CAPÍTULO 8

Antes, aquel hombre nunca había intentado seducirla en serio, decidió Sakura a la mañana siguiente cuando bajó corriendo los escalones y se tropezó con él mientras salía del cuarto de baño del primer piso al pie de la escalera.

Porque la seducción era aquello: verlo con una toalla por único atuendo.

Imponente, noventa y cinco kilos de reluciente piel dorada derramada sobre músculo sólido, con una toalla pecaminosamente pequeña alrededor de sus caderas. Torso esculpido, abdominales que ondulaban suavemente. Un pequeño corte, resultado de la escaramuza que habían mantenido el día antes, oscureciendo levemente la perfección de su musculoso pecho. Una estela de pelo oscuramente sedoso desapareciendo bajo la suave tela blanca.

Mojado. Con diminutas cuentas de agua rielando sobre su piel. Lustrosos cabellos negros apartados del rostro, cayendo en un húmedo enredo hasta su cintura.

Y ella sabía que si decía la palabra, él extendería toda la longitud de su cuerpo increíble encima del suyo y...

Sakura emitió una especie de resoplido ahogado, como si el aire hubiera sido bruscamente expulsado de sus pulmones.

—Buenos días —consiguió decir.

Madainn mhath, muchacha —ronroneó él su réplica en gaélico mientras la sujetaba por los codos—. Confío en que habrás dormido bien sin las ligaduras.

No la había atado, pero había dormido delante de su puerta. Sakura lo había oído allí fuera, yendo de un lado a otro.

—Sí —dijo con voz entrecortada.

Aquel hombre era simplemente demasiado hermoso para la paz espiritual de cualquier mujer.

Él la miró desde arriba durante un momento que se hizo muy largo.

—Tenemos mucho que hacer antes de irnos —dijo al tiempo que le soltaba los brazos—. Sólo tardaré unos instantes en vestirme.

Pasó a su lado y empezó a subir la escalera. Ella se volvió, todavía aturdida, para contemplarlo con los ojos muy abiertos. Ni siquiera había intentado besarla, pensó, irritada con él porque no lo hubiera hecho, e irritada consigo misma porque la molestase que él no lo hubiera hecho. Cielos, aquel hombre la llenaba de una dualidad inverosímil. Sakura tenía la firme determinación de no dejarse seducir, y sin embargo disfrutaba enormemente con la situación. La hacía sentirse femenina y viva.

«Cielo santo», pensó mientras lo miraba. Los músculos de sus piernas se flexionaban con cada paso que daba en su ascenso por la escalera. Pantorrillas perfectas, muslos duros como rocas. Trasero muy firme. Esbelta cintura que se ensanchaba en unos musculosos hombros. Absolutamente lleno de músculo, Sasuke Uchiha tenía un aspecto de poder ávido y controlado. El tiempo pareció discurrir con la lentitud de un sueño mientras Sakura lo observaba.

—¡Oh! —jadeó de pronto mientras toda ella se ponía rígida a causa de la conmoción.

¿Realmente había hecho él eso?

¡Dios! ¿Cómo iba a borrar nunca de su mente aquella visión de él?

¡El muy desgraciado había dejado caer su toalla en lo alto de la escalera! Mientras estaba dando el último paso. Con las piernas ligeramente separadas. Proporcionándole así el más breve atisbo imaginable de... ¡oh!

Sakura todavía estaba tratando de respirar sin conseguirlo demasiado bien, cuando oyó una risa suave, ronca y además muy arrogante.

¡Maldito mujeriego desvergonzado!

Sasuke se fue cuando Sakura entró en la ducha. Era irse o reunirse con ella, y Sakura todavía no estaba lista para permitir lo que él necesitaba. Era más sensato no imaginar que entraba en la ducha por detrás de ella, tomaba en sus brazos su cuerpo mojado y resbaladizo, y ponía las manos encima de aquellos magníficos pechos desnudos. Ya la tendría a su disposición en Escocia dentro de poco, y allí, en su amada tierra natal, la reclamaría por completo.

Ella habría dejado que la besara. Sasuke lo había visto en la dilatación de sus ojos, en el súbito suavizarse de aquella boca tan delicada como los pétalos de una flor.

