CAPÍTULO 15

El día había sido soleado y sorprendentemente suave para el mes de marzo en las Highlands: casi quince grados de temperatura, una ligera brisa, el cielo puntuado por unas cuantas rollizas nubecitas blancas.

También había sido uno de los días más deliciosos que Sakura hubiera vivido jamás.

Después del desayuno, ella, Sasuke, Izuna y Sakurasou habían ido en coche hacia el norte, recorriendo los caminos serpenteantes hasta llegar a la cima de una pequeña montaña desde la que se divisaba la pintoresca y activa ciudad de Alborath, donde Sakura había conocido a los primos de Sasuke, Daisuke y Maggie Uchiha, y a sus muchos hijos.

Había pasado el día con Sakurasou y Maggie, visitando el segundo castillo de los Uchiha (bastante más antiguo que el de Sakurasou). Había visto antigüedades por las cuales Genshō habría estado dispuesto a cometer cualquier clase de delito: antiguos textos guardados en estuches protectores, armas y corazas procedentes de incontables siglos distintos, piedras cubiertas de runas esparcidas como si tal cosa por los jardines. Había recorrido la galería de retratos que se sucedían a lo largo de la gran sala, una historia pintada de los siglos del clan Uchiha, y se había emocionado al pensar en lo maravilloso que era poder conocer semejantes raíces. Las puntas de sus dedos habían tocado tapices que deberían haber estado en museos, muebles que hubiesen debido estar protegidos por un sistema de seguridad mucho más efectivo que el que Sakura había podido ver en la propiedad. Aunque había inquirido repetidamente y en un tono más bien preocupado acerca de su sistema antirrobo (el cual parecía ser inexistente), no había obtenido nada aparte de unas cuantas sonrisas tranquilizadoras que la obligaron a concluir que ninguno de los Uchiha se molestaba en guardar las cosas bajo llave.

El mismo castillo era una antigüedad, meticulosamente preservada y protegida de la suave erosión del tiempo. Sakura había pasado el día sumida como en una especie de ensueño.

Ahora se encontraba de pie en los escalones de la entrada del castillo al lado de Sakurasou, bajo la luz rosada del comienzo del anochecer. El sol descansaba sobre el horizonte y zarcillos de neblina se elevaban lentamente del suelo. Sakura divisaba una panorámica de varios kilómetros desde su observatorio en los grandes escalones de piedra, más allá de una fuente de muchos niveles relucientes, hasta el valle donde las luces de Alborath mantenían a raya el crepúsculo que se aproximaba. No necesitaba esforzarse demasiado para imaginar lo magníficas que serían las Highlands en primavera, o todavía mejor, en el momento de máximo esplendor de finales del verano. Se preguntó si no podría encontrar alguna manera de estar todavía allí en aquel entonces. Quizá después de su mes con Sasuke, reflexionó, se quedaría en Escocia indefinidamente.

Su mirada recorrió el césped delantero y terminó deteniéndose en el hombre, imponente y magnífico, que había puesto su mundo completamente patas arriba en menos de una semana. No muy lejos del castillo, Sasuke hablaba con Izuna dentro de un círculo de enormes piedras antiguas. Sakurasou le había contado que los hermanos llevaban años sin verse, aunque no había ofrecido ninguna explicación para su distanciamiento. Con todo y lo curiosa que era Sakura normalmente, para variar aquella vez había resistido la tentación de indagar. Simplemente no le había parecido bien hacerlo.

—Qué hermoso es todo esto —dijo con un suspiro lleno de melancolía.

Vivir allí, pertenecer a un lugar semejante. El ruidoso entusiasmo de los seis hijos de Maggie y Daisuke, desde adolescentes hasta críos, no se parecía a nada de cuanto Sakura hubiera experimentado jamás. El castillo entero rebosaba familia y raíces, y el aire vibraba con los sonidos de los juegos infantiles y alguna que otra discusión ocasional. Como hija única, criada desde pequeña por un abuelo ya entrado en años, Sakura nunca había visto nada igual.

