CAPÍTULO 10

El vuelo desde el aeropuerto JFK hasta Londres sólo iba medio lleno; la intensidad de las luces había sido atenuada para no molestar al pasaje nocturno, los asientos eran cómodos (disponían de una fila entera para ellos solos y habían subido todos los brazos) y Sakura se quedó dormida poco después del despegue.

Ahora, removiéndose adormilada, mantuvo los ojos cerrados y se puso a pensar en los acontecimientos del día. Había transcurrido con una increíble celeridad, desde el ataque hasta el hacer el equipaje, ir a su casa para recoger su pasaporte, hacerse con una caja de seguridad en el banco para sus piezas (¡suyas, nada menos!), un apresurado almuerzo-cena y, finalmente, el trayecto hasta el aeropuerto.

No era de extrañar que se hubiera quedado dormida. La noche anterior no había dormido mucho, debido a lo nerviosa y excitada que estaba a causa de la decisión que había tomado de acompañar a Sasuke a Escocia. Luego el día había estado lleno de actividad, y la conmoción del ataque, por sí sola, la había dejado casi completamente desprovista de energías. Sakura todavía no podía creer que hubiera sucedido; parecía irreal, como si lo hubiera visto en la televisión o le hubiera ocurrido a otra persona. Llevaba casi todo un año viviendo en uno de los barrios de peor reputación de Nueva York y nunca le había sucedido nada malo. Nunca la habían atracado, nunca la habían acosado en el metro y, de hecho, no se había encontrado con ninguna adversidad, así que suponía que quizá su número había salido por fin en la rifa. A menos que, naturalmente, la policía determinara que había habido algún otro mot...

Aquel pensamiento fue escurridiza y abruptamente borrado de su mente. Aunque no podía evitar sentirse un poco afectada por el hecho de que su atacante se hubiera quitado la vida (y si eso no probaba lo loco que estaba, Sakura no sabía qué podría hacerlo), sabía que aquel hombre había tenido la intención de herirla gravemente, si no de matarla. El pragmatismo atemperó su emoción. La simple verdad era que agradecía haber sobrevivido. Sentía que el hombre hubiera estado tan loco como para atacarla y luego saltar desde la terraza, pero aun así se alegraba mucho de estar viva. Era sorprendente cómo el que la vida de uno se viera en peligro lo reducía todo a los aspectos más básicos.

Si Sasuke no hubiera regresado —pensarlo la hizo estremecer—, ella habría luchado hasta la muerte. Sakura estaba descubriendo toda clase de aspectos de su personalidad que no sabía que existieran. Siempre la había preocupado pensar que si alguien la atacara no sabría cómo reaccionar o se limitaría a dejarse paralizar por el miedo. Siempre se había preguntado si en el fondo no sería una cobarde.

Gracias a Dios que no lo era. Y gracias a Dios que Sasuke había olvidado la llave.

Qué fácil había sido engañarla. Gen Katsugi, nada menos. Eso ya hubiese tenido que ponerla sobre aviso. Pero no se le había ocurrido darle mayor importancia porque el aspecto y el comportamiento del hombre no habían podido ser más normales, al principio. Claro que pensándolo bien, había leído en algún sitio que la mayoría de los asesinos en serie tenían el mismo aspecto que el vecino de al lado.

Cuando Sasuke había entrado por la puerta, la expresión que apareció en el rostro del hombre no había podido ser más extraña. Sakura no conseguía llegar a identificarla del todo...

Con un encogimiento de hombros mental, hizo a un lado todos aquellos sombríos pensamientos. Había sido horrible; nunca en toda su vida había estado tan asustada, pero ya había pasado y ahora miraría hacia delante, no hacia atrás. Dedicarse a pensar en ello haría que volviera a sentirse aterrorizada. Algo inexplicable y espantoso había ocurrido justo antes de que ella se fuese de Nueva York, pero no permitiría que afectara al tiempo que había pasado allí, ni que proyectara una negra sombra sobre su futuro. Aquel hombre estaba muerto, y no le concedería el éxito de hacer que se sintiese aterrada. En veinticuatro años, sólo había sido víctima de un ataque. Sakura podía vivir con esas probabilidades. Viviría con ellas, y no permitiría que la asustaran en el futuro. ¿Ir con más cuidado? Por supuesto que sí. ¿Tener miedo? Eso ni soñarlo.

