CAPÍTULO 9

—¿Qué es esa cosa? —preguntó Sakura, torciendo el gesto.

—Tranquila, muchacha. No es más que un ungüento que acelerará el proceso de curación.

Sasuke empezó a extenderlo sobre la miríada de cortes mientras murmuraba hechizos curativos en una antigua lengua que ella no conocía. Una lengua que llevaba tanto tiempo muerta que, los estudiosos del siglo de Sakura no tenían nombre para ella. El rojo pegajoso en su ropa había resultado ser vino, no sangre. Sakura había salido notablemente ilesa después de todo, con cortes en las manos y los pies y unos cuantos arañazos en los brazos, pero sin ninguna herida realmente grave.

—Eh, ya me siento mejor —exclamó.

Sasuke la miró, obligándose a contemplar sus ojos y no las deliciosas curvas apenas cubiertas por el delicado sujetador de encaje y las bragas que llevaba. Después de que el hombre hubiera saltado, Sasuke había desnudado a Sakura con menos miramientos de lo que hubiese querido en un principio, impaciente por saber cuál era la gravedad de sus heridas. Ahora ella estaba sentada a su lado en el sofá, vuelta de cara hacia él y con los piececitos encima de su regazo mientras Sasuke se ocupaba de ellos.

—Toma, muchacha.

Cogió el cobertor de lana de cachemira del respaldo del sofá y se lo extendió sobre los hombros, envolviéndola con él de tal manera que la cubriese desde el cuello hasta los tobillos. Ella parpadeó muy despacio, como si sólo ahora se diera cuenta del estado de desnudez en que se hallaba, y Sasuke supo que su mente todavía se encontraba aturdida por la terrible prueba.

Se obligó a volver a concentrar su atención en los pies de Sakura. Los hechizos curativos lo habían llevado todavía más cerca de los límites de su autocontrol. Durante los últimos días había utilizado demasiada magia, y ahora necesitaba un largo espacio de tiempo sin ningún hechizo para recuperarse.

Necesitaba eso, o a ella.

El período más largo que había llegado a pasar sin una mujer, desde la noche en que se volvió oscuro, había sido de dos semanas. Al final de él, se había encontrado en lo alto del múrete de aquella terraza con una botella de whisky en la mano mientras bailaba una jiga escocesa sobre las resbaladizas piedras en plena nevada, dejando que el destino se encargara de escoger hacia qué lado caería primero.

—Me mintió —dijo ella, apartándose de la cara con una mano vendada los cabellos todavía mojados por la ducha—. Dijo que era amigo tuyo y yo le dije que no regresarías hasta dentro de una hora. —Abrió mucho los ojos—. ¿Por qué volviste?

—Olvidé la llave, muchacha.

—Oh, Dios —jadeó ella, y pareció otra vez al borde del pánico—. ¿Y si no te la hubieras olvidado?

—Pero la olvidé. Ahora estás a salvo. —«Nunca volveré a permitir que el peligro llegue a tocarte.»

—No lo conocías, ¿verdad? Quiero decir que, bueno, él dijo eso sólo para averiguar durante cuánto tiempo estarías fuera, ¿no?

—No, muchacha, nunca había visto a ese hombre. —Eso era cierto—. Es justo lo que pensaste: mintió para averiguar cuándo regresaría yo, durante cuánto tiempo estarías sola. Puede que sacara mi nombre de alguna parte. La lista de correos, el listín de teléfonos.

Él no figuraba en ninguno de aquellos sitios. Pero ella no necesitaba saber eso.

—¿Y por qué lo dejaron subir los de Seguridad?

Sasuke se encogió de hombros.

—Estoy seguro de que no lo hicieron. Hay modos de esquivar a Seguridad —dijo evasivamente mientras examinaba con la mirada los daños causados por el ataque.

