CAPÍTULO 7

Tuvo que volver a utilizar la magia, el féth fiada, el hechizo druida que hacía que quien lo empleaba fuera más difícil de ver para el ojo humano, y cuando regresó al ático, Sasuke estaba demasiado tenso para dormir. No había sabido que semejante hechizo existía antes de que los oscuros lo hubiesen reclamado aquella fatídica noche. Ahora el conocimiento de los oscuros también era suyo, y aunque trataba de fingir que no era consciente de hasta dónde llegaba el poder que había dentro de él, a veces, cuando estaba haciendo algo, de pronto conocía un hechizo que servía para hacer que ese algo se volviera más fácil, y lo veía con tanta claridad como si lo hubiera conocido durante toda su vida.

Algunos de los hechizos que ahora «simplemente conocía» eran horrendos. Los ancianos que llevaba dentro habían sido juez, jurado y verdugo en muchas ocasiones.

El peligro no paraba de crecer, porque Sasuke se sentía cada vez más distanciado de todo. Se hallaba suspendido en el borde del abismo, y el abismo le devolvía la mirada con los ojos escarlata de una fiera.

Necesitaba. El cuerpo de una mujer, el delicado contacto de una mujer. El deseo de una mujer para hacerlo sentir como un hombre y no como una bestia.

Podía acudir a Koyuki; la hora no importaría. Ella lo recibiría con los brazos abiertos y él podría perderse en ella, subirle los tobillos por encima de la cabeza y hundirse dentro de ella hasta volver a sentirse humano.

Pero no quería a Koyuki. Quería a la mujer que estaba en su cama en el piso de arriba.

No necesitaba hacer ningún esfuerzo para verse a sí mismo yendo escaleras arriba, desnudándose mientras subía los peldaños de tres en tres para luego tenderse sobre la forma inerte y atada de ella, provocándola y excitándola hasta que el deseo la hubiera convertido en un animal, hasta que le suplicara que la tomase. Sabía que podía hacer que ella se le entregara. Oh, sí, al principio quizá no estaría dispuesta, pero él conocía maneras de tocar que podían hacer enloquecer a una mujer.

Su respiración se había vuelto jadeante y entrecortada.

Ya iba hacia la escalera quitándose el suéter por la cabeza cuando se detuvo.

«Respiraciones profundas. Concéntrate, Uchiha.»

Si iba a ella ahora, le haría daño. Estaba demasiado hambriento, demasiado fuera de sí. Apretando los dientes, Sasuke volvió a ponerse el suéter, giró en redondo y estuvo un rato mirando por la ventana sin ver.

Dos veces más se sorprendió dirigiéndose hacia la escalera. Dos veces más se obligó a retroceder. Se tendió en el suelo e hizo flexiones hasta que el sudor corrió por todo su cuerpo. Luego hizo estiramientos y más flexiones. Recitó pasajes de historia, contó hacia atrás en latín, después en griego, después en las lenguas más oscuras y difíciles.

Finalmente, consiguió recuperar el control de sí mismo. O todo el control de que sería capaz si iba a tener que pasar sin sexo.

Ese día ella se ducharía, decidió, súbitamente irritado por su falta de fe en él, aunque para ello tuviera que mantenerla encerrada en el cuarto de baño durante todo el día.

Ni que fuera a abalanzarse sobre ella mientras estaba en la ducha.

Acababa de demostrar que controlaba la situación. A decir verdad y en lo que a ella concernía, para Sasuke sólo existía el control. Si Sakura Haruno tuviera alguna idea de contra qué estaba batallando Sasuke, de lo difícil que había sido hasta el momento, y cómo sin embargo él había prevalecido, entonces se ducharía.

«Ja. Entonces, muy probablemente, se lanzaría al vacío desde mi terraza a cuarenta y tres pisos por encima de la calle meramente para escapar de mí», pensó, levantándose del suelo y dejando ligeramente entornada una de las puertas de la terraza.

Contempló la ciudad silenciosa; todo lo silenciosa que podía llegar a estar Manhattan, todavía con un suave rumor incluso a las cuatro de la madrugada. El caprichoso tiempo de marzo, con el clima que llevaba días fluctuando para hacer que la temperatura subiera y bajara hasta diez grados en unas pocas horas. Ahora la temperatura había vuelto a subir, pero la ligera lluvia muy bien podía convertirse en nieve a media mañana. La primavera intentaba obligar a retroceder al invierno y al fracasar en el intento reflejaba el desolado paisaje interior de Sasuke.

Con un ruidoso suspiro, se sentó para enfrascarse en el tercer Libro de Manannán. Ese último tomo, y luego se iría. No por la mañana, sino al día siguiente. Ya había hecho todo lo que podía hacer allí. Dudaba que lo que quería estuviera en el tomo de todas maneras. Había habido un tiempo en el que existieron cinco Libros de Manannán, pero ahora sólo quedaban tres. Sasuke ya había leído los dos primeros; hacían referencia a las leyendas de los dioses de Irlanda antes de la llegada de los Tuatha de Danaan. Aquel tercer volumen continuaba las historias de los dioses, y narraba sus encuentros con la primera oleada de colonizadores que invadió Irlanda. Dada la lentitud con que discurría el curso de la historia, Sasuke sospechaba que la llegada de la raza de criaturas en la que estaba interesado no sería abordada hasta el quinto volumen, que ya no existía excepto tal vez en un lugar: la biblioteca de los Uchiha.

