CAPÍTULO 17

—Deja de mirarme así —siseó Sasuke.

—¿Cómo? —se encrespó Fugaku—. ¿Es que no se me permite mirar a mi propio hijo?

—Me miras como si esperases que de pronto me salieran alas, una cola ahorquillada y pezuñas.

El hecho de que él se sintiera como si realmente pudiera ocurrirle tal cosa carecía de importancia. Desde el momento en que había pasado de nuevo a través de las piedras, desde el momento en que los trece habían encontrado sus voces, Sasuke había sabido que la batalla que libraba con ellos acababa de trasladarse a una nueva y mucho más peligrosa arena. Los antiguos que llevaba dentro se habían visto alimentados con poder en estado puro cuando abrió el puente a través del tiempo.

Con un inmenso esfuerzo de voluntad, Sasuke cerró, clausuró, se armó de valor y proyectó el fingimiento de que todo iba perfectamente. Utilizar la magia para ocultar su oscuridad era un tremendo error y él lo sabía, ya que alimentaba precisamente aquello que se esforzaba por esconder, pero tenía que hacerlo. Tal y como estaban las cosas en aquellos momentos, no se atrevía a permitir que Fugaku pudiera verlo con claridad. Necesitaba examinar la biblioteca de los Uchiha y si Fugaku percibía a Sasuke tal como estaba entonces, sólo Dios sabía qué haría. Ciertamente no invitarlo a que entrara en el centro secreto de la sabiduría de los Uchiha.

Fugaku puso cara de sorpresa.

—¿Cambiar de forma es una de tus artes? —inquirió, mostrando la más absoluta fascinación.

Era muy típico de Fugaku, pensó Sasuke sombríamente, aquello de que la curiosidad se impusiera a la cautela. En algunos momentos lo había preocupado que un día Fugaku pudiera sentirse tentado de adentrarse en las artes negras, sin más razón para ello que su incontenible curiosidad. Su padre y Sakura compartían esa misma faceta del carácter, una insaciable necesidad de conocer.

—No. Y todavía me estás mirando así —dijo Sasuke fríamente.

—Es sólo que siento curiosidad por saber hasta dónde llega tu poder —resopló Fugaku al tiempo que adoptaba una expresión de modestia. Con un intelecto tan penetrante en su mirada, distaba mucho de resultar convincente.

—Ya me lo imaginaba. Y déjalo estar de una vez.

Sí, los antiguos que había dentro de él empezaban a mostrarse cada vez más agresivos. Al percibir el poder de Fugaku, trataban de llegar hasta ese poder. De hecho, trataban de llegar hasta el mismo Fugaku. Su padre era un alimento mucho más rico que Izuna, porque siempre había tenido un centro más fuerte que sus hijos.

Su padre también dominaba el arte de escuchar en profundidad que Sasuke nunca había conseguido llegar a perfeccionar, una mirada meditativa que apartaba las mentiras hasta dejar al descubierto los huesos desnudos de la verdad. Esa era la razón de que lo hubiese inquietado tanto la falta de esperanza que Sasuke entrevió en la mirada de su padre la noche en que huyó. Había temido que Fugaku hubiera visto algo que él mismo no podía ni quería ver.

Y ésa era la razón por la que ahora estaba utilizando toda su voluntad para mantener a los antiguos dentro de él, y a su padre fuera.

—Lo percibo, muchacho —dijo Fugaku, con voz súbitamente cansada—. Has cambiado desde la última vez que te vi.

Sasuke no dijo nada. Había conseguido evitar mirarlo directamente a los ojos desde el momento en que Sakura se desmayó, limitándose a breves miradas de soslayo. Entre la conciencia incrementada de los trece y la tormenta sexual que seguía rugiendo dentro de él sin haber descargado, no estaba dispuesto a mirarlo a los ojos.

