CAPÍTULO 18
—Sé que estoy soñando —anunció Sakura a la mañana siguiente cuando bajó por la escalera que llevaba a la gran sala.
Se acomodó en un asiento, uniéndose a Fugaku, Sasuke y una mujer a la que todavía no había conocido (ejem, con la que todavía no había soñado) en el desayuno.
Tres pares de ojos la miraron con interés y, alentada por la atención que se le prestaba, Sakura siguió hablando.
—Sé que no acabo de utilizar el equivalente de un retrete dentro de un armario en el piso de arriba. —Con paja por papel higiénico, nada menos—. Y sé que en realidad no llevo un vestido de época, y ciertamente no calzo... —bajó la mirada hacía los dedos de sus pies— unas zapatillitas de satén adornadas con cintas. — Irguiéndose en su asiento, cogió una cucharada de mermelada del plato—. Y sé que esta mermelada de fresa no es más que un invento de mi... Puaaaaj... ¿Qué es esto? —preguntó, frunciendo los labios.
—Es confitura de tomates, querida mía —replicó afablemente el hombre que le había sido presentado antes en su sueño como Fugaku, con una sonrisa reprimida.
«No ha colado», pensó Sakura. En un sueño, la persona que soñaba controlaba el sabor que tenían las cosas. Ella había estado pensando en una dulce mermelada de fresas y había obtenido un vegetal muy desagradable y que no tenía nada de dulce. Una prueba más, pensó consternada, como si tuviera necesidad de ella. Recorrió la mesa con la mirada en busca de algo que beber.
Sasuke empujó hacia ella una jarra llena de cremosa leche a través de la mesa. Sakura bebió ávidamente sin dejar de observarlo por encima del borde de la jarra.
Había tenido sueños eróticos acerca de él durante toda la noche. Sueños aterradoramente intensos en los que él la tomaba de todas las maneras en que un hombre puede tomar a una mujer. Sakura había adorado cada minuto de la experiencia, y había despertado sintiéndose tan mimosa como una gatita, hasta el extremo de que casi ronroneaba. Sus negros cabellos estaban recogidos en una larga cola que los apartaba de su rostro cincelado. Llevaba una camisa de lino cuyas cintas sin atar revelaban una pecadora extensión de musculoso pecho dorado. Un hombre grande y hermoso, sexy y aterrador.
Sakura no era estúpida. Sabía que no estaba soñando. Una parte de ella así lo había admitido la noche pasada, o de lo contrario no se habría desmayado. Eso, en cierto extraño modo, ya parecía una prueba por sí mismo: ¿una mente que sueña que se desmaya a causa de la realidad de su propio sueño? ¿Una mente ya inconsciente que se sumerge en la inconsciencia? Sakura sabía que si pasaba demasiado rato reflexionando, podía terminar quedando completamente enredada en sus pensamientos.
Al despertar aquella mañana, se había dedicado a recorrer el piso de arriba. Caminó por los corredores, echó un vistazo dentro de las habitaciones y miró por las ventanas, reuniendo pequeños fragmentos de información. Había tocado, observado, sacudido y, como parte de su examen, incluso roto unas cuantas cositas que estimó que podían ser reemplazadas.
Y en resumidas cuentas, las texturas y olores y sabores eran simplemente demasiado tangibles para que pudieran ser una creación de su mente inconsciente. Además, los sueños siempre se centraban en un escenario limitado; no incluían ningún cortejo periférico de guardias y sirvientes que iban y venían más allá de las ventanas, ocupados en toda una serie de obligaciones que ella nunca llegaría a concebir.
Estaba en el castillo de Maggie Uchiha... pero no era del todo ese castillo. Faltaban adiciones, toda un ala que todavía no había sido construida. Muebles que no habían estado allí el día anterior y otros que faltaban aquel día, eso por no hablar de toda la gente nueva. Por muy imposible de entender que resultase, todo parecía indicar que aquello era el castillo de Maggie casi cinco siglos antes.
—¿No vas a presentarme?
Empujó la jarra de vuelta hacia Sasuke y miró con curiosidad a la mujer, que tendría unos cuarenta y tantos años de edad. No podía ser la madre de Sasuke, pensó, a menos que lo hubiera tenido increíblemente joven, incluso para lo que era habitual en los tiempos medievales. Lucía un vestido de color azul ultramar similar al que llevaba Sakura y su belleza, aunque ya un poco apagada, era de las que nunca llegarían a sucumbir del todo al paso del tiempo. Sus cabellos negros estaban recogidos hacia arriba en un complejo trenzado, con suaves guedejas flotando alrededor de su rostro en un peinado, pensó Sakura, bastante similar al de Sakurasou.
