CAPÍTULO 24

Sasuke terminó de trazar la penúltima de las fórmulas necesarias para abrir el puente blanco. Aunque habían pasado varias semanas en el siglo XVI, ahora regresarían a un momento del siglo XXI en el que sólo habrían transcurrido tres días desde la fecha en la que partieron de allí. Trazaría la última y compleja serie de símbolos cuando estuvieran listos para irse.

Fuera del círculo de imponentes megalitos, su padre y Shizune esperaban de pie con sus hermanos pequeños en los brazos. Ya hacía un buen rato que se había despedido de ellos. Ahora Sakura los abrazaba y besaba, y tanto sus ojos como los de Shizune relucían con un brillo sospechoso. Con qué facilidad, se maravilló Sasuke, hacían frente las mujeres a esos desfiladeros de pena que los hombres preferían evitar dando un rodeo lo más amplio posible. Se preguntó si las mujeres eran, de alguna manera intangible, más fuertes por hacer tal cosa.

Mientras Fugaku y Shizune daban a Sakura mensajes para Izuna y Sakurasou, Sasuke se puso a pensar en lo que había descubierto la noche anterior, después de que Sakura se hubiera quedado dormida. Cuando todavía faltaba un poco para que amaneciera, había regresado a la cámara de la biblioteca. Sasuke no era idiota, y sabía que su astuto padre se había callado demasiado abruptamente cuando estaba leyendo el último pasaje del quinto Libro de Manannán.

Y ciertamente, allí estaba. Un fragmento crucial de información que Fugaku había optado por guardarse para sí. Sasuke no necesitaba preguntarle por qué lo había hecho para entender cuál fue la razón por la que su padre omitió aquellas palabras tan reveladoras. Fugaku argumentaría que una profecía no era más que un pronóstico de un posible futuro. Sin embargo, Sasuke sabía (¿y acaso la experiencia de Izuna con la vidente Chiyo no lo había demostrado?) que el futuro pronosticado era el futuro más probable, lo cual significaba que iba a ser condenadamente difícil evitarlo.

Inscrito en el quinto Libro de Manannán, en grandes letras mayúsculas suavemente inclinadas, estaba el futuro más probable de Sasuke:

Los trece serán hechos uno, y el mundo se sumirá en una época de oscuridad más brutal de lo que jamás haya conocido la humanidad. Atrocidades indecibles serán cometidas en nombre de los draghar. La civilización caerá y antiguos males volverán a alzarse, mientras los draghar prosiguen su incesante búsqueda de venganza.

Él nunca permitiría que un futuro semejante llegara a hacerse realidad. El amor de Sakura le había dado nuevas fuerzas y la esperanza ardía como un faro en su corazón. Aunque la oscuridad seguía creciendo dentro de él, la determinación y el propósito de Sasuke nunca habían sido más fuertes.

La miró, bebiendo ávidamente aquella visión. Para su regreso, se habían puesto la ropa que llevaban en el siglo XXI, y ahora Sakura estaba de pie allí con sus finos calzones azules y su suéter de color crema, sus rizos siempre despeinados cayéndole sobre la espalda. El deseo se agitó en las venas de Sasuke. No tardaría en volver a hacerle el amor, y cada minuto que se interpusiese entre el presente y aquel momento era un minuto de más.

Ya había advertido a Sakura de cómo lo afectaría el acto de abrir el puente:

—No seré... del todo yo mismo, Sakura. ¿Te acuerdas de cómo era yo cuando pasamos por él la primera vez?

—Lo sé —dijo ella firmemente—. Sé lo que necesitarás.

Él había apretado los dientes.

—Puede que me muestre... un poco áspero, amor mío.

—Soy más dura de lo que piensas. —Una pausa, y luego aquellas palabras que él nunca se cansaría de oír—: Te amo, Sasuke. Nada cambiará eso.

Era tan diminuta, y aun así tan fuerte y decidida... Era, de manera sencilla, todo lo que él había querido jamás.

—Hijo —la voz de Fugaku hizo añicos sus pensamientos—, quiero hablar contigo antes de que te vayas.

Sasuke asintió y fue hacia Fugaku, quien lo condujo en dirección al castillo. Ya se había despedido de su padre, de Shizune y de sus hermanos, y estaba impaciente por irse, no fuera que alguien se echara a llorar de nuevo y le partiera el corazón.

—Cuando regreses, hijo, debes hablarle a Izuna de la cámara de la biblioteca.

Sasuke parpadeó, perplejo.

—Pero él ya sabrá acerca de ella. Hemos vuelto a abrirla, y tú le transmitirás el conocimiento a Inabi y...

—No haré tal cosa —dijo Fugaku tranquilamente.

—Pero ¿por qué?

