CAPÍTULO 11

Por segunda vez en dos días, Sakura tuvo la extraña e irritante experiencia de ir con Sasuke Uchiha por una calle llena de gente. La primera vez había sido en Manhattan el día anterior, y allí había ocurrido lo mismo.

Los hombres se hacían a un lado para dejarlo pasar.

No porque él se mostrara descortés o caminara por la acera apartando a los demás como si no hubiera nadie más en ella. Al contrario, se movía con la esbelta gracia de un tigre. Con paso rápido y seguro de sí mismo, quizás un poquito depredatorio. Y los hombres daban un rodeo de manera instintiva, apartándose de su camino para hacerle sitio.

Con las mujeres, en cambio, ya era otra cosa. Ellas eran la parte irritante. En Nueva York reaccionaban del mismo modo, pero allí eso no había molestado tanto a Sakura. Se hacían a un lado, pero por muy poco, como incapaces de resistir la tentación de rozarlo, y sus cabezas se volvían dos, tres veces. Una mujer había apretado desvergonzadamente sus senos contra el brazo de Sasuke cuando pasó junto a él. Fueron varias las ocasiones en las que Sakura lanzó una mirada de indignación por encima del hombro, sólo para encontrarse con que algunas mujeres no le quitaban los ojos de encima al trasero de Sasuke. Ella podía ser bajita pero, maldición, no era invisible y además caminaba junto a él, con el brazo de Sasuke rodeándola y su mano apoyada en su hombro.

Eso no quería decir que él reparase en toda aquella agitación. Sasuke no parecía darse cuenta del efecto que tenía sobre las mujeres. Probablemente estaba tan acostumbrado a él que ya no le prestaba ninguna atención.

A Sakura le habría gustado poder compartir ese no enterarse, porque ver cómo tantas mujeres lo contemplaban con miradas hambrientas había empezado a ponerla de muy mal humor. Lanzó no pocas miradas de enfado tras ellas.

La intensa intimidad que habían compartido en el avión despertaba sensaciones peligrosamente románticas en su interior.

«Afróntalo, Haruno. No eres la clase de chica que puede llegar a la intimidad física con un hombre sin involucrarse emocionalmente con él. Tus circuitos emocionales simplemente no funcionan así.»

«No me digas», pensó con enfado. Estaba experimentando sentimientos territoriales. Eran unos sentimientos que no podía permitirse, porque ciertamente él no evidenciaba ninguna clase de sentimiento territorial acerca de ella. Afortunadamente, mientras veía cómo lo miraban las mujeres, la irritación no dejaba lugar a emociones más delicadas. Sakura se dedicó a saborear la ira, prefiriéndola a tener que verse enredada en emociones inciertas. La ira era refrescantemente tangible.

En cuanto bajaron del avión en Inverness él había vuelto a mostrarse frío y distante. Parecía preocupado, como si tuviera muchas cosas que hacer y sólo pudiera pensar en ellas. Recogió su equipaje y fue rápidamente a la agencia de alquiler de coches. Ella tuvo que repetirle tres veces su petición de que hiciera un alto en Inverness para tomar el café que necesitaba desesperadamente después de haber estado viajando durante quince horas. Se negaba a conocer a la familia de Sasuke en pleno síndrome de abstinencia de cafeína.

Después de haber perdido tan completamente el control de sí misma en el avión, le dolía que él se mostrara tan distante. La había besado hasta dejarla sumida en el estupor, le había dado el primer clímax de su vida, y luego se había retirado de todas las maneras posibles. Debería haberlo sabido, pensó con abatimiento. «¿Qué esperabas, Haruno? ¿Una declaración íntima sólo porque tú has permitido que él te toque íntimamente?»

Maldición, ella ya sabía que las cosas no funcionaban así. En lo que concernía a los hombres, lo uno no tenía por qué llevar aparejado lo otro.

