró las manos en sus cabellos, besándola, y de pronto fue completamente insignificante que él robara antigüedades, que la hubiera tomado cautiva, que viviese fuera de la ley. Ahora lo único que le importaba a Sakura era que la lengua de él se hallaba dentro de su boca, y cómo la hacía sentirse. El mundo cesó de existir más allá de eso.
Besos lentos y profundos, eróticos mordisqueos con los dientes y la boca de él deslizándose, corriendo y resbalando sobre la de ella. Le tomó el labio inferior y tiró lánguidamente de él, para luego volver a capturarlo y plantar firmemente su boca ladeada sobre la de ella, saqueando. Mordisqueó, chupó, consumió. Aquel hombre no se limitaba a besar: hacía el amor a la boca de una mujer, consiguiendo que toda ella se sintiera hinchada, caliente y dolorida. Hacía que soltara ruiditos extraños y se echara a temblar. La hacía sentir como si pudiera...
«Me muero sin ti. Llámame. Soy Koyuki.»
... extraviarse completamente a sí misma y enamorarse locamente de él como sin duda habrían hecho incontables mujeres antes que ella. Una mujer a la que él no le devolvía la llamada. Y a diferencia de lo que ella había oído en el sofisticado ronroneo de la voz de Koyuki, Sakura no poseía las defensas necesarias, el don de gentes necesario. Si era lo bastante insensata como para permitírselo, aquel hombre la utilizaría y luego la arrojaría a un lado. Y no habría nadie a quien culpar de ello más que a la misma Sakura. No era como si ella no supiese, al dar el primer paso, qué clase de hombre era él. Decididamente del tipo «ámalas y déjalas». Y ¿cómo se sentiría ella, sabiendo que sólo había sido una víctima más en su carrera de atropellos? Utilizada, así sería como se sentiría.
—P-para —jadeó.
Él no lo hizo. Sus manos bajaron de los cabellos de Sakura a sus pechos para moverse posesivamente sobre ellos, acunando y amasando. Sus pulgares se deslizaron sobre los pezones de Sakura, y éstos se pusieron rígidos al instante. Sentía como si se estuviera ahogando. Aquel hombre era abrumadoramente masculino y sexual, y Sakura sabía que tenía que detenerlo, porque en cuanto hubieran transcurrido unos instantes más ya no sería capaz de recordar por qué hubiese debido hacer tal cosa.
—Por favor —chilló—. ¡Para!
Él mantuvo cautivo al labio inferior de Sakura durante un largo y erótico momento y luego, con un gruñido gutural, puso fin al beso. Apoyó su frente en la de ella mientras respiraba de manera rápida y entrecortada. ¿Cuándo había llegado a hacer tanto frío dentro de la habitación?, se preguntó Sakura aturdidamente. Tenía que haber una ventana abierta en algún sitio que dejaba entrar una brisa helada. Se estremeció. Su piel estaba muy caliente, inflamada por la pasión, y sin embargo el fino vello de su cuerpo se había erizado.
—No te haré daño —dijo él, en voz baja y apremiante.
«Físicamente tal vez no —pensó ella—, pero hay otras clases de dolor.» En tan sólo veinticuatro horas había llegado a sentirse irremediablemente atraída por un ladrón. Estaba fascinada por un desconocido del que colgaban las palabras «prohibido», «secretos» y «criminal». Sakura sacudió la cabeza y trató de apartarse de él. Aceptar un soborno era una cosa, perderse a sí misma otra muy distinta. Y no le cabía ninguna duda de que podía llegar a perderse por un hombre semejante. Simplemente no estaban al mismo nivel.
Las manos de él volvieron a subir hacia sus cabellos y los mantuvieron firmemente sujetos mientras bajaba la cabeza, y por un instante ella pensó que se negaría a dejarla marchar. Luego él levantó la cabeza y la contempló con una mirada oscura e intensa.
—Te deseo, muchacha.
—Apenas si me conoces —replicó ella con voz temblorosa.
Sospechaba que cuando Sasuke Uchiha le decía con semejante voz a una mujer que la deseaba, no oía muy a menudo la palabra «no». Eso suponiendo que llegara a oírla alguna vez.
—Te deseé desde el momento que te vi en la calle.