—Anoche pasé algún tiempo meditando en las posibilidades. Si la existencia de la cámara de la biblioteca llega a ser puesta en conocimiento de los Uchiha, esa revelación podría afectar a demasiadas otras cosas durante los próximos siglos. La cámara tiene que ser olvidada. Devolver semejante riqueza de conocimientos a las generaciones sucesivas y pensar que ninguna otra cosa podría cambiar sería correr un riesgo demasiado grande. Planeo sellarla esta misma noche y no volver a entrar en ella nunca.

Sasuke asintió, viendo inmediatamente la sabiduría de aquella decisión.

—Sabio como siempre, padre. No se me había ocurrido pensar en ello, pero tienes razón. Ciertamente podría causar daños irreparables.

Tenía suerte, comprendió entonces, de que él y Sakura no fueran a permanecer en el pasado por más tiempo. Podía confiar en su padre para que se encargara de atar cualquier cabo suelto, si es que se presentaba alguno.

Incapaz de soportar una prolongada despedida, se volvió hacia Sakura y las piedras.

—Hijo —dijo Fugaku con voz baja y apremiante.

Sasuke permaneció de espaldas a él.

—¿Sí? —dijo tensamente.

Hubo una larga pausa.

—Si pudiera estar allí contigo, lo haría. Un padre debería estar con su hijo en semejantes momentos. —Tragó saliva audiblemente—. Muchacho —dijo después—, dales recuerdos de mi parte a Izuna y Sakurasou y diles que los quiero mucho, pero hazlo sabiendo que te llevas contigo la parte más grande de mi amor. —Otra pausa—. Supongo que un padre no debería tener favoritos, pero..., ay, Sasuke, hijo mío, tú siempre has sido mi favorito.

Cuando, unos instantes después, Sasuke volvió a la losa de piedra y empezó a trazar los últimos símbolos, reparó en que Sakura lo miraba de una manera muy extraña. Sus ojos volvieron a velarse y su labio inferior tembló levemente.

Sasuke no lo entendió hasta que ella atrajo su cabeza hacia la suya y besó la lágrima de su mejilla.

Entonces, mientras el puente blanco se abría, Sakura se lanzó a sus brazos, juntó las manos detrás de su cuello y lo besó apasionadamente. Sasuke le cogió las piernas, se las puso alrededor de la cintura y la estrechó entre sus brazos. A partir de ese momento para él la experiencia pasó a convertirse en una batalla de voluntades: era él contra la devastadora tormenta dimensional que cambiaba de forma incesantemente. Sasuke sintió como si —sólo con que pudiera atravesar el caos del puente blanco sin que sus brazos dejaran de rodear a Sakura— pudiera abrirse paso a través de cualquier cosa.

Se aferró a ella con todas sus fuerzas.

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—¡Uuuuf! —jadeó Sakura cuando se estrellaron contra el suelo helado, cada uno todavía en brazos del otro.

Una sonrisita triunfal curvó sus labios: ¡habían conseguido hacer el viaje sin soltarse el uno del otro! Sakura no sabía por qué aquello le parecía tan importante, pero lo era, como si de algún modo demostrara que nada podría llegar a separarlos jamás.

Un gruñido ahogado, un áspero rumor más animal que humano, fue el único sonido que emitió Sasuke mientras la ponía debajo de él y plantaba su boca sobre la suya. Su cuerpo estaba duro como la roca contra la suavidad del de Sakura y sus caderas se incrustaban en la cuna de sus muslos, y en un abrir y cerrar de ojos la lujuria ya la había dejado sin aliento. A aquel hombre le bastaba con mirarla para hacerla desfallecer de deseo, pero cuando la gruesa dureza caliente de su miembro se abrió paso entre sus piernas, la necesidad hizo que Sakura dejara de pensar. En cada una de las ocasiones, se le secaba la boca y sentía cómo todo su cuerpo temblaba de pies a cabeza mientras adivinaba todas las cosas deliciosas que le haría él. Todas aquellas formas de tocar y saborear, todas aquellas exigencias tan precisas que le presentaba él y que a ella tanto le encantaba satisfacer.

Sakura se entregó, lo acogió con avidez y en su totalidad, y tensó los brazos alrededor de su robusto cuello mientras enterraba los dedos en sus cabellos mojados. Rodaron por el suelo cubierto de granizo mientras la lluvia caía a torrentes y el viento aullaba de forma ensordecedora, insensibles a cuanto había a su alrededor y conscientes únicamente de la abrasadora intensidad de su pasión.