Tanto si le gustaba como si no, tendría que ir a casa. Debería presentarse ante su hermano para poder examinar la colección de los Uchiha. Sasuke había desperdiciado muchos meses tratando de encontrar una solución por su cuenta, y ahora se le terminaba el tiempo. Si esperaba mucho más..., bueno, no se atrevía a esperar más.

«Y ¿qué hay de la muchacha?», intervino su honor.

Sasuke se encontraba demasiado cansado para tomarse la molestia de mentirse a sí mismo.

«Es mía.»

Primero se esforzaría por seducirla con sus propios deseos porque sabía que eso haría que todo le resultara más fácil, pero en el caso de que ella se resistiera, de un modo u otro, al final iría con él.

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Sakura permanecía inmóvil entre los chorros calientes que salían de siete surtidores —tres a cada lado de ella, uno encima— mientras suspiraba de placer. Llevaba días sintiéndose como el póster publicitario de la mugre. La puerta tenía echado el pestillo y la silla que Sasuke le había traído para que la pusiera debajo del pomo se hallaba firmemente colocada debajo de éste. Después de haber soñado con él y despertar ya muy entrada la noche para encontrárselo observándola con prácticamente la misma expresión que había mostrado en su sueño, Sakura apenas si había podido sostenerle la mirada cuando la desató aquella mañana. Pensar en el sueño bastaba para hacer que se sintiera sonrojada y temblorosa.

Él le había dicho que no era un buen hombre. Tenía razón. No lo era. Era un hombre que vivía según sus propias reglas. Robaba lo que era propiedad de otras personas; aunque insistía en que lo «tomaba prestado» y, extrañamente, dejaba piezas más valiosas. La mantenía cautiva; aunque le preparaba suculentas comidas y, francamente, ella había accedido a cooperar con él a cambio de un soborno. Criminal en el peor de los casos; en el mejor, existía en los márgenes de la sociedad civilizada.

Aunque pensándolo bien, y dado que ella había aceptado su soborno, suponía que ahora también se encontraba en esos márgenes.

Con todo, pensó, un hombre verdaderamente malo no se molestaría en advertir a una mujer de que no era un buen hombre. Un hombre verdaderamente malo no dejaría de besar a una mujer cuando ella le decía que dejara de hacerlo.

¡Qué enigma era aquel hombre, y cuán extrañamente anacrónico! Aunque el ático de Sasuke era moderno, su porte y sus modales eran claramente antiguos. Su manera de hablar también era moderna, y sin embargo a veces incurría en una nada frecuente y curiosa formalidad, salpicada con viejos coloquialismos gaélicos. Había en él algo más de lo que ella veía. Sakura podía sentir cómo aquel algo danzaba en el límite de su entendimiento, pero por mucho que se esforzara, no conseguía llegar a enfocarlo. Y no cabía duda de que había algo en sus ojos...

Ella quizá no tuviera tanta experiencia del mundo como las mujeres de Nueva York, pero no era completamente ingenua: podía sentir peligro en Sasuke, porque una mujer hubiese tenido que estar muerta para no sentirlo. El peligro emanaba de él tan abundantemente como la testosterona rezumaba de sus poros. Aun así, lo mantenía a raya mediante la disciplina y el autocontrol. Sasuke la tenía completamente a su merced, y no se había aprovechado de ello.

Sakura sacudió la cabeza. Dada la facilidad con que las mujeres tenían que caer rendidas ante él, pensó, quizá la parte con la que más disfrutaba fuese la persecución.

Bueno, se dijo mientras empezaba a enfurecerse, él podía perseguir todo lo que quisiera. Quizá se hubiera convertido en una marginada, pero eso no significaba que fuera a meterse en la cama con él, y no importaba lo mucho que secretamente pudiera anhelar ser iniciada en el club del exótico, erótico y misterioso Sasuke Uchiha. Y la palabra clave era «club», o sea, una institución que tenía montones de miembros.

Después de haber tomado esa resolución, Sakura se lavó el pelo con champú dos veces (nunca antes había pasado dos días seguidos sin darse una ducha) y volvió a quedarse inmóvil bajo el palpitar de los chorros hasta que se sintió completamente limpia. Y luego se quedó allí un poco más. El masaje que daban aquellas cabezas de ducha era como para morirse.

Envolviéndose en una magnífica toalla, quitó la silla y abrió la puerta.

Cuando la abrió, dio un respingo. La mitad de su guardarropa estaba pulcramente amontonado encima de la cama. Sakura parpadeó. Sí, allí estaba. En ordenadas pilas. Bragas (ajá, y ésas permanecerían firmemente ceñidas a su trasero), sujetadores, vestidos, suéters, tejanos, un camisoncito con encajes, calcetines, botas, zapatos..., el surtido completo. Todo estaba dispuesto de manera que conjuntara, observó atónita. Sasuke no se había limitado a coger las cosas, sino que las había ordenado haciendo juego como si previera el modo en que ella iba a ponérselas.