—Es tu sueño, muchacha. Invéntate su nombre —dijo Sasuke, observándola con una expresión burlona.
Él sabía que ella sabía. Maldito fuese aquel hombre.
—Oh, Sasuke —suspiró Sakura, hundiéndose en su asiento—, ¿qué me has hecho? Pensaba que no eras más que un mujeriego rico y excéntrico. Bueno, durante un tiempo también pensé que eras un ladrón —musitó—, y un secuestrador, pero nunca se me ocurrió llegar a pensar que...
—¿Te gustaría ver la biblioteca, muchacha? —le ofreció él con un destello en sus oscuros ojos.
Sakura entornó los suyos.
—¿Piensas que va a ser tan fácil? ¿Enséñale a la chica unos cuantos libros impresionantes y de pronto a ella le parecerá que no pasa nada porque la hayas hecho retroceder en el tiempo?
Lamentablemente, pensó, él quizá no anduviera tan desencaminado, porque lo cierto era que se le había acelerado el pulso nada más oírle decir «biblioteca». Un trillón de preguntas esperaban en la punta de su lengua, pero todavía no conseguía decidirse a hablar de la realidad como si fuese real.
—De acuerdo, entonces. Vayamos a las piedras. Te enviaré de regreso en este mismo instante.
Se levantó de su asiento y Sakura tuvo la primera ocasión de verlo de cintura para abajo. Unos apretados calzones de cuero ceñían sus poderosas caderas y sus robustos muslos. Madre de Dios. Sakura sintió que se le quedaba la boca seca, porque dentro de aquellos calzones había un bulto que era completamente imposible de soslayar.
—Espera un... —comenzó a decir Fugaku, pero la mirada de advertencia que le dirigió Sasuke hizo que se callara.
—Sabes que no estás soñando —dijo Sasuke con voz átona.
Sakura se obligó a apartar la mirada de la parte inferior de su cuerpo y frunció los labios.
—Entonces ven. Te enviaré de vuelta —dijo Sasuke con un ademán lleno de impaciencia.
Sakura siguió sentada. No iba a ir a ninguna parte.
—¿Estás diciendo que podrías enviarme de regreso en cualquier momento?
—Sí, muchacha. Esto no es más que un poco de física con la que tu siglo todavía no ha llegado a tropezarse. —Su tono no podía ser más indiferente, como si estuviesen hablando de algo que no tenía mayor importancia que la propia de cualquier nuevo producto de la tecnología del siglo XXI—. Aunque por lo que leí mientras estaba en tu tiempo —continuó—, apostaría a que no tardarán mucho en descubrirlo. —Cuando vio que ella guardaba silencio, le dijo—: Sakura, ya hace mucho tiempo que los druidas saben más que nadie sobre la arqueoastronomía y las matemáticas sagradas. ¿Realmente creías que la tuya era la civilización más avanzada que ha existido jamás? ¿Que no había habido ninguna antes? Piensa en los romanos y en las edades oscuras que vinieron después. ¿Piensas que Roma es la primera gran civilización que ha alcanzado grandes cimas para luego caer desde lo alto? El conocimiento ha sido repetidamente ganado y perdido, para luego ser vuelto a ganar un día. Los druidas meramente consiguieron conservar su sabiduría durante los tiempos oscuros.
«Una posibilidad verosímil —concedió ella en silencio—, por mucho que la mente se niegue a aceptarla.» Ciertamente explicaba el propósito de todos aquellos misteriosos monumentos de piedra que todavía tenían perplejo al hombre moderno, muchos de ellos construidos en una fecha tan temprana como el año 3500 antes de Cristo. Los historiadores ni siquiera conseguían ponerse de acuerdo acerca de cómo habían sido edificados los antiguos monumentos.
¿Era concebible que miles de años antes hubiera vivido una raza o tribu que logró alcanzar una comprensión avanzada de la física, necesaria tanto para construir aquellos «artilugios» como para utilizarlos?
Sí, reconoció Sakura sintiéndose bastante impresionada. Era concebible.