Con la boca sellada contra la de Sakura, el beso de Sasuke era imperioso y al mismo tiempo absolutamente seductor, exigente y sin embargo persuasivo. Cuando deslizó las manos debajo de su suéter mojado, abrió el cierre de su sujetador y curvó los dedos sobre sus pechos, Sakura jadeó contra sus labios. «Ahí —pensó vagamente—, oh, sí.» Sasuke jugó con sus pezones, haciéndolos girar entre sus dedos al tiempo que tiraba ligeramente de ellos, y Sakura pudo sentir cómo sus pechos se hinchaban bajo las manos de Sasuke, y su sensibilidad aumentaba hasta hacerse insoportable.

Cuando Sasuke se apartó abruptamente, ella gritó y extendió las manos hacia él, en un intento de tirar de su cuerpo para así poder volver a tenerlo encima. Pero Sasuke se mantuvo fuera de su alcance, y se sentó sobre los talones, a sus pies. Sakura arqueó la espalda y alzó los ojos hacia él, su mirada negra bajo el rielar de la luna.

—Por favor —jadeó.

Él le dirigió una sonrisa de fiera.

—Por favor ¿qué?

Ella se lo contó. Muy detalladamente.

Con un intenso destello en sus negros ojos, él rió mientras Sakura hacía la lista de sus muchas y variadas peticiones, y ella pudo ver que su atrevimiento estaba haciendo que la excitación de Sasuke no conociera límites. Un mes antes, Sakura nunca hubiera sido capaz de decir semejantes cosas, pero qué demonios, pensó, él la había vuelto así.

La risa de Sasuke fue de corta duración. Mientras la escuchaba, el deseo entornó sus ojos y la lujuria tensó aquellas facciones talladas a cincel. Le quitó los tejanos y el suéter y la despojó de las bragas y del sujetador, dejándola desnuda bajo su hambrienta mirada. Luego la alzó en vilo y, echándosela al hombro, recorrió posesivamente su trasero desnudo con la palma de la mano. Saliendo del círculo de piedras, Sasuke fue a través de la noche con ella al hombro y se adentró en los jardines. Se detuvo delante de un banco de piedra donde la depositó de pie, abrió de un tirón la cremallera de sus tejanos y se los quitó. En cuestión de segundos estuvo gloriosamente desnudo.

Y entonces el robusto y apasionado highlander de los salvajes ojos negros que estaba claro hervía de impaciencia por hallarse dentro de Sakura, la sorprendió arrodillándose ante ella. Plantó lánguidos besos con la boca abierta sobre la delgada y sensible piel de las caderas de Sakura, y a través de sus muslos. Agarrándole el trasero con ambas manos, tiró de sus caderas llevándolas hacia delante y su lengua suave como el terciopelo se deslizó profundamente dentro de ella, pasando por encima de su tenso brote y yendo todavía más hacia dentro.

Sakura sintió que le fallaban las piernas y gritó el nombre de Sasuke. Él no la dejó bajar sino que sostuvo su peso, y la obligó a permanecer de pie, con su oscura cabeza entre los muslos de Sakura y sus largos cabellos como seda en su piel. Lentamente, la hizo girar entre sus brazos y fue derramando besos abrasadores sobre cada centímetro de su trasero, lamiendo y excitando, mientras sus dedos se deslizaban dentro de la humedad que había entre los muslos de Sakura. Desesperada por tenerlo dentro de ella, en cuanto la presa con que la sujetaba se aflojó un poco, Sakura se dejó caer hacia delante para quedar a cuatro patas en el suelo, y luego miró invitadoramente a Sasuke por encima del hombro mientras se humedecía los labios.

Él dejó escapar un sonido estrangulado, el aliento siseándole entre los dientes.

—Ay, muchacha —la riñó—, he intentado ser delicado.

Y un instante después ya lo tenía encima, cubriéndola con su cuerpo grande y duro mientras se incrustaba en ella.

—Ya serás delicado más tarde —jadeó Sakura—. Ahora, deprisa y con fuerza.

Como siempre, su irresistible highlander se mostró más que dispuesto a hacer lo que ella le pedía.

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Mucho después, con las cabezas juntas y las manos entrelazadas, tomaron prestado el jeep de Maggie y fueron hasta el castillo de Izuna y Sakurasou. Una vez allí entraron sigilosamente por la puerta de atrás, tan silenciosos como dos ratones para no despertar a nadie, y una vez dentro se dejaron caer sobre la cama y empezaron nuevamente a hacer el amor.

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Ya era casi mediodía cuando Sasuke y Sakura se aventuraron a bajar, y cuando lo hicieron —para gran irritación de Izuna— fueron directamente a las cocinas, evidentemente muertos de hambre. No tardó en oír en el interior a una cuadrilla entera de McFarleys haciendo ruido mientras preparaban a toda prisa una mezcla de almuerzo y desayuno tardío.