Ahora iba de camino a Escocia, con un hombre que la hacía sentirse más viva que ninguna persona a la que hubiera conocido jamás.

Se preguntó qué impresión le habría causado Sasuke al abuelo. Sakura Haruno. Sakura... Uchiha.

«¡Haruno —se reconvino a sí misma al instante—, deja de pensar esas cosas!» No iba a envolverlo todo en un halo de romanticismo. Se lo había prometido a sí misma hacía un rato, mientras estaba sentada en el aeropuerto con él y esperaba a que despegara su vuelo. Sasuke se había mostrado de lo más atento, acompañándola hasta los lavabos, llevándola a tomar algo y no separándose ni un solo instante de su lado, pero siempre con esa eterna frialdad suya. Esa irritante reserva, ese tenso encerrarse dentro de sí mismo. No era de extrañar que las mujeres cayeran rendidas ante él; semejante reserva desafiaba a una mujer, la hacía querer ser la que consiguiera llegar al interior de Sasuke Uchiha. Pero Sakura no iba a cometer ese error. Hasta donde ella podía ver, era la mujer del momento y nada más que eso. Estaba determinada a mostrar una actitud lo más inteligente posible, a ver aquel viaje como una aventura, a juzgar las cosas meramente por lo que eran y no leer en ellas nada más de lo que había. Aun así, al abuelo le hubiese gustado...

Sus pensamientos volvieron a dirigirse por unos instantes hacia lo que había ocurrido aquella mañana, pero esta vez escogieron una parte menos inquietante. Después de que el hombre hubiera saltado, Sasuke la había desnudado a toda prisa, y la expresión en su rostro bastó para acallar cualquier protesta. La rabia contenida a duras penas que emanaba de él le hizo pensar que a su atacante quizá se le había concedido una muerte más misericordiosa con el salto al vacío. Las fuertes manos de Sasuke temblaban cuando empezó a curarla. Sakura nunca había visto comportarse con tanta delicadeza a alguien tan lleno de furia. Primero usó una esponja para quitarle el vino y luego limpió sus heridas y las vendó, pasando por alto resueltamente su estado de desnudez durante todo el tiempo mientras lo hacía.

Parecía como si cuanto más intensas fueran sus emociones, más rígidamente se controlase. Esa era una hipótesis que Sakura sentía curiosidad por examinar más a fondo. Pero ¿por qué la furia?, se preguntó. ¿Porque alguien se había atrevido a irrumpir en su propiedad y lo había puesto todo patas arriba? Una mujer inclinada a ver aspectos románticos en todas las cosas podría haber leído alguna emoción por ella en eso, pero Sakura no iba a ser tan estúpida.

Con un suave suspiro, abrió lentamente los ojos para encontrarse con que Sasuke la estaba observando. Sin decir nada, él siguió mirándola en silencio. Entre las sombras, su rostro de marcadas facciones era impresionante, salvajemente masculino.

Sus ojos.

Sakura se perdió en ellos durante un largo instante y se preguntó cómo podía haber llegado a pensar que tenían el mismo color dorado que los ojos de un tigre. Sus ojos eran oscuros como el whisky más oscuro. Y estaban llenos de alguna emoción. Siguió mirando. Algo parecido a la... ¿Desesperación?

Por debajo de la frialdad y la burla, bien escondida bajo toda aquella implacable seducción, ¿sería posible que Sasuke Uchiha tuviera una pena secreta?

«No interpretes las cosas a tu manera, Haruno —se recordó a sí misma—. Lo que estás viendo dice que parece como si ese hombre quisiera besarte, no darte sus hijos.»

«Dios, pero sus hijos serían preciosos», ronroneó una parte de ella que era femenina y primordial. La parte de ella que todavía conservaba la huella biológica de sus tiempos de mujer de las cavernas y se sentía infaliblemente atraída por el guerrero más capaz de protegerla.