—Lo es, desde luego —convino Sakurasou—. A estas piedras las llaman el Ban Drochaid —le explicó a Sakura, señalando el círculo con un ademán—. Significa «el puente blanco».

—El puente blanco —repitió Sakura—. Es un nombre bastante extraño para un grupo de piedras.

Sakurasou se encogió de hombros y una sonrisa misteriosa danzó en sus labios.

—En Escocia existen montones de leyendas acerca de esas piedras. —Hizo una pausa—. Algunas personas dicen que son puertas que conducen a otro tiempo.

—En una ocasión leí una novela romántica que contaba algo parecido.

—¿Lees novelas románticas? —exclamó Sakurasou, deleitada.

Los momentos siguientes estuvieron dedicados a una apresurada comparación de títulos favoritos, establecimiento de vínculos femeninos y recomendaciones.

—Ya sabía yo que me gustabas —dijo Sakurasou con una gran sonrisa—. Cuando hablabas de la historia de todos esos objetos hace un rato, temí que pudieras ser una de esas personas que se pirran por la literatura con mayúsculas. No es que yo tenga nada en contra de las novelas literarias —se apresuró a añadir—, pero si quiero ponerme existencial y deprimirme, optaré por tener una buena discusión con mi esposo o ver la CNN. —Guardó silencio por un instante, la mano suavemente apoyada sobre la curva de su estómago—. Escocia no se parece a ningún otro país del mundo, Sakura. Casi puedes sentir la magia en el aire, ¿verdad?

Sakura inclinó la cabeza hacia un lado y estudió los imponentes megalitos. Las piedras tenían miles de años y su propósito llevaba mucho tiempo siendo objeto de apasionados debates por, aparte de estudiosos, arqueoastrónomos e incluso matemáticos. Eran un misterio que el hombre moderno nunca había sido capaz de desentrañar.

Y sí, Sakura sentía que había un hálito de magia en ellas, una sensación como de antiguos secretos, y de pronto cayó en la cuenta de lo apropiada que parecía la presencia de Sasuke allí de pie en medio de ellas. Era como estar viendo a un hechicero primitivo, oscuro e impresionante, un guardián de secretos tanto arcanos como profanos. Sakura puso los ojos en blanco ante aquella fantasía tan absurda que se le acababa de ocurrir.

—¿Qué está haciendo, Sakurasou? —preguntó, entornando los ojos.

Sakurasou se encogió de hombros, pero no contestó a su pregunta.

Parecía como si Sasuke estuviera escribiendo algo en el lado interior de cada una de las piedras. Había trece, alzándose alrededor de un achaparrado dolmen consistente en dos soportes de piedra con una gran piedra plana encima.

Mientras era observado por Sakura, Sasuke fue hacia la siguiente piedra del círculo y su mano se movió con rapidez y seguridad por encima de su cara interior. Sakura comprendió que estaba escribiendo en ella. Qué raro. Entornó los ojos. Dios, Sasuke era realmente magnífico. Se había cambiado de ropa después del desayuno. Unos viejos tejanos descoloridos ceñían sus robustos muslos y su musculoso trasero. Un grueso suéter de lana y unas botas de excursionista completaban su apariencia de montañés curtido por la vida al aire libre. Sus cabellos estaban recogidos en una sola trenza que le llegaba hasta la cintura.

El Sasuke de su sueño había dicho que haría que se quedara con él para siempre.

«Lo tienes pero que muy mal, Haruno», admitió Sakura de mala gana con un leve suspiro.

—Tú sientes algo por él —murmuró Sakurasou, sobresaltándola.

Sakura palideció.

—¿Tan obvio resulta?

—Para alguien que sabe lo que hay que buscar, sí. Nunca he visto a Sasuke mirar a una mujer del modo en que te mira a ti, Sakura.

—Si me mira de un modo distinto que a otras, es sólo porque la mayoría de las mujeres corren a acostarse con él un instante después de haberlo conocido —dijo Sakura, apartándose un mechón de la cara con un soplido—. Yo sólo soy la que escapó. —«Por el momento», fue el seco pensamiento que acompañó a aquellas palabras.