Tendría que poner orden en la cocina antes de que la policía viniera inevitablemente a interrogar a los ocupantes de su lado del edificio. Por suerte, había veintiocho terrazas por debajo de la suya, hasta el piso catorce, y sabía que la policía, con esa respetuosa distancia que se concedía a los ricos en cualquier siglo, dejaría el nivel del ático para el último lugar.

Su mente repasó los detalles a toda velocidad: eliminar toda señal de lucha, guardar los dos últimos tomos, pasar por casa de Sakura para recoger su pasaporte, llevar las antigüedades de ella al banco, trasladarlos a los dos hasta el aeropuerto. Sasuke se alegró de que fueran a irse aquel mismo día. La había metido en algo que ni siquiera él entendía, y sólo él podía protegerla.

Y la protegería. Ella era la guardiana de su selvar. Ahora la vida de él era su escudo.

«Así pueda yo servir a los draghar...», había dicho el hombre.

Sasuke no le encontraba ningún sentido. Se había sorprendido tanto al oír aquellas palabras en labios del hombre que se quedó mirándolo sin entender nada. Ahora Sasuke estaba furioso consigo mismo porque, de haberse movido o hablado más deprisa, podría haberle arrancado respuestas al hombre. Al parecer, alguien sabía más que él mismo acerca de sus problemas. ¿Cómo? ¿Quién podía saber en qué se había metido? ¡Ni siquiera Izuna lo sabía con certeza! ¿Quién demonios eran los draghar? ¿Y de qué modo los había estado sirviendo aquel hombre?

Si eran, tal como se le había ocurrido pensar antes, alguna escisión de los Tuatha de Danaan, y si realmente habían decidido darle caza, ¿por qué hacer daño a una mujer inocente? Y si eran la raza supuestamente inmortal, ¿por qué enviar a un mortal para que obrara su voluntad? No cabía duda de que el hombre había sido un mortal. Sasuke lo había visto. Cayó sobre un coche o, mejor dicho, se fundió con el coche.

Mientras limpiaba las heridas de Sakura, Sasuke la había interrogado minuciosamente acerca del intruso, en parte para mantenerla hablando y evitar así que cayera en un estado de shock. El hombre se había identificado a sí mismo como Gen Katsugi, aunque Sasuke no se hacía ilusiones de que aquél fuera su verdadero nombre. El hombre lo había reconocido de algún modo. Sasuke no conocía a Gen Katsugi, pero Gen Katsugi sí que lo conocía a él. ¿Durante cuánto tiempo había estado observándolo? Espiándolo. Aguardando el momento de atacar.

Un súbito temor por su hermano y por Sakurasou le oprimió las entrañas. Si él estaba siendo vigilado, ¿lo estaría siendo también Izuna? ¿Qué maldición había hecho caer sobre él mismo y su clan?

Sasuke sacudió la cabeza mientras rebuscaba entre docenas de preguntas para las cuales no tenía respuestas. Pensar no serviría de nada. Ahora lo necesario era actuar. Tenía que hacer los últimos arreglos y sacarlos a ambos del país, y luego ya podría concentrarse en descubrir quiénes eran los draghar.

Terminó de curar el último corte y alzó la mirada hacia Sakura. Ella lo observaba en silencio con los ojos muy abiertos, pero el color ya iba volviendo lentamente a su rostro.

—Perdóname, muchacha. Debería haber estado aquí para protegerte —se disculpó con gravedad—. Nunca volverá a suceder.

—La culpa no ha sido tuya. —Dejó escapar una trémula risita—. No se te puede considerar responsable de todos los criminales que hay en la ciudad. Era obvio que ese hombre no estaba en sus cabales. Quiero decir que..., Santo Dios, saltó. Se quitó la vida. —Sacudió la cabeza, todavía incapaz de entenderlo—. ¿Dijo algo antes de saltar? Pareció como si lo hiciera.

Ella se encontraba demasiado lejos para haberlo oído.

—Sí, pero no tenía ningún sentido. Estoy seguro de que tienes razón. Lo más probable es que estuviera loco o... —Se encogió de hombros.

