CAPÍTULO 19

Sakura se agarraba a las crines del corcel mientras galopaban a través de campos cubiertos de brezo en dirección a un frondoso bosque.

Cuando ella y Sasuke habían salido a caballo del castillo hacía media hora, Sakura había visto más evidencias de que realmente se hallaba en el pasado. Un muro circular que no había estado allí el día anterior, patrullado por guardias, circundaba el perímetro de la propiedad. Vestidos con auténtica armadura y atuendo medieval, los guardias empuñaban armas que habían hecho que los dedos de Sakura se curvaran ávidamente en cuanto las vio. Apenas había podido resistir la tentación de arrancárselas de las manos y guardarlas bajo llave en algún lugar donde estuvieran a buen recaudo.

Mientras salían por las puertas, Sakura había mirado hacia abajo dentro del valle, llena de curiosidad y sin esperar ver la ciudad de Alborath. Descubrir el vasto valle, que veinticuatro horas antes había estado lleno de miles de hogares y comercios, actualmente ocupado por gordas ovejas que pacían tranquilamente, la había dejado completamente perpleja.

«Afróntalo de una vez, Haruno. Sea cual sea el modo en que lo ha hecho (física, druidismo, arqueoastronomía), el caso es que te ha llevado al pasado.»

Lo que significaba que el hombre sentado a la grupa del caballo detrás de ella, que no había dicho una palabra desde que salieron del castillo y que ahora los guiaba en un vertiginoso galope a campo traviesa, era poseedor de conocimientos que le permitían mandar sobre el tiempo.

Eso no era exactamente lo que había esperado Sakura el día en que estuvo en su ático fantaseando acerca de la clase de hombre que podía ser Sasuke Uchiha. No, ni una sola vez se le había ocurrido pensar «druida capaz de viajar por el tiempo». Aquello estaba haciendo que reevaluara todo su concepto de la historia, y ahora veía lo poco que sabían realmente los historiadores. Se sentía como si se hubiera precipitado dentro de uno de los guiones televisivos de Joss Whedon, para caer a un mundo en el que nada era lo que parecía. Donde las chicas descubrían que eran unas cazavampiros y se enamoraban de hombres que no tenían alma. Sakura, que era adicta a Buffy hasta la médula, se preguntó a quién se parecería más Sasuke, si a Spike o a Angel.

La respuesta llegó con una rápida certeza. Había algo en él mucho más propio de Spike que de Angel, una torturada dualidad, una oscuridad subyacente a la que no podía resistirse.

La mano de Sasuke le sujetaba la cintura con una firmeza casi dolorosa, su cuerpo rígido detrás del de ella. Por sí sola su corpulencia ya bastaba para impresionar, y estar atrapada entre sus poderosos muslos mientras su mano la mantenía apretada contra su ancho pecho la hacía sentirse delicada y abrumada al mismo tiempo. Sasuke parecía diferente en su propio siglo, y Sakura se preguntó cómo podía haber pasado nunca por un hombre del siglo XXI. Todo él era guerrero e imperioso dominio. Por sus venas corría la sangre de la realeza céltica, caliente y apasionada. Sasuke era lo bastante hombre para blandir las enormes espadas que adornaban las paredes en Los Claustros; para sobrevivir, e incluso prosperar, en una tierra tan salvaje e indómita.

Sakura apenas se había percatado de su silencio cuando iniciaron la galopada, demasiado fascinada por el paisaje, pero ahora lo sentía como un viento frío que soplaba detrás de ella y hacía que se le pusiera la piel de gallina.

—¿Por qué nos detenemos aquí? —preguntó nerviosamente cuando él puso el caballo al trote cerca de un bosquecillo de serbales.

La réplica de él consistió en una suave carcajada mientras cambiaba de postura en la silla de montar de tal manera que la gruesa dureza de su virilidad se restregó por un instante contra el trasero de Sakura. A pesar de lo nerviosa que la estaba poniendo, el deseo se adueñó de todo su ser con una súbita intensidad que casi la mareó. Había preguntas, trillones de preguntas que debería hacer, y de pronto no podía recordar ni una sola de ellas. La mente se le había quedado en blanco cuando él se restregó contra ella.

Sasuke detuvo el corcel tirando de las riendas, saltó al suelo y la bajó de la grupa. Sakura perdió el equilibrio y cayó en sus brazos, y él le aplastó la boca con un beso salvaje y abrasador.

Después la apartó de un empujón, y ella se quedó jadeando y tambaleante. Sakura se estabilizó y lo contempló con los ojos muy abiertos mientras él cogía un plaid que había estado doblado debajo de la silla. Sin decir palabra, Sasuke lo arrojó al suelo y lo extendió con la puntera de su bota. Después alejó al corcel con una ligera palmada en la grupa.

—Pensaba que le habías dicho a Fugaku que me llevabas a ver una aldea medieval. ¿Qué estás haciendo, Sasuke? —consiguió preguntar.

Sabía muy bien lo que estaba haciendo. Prácticamente podía olerlo en él: sexo y lujuria y una implacable determinación.

Aunque estaba preparada para él, Sakura retrocedió unos cuantos pasos. No pudo evitar hacerlo. Luego retrocedió unos cuantos más. Diminutas inspiraciones chocaron entre sí y se atascaron en su garganta. Aquel peligro que tantas veces había percibido en él anteriormente se había incrementado de pronto hasta alcanzar una terrible intensidad.