—Sí, y eso es todo lo que llegan a hacer.

Aquellas palabras atrajeron la atención de Sakura.

—¿No es eso todo lo que él quiere?

—No. Pero la mayoría de las mujeres nunca llegan a ir más allá de la hermosura de ese rostro y ese cuerpo, de su fortaleza y su reserva. Nunca, nunca le entregan su corazón.

Sakura se echó hacia atrás sus largos cabellos, los retorció hasta formar un nudo y mantuvo su silencio, con la esperanza de que Sakurasou continuara ofreciéndole información. No tenía ninguna prisa por admitir sus patéticos fantaseos románticos, los cuales no habían hecho sino empeorar a lo largo de la jornada. Sakura llevaba todo el día siendo obsequiada con fugaces vislumbres de la increíble relación que existía entre Sakurasou y su esposo. Había visto, con un desvergonzado anhelo, de qué modo trataba Izuna a su esposa. Estaban tremendamente enamorados el uno del otro, y no intentaban ocultarlo.

Como él se parecía tanto a Sasuke, las comparaciones habían sido inevitables. Izuna había aparecido de pronto montones de veces, trayendo consigo una chaqueta delgada para Sakurasou, o una taza de té, o preguntándole si le dolía la espalda, si necesitaba que le dieran una friega, si le gustaría que subiera de un salto al cielo y le bajara el sol.

Haciendo que Sakura empezara a concebir toda clase de pensamientos ridículos acerca de su hermano.

Oh, sí, ella tenía sentimientos. Traicioneros, engañosos, pequeños sentimientos.

—Sakura, si Sasuke no busca amor en una mujer es porque nunca se le ha dado ninguna razón para hacerlo.

Sakura abrió mucho los ojos y sacudió la cabeza con incredulidad.

—Eso es imposible, Sakurasou. Un hombre como él...

—La mayoría de las mujeres lo encuentran aterrador. Así que toman lo que él les ofrece, pero luego encuentran algún otro hombre al cual amar. Un hombre menos peligroso. Un hombre con el que sientan que controlan mejor la situación. ¿Está teniendo Sasuke el mismo efecto sobre ti? Pensaba que eras más inteligente.

Sakura dio un respingo y se preguntó cómo era posible que la conversación hubiera llegado a volverse tan personal con tanta rapidez.

Pero Sakurasou todavía no había terminado.

—A veces, y yo lo sé por experiencia personal, puedes creerme, una chica tiene que arriesgarse. Si no lo intentas, nunca sabrás lo que podría haber ocurrido. ¿Es así como quieres vivir?

Sakura buscó alguna réplica a esa pregunta, pero terminó con las manos vacías, porque aquella molesta vocecita interior que durante los últimos días no paraba de preguntar insistentemente si no había algo más en la vida estaba asintiendo sabiamente, mostrándose de acuerdo con las palabras de Sakurasou.

«Quien nada arriesga —había dicho siempre el abuelo de Sakura—, nada gana.»

Sakura contempló las antiguas piedras y se preguntó cuándo había olvidado ella eso. ¿Cuando tenía diecinueve años y el abuelo murió, dejándola sola en el mundo?

Mientras estaba allí, en lo alto de la montaña de los Uchiha bajo el crepúsculo que descendía sobre el mundo, de pronto Sakura se encontró nuevamente en Kansas, en el cementerio silencioso después de que todas sus amistades se hubieran ido, llorando al pie de la tumba de su abuelo. Sin saber qué hacer, a un paso de entrar en la edad adulta, sin tener a nadie que la ayudara a tomar decisiones y escoger su camino. Hasta aquel momento había mantenido la reconfortante ilusión de que su abuelo viviría eternamente, en vez de morir de un infarto a los setenta y tres años. Sakura había ido a la universidad sin imaginar ni por un solo instante que él no estaría siempre allí, en casa, trabajando en su jardín, esperando a que ella regresara.