Cuando llevó a Sakura a su dormitorio en el piso de arriba, la acostó en la cama y susurró un suave hechizo de sueño sobre ella para que descansara tranquilamente durante la noche, Fugaku lo había seguido y Sasuke había sentido en su nuca el martilleo de la mirada con que lo mensuraba.

Faltó muy poco para que no fuera capaz de separarse de Sakura. Y aunque no había mirado a su padre, agradeció su presencia, porque enseguida había disipado los oscuros pensamientos que había estado teniendo acerca de despertarla sólo en parte y...

—Mírame, hijo —dijo Fugaku, su voz suave e implacable.

Sasuke se volvió lentamente, asegurándose de que su mirada no se encontrara con la de Fugaku. Respiró muy despacio, una lenta inspiración tras otra.

Su padre estaba de pie delante de la chimenea, las manos escondidas entre los pliegues de su túnica color cobalto. A la suave luz de docenas de velas y globos de aceite, sus blancos cabellos formaban un halo alrededor del rostro lleno de arrugas. Sasuke conocía el origen de cada una de aquellas líneas. Los surcos en sus mejillas habían aparecido poco después de que su madre hubiera muerto, cuando él e Izuna tenían quince años. Las rayas que recorrían su frente habían sido esculpidas en su piel por un constante alzar las cejas mientras meditaba sobre los misterios del mundo y las estrellas que había más allá. Las líneas que enmarcaban su boca eran el resultado de sonreír o fruncir el ceño, nunca de llorar. Bastardo estoico, pensó Sasuke de pronto. En el castillo Uchiha nadie lloraba. Nadie sabía cómo hacerlo. Excepto quizá Shizune, segunda esposa de Fugaku y madrastra de Sasuke.

Las arrugas que circundaban los ojos de un intenso castaño oscuro de Fugaku, aquellas que se elevaban en los extremos exteriores, eran el resultado de mantener los párpados entornados con poca luz mientras se afanaba en su trabajo. Fugaku era un magnífico escribiente, poseedor de una mano envidiablemente firme, y se había dedicado a copiar, con páginas exquisitamente embellecidas, los tomos más antiguos, en los que la tinta se había ido desvaneciendo poco a poco con el paso del tiempo.

Cuando era un muchacho, Sasuke pensaba que su padre tenía los ojos más sabios que hubiera visto nunca, llenos de un conocimiento secreto y especial. En ese momento se dio cuenta de que todavía lo pensaba. Su padre nunca había sido derribado de su pedestal.

Sintió que se le hacía un nudo en las entrañas. Fugaku podía no haber caído nunca, pero no cabía duda de que él sí que lo había hecho.

—Adelante, padre —dijo con la voz enronquecida por la tensión—. Rúgeme. Cuéntame cómo te he fallado. Cuéntame cómo no he sido más que una decepción para ti. Recuérdame mi juramento. Échame de aquí si decides que eso es lo que debes hacer, porque no tengo tiempo que perder.

La cabeza de Fugaku osciló en una brusca negativa.

—Cuéntamelo, padre. Cuéntame que Izuna nunca hubiese hecho tal cosa. Cuéntame cómo...

—¿De verdad quieres que te diga que tu hermano es menos hombre que tú? —lo interrumpió Fugaku, con voz suave y en un tono que no podía ser más pausado—. ¿Necesitas oírme decir eso?

Sasuke dejó de hablar y lo miró con la boca abierta.

—¿Qué? —preguntó—. Mi hermano no es menos...

—Tú diste tu vida por tu hermano, Sasuke. ¿Y ahora le pides a tu padre que te condene por eso?

La voz de Fugaku se quebró con las últimas palabras.

Para el inmenso horror de Sasuke, su padre no pudo seguir conteniéndose por más tiempo. Sus hombros descendieron y un violento estremecimiento sacudió su delgado cuerpo. De pronto sus ojos se llenaron con el brillo de las lágrimas.