—O había tomado drogas —dijo ella, asintiendo—. Tenía unos ojos muy extraños. Como si fuera alguna clase de fanático. Realmente pensé que iba a matarme. —Una pausa, y luego dijo—: Luché. No me limité a desplomarme.

Parecía estar tanto asombrada como orgullosa de ello, y Sasuke pensó que tenía sobrados motivos para sentirse así. Qué difícil tenía que haber sido para Sakura Haruno, con lo poquita cosa que era, hacer frente a un hombre mucho más grande que ella, que empuñaba un arma con la intención de matar. Para un hombre de la estatura y la corpulencia de Sasuke, por no mencionar su entrenamiento, entrar en combate podía no ser algo demasiado terrible, pero ¿ella? La chica tenía valor.

—Lo hiciste muy bien, Sakura. Eres una mujer extraordinaria.

Sasuke le puso un rizo mojado detrás de la oreja. Estaba empezando a perder la batalla para impedir que su mirada recorriese ávidamente el cuerpo de Sakura, sabiendo como sabía que estaba casi desnuda debajo del suave cobertor. Un peculiar calor helado inundaba sus venas. Era oscuro y exigente. Traía consigo una necesidad a la que no le importaba en lo más mínimo que ella acabara de sufrir un trauma, una necesidad que se esforzaba por convencerlo de que el sexo la haría sentirse mejor.

Los jirones de su honor no estaban de acuerdo. Pero eran jirones y ahora Sasuke necesitaba alejarla de él. Deprisa.

—¿Tus pies están mejor?

Ella los bajó del regazo de él al suelo y luego se levantó del sofá, poniéndolos a prueba.

Sasuke se apresuró a mirar por la ventana y apretó los puños para no extender los brazos hacia ella. Sabía que si la tocaba ahora, la tumbaría en el suelo, le separaría las piernas y se metería dentro de ella. Sus pautas mentales estaban cambiando, del modo en que lo hacían cuando llevaba demasiado tiempo sin poseer a una mujer. Se volvían primitivas, animales.

—Sí —dijo ella, con tono de sorpresa—. Sea lo que sea, ese ungüento es asombroso.

—¿Por qué no subes y terminas de recoger tus cosas?

La voz de él sonó pastosa y gutural, incluso a sus propios oídos. Se levantó rápidamente y fue hacia la cocina.

—Pero ¿qué hay de la policía? ¿No deberíamos llamar a la policía?

Sasuke tardó unos momentos en responder, pero mantuvo la espalda vuelta hacia ella.

—Ya están ahí fuera, muchacha.

«Vete», deseó en un desesperado silencio.

—Pero ¿no deberíamos hablar con ellos?

—Yo me ocuparé de todo, Sakura.

Esta vez utilizó un toque de compulsión y le dijo que se olvidara de la policía. Justo la cantidad de magia suficiente para tranquilizarla, para ayudarla a confiar en que él se encargaría de hacer todo lo necesario. Para que luego no se preguntara por qué no se la había interrogado. En lo que hacía referencia a la policía, el hombre no habría caído de la terraza de Sasuke, pero Sakura no necesitaba saber eso.

Acababa de entrar en la cocina cuando ella apareció junto a él y le puso la mano en el hombro.

—¿Sasuke?

Él se envaró y cerró los ojos. No se volvió. «Dios, muchacha, por favor. No quiero violarte.»

—Eh, date la vuelta —dijo ella, levemente enfadada.

Con los dientes apretados, él se volvió.

—Aunque no lo hayas hecho a propósito, gracias por haberte olvidado la llave de mi apartamento —dijo ella, y luego le tomó el rostro entre sus manecitas, se puso de puntillas y le hizo bajar la cabeza para depositar un suave beso sobre sus labios—. Probablemente me salvaste la vida.