La llamada telefónica llegó la semana de los exámenes finales durante su primer año en la universidad. Tan sólo hacía unos días que Sakura había hablado por teléfono con él. Un día su abuelo estaba allí, y al día siguiente se había ido. Ni siquiera había podido despedirse de él. Con sus padres le había ocurrido lo mismo. ¿Es que nadie podía morir de una muerte lenta a causa de alguna enfermedad, le habían entrado ganas de gritar (de manera indolora, por supuesto, ya que no le deseaba una muerte dolorosa a nadie), y proporcionarle así un mínimo sentimiento de conclusión? ¿Por qué tenían que irse de ese modo? En un momento dado sonreían y estaban vivos, y al siguiente, estaban inmóviles y silenciosos y ella ya los había perdido para siempre. Había tantas cosas que Sakura no había podido decirle a su abuelo antes de que se fuera... Tenía un aspecto tan frágil en su ataúd; su robusto y temperamental escocés, que siempre le había parecido invencible.

¿Fue entonces cuando había empezado a jugar sobre seguro?

¿Porque de pronto se había sentido como una tortuga sin caparazón, frágil y desprotegida, y ya no estaba dispuesta a querer y volver a perder? Oh, no había tomado semejante decisión de una manera consciente, pero volvió a la universidad y se enterró en una doble carrera, y luego se sacó un máster. Sin ni siquiera pensar, se había mantenido ocupada para no involucrarse en las cosas.

Parpadeó. La pena seguía allí, tan viva como si ella nunca le hubiera hecho frente y se hubiese limitado a empujarla hacia un rincón oscuro, ocultándola. De pronto se le ocurrió pensar que una persona quizá no podía guardar bajo llave una emoción, como la pena, sin pagar el precio de perder el contacto también con todas las demás. ¿No sería que al guardar bajo llave el dolor, negándose a hacerle frente, había perdido innumerables ocasiones de amar?

Sakura escrutó a Sakurasou con la mirada.

—Suena como si me estuvieras dando ánimos.

—Lo estoy haciendo. Él va a pedirte algo. El mero hecho de que te lo vaya a pedir dice más acerca de lo que Sasuke siente por ti de lo que podría llegar a hacerlo cualquier palabra.

—¿Qué es lo que me va a pedir?

—Pronto lo sabrás. —Sakurasou hizo una pausa y suspiró ruidosamente, como si estuviera manteniendo un acalorado debate interno consigo misma. Luego dijo—: Sakura, Izuna y Sasuke provienen de un mundo que a unas chicas como nosotras siempre les resultará muy difícil de entender. Un mundo que, por muy imposible que eso pueda parecer en principio, se encuentra firmemente asentado en la realidad. Que la ciencia no pueda explicarlo todo no lo vuelve menos real. Soy científica y sé de qué estoy hablando. He visto cosas que desafían mi comprensión de la física. Son buenos hombres. Los mejores. Mantén la mente y el corazón abiertos, porque hay una cosa que puedo decirte con toda certeza: cuando esos Uchiha aman, aman completamente y para siempre.

—Me estás empezando a asustar —dijo Sakura nerviosamente.

—Ni siquiera has empezado a asustarte. Una pregunta, sólo entre tú y yo, y no me mientas: ¿deseas a Sasuke?

Sakura la miró en silencio por un instante que se hizo muy largo.

—¿Esto realmente es sólo entre tú y yo?

Sakurasou asintió.

—He deseado a Sasuke desde el momento en que lo conocí —admitió Sakura simplemente—. Y no consigo encontrarle el menor sentido. Me siento terriblemente posesiva con respecto a él, y no tengo ningún derecho a serlo. Es una locura. Nunca había sentido nada parecido antes. Ni siquiera puedo razonarlo —dijo.

La sonrisa de Sakurasou era radiante.

—Oh, Sakura, el único momento en que la razón fracasa es cuando trata de convencer a nuestra mente de algo que nuestro corazón sabe que no es cierto. Deja de intentarlo. Escucha con el corazón.

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—Esto no me gusta —le gruñó Izuna a Sasuke.