Él inclinó su oscura cabeza sobre la de Sakura con los ojos iluminados por un extraño destello. «Oh, no cabe duda de que quiere besarme.» Sakura sabía que hubiese debido apartarse de él y llamarse estúpida en todos los idiomas que conocía, pero saberlo no ayudaba en nada. Las luces estaban muy bajas, la mayoría de los pasajeros dormían, la atmósfera era íntima y acogedora, y ella quería ser besada. ¿Qué podía haber de malo en un pequeño beso? Además, estaban a bordo de un avión, por el amor del cielo. ¿Hasta dónde podía llegar la cosa?

Si Sakura hubiera conocido de antemano la respuesta a esa pregunta, habría corrido a sentarse al otro lado del pasillo y se habría sellado la boca con cinta adhesiva. No, con precinto para embalar. Varias capas. Quizá también se habría envuelto los muslos con él como medida de precaución adicional.

Apenas los labios de él entraron en contacto con los suyos, una súbita tempestad se agitó dentro de Sakura y todo su cuerpo crepitó con la electricidad de los rayos. Él deslizó sus sensuales labios sobre su boca, tomándola con una lentitud que hizo que Sakura se sintiera temeraria y llena de necesidad.

La lentitud no era lo que ella quería. Se había permitido un beso, y por Dios que tenía intención de obtenerlo. Un beso de verdad, con todos los aderezos. Labios y lenguas y dientes y montones de suaves suspiros. Con un ruidito de impaciencia, tocó la lengua de Sasuke con la suya. La respuesta de él fue instantánea y electrizante, y convirtió su tempestad interior en una tremenda tormenta de calor y deseo. Con un gruñido surgido de lo más profundo de su garganta, Sasuke cerró las manos sobre sus cabellos y le echó la cabeza hacia atrás contra el asiento para luego hacer que su lengua penetrara profundamente hasta cortarle la respiración.

El beso que le dio no tenía como objetivo seducir sino marcar a fuego el alma de una mujer, y estaba funcionando. Tan dominante como el hombre, aquel beso era ávido y estaba lleno de exigencias. Llamaba a la Sakura secreta que albergaba en su interior un hambre tan profunda como la de él. Sasuke era una sombra oscura y seductora que estaba por todas partes alrededor de ella, y Sakura se ahogaba en él. En el aroma especiado de aquel hombre vestido de cuero, en el húmedo deslizarse de su lengua, en las fuertes manos que le sujetaban los cabellos. Y Sakura no se atrevía a emitir aquel sonido que temblaba dentro de ella. Verse obligada a aceptar semejante beso en el más absoluto de los silencios resultaba insoportablemente erótico.

La cálida lengua de él se adentraba y se retiraba en una descarada imitación del acto sexual, y Sakura sintió que empezaba a ponerse húmeda, sólo a causa de su beso. Aquel hombre hacía que una mujer sintiera como si estuviese siendo devorada, engullida en un delicioso lametón tras otro.

Cuando él se detuvo y pasó la yema de su pulgar sobre sus hinchados labios, Sakura dejó escapar un suave jadeo y lo miró, sin poder decir palabra. Él escrutó su rostro y quedó claramente complacido con lo que vio en los ojos vidriosos de ella, la evidencia del efecto entorpecedor de la mente que sus besos tenían sobre Sakura. Con una risa suave y satisfecha, puso el pulgar encima de los dientes inferiores de Sakura y la obligó a abrir la boca todo lo que podía llegar a hacerlo. Después puso las manos sobre los lados de su rostro y la tomó en un beso de boca abierta y lengua profunda. Para robarle el aliento de los pulmones y devolvérselo después. Haciéndole el amor a su boca, haciéndole saber cómo podía hacerle el amor en toda clase de lugares distintos.

Cuando ella empezó a gimotear contra sus labios, él se retiró con un nuevo fuego en los ojos. Levantándole las piernas envueltas en los tejanos, las puso a través de las suyas, colocándola de tal modo que Sakura quedó apoyada en la ventanilla para así proporcionarle un mejor acceso.

—Si deseas que pare, muchacha, dilo ahora. No volveré a preguntártelo.