Él pudo sentir vibrar los músculos en su mandíbula. En todo su cuerpo. Tuvo que separar la rígida presa de sus dientes para poder gruñir un ronco:

—¿Probablemente?

—Eh, yo estaba resistiendo bastante bien —observó ella—. Y ya había llegado a la espada.

Una sonrisa tenue pero llena de descaro y después, gracias al cielo, la vio ir hacia la escalera.

Se detuvo al inicio de ella y miró atrás.

—Ya sé que probablemente no te importa, porque no tardaremos en irnos, pero deberías decirle al encargado del edificio que este ático tiene serios problemas de calefacción. ¿Te importaría subirla un poquito?

Se frotó los brazos a través del cobertor y, sin esperar una respuesta, subió apresuradamente los escalones.
Cinco minutos después, Sasuke todavía estaba apoyado en la pared, temblando a causa de la batalla que había estado a punto de perder cuando ella tocó tan inocentemente sus labios con los suyos.

Sakura lo había besado como si él fuese un hombre honorable, dueño de sí mismo. Que no representaba peligro alguno.

Como si él no fuera el hombre que había estado a punto de tomar su virginidad por la fuerza. Como si él no fuera oscuro y peligroso. En una ocasión, había recurrido a Koyuki cuando se encontraba casi tan mal como ahora. Había visto el miedo mezclado con la excitación en los ojos de ella cuando la tomó sin ninguna clase de miramientos, sin decir una sola palabra, en la cocina donde la había encontrado. Entonces había sabido que ella percibía aquello en él, la oscuridad. Había sabido que la excitaba.

Pero a Sakura no. Ella lo había besado suavemente. Aunque él fuese una bestia.

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Oyashiro observó desde una prudente distancia a Sasuke Uchiha y su acompañante mientras éstos salían del edificio a la Quinta Avenida. La policía había estado presente por todas partes durante horas, llevándose el cuerpo de Gen e interrogando a los testigos, pero a media tarde se habían ido, dejando tras de sí a dos curtidos detectives de hosca mirada.

No sentía pena alguna por Gen; su muerte había sido rápida, y la muerte no era una cosa a la que ellos temieran, ya que la secta druida de los draghar creía en la transmigración del alma. Gen volvería a vivir en algún otro cuerpo, en alguna otra época.

Al igual que los draghar volverían a vivir dentro del cuerpo del escocés, una vez que hubieran tomado plena posesión de él.

Lo que tenía impresionado a Oyashiro era que aquel hombre hubiera conseguido mantener a raya la transformación hasta el momento. Habida cuenta de lo poderosos que eran los draghar, Sasuke Uchiha tenía que ser insólitamente poderoso por derecho propio.

Pero a Oyashiro no le cabía duda de que la Profecía se cumpliría tal como había sido prometido. Ningún hombre podía llevar dentro de sí semejante poder y no llegar a utilizarlo. Día a día, los draghar irían infiltrándose un poco más dentro de él hasta que él ya no supiera que estaba siendo transformado. Lo único que necesitaban hacer era provocarlo, espolearlo y acorralarlo. La utilización de la magia oscura para propósitos oscuros lo precipitaría al fondo de un abismo del cual no había escapatoria.

Entonces, los draghar volverían a caminar sobre la faz de la Tierra.

Entonces, todo el poder, todo el conocimiento que los Tuatha de Danaan les habían robado hacía milenios sería restaurado. Los draghar les enseñarían la Voz del Poder que traía la muerte con una mera palabra, y las maneras secretas de moverse a través del tiempo. Cuando fueran muchos y hubieran llegado a ser fuertes, irían en busca de los Tuatha de Danaan y tomarían aquello que ya hacía mucho tiempo debería haber sido suyo. Aquello que los Tuatha de Danaan siempre habían negado a los draghar: el secreto de la inmortalidad. La vida eterna, sin necesidad de ningún renacimiento regido por el azar. Serían dioses.