Mientras iba hacia la cama, vio que incluso había traído algunos de sus libros.

Tres novelas románticas, el muy desgraciado. Novelas románticas ambientadas en Escocia. ¿Qué había hecho aquel hombre, hurgar entre todas las cosas de ella mientras estaba allí? La de encima de todo era The Highlander's Touch, una de sus novelas favoritas acerca de un highlander inmortal.

Sakura soltó un bufido. Aquel hombre era incorregible, traerle novelas llenas de pasión y erotismo para que las leyera, como si ella necesitara alguna clase de ayuda para tener ese tipo de pensamientos con él cerca.

Y aunque sabía que debería sentirse ofendida porque él hubiera entrado en su apartamento y hubiera rebuscado dentro de los cajones, lo cierto era que había puesto mucho cuidado en sus selecciones, y se sintió extrañamente encantada.

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Él apenas le dirigió la palabra en todo el día. Estaba muy pensativo. Controlado y remoto. Perfectamente cortés, perfectamente disciplinado. Completamente absorto en sí mismo. Sus ojos eran... otra vez extraños, y Sakura se preguntó si no adoptarían distintos tonos según la luz ambiental, como le ocurría al color negro que a veces pasaba de un plateado azulado a un rojo carmesí. No al ámbar, porque eran del tono oscuro que tiene el cobre justo antes de que se ennegrezca.

Acodada sobre la encimera, lo observaba preparar el desayuno —arenques, tiras de beicon, tostadas y gachas de avena con crema de leche y moras— sin quitarle los ojos de encima mientras él le daba la espalda. Entonces se fijó en su pelo por primera vez. Sabía que lo llevaba muy largo, pero no se había dado cuenta de hasta qué punto porque se lo recogía en la nuca. Pero ahora que estaba sentada detrás de él, pudo ver que se lo había doblado varias veces antes de ceñirlo con una tira de cuero.

Decidió que cuando estaba suelto tenía que llegarle hasta la cintura. Pensar en su lustrosa melena negra barriendo su musculosa espalda desnuda la puso muy nerviosa. Se preguntó si alguna vez lo llevaba sin recoger. El que su pelo fuera tan largo y abundante, pero siempre estuviera meticulosamente retenido hasta que él optara por liberarlo, parecía muy acorde con su carácter.

Trató de entablar conversación, pero él no respondió a ninguno de los señuelos que utilizó. Sakura se dedicó a pescar en un intento de saber qué le estaría pasando por la cabeza, pero sólo obtuvo gruñidos y murmullos incoherentes.

Aquella tarde pasaron horas sentados juntos en silencio, con Sakura volviendo delicadamente las páginas del Códice Midhe con la ayuda de pañuelos de papel y lanzando sigilosas miradas de soslayo a Sasuke mientras éste trabajaba con el Libro de Manannán, tomando notas a medida que traducía.

A las cinco, Sakura se levantó y puso las noticias, preguntándose si habría alguna pequeña mención de su desaparición. Como si eso fuera un gran acontecimiento, pensó sarcásticamente. ¿Una joven bajita desaparece en la Gran Manzana llena de gusanos? Tanto la policía como los presentadores de los programas informativos tenían cosas mejores que hacer.

Entonces él la miró con una sombra de satisfacción danzando en sus labios.

Ella arqueó una ceja interrogativa, pero él no dijo nada. Sakura escuchó sin demasiada atención mientras seguía leyendo, y de pronto su atención pasó a centrarse en la pantalla.

—Anoche el Fantasma Galo volvió a atacar, o eso cree la policía.

«Perplejas» podría ser la mejor manera de describir a las fuerzas policiales de Nueva York. En un momento indeterminado, a primera hora de esta mañana, todos los objetos robados anteriormente por el Fantasma Galo fueron dejados en el puesto de guardia de la comisaría de policía. Una vez más, nadie vio nada, lo cual hace que uno se pregunte qué es lo que nuestra policía...

Hubo más, pero Sakura no lo oyó.

Bajó la mirada hacia el texto que tenía en las manos. Luego lo miró a él.

—Ese lo conseguí mediante un trueque, muchacha.

—Realmente lo hiciste —jadeó ella, sacudiendo la cabeza—. Cuando fuiste a mi apartamento a recoger mis cosas, los devolviste. No puedo creerlo.

—Ya te dije que sólo los había tomado prestados.

Ella lo miró sin entender nada. Lo había hecho. ¡Los había devuelto! Entonces un pensamiento le vino repentinamente a la cabeza, uno que no le gustó nada.

—Eso significa que no tardarás en irte, ¿verdad?

Él asintió, su expresión insondable.

—Oh.

Sakura fingió una súbita fascinación por sus cutículas para ocultar la decepción que se adueñó de ella, con lo que se le pasó por alto la curva llena de fría satisfacción que apareció en los labios de él, un poco demasiado feroz para que se la pudiera llamar sonrisa.