Fue alguna otra mujer la que tuvo que sacudir la cabeza en una rápida negativa, porque Sakura sabía que se suponía que ella tenía que decir que sí. Y ciertamente tuvo que ser alguna otra mujer la que pasó las manos alrededor de la nuca de él, debajo del suave cuero negro de su chaqueta y entre sus cabellos.

Sí, decididamente fue alguna otra mujer la que hizo que aquellas manos bajaran ávidamente por su pecho duro como la roca.

Él las tomó con una de las suyas y las hizo a un lado.

—No me toques, muchacha. Ahora no.

Acalló las protestas de Sakura poniéndole un dedo entre los labios. Tocó su lengua, y luego resiguió el contorno de sus labios. Después dejó que ese dedo humedecido bajara lentamente por el cuello y fuera a lo largo de la V del cuello de su suéter, para detenerse finalmente en el valle entre sus pechos. Ella lo contemplaba, fascinada. Sasuke era tan increíblemente hermoso, allí en las sombras, con sus labios sensuales entre abiertos y sus ojos entornados por el deseo... Su aliento sobre el sendero de humedad que había dejado era una cálida caricia que jugaba con las terminaciones nerviosas, haciendo que cobraran una vida llameante.

Cuando su oscura mirada se posó en los pechos de Sakura, sus pezones se tensaron convirtiéndose en dos duras cimas y sintió que una nueva pesadez le hinchaba los pechos. ¡Dios, aquel hombre era embriagador! Hasta su mirada era potente, porque hacía crepitar su piel con un frenético anhelo de que hubiera algo más. Pensar en su húmeda y cálida boca bastaba para hacer que Sakura enloqueciera de deseo.

Con una nueva mirada tan cargada de promesa sexual que la dejó sin aliento, él tiró de la manta que la cubría y se la subió desde la cintura hasta el cuello. Luego metió las manos debajo de la manta, y la cabeza de Sakura cayó flácidamente hacia atrás para quedar apoyada en la ventanilla al tiempo que sus ojos se cerraban con un rápido aleteo.

Debería detenerlo. Y lo haría. Pronto. Realmente pronto.

—Abre los ojos, muchacha. Quiero ver cómo me miras cuando te toco.

Una orden llena de dulzura, pero orden a pesar de todo.

Los párpados de Sakura se elevaron lánguidamente. Sentía como si él estuviera absorbiendo su voluntad con las caricias, dejándola sin fuerzas y volviéndola completamente vulnerable a sus exigencias.

Sasuke metió las manos debajo de su suéter, le abrió impacientemente el sujetador y dejó al descubierto sus pechos para luego cubrirlos con sus palmas. «Oh, sí», pensó ella. Aquello era lo que había estado deseando desde el momento en que lo vio. Estar desnuda con él, sentir cómo marcaba a fuego su piel desnuda con el calor de sus grandes manos. Sakura había empezado a derretirse y toda ella se convertía en un charco de suave calor femenino recogido por las manos de un maestro, y no era capaz de reunir suficiente fuerza de voluntad para que eso le importara. Sasuke le tomó los pechos en las manos y amasó, acarició y tiró suavemente de los pezones entre sus dedos. Con el calor de su aliento sobre su piel, movió la punta de la lengua cuello arriba y luego pasó la boca por encima de su mentón, hasta sus labios, tomándola en un beso devastador al mismo tiempo que cerraba los dedos sobre sus pezones para pellizcárselos ligeramente. Después continuó bombardeando sus sentidos con aquel implacable ataque hasta que ella no pudo evitar arquear las caderas por encima del asiento.

De pronto él interrumpió el beso y se apartó, con los ojos cerrados y la mandíbula rígidamente apretada. Un suspiro ahogado siseó entre sus dientes. La visión de Sasuke luchando por no perder el control, la prueba del efecto que ella tenía sobre él, hizo que una descarga de primitiva emoción erótica recorriese todo el cuerpo de Sakura. La visión de él tan excitado que sufría iba más allá de la mera excitación. Tuvo el mismo efecto sobre el deseo que ella sentía por él que la gasolina derramada encima de una llama.

