CAPÍTULO 6
«No soy un buen hombre.»
Era la única auténtica advertencia que ella recibiría de él durante su dulce e inevitable precipitarse desde el estado de gracia.
Sasuke bebió un sorbo de su whisky y la miró. Aquel beso, aquel mero sorbo de un beso todavía perduraba encima de su lengua, dulce como la miel, y ninguna cantidad de whisky podría llegar a hacerlo desaparecer. Apenas había empezado a paladearla cuando ella lo había detenido.
Y que lo detuviera casi lo había matado. Con su lengua dentro de la boca de ella y sus manos en sus cabellos, por un breve instante Sasuke se había sentido lleno de una gélida rabia, pura y negra, algo que rechazaba ser negado. Los antiguos se habían agitado para exigir que él saciara su hambre. «Oblígala —había ronroneado una oscura voz—. Puedes hacer que le guste.»
Sasuke había librado una terrible batalla contra ellos, y de ahí el cuidado con el que se había apartado de ella. Aquella negrura no era él. No sería él. Sasuke no lo permitiría. Podía consumirlo con demasiada facilidad.
Sabía que no hubiese debido entrar en el dormitorio. No se encontraba del mejor de los humores posibles por muchas razones, entre ellas, y no la menor, que aquel día había utilizado la magia, primero en una breve visita a Seguridad antes de que ella despertara, para recordarles que el día anterior habían visto marcharse a Sakura Haruno, y luego cuando ella intentó escapar, en lo que había sido una acción refleja, sin pensamiento alguno. El cerrojo interior estaba echado para variar y ella lo había descorrido, y entonces él lo había bloqueado mediante una palabra susurrada antes de que Sakura pudiera llegar a abrir la puerta.
Entonces, muy cerca de ella, con los aceros entre los dos, la sangre en su piel y la oscuridad creciendo rápidamente, le había dejado claro cuál sería el coste de su escapatoria: la vida de él.
Apostando a que ella retrocedería enseguida ante eso.
Una parte perversa de él la retaba a que pusiera fin a su deshonor con la punta de su propia espada.
Tanto de una manera como de otra, él tendría más paz.
Ella aceptó su daga y se quedó en el ático. No era consciente de lo que eso significaba. Cuando un druida ofrecía su arma favorita, su selvar, la que llevaba junto a su piel, a una mujer, también ofrecía su protección. Su presencia como guardián de aquella mujer. Para siempre.
Y ella la había tomado.
Ahora dormía boca arriba, del único modo en que podía hacerlo teniendo atadas las muñecas, aunque él se había asegurado de que las ligaduras quedaran lo más extendidas posible. Sus hermosos pechos subían y bajaban con la respiración suave y pausada del sueño profundo.
Debería dejarla marchar.
Y sabía que no iba a hacerlo. Deseaba a Sakura Haruno de modos en los que nunca había deseado a una muchacha antes. Sakura lo hacía sentir como un mozo que todavía está creciendo, deseoso de impresionarla con proezas masculinas, de protegerla y saciar hasta el último de sus deseos, de ser el foco de aquel luminoso corazón suyo, tan resplandeciente y lleno de inocencia. Como si de algún modo ella pudiera hacer que volviese a estar limpio.
Ella era curiosidad y asombro; él era cinismo y desesperación. Ella estaba llena de sueños; él había sido vaciado y estaba hueco por dentro. El corazón de ella era joven y sincero; el de él estaba helado por la desilusión, y ahora apenas latía con la fuerza suficiente como para mantenerlo con vida.
Ella era todo lo que él había soñado en el pasado, hacía mucho tiempo. Sakura Haruno era la clase de muchacha por la que hubiera llegado a hacer los votos de vinculación de los druidas, comprometiendo así su vida para siempre al lado de ella. Inteligente, aquella mujer hablaba cuatro idiomas, que él supiera. Tenaz y determinada, lógica a su manera. Realista, creía en los hechos. Amante de las antiguas tradiciones, algo que se hacía evidente cada vez que lo veía volver una página. En dos ocasiones le había entregado un pañuelo de papel para que lo utilizara como protección para evitar el contacto de sus dedos sobre las preciadas páginas.
Y Sasuke podía percibir en ella a una mujer que quería salir a la luz. Una mujer que había llevado una vida tranquila, una vida respetable, pero que anhelaba más. Podía percibir, con los instintos infalibles de un depredador sexual, que en lo más profundo de su corazón Sakura era terriblemente sensual y apasionada. Que el día en que se entregara a un hombre, se entregaría de manera incondicional. Sexualmente agresivo y dominante hasta la médula, Sasuke reconocía en ella a su perfecta compañera de lecho.