Enfrente del ático de Sasuke Uchiha, en una acera llena de personas que se apresuraban a escapar de la ciudad al final de una larga semana de trabajo, un hombre serpenteó a través del gentío y se reunió con un segundo hombre. Ambos se hicieron discretamente a un lado, deteniéndose junto a un puesto de periódicos. Aunque vestidos con caros trajes oscuros, con el pelo corto y facciones que no tenían nada de particular, ambos estaban marcados por unos insólitos tatuajes en el cuello. La parte superior de una serpiente alada se arqueaba por encima de la corbata y el cuello de la camisa.

—Está ahí arriba. Con una mujer —musitó Gen.

Acababa de bajar de unas habitaciones alquiladas en el edificio de la esquina de enfrente, desde las que había estado observando a través de unos binoculares.

—¿El plan? —inquirió su compañero Oyashiro en voz baja.

—Esperamos hasta que él se vaya; con un poco de suerte la dejará allí. Nuestras órdenes son mantenerlo en movimiento. Debemos obligarlo a que confíe en la magia para sobrevivir. Daore quiere tenerlo de vuelta al otro lado del mar.

—¿Cómo?

—Haremos de él un fugitivo perseguido y acosado. La mujer hace que las cosas sean más simples de lo que yo había esperado. Entraré allí, me ocuparé de ella, alertaré a la policía, de manera anónima por supuesto, y convertiré su ático en el escenario de un horrible asesinato a sangre fría. Haré que todos los policías de la ciudad vayan tras él. Se verá obligado a utilizar sus poderes para escapar. Daore cree que no permitirá que lo encierren. Aunque si llegaran a hacerlo, eso también podría redundar en nuestro beneficio. No me cabe ninguna duda de que pasar un tiempo en una cárcel federal apresuraría la transformación.

Oyashiro asintió.

—¿Y yo?

—Tú esperas aquí. Es demasiado arriesgado que subamos los dos. El todavía no sabe que existimos. Si algo va mal, avisa inmediatamente a Daore.

Oyashiro volvió a asentir, y ambos se separaron para volver a sus respectivos lugares y esperar. Eran hombres pacientes. Llevaban toda la vida esperando aquel momento. Eran los afortunados, aquellos que habían nacido durante la hora en que la Profecía se haría realidad.

Y todos estaban dispuestos a morir con tal de ver vivir de nuevo a los draghar.

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Un mensajero de una agencia de viajes llegó unos minutos antes que el pequeño grupo de empleados que trajo la cena preparada en Jean Georges.

Sakura se sentía incapaz de imaginar lo que costaba algo semejante —no creía que Jean George fuera de los que hacen entregas a domicilio—, pero sospechaba que cuando uno tiene tanto dinero como Sasuke Uchiha, prácticamente cualquier cosa podía comprarse.

Mientras comían delante del fuego en la sala de estar, él siguió trabajando en el libro que la había metido en aquel embrollo.

El sobre de la agencia de viajes permanecía sin abrir sobre la mesa entre ellos, un hosco recordatorio que desafiaba a Sakura con su presencia.

Antes, cuando él estaba en la cocina y como no pudo reunir el valor necesario para abrir el sobre, Sakura se había dedicado a curiosear en lo que pudo leer de sus notas. Al parecer él estaba traduciendo y copiando cada referencia a los Tuatha de Danaan, la raza que supuestamente había llegado en una de las diversas oleadas de invasiones irlandesas. También había garabateadas unas cuantas preguntas acerca de la identidad de los draghar, y numerosas notas concernientes a los druidas. Entre su licenciatura en civilizaciones antiguas y las historias del abuelo, Sakura estaba muy versada en la mayoría de esos temas. Con la excepción de los misteriosos draghar, no había nada acerca de lo que no hubiera leído antes.

Con todo, algunas de sus notas estaban escritas en lenguas que Sakura no podía traducir. O ni siquiera identificar, y eso la ponía un poco nerviosa. Sabía mucho acerca de las lenguas antiguas, desde los sumerios hasta el presente, y habitualmente podía ubicar al menos el área y la era aproximada. Pero una gran parte de lo que escribía él —en una elegante cursiva minúscula digna de cualquier manuscrito iluminado— desafiaba su comprensión.

¿Qué diablos estaba buscando? Ciertamente parecía ser un hombre con una misión que dedicaba una intensa concentración a su labor.

Con cada nueva brizna de información que reunía acerca de él, Sakura se sentía un poco más intrigada. Sasuke Uchiha no sólo era fuerte, magnífico y rico, sino que además era indiscutiblemente brillante. Sakura nunca había conocido a nadie como él.

—¿Por qué no me lo explicas? —preguntó a quemarropa mientras señalaba el libro.

Él alzó la mirada y ella enseguida sintió su calor. A lo largo de todo el día, cuando él no estaba ignorándola por completo, las pocas veces en que la había mirado había sido con una lujuria tan evidente que había empezado a erosionar todo el sentido común que poseía Sakura. La fuerza de aquel deseo que él no se molestaba en tratar de ocultar resultaba más seductora que cualquier afrodisíaco. ¡No era de extrañar que tantas mujeres sucumbieran a su encanto! Sasuke tenía una forma muy suya de hacer que una mujer se sintiera, con una sola mirada, como si fuese la mujer más deseable del mundo. ¿Cómo iba a poder una mujer mirar a la cara a semejante lujuria, y no sentir lujuria a su vez?

Él no tardaría en irse.