Debería hacer que parase. Era completamente incapaz de hacerlo.

Entonces él abrió los ojos, sus miradas se encontraron y Sakura supo que él sabía con toda exactitud lo que estaba sintiendo ella. Se sentía perdida. Al borde del abismo. Suspendida en el vacío. Presa de una terrible necesidad. El puso la boca en ángulo sobre la suya y aspiró su lengua.

Un diminuto espasmo convulsivo empezó a temblar dentro de Sakura, y con él llegó el tenue recuerdo de dónde se encontraban: ¡dentro de un avión, con casi un centenar de personas alrededor de ellos!

Dios, ¿y si se corría?

Dios, ¿y si gritaba cuando se corriese?

—P-para... —jadeó contra los labios de él.

—Demasiado tarde, muchacha.

Su mano la cubrió íntimamente entre las piernas; a través de sus tejanos, el canto de la palma se apretó contra la uve que había entre sus muslos, y Sakura casi gritó ante el exquisito placer de sentir el contacto de él precisamente allí, donde se hallaba tan vacía y tan anhelante. Respirando entrecortadamente, él movió su mano en un ritmo perfecto, encontró expertamente el clítoris de Sakura a través de la tela de sus tejanos y utilizó la protuberancia de la costura interior para crear la fricción perfecta contra ella.

¡Oh, aquel hombre sabía cómo tocar a una mujer!

—Déjate ir, muchacha. Dámelo ahora.

Su ronco gruñido arrastró a Sakura en una rápida caída desde el borde del abismo.

El ruido que habría podido escapar de ella entonces, si él no hubiera apretado su boca contra la suya, la habría avergonzado a perpetuidad. Podría haber despertado a todo el dichoso avión. Sakura imaginó que podría haber llegado a causar turbulencias.

Con sus gritos ahogados de aquella manera, Sakura hizo explosión.

Desvalida, llena de lujuria, completamente perdida con una de las grandes manos de él sobre sus pechos y la otra entre sus piernas, experimentó una fusión completa y se estremeció contra él mientras tensaba las piernas alrededor de su mano.

Él tomó sus gritos con su lengua profundamente introducida en la boca de Sakura, acallándola salvo por un minúsculo gimoteo.

El placer era devastador. Creció y creció hasta llegar al apogeo y se rompió en un millar de fragmentos rielantes dentro de ella. Todo el cuerpo de Sakura se estremeció; si hubiera sido capaz de emitir un sonido, posiblemente hubiese hecho lo que tanto temía y se habría puesto a gritar.

Pero él tomó todo aquel sonido con su lengua caliente y devoradora, metiéndola tan dentro de la boca de Sakura que le robó el aliento. Sabía con toda exactitud cómo había que tocarla para hacer que el placer siguiera llegando, con su mano moviéndose implacable entre las piernas de Sakura sin quedarse quieta ni por un segundo y, cuando su primer orgasmo ya empezaba a amainar, de pronto pasó por una especie de tartamudeo y se convirtió en un segundo orgasmo que la mandó directamente de vuelta a la fusión.

Él la besó mientras los últimos temblores residuales recorrían todo su cuerpo, al principio con besos llenos de exigencia que luego fueron convirtiéndose en besos más lentos y suaves conforme se disipaban los temblores. Sakura se aferraba a él, incapaz de moverse. Y aunque acababa de experimentar un doble clímax simplemente prodigioso, estaba caliente, mojada y seguía sintiendo un terrible anhelo. Había sido saciada, y sin embargo en ningún modo había sido saciada sino quizá sólo, al fin y completamente, despertada.

Irrevocablemente despertada.

«Oh, Dios, ¿qué es lo que he hecho? ¡Este hombre es adictivo!»

Se quedaron así durante un largo instante, frente contra frente mientras ambos respiraban con jadeos entrecortados. Luego, después de una última caricia, él apartó su mano.

Permaneció inmóvil durante unos momentos y luego ella oyó una brusca inspiración y un gemido torturado cuando él bajó la mano y se puso algo en el lugar donde debía estar.