Había dicho «druidas», en el mismo tono que había empleado cuando dijo que él era un druida. Así que, pensó Sakura con ironía, realmente el muy tramposo le había dicho la verdad allá en su ático de Manhattan. Sólo que ella no lo había creído.
Sakura había estudiado a los druidas como parte de su trabajo de curso en el programa académico para obtener el máster. Se había abierto paso a través de los escasos hechos y las mucho más extrañas ficciones. ¿Qué era aquello que había escrito César en el siglo I de la era cristiana durante la guerra de las Galias? «Los druidas poseen un gran conocimiento de las estrellas y su movimiento, del tamaño del mundo y de la Tierra, de la filosofía natural, y de los poderes y esferas de acción de los dioses inmortales.» Eso lo había dicho nada menos que César, y Sakura no era quién para llevarle la contraria.
Plinio, Tácito, Luciano y muchos otros escritores clásicos también habían escrito sobre los druidas. Los romanos habían perseguido a los druidas durante siglos (mientras sus emperadores hacían uso en privado de los servicios de sus profetisas), obligándolos a esconderse. El cristianismo había hecho que se vieran todavía más forzados a adaptarse o desaparecer. ¿Habría obrado de esa manera porque los cristianos temían el poder que poseían los druidas?
¿Eran los druidas quizá como los templarios? ¿Habrían tenido que esconderse a lo largo de los siglos, protegiendo fabulosos secretos?
Sakura sintió que volvía a darle vueltas la cabeza, aturdida por la posibilidad de que todos aquellos mitos y leyendas minuciosamente recogidos en Irlanda hacía miles de años fueran ciertos. Cuando la verdad era tan fantástica, ¿por qué molestarse en ocultarla? ¿Quién podría creerla jamás? Nadie, aparte de una chica que se había visto repentinamente metida de cabeza en ella.
Una chica que había estado de pie en un antiguo círculo de piedras y sentido cómo una puerta, o acceso o lo que quiera que fuese aquello, se abría súbitamente a su alrededor.
—Ven, muchacha —dijo Sasuke, interrumpiendo el curso de sus pensamientos—. Te devolveré a tu tiempo y podrás olvidarlo todo acerca de mí. Puedes quedarte con tus piezas antiguas. Te libero de tus obligaciones. Vete a tu casa en Nueva York. Búscate la vida, y espero que lo pases bien —añadió fríamente.
—¡Oh! —exclamó Sakura, poniéndose de pie—. Eres tan frío... Y no cabe duda de que has conseguido cogerle el truco a tu porción de coloquialismos modernos, ¿verdad? ¡Al diablo con eso de que me busque la vida! Supongo que ya te habrás dado cuenta de que ahora estoy metida en esto hasta las cejas. ¿De verdad piensas que si realmente estoy en la Escocia del siglo dieciséis voy a permitir que me mandes lejos de aquí?
La sonrisa de él fue aterradoramente depredadora, carnal y posesiva.
—¿De verdad piensas que te he traído hasta tan lejos para dejarte marchar, mi pequeña Sakura?
Sakura sintió una súbita necesidad de abanicarse. Él la conocía, comprendió. Había llegado a averiguar algunas cosas acerca de cómo funcionaba su mente. Si, cuando bajó a desayunar haciendo ver que todo aquello era un sueño, él le hubiera seguido la corriente, ella podría haber vuelto al piso de arriba y tratado de convencerse de que si volvía a dormirse todo estaría bien.
En lugar de ello, había amenazado con enviarla de regreso a su tiempo porque sabía que ella era tremendamente tozuda y haría todo lo que pudiese para permanecer allí.
—¿Realmente estoy en el siglo dieciséis?
Tres personas dijeron «sí» con una tranquila certeza.
—¿Y no me he vuelto loca?
Tres firmes negativas.
—¿Y realmente podrías enviarme de vuelta así de fácil? ¿En el momento en que yo quiera?
—Sí, muchacha. Eso es fácil. Aunque me esforzaría por convencerte de que no volvieras.
Ella también había llegado a conocerlo un poco, y ahora tenía una cierta idea de cómo actuaba. Y por la engañosa dulzura de su voz y la expresión que había en su cara, supo que si trataba de irse no intentaría razonar con ella, sino que volvería a atarla a la cama. Lo miró fijamente. Él permanecía inmóvil. Implacable. Las manos apretadas en dos tensos puños sobre sus costados.