Y no podía haberle dejado más claro que quería acostarse con ella.

Aquellos dos pensamientos en rápida conjunción eran abyectamente arriesgados.

—¿Y bien? —insistió con irritación. Irritada consigo misma por ser tan débil y susceptible a él. Irritada con él por ser tan atractivo. Y encima él había tenido que ir y devolver aquellos textos, confundiendo así todavía más sus ya muy confusos sentimientos para con él—. ¿Cómo, ya?

Él arqueó una oscura ceja, y su mirada recorrió a Sakura de un modo que la hizo sentir acariciada por una súbita brisa caliente.

—¿Y si te dijera, muchacha, que estoy buscando un modo de deshacer una antigua y mortífera maldición?

Sakura lo miró con sorna. No podía hablar en serio. Las maldiciones no eran reales. No más de lo que lo eran los Tuatha de Danaan. Bueno, se corrigió a sí misma, lo cierto era que ella nunca había llegado a ninguna conclusión firme acerca de los Tuatha de Danaan o ninguna de las razas mitológicas que se decía, habían habitado Irlanda en el pasado. Los estudiosos tenían docenas de argumentos que oponer a su supuesta existencia.

Con todo..., el abuelo había creído en ellas. Como profesor de mitología, él le había enseñado que cada mito o leyenda contenía algo de realidad y verdad, sin importar lo distorsionadas que éstas hubieran llegado a quedar a lo largo de siglos de repetición oral por bardos que habían adaptado sus recitados a los intereses particulares de sus audiencias, o escribientes que seguían los dictados de sus patrocinadores. El contenido original de incontables manuscritos había sido corrompido por burdas traducciones y adaptaciones que pretendían reflejar el clima político y religioso del momento. Cualquier persona que dedicase un poco de tiempo a estudiar la historia terminaba dándose cuenta de que los historiadores sólo habían llegado a recoger un puñado de arena del vasto desierto desconocido del pasado, y era imposible enjuiciar el terreno del Sahara a partir de unos cuantos granos.

—¿Tú crees en esas cosas? —preguntó Sakura mientras señalaba con la mano el montón de textos, llena de curiosidad por saber cuál era su perspectiva de la historia. Con lo inteligente que era, tenía que ser interesante.

—En la mayor parte de ellas, muchacha.

Ella entornó los ojos.

—¿Crees que los Tuatha de Danaan existieron realmente?

La sonrisa de él estaba llena de amargura.

—Desde luego que sí, muchacha. Hubo un tiempo en el que no lo creía, pero ahora sí lo creo.

Sakura frunció el ceño. Sonaba resignado, como un hombre al que se le hubieran dado pruebas incontrovertibles.

—¿Qué te hizo creer?

Él se encogió de hombros y no respondió.

—Bueno, entonces, ¿de qué clase de maldición se trata? —insistió ella.

Aquello era fascinante, la clase de cuestiones que la habían inducido a elegir su profesión. Era como volver a hablar con su abuelo, debatiendo posibilidades y abriendo la mente a nuevas hipótesis.

Él desvió la mirada y se puso a contemplar el fuego.

—¡Oh, vamos! No tardarás en irte de aquí, así que no veo qué puede haber de malo en que me lo digas. ¿A quién se lo voy a contar?

—¿Y si te dijera que soy yo el que está maldito?

Ella paseó la mirada por su opulento hogar.

—Entonces te diría que hay muchas personas a las que les encantaría haber sido maldecidas del modo en que lo has sido tú.

—Nunca creerías la verdad.

Le dirigió otra de aquellas sonrisas burlonas que no llegaban a sus ojos. Sakura se dio cuenta de que habría dado mucho por verlo sonreír, con una sonrisa de verdad.

—Ponme a prueba.

Esta vez él tardó más tiempo en responder, y cuando lo hizo su mirada estaba llena de una cínica diversión.

—¿Y si te dijera, muchacha, que soy un druida llegado de un pasado muy lejano?

Sakura lo miró con exasperación.

—Si no quieres hablar conmigo, lo único que tienes que hacer es decírmelo. Pero no intentes hacerme callar con insensateces.

Él asintió con una tensa sonrisa, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.

—¿Y si te dijera que cuando me besas, muchacha, no me siento maldito? Que tal vez tus besos podrían salvarme. ¿Me besarías entonces?

Sakura contuvo la respiración. Aquello era tan ridículo como esa broma suya de que él era un druida... pero también era desesperadamente romántico. ¡Que los besos de ella podían salvar a un hombre!

—Ya me imaginaba que no —dijo él.

Su mirada volvió a descender hacia el texto, y el calor de esa mirada había sido tan intenso que y se sintió súbitamente helada por su ausencia.

Frunció el ceño. Se sentía como la mayor cobarde del mundo y, al mismo tiempo, extrañamente desafiante. Clavó la mirada en el sobre infernal procedente de la agencia de viajes.

—¿Cuándo te vas? —preguntó con irritación.

—Mañana por la noche —dijo él sin mirarla.

Sakura se quedó boquiabierta. ¿Tan pronto? ¿Al día siguiente su gran aventura llegaría a su fin? Pese a que el día anterior había tratado de huir de él, la inminencia de su libertad hizo que se sintiera extrañamente abatida.

