CAPÍTULO 16

24 de julio de 1522

Había voces dentro de su cabeza. Trece voces distintas: doce hombres y los tonos brillantes como joyas de una grave voz femenina, hablando en una lengua que él no podía entender.

Las voces no eran más que un susurro, un murmullo sibilante. No eran más intensas que el rumor del viento soplando a través de los robles y sin embargo, al igual que el viento, soplaban oscuramente a través de él, arrebatándole su humanidad como si fuera una frágil hoja de otoño que ya no estuviera unida a su rama. Era el viento del invierno y de la muerte, y no aceptaba censura alguna ni se inclinaría ante ningún juicio moral.

Lo único que había era hambre. Era el hambre de trece almas que habían permanecido confinadas durante cuatro mil años en un lugar que no era un lugar, un tiempo que no era un tiempo. Prisioneras durante cuatro mil años. Prisioneras durante ciento cuarenta y seis millones de días, durante tres mil quinientos millones de horas; si aquello no era la eternidad, ¿qué podía serlo?

Aprisionadas.

A la deriva en la nada.

Vivas en esa oscura y espantosa nada. Eternamente conscientes. Hambrientas, sin una boca para alimentarse. Llenas de deseo, sin un cuerpo para satisfacerse. Torturadas por los picores, sin unos dedos con los que rascarse.

Odiando, odiando, odiando.

Una masa convulsa de poder en estado puro que llevaba milenios sin ser saciado. Y tal como se sentían ellas, así se sentía también Sasuke: perdido en la oscuridad.

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La tormenta era la naturaleza en el apogeo de su salvajismo. Sakura nunca había visto una galerna semejante. Una intensa lluvia mezclada con fragmentos de pedrisco caía del cielo, llenándola de morados y aguijoneando su piel, incluso a través del grosor de su chaqueta y su suéter.

—¡Ay! —chilló Sakura—. ¡Ay!

Un gran trozo de hielo se estrelló contra su sien, otro le dio en el final de la espalda. Maldiciendo, Sakura se hizo una bola protectora encima del suelo cubierto de granizo y se envolvió la cabeza con los brazos.

El viento subió de tono hasta convertirse en un alarido ensordecedor que gemía y aullaba. Sakura gritó a través de él, pronunciando el nombre de Sasuke, pero el estrépito era tan terrible que ni siquiera podía oír su propia voz entre su confusión. El suelo temblaba y las ramas de los árboles se estrellaban contra la tierra. El rayo destellaba y el trueno retumbaba. El ulular del viento convirtió los cabellos de Sakura en un amasijo empapado. Se mantuvo hecha un ovillo, sin más esperanza que la de poder soportar aquello y rezar para que no empeorase.

De pronto —tan súbitamente como había estallado—, la terrible tormenta se esfumó.

Simplemente se fue. El granizo dejó de caer. El diluvio cesó. El viento murió. La noche quedó inmóvil y silenciosa salvo por un suave siseo.

Sakura dedicó unos momentos a llevar a cabo un recuento mental de sus morados, negándose a moverse. Moverse significaría reconocer que estaba viva. Reconocer que estaba viva significaría que tendría que mirar en torno. Y francamente, Sakura no estaba muy segura de querer hacerlo.

Nunca. Los pensamientos colisionaban dentro de su cabeza, todos ellos inverosímiles.

«Vamos, Haruno, intenta controlarte —dijo la voz de la razón, en un valeroso esfuerzo por imponerse—. Imagínate lo ridícula que te sentirás en cuanto levantes los ojos y veas a Sakurasou e Izuna de pie ahí. Cuando te digan: "Estas tormentas que llegan tan de pronto son una auténtica lata, ¿verdad? Pero en las Highlands las tormentas siempre son así".»

Sakura no se lo tragó. No había mucho de lo que pudiese sentirse segura en aquel momento, pero tenía bastante claro que tormentas como aquélla no ocurrían, ni en las Highlands ni en ningún otro lugar, y además, tampoco abrigaba muchas esperanzas de que Sakurasou e Izuna estuvieran cerca. Dentro de aquellas piedras había ocurrido algo. El qué exactamente, Sakura no podía decirlo, pero había sido algo... épico. Algo que hedía a una semilla de verdad escondida en los antiguos mitos.

Después de unos instantes, Sakura apartó los brazos de la cabeza y atisbó cautelosamente. La lluvia chorreaba de sus cabellos y goteaba por su cara. Sakura apoyó las palmas de las manos en el suelo y de pronto entendió lo que era aquel ruido siseante.