—¿Acaso le diste tú elección a Sakurasou? —replicó Sasuke, mientras terminaba de escribir la penúltima fórmula sobre la losa central. Ahora ya sólo necesitaba escribir la última fórmula para abrir el puente a través del tiempo. Él e Izuna habían acordado que debería regresar a seis meses después del último momento en que había estado allí, para evitar encontrarse con su yo del pasado, y con la esperanza de que Fugaku pudiera haber descubierto algo útil durante ese tiempo—. Sakura es una muchacha muy fuerte, Izuna. Mantuvo la punta de mi propia espada apoyada en mi pecho. Luchó valientemente con el hombre que la atacó. Eligió venir a Escocia conmigo. Aunque a veces titubea, no le tiene miedo a nada. Y es inteligente, habla muchas lenguas, conoce los viejos mitos y ama las cosas antiguas. Me dispongo a llevarla hasta ellas. Aunque no sea por nada más, ella me perdonará por eso —añadió secamente.

Oh, sí, lo haría. Él podía poner en sus manos textos que la harían llorar con la alegría de una auténtica bibliófila y guardiana de reliquias. Ambos compartían eso: Sakura había escogido como profesión preservar las cosas antiguas, y no se había dado por satisfecha meramente con preservarlas sino que lo había estudiado todo, tan a fondo como lo había hecho él en su papel de druida Uchiha.

—Sakurasou sabía lo que era yo.

—Pero ella no te creyó —le recordó Sasuke—. Pensó que estabas loco.

—Sí, pero...

—Nada de peros. Si tienes la bondad de escucharme aunque sólo sea por un instante, me oirás decir que tengo la intención de permitirle elegir.

—¿De veras?

—No estoy enteramente desprovisto de escrúpulos —fue la burlona réplica de Sasuke.

—¿Vas a contárselo?

Sasuke se encogió de hombros.

—He dicho que le permitiría elegir.

—Lo honorable sería contárselo...

La cabeza de Sasuke se alzó bruscamente y sus ojos relucieron con un peligroso destello.

—¡No dispongo de tiempo para contárselo! —siseó—. ¡No dispongo de tiempo para tratar de convencerla o para ayudarla a entender!

La mirada oscura guerreó con la mirada de color cobre.

—Supongo que eres consciente de que en cuanto la hayas llevado a través de la puerta del tiempo, ella sabrá que eres un druida —dijo Izuna pasados unos instantes—. Ya no podrás seguir fingiendo que no eres más que un hombre.

—Ya me las veré con eso cuando llegue el momento. Ella sabe que hay algo en mí que no está del todo bien.

—Pero ¿y si ella...?

Izuna no llegó a concluir la frase, pero Sasuke supo que había estado a punto de expresar en voz alta el mismo temor al que él se había visto obligado a hacer frente cuando envió al pasado a Sakurasou.

—¿Y si huye de mí gritando? ¿Y si se pone a gritar «hechicero pagano» y me odia? —dijo Sasuke con una sonrisa helada—. Eso es algo que sólo debe preocuparme a mí.

—Sasuke...

—Izuna, la necesito. Necesito a Sakura.

Izuna contempló la desesperación apenas disimulada que había en los ojos de su hermano, y tuvo una súbita revelación: Sasuke estaba caminando por el filo de una navaja y lo sabía. Sabía que no tenía ningún derecho a tomar a Sakura y, a decir verdad, sabía que ni siquiera tenía derecho a haberla traído hasta allí. Pero si Sasuke renunciaba a las cosas que quería —si aceptaba que, por el hecho de haberse vuelto oscuro, para él ya no había ninguna promesa de un futuro, que en realidad ya no tenía derecho a nada—, entonces no le quedaría absolutamente nada por lo que vivir. Nada que lo hiciera seguir luchando otro día.

¿Y qué sería lo que vencería entonces? ¿El honor o la seducción del poder absoluto?

Santo Dios, pensó Izuna con un escalofrío que le heló la sangre en las venas, el día en que su hermano dejara de querer algo, el día en que dejara de creer que había esperanza, tendría que afrontar el hecho de que su única elección sería volverse completamente malvado... o...