Pero todavía quedaba mucho por hacer antes de que se fueran, y un amante experimentado sabía que a veces acrecentar la expectación de una mujer resultaba mucho más seductor que satisfacerla. Por eso, con una provocativa pizca de distante altivez, Sasuke se había resistido a los besos que habría podido reclamar y en lugar de ellos le había enseñado lo que se estaba negando a sí misma. Lo que podía tener con sólo decir la palabra. Todo él, su insaciable deseo, su necesidad, su aguante, su determinación de darle placer como ningún otro hombre podía llegar a hacerlo. De ser esclavo de todos los deseos sexuales de ella. Sasuke sabía que Sakura había visto la pesada masa de sus testículos entre sus piernas y la gruesa punta de su miembro debajo de ellos en el momento en que daba el último paso.

Era preferible que se familiarizase con el cuerpo de él ahora, en un lento proceso gradual.

Sasuke sonrió, mientras el taxi se quedaba inmóvil en un súbito detenerse del tráfico, al recordar la exclamación ahogada de sorpresa que había salido de los labios de ella. Saber que nunca había sido tocada por otro hombre lo inflamaba. Tragó saliva, la boca seca de ansiedad.

Sakura le había dado una lista de cosas que necesitaba y le había dicho que su pasaporte estaba dentro de su joyero. Había dicho que sí. Había accedido a ir con él. La idea de tener que obligarla no le habría gustado nada.

Quizá todavía no la hubiera seducido para que se acostara en su cama, pero sí que había conseguido que sucumbiera a la seducción de su vida de incontables maneras, cada una de ellas un sedoso e invisible nudo, que la mantenían unida a él mientras iba atrayéndola todavía más hacia el interior de su mundo.

Sasuke estaba obsesionado con ella, como nunca lo había estado con ninguna otra mujer. Quería revelarle algo más de su historia. La noche anterior había estado tanteando el terreno, sondeando a Sakura en un intento de determinar cuánto sería capaz de llegar a soportar. Nunca se le había pasado por la cabeza contarle nada acerca de sí mismo a una mujer —particularmente a una con la que todavía no se había acostado—, pero la posibilidad de que una mujer como Sakura supiera lo que era él y aun así escogiera ser su mujer, hacía que la sangre le quemara como fuego dentro de las venas. Una parte de él quería hacerle tragar a Sakura su realidad por la fuerza, obligándola a aceptarlo sin que él tuviera que ofrecer ninguna excusa. Una parte más sabia de Sasuke, la correspondiente al hombre que solía ser antes, lo prevenía contra semejante crueldad.

Poco a poco. Necesitaba emplear el máximo cuidado y cautela si quería poder abrigar la esperanza de alcanzar su meta.

La noche anterior, mientras la veía discutir consigo misma qué piezas iba a escoger, Sasuke había comprendido con una asombrosa claridad que no era meramente el cuerpo de ella lo que quería tener en su cama: la quería a toda ella, entregada sin reservas. La quería casi tanto como quería verse libre del mal que había en su interior, como si él y Sakura estuvieran inextricablemente unidos de alguna manera. Y el animal que había dentro de él percibía el peligroso punto débil de ella: Sakura era una muchacha que podía ser capturada por el hombre que se ganara su corazón. Caería en la red y pasaría a ser suya de por vida. La estrategia de Sasuke había dejado de ser la simple seducción, porque ahora tenía en el punto de mira aquello que daba vida a Sakura.

«¿Una mujer como ella... confiarte su corazón? —se burló su honor—. ¿Es que también has perdido el juicio aparte del alma?»

—Llámalo como quieras —gruñó suavemente.

El taxista lo miró por el espejo retrovisor.

—¿Eh?

—No le hablaba a usted.

«Y si consigues ganártela de algún modo, entonces, ¿qué? ¿Qué es lo que vas a hacer con ella? —insistió su honor sarcásticamente—. ¿Prometerle un futuro?»

—No intentes robarme aquello que me pertenece —dijo Sasuke apretando los dientes—. Ella es todo lo que tengo.

Desde el advenimiento de Sakura, su vida encerraba más interés para él del que había tenido en mucho tiempo. Había conseguido seguir viviendo desde la noche en que se volvió oscuro, pero contando una hora tras otra.