Sakura apretó las manos, cerró los ojos y trató de no pensar en aquella parte de sí mismo que Sasuke acababa de tocar. Aquella parte que había podido entrever cuando él dejó caer su toalla, justo lo suficiente para alimentar la insaciable curiosidad de ella.

No era de extrañar que Koyuki dijera que se estaba muriendo sin él.

Sakura no podía permitir que algo semejante volviera a ocurrir. Si permitía que aquel día llegara a haber aunque sólo fuese un beso más, se encontraría en la cama de Sasuke. Él era demasiado sexy; ella ya estaba demasiado prendada de él, y una vez en su cama, sus defensas se desmoronarían y se perdería a sí misma.

«¿Por qué no te limitas a tirar tu corazón por la ventanilla del avión, Haruno? —le preguntó una irritada vocecita interior—. Tendrías aproximadamente las mismas posibilidades de tomar tierra entera.»

Sasuke Uchiha era demasiado hombre para ella. Sakura había pasado a encontrarse en la situación de una jugadora de cuarta categoría que, provista de un viejo guante de segunda mano, tratara de jugar al béisbol con los profesionales. Una sola pelota bien lanzada bastaría para dejarla sentada en el suelo, y a partir de ese momento el partido seguiría su curso sin ella.

Ninguno de los dos abrió la boca. Ambos se quedaron sentados en las tenues sombras del avión y trataron de recuperar el control de sí mismos.

Y de pronto Sakura se encontró temiendo que quizá nunca conseguiría hacer salir a Sasuke de su vida.

.

.
.

Ella había vuelto a quedarse dormida, y Sasuke repasaba el tercer Libro de Manannán.

O trataba de hacerlo.

Se estaba concentrando todo lo que puede esperarse que llegue a hacerlo un hombre cuando es presa de una aguda agonía sexual.

Es decir, nada.

Seguía viendo el rostro sonrojado de Sakura: sus labios hinchados a causa de los besos de él, la piel alrededor de su boca un poco irritada por la quemadura de la sombra de su barba, sus ojos velados por la atractiva somnolencia del deseo mientras llegaba a la cima de su placer femenino y se estremecía contra él. Dos veces. Aferrándose a él como si... lo necesitara. Él había sostenido sus opulentos senos en sus manos. La había tocado entre los muslos.

Sentía una necesidad tan desesperada de ella que había estado a punto de lanzar un hechizo druida para nublar las mentes de los pasajeros y así poder llevarla tan lejos como ella quisiera. Había llegado a pensar en irse con ella al servicio. Sólo su doncellez lo había detenido. No derramaría la sangre virginal de Sakura como habría hecho un bárbaro, dentro de una minúscula habitación con paredes de cartón.

Ella habría ido todavía más lejos, en el caso de que él hubiera insistido. Habría permitido que la mano de él entrara en sus bragas, pero si hubiera llegado hasta ese punto, ya no habría habido forma humana de detenerse. Por eso él había mantenido su mano prudentemente fuera de los pantalones de ella y se había conformado con que sólo uno de los dos llegara a la cima del placer.

Nunca había llegado a sentir un deseo tan intenso. Acostarse con una mujer ponía remedio a los peores efectos de su malestar, pero tendía a dejarlo extrañamente lleno de anhelo. Tocar a Sakura le había hecho pensar que quizás existiera alguna satisfacción que él nunca había llegado a alcanzar.

Mientras tanto, la tenía tan dura como una roca y lo estaba pasando fatal.

Con todo, pensó, suponía que no podía considerarse estafado, porque aunque ahora padecía una auténtica agonía de necesidad sexual, la intimidad que acababan de compartir había aplacado la furia que ardía dentro de él. Allí donde antes, en el ático, había temido lo que pudiera llegar a hacer, los besos de Sakura le habían devuelto un cierto control de sí mismo. No mucho, pero sí lo suficiente para seguir funcionando.

En el pasado, siempre había necesitado completar el acto sexual para obtener un respiro, pero con Sakura no había sido así. El mero hecho de besarla, tocarla y llevarla a la cima del placer lo había calmado y le había aclarado un poco la mente. Sasuke no pretendía entender el cómo o el porqué de ello. Había funcionado.

