CAPÍTULO 14

—Ha llegado la hora, mi pequeña Sakura —dijo Sasuke.

—¿Q-qué quieres decir? —preguntó Sakura recelosamente—. ¿La hora de qué?

—Empiezo a pensar que tal vez no te he dejado claras cuáles son mis intenciones —dijo Sasuke con una suave amenaza mientras daba un paso hacia ella.

—¿Qué intenciones?

Aunque Sakura estaba determinada a no retroceder ante él, sus cobardes pies tenían otros planes. Los muy traidores ya habían empezado a dar un paso atrás por cada paso hacia delante que daba Sasuke.

—Mis intenciones acerca de ti.

—Oh, sí que lo has hecho —se apresuró a asegurarle Sakura—. Quieres seducirme. Me lo has dejado tan claro como el agua. Verlo con más claridad requeriría una radiografía. No voy a ser otra más de tus mujeres. Yo no estoy hecha así. No puedo dejar mis bragas debajo de la cama de un hombre para que luego él las tire junto con la basura. Esa es la razón por la que todavía soy virgen, porque mi virginidad significa algo para mí y no voy a arrojarla ante tus encantadores pies sólo porque seas el hombre más atractivo y fascinante que he conocido jamás y dé la casualidad de que me gusta tu apellido. Esas no son razones lo bastante buenas.

Asintió enérgicamente para enfatizar el torrente de palabras, y después puso cara de horror ante lo que acababa de admitir al final.

—¿Soy el hombre más atractivo y fascinante que has conocido jamás? —dijo él, con un destello en sus oscuros ojos.

—Hay montones de hombres atractivos sueltos por el mundo. Y los aburridos textos antiguos llenos de polvo también son fascinantes —musitó ella—. Mantente alejado de mí. No voy a sucumbir a tu seducción.

—¿Ni siquiera deseas que te diga cuáles son mis intenciones? —ronroneó él.

—No. Decididamente no. Vete.

Su espalda se encontró con la pared y Sakura trastabilló, y luego cruzó los brazos encima del pecho y lo miró con el ceño fruncido.

—No me iré. Y te lo voy a decir.

Apoyó las manos en la pared a ambos lados de la cabeza de ella, dejándola atrapada con su poderoso cuerpo.

Espero conteniendo la respiración.

Fingió un delicado bostezo y se examinó las cutículas.

—Mi pequeña Sakura, voy a hacer que te quedes conmigo.

—¡Y un cuerno! —se enfureció ella—. No acepto que me obliguen a quedarme con nadie.

—Para siempre —dijo él con una sonrisa estremecedora—. Y lo harás.

—¡Argh! ¿Es que no puedo pasar ni una sola noche sin soñar con ese dichoso hombre? —chilló Sakura, dándose la vuelta en la cama y poniéndose la almohada encima de la cabeza.

Sasuke Uchiha siempre se hallaba presente en su mente cuando estaba despierta, así que no le parecía que fuese demasiado pedir que al menos pudiera escapar de él en sus sueños. ¡Pero si hasta cuando se quedó adormilada en el avión había soñado con él! Y todos los sueños habían sido tan intensamente detallados que casi parecían reales. En éste, había podido percibir el intenso aroma masculino de su cuerpo y sentir cómo su cálido aliento le abanicaba el rostro cuando le comunicó que iba a mantenerla junto a él.

¿Qué se había creído su Sasuke del sueño?, reflexionó con irritación. ¿Que una declaración tan bárbara y absolutamente teutónica haría que toda ella se derritiese por él?

«Eh, espera un momento», pensó mientras se apresuraba a desandar el sendero mental que acababa de recorrer. El sueño había sido suyo, lo cual quería decir que eso no era lo que él pensaba, sino lo que estaba pensando el subconsciente de ella.

«¡Oh, Haruno, eres tan poco polícamente correcta!», pensó con consternación.

La había derretido. Le encantaba oír semejantes palabras de labios de él. Una sola declaración de ese tipo y se quedaría tan pegada a Sasuke Uchiha como si le hubieran untado todo el cuerpo con cola de contacto.

Llena de frustración, Sakura se incorporó en la cama y arrojó la almohada al otro extremo de la habitación. El Fantasma Galo ya había sido lo bastante fascinante en Nueva York, pero el destello de emoción que había vislumbrado en Sasuke la noche anterior, cuando se reunió con su hermano, lo había vuelto todavía más peligrosamente interesante de lo que era antes.

Pensar en él como un mujeriego incapaz de sentir amor había sido una cosa. Pero Sakura ya no podía pensar en él de esa manera, porque había visto en los ojos de Sasuke un amor acerca del que quería llegar a saber algo más. Había entrevisto en él unas profundidades que hasta entonces se había dicho que no tenía.

¿Qué había ocurrido entre los dos hermanos para que llegaran a distanciarse hasta tal punto? ¿Qué le había ocurrido a Sasuke Uchiha para que mantuviera sus emociones tan celosamente ocultas?