«Ay, Dios mío», maldijo Sasuke en silencio mientras trataba de no perder el control de sí mismo. No se atrevía a llorar. Nada de grietas. Las grietas podían convertirse en barrancos y los barrancos en desfiladeros. Desfiladeros dentro de los que un hombre podía perderse.

—Pensé que nunca volvería a verte.

Las palabras de Fugaku resonaron con oscuros ecos en la sala de piedra.

—Padre —dijo Sasuke con voz quebrada—, chíllame. Repréndeme. Por el amor de Dios, grítame.

—No puedo.

Las mejillas llenas de arrugas de Fugaku estaban humedecidas por las lágrimas. Fue alrededor de la mesa y rodeó a Sasuke con los brazos, apretándolo contra él mientras le palmeaba la espalda. Y lloraba.

Si Sasuke llegaba a vivir cien años, no quería volver a ver llorar a su padre. Fue algún tiempo más tarde, después de que hubiera aparecido Shizune y todo el horrible asunto de las lágrimas se repitiera, después de que ella hubiera estado muy ocupada preparando una cena ligera, después de que hubiera vuelto a retirarse para ir a ver cómo estaban los hermanos pequeños de Sasuke, cuando la conversación pasó a centrarse en el difícil propósito que era la razón de su regreso.

Con voz seca y objetiva, Sasuke puso al corriente a Fugaku de todo lo que había ocurrido desde la última vez que lo vio. Le contó cómo había ido a América y había buscado los textos, sólo para finalmente admitir ante sí mismo que iba a tener que recurrir a la ayuda de Izuna. Le habló del extraño ataque sufrido por Sakura, y de los draghar. Le contó que habían descubierto que los textos referentes a los Tuatha de Danaan habían desaparecido, y que la desaparición parecía haber sido deliberada.

Fugaku frunció el ceño al oírle decir aquello.

—Cuéntame, muchacho, ¿miró Izuna debajo de la losa?

—¿Debajo de la losa en la torre? ¿Aquella encima de la que dormía?

—Sí —dijo Fugaku—. Aunque hasta la fecha sólo he puesto allí dos textos, he estado planeando encontrar todo lo que pudiera ser de alguna ayuda y sellarlo debajo de esa losa. En previsión de ello, dejé instrucciones muy claras dirigidas a Izuna para que buscara allí.

Sasuke cerró los ojos y sacudió la cabeza. ¿Había sido innecesario aquel viaje?

¿Podría haberlo evitado por completo? Probablemente. Dentro de unos años, Fugaku seguramente ya habría reunido hasta el último de los tomos que andaba buscando para dejarlos a buen recaudo bajo la losa. De esa manera los tomos habrían estado allí durante todo el tiempo en el siglo XXI.

—¿Dónde estaban esas instrucciones? ¿En la carta que dejaste para él?

—Sí.

—¿La misma carta en la que le contabas lo que había hecho yo?

Fugaku volvió a asentir.

—¿Le contabas sin más lo que tenía que hacer, o decías algo críptico, padre? —Conociendo a su padre, habría sido críptico.

Fugaku frunció el ceño.

—Le decía que había dejado algunas cosas para él debajo de la losa —dijo con voz malhumorada—. ¿Cuánto más claro tiene que ser un hombre?

—Mucho más, porque al parecer Izuna nunca llegó a mirar debajo de la losa. Supongo que las noticias que contenían tu misiva lo dejaron tan preocupado que hizo una bola con la carta y la tiró. Debido a las palabras que utilizaste, lo más probable es que Izuna pensara que le habías dejado algunos recuerdos del pasado o cualquier otro objeto carente de importancia.

Fugaku pareció sentirse un poco avergonzado.

—No se me había ocurrido pensar en eso.

—Has dicho que habías estado examinando los tomos. ¿Todavía no has descubierto nada?

Una sombra de cautela cruzó rápidamente por las facciones de su padre.