La tierra estaba caliente, como si hubiera pasado todo el día cociéndose bajo el sol, y las piedras de granizo humeaban sobre ella. ¿Cómo podía estar caliente el suelo?, se preguntó Sakura, perpleja. Era el mes de marzo, por el amor de Dios, y quince grados de temperatura no calentaban el suelo. En el mismo instante en que pensaba eso, cayó en la cuenta de que el aire estaba caliente, ahora que los cielos habían dejado de arrojar sobre ella un pequeño diluvio helado. Sí, el aire era húmedo y positivamente veraniego.

Sakura se incorporó con precaución unos cuantos centímetros y miró alrededor, sólo para descubrir que se hallaba envuelta por una nube. Una espesa niebla la había rodeado mientras permanecía acurrucada hecha una bola, y ahora toda ella estaba completamente circundada de blancura. Eso hacía que la situación, ya muy extraña de por sí, fuera todavía más inquietante.

Si todavía se hallaba dentro del círculo de piedras —y Sakura empezaba a pensar que ése podía ser un «si» muy grande—, ya no podía verlas. La niebla lo consumía todo. Era como estar ciega. Sakura se estremeció, sintiéndose horriblemente sola. Los últimos minutos habían sido tan extraños que empezaba a preguntarse si no se habría..., bueno, no estaba muy segura de qué era lo que empezaba a preguntarse, y prefería no preguntárselo.

«Algunas personas dicen que son puertas...»

Agitó la mano entre la niebla y gotas de agua condensada le perlaron la palma. La sustancia tenía un denso espesor. Sakura sopló sobre el aire blanco suspendido ante ella. Este no se apartó.

—¿Ho-hola? —llamó, sintiéndose al borde del pánico.

Un movimiento repentino hizo que la blancura titilara por un instante en un oscuro borrón. Ahí. No, pensó Sakura mientras se daba la vuelta, ahí. Inexplicablemente, la temperatura volvió a bajar y los dientes le empezaron a castañetear. El granizo dejó de humear sobre el suelo.

Se echó hacia atrás con un estremecimiento hasta quedar sentada sobre los talones y aguardó nerviosamente, medio esperando que algo espantoso saltara sobre ella.

Justo cuando sus nervios en tensión estaban a punto de ceder, Sasuke surgió de la niebla o, mejor dicho, en un momento dado Sasuke no estaba allí y al siguiente se materializaba ante ella.

—Oh, gracias a Dios —jadeó Sakura, llena de alivio—. ¿Qué...? —«ha sucedido» era lo que estaba intentando decir, pero las palabras murieron en su garganta cuando él fue hacia ella.

Era Sasuke, pero de algún modo... no era Sasuke. Cuando se movió, la niebla se apartó de él como si Sakura estuviera viendo algo salido de una película de ciencia-ficción terrorífica. Su cuerpo era una oscura mole encorvada sobre el telón de fondo de la blancura. La expresión que había en aquellas facciones que parecían haber sido talladas por el cincel de un escultor era tan fría como el hielo sobre el que se hallaba arrodillada Sakura.

Sacudió la cabeza una vez, dos, en un intento de disipar aquella estúpida ilusión.

Parpadeó varias veces.

«Es casi inhumanamente hermoso», pensó sin apartar los ojos de él. La tormenta había liberado sus cabellos de la sujeción de la cinta de cuero y éstos le caían hasta la cintura en una enredada cascada mojada. Tenía un aspecto salvaje e indómito. Animal. Depredador.

Incluso se movía como un animal, todo él seguridad y fluida fortaleza.

«Y lo único que quiere el diablo a cambio —dijo una vocecita en tono de advertencia— es un alma.»

«Oh, por favor —se reconvino Sakura a sí misma adustamente—. Es un hombre, nada más. Un hombre enorme, hermoso y que a veces da un poco de miedo, pero eso es todo.»

Grácil como un tigre al acecho, el hombre enorme, hermoso y que daba un poco de miedo hincó las rodillas en el suelo delante de ella, sus oscuros ojos reluciendo en la tenebrosa noche. Estaban arrodillados a tan sólo unos centímetros el uno del otro. Cuando él habló, sus palabras fueron articuladas de manera extrañamente laboriosa, como si el hablar supusiera un inmenso esfuerzo. Las palabras, cuidadosamente espaciadas, salían de sus labios como a ráfagas, con pausas entre ellas.

—Te daré. Todos. Los objetos valiosos que poseo. Si me. Besas y no haces. Preguntas.

—¿Uh? —boqueó Sakura.

—Nada de preguntas —siseó él.

Sacudió la cabeza violentamente, como si intentara quitarse algo de ella. Sakura se apresuró a cerrar la boca.

Estaba demasiado oscuro para que ella pudiera distinguir sus ojos con claridad, y los planos de su rostro quedaban cubiertos por las sombras. En la penumbra neblinosa, sus exóticos ojos del color del cobre parecían tan negros como la medianoche.