—¿En la calle?
¿Él la había visto en la calle? ¿Cuándo? ¿Dónde? Pensar que él se había fijado en ella antes de que se encontraran dentro de su dormitorio la dejó sin aliento.
—Tú estabas llegando cuando yo me iba. Estaba en el coche detrás del tuyo. Te vi y... —Se calló abruptamente.
—¿Y qué?
Él sonrió con amargura y pasó lentamente la yema de su pulgar por el labio inferior de ella, todavía hinchado y húmedo a causa de sus besos.
—Y me dije a mí mismo que una muchacha como tú no estaba hecha para mí.
—¿Por qué?
El deseo que había en los ojos de él se disipó, para ser sustituido por una expresión tan remota y vacía que Sakura sintió como si acabara de darle una bofetada. Él le había cerrado las puertas. Completamente. Sakura pudo sentirlo, y no le gustó ni pizca. Por un instante se sintió desnuda.
Él se levantó abruptamente.
—Ven, muchacha, vamos a acostarte. —Sonrió burlonamente, con otra de aquellas sonrisas que no llegaban a extenderse a sus fríos ojos—. Sola, si insistes.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué ibas a pensar eso?
Oír su respuesta era terriblemente importante para ella.
Él no le respondió. Se limitó a escoltarla al cuarto de baño, le ofreció toallas para una ducha si deseaba dársela —cosa que Sakura se sentía decididamente demasiado incómoda para poder hacer y rechazó; pero se lavó y volvió a cepillarse los dientes—, y luego la condujo a la cama para poder atarla.
—¿Tienes que hacer esto? —protestó ella mientras él anudaba el primer pañuelo.
—No, si duermo contigo —fue la fría réplica de él.
Sakura se apresuró a ofrecerle la muñeca.
—Ya sé que estás intacta, si es eso lo que te preocupa.
—Y ambos sabemos que tú no lo estás —masculló ella con irritación.
El señor Magnums-Múltiples debajo de la cama. ¿Cómo sabía él que ella era virgen? ¿Lo llevaba grabado en la frente? ¿Tan ineptos eran sus besos?
—No era más que algo de práctica para el día en que pueda llegar a darte placer.
Ella se estremeció. Él siempre tenía una respuesta para todo.
—Si no me atas, te prometo que no intentaré escapar.
—Sí que lo harías.
—Te doy mi palabra.
Con un grácil vaivén de su mano, él lanzó una de las almohadas fuera de la cama.
Sakura no necesitó bajar la vista para saber lo que él acababa de revelar: el skean dhu que antes había envuelto en un suave trozo de plaid que había encontrado, para luego esconderlo debajo de la almohada de modo que pudiera liberarse de sus ataduras después.
—Quería tenerlo a buen recaudo. No sabía en qué otro sitio ponerlo —le dijo con un aleteo de pestañas.
—Ninguna palabra de promesa o incluso de deseo ata a una mujer. Lo que retiene a una mujer son las ataduras.
Cogió la daga y el trozo de plaid, atravesó la habitación y los guardó dentro de un cajón.
Ella entornó los ojos.
—¿Quién te ha enseñado eso? ¿Las mujeres? Pues a mí me suena como si hubieras estado escogiendo a las que no debías. ¿Cuáles son tus criterios? ¿Tienes algún criterio?
Él la miró con expresión sombría.
—Sí. Que ellas me tengan a mí.
Sakura parpadeó y dejó que la atara. Aquel hombre podía tener a cualquier mujer que quisiera.
Hubo un momento muy peligroso cuando él le ató la segunda muñeca. Una larga y significativa pausa en la que se limitaron a mirarse el uno al otro. Ella lo deseaba desesperadamente, y la intensidad de aquel sentimiento la aterrorizó. Apenas conocía a aquel hombre, y lo que sabía acerca de él no tenía nada de tranquilizador.
—Porque eres una buena chica —le dijo él por encima del hombro mientras cerraba la puerta. Luego dejó escapar un pesado suspiro—. Y yo no soy un buen hombre.
Sakura tardó un momento en comprender de qué estaba hablando. Entonces se dio cuenta de que finalmente había respondido a su pregunta: por qué ella no estaba hecha para él.