Oyashiro estudió con gran atención a la mujer. Era muy bajita, y Oyashiro se preguntó cómo había sido posible que Gen terminara cayendo desde lo alto de aquella terraza.

¿Habría elegido él ese fin? ¿Habría sido arrojado al vacío por Sasuke Uchiha? Aquella mujercita no podía haberlo hecho. Realmente no era gran cosa, con su poco más de un metro sesenta de estatura.

El escocés se alzaba sobre ella como una torre. A los draghar se les había dado un poderoso recipiente con la robusta forma de un guerrero. Los hombres responderían bien a su autoridad innata. En el mismo instante en que Oyashiro pensaba eso, notó cómo los transeúntes le abrían paso, apartándose instintivamente de su camino, y él avanzaba a grandes zancadas como si supiese que lo harían. No había ninguna vacilación en aquel hombre, ni la más mínima. Incluso desde aquella distancia, Oyashiro pudo sentir el poder que emanaba de él.

Cuando el escocés bajó la mirada hacia la mujer, Oyashiro entornó los ojos.

Una mirada posesiva. Un intenso deseo de proteger en la manera con que escudaba el cuerpo de ella de los transeúntes, sus ojos siempre alerta examinando constantemente los alrededores. Daore no se mostraría nada complacido.

Antes de que Oyashiro hubiera encontrado su vocación dentro de la orden, se había dedicado a los timos y las estafas, con un considerable éxito, y la regla cardinal de aquella actividad también regía allí: aísla al objetivo; la presa siempre cae con más facilidad cuando se encuentra sola.

Los siguió a una distancia prudencial.

Se detuvieron delante de un banco y Oyashiro se acercó un poco más, dejó caer unas cuantas monedas y se agachó a recogerlas. Aguzó el oído, para ver si podía llegar a escuchar cualquier conversación.

Y finalmente oyó lo que necesitaba: planeaban volar a Escocia en algún momento de aquel anochecer.

Oyashiro se unió a una pequeña procesión de peatones y sacó un móvil. Sería muy sencillo hacer que uno de sus hermanos familiarizado con los ordenadores averiguara desde qué aeropuerto y cuándo partirían, y le consiguiera una plaza en el mismo vuelo.

Hablando rápidamente, puso al corriente de los últimos acontecimientos a Daore. Y las instrucciones de Daore fueron precisamente las que él esperaba.

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Unas horas después, Oyashiro se acomodaba en un asiento situado una docena de filas por detrás de los que ocupaban ellos. Hubiese preferido sentarse más cerca, pero el vuelo no estaba lleno y le preocupaba que el escocés pudiera detectar su presencia.

No había dejado de seguirlos durante toda la tarde y ni una sola vez se le presentó la ocasión de atacar. Los aceros eran el arma preferida de su secta, pues cada derramamiento de sangre era ritual tanto en sí mismo como por lo que representaba, pero Oyashiro había tenido que abandonar sus armas antes de embarcar. Su corbata habría ido muy bien para estrangular a la mujer, a condición de que hubiera podido estar a solas con ella durante un momento.

Le habría gustado saber qué había sucedido allá en el ático. Algo había alertado a Sasuke Uchiha de que era posible que hubiese otro ataque. Si era descubierto, se suponía que Gen debía hacer que todo pareciese un robo o la obra de un sociópata, lo que encajara mejor con el momento. Pero era evidente que el escocés esperaba que se produjera otro intento. No se había separado de la mujer en ningún momento. Las dos veces que ella fue a los servicios del aeropuerto, él la había acompañado hasta allí, la esperó junto a la entrada y la escoltó de regreso después.

Aquel maldito escocés era un escudo ambulante. Oyashiro se dio un masaje en la nuca y suspiró.

Una vez en Escocia restablecería sus contactos, adquiriría armas y tarde o temprano llegaría un momento en que el hombre bajaría la guardia. Aunque sólo fuese durante unos instantes. Unos instantes serían todo lo que necesitaría Oyashiro.