Sakura lo miró. Sasuke permanecía completamente inmóvil, igual que un tigre antes del salto con el que caerá sobre su presa para matarla. Sakura buscó con la mirada las manos de Sasuke y las encontró, apretadas en dos tensos puños. «Nunca se muestra más reservado que cuando siente más intensamente», se recordó a sí misma. Cerró sus manos sobre las de él.

Una sucesión de estremecimientos repentinos desgarró el cuerpo de Sasuke. Cerró los ojos por un instante y cuando volvió a abrirlos, Sakura hubiese podido jurar que vio... cosas que se movían detrás de ellos, y tuvo esa misma extraña sensación que ya había experimentado una vez en el ático de él, como si hubiera otra presencia con ellos, antigua y fría.

Entonces los ojos de él se aclararon, revelando una desolación tan absoluta que Sakura sintió que se le hacía un nudo en la garganta y apenas si pudo tragar aire.

Sasuke sufría. Y ella quería disipar aquella pena. Nada más importaba en realidad. Ni siquiera quería sus estúpidas antigüedades a cambio; lo único que quería era borrar aquella horrenda mirada de los ojos de él, sin que le importara cómo hacerlo.

Se humedeció los labios y ése fue todo el estímulo que él pareció necesitar.

La estrechó entre sus brazos, la alzó en vilo y, con unas cuantas poderosas zancadas, dejó su espalda apoyada en una de las piedras verticales.

«Ah, así que las piedras siguen aquí —pensó Sakura vagamente—. O yo sigo aquí. O lo que sea.»

Y entonces la boca de él cayó sobre la suya con todo su ávido calor, y a Sakura ya no podría haberle importado menos dónde estaba o dejaba de estar. Hubiera podido estar apoyada contra un enorme oso impaciente por saciar el hambre del invierno y le habría dado absolutamente igual, porque Sasuke la estaba besando como si su vida dependiera de aquel enredo de lenguas y del calor que había entre ellos.

Sasuke selló la boca de Sakura con la suya, buscando y reclamando con su lengua aterciopelada. Hundió las manos en sus rizos mojados, envolviéndose los puños con ellos mientras mantenía acunada la cabeza de Sakura en sus grandes y poderosas manos y su cálida lengua se sumergía todavía más adentro en su boca.

Sakura nunca había conocido a un hombre que besara así. Había algo en él, una crudeza, una sensualidad terrenal que rayaba en lo bárbaro, algo que ella nunca sería capaz de explicar a otra persona. Había que ser besada por Sasuke Uchiha para entender lo devastador que resultaba su beso y cómo podía hacer que una mujer cayera de rodillas ante él.

Por un momento Sakura ni siquiera fue capaz de moverse. Lo único que pudo hacer fue recibir el beso de Sasuke, sin que consiguiera reunir las fuerzas necesarias para devolvérselo. Sentía como si estuviera siendo consumida, y sabía que el sexo con él sería un poco sucio y completamente crudo. No habría ninguna clase de inhibición. Ella ya se había visto atada a su cama con pañuelos de seda, y sabía qué clase de hombre era él. Aturdida y sintiendo que le daba vueltas la cabeza, Sakura se aferró a él y se arqueó contra Sasuke mientras gozaba con la sensación de sus grandes manos deslizándose sobre su cuerpo, una de ellas buscando con impaciencia por debajo de su sujetador para luego cerrarse ásperamente sobre sus pechos mientras la otra le sostenía el trasero y la elevaba contra él. Febrilmente, ella pasó las piernas alrededor de sus poderosas caderas.

Sakura estaba tan excitada que todo su cuerpo palpitaba, dolorido y vacío. Un instante después gimoteó en la boca de Sasuke cuando él alteró su postura aquella ultima fracción, dejándolos encajados el uno en el otro de tal modo que su duro promontorio quedó acunado en el calor rendido que le ofrecía ella. «¡Oh, por fin!» Después de habérselo denegado a sí misma, rechazando incluso el permitirse pensar en ello, de pronto él estaba allí con toda su cálida enormidad de hombre limpiamente atrapada en la uve de los muslos de ella. Sasuke volvió a dejarle apoyada la espalda en la piedra y se apretó contra ella, en un contacto que la llevó a un nuevo frenesí erótico.

Enredando los dedos en la sedosa y abundante cabellera de Sasuke, Sakura se tensó contra su cuerpo y empezó a arquearse hacia arriba para ir a su encuentro cada vez que él la embestía. Los labios de él permanecían unidos a los suyos, su lengua profundamente introducida en su boca. Sakura se sentía delirar de pura necesidad. Sus defensas no se habían limitado a ceder, sino que se habían derrumbado por completo, y ahora anhelaba desvergonzadamente tener todo aquello con lo que él había estado provocándola durante tanto tiempo.