Él era un hombre que no podía ofrecer promesas ni garantías. Un hombre con una terrible oscuridad creciendo en su interior.
Y lo único en lo que podía pensar era... cuando la tomara, arrancaría las ropas de su cuerpo para desnudar hasta el último centímetro de su hermosura ante su inmenso apetito.
Se pondría encima de ella, los antebrazos en paralelo a la cama a cada lado de su cabeza, y atraparía sus largos cabellos debajo de su peso. La besaría...
Él la estaba besando y ella se ahogaba en el calor y la sensualidad de aquel hombre. Con las manos atadas a los postes de la cama y el cuerpo desnudo y yacía mientras ardía por dentro. Suya, para que la tomara como quisiese.
Él no se limitaba a besar, sino que reclamaba su propiedad. Tomaba su boca con tanta urgencia como si su vida dependiera de aquel beso. Lamió y mordisqueó y saboreó, chupándole el labio inferior y sujetándolo entre sus dientes. Las manos de él se movían sobre sus pechos y ella sentía el dolor abrasador de la necesidad allí donde la tocaba. La besó despacio, profundamente y prolongando cada beso, y luego la besó deprisa, con una salvaje energía y como si estuviera castigándola con cada beso...
... como a la más fina y delicada de las porcelanas, y luego la castigaría con besos llenos de vehemencia por ser tan perfecta, por ser todo lo que él no merecía. Por la capacidad de asombro que ella aún conservaba y que le hacía recordar sentimientos que él había tenido en el pasado.
Como hombre, tendría que saber que ella tenía necesidad de él. Así que besaría cada centímetro de su sedosa piel, demorando su lengua sobre las cumbres de sus pezones. Restregaría contra ellos su mandíbula sin afeitar hasta que floreciesen para él en toda su apretada dureza, apenas los rozaría con sus dientes, y luego desplazaría esos besos al dulce calor femenino que había entre las piernas de ella, donde saborearía su brote tensado por el anhelo. Largas y lentas caricias de su lengua allí. Mordisqueos que no podrían ser más delicados.
Luego movimientos más intensos, cada vez más y más rápidos hasta que ella se retorciese debajo de él.
Pero aun así, su desenfreno todavía no le bastaría.
Así que deslizaría sus dedos dentro de ella. Encontraría ese punto, uno de varios lugares especiales, que hacía enloquecer a una mujer. La sentiría tensarse convulsivamente alrededor de él. Sentiría su hambre. Entonces retiraría los dedos y volvería a saborearla con su lengua. Lamiendo. Lamiendo. Ahogándose en el dulce sabor de ella.
Luego dos dedos. Luego su lengua. Hasta que ella...
—¡Por favor! —gritó Sakuara mientras arqueaba la espalda, subiéndola cada vez más arriba en una súplica de que él la tocara.
Sasuke se alzaba sobre ella, su firme cuerpo dorado por la luz del fuego y cubierto por una capa de sudor que brillaba encima de su piel.
—¿Qué es lo que quieres, Sakura?
Su mirada reluciente la desafiaba, retándola a que quisiera, a que hablara de todas aquellas cosas que ella nunca había llegado a decir en voz alta. Fantasías secretas que Sakura había guardado dentro de su corazón de mujer. Fantasías que sabía que él estaría más que dispuesto a hacer realidad; todas y cada una de ellas.
—¡Por favor! —gritó, sin saber cómo expresarlo en palabras—. ¡Todo!
Las ventanas de la nariz de él se dilataron e inhaló profundamente, y de pronto ella se preguntó si había dicho algo mucho más peligroso de lo que imaginaba.
—¿Todo? —ronroneó él—. ¿Todo lo que yo pueda querer? ¿Todo lo que yo pueda soñar con hacerte? ¿Quieres decir que vas a hacerme entrega de tu inocencia... sin condiciones?
Un latido, luego dos.
... dijera que tenía necesidad de él. Hasta que estuviera dispuesta a renunciar a todo. Entonces él transferiría sus años de maestría —todos esos años durante los que les había hecho apasionadamente el amor con un corazón helado a mujeres que no querían de él nada más que su cuerpo— a las exuberantes curvas de Sakura, a la parte de atrás de sus rodillas y al interior de sus muslos para lavar cada centímetro con su lengua. La desataría y le daría la vuelta hasta dejarla tendida boca abajo. Le estiraría las manos por encima de la cabeza y, sujetándolas con una de las suyas, le mordisquearía suavemente la nuca. Haría que su lengua descendiera lentamente a lo largo de la columna de ella para ir derramando atenciones sobre el punto favorito de él, ese arco tan esbelto y delicado en el que la espalda de una mujer se encuentra con su trasero, y luego besaría cada centímetro de sus dulces nalgas.