Sakura lo estaba haciendo. Estaba queriendo ser la mujer que llegara a entrar dentro de él, y ese deseo era muy peligroso.

Se rodeó las rodillas con los brazos, apoyó la barbilla en ellas y se puso a pensar.

Una parte significativa de la culpa de su sueño, pensó con irritación, podía ser atribuida a Sakurasou. La noche anterior, después de que Sakura hubiera terminado de ducharse, Sakurasou había traído una bandeja con comida a su habitación. Luego se había quedado mientras Sakura cenaba, y la conversación había derivado, como suele ocurrir cuando las mujeres se juntan, hacia el tema de los hombres.

Específicamente hacia los hombres del clan Uchiha.

Hechos que Sakura sabía acerca de Sasuke antes de la pequeña visita de Sakurasou: era irresistiblemente seductor; tenía un cuerpo fantástico que ella había visto cuando dejó caer su toalla; usaba condones para el «Hombre Extra-Grande».

Y ahora —muchísimas gracias, Sakurasou Uchiha— sabía que además Sasuke era un hombre de inmensos apetitos dotado de un tremendo aguante, y del que se sabía que había sido capaz de pasar no unas cuantas horas, sino días enteros en la cama con una mujer. Oh, Sakurasou no había llegado a decir todas aquellas cosas, pero había dejado bastante claro adonde quería ir a parar mediante los pequeños comentarios que dejó caer.
¿Días enteros en la cama? Sakura no podía ni empezar a imaginar cómo sería eso.

«Oh, sí que puedes —se burló una vocecita sarcástica—. Soñaste acerca de ello hace unas cuantas noches, con un lujo de detalles realmente impresionante para una virgen.»

Sakura frunció el ceño, se apartó los rizos de la cara y pasó las piernas por el borde de la enorme cama antigua con su gruesa capa de finos colchones de plumas. Los dedos de sus pies quedaron suspendidos en el aire a un palmo por encima del suelo y tuvo que saltar para salir del lecho.

Sacudiendo la cabeza, cogió su ropa y fue hacia la ducha. Realmente no la necesitaba, ya que la noche anterior se había duchado muy tarde, pero sospechaba que aquella mañana una buena ducha fría podía resultarle bastante beneficiosa.

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Nada más salir al pasillo media hora después, Sakura se detuvo y empezó a montar en cólera. Acababa de darse una ducha bien fría, obligándose a pensar en las antigüedades que tendría ocasión de ver, y en qué le gustaría explorar primero. Había necesitado casi media hora para quitarse de la cabeza a Sasuke Uchiha, y ahora ya volvía a tenerlo metido en ella.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó malhumorada, sintiendo aquella insufrible oleada de atracción instantánea que le pedía quejumbrosamente (¡e incesantemente!) que se abalanzara sobre él sin pensar en las consecuencias.

El hombre de sus sueños —literalmente— estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en la puerta que quedaba enfrente de la suya, sus largas piernas extendidas y los brazos cruzados encima del pecho. Llevaba pantalones negros y un suéter de color gris oscuro que se tensaba sobre su poderoso pecho, realzando la perfección de su físico. Se había afeitado, y la piel de su rostro tenía la suave lisura del terciopelo. Unos ojos de color cobre se encontraron con los de Sakura.

Sasuke se levantó del suelo para alzarse sobre ella como una torre, haciendo que Sakura se sintiera muy pequeña y femenina ante la presencia de su masculinidad en estado puro.

—Te estaba esperando. Buenos días, muchacha. ¿Tuviste sueños agradables? —inquirió con voz sedosa.

Sakura mantuvo el rostro vacío de toda expresión. Sasuke parecía sentirse inmensamente complacido consigo mismo aquella mañana, y ella no estaba dispuesta a revelarle que había tenido ni aunque sólo fuese un fugaz pensamiento nocturno acerca de él.

—No me acuerdo —dijo con un parpadeo lleno de inocencia—. De hecho, dormí tan profundamente que me parece que no he soñado nada.

—Claro, claro —murmuró él.

Cuando empezó a avanzar, Sakura casi se desmayó del susto, pero él se limitó a extender la mano por detrás de ella y cerró la puerta de su dormitorio.

Luego la obligó a retroceder hacia la puerta.

—Eh —dijo ella secamente.

—Sólo pretendía darte un beso de buenos días como es debido, muchacha. Es una costumbre escocesa.

Ella estiró el cuello para contemplarlo con el ceño fruncido, y le lanzó una mirada que quería decir: «Sí, claro, buen intento».

—Uno pequeñito. Nada de lengua. Lo prometo —dijo él mientras sus labios se curvaban levemente.

—Nunca te das por vencido, ¿verdad?

—Nunca me daré por vencido, encanto. ¿O es que a estas alturas todavía no lo sabes?

Oooh, aquello estaba empezando a parecerse a su sueño. Y él acababa de llamarla «encanto», una pequeña muestra de cariño. Sakura se apresuró a cerrar la boca y sacudió la cabeza.