Como si le hubiera leído los pensamientos, él capturó una de sus manos en la suya y la guió entre los dos para apretarle la palma contra la dura protuberancia que había en sus tejanos, y Sakura dejó escapar un jadeo ahogado cuando se percató de lo grande que era ésta. Sólo había podido tener un fugaz vislumbre de la virilidad de Sasuke cuando él dejó caer su toalla, pero no había parado de hacerse preguntas desde que encontró aquellos condones incriminatorios. Acogerlo no iba a ser fácil, pensó con un oscuro estremecimiento erótico. Todo lo referente a él era demasiado masculino y eso la llenaba de júbilo, seduciéndola para que por fin aceptara sus fantasías más privadas. Por su misma naturaleza, él era la respuesta a todas ellas. Sí, Sasuke era un hombre oscuro, dominante y peligroso.

Lo tocó frenéticamente en un apresurado intento de encontrar su forma a través de los tejanos, pero la maldita prenda estaba demasiado tensa a causa del pesado bulto de su virilidad. Sakura soltó un pequeño gemido de frustración; gruñendo salvajemente, él la cambió de postura en sus brazos y, apoyándola contra las piedras, la sostuvo con un brazo mientras se desabrochaba los tejanos con rudeza.

Mirándolo con los ojos muy abiertos, Sakura jadeó al ver su hermoso y oscuro rostro tenso de lujuria mientras se liberaba. Quería, necesitaba, ya no podía conformarse con seguir pensando en ello. La intensidad de la atracción existente entre ambos hacía que le resultara completamente imposible pensar con claridad. Un instante después él empujaba la gruesa y caliente dureza de su miembro dentro de la mano de ella.

Sakura descubrió que no podía cerrar la mano alrededor de él. La respiración se le quedó atrapada en la garganta, y dejó caer la cabeza hacia delante hasta que ésta quedó apoyada contra el pecho de él. No, era imposible.

—Puedes tomarme, muchacha.

Él le sostuvo la mandíbula con la palma de la mano y levantó su rostro para darle más acuciantes y cálidos besos. Después cerró la mano sobre las suyas y las hizo subir y bajar a lo largo de su gruesa erección. Sakura gimoteó, deseando que sus tejanos se derritieran para poder acogerlo dentro de ella.

—¿Me necesitas, Sakura? —quiso saber él.

—Yo diría que sí, pero no me parece que éstos sean ni el momento ni el lugar apropiados —dijo con seca firmeza una voz que se abrió paso a través de la noche.

Sasuke se envaró junto a ella con un salvaje juramento.

Sakura emitió un sonido que era mitad sollozo y mitad chillido sobresaltado. «¡No, no, no! —quería gritar—. ¡Ahora no puedo parar!» Nunca en la vida había anhelado nada con semejante desesperación. Deseó que quienquiera que había hablado simplemente desapareciese. No quería regresar a la realidad, no quería pensar en las consecuencias de lo que se disponía a hacer. No quería volver a la miríada de preguntas a las que tendría que hacer frente: acerca de Sasuke, acerca de su paradero actual, acerca de sí misma.

Los dos permanecieron como paralizados ese momento tan íntimo durante lo que pareció una eternidad llena de desdicha, y después Sasuke se estremeció y puso una mano debajo del trasero de Sakura, la dejó apoyada en la piedra y luego apartó la mano de ella. Sakura se encontró con serias dificultades a la hora de soltar de una vez lo que no quería dejar de sujetar y Sasuke y ella libraron una corta, silenciosa y ridícula batalla que terminó siendo ganada por él, lo que probablemente era justo, admitió Sakura de mala gana, dado que después de todo, aquello formaba parte de su cuerpo.

Sasuke se quedó inmóvil durante unos instantes que dedicó a respirar con inhalaciones cuidadosamente medidas, y luego la bajó al suelo.

Necesitó varios minutos para volver a abrocharse los tejanos. Después, inclinando hacia delante su oscura cabeza para llevar los labios a la oreja de Sakura, le habló con voz enronquecida por el deseo:

—No habrá vuelta atrás, muchacha. Ni se te ocurra pensar que luego me dirás que no vas a ser mía. Serás mía.

Después le envolvió la cintura con un fuerte brazo e hizo que ambos se volvieran para saludar al intruso.

Sakura, todavía sin aliento y aturdida por el deseo, tardó unos instantes en poder enfocar la mirada. Cuando lo hizo, se asombró al descubrir que la niebla se había desvanecido tan completamente como la tormenta, dejando la noche bañada en la perlina luminiscencia de una gran luna suspendida justo más allá de los grandes robles que se alzaban alrededor del círculo de piedras. Se negó a tomar en consideración el hecho de que poco antes no había habido ningún roble alrededor del círculo de piedras, sólo una vasta extensión de césped impecablemente recortado. Si dedicaba demasiado tiempo a pensar en eso, quizá volverían a entrarle ganas de vomitar.