Cuando entraron en el Gilly's Coffee House, Sakura se quedó de pie junto a él en el mostrador mientras Sasuke pedía, y se dedicó a contemplar su perfil. Se preguntó en qué estaría pensando, qué sería lo que había alterado tan completamente su estado de ánimo. Aquel hombre pasaba como si tal cosa del calor al frío. «Esa es una buena comparación —pensó—. O me escaldará o me dejará helada, y en ambos casos me dolerá.»

Bueno, pues no sería ella la que hiciese el primer movimiento. Si él quería mantenerse reservado y profesional, ella también podía hacerlo. Después de todo, él no había dicho: «Ven conmigo a Escocia y lleguemos a conocernos el uno al otro». Lo que había dicho era: «Ven conmigo a Escocia para ayudarme a traducir textos. Oh, y también intentaré seducirte».

¿Cuántas veces lo habría telefoneado Koyuki? ¿Habían sido suyos todos y cada uno de esos nueve mensajes? Pensarlo la devolvió bruscamente a la realidad. No soportaría ser la clase de mujer que se desvive por un hombre al cual no puede tener.

Se cruzó de brazos y clavó la mirada en el menú que había detrás del mostrador.

—Yo siempre te deseo, mi pequeña Sakura —murmuró él súbitamente en voz baja, sólo para los oídos de ella—. No hay ni un solo momento en el que no lo haga.

Sakura frunció el ceño. ¿Qué era aquel hombre, un lector de pensamientos? ¡Oh, maldito fuese! Arqueando una ceja, echó la cabeza hacia atrás, entornó los ojos y le dirigió una mirada gélida.

—¿Quién ha dicho que yo estuviera pensando nada ni remotamente parecido a eso? ¿O es que acaso piensas que me dedico a estar sentada sin tener nada mejor que hacer que pensar en ti?

—No, por supuesto que no. Sólo se me ha ocurrido pensar que debería decirte que aunque mi mente parezca estar muy lejos de aquí, en el caso de que desees mis atenciones, sólo tienes que decirlo.

—Me encuentro perfectamente. Sólo quiero un poco de café.

—Quizá preferirías pasar esta noche conmigo en algún hostal, en vez de ir directamente a casa de mi hermano —sugirió él con una sonrisa seductora.

El fruncimiento de ceño de Sakura se volvió más marcado.

— ¿Una noche no es suficiente? —bromeó él, aunque sus ojos eran distantes—. ¿Estarás deseando quizás una semana, mi codiciosa muchacha?

—No te tengas en tan alta estima, Uchiha —masculló ella—. Aunque las mujeres de por aquí... —extendió una mano hacia la calle— así parecen pensarlo, lamento tener que comunicarte que el mundo no gira en torno a ti.

Las ventanas de la nariz de Sasuke se dilataron y luego inhaló bruscamente cuando reconoció la emoción que había en ella. Celos. Había estado viendo cómo lo miraban otras mujeres (sí, él se había dado cuenta, de una manera periférica) y eso la irritaba. El hecho de que el deseo que le inspiraba fuese lo bastante intenso como para hacerle sentir celos hizo que él se sintiera salvajemente posesivo. Su seducción estaba funcionando. Sakura empezaba a sentirse cada vez más unida a él. Abruptamente, la puso delante de él en el mostrador y le rodeó la cintura con los brazos. La mantuvo allí mientras les tomaban el pedido, deseoso de poder sentir su pequeño cuerpo contra el suyo. Al principio ella se mantuvo rígida, pero luego la tensión fue abandonando lentamente su delicada silueta llena de curvas.

Cuando ella se inclinó hacia delante para coger su café con leche y su bollo, él se apretó contra ella desde atrás, rozándole deliberadamente el trasero con su dura erección para que supiera cómo de presente estaba siempre en sus pensamientos.

Sonrió cuando a ella casi se le cayó el café con leche.

—Te habría invitado a otro —dijo con un encogimiento de hombros cuando ella lo miró por encima del hombro, al tiempo que se sonrojaba y fruncía el ceño.

De hecho, le habría comprado el local entero si ella hubiese mostrado el más mínimo deseo de tenerlo.