Él alzó la mano hacia su cara y recorrió suavemente la curva de su mejilla con los dedos. Un contacto muy tenue, sin nada abiertamente seductor. La delicadeza del gesto sorprendió a Sakura e hizo que se quedara completamente inmóvil. Él apartó la mano de su cara para llevarla hacia sus suaves rizos, y se los enredó con delicadeza entre los dedos.

—¿Te he dicho, mi pequeña Sakura, que eres hermosa?—murmuró.

Ella entornó los ojos. Si él pensaba que un cumplido genérico iba a conseguirle un beso, estaba lamentablemente equivocado.

—Oh, sí, no puedes serlo más. —Le rozó la mejilla con los nudillos—. Y sin una sola sombra de artificio. El día en que te vi por primera vez, yo estaba sentado dentro de mi taxi y te miré. Vi cómo te miraban los otros hombres y deseé que se quedaran ciegos. Entonces te inclinaste dentro del coche para decirle algo al conductor. Llevabas una falda negra y una chaqueta con un suéter del color del brezo, y los cabellos rosáceos te caían en los ojos y no parabas de apartártelos. Había un poco de niebla y las gotitas de lluvia relucían sobre tus medias. Pero a ti no te molestaba que estuviera lloviznando. Por un instante, echaste la cabeza hacia atrás y alzaste la cara hacia la lluvia. Ver cómo lo hacías me dejó sin respiración.

El cáustico comentario que aguardaba hecho un ovillo sobre la punta de la lengua de Sakura murió.

Él la contempló en silencio durante un instante que se hizo muy largo y luego bajó las manos.

—Ven, muchacha. —Le ofreció la mano—. Vayamos a desayunar, y luego me gustaría llevarte a cierto sitio.

Sakura trató de recuperar la compostura. Aquel hombre tenía la extraña capacidad de confundirla en el momento en que menos se lo esperaba. Justo cuando creía conocerlo, de pronto él le salía con algo inesperado. ¿De dónde había sacado aquello? Sakura se acordaba de lo que llevaba puesto el día en que se conocieron, y aquella mañana había habido un poco de niebla. Y ella había alzado el rostro por un instante hacia la neblina, porque siempre le había gustado la fina lluvia que solía acompañarla.

—Bueno, ¿cuándo tendré ocasión de ver los textos? —preguntó, apresurándose a dirigir la conversación hacia un terreno menos inseguro.

—Pronto. Muy pronto.

«Vi cómo te miraban los otros hombres, y deseé que se quedaran ciegos.» Sakura sacudió la cabeza, tratando de hacer desaparecer de su mente las palabras de él. Se sentía incapaz de determinar qué valor debía otorgarles.

—¿Tu hermano también tiene antigüedades? —insistió alegremente.

—Sí. Verás muchas cosas antes de que termine el día.

—¿De veras? ¿Como cuáles?

Él sonrió levemente ante el entusiasmo de ella y tomó sus manos en las suyas.

—¿Sabes cómo sé cuándo te sientes muy atraída por algo?

Sakura sacudió la cabeza.

—Tus dedos empiezan a curvarse, como si estuvieras imaginando que tocas lo que sea en lo que estás pensando.

Ella se sonrojó. No había sabido que fuera tan transparente.

—Ay, muchacha, eso resulta de lo más encantador. ¿Recuerdas que te dije que podía mostrarte una Escocia que ningún otro hombre podría llegar a mostrarte jamás?

Ella asintió.

—Bueno, muchacha, pues esta tarde —dijo él con una extraña nota de cautela en la voz—, haré honor a esa promesa.

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A cierta distancia del castillo en el que estaban desayunando Sakura y Sasuke, un hombre se hallaba apoyado en el costado de un coche alquilado escogido pensando en que no llamara la atención y hablaba en voz baja por su móvil.

—No he tenido la oportunidad de acercarme —le estaba diciendo Oyashiro a Daore—. Pero sólo es una cuestión de tiempo.

—Se suponía que debías ocuparte de ella antes de que partieran hacia Londres.

El móvil hacía que la voz de Daore sonara muy tenue, pero aun así vibraba con una implacable autoridad.

—No he podido acercarme a ella. Ese hombre siempre se mantiene en guardia.

—¿Qué te hace pensar que podrás acercarte a ella en la propiedad de los Uchiha?

—Tarde o temprano él bajará la guardia, aunque sólo sea durante unos minutos. Dame unos cuantos días más.

—Es demasiado arriesgado.

—Lo que sería demasiado arriesgado es no hacerlo. El tiene un vínculo emocional con ella. Necesitamos que todos sus lazos desaparezcan. Tú mismo lo dijiste, Daore.

—Cuarenta y ocho horas. Telefonéame cada seis horas, y luego te quiero fuera de ahí. No estoy dispuesto a correr el riesgo de que un miembro de nuestra orden sea capturado con vida. El no debe saber nada acerca de la Profecía.

Con un suave murmullo de asentimiento, Oyashiro cortó la comunicación.