Así que se concentró en el anciano de cabellos blancos como la nieve que le llegaban hasta los hombros, vestido con una larga túnica azul, que permanecía inmóvil a una docena de pasos de distancia, su delgada espalda vuelta hacia ellos.

—Ya puedes volverte —le ladró Sasuke.

—No hacía sino concederos toda la intimidad que estaba en mi mano —murmuró el hombre defensivamente, su postura rígida.

—Si hubieras deseado concederme un poco de intimidad, habrías regresado a tu castillo sin perder un instante, anciano.

—Cierto —respondió el hombre en un tono tan seco como el suyo—, ¿para que así pudieras volver a desaparecer? Eso ni pensarlo. Ya te perdí en una ocasión. No volveré a perderte.

Con esas palabras, el anciano se volvió hacia ellos y Sakura lo contempló con ojos llenos de asombro. ¡Ella ya había visto antes a aquel anciano en alguna parte! Pero ¿dónde?

«Oh, no.» Sakura sacudió la cabeza, negando el pensamiento con la misma rapidez con que éste le había venido a la cabeza. Ese mismo día, en la galería de retratos del castillo de Maggie Uchiha. Había visto varios retratos de aquel anciano expuestos en una sección donde media docena de pinturas habían sido descolgadas alrededor de ellos, dejando grandes manchas oscuras en la pared. Aquello era en parte lo que había atraído su mirada hacia los cuadros. Maggie le había dicho que los otros retratos de ese período histórico en particular —inicios del siglo XVI— habían sido descolgados de la galería y enviados a que los restaurasen.

El rostro de aquel hombre se le había quedado grabado porque se había sentido cautivada por su increíble parecido con Einstein. Con sus cabellos blancos como la nieve, profundos ojos castaños circundados por finas líneas y hondos surcos enmarcando su boca, el anciano guardaba una inquietante semejanza con el gran teórico de la física. Aparte de ello, también recordaba un poco a un hechicero. Incluso Sakurasou se había mostrado de acuerdo con una radiante sonrisa cuando Sakura hizo una observación al respecto.

—¿Q-quién es e-ese hombre? —le preguntó a Sasuke con un balbuceo entrecortado.

Como Sasuke no replicó, el anciano se pasó las manos por sus largos cabellos blancos y frunció el ceño.

—Soy su padre, querida mía. Fugaku. Y estoy pensando que él no te ha contado más de lo que Izuna le contó a Sakurasou antes de traerla aquí. Es así, ¿verdad? ¿O será que no ha llegado a contarte ni siquiera esa parte?

Dirigió una mirada acusadora a Sasuke.

Este parecía haberse convertido en una estatua de piedra junto a ella. Sakura alzó los ojos hacia él, pero Sasuke se negó a mirarla.

—Dijiste que tu padre estaba muerto —murmuró nerviosamente.

—Y lo estoy —convino Fugaku—, en el siglo veintiuno. Pero no en el siglo dieciséis, querida mía.

—¿Huh? —parpadeó Sakura.

—Cuando uno reflexiona un poco enseguida se da cuenta de lo extraño que resulta, ¿verdad? —admitió él con expresión pensativa—. Como si yo fuera inmortal en mi propia rebanada de tiempo. Oh, sí, basta con pensar en ello para ponerse a temblar.

—¿El s-siglo d-dieciséis?

Sakura tiró de la manga de Sasuke en una súplica dirigida a que interviniera inmediatamente y aclarase las cosas. Pero él no lo hizo.

—Así es, querida mía —dijo Fugaku.

—O sea, quiere decir que dado que lo estoy viendo, y dado que eso significa que o está vivo o estoy soñando o me he vuelto loca, si no estoy soñando y no me he vuelto loca, entonces ahora tengo que estar, ejem..., ¿allí donde usted no está muerto? —preguntó Sakura cautelosamente, asegurándose de que no lo planteaba con demasiada claridad porque en ese caso tendría que aceptarlo como un pensamiento válido.

—Una brillante deducción, querida mía —dijo Fugaku con aprobación—. Aunque has llegado a ella por caminos un poco tortuosos. Con todo, tienes aspecto de ser una joven muy inteligente.

—Oh, no —dijo Sakura firmemente al tiempo que sacudía la cabeza—. Esto no está sucediendo. No estoy en el siglo dieciséis. Eso no es posible.

Volvió a alzar los ojos hacia Sasuke, pero éste seguía negándose a mirarla.

Fragmentos inconexos de conversación pasaron entonces por su mente: frases acerca de puertas y antiguas maldiciones y razas míticas.