Izuna no pudo obligarse a concluir aquel pensamiento. Y en la mirada torturada de Sasuke pudo ver que su gemelo ya había comprendido todo aquello hacía mucho tiempo, y que ahora luchaba del único modo en que podía hacerlo. Si el deseo que Sasuke sentía por Sakura era la cosa que se interponía más firmemente entre él y las puertas del mismísimo infierno, entonces Izuna encadenaría con sus propias manos a aquella muchachita para que no pudiera alejarse de su hermano.

Una sonrisa llena de amargura curvó los labios de Sasuke, como si percibiera los pensamientos de Izuna.

—Además —le dijo después con un suave sarcasmo—, al menos sé que puedo devolverla a este tiempo. Sakurasou no disponía de esa garantía, y sin embargo tú la llevaste al pasado. Si algo va mal conmigo, prometo que de una manera u otra enviaré de regreso a Sakura.

El que llegara a hacer tal cosa significaría que él estaría muriendo, porque ésa era la única manera en que la dejaría marchar. Incluso entonces, quizá tendría que serle arrancada de entre los dedos mientras la vida huía de su cuerpo.

—Está bien. —Izuna asintió lentamente—. ¿Cuándo regresaréis?

—Búscanos de aquí a tres días. Es lo más cerca que me atrevo a pasar.

Se miraron en silencio, con muchas cosas que no habían llegado a ser dichas entre ellos. Después ya no hubo más oportunidad de que siguieran hablando, porque Sakura y Sakurasou se reunieron con ellos en el círculo.

—¿Qué estáis haciendo?—preguntó Sakura, mirándolos con ojos llenos de curiosidad—. ¿Por qué estás escribiendo encima de esas piedras, Sasuke?

Sasuke la contempló por un instante sin decir nada, bebiendo ávidamente su imagen. Sí, Sakura Haruno era hermosa, toda ella sincera y natural allí de pie con sus ajustados calzones azules, su suéter y las botas de excursionista; sus cabellos, un desorden de rizos recogidos en una cola de caballo que ya empezaba a aflojarse. Ojos enormes, muy abiertos y llenos de inocente alegría. Escocia le sentaba bien a Sakura. Daba color a sus mejillas y una chispa a sus ojos verdes.

Unos ojos que, dentro de poco, podían mirarlo con miedo y aborrecimiento, como habrían hecho las muchachas de su siglo en el caso de que Sasuke hubiera revelado hasta dónde llegaban sus poderes druídicos.

«¿Y si eso llega a suceder?», quiso saber su honor.

«Entonces haré todo lo que pueda para seducirla hasta que deje de mirarme así—pensó él con un encogimiento de hombros—, utilizando hasta la última sucia treta de que dispongo.» Sólo se daría por vencido cuando estuviese muerto.

Si había alguien que pudiera aceptarlo, era ella. Las mujeres modernas eran distintas de las muchachas de su tiempo. Mientras que las muchachas del siglo XVI enseguida veían magia en lo inexplicable, las mujeres del siglo XXI buscaban explicaciones científicas, y no les costaba tanto acostumbrarse a la idea de que existieran leyes naturales y físicas que quedaban más allá de su comprensión. Sasuke sospechaba que eso era debido a la gran cantidad de progresos que se habían llevado a cabo dentro de la investigación científica durante el siglo pasado, que explicaban cosas hasta entonces inexplicables y habían sacado a la luz todo un nuevo reino de misterio.

Sakura era una muchacha fuerte, adaptable y llena de curiosidad. Aunque no fuese una experta en física como Sakurasou, era inteligente y tenía conocimientos tanto del Viejo Mundo como del Nuevo. Su insaciable curiosidad, que ya la había llevado a lugares en los que la mayoría de las personas no se hubiesen atrevido a entrar, era otra virtud añadida. Sakura contaba con todos los ingredientes adecuados para ser capaz de aceptar lo que no tardaría en experimentar.

Y él estaría allí para ayudarla a entender. Si conocía a Sakura la mitad de bien de lo que creía, en cuanto se hubiera recuperado de la conmoción ya sólo podría pensar en lo emocionante y maravilloso que era todo aquello.