Sasuke sentía algo por ella. Sakura no tenía ni idea de qué parte de ese sentimiento sólo era aquella devastadora atracción que existía entre ellos, pero era un comienzo. Y obviamente tenía muy buena opinión de ella, si pensaba que era capaz de llegar a asimilar aquello. Sintió un poco de orgullo. No, no iba a ir a ninguna parte. Sin embargo, él le debía unas cuantas explicaciones realmente serias.
«Oh, por el amor del cielo —pensó con una burlona exasperación—. Esto ciertamente explica muchas cosas. No es de extrañar que haya sido incapaz de mantener mis manos alejadas de ese demonio de hombre desde el día en que lo conocí. ¡Sasuke Uchiha es una buena pieza! ¡Y céltica, además!»
—Bueno, muchacha, siempre se puede pensar en mí de esa manera —ronroneó Sasuke, con un destello de satisfacción en sus oscuros ojos.
—¡Decidme que no acabo de decir eso en voz alta! —Sakura estaba horrorizada.
Fugaku se aclaró la garganta.
—Lo hiciste. Sasuke es una pieza.
Sakura gimió, deseando poder hundirse en el suelo y ser tragada por él.
—Yo soy Shizune, por cierto, la esposa de Fugaku —dijo la hermosa cuarentona—. La segunda madre de Sasuke. ¿Te apetecen unas cuantas lonchas de tocino con arenques, muchacha?
Sakura decidió que segunda madre debía de ser el equivalente medieval de segunda esposa.
—Encantada de, ejem, conocerte. Y sí, me apetecerían —balbuceó mientras se encogía sobre su asiento.
Sólo entonces volvió a ocupar Sasuke el suyo. La miraba intensamente, con los ojos llenos de sensuales promesas. Sakura se estremeció. La expresión de él no podía haber dicho con más claridad que Sakura Haruno ya había conservado su virginidad el tiempo suficiente.
—Estás muy guapa esta mañana, muchacha —dijo él en un tono tan suave como la seda mientras le pasaba primero una fuente llena de patatas y huevos, y luego otra que contenía arenques y gruesas lonchas de tocino—. Me gusta verte llevando un vestido.
Sus ojos le dijeron que sabía que no había encontrado nada que poner debajo de él cuando se vistió, dando a entender que era él quien escogió el vestido y lo llevó a su habitación mientras ella dormía.
Su conciencia erótica de aquel hombre —un once en una escala de uno a diez— subió hasta el veinte. Sakura hizo una profunda inspiración, consiguió decir «gracias» y dirigió su atención hacia algo tangible a lo que hacer frente: la comida.
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Daore Dōtonbori volvió a dejar el auricular en su sitio con expresión sombría.
Oyashiro no había telefoneado en catorce horas. Daore llevaba desde muy temprano tratando de hablar con él por su móvil, sin ningún éxito. Y eso sólo podía significar una cosa.
Daore frunció el ceño y mandó una silla al otro extremo de la habitación de una patada. A Oyashiro más le valía estar muerto, pensó.
Fue hacia la puerta de su despacho y cerró con llave. Antes de bajar las persianas, miró la calle mojada por la lluvia. Con la excepción de un gato callejero que estaba extrayendo ruidosamente un poco de basura de un contenedor cercano, el área se hallaba desierta, con las farolas de la calle zumbando suavemente mientras se encendían. Siempre que iba al Edificio Belthew de Morgan Street, con su aspecto casi ruinoso en una zona bastante miserable de la periferia londinense, Daore se sentía más en casa que en la elegante mansión de piedra rojiza donde hacía veinte años que su esposa había dejado de esperarlo para la cena.
El terreno sobre el que se alzaba el Edificio Belthew llevaba siglos perteneciendo a la secta druida de los draghar. Construido sobre antiguas criptas laberínticas, había servido como cuartel general de la secta durante casi un milenio, en distintas encarnaciones. En tiempos una botica, luego una librería especializada en libros raros, luego una carnicería, en una ocasión incluso un burdel, ahora alojaba una pequeña imprenta que pasaba casi completamente inadvertida, y no había ningún rastro de documentos escritos que la relacionara con la poderosa Triton Corporation.
Sus miembros formaban parte de la élite, bien situados en la sociedad, muchos de ellos en el gobierno, todavía más en los niveles directivos de grandes empresas. Eran hombres ricos, cultos y de linaje impecable.