—Eres incorregible —siseó ella—. Y sólo para que lo sepas, lo que ocurrió en el avión no va a volver a ocurrir —le informó, antes de dar media vuelta y echar a andar hacia el coche alquilado.

Los ojos de él destellaron peligrosamente. ¿Pensaría aquella muchacha que podía compartir semejantes intimidades con él y rescindirlas después?

Oh, nada de eso. Sasuke Uchiha nunca se echaba atrás. Ella no tardaría en descubrirlo.

Conforme se aproximaban a su destino, Sasuke se mantuvo cada vez más callado. Después de una larga deliberación consigo mismo, había decidido que lo mejor sería presentarse ante la puerta de Izuna sin ser anunciado, esperar que Sakurasou respondiera a la llamada, y luego aferrarse a la esperanza de que todo fuera lo mejor posible.

Miró a Sakura y recordó que no había hecho aquel viaje solo. Incluso con ella a su lado, había pensado media docena de veces en dar media vuelta. De haber estado solo, primero habría probado con los museos y habría pospuesto indefinidamente el momento, diciéndose toda clase de mentiras cuando la pura y simple verdad era que no quería tener que comparecer ante Izuna. Pero de algún modo, con Sakura a su lado, aquello ya no parecía tan imposible.

La irritación inicial de ella parecía haberse disipado o, con lo menuda que era, simplemente quizá no había espacio suficiente en su interior para contener irritación al mismo tiempo que una intensa curiosidad. Tomaba sorbos de su café con leche y miraba por la ventanilla, señalando y haciendo una pregunta tras otra.

¿Qué era aquella ruina? ¿Cuándo empezaba el verano? ¿Cuándo florecía el brezo? ¿Realmente había martas cibelinas, y podría ver una? ¿Se las podía acariciar? ¿Mordían? ¿Podrían ir a los museos mientras estuvieran allí? ¿Y qué tal era Glengarry? ¿A qué distancia quedaba?

Él iba respondiendo distraídamente, pero ella estaba tan prendada del paisaje que no había parecido notar su falta de atención. Sasuke no había dudado ni por un solo instante que Sakura se enamoraría de su tierra. Su entusiasmo hizo que se acordara de un tiempo —parecía como si hubiese transcurrido toda una vida desde entonces— en el que él también había contemplado el mundo con ojos llenos de asombro.

Se obligó a apartar la mirada de ella, y sus pensamientos volvieron a la inminente confrontación.

No había visto a Izuna —despierto, es decir— en cuatro años, un mes y doce días. Desde la noche en que Izuna fue sumido en un sueño encantado para que durmiera durante cinco siglos. Habían pasado ese último día, juntos, tratando de introducir toda una vida en él.

Hermanos gemelos y los mejores amigos del mundo desde su primer aliento, con sólo tres minutos de intervalo, aquella noche se habían despedido. Para siempre. Izuna había ido a dormir en la torre, esa misma torre junto a la que Sasuke tenía que pasar una docena de veces al día. Al principio, cada mañana dirigía a su hermano un sardónico «buenos días», pero eso enseguida se había vuelto demasiado doloroso.

Antes de que Izuna se fuera a la torre, él y Sasuke habían trabajado juntos en los planos de un nuevo castillo que sería el hogar de Izuna y Sakurasou en el futuro. Después de que Izuna hubiera ido a dormir, Sasuke había invertido todas sus energías en la construcción de la estructura, dirigiendo a centenares de trabajadores, asegurándose de que todo era perfecto, trabajando codo a codo con los hombres.

Y mientras estaba tan absorto en la edificación del castillo, fue siendo consciente de la presencia de un inquietante vacío que no paraba de crecer dentro de él.

El castillo había empezado a consumirlo. Un hombre no podía trabajar día tras día durante tres largos años y no perder una parte de sí mismo entregándola no meramente al acto de crear, sino a la misma creación. Las habitaciones vacías que aguardaban ser llenadas eran la promesa de una familia y un amor. La promesa de un futuro que Sasuke nunca había sido capaz de imaginar para sí mismo.

