CAPÍTULO 21
Dentro de la cámara de la biblioteca hacía calor y Sasuke se removió nerviosamente en su asiento; y luego se dejó caer sentado en el suelo y apoyó la espalda en la fresca pared de piedra. Miró a Sakura y sonrió irónicamente. Su mera presencia allí hacía que le resultara condenadamente difícil concentrarse en la labor que tenía entre manos.
Sakura estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una pila de almohadones en un rincón de la cámara subterránea, absorta, como llevaba desde hacía ya algún tiempo, en el cuarto Libro de Manannán. Días atrás, él se lo había cambiado por el quinto volumen, para así poder examinar aquel tomo por sí mismo, dado que ella traducía más despacio que él. Para la extrema y frecuentemente expresada en voz alta consternación de Sakura, era incapaz de leer la mayor parte de la sabiduría que había acumulada dentro de la cámara. Escritos en dialectos olvidados, utilizando alfabetos arcaicos que las continuas incoherencias en la ortografía volvían todavía más difíciles de entender, la mayoría de aquellos tomos le resultaban imposibles de descifrar.
La mirada llena de pasión de Sasuke recorrió a Sakura desde la cabeza hasta los pies, y se tragó un pequeño gruñido de aquel deseo que siempre se hallaba presente en él. Ataviada con un vestido de una tela color lila muy delgada que realzaba las curvas de su cuerpo —uno de los varios que Shizune había modificado para ella, y que Sasuke sospechaba estaba eligiendo deliberadamente para hacer que a él le resultara imposible concentrarse en nada—, con un gran escote y un corpiño muy ceñido, Sakura era toda una visión. Sus rizos rosas siempre despeinados caían alrededor de su rostro y se pellizcaba el carnoso labio inferior con un par de dedos, absorta en profundas cavilaciones. Sakura se entregaba en cuerpo y alma a las antiguas historias con la misma pasión con que lo hacía el padre de Sasuke, dejándose absorber por ellas hasta el punto de la sordera.
Cuando ella cambió de posición tendiéndose de lado sobre los mullidos almohadones, sus pechos fueron empujados hacia arriba por encima de la línea del escote y la lujuria se agitó dentro de Sasuke. Aunque le había hecho el amor nada más despertar, como lo hacía cada mañana, ahora ardía nuevamente en deseos de enterrar su rostro en aquel magnífico valle para besar, lamer y mordisquear hasta que ella jadeara y gritase su nombre.
Los últimos diez días habían transcurrido con demasiada rapidez para lo que le habría gustado a Sasuke. Quería detener el tiempo, prolongar cada día, estirarlo hasta la longitud de un año. Quería incrustar una vida entera en el ahora, bebiendo hasta la extenuación la alegría entre dulce y amarga de tener una pareja.
Dulce porque tenía a su mujer.
Amarga porque tenía que guardar silencio y no hacer las promesas que tanto deseaba formular. Promesas que no era dueño de hacer porque su futuro era incierto. Para su inmensa frustración, Sasuke tampoco podía ofrecer las pequeñas verdades que poseía, porque Sakura todavía no le había preguntado acerca de la maldición.
Sasuke quería contárselo. Necesitaba contárselo. Necesitaba saber si ella sabía lo que era él y podía aceptarlo. Ya había tanteado el terreno en tres ocasiones: una en el sueño de Sakura; otra más tarde, mientras paseaba con ella por los jardines bajo una media luna plateada. En el sueño, ella se había acobardado y rehuyó la cuestión. En el estado de vigilia, había hecho lo mismo. La tercera vez que Sasuke había empezado a hablar de ello, Sakura tiró suavemente de su cabeza hacia abajo y utilizó una de las tácticas de él. Lo había silenciado con un beso y le hizo olvidar no sólo lo que se disponía a decir, sino incluso en qué siglo se hallaba.
Sasuke no era la clase de hombre que rehúye enfrentarse a una situación difícil, pero había cedido de mala gana ante su resistencia y lo había dejado correr por el momento.