Con un encogimiento de hombros dirigido al taxista, que había pasado a observarlo con evidente inquietud, Sasuke metió la mano en el bolsillo en una última comprobación para asegurarse de que la lista y la llave se encontraban allí.

La llave no estaba. Sasuke repasó mentalmente sus actividades de aquella mañana, y se dio cuenta de que la había dejado sobre la encimera.

Aunque no había nadie más hábil que él a la hora de entrar en un lugar sin usar las llaves, sólo lo hacía cuando era necesario. Y nunca a plena luz del día.

Contempló con impaciencia el tráfico detenido. Para cuando el taxista hubiera conseguido dar la vuelta dentro de aquel atasco, lo más probable era que él ya hubiera regresado al ático si iba a pie.

Metió el importe de la carrera por la ranura y salió a la lluvia.

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Sakura se afeitó las piernas con una de las navajas de Sasuke (concentrándose en no escuchar la vocecita burlona que ofrecía la nada solicitada opinión de que una chica no necesitaba afeitarse las piernas cuando fuera hacía tanto frío, a menos que estuviera planeando quitarse los pantalones por alguna razón), y luego salió de la ducha y se puso loción.

Fue al dormitorio, se puso unas bragas y un sujetador, y después guardó unas cuantas cosas en la maleta que él le había dejado mientras la loción era absorbida por su piel.

Iba a ir a Escocia.

Sakura no daba crédito a lo mucho que había cambiado su vida en sólo unos cuantos días, y en lo mucho que parecía estar cambiando ella misma. En cuatro días, para ser exactos. Habían transcurrido cuatro días desde que entró en aquel ático, y ahora se preparaba para volar a través del océano con su propietario, sin tener ni la menor idea de lo que podía llegar a salir de aquello.

Sacudió la cabeza y se preguntó si no habría perdido el juicio. Luego se negó a analizar demasiado a fondo ese pensamiento. Cuando pensaba en ello, le parecía que todo estaba mal. Pero la hacía sentirse muy bien.

Iba a ir, y no había que darle más vueltas. No estaba dispuesta a permitir que él saliera de su vida aquella tarde para siempre. Sakura sentía hacia él la misma clase de atracción irresistible que sentía por las antigüedades. La lógica no tenía absolutamente nada que ver con ello.

Su mente repasó a toda velocidad los detalles del último minuto y decidió que tenía que informar a Genshō. Probablemente ya estaría enfermo de preocupación y si no tenía noticias de ella durante otro mes, pondría en pie de guerra a todo el departamento de policía. Pero no quería hablar con él por teléfono, ya que Genshō le haría demasiadas preguntas; y las respuestas no eran completamente convincentes, ni siquiera para ella.

¡El correo electrónico! Pues claro. Podía enviarle una corta nota a través del ordenador del estudio.

Miró su reloj. Sasuke todavía debería tardar al menos una hora en volver. Sakura se metió en los tejanos, se pasó una camiseta por la cabeza y corrió escaleras abajo, queriendo terminar con aquello lo antes posible.

¿Qué diría? ¿Qué excusa le podía dar a Genshō?

«He conocido al Fantasma Galo y no es exactamente un criminal. De hecho, es el hombre más inteligente, atractivo y fascinante que he conocido jamás y me va a llevar a Escocia con él y me pagará con antigüedades para que le ayude a traducir textos porque piensa que lo han maldecido de alguna manera.»

Oh, sí. Estupendo. Eso viniendo de la mujer que había reprochado una y otra vez a Genshō que tuviera tan poco sentido de la ética. Aunque le estuviera diciendo la verdad, él nunca creería algo semejante si procedía de Sakura. Ni ella misma lo creía.

Entró en el estudio y su atención se vio brevemente atraída por los objetos que había esparcidos en él. Sakura nunca se acostumbraría a que unas reliquias inestimables fueran tratadas con semejante descuido. Cogió un puñado de monedas y las examinó. Dos tenían caballos grabados en ellas. Volviendo a dejar las otras encima del escritorio, Sakura estudió las dos monedas con ojos maravillados. Los antiguos celtas continentales habían grabado caballos en sus monedas. Al simbolizar la riqueza y la libertad, los caballos fueron tratados como auténticos tesoros hasta el extremo de ser merecedores de su propia diosa, Epona, conmemorada en tantas inscripciones y estatuas que ninguna otra de las diosas de la Antigüedad podía igualarla en la cantidad de representaciones de ella que habían sobrevivido.