Rehuyendo la mirada inquisitiva de Sakura, Sasuke miró a Sakurasou.

—Cuídate, muchacha.

La abrazó, y luego abrazó a Izuna y dio un paso atrás.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Sakura—. ¿Por qué te despides de Sakurasou e Izuna? ¿No nos íbamos a quedar aquí para trabajar en sus libros?

Como Sasuke no respondía, Sakura miró a Sakurasou, pero Sakurasou e Izuna habían dado media vuelta y estaban saliendo del círculo.

Volvió a mirar a Sasuke.

Él extendió la mano hacia ella.

—Me tengo que ir, mi pequeña Sakura.

—¿Qué? ¿Se puede saber de qué demonios estás hablando?

No había ningún coche cerca. ¿Irse cómo? ¿Ir adónde? ¿Sin ella? Sasuke había dicho que él tenía que irse, no que ambos tuvieran que hacerlo. Sakura sintió una súbita opresión en el pecho.

—¿Vendrás conmigo?

La opresión cedió un poco, pero la confusión siguió reinando.

—No lo e-entiendo —tartamudeó Sakura—. ¿Adónde?

—No puedo decírtelo. Tengo que enseñártelo.

—Eso es la cosa más ridícula que he oído jamás —protestó ella.

—No, muchacha. Dame un poco más de tiempo y ya no pensarás así —dijo él alegremente. Pero en sus ojos no había el menor rastro de alegría. Eran intensos y...

Sakurasou le había dicho que escuchara con el corazón. Sakura inspiró profundamente y luego exhaló muy despacio. Se obligó a hacer a un lado todas sus ideas preconcebidas, y trató de mirar con su corazón... y lo vio. Allí en sus ojos. El dolor que había entrevisto a bordo del avión, pero que se había dicho a sí misma que no estaba allí realmente.

Más que dolor. Una brutal e incesante desesperación.

Sasuke esperaba, una fuerte mano extendida hacia ella. Sakura no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, o de adonde pensaba que iba a ir. Él le estaba pidiendo que dijera «sí» sin saber nada al respecto. Le estaba pidiendo ese acto de fe acerca del que la había prevenido Sakurasou. Por segunda vez en menos de cuarenta y ocho horas, aquel hombre le pedía que arrojara la cautela al viento y saltara con él, confiando en que no la dejaría caer.

«Hazlo —dijo de pronto la voz de Gongorō Kamakura dentro de su corazón—. Puede que tú no tengas siete vidas, Sakura-gata, pero no debes tener miedo a vivir la vida de que dispones.»

Un escalofrío helado subió por la espalda de Sakura y erizó el fino vello de su piel. Paseó la mirada por las trece piedras que se alzaban a su alrededor, con todos aquellos extraños símbolos que parecían fórmulas dibujados sobre sus caras interiores. Más símbolos en la losa central.

¿Iba a descubrir para qué habían sido utilizadas aquellas piedras verticales? El concepto era demasiado fantástico para que el cerebro de Sakura pudiera abarcarlo.

¿Qué demonios pensaba él que iba a suceder?

La lógica insistía en que dentro de aquellas piedras no iba a suceder nada. La curiosidad proponía, de manera muy persuasiva, que si sucedía algo, tendría que ser muy idiota para perdérselo.

Sakura suspiró ruidosamente. ¿Qué era una zambullida más, de todas maneras?, pensó con un encogimiento de hombros mental. Ya se había visto tan completamente apartada del curso normal de su existencia que era incapaz de ponerse demasiado nerviosa ante la perspectiva de asistir a otro extraño giro de los acontecimientos. Y francamente, el trayecto nunca había sido tan fascinante. Irguiéndose cuan alta era y poniendo bien rectos tanto sus hombros como su resolución, Sakura se volvió hacia Sasuke y deslizó su mano en la suya. Alzando la barbilla, le sostuvo la mirada y dijo:

—Perfecto. Bueno, pues entonces vayamos.

Se sintió muy orgullosa de sí misma por lo firme y despreocupada que había sonado su voz.