No le cabía ninguna duda de que, tarde o temprano, ella se lo preguntaría. Si había algo que caracterizara a Sakura, era su tenaz curiosidad. Sasuke sabía que la había obligado a cargar con una gran cantidad de cosas nuevas en muy poco tiempo: viaje a través de los siglos, druidas, razas legendarias, nuevas reliquias, las exigencias de sus insaciables apetitos. Sakura había demostrado tener una capacidad de resistencia realmente notable. Si ahora necesitaba un poco de tiempo para decidirse a empezar a hacer preguntas de nuevo, ciertamente él no le negaría ese respiro.
Así que durante los diez últimos días había centrado toda su atención en la mitad dulce de lo agridulce, encontrando apoyo en el reconfortante optimismo y el inacabable entusiasmo de Sakura. Sasuke se sentía un poco más fascinado por ella a cada día que transcurría. Había sabido que era inteligente, fuerte, y que tenía un gran corazón, pero lo que realmente le encantaba eran las pequeñas cosas de su manera de ser. El modo en que abría mucho los ojos y éstos se llenaban de emoción cuando Fugaku leía un fragmento seleccionado de uno de los textos. El modo en que era capaz de pasar media hora inclinada sobre El Pacto, con las manos apretadas, pero negándose a tocarlo porque no quería correr el riesgo de echar a perder la blandura del oro aunque sólo fuese con la huella de un dedo. El modo en que de noche perseguía por toda la sala a sus medio hermanos después de la cena, fingiendo ser «una bestezuela salvaje» hasta que ellos chillaban de entusiasmo y fingido temor. El modo en que le tomaba el pelo al cascarrabias de su padre, flirteando alegremente con él hasta que conseguía hacer aparecer el rubor en sus arrugadas mejillas y una sonrisa en sus labios, disipando así un poco de la preocupación de sus sombríos ojos castaños.
Sasuke estaba orgulloso de su mujer, y se sentía salvajemente posesivo. Se alegraba inmensamente de haber sido él quien la despertó a la intimidad, de que fuera a él a quien ella había confiado una pequeña parte de su corazón.
Sí, sabía que había logrado conmoverle el corazón. Sakura no era una muchacha que pudiera ocultar sus sentimientos, porque sencillamente no poseía salvaguardas. Aunque no había llegado a decir las palabras, él podía verlas en sus ojos y sentirlas en sus caricias. Ninguna mujer lo había tocado jamás del modo en que lo hacía ella. A veces, parecía como si Sakura lo estuviera tocando con algo que se aproximaba a la reverencia, como si ella se sintiera tan impresionada como lo estaba él por el hecho de que encajaran tan perfectamente el uno en el otro, dos trozos de madera tallada del mismo árbol que se fundían como si fueran uno solo.
Sakura no tenía ni idea de lo que significaba para él verla vestida con los colores de su clan, paseando por el hogar de su infancia. Hacía que todo él se sintiera guerrero elemental y amante, un hombre de feroces necesidades y leyes primitivas. Lo único que hubiera podido hacerlo todavía más dulce sería que él, también, pudiera volver a lucir los colores de los Uchiha.
Pero eso era una pérdida soportable. En un momento en el que Sasuke ya esperaba muy poco de la vida, ella se lo había dado todo, incluido un nuevo despertar de la sensación de maravilla y esperanza que él había perdido hacía mucho tiempo. Los campos llenos de brezo parecían haber vuelto a ser fértiles y llenarse con el florecer de la vida. Dónde quiera que mirase, Sasuke veía algo de belleza: una marta cibelina olisqueando el viento; un águila dorada surcando las alturas, majestuosa y coronada de oro; quizá simplemente un gran roble junto al cual había pasado un centenar de veces pero que nunca había llegado a ver en realidad. El cielo nocturno tachonado de estrellas parecía volver a estar lleno de secretos y milagros.
Sakura era un haz de sol que había atravesado las nubes de tormenta bajo las que Sasuke había vivido durante tanto tiempo, iluminando su mundo.