La mirada de Sasuke se burlaba de ella. Un extraño destello de impaciencia y mal genio cruzó velozmente por sus ojos.

—Anoche tuviste la mano cerrada alrededor de mi polla, Sakura, ¿y quieres saber lo que estoy haciendo? ¿Qué piensas que estoy haciendo? —ronroneó con una forma de enseñar los dientes que sólo una estúpida habría calificado de sonrisa.

Luego fue hacia Sakura con las ventanas de la nariz dilatadas y describió un lento círculo alrededor de ella. Tras quitarse la cinta de cuero de los cabellos, pasó las manos por su trenza y la liberó. Los cabellos fluyeron alrededor de su cuerpo en oleadas de medianoche. «La bestia anda suelta», pensó Sakura mientras se sentía recorrida por una súbita descarga de excitación que pareció derretirle los huesos. Giró lentamente para mantenerse de cara hacia él. Estaba demasiado nerviosa para permitir que se le colocara a la espalda.

Sasuke puso la mano encima de su camisa debajo del cuello y, cerrándola en un apretado puño, se la sacó de un brusco tirón y la arrojó al suelo.

El aire abandonó los pulmones de Sakura en una gran exhalación. Vestido únicamente con los calzones de cuero negro y los cabellos cayendo alrededor de su salvaje rostro, Sasuke era impresionantemente hermoso. Cuando se inclinó y se despojó de las botas, los músculos ondularon en su poderosa espalda y sus anchos hombros, recordándole a Sakura que él tenía dos veces su tamaño, que sus brazos eran bandas de acero y su cuerpo una máquina meticulosamente adiestrada.

«Algo en él es distinto...»

Tuvieron que transcurrir unos instantes para que Sakura entendiese de qué se trataba. Ahora estaba viendo por primera vez a Sasuke sin su eterna reserva y su gélido control. Sus gestos ya no eran ejecutados con una delicada fluidez. De pie ante ella, con las piernas separadas, Sasuke era pura agresión masculina, insolente y desencadenada.

Sakura se sorprendió al darse cuenta de que había empezado a respirar con rápidos jadeos entrecortados. Aquel hombretón agresivo y tan duro como una roca que se desnudaba ante ella iba a hacerle el amor.

Sasuke describió dos silenciosos círculos más alrededor de Sakura —oh, sí, había un descarado contoneo masculino en sus andares—, y luego fue hacia ella mientras su mano empezaba a desatar las cintas de sus calzones. La contemplaba con una diversión entre burlona y posesiva como si percibiera que ella estaba a punto de salir corriendo, supiera que podía correr más deprisa que ella, y más bien esperase que lo intentara.

Mientras su enorme mano terminaba de desatar las cintas, la mirada de Sakura fue atraída hacia ese punto y bajó por su estómago ondulante hasta llegar a aquel bulto en sus pantalones que era... considerablemente grande. Y que pronto estaría dentro de ella.

—Q-quizá deberíamos ir lo más despacio posible —tartamudeó—. Sasuke, me parece que...

—Calla —dijo él en un tono muy seco mientras se libraba de sus calzones.

Sakura cerró la boca y lo miró. El espectáculo de Sasuke, con sus pantalones de cuero a medio quitar, las piernas separadas y la musculosa firmeza de su cuerpo reluciendo bajo el sol con destellos dorados mientras su gruesa erección empujaba ávidamente hacia arriba, quedaría grabado para siempre en su memoria hasta el fin de los tiempos. No podía respirar, ni siquiera podía tragar saliva. También tenía muy claro que no iba a parpadear y perderse ni un solo instante de aquello. Casi dos metros de hombre palpitante en estado puro se hallaban de pie ante ella, recorriéndola con su mirada abrasadora como si estuviera pensando qué parte de su cuerpo iba a saborear primero. Sakura miró, sin decir nada, mientras sentía cómo el corazón le retumbaba dentro del pecho.

—Ya sabes que no soy un hombre bueno —dijo él, encubriendo con la engañosa dulzura de su voz el acero que había debajo de ella—. No te he dado excusas. No te he contado hermosas mentiras. Viniste conmigo de todos modos. No finjas que no sabes lo que quiero y no se te ocurra pensar en negármelo. Ya has intentado echarte atrás en dos ocasiones. Conmigo no hay vuelta atrás, mi pequeña Sakura. —El silabeo con el que pronunció las últimas palabras hizo que sus dientes quedaran al descubierto—. Sabes lo que quiero, y tú también lo quieres. Lo quieres exactamente de la manera en que me dispongo a dártelo.

A Sakura casi se le doblaron las rodillas. Una oleada de expectación estremeció su cuerpo. Él tenía razón. Sobre todos los puntos.

Sasuke fue hacia ella.

—Deprisa, con fuerza, profundamente. Cuando haya terminado, sabrás que eres mía. Y entonces ya nunca volverás a pensar en decirme que no.

Otro paso depredatorio hacia ella.

Sakura se dejó llevar por el instinto, sin ni siquiera pensar en ello: sus pies la hicieron volverse en redondo y echó a correr.