Y se pondrían furiosos en cuanto supieran que él había perdido el contacto con Oyashiro. Aunque Daore era el gran maestre de la orden, sin embargo se lo podía obligar a responder de sus actos. En aquel momento tan delicado, eso significaba que cargaba con una gran responsabilidad. Sus seguidores no habían invertido tanto dinero y tiempo en la secta para conformarse con algo menos que la promesa del poder absoluto. Todos poseían un cierto grado de crueldad que entraría en acción si pensaban que él era incapaz de controlar a sus esbirros.
Daore apagó las luces y caminó por su despacho a oscuras dejándose guiar por la memoria. Quitó un cuadro montado encima de uno de los muchos paneles de madera incrustados en la pared y tecleó una secuencia de números. Después volvió a poner el cuadro en su sitio y, cuando se alzaron los paneles que había detrás de su escritorio, abrió una segunda puerta y fue por un estrecho pasillo.
Varios minutos y varias complicadas claves de acceso después, Daore entró en un pasaje que descendía describiendo una pronunciada pendiente al final de la cual se encontraba un empinado tramo de gastados escalones de piedra. Cuando llegó al final de la escalera, Daore giró y bajó por el siguiente tramo de escalones, luego por un tercero, y después avanzó rápidamente por un laberinto de túneles húmedos y tenuemente iluminados.
Tenía que enviar a alguien a Inverness para descubrir si Oyashiro había sido capturado con vida. Y en ese caso, para que hicieran limpieza. Eso requeriría a los hombres más leales y comprometidos con la causa de que disponía. Hombres que nunca se dejarían coger con vida. Hombres que morirían por él sin ninguna vacilación. Los mejores hombres con que contaba.
Sus hijos estaban donde se los podía encontrar casi siempre, en el corazón electrónico de sus instalaciones, muy ocupados en el seguimiento de innumerables facetas de su negocio.
Y estaban, como siempre, dispuestos a servirle.
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Después del desayuno, Sasuke pidió a Shizune que se llevara consigo a Sakura y le encontrase una capa ligera apropiada para montar. Sakura, su mirada inquisitiva desplazándose rápidamente en todas direcciones, se dejó conducir fuera de la gran sala.
Después de que las mujeres se hubieron ido, Fugaku arqueó una ceja inquiridora.
—¿Quieres que empecemos con los textos, muchacho?
Sasuke sacudió la cabeza.
—Necesito este día. Necesito mostrarle a Sakura mi mundo, padre. Cómo era. Cómo era yo. Aunque sólo sea por un día.
Eso no era del todo cierto. La verdad era que la noche había sido infernal y la mañana no mostraba ninguna señal de que fuera a ser mejor. Sasuke tenía los nervios tan tensos como la cuerda de un arco cuando está a punto de ser disparado, y no había podido dormir. Pasó el tiempo hasta el amanecer fantaseando acerca de Sakura y todas las maneras en que la seduciría, y luego a duras penas había conseguido mantener su fachada de calma durante el desayuno. Y cuando Sakura admitió la batalla que había tenido que librar para no tocarlo, Sasuke tuvo que recurrir a todas sus reservas de voluntad para no echársela al hombro y llevársela a la cama.
Se había estudiado en un pequeño espejo aquella mañana, mientras se afeitaba con una mano que temblaba más de lo que era prudente cuando un hombre tenía una hoja abierta apoyada en su propio cuello. Había visto ojos de un castaño más oscuro, muy oscuros. Llevaba casi dos semanas sin una mujer. Demasiado tiempo. Sí, no cabía duda de que era demasiado.
¿Cuánto tiempo tendría que transcurrir, se preguntó casi ociosamente, para que sus ojos llegaran a volverse negros del todo?
¿Otro día, tal vez dos? ¿Y qué sucedería entonces?, pensó, una parte de él llena de miedo, otra muy consciente de que no estaba todo lo asustado que hubiese debido estar.
Las voces del día anterior en las piedras lo habían cogido por sorpresa. Era la primera vez que había oído hablar a los seres presentes dentro de él, la primera vez que los había percibido como entidades individuales. Y aunque notarlos de un modo tan intenso había sido horripilante, porque le había hecho sentir como si se hubiera atragantado con algo muerto atrapado en su garganta que no conseguía escupir, también había sido... intrigante.
Una parte de él sentía curiosidad y quería llegar a conocer su lengua y oír lo que pudieran decir. ¡Tenía a trece seres muy antiguos dentro de él! ¿Qué podían llegar a contarle acerca de la historia antigua? ¿De los Tuatha de Danaan, y de cómo había sido el mundo hacía cuatro mil años? ¿De cómo era tener tantísimo poder en tus manos...?