Ella se había entregado a su intimidad por completo y sin reservas. Le encantaba tocar y, de hecho, parecía estar ávida de hacerlo. Siempre estaba deslizando su manecita en la suya, o enterrándolas en sus cabellos para arañarle suavemente el cuero cabelludo con las uñas. Como un gato salvaje que hubiera disfrutado de una libertad absoluta, pero que no había conocido ningún sitio al cual pudiese llamar hogar, Sasuke saboreaba la delicada constancia del contacto cotidiano de unas manos familiares.
Había estado en lo cierto al pensar que con ella hacer el amor podía llegar a producir algún resultado indefinible que él nunca había experimentado con anterioridad. El sexo siempre lo había calmado y llenado de paz, relajaba su tensión mental y distendía sus músculos, pero ahora, cuando se sentía saciado y tenía a Sakura junto a él, su corazón también se hallaba en paz.
Pero si su presente era un vasto y soleado cielo azul, su futuro estaba lleno del ominoso rodar de los nubarrones de tormenta. Y Sasuke no se atrevía a olvidar eso.
Apartó la mirada de Sakura e inhaló profundamente, obligando a sus pensamientos a que volvieran a centrarse en cuestiones menos deleitosas.
En los últimos diez días, aunque él y Fugaku habían descubierto todo un acervo de información largamente olvidada acerca de su clan en la cámara de la biblioteca, y averiguado más respecto a su propósito como druidas de lo que hubieran sabido jamás, seguían sin haber encontrado ninguna mención a los trece y muy poca información concerniente a sus benefactores. Fugaku abrigaba la esperanza de que podrían encontrar alguna manera de contactar con los Tuatha de Danaan, pero Sasuke no compartía el optimismo de su padre en lo tocante a esa cuestión. Ni siquiera estaba convencido de que la antigua raza todavía se hallara en el mundo. Y si estaban, ¿por qué iban a molestarse en aparecerse ante un Uchiha que había perdido la gracia, cuando nunca se habían molestado en aparecerse ante ningún otro Uchiha? No le sorprendería nada descubrir que los Tuatha de Danaan hubieran colocado sus trampas en el lugar intermedio y luego se hubiesen ido hacía miles de años, para no regresar jamás.
La búsqueda estaba consumiendo demasiado tiempo. En el siglo XXI había habido una gran escasez de información, pero en cambio ahora había demasiada, y abrirse paso a través de ella era una empresa épica.
Eso no lo habría asustado de no ser porque recientemente había reparado en algo que le hizo comprender que el tiempo era vital: sus ojos ya no estaban volviendo al color dorado, a pesar de que hacía el amor sin cesar. No, ahora sus ojos eran del color del cobre bruñido, y se oscurecían un poco más con cada día que transcurría.
Aunque no estaba utilizando ninguna magia, aunque no paraba de hacer el amor, aunque los antiguos no habían vuelto a hablar, la oscuridad que había dentro de él lo estaba cambiando de todos modos, de la misma manera en que el vino empapaba y permeaba inevitablemente el barril que lo contenía.
Sasuke podía sentir cómo los trece iban volviéndose más fuertes, y él mismo iba sintiéndose cada vez más cómodo con ellos. Llevaban tanto tiempo siendo una parte de él que empezaba a sentirlos como un miembro añadido, y ¿por qué no iba a utilizar una mano extra? Ahora, en vez de sorprenderse a sí mismo dos o tres veces al día disponiéndose a utilizar la magia para algo tan simple como llenar la bañera, aquello le ocurría una veintena de veces o más.
Al menos todavía era capaz de controlarse. Pero sabía que llegaría un momento en el que ya no podría hacerlo. Y con todavía un poco más de tiempo, no le importaría. Aquella fina línea que nunca debía llegar a cruzar iba volviéndose cada vez más difícil de distinguir con claridad.
Frotándose la mandíbula sin afeitar, Sasuke se preguntó si no sería posible llegar a alguna clase de trato con los trece.
«¿Hacer un trato con el diablo? —dijo su honor—. ¿Cómo cuál? ¿Cederles el derecho a utilizar tu cuerpo durante una parte del tiempo? ¡El diablo siempre hace trampas, estúpido!»
Sí, ése era el problema. Los seres que Sasuke llevaba dentro no tenían nada de honorables y no se podía confiar en ellos. El mero hecho de que empezara a pensar en llegar a un acuerdo con ellos probaba que le quedaba muy poco tiempo.