Como si pudiera dejar atrás a Sasuke. Como si pudiera dejar atrás aquello a lo que había estado intentando dejar atrás desde que lo conoció, la incontenible y aterradora necesidad del deseo que sentía por él. Como si quisiera hacerlo. Deseaba a Sasuke más de lo que era prudente, más de lo que era racional, más de lo que era controlable. Aun así, corrió en una última resistencia simbólica, y —una parte de ella lo sabía— corrió porque quería que él la persiguiese. Llena de excitación por el hecho de saber que Sasuke Uchiha corría tras ella y cuando la alcanzara iba a enseñarle todas aquellas cosas que habían estado prometiendo sus ojos. Todas aquellas cosas que ella tan desesperadamente anhelaba conocer. Sakura corrió a través de la hierba alta y espesa y él la dejó correr durante un tiempo, como si él también disfrutara de la persecución. Luego lo tuvo encima, arrastrándola hacia el suelo boca abajo. Riendo mientras la hacía caer.

La risa de Sasuke se convirtió en un áspero gruñido mientras estiraba su enorme y duro cuerpo encima del de ella, su erección como una barra de hierro que empujaba el trasero de Sakura a través de la tela de su vestido. Sakura se debatió, aterrorizada al sentir lo grande que era él, mas Sasuke no le dio cuartel y la rodeó con los brazos, atrapando los de ella contra los costados. Se restregó hacia arriba y hacia abajo entre la hendidura de su trasero, gruñendo en una lengua que ella no podía entender.

Ciñéndole firmemente los brazos con uno de los suyos, Sasuke deslizó una mano entre su cuerpo y el suelo y la cerró sobre la uve de sus muslos. Sakura gritó ante aquel contacto de intimidad tan absoluta. Cada nervio de su cuerpo despertó brutalmente a un intenso y ávido vacío. Los músculos se tensaron rígidamente sobre la nada dentro de ella, impacientes por ser llenados y apaciguados. El extraño mal genio de Sasuke y su falta de miramientos alimentaban un deseo que Sakura ignoraba que tuviera dentro de ella. Ser tomada, consumida por el hombre. Deprisa, salvajemente y sin palabras. Tan animal como ella había sabido que era el día en que lo conoció.

En ese momento Sakura comprendió que le gustaba el peligro que había en él. Avivaba una parte temeraria de ella misma que llevaba mucho tiempo negando, de la que siempre había tenido un poco de miedo. La parte de ella que a veces soñaba que estaba en Los Claustros durante la noche y los sistemas de alarma fallaban, dejando desprotegidas todas aquellas magníficas antigüedades.

El peso del cuerpo de Sasuke encima del suyo era tan grande que apenas podía respirar. Cuando sus labios le rozaron la nuca, Sakura gimoteó. Cuando los dientes de él se cerraron sobre su piel en un pequeño mordisco amoroso, Sakura prácticamente gritó. Estaba vertiginosamente excitada, lo necesitaba y se sentía llena de un abrasador y doloroso anhelo. Entonces la gran mano de él se posó sobre su rostro y un dedo se deslizó entre sus labios, y Sakura lo chupó, queriendo tomarlo y saborear cualquier parte de Sasuke a la que pudiera llegar.

Con la otra mano él le subió las faldas del vestido y sus dedos implacables exploraron los suaves pliegues que acababa de poner al descubierto, esparciendo la humedad a lo largo de ellos con cada deslizamiento. Mientras la dura masculinidad de su miembro se hincaba en el trasero de Sakura, Sasuke metió un dedo dentro de ella y lo introdujo profundamente. Sakura chilló y le empujó la mano con la cara. Sí, oh, sí..., ¡eso era lo que necesitaba! Pequeños sonidos entrecortados escaparon de los labios de Sakura mientras él deslizaba diestramente hacia dentro un segundo dedo hasta hacerlo llegar a su barrera virginal. Delicada, pero implacablemente, Sasuke se abrió paso a través de ella mientras cubría su cuello y sus hombros desnudos con abrasadores besos de boca abierta entre los que intercalaba minúsculos mordiscos. El dolor fue fugaz, apenas un pequeño desgarramiento que enseguida quedó sobrepasado por el placer de los dedos de Sasuke moviéndose dentro de ella y la sensación de su cálida boca sobre su piel, su poderoso cuerpo ondulando contra el suyo. Sasuke era su fantasía más privada hecha realidad. Sakura había soñado con aquello, con el momento en que él la tomaría como si no hubiera ninguna fuerza capaz de evitarlo sobre la faz de la Tierra.

Y ninguna podía hacerlo, pensó vagamente. Desde el momento en que lo vio, ella había sabido que aquello terminaría ocurriendo. Nunca había sido una cuestión de «si», sólo había sido una cuestión de dónde y cuándo.

Entonces él empezó a empujar, grueso y duro como el acero, contra aquellos suaves y delicados pliegues y ella no pudo evitar que se le escapara un ruidito de inquietud. Lo había visto. Sabía lo que vendría ahora, y no creía que fuera a poder darle cabida.

—Chist —canturreó Sasuke junto a su oreja mientras avanzaba un poco más.

—No puedo —medio sollozó Sakura cuando él empezó a empujar dentro de ella.

La presión de Sasuke tratando de entrar era demasiado intensa.

—Sí que puedes.

—¡No!

—Tranquila, muchacha —ronroneó él.

Retrocedió la pequeña distancia que había ganado, se envolvió el miembro con la mano y volvió a intentarlo, ahora más despacio que antes. Aunque Sakura anhelaba desesperadamente tenerlo dentro, su cuerpo se resistía a la intrusión. Sasuke era demasiado grande y ella demasiado pequeña. Él volvió a detenerse con un juramento contenido a duras penas, y se puso a juntar los gruesos pliegues del vestido de Sakura en un improvisado cojín debajo de la pelvis de ella, haciendo que su trasero quedase colocado un poco más arriba y dispuesto en un ángulo adecuado.