—Sí, he estado buscando, pero es una labor muy lenta. Los textos antiguos son mucho más difíciles de leer. No había ninguna uniformidad en la manera de redactar, y era frecuente que tuviesen muy poco dominio de la ortografía.

—¿Qué hay de...?

—Dejemos los textos por ahora —lo interrumpió Fugaku—. Ya habrá tiempo más que suficiente para ello mañana. Háblame de tu muchacha, hijo. He de confesar que me sorprendió un poco ver que te habías traído contigo a esa mujercita.

El corazón de Sasuke empezó a latir más deprisa y sus venas se llenaron de aquel peculiar calor helado. Su muchacha. Suya.

—Aunque parecía estar teniendo bastantes dificultades para entender la manera en que habías utilizado las piedras como un puente entre los siglos, percibí una fuerte voluntad y una mente muy despierta. Sospecho que no tardará demasiado en aceptarlo —dijo Fugaku con voz pensativa.

—Eso creo yo también.

—No le has contado qué es lo que va mal en ti, ¿verdad?

—No. Y que no se te ocurra contárselo. Ya se lo contaré yo cuando llegue el momento apropiado.

Como si alguna vez fuera a haber un momento apropiado. En aquella ocasión el tiempo era su enemigo como nunca lo había sido.

Se hizo el silencio. Un silencio incómodo y pesado lleno de preguntas pero con muy pocas respuestas, repleto de temores que no llegaban a expresarse en voz alta.

—Ay, hijo mío —dijo Fugaku finalmente—, no saber qué había sido de ti me estaba matando. Me alegro mucho de que hayas vuelto. Encontraremos una solución. Te lo prometo.

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Más tarde, Fugaku se dedicó a reflexionar sobre esa promesa. Fue nerviosamente de un lado a otro, gruñó y soltó maldiciones.

Sólo después de que se hubiera retirado al piso de arriba y las últimas horas de la madrugada hubieran llenado de desencanto sus cansados huesos —por Amergin, tenía sesenta y cinco años y ya estaba demasiado viejo para esas cosas— admitió que a aquellas alturas debería tener algo que enseñar como resultado de toda su labor.

No había dejado de devorar los viejos textos desde la noche en que Sasuke confesó y huyó. Extrañamente, aunque poco había faltado para que no dejara piedra sobre piedra en el castillo, no pudo encontrar ningún documento anterior al siglo I. Y él sabía que hubo un tiempo en el que había muchos. Se hallaban referenciados en muchos de los textos guardados en la biblioteca de la torre.

Sin embargo, ¡él no podía encontrar aquellos malditos documentos, y aunque el castillo fuera enorme lo lógico sería que uno pudiera encontrar las cosas en su propia biblioteca!

Según las leyendas, incluso tenían El Pacto original que había sido sellado entre la raza del hombre y el pueblo mágico. En algún lugar. Sólo Dios sabía dónde. ¿Cómo era posible que no lo supieran ellos?

«Porque —se respondió amargamente—, cuando transcurre tanto tiempo que una historia llega a quedar muy alejada de su origen, pierde una gran parte de su realidad.» Aunque había cumplido con su deber de contar las leyendas de los Uchiha a sus hijos, en su fuero interno Fugaku siempre había pensado que los relatos de hacía milenios sin duda tenían que estar un poco embellecidos, posiblemente incluso ser una especie de mito de la creación inventado para explicar las insólitas habilidades de los Uchiha. Aunque había obedecido sus juramentos, una parte de su mente nunca había llegado a creer del todo. Sus propósitos cotidianos le habían bastado: los rituales druídicos que marcaban la llegada de las estaciones, cuidar de los habitantes de Balanoch, la educación de sus hijos y sus propios estudios. Fugaku no había necesitado creer en el resto.

La triste verdad era que ni siquiera él creía realmente que hubiera algún antiguo mal atrapado en el lugar intermedio.