Y probaba la desesperada necesidad que tenía de encontrar un modo de asegurar alguna clase de futuro para Sakura.
Con un suspiro, Sasuke volvió a concentrar su atención en el texto. Ahora más que nunca era imperativo que ejerciera la máxima disciplina. Aunque hubiese preferido tomar en brazos a Sakura, sacarla de la cámara y enseñarle algo más de su mundo, vivir únicamente en el momento, Sasuke sabía que tenía que volver a seguir el programa por el que se había regido cuando estaba en Manhattan.
Trabajar desde el amanecer hasta el crepúsculo, amar a Sakura sólo por la noche, y luego volver a trabajar mientras ella dormía.
Sasuke tenía puestos los ojos en mucho más que unas cuantas lunas con su pareja. Estaba decidido a poder disfrutar de toda una vida con ella.
Cuando Sakura se levantó del suelo y salió de la cámara sin hacer ruido, Sasuke mantuvo la vista firmemente clavada en el tomo que tenía sobre el regazo.
Sakura paseaba por los jardines, llena de felicidad mientras se asombraba de que ya hubiera transcurrido una semana y media. Habían sido los mejores días de su vida.
Su tiempo se había dividido principalmente entre explorar el contenido de la cámara de la biblioteca y explorar el recién encontrado placer de la pasión. La pasión explosiva que había entre ella y Sasuke era lo suficientemente palpable como para que en varias ocasiones Fugaku les hubiera ordenado en un tono muy seco que fueran a «dar un paseo o... cualquier actividad similar. Sois como un par de teteras que no paran de silbar alrededor de mis tomos».
La primera vez que el anciano había dicho tal cosa, Sakura se había puesto más roja que un tomate, pero entonces Sasuke le había lanzado lo que ella ya se había acostumbrado a llamar La Mirada y enseguida se había olvidado de su embarazo. Sasuke tenía una manera de bajar la cabeza ladeándola un poco mientras alzaba los ojos hacia ella, con su oscura mirada llena de un intenso anhelo, que nunca dejaba de hacer que a Sakura le flaquearan las rodillas de puro deseo al pensar en todas las cosas que le iba a hacer él.
Debido a que era incapaz de leer una gran parte de lo que había guardado dentro de la cámara y a que sentía una insaciable curiosidad acerca del siglo XVI, mientras los hombres trabajaban Sakura solía hacer sus escapadas. Había explorado concienzudamente todo el castillo, sin olvidar ninguna parte de él: la bodega, las despensas, las cocinas, la capilla, la armería, los excusados (aunque eran limpiados escrupulosamente cada día, Sakura podría haber pasado sin ellos); incluso la biblioteca de la torre de Fugaku, donde agradeció descubrir que podía traducir algunas de las obras más recientes. En sus meticulosamente organizadas estanterías el anciano tenía copias de cada tratado filosófico, ético, matemático y cosmológico dotado de alguna significación histórica.
Durante aquellas horas pasadas lejos de Sasuke, también había llegado a conocer a Shizune y tenido ocasión de ver a los medios hermanos de Sasuke, Inabi y Naka, dos preciosos niños de dos años y medio con los cabellos oscuros y rostros tan radiantes como el sol. Sakura apenas podía mirarlos sin pensar en qué bebés tan hermosos engendraría Sasuke. Y en lo mucho que le gustaría ser la mujer con la que los hiciera.
Un delicioso estremecimiento corrió por su piel cuando pensó en crear una familia con él, edificar un futuro.
Durante los últimos diez días lo había observado con mucha atención y había llegado a la conclusión de que decididamente sentía algo por ella. Sasuke la trataba del mismo modo en que Izuna había tratado aquel día a Sakurasou en el castillo de Maggie, previendo continuamente sus deseos: saliendo de la cámara de la biblioteca para traerle una taza de té o algo de comer, o un paño humedecido con el que limpiarse el polvo de la mejilla. Desapareciendo en los jardines y regresando con los brazos llenos de flores recién cortadas, llevándola a la cama y cubriendo su cuerpo desnudo con ellas. Bañándola perezosa, tiernamente ante un fuego de turba por las noches, ayudándola a trenzarse los cabellos de la misma manera en que los llevaba Shizune. Sakura se sentía cuidada, infinitamente valorada y, aunque él no lo decía, amada.