«Cualquier invitación a mantener un diálogo con ellos sería tu primer paso a través de las puertas del infierno», susurró su honor.
Sí, eso él ya lo sabía.
«¡No puedes confiar en nada de lo que te digan!» Aun así...
«Con esto no hay "aun así" que valga —se enfureció su honor—. Me da igual a quién te folles hoy, ¿de acuerdo? Tú limítate a follar.»
Eso lo irritó un poco.
Sería Sakura. Si acudía a otra mujer —aunque sólo fuese por deferencia hacia Sakura, para así ahorrarle su brutal necesidad— y luego ella llegaba a enterarse, ya nunca querría ser suya. Entonces las cosas podían ponerse muy mal, muy deprisa. Sasuke temía que si iba en su busca y Sakura lo rechazaba, pudiera llegar a forzarla. No quería hacerle eso a Sakura. No quería hacerle daño a Sakura.
La antítesis de su honor se mofó de él: «¿Y qué? Si algo de lo que haces no le gusta, utiliza la Voz del Poder con ella. Dile que olvide lo que no le guste. Dile que te adora, que eres como un dios para ella. Bastará con que tú le digas que te ama para hacer que ella te ame. Es tan fácil... El mundo puede ser lo que tú quieras que sea...».
—¡Sasuke! —gritó Fugaku al tiempo que dejaba caer los puños sobre la mesa delante de él.
Sasuke dio un respingo y miró a su padre.
—¿Dónde estabas? —exclamó Fugaku, asustado y furioso a la vez.
—Aquí mismo —dijo Sasuke, sacudiendo la cabeza.
Un rumor, un suave susurro se agitó dentro de él. Voces muy tenues murmuraron.
—He gritado tu nombre tres veces, y ni siquiera has movido una pestaña —dijo Fugaku—. ¿Qué estabas haciendo?
—Yo... sólo pensaba.
Fugaku lo contempló en silencio durante un instante cargado de tensión.
—La expresión que había en tu rostro no podía ser más extraña, hijo —dijo finalmente.
Sasuke no quería saber a qué clase de expresión se refería.
—Me encuentro bien, padre —dijo, levantándose de la mesa—. No sé cuánto tardaremos en volver. No nos esperéis a comer.
La penetrante mirada de Fugaku lo siguió mientras se iba.
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Shizune puso dos tazones llenos de cacao (uno especialmente complementado con hierbas para un hombre muy distraído que solía olvidarse demasiado a menudo de comer) encima de una bandeja y fue en busca de su esposo.
Su esposo. Las palabras nunca dejaban de hacer aparecer una sonrisa en sus labios. Cuando Fugaku la encontró yaciendo en el camino hacía casi quince años, al borde de la muerte, primero la llevó al castillo Uchiha y luego permaneció sentado junto a la cabecera de su cama, exigiéndole que luchara por su vida en un momento en el que no había nada que ella deseara más que morir.
Antes de que Fugaku la encontrara, Shizune había sido la amante de un laird casado al que amaba con un amor tan profundo como poco sensato a causa del que incurrió en la ira y los celos de su esposa estéril. Mientras el laird vivió siempre estuvo allí para protegerla, pero cuando murió en un accidente de caza su esposa le robó los bebés a Shizune, la echó de la casa e hizo que le dieran una paliza y la dejaran por muerta.
Una vez recuperada, durante los doce años siguientes Shizune había sido el ama de llaves de Fugaku, cuidando de él y sustituyendo a la madre que habían perdido sus jóvenes hijos. Pese a su firme resolución de no volver a tener una relación con un laird —casado o no—, Shizune se había enamorado de aquel hombre excéntrico, brillante y cariñoso. A decir verdad, el día en que abrió sus ojos manchados de barro y sangre seca para encontrárselo inclinado sobre ella allá en el camino, algo inexplicable volvió a avivarse en su interior. Shizune se había contentado con amarlo desde lejos, ocultando su amor detrás de palabras malhumoradas y cáusticos modales. Entonces, hacía tres años y medio, los acontecimientos con Sakurasou e Izuna se encargaron de unirlos al dar cuerpo a una pasión que, Shizune descubrió con inmenso júbilo, Fugaku había estado ocultando también, y a partir de entonces la vida había sido más dulce que cuanto ella hubiera conocido jamás. Aunque nada podía reemplazar a los pequeños que había perdido hacía tanto tiempo, el destino la había bendecido a su ya avanzada edad con una segunda oportunidad, y en aquellos momentos sus gemelos dormían en el cuarto de los niños bajo la atenta mirada de su aya, Maeve.