Todo el peso de su cuerpo volvió a estar encima de Sakura. Sasuke curvó un poderoso brazo alrededor de sus hombros y le rodeó las caderas con el otro. Empezó a restregarse contra sus piernas, subiendo y bajando a lo largo de ellas hasta que Sakura se encontró apretándose salvajemente contra su cuerpo. En aquel nuevo ángulo se sentía expuesta y vulnerable, pero sabía que de ese modo a él le resultaría más fácil entrar. Sakura ya había empezado a soltar gritos incoherentes cuando él se introdujo despacio, penetrando en ella con la respiración convertida en un silbido que se deslizaba entre sus dientes. Sakura jadeó y trató de dar acomodo al grosor con el que la empalaba Sasuke. Los minutos transcurrieron poco a poco mientras él seguía profundizando, tomando posesión de cada diminuta fracción que iba cediéndole el cuerpo de ella. Justo cuando Sakura estaba segura de que Sasuke se había enfundado hasta la empuñadura, de que ya lo tenía absolutamente todo dentro de ella, él embistió una última vez con un gruñido para profundizar todavía más, y Sakura no pudo reprimir una especie de maullido ahogado.

—Estoy dentro de ti, muchacha. —La voz de él era un profundo rumor contra su oreja—. Ahora soy parte de ti.

Dios, Sasuke había estado dentro de ella desde el momento en que lo vio. Era un ladrón que no conocía los escrúpulos, había irrumpido en su interior y reclamado la residencia justo debajo de su piel. ¿Cómo había sido capaz de vivir hasta entonces sin aquello?, se preguntó Sakura. ¿Sin aquella salvaje intimidad, sin aquel hombre tan grande e intenso dentro de ella?

—Ahora voy a hacerte el amor, despacio y con mucha dulzura, pero cuando te corras, te follaré del modo en que necesito hacerlo. Del modo en el que no he dejado de soñar desde el instante en que te vi.

Sakura le respondió con un gemido ahogado mientras sentía que toda ella ardía por dentro con un desesperado anhelo de que él empezara a moverse, de que hiciera lo que le prometía. Quería ambas cosas: ternura y salvajismo, hombre y animal.

—Cuando te inclinaste dentro del coche de tu amigo aquel día, Sakura, quise estar detrás de ti, tal como estoy ahora. Quise levantarte la falda y llenarte de mí. Quise subirte en volandas hasta mi ático y tenerte en mi cama y no dejarte marchar nunca. —Gimió con un sonido que era como un ronroneo, suave y áspero al mismo tiempo—. Y, por Dios, cuando vi tus piernas sobresaliendo de debajo de mi cama...

Se calló y pasó abruptamente a hablar en una lengua que Sakura no podía entender, pero el dialecto exótico en su voz llena de oscura pasión tejió un hechizo erótico alrededor de ella.

Sasuke se retiró lentamente y luego volvió a llenarla, embistiéndola en una serie de largas y lentas acometidas que parecían rebuscar muy dentro de ella. Las dimensiones de su miembro despertaban terminales nerviosas en lugares que Sakura ni siquiera había sabido que existieran. Podía sentir cómo el clímax iba creciendo dentro de ella con cada firme embestida, mas en el preciso instante en que estaba a punto de alcanzarlo, Sasuke se retiraba para dejarla llena de anhelo y casi sollozando de deseo frustrado.

Volvió a llenarla con un movimiento casi perezoso, sin dejar de ronronear en aquella extraña lengua. Después se retiró centímetro a centímetro, con una insoportable lentitud, hasta que Sakura se encontró agarrando la hierba en gruesos puñados que arrancaba del suelo. Hasta que con cada nueva acometida toda ella se debatía para arquearse contra Sasuke y tomar dentro de sí todavía un poco más de él, manteniéndolo en su interior para así poder alcanzar su liberación final. Durante un corto espacio de tiempo pensó que la culpa de que ésta siguiera eludiéndola tenía que ser suya, o quizás él simplemente era demasiado grande, y luego comprendió que Sasuke lo estaba posponiendo deliberadamente. Con sus grandes manos puestas encima de sus caderas, la empujaba hacia abajo cuando ella intentaba arquearse hacia arriba, impidiendo de ese modo que Sakura llegara a controlar el ritmo o pudiera tomar lo que necesitaba.

—¡Sasuke ... por favor!

—Por favor ¿qué? —ronroneó él contra su oreja.

—Deja que me corra —gimoteó ella.

Él rió roncamente y su mano, deslizándose entre la pelvis de ella y la tela doblada que había debajo, buscó entre los pliegues más íntimos de Sakura y puso al descubierto su tenso brote. Sasuke pasó un dedo por encima de él y ella casi gritó. Transcurrió el espacio de un latido, luego otro. Él volvió a rozarla ligeramente con el dedo.

—¿Es esto lo que quieres? —preguntó sedosamente.

Su manera de tocar era experta, torturante y provocativa, sin que nunca llegara a ser suficiente, e impartía las caricias con la segura habilidad de un hombre que conocía el cuerpo de una mujer tan bien como ella misma.

—Sí —jadeó Sakura.

—¿Me necesitas, Sakura? —Otra ligera pasada de su dedo.