—No —dijo con un bufido—. Es imposible que sean tan antiguas.

Estaban tan poco desgastadas por el uso que parecía como si las hubieran acuñado sólo unos años atrás.

Pero además, reflexionó, a todas las propiedades de él les pasaba aquello. Lo de parecer nuevas, increíblemente nuevas. Parecían lo bastante nuevas como para que ella hubiera llegado a tomar en consideración la posibilidad de que pudieran ser brillantes falsificaciones. Muy pocos objetos sobrevivían al paso de los siglos en un estado tan impecable. Sin disponer de los medios apropiados para autentificarlos, Sakura tenía que confiar en su juicio. Y su juicio le decía —por imposible que resultase de creer— que aquellas antigüedades eran genuinas.

Una imagen surgida de la nada cobró forma dentro de la mente de Sakura: Sasuke, ataviado con todas las galas de la indumentaria escocesa y la melena suelta con unas cuantas trenzas de guerra meciéndose sobre sus sienes, blandía la gran espada que colgaba sobre la chimenea. Aquel hombre exudaba el aura del guerrero celta, como si hubiera sido trasplantado en el tiempo.

—Estás hecha toda una soñadora, Haruno —se riñó a sí misma.

Sacudiendo la cabeza para disipar aquellos pensamientos tan fantasiosos, volvió a dejar las monedas en su montón y concentró su atención en lo que tenía que hacer. Fue hacia el ordenador y golpeó impacientemente el suelo con el pie mientras esperaba a que se iniciara. Dejó el ordenador zumbando y haciendo ruiditos, fue a la sala de estar y contempló el contestador mientras se enrollaba alrededor del dedo un mechón de cabellos rizados todavía húmedos. El teléfono había sonado muchas veces desde que ella bajó el volumen.

Sakura lo miró. Había nueve mensajes.

Su mano permaneció suspendida sobre el botón de play durante unos instantes de indecisión. Sakura no se sentía nada orgullosa de su proclividad a curiosear, pero pensaba que en lo que hacía referencia a los pecados, tampoco estaba grabada sobre piedra en la lista de los Diez Primeros. Después de todo, una chica tenía derecho a armarse con todo el conocimiento que pudiera, ¿verdad?

No hacerlo sería tan ingenuo como estúpido.

Su dedo descendió lentamente hacia el botón de play. Titubeó, y luego volvió a reanudar el descenso. Entonces el teléfono sonó ruidosamente en el preciso instante en que se disponía a pulsar el botón, arrancándole un chillido. Con el corazón retumbándole dentro del pecho, Sakura se batió en retirada hacia el estudio sintiéndose extrañamente culpable y pillada en flagrante delito.

Luego, con un resoplido de exasperación, volvió a salir del estudio y subió el volumen del contestador.

Koyuki de nuevo. Voz ronroneante y llena de pasión. Puaj. Frunciendo el ceño, Sakura bajó el volumen y decidió que realmente prefería no oír todos los mensajes. No necesitaba más recordatorios de que ella sólo era una entre muchas.

Unos momentos después, entró en internet, accedió a su cuenta de Yahoo! y tecleó rápidamente: Genshō, mi tía Irene (que Dios la perdonara, pero no tenía ninguna tía) enfermó de repente y tuve que partir inmediatamente hacia Kansas. Siento mucho no haber podido contactar contigo antes, pero su estado es grave y no me he movido del hospital. No estoy segura de cuándo regresaré. Puede que sean unas cuantas semanas o más tiempo. Intentaré telefonearte pronto. Sakura.

Con cuánta limpieza sabía mentir, pensó sintiéndose llena de asombro. Ahora fumaba puros, aceptaba sobornos y mentía. ¿Qué le estaba ocurriendo?

Sasuke Uchiha, eso era lo que le estaba ocurriendo.