Arrodillándose encima de ella para ponerse a horcajadas sobre su cuerpo, empujaría sus suaves curvas con su duro miembro. La sentiría alzarse hacia él...
—¡Sasuke! —gritó Sakura.
Él estaba detrás de ella, caliente, duro y sedoso contra su trasero, y Sakura se sentía tan condenadamente vacía por dentro que le dolía.
—¿Qué, muchacha?
—Hazme el amor —jadeó Sakura.
—¿Por qué?
Se estiró por encima de ella, piel contra piel desde la cabeza hasta los dedos de los pies, las palmas en los dorsos de sus manos y apretándolas contra la cama, permitiendo que ella sintiera todo su peso y haciendo que le costase respirar. Le separó los muslos con la rodilla. Llevó sus caderas hacia delante, apretándose contra su cuerpo pero sin llegar a entrar en ella. Provocándola, jugando con ella.
—Te deseo.
—Desear no es suficiente. Tienes que sentir como si no pudieras respirar a menos que yo esté dentro de ti. ¿Me necesitas? ¿A cualquier precio? ¿Aunque te he advertido que no soy un hombre bueno?
—¡Sí! ¡Dios, sí!
—Dilo.
—¡Te necesito!
—Di mi nombre.
—¡Sasuke!
Sakura despertó de golpe con un sobresalto, cubierta de sudor y jadeando, tan excitada que le dolía todo el cuerpo.
—Q-qué... —farfulló, y entonces se acordó del sueño.
«Oh, Dios», pensó, atónita. Sacudió la cabeza y de pronto se dio cuenta de que no estaba sola.
Él estaba en el dormitorio.
Sentado a medio metro de ella en una silla junto a la cama, la contemplaba con aquellos relucientes ojos felinos.
Sus miradas se cruzaron.
Y Sakura tuvo la horrible sensación de que de algún modo él lo sabía. Sabía que ella había estado soñando con él. Había una extraña satisfacción en su abrasadora mirada.
Un calor intenso se extendió por todo el cuerpo de Sakura. Bajó frenéticamente la mirada. Gracias a Dios, todavía llevaba toda la ropa. No había sido más que un sueño.
Él no podía saberlo. No, era imposible.
Sakura se tapó hasta la barbilla. La atmósfera del dormitorio se había vuelto realmente gélida.
—Sonaba como si estuvieras inquieta por algo —ronroneó él, su voz tan oscura como la habitación llena de sombras—. Vine a ver qué tal te encontrabas y decidí que me quedaría sentado cerca de ti hasta que te calmaras.
—Ahora me calmaré —mintió ella flagrantemente.
El corazón le palpitaba y se dio la vuelta para no delatarse con los ojos. Se atrevió a echarle una rápida mirada de soslayo. Qué hombre tan magnífico, allí sentado con el cuerpo medio dorado por el fuego que no tardaría en apagarse. Un lado de su rostro dorado, el otro en sombras. Sakura casi jadeaba, y se mordió el labio para tranquilizarse.
—Entonces, ¿debería irme?
—Deberías irte.
—¿No... necesitas... nada, mi pequeña Sakura?
—Sólo que me dejes estar sola —dijo ella.
«Nunca», pensó Sasuke mientras cerraba firmemente la puerta.
Cuando Sakura despertó, él se asombró al comprender que de algún modo sus pensamientos, la seducción terriblemente intensa que él había estado imaginando, se habían infiltrado en los sueños de ella.
Poder. Había poder dentro de él, y no debía olvidarlo. De algún modo ese poder había hecho que ella compartiese su fantasía.
Una cosa peligrosa.
Aparentemente, había vuelto a utilizar la magia, sin ni siquiera darse cuenta de ello.
Un músculo resaltó en su mandíbula. Ver dónde empezaban los antiguos y dónde terminaba él estaba empezando a volverse condenadamente difícil.
Todavía tenía trabajo que hacer aquella noche, se recordó a sí mismo mientras se sacudía enérgicamente para resistir la acometida de la oscuridad que se estiraba y se flexionaba dentro de él. La oscuridad que intentaba convencerlo de que él era un dios, y que cualquier cosa que deseara le pertenecía por derecho propio.
Calzándose las botas y poniéndose la chaqueta, Sasuke lanzó una última mirada en dirección al dormitorio antes de salir del ático sin hacer ruido. Ella estaba sólidamente atada, y nunca sabría que él se había ido. Sólo serían unas horas.
Antes de irse, subió un poco el termostato. Dentro del ático hacía frío