—¡Sí!

—Pronto —ronroneó él— voy a saborearte aquí.

Pasó la yema de su pulgar por encima del duro brote.

Sakura golpeó el suelo con las palmas de las manos y cerró los ojos. Aquellas palabras tan simples casi — ¡pero no del todo, maldición!— la habían empujado más allá del dulce borde del abismo.

Sasuke puso los labios en su oreja y le susurró, su voz llena de erótica pasión:

—¿Sientes como si no pudieras respirar sin que yo esté dentro de ti?

—Sí —sollozó ella, tenuemente consciente de que había algo de deja vu en sus palabras.

—Ah, muchacha, eso es lo que yo necesitaba oír. Entonces es tuyo, todo aquello que quieres de mí.

Cubriéndole la cara con su gran palma, le volvió la cabeza hacia un lado y puso su boca encima de la suya en el mismo momento en que la acometía con una profunda embestida y luego mantenía la postura, haciendo que sus caderas describieran círculos contra el trasero de ella mientras bombeaba en su interior. Ella se arqueó contra él y Sasuke le apretó la cintura con el brazo y profundizó todavía más el beso, su lengua sumergiéndose dentro de la boca de Sakura al mismo compás con el que acometía la parte inferior de su cuerpo. La tensión que había hecho presa en el cuerpo de Sakura explotó de repente, inundándola con la más exquisita sensación que hubiera experimentado jamás. Era distinto de lo que había sucedido en el avión; aquello era un terremoto más profundo e inmensamente más intenso que tenía lugar en el mismo núcleo de su ser, y Sakura gritó el nombre de él mientras se corría.

Sasuke continuó con sus rítmicas acometidas hasta que ella se quedó inerte debajo de él, y entonces retiró las caderas hacia arriba, la incorporó sobre las rodillas y entró en ella, con el peso de sus testículos estrellándose suavemente contra su piel ardiente y dolorida. Sakura gimoteó con cada embestida, sin poder evitar que aquellos sonidos entrecortados se derramaran de sus labios.

—Ay, muchacha, por Dios —musitó él.

Haciéndola rodar consigo hasta dejarla tendida sobre el costado, la envolvió tan apretadamente con sus brazos que Sakura apenas si podía respirar, y volvió a embestir. Y luego embistió de nuevo, con sus caderas flexionándose poderosamente.

Sasuke murmuró el nombre de ella cuando se corrió y la nota a medio quebrar que había en su voz, combinada con su mano moviéndose de aquella manera tan íntima entre sus piernas, llevó a Sakura a otro rápido clímax. Cuando alcanzó por segunda vez la cima del placer, éste fue tan intenso que los bordes de la oscuridad se plegaron delicadamente a su alrededor.

Cuando Sakura salió de aquel estupor próximo al sueño, Sasuke todavía estaba dentro de ella. Y todavía la tenía dura.

Mucho después Sasuke la llevó a la aldea de Balanoch, que en realidad era una concurrida pequeña ciudad. Comieron en la plaza central, lejos de los comercios del perímetro exterior que acogía las profesiones más ruidosas y malolientes, como los curtidores, los herreros y los carniceros. Sakura estaba famélica y comió con gran apetito tiras de buey en salazón y pan recién horneado, queso y una tarta hecha con alguna clase de fruta, todo ello acompañado por un vino con especias que se le subió directamente a la cabeza y le causó el grado justo de embriaguez para que le resultara imposible mantener las manos alejadas de Sasuke.

En aquella aldea llena de gente, Sakura vio cosas que le confirmaron más allá de toda sombra de duda —aunque en realidad ya no le quedaba ninguna— que se encontraba en el pasado. Las casas estaban hechas de cañizo y argamasa, con diminutos patios en los que jugaban niños descalzos. Las tiendas estaban construidas de piedra, tenían techumbres de paja y sus grandes fachadas lucían contraventanas que se abrían en sentido horizontal, y la de abajo se usaba para exponer las mercancías. Junto a las cubas de la curtiduría, vio a mozos que afeitaban las pieles con los cuchillos de ancha hoja propios del oficio. En la fragua contempló con fascinación a un herrero imponente que batía un largo trozo de acero al rojo vivo, haciendo que las chispas volaran por los aires.

Miró por la única ventana de la morada del orfebre y entrevió libros en el interior, momento en el que Sasuke amenazó con echársela al hombro si se entretenía demasiado rato allí.

Cuando ella empezó a subir los escalones, él la apoyó contra la puerta y la besó hasta que Sakura no sólo perdió el aliento, sino toda memoria de adonde había querido ir.

Había cereros, tejedores, alfareros, incluso un armero y varias iglesias.

Sakura no podía evitar quedarse boquiabierta ante todo, y en una docena de ocasiones o más Sasuke le cerró suavemente la boca poniéndole un dedo debajo de la barbilla. Perdió la cuenta del número de veces que musitó alguna necedad del estilo de «¡Oh, Dios mío, realmente estoy aquí!».

No pasaron mucho tiempo en Balanoch, sin embargo, nada que se aproximase ni de lejos a lo que hubiera necesitado Sakura para explorarlo a fondo; pero francamente, estaba más obsesionada con explorar a aquel hombre tan enorme y hermoso que le había hecho cosas que la hicieron sentir como si estuviera descosiéndose por dentro.