«Cuánto hemos olvidado y perdido», pensó con abatimiento. Fugaku apenas había dedicado un instante a pensar en la raza legendaria que se suponía había fijado el curso a seguir por los Uchiha. No hasta que su hijo había roto su juramento, violando así un supuesto pacto cuya existencia había llegado a ser mucho más mito que realidad.

«Bueno —meditó sombríamente—, ahora al menos sabemos que las antiguas leyendas son ciertas.»

Cosa que no representaba ningún gran consuelo.

No, su búsqueda no había conseguido sacar a la luz ni una sola brizna de información útil. A decir verdad, Fugaku había empezado a sospechar que los Uchiha habían sido imperdonablemente descuidados en su labor de custodios de la antigua sabiduría, que el juramento roto por Sasuke no era sino un fracaso más en una larga lista de fracasos.

Sospechaba que ya hacía siglos que habían dejado de creer, apartando de sí el pesado manto de un poder que había exigido un precio demasiado alto. Durante generaciones, los hombres del clan Uchiha se habían ido volviendo cada vez más descuidados, cansados de proteger el secreto de las piedras, cansados de esconderse en las colinas y ser mirados con miedo. Cansados de ser tan condenadamente diferentes.

Y conforme las edades oscuras iban dando paso a tiempos más luminosos, también los Uchiha parecieron desear librarse de la carga de su pasado.

Su hijo pensaba que él había fracasado, pero Fugaku sabía que eso sólo era una parte de la verdad. En realidad todos habían fracasado.

Por la mañana se sentarían con los antiguos escritos y volverían a buscar. Fugaku no había tenido corazón para decirle a su hijo que ya casi había terminado su búsqueda, y que si había alguna respuesta en aquellos documentos, él carecía de la inteligencia necesaria para llegar a discernirla.

Sus ojos se entornaron y sus pensamientos fueron hacia la jovencita que su hijo se había traído consigo. Cuando la tormenta lo despertó —una tormenta de una furia como pocas veces había oído antes—, Fugaku se apresuró a salir del castillo, rezando para que fuese Sasuke que regresaba.

La niebla había tardado un tiempo en levantarse, y aunque Fugaku lo había llamado, Sasuke no respondió a sus gritos.

Cuando la niebla por fin se hubo disipado, Fugaku había entendido el porqué.

En su opinión, la muchacha podía llegar a revelarse como su mejor esperanza. Porque mientras su hijo la amara —y Sasuke la amaba, aunque él mismo no lo sabía—... Bueno, el mal no amaba. El mal intentaba seducir y poseer y conquistar, pero no sentía nada por el objeto de su deseo. Mientras el amor siguiera vivo dentro de Sasuke, tendrían algo a lo que aferrarse, por pequeño que fuese ese asidero.

Fugaku decidió que su hijo y la muchacha llegarían a conocerse muy bien el uno al otro. Ella iba a saber muchas cosas del joven Sasuke que había recorrido aquellas colinas cubiertas de brezo, cuidando de la tierra y curando a las bestezuelas heridas, el Sasuke amable y cariñoso de corazón indómito y apasionado. Él y Shizune se asegurarían de que así fuera. Los dones de Sasuke siempre se habían inclinado hacia las artes curativas, y ahora él mismo estaba necesitado de un poco de curación.

Si la muchacha no amaba todavía a su hijo —no había tenido suficiente ocasión de sondearla—, Fugaku haría cuanto estuviese en su poder para ganarla para él.

«No busques dentro de ellos», le había advertido amargamente Sasuke, refiriéndose al antiguo mal que llevaba en su interior.

Pero Fugaku había buscado. Fugaku siempre buscaba dentro de las cosas. Y a pesar de las barreras que había erigido su hijo, aislándolo un poco, el mal había respondido a su búsqueda y Fugaku había quedado sencillamente horrorizado por lo que estaba creciendo dentro de Sasuke.