Lo releyó varias veces antes de pulsar el botón de «enviar». Todavía estaba contemplando el aviso de «su mensaje ha sido enviado», sintiéndose un poquito asustada por lo que acababa de hacer debido a lo irrevocable que lo hacía parecer todo, cuando oyó abrirse y cerrarse la puerta.

¡Él ya había regresado!

Pulsó el botón de apagado al tiempo que rezaba para que también cortara la conexión con internet. Aunque no tenía nada de lo que sentirse culpable, prefería eludir una disputa potencial. Especialmente después de que hubiera estado a punto de escuchar sus mensajes. ¡Dios, él habría entrado y la habría pillado haciéndolo! ¡Qué humillante habría sido eso!

Tragando aire con una profunda inspiración, Sakura fijó una expresión inocente en su rostro.

—¿Cómo es que ya has vuelto? —llamó mientras salía del estudio.

Entonces dejó escapar un jadeo de sorpresa y se detuvo ante la entrada de la cocina.

Un hombre, vestido con un traje oscuro, estaba de pie en la sala de estar y examinaba los libros esparcidos sobre la mesita de centro. De estatura media, constitución nervuda y cortos cabellos castaños, iba bien vestido y tenía el aire de una persona refinada.

Aparentemente, ella no era la única que entraba a su antojo por la puerta abierta del ático de Sasuke. Realmente él debería empezar a cerrarla, pensó. ¿Y si ella todavía hubiera estado en la ducha, o hubiera ido al piso de abajo envuelta en una toalla para encontrarse allí a un desconocido? Se habría llevado un susto de muerte.

El hombre se volvió al oír su exclamación.

—Siento haberla asustado, señora —se disculpó afablemente—. ¿Está Sasuke Uchiha en casa por casualidad?

Acento británico, notó ella. Y un curioso tatuaje en su cuello. No parecía encajar del todo con el resto de su personalidad. No tenía el aspecto del tipo de hombre al que le van los tatuajes.

—No lo he oído llamar —dijo Sakura. No creía que él lo hubiera hecho. Quizá las amistades de Sasuke no llamaban a la puerta antes de entrar—. ¿Es usted amigo suyo?

—Sí. Me llamo Gen Katsugi —dijo él—. ¿Sasuke está en casa?

—En este momento no, pero ya le diré que ha venido a verlo. —Lo miró, su curiosidad siempre despierta. Tenía allí a uno de los amigos de Sasuke. ¿Qué podía contarle acerca de él?—. ¿Son ustedes muy amigos? —preguntó, tratando de sonsacarle algo.

—Sí. —Él sonrió—. ¿Y quién es usted? No puedo creer que él no me haya mencionado a una mujer tan hermosa.

—Soy Sakura Haruno.

—Ah, él tiene un gusto exquisito —dijo Gen suavemente.

Ella se sonrojó.

—Gracias.

—¿Adónde ha ido? ¿Tardará mucho en volver? ¿Podría esperarlo?

—Probablemente estará fuera durante cosa de una hora. ¿Quiere que le dé algún mensaje de su parte?

—¿Una hora? —repitió él—. ¿Está segura? Quizá podría esperar; puede que no tarde tanto en volver.

La miró interrogativamente. Sakura sacudió la cabeza.

—Me temo que no, señor Katsugi. Fue a traerme unas cosas; dentro de unas horas saldremos para Escocia y...

Se calló al ver cómo el semblante del hombre cambiaba abruptamente.

La sonrisa seductora se había esfumado. La mirada apreciativa se había esfumado. Para ser reemplazadas por una expresión fría y calculadora. Y —el cerebro de Sakura pareció resistirse a procesar ese hecho— de pronto, en su mano había un cuchillo.

Sakura sacudió la cabeza, incapaz de absorber aquel extraño giro de los acontecimientos.

Con una sonrisa amenazadora, el hombre fue hacia ella.

—Usted n-no es a-amigo suyo —dijo Sakura, todavía tratando de hacerse alguna idea de cuál era la situación.

«Oh, vaya, Haruno. ¿Será el cuchillo lo que le ha delatado? —se reconvino silenciosamente a sí misma—. Cálmate. Encuentra una maldita arma.» Retrocedió lentamente hacia el interior de la cocina, temerosa de hacer un movimiento súbito.