Se detuvieron a varias «leguas», como las llamó él, de distancia de la aldea, cerca de un bosquecillo de robles y junto a un arroyo de rápida corriente que se ensanchaba hasta convertirse en una laguna de aguas rielantes.

Cuando él la bajó del corcel esta vez, su mirada estaba llena de ternura y el mero hecho de tocarla fue una lánguida caricia, como si se disculpara sin palabras por su rudeza anterior (que a ella no le había importado en lo más mínimo). Y cuando volvió a tomarla fue dentro de la laguna de aguas calentadas por el sol, después de que le hubiera lavado delicadamente aquellas partes de su cuerpo que había dejado maltrechas. Esta vez Sasuke fue muy despacio; le daba docenas de perezosos, cálidos y húmedos besos, y obsequiaba a sus pechos con diminutos mordiscos y caricias. La acostó de espaldas junto a la laguna, se deslizó entre sus piernas y puso sus pantorrillas por encima de los hombros para así poder saborearla, tal como le había dicho antes que haría. La lamió dulcemente hasta que ella estuvo loca de deseo por él, y luego volvió a llevarla a la laguna y la alzó en vilo para ponérsela encima. Sakura se aferró a él y miró dentro de sus ojos mientras Sasuke la llenaba y volvía a convertirse en parte de ella.

Y un segundo antes de que se quedara dormida entre sus brazos, completamente saciada, exhausta y dolorida en lugares que nunca habían sentido el dolor, supo que había hecho precisamente lo que tan decidida estaba a no hacer: se había enamorado locamente del extraño highlander oscuro.

La luna plateaba los brezales cuando Sasuke finalmente salió de su sopor. Estaba tendido sobre el plaid con Sakura entre sus brazos, las sensuales curvas de su generoso trasero apretándose contra la parte delantera de su cuerpo, sus piernas entrelazadas juntas. Si Sasuke hubiera sido un hombre dado a llorar, en ese momento podría haber llorado de puro y simple placer.

Ella lo había tomado tal como era. A todo él. Había estado a punto de enloquecer, con la oscuridad que lo incitaba a que prescindiese de toda bondad mientras sentía cómo su humanidad se le escurría de entre los dedos, y ella había hecho que volviera a ser él mismo. Sasuke había tratado de compensarla haciéndole el amor con mucha ternura, siendo más lento y delicado de lo que lo hubiera sido jamás anteriormente cuando tomaba a una mujer.

Cualquiera que fuese el modo en que él la había tomado, Sakura lo acogió y supo estar a su altura. No se había equivocado con ella, porque Sakura era muy sensual y también tenía su parte salvaje e indómita. Había estado lista para perder la inocencia, impaciente por ser despertada y que se le hiciera aprender, y Sasuke había disfrutado con cada momento. Disfrutó con el hecho de saber que era su primer amante. El ultimo, también, pensó posesivamente. Sakura era una mujercita valiente y atrevida, y se mostró encantada con cada parte del sexo tal como él había sabido que haría.

Después de que hubieran ido a Balanoch (que él apenas había visto, demasiado consumido por la mujercita que había entre sus muslos sobre la grupa del caballo), habían tomado el sol desnudos junto al arroyo de rápidas aguas que alimentaba la laguna. Cada uno había pasado las manos por encima del cuerpo desnudo del otro, aprendiéndose cada plano y cada curva. Saboreando todas las hendiduras y oquedades. Habían compartido más vino con especias y habían hablado.

Habían hablado.

Ella le habló de su infancia, de cómo había sido crecer sin padres. Lo hizo reír con historias de su abuelo, ya muy entrado en años, cuando la acompañó con temerosa cautela a comprar su primer sujetador (él se imaginó a Fugaku tratando de escoger prendas interiores femeninas. ¡Ah, eso sí que sería toda una visión!) y de cómo mantuvo con él «La Conversación» acerca de lo que ella llamó «los pájaros y las abejas». Sasuke lo intentó, pero a pesar de todos sus esfuerzos no consiguió llegar a entender ese coloquialismo. Lo que tenían que ver los pájaros y las abejas con el acto sexual era algo que rebasaba los límites de su entendimiento. A los caballos podía entenderlos. Pero ¿las abejas? Eso era un enigma insondable.

Él había hablado un poco de su infancia; las mejores partes, el crecer con Izuna, antes de que llegara a ser lo bastante mayor para saber que los Uchiha eran temidos, durante aquellos años en los que todavía abrigaba los sueños y las fantasías de un muchacho. Le había cantado picantes tonadas escocesas mientras el sol corría velozmente a través del cielo, y ella había reído hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas. Él se asombraba ante cada una de las expresiones de ella, tan francas y abiertas. Se asombraba ante su capacidad para adaptarse a todo. Se asombraba de las emociones que ella hacía aparecer dentro de él, todos aquellos sentimientos que llevaban mucho tiempo olvidados.

Ella le había hecho preguntas acerca del druidismo y él le había hablado de la miríada de obligaciones de los Uchiha: llevar acabo los rituales estacionales en Yule, Beltane, Samhain y Lughnassadh, cuidar de la tierra y de las pequeñas criaturas, preservar y guardar la sabiduría secreta, utilizar las piedras en ciertas ocasiones necesarias. También le había explicado, lo mejor que pudo, cómo operaban las piedras. La física teórica de la cuestión enseguida había demostrado ser demasiado para ella, y cuando sus ojos empezaron a vidriarse, él le ahorró una mayor instrucción al respecto. Le había contado lo poco que sabían acerca de los Tuatha de Danaan, y cómo los Uchiha habían formado una alianza con ellos hacía muchos miles de años; aunque evitó prudentemente el tema de los juramentos.