La libertad ya no parecía tan dulce cuando significaba no volver a verlo nunca. Sakura sabía demasiado bien lo que ocurriría: él desaparecería de su vida, y ella volvería a su empleo en Los Claustros (Genshō nunca la despediría, no por haber faltado unos cuantos días al trabajo, y a ella ya se le ocurriría alguna excusa que darle), y cada vez que mirara un objeto medieval pensaría en él. De madrugada, cuando despertase sintiéndose llena de esa terrible agitación, se quedaría sentada en la oscuridad con su skean dhu en las manos y se formularía la peor pregunta de todas: ¿qué podría haber sido? Nunca más volvería a ser obsequiada con una cena magnífica y los mejores vinos en un ático de lujo en la Quinta Avenida. Nunca más sería mirada de semejante manera. Su vida reanudaría su habitual cadencia embrutecedora. ¿Cuánto tardaría en olvidar que hubo un tiempo en el que se había sentido intrépida, tan breve e intensamente viva?

—¿Regresarás a Manhattan? —preguntó con una vocecita muy tenue.

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

Un suave suspiro escapó de los labios de Sakura. Jugueteó con un rizado mechón de cabellos, enredándolo en una espiral alrededor de un dedo.

—¿De qué clase de maldición se trata?

—¿Intentarías ayudarme si yo estuviera maldito?

Volvió a alzar la mirada y Sakura sintió en él una tensión cuyo significado se le escapaba. Como si de algún modo la réplica de ella fuera vital.

—Sí —admitió—, probablemente lo haría.

Y era cierto. Aunque no aprobaba los métodos de Sasuke Uchiha, aunque había mucho acerca de él que no entendía, en el caso de que estuviera sufriendo ella no podría negarle su ayuda.

—¿A pesar de lo que te he hecho?

Ella se encogió de hombros.

—Bueno, tampoco es que me hayas hecho daño exactamente.

Y le había dado un skean dhu. ¿De verdad iba a dejar que se quedara con él? Se disponía a preguntárselo cuando, con un rápido giro de su muñeca, él le lanzó el sobre de la agencia de viajes.

—Entonces ven conmigo.

Sakura cogió el sobre por un extremo y sintió que del corazón se le saltaba un latido.

—¿Q-qué?

Parpadeó y lo miró fijamente, pensando que tenía que haber oído mal. Él asintió.

—Ábrelo.

Sakura frunció el ceño y abrió el sobre. Alisó los papeles y los contempló con ojos llenos de curiosidad. Billetes de avión para Escocia, a nombre de Sasuke Uchiha... ¡y Sakura Haruno! Le bastó con ver su nombre impreso en el billete para sentir un leve escalofrío. Salida a las siete de la noche del día siguiente desde el aeropuerto JFK. Llegada a Londres para una breve escala técnica, y luego despegue hacia Inverness.

¡En menos de cuarenta y ocho horas podía estar en Escocia! Si se atrevía.

Abrió y cerró la boca varias veces.

—Oh, ¿qué eres? —jadeó finalmente con incredulidad—. ¿El diablo en persona que ha venido a tentarme?

—¿Eso es lo que hago, muchacha? ¿Te tiento?

«En todos y cada uno de los malditos aspectos», pensó ella, pero se negó a darle la satisfacción de oír eso.

—No puedo ir a Escocia como si tal cosa con un... un...

Se calló, no sabiendo cómo concluir la frase.

—¿Ladrón? —contribuyó él lánguidamente.

Ella resopló.

—De acuerdo, has devuelto esas cosas. ¿Y qué? ¡Apenas te conozco!

—¿Deseas llegar a conocerme? Mañana me iré. Es ahora o nunca, muchacha. —Esperó, sin dejar de observarla—. Ciertas oportunidades sólo se presentan una vez, Sakura, y se esfuman muy deprisa.

Sakura lo contempló en silencio, sintiéndose completamente dividida. Una parte de ella se negaba resueltamente mientras contaba con los dedos un millar de razones por las que no podía ser tan impulsiva y cometer semejante locura. Otra parte —que la horrorizaba al mismo tiempo que la intrigaba— daba saltos y gritaba: «¡Di que sí!». De pronto tuvo el extraño deseo de levantarse e ir a mirarse en el espejo, para ver si estaba cambiando por fuera al igual que por dentro.

¿Se atrevería a hacer algo tan patentemente insensato? ¿Sería capaz de correr semejante riesgo y llegar a jugárselo todo para ver qué salía de ello?

Por otra parte, ¿se atrevería a regresar a su vida tal como era ahora? ¿Volver a vivir en un diminuto apartamento de una sola habitación con un cuarto de baño que tenía el tamaño de una caja de cerillas, haciendo su solitario camino al trabajo cada día para encontrar su único alivio en jugar con antigüedades que nunca llegarían a ser suyas?

Había saboreado algo más, y —maldito fuese aquel hombre— ahora lo deseaba.