Shizune amaba a Fugaku más que a su propia vida, aunque rara vez dejaba que él lo supiera. Había algo que todavía le dolía, una cosa con la que nunca conseguiría llegar a hacer las paces. Fugaku no había dado a su primera esposa los votos que ataban a los druidas cuando escogían a su pareja. Eso había llenado de esperanza a Shizune cuando Fugaku le pidió que se casara con él, pero en tres largos años y medio de matrimonio, tampoco se los había ofrecido a ella. Y mientras siguiera habiendo esa distancia entre ellos, Shizune nunca sería capaz de sentirse completamente dueña de su corazón. Siempre se preguntaría por qué, siempre se preguntaría cómo era que él no la amaba lo suficiente. Detestaba saber que amaba a su hombre más profundamente de lo que él la amaba a ella.
Tal como Shizune esperaba, Fugaku estaba en su biblioteca de la torre, a ciento tres escalones por encima del castillo propiamente dicho.
También estaba, tal como esperaba, visiblemente abatido.
—Te he traído cacao —anunció mientras ponía la bandeja encima de una mesita.
Él alzó la mirada y le sonrió, aunque lo hizo de la manera más distraída posible.
Cosa rara, no había ningún libro en su regazo. Tampoco estaba sentado a su mesa, escribiendo sin parar. No, Fugaku se hallaba sentado junto a la ventana abierta mirando hacia el exterior con ojos que no veían nada.
—Es por Sasuke, ¿verdad? —Shizune acercó un asiento al suyo y bebió un sorbo de su cacao. Fugaku tenía debilidad desde hacía mucho tiempo por la costosa bebida de chocolate, y Shizune también se había aficionado a ella durante su embarazo—. ¿Por qué no me lo cuentas todo, Fugaku? —lo animó cariñosamente.
Sabía lo que estaba pensando, porque ella no paraba de preocuparse dándoles vueltas a las mismas cosas. Con su corazón apasionado y sus penas privadas, Sasuke siempre había sido su favorito entre los dos hermanos. Mientras lo contemplaba crecer y veía cómo el mundo lo endurecía, Shizune había rezado pidiendo que algún día pudiera llegar una muchacha especial para él, tal como lo había hecho Sakurasou para Izuna. (¡Sakurasou, que sí había recibido los condenados votos de unión de su esposo!).
Los ojos castaños oscuros de Fugaku se aclararon y pasó una mano por su nívea melena.
—Ay, Shizune, ¿qué voy a hacer? Lo que sentí en él hace seis lunas, antes de que se fuera, no era nada comparado con lo que siento ahora.
—¿Y no hay nada en los tomos que has estado examinando que cuente cómo volver a aprisionarlos?
Fugaku sacudió la cabeza y exhaló un suspiro lleno de consternación.
—Absolutamente nada.
—¿Has inspeccionado todos los tomos? —insistió ella.
Desde el día en que Sasuke se fue del castillo, Fugaku había sido un hombre dominado por una obsesión. Trabajaba incesantemente en sus estudios desde el alba hasta el crepúsculo, determinado a encontrar algo que pudiera comunicar a Izuna acerca del lugar al que ambos sospechaban que había ido Sasuke.
Fugaku replicó que ya había inspeccionado minuciosamente tanto la biblioteca de la torre como el estudio de abajo.
—¿Has mirado en la cámara de la biblioteca? —preguntó Shizune, frunciendo el ceño.
—Ya te he dicho que he revisado el estudio.
—No he dicho el estudio. He dicho la cámara de la biblioteca.
—¿Se puede saber de qué estás hablando, Shizune?
—De la biblioteca que hay debajo del estudio.
Fugaku se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué biblioteca debajo del estudio?
—La que hay detrás del hogar —dijo ella con impaciencia.
—¿Qué biblioteca detrás del hogar? —preguntó Fugaku.
Shizune abrió mucho los ojos.
—Ay, Fugaku, por el amor del cielo. ¿Es que no sabías de su existencia?
Fugaku le cogió la mano y un oscuro destello relució en sus ojos castaños.
—Enséñamela.