—¿Así que los Tuatha de Danaan existieron realmente? —había exclamado ella—. ¿Una auténtica raza de gentes tecnológicamente avanzadas? ¿De dónde provenían? ¿Lo sabéis?

—No, muchacha, no lo sabemos. Es muy poco lo que sabemos con certeza acerca de ellos.

Sasuke había sabido con toda exactitud cuál fue el momento en que ella aceptó de verdad todo aquello; los ojos de Sakura habían brillado, sus mejillas se habían sonrojado, y él medio temió que echara a correr hacia las piedras para someterlas a un nuevo examen. Enseguida le había dado otras cosas para examinar.

Oh, sí, su compañera era muy sensual...

Extrañamente, Sakura no había sacado a relucir el tema de «la maldición», y tampoco había insistido en saber qué era lo que él estaba buscando, y Sasuke le estaba infinitamente agradecido por ello. No le cabía ninguna duda de que sólo se trataba de un respiro temporal y de que Sakura no tardaría mucho tiempo en coserlo a preguntas, pero se conformó con eso. Ya había percibido que ella estaba tan determinada como él a robar un día en el que no hubiera que preocuparse por el mañana. Era un regalo que nunca había esperado que ella llegara a hacerle, un regalo que aceptó con humildad. Aunque nunca más volviera a tener nada, habría tenido aquel día.

Ella sabía que él era un druida, sabía lo antigua y extraña que era su estirpe, y no le había tenido miedo. Sasuke había disfrutado sin cortapisas de esa ausencia de miedo y se había complacido en la aceptación de Sakura.

Ahora, mientras ella dormía en sus brazos, la apartó un poco de tal modo que la palma de su mano derecha pudiera deslizarse entre sus pechos para terminar deteniéndose sobre su corazón. Luego él también cambió de postura para que la palma de su mano izquierda descansara sobre la otra mano.

Había ciertas palabras que llevaba toda su vida esperando decir, y no le serían vedadas. Fugaku siempre lo había acusado de querer demasiado. Si era cierto que lo hacía, no podía evitarlo. Una vez que su corazón había tomado la decisión, ya no se podía discutir con él. Sakura era su compañera y, durante el tiempo que quisieran concederle los dioses, él pertenecería por completo a aquella mujer.

La besó hasta que ella se removió adormiladamente y murmuró su nombre. Decir los votos mientras ella dormía no le hubiese servido de nada, ya que su compañera tenía que escuchar las palabras. Empezó a hablar reverentemente, entregándose a ella para siempre, aunque el vínculo no llegaría a estar vivo a menos que algún día ella le devolviera las palabras.

—Si algo debe perderse, será mi honor por el tuyo. Si algo debe quedar olvidado, será mi alma por la tuya. Si la muerte vuelve a venir, será mi vida por la tuya.

Sasuke tensó los músculos del brazo con el que la rodeaba e hizo una profunda inspiración, sabiendo que lo que se disponía a completar era irrevocable. Ella no le había dirigido palabras de amor (aunque en un momento dado había utilizado la palabra «amor» allá en Balanoch, cuando dijo que le encantaba cómo hacía el amor, y casi consiguió que el corazón de Sasuke dejara de latir con ello). Completar el voto lo obligaría a amar a Sakura por toda la eternidad, y si había otras vidas más allá de aquélla, también tendría que amarla en ellas. Presa del tormento eterno, echándola de menos a cada momento, si ella nunca le devolviera su amor.

—He sido entregado —murmuró, estrechándola contra su pecho.

En el momento en que pronunció las palabras que ponían fin al juramento, una oleada de intensa emoción se adueñó de él. Sasuke no podía ni imaginar lo que sentiría si ella llegaba a devolverle alguna vez el voto, pero sospechaba que sería como si algo que siempre había estado incompleto por fin estuviese entero. Dos corazones que se fundirían en uno.

Los antiguos retrocedieron con un rumor de furia en las profundidades de su interior. Aquello no les había gustado nada, pensó Sasuke sombríamente. Bien.

—Eso ha sido precioso —murmuró Sakura—. ¿Qué era?

Alzó la cabeza y lo miró por encima del hombro. Su piel rielaba con un translúcido resplandor bajo la claridad perlina de la luna y sus ojos verdes, todavía adormilados, relucían con un destello sensual. Sus labios, hinchados debido a los besos que le había dado él, eran tentadoramente carnosos. Sus rizos rosas despeinados caían alrededor de su rostro y Sasuke pudo sentir cómo se le volvía a poner dura, pero sabía que no podría volver a poseerla hasta el día siguiente como mínimo. Si él fuera un hombre paciente, le habría dado un par de semanas para que se recuperase. Pero tal como estaban las cosas, podría considerarse afortunado si conseguía esperar unas cuantas horas. Ahora que la había saboreado, que había probado lo dulce que era hacerle el amor a una mujer a la que amaba, Sasuke se moría por tener más.

—Ay, muchacha, eres tan hermosa... Me dejas sin respiración.

Palabras triviales, se reprochó a sí mismo, que no podían ser más insignificantes comparadas con lo que él sentía.

Ella se sonrojó de placer.

—¿Eso que has recitado era alguna clase de poema?