¿Qué era lo peor que podía llegar a ocurrir? Si él tuviera alguna intención de causarle cualquier clase de daño físico, ya hacía mucho tiempo que hubiera podido hacerlo antes de ahora. La única amenaza real que representaba Sasuke Uchiha era la que ella controlaba: permitir que la sedujera. Correr el riesgo de prendarse de un hombre que era, sin lugar a dudas, un inveterado lobo solitario y un chico malo. Un hombre que no presentaba disculpas y no ofrecía ninguna mentira tranquilizadora.

Si no se prendaba de él, si era una chica lista y evitaba dejarse arrastrar por sus impulsos, lo peor que podía ocurrir era que él terminara dejándola sola en Escocia. Y esa perspectiva no le parecía del todo desagradable. Si él hacía tal cosa, Sakura confiaba en que, con la experiencia que había adquirido sirviendo mesas cuando estaba en la universidad, siempre podría conseguir un trabajo en algún pub de allí. Podía quedarse una temporada y ver la tierra natal de su abuelo, con el viaje pagado. Sobreviviría. Haría más que sobrevivir. Quizá viviría por fin.

¿Qué era lo que tenía aquí? Su trabajo en Los Claustros. Ninguna vida social digna de ese nombre. Ninguna familia. Ya llevaba varios años sola, desde que murió el abuelo. De hecho, Sakura estaba más sola de lo que quería admitir. De hecho estaba un poco perdida y sin raíces en el mundo, cosa que sospechaba explicaba su determinación de visitar el pueblo del abuelo, impulsada por la esperanza de que allí pudiera encontrar algunos vestigios de raíces.

Aquí estaba su oportunidad dorada, junto con la promesa de una aventura que nunca olvidaría, al lado de un hombre al que ya sabía que nunca sería capaz de olvidar.

«¡Oh, Dios, Haruno —pensó—, te estás convenciendo a ti misma para embarcarte en ello!» ¿Y si él se marchara mañana y no te hubiera pedido que fueras con él? —Insistió una diminuta voz interior—. ¿Y si hubiera dejado absolutamente claro que se iba, y que nunca volverías a verlo? ¿Qué habrías hecho en esta última noche con él?»

Sakura inhaló bruscamente, sintiéndose muy sorprendida de sí misma.

Bajo aquellas circunstancias hipotéticas, hipotéticamente, por supuesto, era muy posible que hubiera decidido aprovechar esa increíble oportunidad única que se le ofrecía de estar con un hombre como él, y hubiese permitido que la llevara a su cama. Habría aprendido todo lo que Sasuke Uchiha tenía guardado para enseñarle, permitiendo que su persona pasara a ser el foco de toda aquella humeante promesa de nuevos conocimientos sensuales que centelleaba en sus exóticos ojos.

Visto de esa manera, lo de ir a Escocia con él ya no parecía una locura tan grande.

Él la había estado observando atentamente, y cuando Sakura alzó su mirada de ojos muy abiertos hacia la suya, se levantó abruptamente del sofá de enfrente y se quedó de pie ante ella. Apartó impacientemente la mesita de centro, se puso de rodillas a sus pies y le rodeó las pantorrillas con las manos. Sakura sintió el calor de sus fuertes manos a través de la tela de sus tejanos. El mero contacto con él la hizo estremecer.

—Ven conmigo, muchacha. —Su voz era baja y apremiante—. Piensa en tu sangre escocesa. ¿Es que no deseas poner los pies en el suelo de tus antepasados? ¿No deseas ver los páramos y los campos de brezo, las montañas y los lagos? No soy un hombre que suela hacer promesas, pero te prometo esto... —Se calló y rió suavemente, como de algún chiste privado—. Puedo enseñarte una Escocia que ningún otro hombre podrá mostrarte jamás.

—Pero mi trabajo...

—Al infierno con tu trabajo. Hablas las viejas lenguas. Entre los dos podemos traducir más deprisa que uno. Te pagaré para que me ayudes.

—¿De veras? ¿Cuánto? —dijo Sakura sin pensar, y luego se sonrojó, asombrada por la rapidez con que lo había preguntado.

Él volvió a reír. Y ella supo que él sabía que acababa de convencerla.

—Escoge una pieza de mi colección, la que tú quieras.

Los dedos de Sakura se curvaron codiciosamente. ¡Era el mismísimo diablo, tenía que serlo! Sabía cuál era su precio.

La voz de él bajó hasta convertirse en un ronroneo lleno de intimidad.

—Entonces escoge dos más. Por un mes de tu tiempo.

Sakura sintió que se le aflojaba la mandíbula. ¿Tres piezas valiosas, más un viaje a Escocia, por un mes de su tiempo? ¿Estaba bromeando? ¡En cuanto hubiera regresado a Manhattan podía vender cualquiera de las antigüedades (se dijo que debía asegurarse de elegir una de la que pudiera soportar separarse), sacarse el doctorado y trabajar en el museo que quisiera! Podría permitirse disfrutar de unas vacaciones fabulosas, ver el mundo.

¡Ella —Sakura Haruno— podría llevar una vida glamurosa y excitante!

«Y lo único que quiere el diablo a cambio de ello —ronroneó cáusticamente una vocecita en su interior— es un alma.»

Sakura hizo como que no la había oído.

—¿Más el skean dhu? —se apresuró a dejar claro.

—Sí.

—¿Por qué Inverness? —preguntó ella con un hilo de voz. Una sombra cruzó velozmente por el hermoso rostro de él.