Los ojos de él destellaron.

—¿Vendrás? ¿Sin saber adónde te llevo?

—Si piensas que he venido hasta tan lejos para que ahora me dejen tirada en la cuneta es que no me conoces muy bien, Uchiha —dijo ella con voz jovial, sacando fuerzas de flaqueza. El momento era simplemente demasiado tenso—. Soy la mujer que miró debajo de tu cama, ¿recuerdas? Soy esclava de mi curiosidad. Si vas a ir a alguna parte, yo iré también. Todavía no conseguirás escapar de mí. —Dios, ¿realmente había dicho eso?

—Eso suena como si me estuvieras diciendo que planeas seguir a mi lado, muchacha.

Sus ojos se entornaron y se quedó muy quieto.

Sakura contuvo la respiración. ¡Todo aquello era tan similar a su sueño!

Entonces él sonrió, con una lenta sonrisa que hizo fruncirse diminutas líneas alrededor de sus ojos, y por un instante algo danzó dentro de aquellas profundidades color cobre. Algo más joven y... libre y devastadoramente hermoso.

—Soy tuyo para lo que tú quieras mandar, cariño.

Por un instante Sakura olvidó cómo se respiraba.

Entonces los ojos de él se enfriaron de nuevo y, abruptamente, se volvió hacia la losa del centro y escribió una serie de símbolos.

—Cógeme de la mano y no la sueltes.

—¡Protégelo, Sakura! —gritó Sakurasou mientras un súbito vendaval empezaba a soplar a través de las piedras, esparciendo hojas secas en un rápido arremolinarse de neblina.

«¿Protegerlo de qué?», se preguntó Sakura.

Y un instante después ya no se hizo más preguntas, porque de pronto las piedras empezaron a girar en círculos a su alrededor. Pero ¡eso no era posible! Y mientras discutía consigo misma acerca de lo que era posible y lo que no lo era, los pies de Sakura perdieron todo contacto con el suelo y se encontró cabeza abajo, o algo por el estilo, y luego también perdió el cielo. La hierba y el crepúsculo se unieron en un torbellino tachonado por un torrente de estrellas. El viento arreció hasta convertirse en un aullido ensordecedor, y de pronto Sakura pasó a ser... diferente de algún modo. Miró frenéticamente a su alrededor en busca de Izuna y Sakurasou, pero ambos se habían esfumado, y no pudo ver absolutamente nada, ni siquiera a Sasuke. Una terrible gravedad parecía tirar de ella, absorbiéndola y estirándola al tiempo que la doblaba de maneras inverosímiles. Le pareció oír un estallido supersónico, y de pronto hubo un fogonazo de blancura tan cegador que perdió todo sentido de la vista y el sonido.

Ya no podía sentir la mano de Sasuke.

¡Ya no podía sentir su propia mano!

Sakura intentó abrir la boca y gritar, pero descubrió que no tenía ninguna boca que abrir. La blancura se volvió todavía más intensa y, aunque ya no había ninguna sensación de movimiento, de pronto sintió un súbito acceso de vértigo que la llenó de náuseas. No había sonido alguno, pero el mismo silencio parecía poseer una insoportable sustancia.

Justo cuando estaba segura de que ya no podría soportarlo ni un solo instante más, la blancura desapareció tan súbitamente que la negrura chocó contra Sakura con toda la fuerza de un camión.

Entonces volvió a haber sensaciones en su cuerpo, y no se sintió nada contenta de haberlas recuperado. Tenía la boca tan seca como un desierto, sentía la cabeza hinchada y demasiado grande, y estaba bastante segura de que iba a vomitar.

«Oh, Haruno —se riñó débilmente a sí misma—, me parece que esto ha sido algo más que otro extraño giro de los acontecimientos.»

Después tropezó y se desplomó sobre el suelo cubierto de hielo.

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Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a revivirlo.

LA PROFETISA EIRU, siglo VI a. C.

Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a revivirlo.

CÓDICE MIDHE, siglo VII d. C.

Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a revivirlo.

GEORGE SANTAYANA, siglo XX d. C