—Sí, algo así —ronroneó Sasuke, haciéndola girar entre sus brazos para dejarla vuelta de cara a él.

—Me ha gustado. Sonaba... romántico. —Lo miró con curiosidad y se mordisqueó el labio inferior—. ¿Cómo decía exactamente?

Como él no lo repitió, ella reflexionó por un instante y luego dijo:

—Ah, ya me acuerdo... Primero dijiste «si algo tiene que perderse...», y luego...

—No, muchacha —gritó él, poniéndose rígido.

Ay, Dios, ¿qué había hecho? No se atrevía a permitir que ella le devolviese los votos. Si le sucedía algo, entonces ella quedaría unida a él para siempre. Y si sucedía algo terrible, si —no lo quisiera Dios— se volvía oscuro, ¿estaría entonces ella unida a él, una bestia salida del infierno? ¡Sakura podía verse atada por toda la eternidad a la rabia y la furia que eran los draghar! No. Nunca.

Sakura parpadeó, dolida.

—Sólo quería repetirlo para poder recordarlo.

Por alguna razón, aquel pequeño poema había hecho que se sintiera extrañamente obligada a recitarlo a su vez. Eran las palabras más dulces que él hubiera dicho jamás, aunque sólo fueran un pequeño poema de nada, y le habría gustado poder guardarlas a buen recaudo en su memoria. Sasuke no era un hombre que hablara porque sí. Quería decir algo con esas palabras. ¿Era así como Sasuke Uchiha hablaba de sus sentimientos? ¿Recitando un poema de unas cuantas líneas?

Aunque todavía estaba medio dormida cuando él habló, Sakura se sentía bastante segura de que había dicho algo así como «mi vida por la tuya». ¡Ah, si él pudiera amarla de esa manera! Ya no quería meramente ser la mujer que consiguiera llegar a meterse dentro de Sasuke Uchiha, sino que ahora quería ser la que permaneciera en su interior. Para siempre. La última mujer a la que él le hiciera el amor en toda su vida. Sakura lo quería con tanto anhelo que el mero hecho de quererlo ya era una especie de dolor.

Y por Dios, quería volver a oír aquellas palabras.

Abrió la boca para insistir, pero en cuanto lo hizo, él puso la suya sobre sus labios separados y —¡oh, maldito fuese aquel hombre por ser capaz de besar a una mujer hasta convertirla en un enjambre de hormonas que zumbaban igual que abejitas borrachas!— en cuestión de segundos lo único en lo que pudo pensar fue el modo en que la estaba tocando.

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Fugaku no era un hombre dado a espiar. Bueno, no lo había sido hasta que sus hijos se buscaron compañeras, y entonces pareció que de pronto estaba haciendo toda clase de cosas que no había hecho antes. Como escuchar a escondidas una conversación embarazosamente intensa y personal entre Izuna y Sakurasou que había terminado con Fugaku llevándose a Shizune a la cama. Y casándose con ella poco tiempo después.

Sonrió. Ella también era una mujer realmente magnífica. Shizune sabía más acerca de los Uchiha que los mismos Uchiha. En sus doce años como su ama de llaves, Shizune había aprendido prácticamente cada secreto que había en su castillo, incluido uno que ni siquiera él había conocido: la existencia de un lugar que había permanecido olvidado durante casi ocho siglos, según la última entrada que había leído en el registro que encontró allí.

Shizune le dijo que había descubierto la cámara subterránea durante un zafarrancho de limpieza primaveral hacía diez años. No la había mencionado porque pensaba que él ya la conocía; «y además —había añadido en un tono bastante acerbo— eso fue cuando tú todavía no me hablabas». Fugaku resopló suavemente. Qué estúpido había sido al negar el deseo que sentía por ella. Tantos años desperdiciados.

«¿Todavía estás desperdiciando más tiempo, anciano? —inquirió una cáustica voz interior—. ¿O es que acaso no sigue habiendo cosas que te niegas a decir?»

Fugaku se apresuró a hacer desaparecer aquel pensamiento de su mente. No era el momento más apropiado para pensar en sí mismo. Lo que tenía que hacer ahora era concentrarse en encontrar una manera de salvar a su hijo.

El contenido de la cámara era la razón por la que ahora acechaba entre las sombras de la gran sala esperando el regreso de Sasuke. Había textos y objetos, reliquias que Sasuke necesitaba ver. El volumen del material guardado en la cámara subterránea era abrumador. Podían tardar semanas sólo en catalogarlo.

Fugaku percibió la proximidad de su hijo antes de que éste entrara en la gran sala y empezó a levantarse, pero en el último momento antes de que se abriera la puerta, oyó una suave carcajada femenina. Luego hubo un silencio que sólo podía ser llenado con besos. Luego se oyó otra carcajada. Muy tenue, pero perteneciente a Sasuke.

Fugaku se quedó inmóvil con el cuerpo suspendido encima de la silla. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez en que oyó aquel sonido?

Sí, la oscuridad seguía hallándose presente debajo de él, pero lo que fuera que había sucedido aquel día le había concedido un misericordioso respiro a Sasuke. Fugaku no necesitaba ver a su hijo para saber que ahora sus ojos serían, si no dorados, al menos más claros.

Cuando su hijo abrió la puerta, Fugaku volvió a tomar asiento y reunió la penumbra a su alrededor mediante unas cuantas palabras murmuradas en voz baja.

Sus nuevas podían esperar hasta mañana.