Había caído en la cuenta, mientras lo observaba y reflexionaba sobre todo lo que sabía acerca de él, de que Sasuke Uchiha probablemente nunca hablaría de amor, a menos que alguien le hablara acerca de ello primero. Era lo que en esencia le había contado Sakurasou allá en las piedras.
«Sasuke no busca el amor de una mujer porque nunca se le ha dado ninguna razón para hacerlo.»
Bueno, pues Sakura Haruno iba a dársela. Aquella noche. Durante una cena romántica en su dormitorio, que ella había llenado de urnas de brezo recién cortado y docenas de globos de aceite que cogió a escondidas de otras habitaciones en el castillo.
Había preparado la escena, embelleciéndola con toques románticos. Shizune se había encargado de escoger el menú, y lo único que tenía que hacer ahora Sakura era dejar hablar a su corazón.
«¿Y si él no deja hablar al suyo?», replicó una pequeña duda que se negaba a guardar silencio e intentaba salir a la superficie.
Sakura la apartó a un lado. No se permitiría abrigar dudas o temores. Hacía unos días, ella y Shizune habían mantenido una larga conversación en la cocina mientras tomaban un tazón de cacao. Shizune le refirió abiertamente su experiencia con Fugaku, y le habló de los doce años que desperdiciaron. Sakura no podía imaginarse amando en silencio durante tanto tiempo. ¡Doce años! Dios, no iba a ser capaz de esperar ni doce horas.
Cuando era una adolescente y no sabía nada acerca de besar, Sakura había practicado con una almohada. Se había sentido tremendamente ridícula mientras lo hacía, pero ¿cómo iba a pillarle el truco si no? Había leído libros, y visto ávidamente películas para averiguar cómo se encontraban los labios y hacia dónde iban las narices, pero no era lo mismo que tratar de pegar los labios a algo. (Personalmente, Sakura abrigaba la firme convicción de que no había una sola persona viva en el mundo que no hubiera practicado los besos con algún objeto. Un espejo, una almohada, el dorso de su mano).
Dado que su primer beso había sido razonablemente satisfactorio, Sakura decidió que practicar el decir «te amo» no era una idea completamente estúpida.
Como no se podía decir que el castillo contara con una gran abundancia de espejos, tras abandonar los jardines Sakura entró en la gran sala y espió el reluciente escudo que colgaba de la pared cerca de la chimenea. Dejándose llevar por el impulso, arrastró un asiento hasta el escudo y se subió a él para contemplar su reflejo.
Quería que aquella noche el momento fuera simplemente perfecto. No quería tartamudear o tener que luchar con las palabras.
—Te amo —le dijo suavemente al escudo.
No le había salido del todo bien. Era una suerte que hubiera decidido practicar. Sakura se humedeció los labios y volvió a intentarlo.
—Te amo —dijo tiernamente.
»Te amo —dijo firmemente.
»Te amo —dijo, probando con una voz sexy.
Después de haber reflexionado por unos instantes, decidió que probablemente sería mejor que hablara de manera normal. Las voces cargadas de pasión no se le daban demasiado bien.
Sakura contempló su reflejo y pensó que la sensación de decirlo en voz alta resultaba muy agradable. Lo había mantenido tan rígidamente atrapado en su interior que había empezado a sentirse como una olla a presión a la que estuviera a punto de saltarle la tapa. Nunca sería capaz de guardarse sus sentimientos para sí misma. Eso era algo tan ajeno a su manera de ser como lo habría sido practicar el sexo libre.
Le dedicó una sonrisa radiante al escudo, imaginándose que era Sasuke. Aquellas dos palabras tan simples no parecían suficientes. El amor era mucho más grande que las palabras.
—Te amo, te amo, te amo. Te amo más que al chocolate. Mi amor es más grande que el mundo entero. —Hizo una pausa y se puso a pensar, buscando una manera de explicar lo que sentía—. Te amo más que a las antigüedades. Te amo tanto que se me curvan los dedos de los pies sólo de pensar en ello.