Aceptaría eso, el hecho de que Sakura lo convertía en un manojo de nervios pero también preservaba una cierta medida de cordura dentro de él. Qué inmensa merced serían sus besos en tierra escocesa.

Ay, aquella mujer era algo que él necesitaba. Sus instintos no se habían equivocado cuando dijeron «mía».

Y eso dio inicio a toda una nueva serie de pensamientos posesivos. Eran unos pensamientos acerca de los que él no podía hacer nada por el momento, así que se dedicó a respirar con lentas y profundas inspiraciones y obligó a sus pensamientos a que se centraran en lo que realmente debía preocuparlo.

Lo que no tardaría en suceder iba a requerir toda su inteligencia y su fuerza de voluntad. Cuando estuviera en Escocia, sabía que los cambios volverían a acelerarse. Cambios que debía encontrar una manera de detener. Y para hacerlo, tenía que comparecer ante su hermano.

«Izuna, soy yo, Sasuke, y siento haberte mentido, pero me he vuelto oscuro y necesito usar la biblioteca.»

Sí, eso sería muy bien recibido.

«Izuna, he fracasado. Rompí mi juramento y deberías matarme.» No, eso no, todavía no.

«Ay, hermano, ayúdame.»

¿Lo haría él?

«¡Por todos los diablos, deberías haberlo dejado morir!», le había gritado su padre cuando, allá en el siglo XVI, Sasuke consiguió llegar a reunir el valor necesario para confiarle lo que había hecho.

«¿Cómo? ¿Cómo podía hacer eso?», había gritado Sasuke a su vez.

«Al salvarlo a él te destruiste a ti mismo. Ahora he perdido a mis dos hijos: ¡uno a manos del futuro, otro a manos de las artes negras!»

«Todavía no», había protestado Sasuke.

Pero la mirada que vio en los ojos de su padre... Sí, esa mirada le había dicho que él creía que no había esperanza. Horrorizado, Sasuke huyó a través de las piedras, determinado a encontrar una manera de salvarse.

Y ahora había vuelto al punto de partida, porque regresaba para pedir ayuda a su clan. Detestaba tener que hacerlo. Sasuke no había pedido ayuda ni una sola vez en toda su vida. Esa no era su manera de hacer las cosas.

Con una brusca exhalación, aceptó el escocés que le había pedido a la auxiliar de vuelo y lo apuró de un solo trago. Mientras el calor hacía explosión dentro de él, la opresión que sentía en el pecho primero se intensificó y luego cedió. ¿Qué podía decir? ¿Cómo empezar? ¿Con Sakurasou, tal vez? Ella podía obrar sus milagros femeninos con su hermano. Bien sabía Dios que Sakurasou había sido un auténtico milagro para Izuna.

Se puso a reflexionar en distintas maneras de abordar a su hermano, pero no podía soportar pensar en eso, así que se obligó a volver a concentrar la atención en el texto, porque necesitaba algo tangible sobre lo que trabajar.

Una hora después, cuando estaban a punto de tomar tierra, Sasuke se quedó inmóvil con la mano suspendida encima de su cuaderno. Por fin había encontrado algo de valor. Era la única mención que había descubierto hasta el momento acerca de la fatídica guerra que tuvo lugar después de que los Tuatha de Danaan se hubieran ido. Reducida a un breve párrafo, hablaba de trece druidas desterrados (¡así que ése era el número de los que había dentro de él!) y del espantoso castigo que habían sufrido. Aunque el párrafo no iba más allá de eso, debajo de él había una anotación que remitía al quinto Libro de Manannán, tal como había sospechado Sasuke.

Y si la memoria no lo engañaba, el quinto volumen estaba en la biblioteca de los Uchiha.

Sakura murmuró en sueños y el sonido volvió a atraer su mirada hacia ella. Oírla le recordó que alguien había intentado matarla... a causa de él.

Miró su mano vendada y sintió cómo un intenso deseo de protegerla se extendía por todo su ser. No permitiría que nada volviera a hacerle daño.

Sasuke necesitaba respuestas, y las necesitaba deprisa.