—Todavía no —fue la extraña réplica del hombre mientras la seguía.

—¿Qué es lo que quiere? Si se trata de dinero, él tiene un montón de dinero. Toneladas de dinero. Y le encantará dárselo. Y hay antigüedades —balbuceó. Ya casi había llegado. Tenía que haber un cuchillo en algún lugar sobre la encimera—. Valen una fortuna. Le ayudaré a envolverlas. Aquí hay montones de cosas que se puede llevar. Le prometo que no me interpondré en su camino. Yo sólo...

—No es dinero lo que estoy buscando.

«Oh, Dios.» Una docena de horrendos escenarios, cada uno peor que el anterior, desfilaron a toda velocidad por la mente de Sakura. Al fingir que conocía a Sasuke, aquel hombre la había manipulado hábilmente para que admitiera por iniciativa propia que estaría sola durante una hora. ¡Qué crédula había sido! «Puedes sacar a la chica de Kansas, pero no puedes sacar a Kansas de la chica», pensó mientras sentía cómo la histeria empezaba a burbujear dentro de ella.

—¡Oh, qué despistada que soy! ¡Me he confundido de hora! Él volverá en cualquier momento...

Una áspera risotada.

—Buen intento.

Cuando se abalanzó sobre ella, Sakura retrocedió impulsada por la adrenalina. Frenéticamente, con manos entorpecidas por el miedo, fue cogiendo cosas de la encimera y se las lanzó. El termo del café rebotó en su hombro, esparciendo su contenido por todas partes; la tabla de madera para cortar la carne le dio de lleno en el pecho. Buscando a tientas detrás de ella, Sakura cogió una copa de cristal Baccarat tras otra del fregadero y se las tiró a la cabeza. Él esquivó y se agachó, y una copa tras otra hizo explosión contra la pared detrás de él para cubrir el suelo con una lluvia de cristales rotos.

El hombre siseó furiosamente y siguió avanzando hacia ella.

Respirando con jadeos entrecortados y peligrosamente cerca de hiperventilar, Sakura buscó más arsenal. Un cazo, un colador, unas llaves, un reloj de cocina, una sartén, botes de especias, más copas.

¡Necesitaba un arma, por Dios! ¡Con todo aquel maldito museo alrededor de ella, tenía que poder echar mano a algún miserable cuchillo! Pero sus pies descalzos resbalaban una y otra vez encima del café mientras trataba de esquivar tanto a su asaltante como los cristales rotos.

Sin atreverse a apartar los ojos de él, buscó a tientas un cajón detrás de ella y hurgó frenéticamente en su interior: paños de cocina.

El siguiente cajón: bolsas de basura y film transparente para envolver. Sakura le tiró ambas cajas.

Él avanzó con los cristales crujiendo bajo sus pies, obligándola a retroceder contra la encimera.

Botella de vino. Llena. «Gracias, Dios mío.» Sakura la mantuvo oculta detrás de su espalda y se quedó inmóvil.

Él hizo lo que ella había esperado que hiciese. Se le vino encima y Sakura estrelló la botella contra su cabeza con toda la fuerza de que fue capaz, empapándolos a ambos con vino lleno de trocitos de cristal.

El hombre la agarró por la cintura mientras se desplomaba y la arrastró consigo en su caída. Sakura no pudo resistirse a la nervuda fuerza de sus brazos cuando la obligó a quedar tendida sobre la espalda debajo de él.

Entrevió un destello plateado peligrosamente cerca de su rostro. Sakura aflojó los músculos durante un momento, justo el tiempo suficiente para hacerle vacilar, y luego fue a por su ingle con la rodilla y a por sus ojos con los pulgares, murmurando un silencioso agradecimiento a Jon Stanton de Kansas, quien le había enseñado los «diez trucos sucios» cuando estuvieron saliendo una temporada en el instituto.

—¡Ay, perra asquerosa!

Cuando él se convulsionó en una reacción refleja, Sakura lo golpeó con los puños al mismo tiempo que se debatía en un desesperado esfuerzo por salir de debajo de su peso.

La mano del hombre se cerró sobre su tobillo. Sakura cogió un trozo de cristal, sin prestar atención a sus numerosos cortes y lo volvió contra él, siseando y bufando como una gata.