Cuando Izuna murió, Sasuke fue al castillo y pasó horas y más horas de pie ante él, contemplando su oscura y silenciosa silueta contra el cielo que iba oscureciéndose.

Había imaginado a Sakurasou en el futuro, esperando. E Izuna nunca llegaba. Sakurasou viviría sola. Shizune le había dicho que estaba embarazada, aunque Sakurasou todavía no se había dado cuenta de ello, lo cual quería decir que criaría a sus hijos sola.

Sasuke imaginó lo que sería que ninguna vela ardiera nunca detrás de aquellas ventanas, que ningún niño subiera y bajara por aquellas escaleras.

Y finalmente todos los lugares vacíos que había dentro de él fueron llenados; no con cosas buenas, sino con angustia, furia y desafío.

Sasuke había alzado su puño hacia los cielos para maldecirlos con voz llena de furia. Había cuestionado todo aquello en lo que se le había enseñado a creer.

Y cuando llegó aquel amanecer neblinoso surcado de vetas carmesíes, sólo había habido una cosa de la que estuviese seguro: el castillo que había construido sería habitado por su hermano y su familia.

Todo lo que no fuese eso era simplemente inaceptable. Y si las leyendas eran ciertas, si el precio era perder su propia oportunidad en la vida, lo consideraba digno de ser pagado. Ya no tenía mucho más que perder.

—Eh, ¿te encuentras bien? —preguntó Sakura.

Sasuke dio un respingo al comprender que debía de llevar varios minutos detenidos ante una señal de stop. Sacudiendo la cabeza, se apresuró a hacer desaparecer todos aquellos tristes recuerdos.

—Sí. —Hizo una pausa para sopesar cuáles serían sus próximas palabras—. Muchacha, llevo algún tiempo sin ver a Izuna.

No tenía ni idea de cómo reaccionaría Izuna. Se preguntó si su hermano sabría, con sólo mirarlo, que él se había vuelto oscuro. El vínculo propio de los gemelos que existía entre ellos era muy fuerte. «Sí, utilicé las piedras, pero las leyendas estaban equivocadas. No había ninguna fuerza oscura en el lugar intermedio. Me encuentro perfectamente. Es sólo que este siglo es una auténtica maravilla y he estado explorando un poco. No tardaré en volver a casa.» Esa era la mentira que Sasuke le había estado repitiendo a su hermano desde el día en que cometió el error de telefonearle, incapaz de resistir la tentación de oír la voz de Izuna, para poder convencerse a sí mismo de que estaba vivo y bien en el siglo XXI.

«Sasuke, sea lo que sea puedes contármelo», había dicho Izuna.

«No hay nada que contar. Todo era un mito.» Mentira sobre mentira.

Luego empezaron las llamadas regulares de Izuna para preguntarle cuándo volvería a casa. Ya hacía meses que Sasuke había dejado de responder al teléfono.

—Así que esto es una reunión.

—En cierto modo.

Si Izuna le decía que se fuese, llevaría a Sakura a los museos. Encontraría otra manera. Estaba bastante seguro de que su hermano no lo atacaría. Si no hubiera ido a casa, si hubiera hecho que fuese Izuna el que tuviera que ir tras él, eso muy bien podría haber llegado a ocurrir. Pero esperaba que Izuna entendiera su regreso como lo que era: una petición de ayuda.

Sakura lo miró con una intensa fijeza. Él pudo sentir su mirada, a pesar de que se mantenía de perfil.

—¿Tú y tu hermano habéis discutido por algo? —preguntó dulcemente.

—En cierto modo.

Soltó el freno y reanudó el viaje, dirigiéndole una mirada helada para que dejara correr el tema.

Unos instantes después, ella deslizó su manecita en la suya.

Sasuke se tensó, sorprendido por el gesto. Estaba acostumbrado a que las mujeres tomaran muchas partes de él, ninguna de las cuales era su mano.

La miró, pero ella mantenía los ojos dirigidos hacia delante. Aun así su mano estaba en la de él.

Sasuke cerró los dedos antes de que ella pudiera apartar los suyos.