—Allí es donde viven mi hermano Izuna y su esposa. —Titubeó por un instante, y luego añadió—: El también colecciona textos.

Y si antes ella había estado dudando, eso terminó de decidirla. Su hermano y su esposa; verían a la familia de él. ¿Cuán peligroso podía ser un hombre si iba a llevarla a ver a su familia? Después de todo, no sería como si fueran a estar solos todo el tiempo. Estarían con la familia de él. Si Sakura jugaba bien sus cartas, podría ser capaz de aislarse de la seducción de aquel hombre. ¡Y tendría ocasión de pasar un mes con él! Podría llegar a conocerlo, descubrir qué era lo que impulsaba a un hombre semejante. ¿Y quién sabía lo que podía llegar a ocurrir en un mes? «Y el príncipe se enamoró de la campesina...»

Su corazón había empezado a palpitar frenéticamente.

—Di que sí, muchacha. Quieres hacerlo, lo veo en tus ojos. Escoge tus piezas. Las dejaremos en tu casa antes de irnos.

—¡En mi apartamento nunca estarán a salvo!

Hasta ella sabía lo débil que era aquella protesta.

—Entonces dentro de una de esas cajas... Una de esas...

La miró de soslayo.

—¿Las cajas de seguridad de un banco, quieres decir?

—Sí, muchacha, eso es.

—¿Y yo me quedo con la llave? —preguntó ella, atrapando la ocasión al vuelo.

Él asintió, con la luz de la victoria reluciendo en su mirada de depredador. En una película, el diablo habría mostrado una expresión semejante antes de decir: «Firma aquí».

—¿Por qué estás haciendo esto? —jadeó ella.

—Ya te lo he dicho. Te deseo.

Ella volvió a estremecerse.

—¿Por qué?

Él se encogió de hombros.

—Quizá sea alquimia del alma. No lo sé. No me importa.

—No me acostaré contigo, Uchiha —dijo ella súbitamente. No quería que él esperase eso, y necesitaba dejárselo muy claro. Si, en algún momento, ella decidía que estaba dispuesta a correr aquel riesgo, eso ya sería otra cosa. Pero él necesitaba entender que el que se acostaran no iba a formar parte de su acuerdo. Ese tipo de cosas no podían ser objeto de un trato—. Tus objetos compran mi compañía en tanto que traductora. Nada de sexo. Eso no forma parte de nuestro trato.

—No deseo que forme parte de nuestro «trato».

—Piensas que puedes seducirme —lo acusó ella.

Él se apretó el labio inferior con los dientes, lo soltó lentamente y sonrió. Aquel gesto era tan obvio, pensó Sakura con irritación, tan deliberadamente calculado para atraer su atención hacia los labios de él... Ella veía claramente lo que había detrás del gesto, pero eso no impedía que surtiese efecto cada vez que él lo hacía y la obligaba a responder humedeciéndose el labio a su vez. Maldición, pensó, aquel hombre era un auténtico artista en su especialidad.

«Ya estás seducida, mi pequeña Sakura —pensó Sasuke sin dejar de mirarla—. Ahora ya sólo te falta aceptar, y eso es una mera cuestión de tiempo.» Ella lo deseaba. La llama de la pasión se hallaba presente en ambas partes. Lo que había entre ellos era una atracción muy peligrosa que desafiaba la lógica o la razón. Sakura Haruno se sentía tan irresistiblemente fascinada por él como él lo estaba por ella. Cada uno sabía que debía alejarse del otro: él, porque no tenía ningún derecho a corromperla; ella, porque se daba cuenta de que había algo malo en él. Pero ninguno de los dos era capaz de resistir el tirón. Diablo y ángel: él, seducido por la luz que había dentro de ella; ella, tentada por la oscuridad que había dentro de él. Cada uno se sentía irresistiblemente atraído por aquello de lo que carecía.

—Bueno, no lo conseguirás —dijo ella envarada, molesta con su masculinidad petulante.

—Confío en que perdonarás a un hombre que lo intente, muchacha. ¿Un beso para sellarlo?

—Hablo en serio —insistió ella—. No voy a ser otra más de tus mujeres.

—No veo a ninguna otra mujer por aquí, muchacha —dijo él sin inmutarse—. ¿La ves tú?

Sakura puso los ojos en blanco.

—¿Le he pedido a alguien más que vaya a Escocia?

—He dicho que de acuerdo, ¿vale? Me limito a asegurarme de que entiendes los términos del trato.

—Oh, sí, entiendo los términos —dijo él en un tono peligrosamente suave.

Ella le tendió la mano.

—Entonces choca esos cinco.

Cuando él se llevó su mano a los labios y la besó, Sakura sintió que se mareaba.

El momento era, bueno..., claramente trascendental. Como si ella acabara de tomar una decisión que alteraría su vida para siempre, de modos que ni siquiera podía empezar a imaginar. Los griegos tenían una palabra para un momento semejante. Lo llamaban kairos, un momento lleno de destino.

Aturdida por la excitación, Sakura se levantó y, con el ojo de una experta y sin ningún remordimiento por robarle la cartera al diablo, empezó a seleccionar sus tesoros.