Sakura contempló el perfil esculpido de Sasuke mientras repasaba apresuradamente una serie de hechos que de pronto habían adquirido un terrible significado: él sabía más idiomas que nadie que ella hubiera conocido jamás, lenguas que llevaban mucho tiempo muertas; tenía antigüedades en un inmejorable estado de conservación; buscaba libros centrados en la historia de Irlanda y Escocia durante la Antigüedad. La había tenido de pie en el centro de un círculo de piedras milenarias y le había pedido que fuera con él a algún sitio acerca del cual no podía hablarle, pero que debía enseñarle, como si sólo viéndolo fuera a creerle. Y una terrible tormenta había estallado de pronto en el interior de aquel círculo de piedras y Sakura había sentido como si estuvieran partiéndola en mil pedazos. Había habido un súbito cambio en el clima, ahora el paisaje incluía árboles centenarios que no habían estado allí antes, y había un anciano que afirmaba ser el padre de Sasuke ... en el siglo XVI.

Y ya que habían empezado a hablar de ese tema y si cualquier aspecto de sus circunstancias actuales era real, ¿qué estaba haciendo el padre de él en el siglo XVI, por el amor del cielo? Sakura se aferró a ese pequeño y hermoso fragmento tan flagrantemente falto de lógica como prueba de que tenía que estar soñando.

A menos...

«¿Y si te dijera, muchacha, que soy un druida procedente de un pasado muy lejano?»

—¿Cómo? —exclamó, alzando la cabeza hacia Sasuke para fulminarlo con la mirada—. ¿Se supone que he de creer que tú también eres del siglo dieciséis?

Entonces él la miró por fin, y dijo envaradamente:

—Nací en el año mil cuatrocientos ochenta y dos, Sakura.

Sakura dio un respingo como si él la hubiera golpeado. Después se echó a reír, e incluso ella oyó la nota de histeria que había en su voz.

—Claro —dijo alegremente—. Y yo soy el Ratoncito Pérez.

—Tú sabes que percibiste algo acerca de mí —insistió él implacablemente—. Sé que fue así. He podido verlo en la manera como me miras algunas veces.

Dios, era cierto que lo había hecho. Repetidamente. Había tenido la sensación de que él era extrañamente anacrónico, había experimentado una curiosa sensación de antigüedad.

—Eres fuerte, mi pequeña Sakura. Puedes aceptar esto. Sé que puedes hacerlo. Yo te ayudaré. Puedo explicártelo, y entonces verás que esto no es ninguna... magia, sino una clase de física que los hombres modernos no pueden...

—Oh, no —lo interrumpió ella al tiempo que sacudía la cabeza con vehemencia. Un ataque de hipo puso un brusco fin a su risa—. Es imposible —insistió, rechazándolo todo con un gran barrido unilateral de su mano—. Todo esto es imposible. —Hipo—. Estoy soñando, o... algo. No sé de qué se trata, pero no voy a... —hipo— seguir pensando en ello. Así que no hace falta que te molestes en tratar de convencerme de que...

De pronto se sintió demasiado aturdida para seguir hablando y se calló. El trauma de la tormenta unido al absurdo de aquella conversación eran demasiado para ella. Sentía como si las rodillas se le fueran a doblar en cualquier momento. «Realmente —pensó llena de confusión—, la capacidad de asimilación de una persona tiene un límite, y lo de los druidas que viajan por el tiempo es ir demasiado lejos.» Un nuevo estallido de aquella risa que no podía controlar burbujeó dentro de ella.

Como desde una gran distancia, oyó la voz malhumorada de Fugaku:

—Es bueno volver a verte, muchacho. Shizuzne y yo te hemos echado mucho de menos. Vaya, la jovencita está a punto de perder el conocimiento. Podrías sujetarla ahora antes de que se caiga, hijo.

Cuando los fuertes brazos de Sasuke se deslizaron alrededor de ella, Sakura dejó de escuchar las voces y se entregó al misericordioso abrazo de la nada, porque sabía que cuando volviera a despertar, todo estaría bien. Estaría acostada en la cama, en el castillo de Sakurasou e Izuna, después de uno de esos sueños extrañamente intensos acerca de Sasuke.

«Prefiero los sueños sexuales», fue su último y enfadado pensamiento, mientras sus rodillas finalmente se daban por vencidas y la mente se le quedaba en blanco.

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Neji Hyūga estaba adormilado —no dormido, porque los Tuatha de Danaan no dormían—, flotando a la deriva por la memoria y el tiempo cuando los nueve miembros del consejo aparecieron detrás del estrado de su reina.

Neji se incorporó de golpe.

Uno de ellos le habló al oído a la reina. Ella asintió y los envió de regreso a dondequiera que tuviese su hogar el esquivo consejo.

Entonces Mito, reina de los Tuatha de Danaan, alzó las manos hacia el cielo y dijo:

—El consejo ha hablado. Será juicio de sangre.