Y cuando lo hubo herido en la mano con que le rodeaba el tobillo, una deliciosa sensación de triunfo se adueñó de ella. Podía estar en el suelo, ensangrentada y llorando, pero no iba a morir sin antes haber peleado con uñas y dientes.

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Sasuke entró en la antesala. Se preguntó si Sakura todavía estaría en la ducha y se permitió una breve visión de ella, gloriosamente desnuda y mojada con toda esa magnífica cabellera cayéndole sobre la espalda. Con la mano encima del picaporte, sonrió y luego torció el gesto cuando oyó un súbito estrépito seguido por maldiciones.

Abrió la puerta y cuando miró dentro, la incredulidad y la conmoción lo dejaron paralizado durante un instante precioso.

Sakura —goteando un líquido rojo que la mente de Sasuke se negó a aceptar que pudiera ser sangre— estaba de pie en el centro de la sala de estar, vuelta hacia la cocina y de espaldas a Sasuke mientras aferraba con ambas manos la espada colgada encima de la chimenea, sollozando y presa de un violento ataque de hipo.

Un hombre salió de la cocina, su mirada asesina fija en Sakura y un cuchillo en la mano.

Ninguno de los dos captó la presencia de Sasuke.

—Apártate de él, mi pequeña Sakura —siseó él.

Utilizó de manera instintiva la Voz del Poder, acompañando la orden con un hechizo druida de compulsión, por si se daba el caso de que ella estuviera demasiado asustada para poder moverse por sí sola.

El hombre se sobresaltó y entonces lo vio, y su rostro mostró conmoción y... algo más, una cosa que Sasuke no pudo definir del todo. Una expresión que no tenía ningún sentido para él.

¿Reconocimiento? ¿Un respetuoso temor? La mirada del intruso fue hacia la puerta detrás de Sasuke, y luego hacia las puertas abiertas que daban a la terraza mojada por la lluvia.

Con un rugido, Sasuke inició el acecho. No había necesidad de apresurarse, ya que el hombre no podía ir a ningún sitio. Sakura había respondido a su orden y retrocedido hacia la chimenea, donde permanecía inmóvil con la espada firmemente sujeta en sus manos, blanca como un fantasma. Todavía se mantenía en pie. Eso era una buena señal, y además no podía ser que todas aquellas manchas rojas fuesen sangre.

—¿Te encuentras bien, muchacha? —Sasuke mantuvo la mirada fija en el intruso. El poder se agitaba dentro de él. Poder muy antiguo, poder que no era suyo, poder sediento de sangre y en el que no se podía confiar, porque lo incitaba a destruir a aquel hombre utilizando arcaicas maldiciones prohibidas. A hacer que muriese con una muerte lo más lenta y horrible posible por haberse atrevido a tocar a su mujer.

Apretando las manos, Sasuke luchó por cerrar su mente a aquel poder. Él era un hombre, no un antiguo mal. Era hombre de sobra para ocuparse de aquello por sí solo. Sabía —aunque no sabía cómo lo sabía— que en el caso de que utilizara el poder oscuro que había dentro de él para matar, el hacerlo sellaría su perdición.

Hipo.

—Me parece que sí. —Más sollozos.

—Hijo de perra. Le has hecho daño a mi mujer —gruñó Sasuke, avanzando inexorablemente hacia el hombre y obligándolo a salir a la terraza. A cuarenta y tres pisos por encima de la calle.

El intruso miró por encima del hombro el murete que circundaba la terraza, como si calculara la distancia, y luego volvió nuevamente la mirada hacia Sasuke.

Lo que hizo a continuación fue tan extraño e inesperado que Sasuke no consiguió reaccionar a tiempo de detenerlo.

Los ojos ardiéndole con un celo fanático, el hombre bajó la cabeza.

—Así pueda yo servir a los draghar con mi muerte, del modo en que no he sido capaz de hacerlo con mi vida.

Sasuke todavía estaba tratando de asimilar el hecho de que había dicho «los draghar» cuando el hombre giró en redondo, se subió al murete y dio el salto del ángel hacia cuarenta y tres pisos de vacío.