Sakura se apartó los cabellos de la cara y adoptó su expresión más sincera.
—Te amo.
—Oye, muchacha, si tanto amas a ese condenado escudo ya te lo puedes quedar —dijo Sasuke, completamente perplejo.
Sakura sintió que toda la sangre huía de su rostro.
Tragó saliva penosamente. Varias veces. «Oh, Dios —pensó consternada—, ¿es humanamente posible sentirse más estúpida?»
Cambió de postura torpemente encima del asiento, se aclaró la garganta y clavó la mirada en el suelo mientras pensaba frenéticamente, intentando encontrar alguna excusa para lo que había estado haciendo. Con la espalda rígidamente vuelta hacia él, empezó a balbucear.
—Es..., ejem, no es el escudo, hum, ¿sabes? En realidad no le estaba hablando al escudo. Es sólo que no conseguía encontrar un espejo, y esto no es más que una práctica del refuerzo positivo que utilizo algunas veces. Leí en no sé qué libro que desarrollaba la confianza en uno mismo y..., esto, engendraba una sensación de bienestar general, y la verdad es que funciona, deberías probarlo en alguna ocasión —concluyó alegremente.
Se dio cuenta de que estaba hablando con las manos y había empezado a gesticular, así que las juntó firmemente a la espalda.
Que Sasuke guardase silencio detrás de ella le creó una tensión tal que se apresuró a seguir hablando.
—Lo que quiero decir es que en realidad no amo al escudo. Es decir que, bueno, me parece que ya me has dado piezas antiguas más que suficientes, y no podía pedir nada más, así que si te vas reanudaré mis ejercicios. Es importante hacerlos a solas.
Más silencio.
¿Qué demonios estaba pensando él? ¿Iba a echarse a reír? ¿Estaba sonriendo? Trató de espiarle en el escudo pero, como estaba subida al asiento, Sasuke quedaba a cosa de medio metro por debajo de ella y no podía verlo.
—¿Sasuke? —preguntó cautelosamente, negándose a darse la vuelta. Si lo miraba ahora, podía echarse a llorar. ¡Había tenido tantas ganas de que el momento de aquella noche fuese tierno y romántico, y maldito fuese todo, ahora, si se lo decía a Sasuke aquella noche, él sabría que había estado practicando y pensaría que era una boba!
—¿Sí, muchacha? —preguntó él finalmente, hablando muy despacio.
—¿Por qué no te vas? —preguntó ella con voz tensa.
Una larga pausa, y luego un cauteloso:
—Si no te importa, muchacha, me gusta mirar.
Sakura cerró los ojos.
¿Se estaba burlando de ella?
—Rotundamente no.
—Con todas las cosas que hemos hecho juntos, ¿hay algo que no quieras dejarme ver? Me parece que ya es un poco tarde para que ahora empieces a sentirte cohibida por mi presencia —dijo él.
Sakura no consiguió decidir si estaba percibiendo una sombra de lánguida diversión en su voz o no.
—Vete. De. Aquí —dijo apretando los dientes.
Él no lo hizo. Sakura podía sentirlo de pie allí, su mirada ejercía una intensa presión sobre la parte de atrás de su cráneo.
—Mi pequeña Sakura —dijo él entonces, suavemente. Con mucha ternura—. Date la vuelta, cariño.
Sasuke lo sabía, pensó Sakura, completamente mortificada. Nadie se tragaría aquella patética excusa que había inventado.
Pero aquél no era el momento que ella había escogido. ¡Lo tenía todo planeado y ahora él se lo estaba echando a perder!
—Sakura —repitió él suavemente.
—¡Oh! —Algo se partió de pronto dentro de ella, y dio media vuelta sobre el asiento para encararse con él. Poniéndose los puños en las caderas, gritó—: ¡Te amo! ¿Vale? Pero no quería decirlo de esa manera, quería decirlo como es debido y tú lo has echado a perder.
Frunciendo el ceño, saltó del asiento y salió de la sala hecha una furia.