Neji se dispuso a ponerse de pie, pero se contuvo y se obligó a recostarse nuevamente en el cojín de su sillón. Esperó en silencio mientras mensuraba las reacciones de los otros Tuatha de Danaan reunidos en el bosque de la isla de Morar, donde a la reina le gustaba establecer su corte. Los demás se removieron lánguidamente bajo los doseles de seda donde habían estado dormitando, y sus melodiosas voces se elevaron en un suave zumbido.

No oyó ninguna protesta. «Imbéciles —pensó Neji—. Es un prodigio que hayamos sobrevivido durante tanto tiempo.» Aunque inmortales, los Tuatha de Danaan podían ser destruidos.

Cuando Neji habló, lo hizo con una falta de pasión rayana en el aburrimiento, como convenía a su raza.

—Reina mía, desearía hablar, si me lo permitís.

Mito volvió los ojos hacia él. Un destello de apreciación brilló en su mirada mientras lo recorría de pies a cabeza. Neji lucía su apariencia favorita, la de un herrero muy alto de oscuros cabellos y cuerpo musculoso. Un hombre de belleza ultraterrena que era muy dado a acechar a los viajeros humanos, particularmente a las mujeres. Un herrero que los llevaba a lugares y les hacía cosas que luego recordaban como oscuros sueños llenos de un inacabable placer.

—Puedes disponer de mi oído —dijo Mito, inclinando la cabeza majestuosamente.

Y en raras ocasiones, pensó Neji, también de otras partes de su persona, cuando la reina decidía hacerle esa merced. Mito le tenía un cierto cariño, y en ese momento él contaba con ello. Neji era distinto de cualquier otro de su raza en pequeños aspectos que lo tenían tan perplejo como a ellos. Pero la reina parecía disfrutar con aquellas diferencias. De todos sus súbditos, Neji sospechaba que él era el único que todavía conseguía sorprenderla un poco. Y la sorpresa era néctar de los dioses para aquellos que vivían por siempre, para aquellos que ya hacía una eternidad que habían perdido el don del asombro y la maravilla. Para aquellos que espiaban los sueños de los mortales porque ellos no poseían sueños propios.

—Reina mía —dijo, hincando una rodilla ante ella—, ya sé que los Uchiha rompieron su juramento. Pero si uno examina a esos Uchiha, descubre que se han comportado de manera ejemplar durante millares de años.

La reina lo contempló por un largo instante con fría impasibilidad y luego encogió un delicado hombro.

—¿Y?

—Considerad al hermano del hombre, reina mía. Cuando Izuna fue encantado por una vidente y se lo obligó a dormir durante cinco siglos, el linaje de los Uchiha quedó destruido. Cuando fue despertado en el siglo veintiuno por una mujer, hizo cuanto estaba en sus manos para regresar a su tiempo y evitar la catástrofe de manera que su linaje permaneciera intacto para seguir protegiendo la sabiduría.

—Ya estoy al corriente de todo ello. Lástima que su hermano no fuese como él.

—Creo que lo es. Sasuke rompió su juramento únicamente para salvar la vida de Izuna.

—Eso es un motivo personal. El linaje no se vio amenazado. Los Uchiha tenían expresamente prohibido utilizar las piedras en beneficio propio.

—¿De qué manera era eso un motivo personal? —argumentó Neji—. ¿Qué ganó Sasuke haciendo lo que hizo? Aunque salvó la vida de Izuna, Izuna siguió durmiendo. Sasuke no recuperó a su hermano. No obtuvo nada.

—Entonces su insensatez fue aún mayor.

—Sasuke es tan honorable como su hermano. No hay mal alguno en lo que hizo.

—La pregunta es si Sasuke rompió su juramento, no si es malvado. Y lo hizo. Los términos del Pacto fueron claramente definidos.

Neji tragó aire con una cautelosa inspiración.

—Fuimos nosotros los que les concedimos el poder de viajar a través del tiempo. Si no lo hubiéramos hecho, la tentación nunca habría existido.

—Ah, ¿así que ahora la culpa es nuestra?

—Sólo estoy diciendo que él no utilizó las piedras para obtener riqueza o poder político. Lo hizo por amor.

—Hablas igual que un humano.

Era el insulto más bajo entre los de su raza.

Neji permaneció sensatamente callado. Aquélla no era la primera vez que sus alas proverbiales eran cortadas por la reina.

—Sea cual sea el motivo por el que lo hizo, Neji, ahora alberga a nuestro antiguo enemigo dentro de él.

—Pero todavía no se ha vuelto oscuro, mi reina. Ya han transcurrido muchos meses mortales desde que tomaron posesión de él. ¿A cuántos humanos conocéis que puedan mantener a raya a esos trece druidas sólo con la fuerza de su voluntad? Vos los conocéis bien. Sabéis cuál es su poder. ¿Y aun así lo someteríais al juicio de sangre que ha solicitado el consejo? ¿Mataríais a todas las personas a las que él quiere sólo para ponerlo a prueba? Si vos destruís a todo su linaje por esto, ¿quién volverá a negociar El Pacto entonces?