La manecita de Sakura quedó casi engullida por la de él. Para Sasuke aquello significaba más que los besos, todavía más que los juegos eróticos en la cama. Cuando las mujeres lo buscaban para el sexo, era para el placer de ellas.

Pero la manecita de Sakura había sido entregada sin tomar nada a cambio.

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Neji Hyūga contemplaba cómo el automóvil subía por los tortuosos caminos que se adentraban en las montañas de los Uchiha. Aunque su reina había promulgado hacía mucho tiempo un edicto ordenando a todos los Tuatha de Danaan que se mantuvieran a un mínimo de mil leguas de distancia de los Uchiha, Neji había decidido que dado que la violación del Pacto había corrido a cargo de los Uchiha, los viejos edictos ya no eran de aplicación.

Él sabía por qué su reina había promulgado aquel edicto. Los Uchiha, que habían comprometido sus vidas y las de todas sus generaciones futuras con la labor de mantener en vigor El Pacto, debían quedar libres de cualquier clase de interferencia por parte de los Tuatha de Danaan, porque su reina había sabido, incluso entonces, que entre su raza había algunos a los que no gustaba El Pacto. Que no querían abandonar el reino mortal. Que se habían mostrado a favor de imponer su dominio a la raza humana. Que hubieran podido tratar de inducir a un Uchiha a que rompiera El Pacto. Por eso desde el día en que había sido sellado El Pacto, ni un solo Uchiha había llegado aunque sólo fuese a entrever a uno de sus antiguos benefactores.

Neji sospechaba que eso podía haber sido un error. Porque, aunque los Uchiha habían cumplido fielmente con sus obligaciones, al cabo de más de cuatro mil años habían olvidado cuál era su propósito. Ya ni siquiera creían en los Tuatha de Danaan, y tampoco guardaban memoria alguna de los detalles de la fatídica batalla que había cambiado el curso de sus vidas. Su antigua historia había pasado a no ser más que una serie de vagos mitos para ellos.

Si bien en Yule, Beltane, Samhain y Lughnassadh todavía llevaban a cabo los ritos que mantenían la solidez de los muros entre sus mundos, los Uchiha ya no se acordaban de cuál era el propósito de aquellos ritos. Quizás una generación se había descuidado a la hora de transmitir a la siguiente la tradición oral en toda su plenitud.

Quizás el anciano del clan había muerto antes de haber podido impartir todos los secretos. Quizás algunos textos antiguos no habían sido vueltos a copiar con la debida fidelidad antes de que el tiempo los hubiera desintegrado. ¿Quién podía saberlo? Una cosa que Neji sí sabía era que los mortales siempre parecían olvidar su historia. Aquellos días que tan sagrados eran para El Pacto ahora eran vistos como poco más que días festivos.

Soltó un bufido mientras veía cómo el coche coronaba la colina. Los humanos ni siquiera podían llegar a aclararse con su propia historia religiosa, que se remontaba a sólo dos milenios. No era de extrañar que su historia con la raza de Neji hubiera llegado a quedar oscurecida hasta tal punto por el transcurso del tiempo.

«Bien —pensó desde su puesto de observación en lo alto de una colina—, así que el druida más oscuro ha regresado a casa, trayendo consigo todo el mal resucitado de los draghar. Fascinante.» Se preguntó qué opinaría su reina de ello.

Él no tenía ningún plan que contarle.

Después de todo, en opinión de Neji, era ella la que tenía la culpa de que los draghar hubieran estado allí para ser resucitados.

Ahora mismo estaba reunida con su consejo, y se hallaban muy ocupados determinando el destino del mortal.

Hacía poco más de cuatro mil años, su pueblo se había retirado a sus lugares escondidos para que los mortales y la raza de los fae no se destruyeran mutuamente. No mucho después de eso, los draghar, con sus negras artes, habían estado a punto de destruir los mundos de ambas razas.

Su reina nunca permitiría que algo semejante llegara a ocurrir. Suspiró. El tiempo del mortal era finito.