—Quizá viviremos sin él —dijo ella alegremente, pero Neji vio una tenue sombra de inquietud en sus hermosos e inhumanos ojos.

—¿Estaríais dispuesta a correr ese riesgo? ¿Queréis ver cómo nuestros mundos entran en colisión y cómo los humanos y los Tuatha de Danaan vuelven a vivir juntos? Los Uchiha han roto su juramento, pero nosotros todavía no hemos violado nuestra parte. El Pacto dejará de estar en vigor y los muros que se alzan entre nuestros reinos se desplomarán. El juicio de sangre nos obligará a compartir la tierra, mi reina. ¿Es eso lo que queréis?

—Tiene razón —dijo su consorte, saliendo de su somnolencia para hablar—. ¿El consejo ha tomado en consideración eso?

Si Neji conocía al consejo la mitad de bien de lo que creía conocerlo, sí que lo habría hecho. En el gran consejo había quienes echaban de menos las viejas costumbres, aquellos que extraían su sustento del caos y las mezquinas maquinaciones. Afortunadamente, su reina no figuraba entre ellos. Excepto en lo que concernía a sus caprichosos entretenimientos, Mito sentía un inmenso desdén por los humanos y tenía muy pocos deseos de verlos caminar de nuevo por su mundo.

El silencio cayó sobre la corte.

Mito entrelazó sus esbeltos dedos y apoyó su delicada barbilla en ellos.

—Interésame. ¿Estás sugiriendo una alternativa?

—En Gran Bretaña existe una orden de druidas, descendientes de los que vos dispersasteis hace milenios, que llevan mucho tiempo esperando el regreso de los draghar. Esos druidas tienen planes para forzar la transformación del Uchiha. Si triunfan, haced lo que deseéis con él. Dejad que ésa sea su prueba.

—¿Estás presentando una súplica formal por su vida, Amadan? —ronroneó Mito, con una súbita intensidad rielando en su mirada iridiscente.

Había pronunciado una parte del verdadero nombre de él. Una sutil advertencia. Neji mantuvo los ojos clavados en la lejanía durante largo tiempo. Sasuke Uchiha no significaba nada para él. Y sin embargo lo cierto era que sentía una irreprimible fascinación por los mortales, entre los que pasaba la mayor parte de su tiempo bajo cierta forma, hasta cierto grado. Sí, la raza de Neji tenía poder, pero los mortales tenían otra clase de poder, una que era completamente impredecible: el amor.

Y en una ocasión, hacía ya mucho tiempo de eso —algo que era casi inaudito entre su especie— él lo había sentido por una mujer mortal.

Neji había engendrado un hijo medio mortal.

Neji no había olvidado aquellos breves años con Morgana, aunque después había pasado mucho tiempo esforzándose por conseguirlo. Morgana, que había rechazado su oferta de la inmortalidad.

Miró a su reina. Mito impondría un precio en el caso de que él llegara a presentar una súplica formal por la vida de un mortal.

Sería un precio terrible.

Aunque a fin de cuentas, pensó Neji, con un encogimiento nacido del hastío inmortal, últimamente la eternidad había sido muy plácida.

—Sí, mi reina —dijo, echando la cabeza hacia atrás y sonriendo serenamente cuando la corte dejó escapar un jadeo colectivo—. Lo hago.

La sonrisa de la reina fue tan aterradora como hermosa.

—Fijaré tu precio cuando la prueba del Uchiha haya sido llevada a cabo.

—Y yo me inclinaré ante vuestra ley, con tal que se me conceda esta merced: en el caso de que el Uchiha consiga vencer a la secta de los draghar, los trece serán reclamados y destruidos.

—¿Te atreves a proponerme un trato? —Una leve nota de incredulidad tiñó la voz de la reina.

—Lo hago por la paz de nuestras dos razas. Dadles el descanso eterno. Cuatro mil años han sido tiempo suficiente.

Lo que sólo podía ser calificado como una sonrisita muy humana cruzó por las delicadas facciones de la reina.

—Ellos querían la inmortalidad. Yo sólo se la di. —Ladeó la cabeza—. ¿Apostamos sobre cómo terminará esto?

—Sí, y yo apuesto a que él será derrotado —dijo Neji sin perder un instante.

Allí estaba, lo que él había estado esperando. La reina era la criatura más poderosa de su raza.

Y no soportaba perder. Aunque no alzaría una mano para ayudarlo, al menos en aquel momento, tampoco lo haría para hacerle daño.

—Oh, pagarás, Amadan. Pagarás un precio muy alto por eso. A él no le cabía ninguna duda de que así sería.