Izuna sacudió la cabeza y reanudó sus nerviosos paseos por la biblioteca, apenas capaz de contener su impaciencia. El anciano McFarley entró, tratando de encontrar algo que pudiera traerle a «su señoría», pero lo único que quería su señoría era la atención de su dichoso hermano.

Llevaba levantado desde el amanecer, y ya se había encaminado una docena de veces hacia la escalera aquella mañana, pero en cada ocasión Sakurasou le había salido al encuentro al final de ésta y lo había dirigido firmemente de regreso a la biblioteca.

La noche anterior Izuna los había oído entrar (¿cómo hubiera podido conciliar el sueño la noche en que iba a regresar Sasuke?) y había empezado a levantarse de la cama para ir a su encuentro, pero Sakurasou le puso la mano en el brazo. «Deja que dispongan de esta noche, amor mío», le había dicho. Izuna gruñó, frustrado e impaciente por compartir sus noticias y descubrir lo que habían averiguado ellos, pero entonces Sakurasou había empezado a besarlo y la mente de Izuna había empezado a tartamudear del modo en que lo hacía siempre cuando ella aplicaba aquella maravillosa boca suya sobre cualquier parte de él. ¡Oh, y las partes sobre las que la había utilizado la noche anterior!

Izuna la miró. Sakurasou estaba acomodada en el asiento que había debajo de uno de los ventanales de la biblioteca. La lluvia repiqueteaba suavemente sobre el cristal.

Durante la última hora había estado leyendo, pero ahora miraba por el ventanal con expresión ensoñadora. Su piel tenía ese peculiar resplandor translúcido propio de una mujer embarazada, sus pechos habían adquirido una tensa opulencia, y su estómago se curvaba por el peso de los hijos de ambos. Izuna se sintió invadido por un gran júbilo mezclado con un intenso deseo de protegerla y, acompañando a ambas emociones, esa necesidad de abrazarla y tocarla que no cesaba nunca. Como si hubiera percibido su mirada posada en ella, Sakurasou se volvió bajo el ventanal y le sonrió. Izuna se dejó caer en un sillón próximo al fuego y se palmeó el muslo.

—Trae tu precioso trasero para aquí, mi pequeña inglesa.

La sonrisa de Sakurasou se hizo más profunda y sus ojos chispearon. Mientras bajaba del asiento del ventanal, le advirtió:

—Podría aplastarte.

Él soltó un resoplido.

—No creo que haya ningún peligro de eso, muchacha.

Con sólo unos cuantos centímetros por encima del metro cincuenta de estatura e incluso con el embarazo tan avanzado, Izuna nunca podría pensar en su esposa más que como una muchachita minúscula. Se la subió al regazo y puso las manos a su alrededor, sosteniéndola junto a su cuerpo.

El día estaba encapotado, frío y lluvioso, un día ideal para un buen fuego de turba, y pasado un rato, con la combinación de la mujer en sus brazos y las comodidades del hogar, Izuna fue relajándose poco a poco. Ya casi se había quedado adormilado cuando Sasuke y Sakura finalmente terminaron de comer y se reunieron con ellos.

Sakurasou se levantó del regazo de Izuna y se intercambiaron saludos y abrazos.

—Fugaku y Shizune nos encargaron que os diéramos muchos recuerdos —les dijo Sakura.

Izuna sonrió mientras reparaba en que Sakura todavía tenía los cabellos ligeramente mojados a causa de la ducha. Los de su hermano estaban igual, así que no era de extrañar que hubiesen tardado tanto en bajar. Los hombres del clan Uchiha tenían una decidida inclinación a hacer el amor en la ducha o en la bañera. La fontanería interior era uno de los muchos lujos del siglo XXI que Izuna todavía no entendía cómo había podido estar ausente de su existencia anterior. ¿Una ducha? Deliciosa. ¿Sexo en la ducha? Oh, no podía haber nada mejor en la vida.

Sakurasou estaba radiante.

—¿Verdad que Fugaku y Shizune son un encanto? No sabes la envidia que me dio no poder ir con vosotros y volver a verlos.

—Shizune me dio una carta para ti, Sakurasou —dijo Sakura—. Está arriba. ¿Quieres que vaya a buscarla?

Sakurasou sacudió la cabeza.

—Izuna podría morir de impaciencia si permitiese que salieras de la habitación. Tenemos noticias...

—Pero primero —intervino Izuna firmemente—, oigamos las vuestras.

Estudió con gran atención a Sasuke. Aunque sus ojos eran del color del cobre bruñido, con los bordes exteriores de sus iris ribeteados de negro, había en él una sensación de paz que no estaba presente allí antes. «Oh, sí —pensó Izuna—, no cabe duda de que el amor ciertamente puede obrar milagros.» No tenía ni idea de cuánto tiempo habían permanecido en el pasado, pero había sido el suficiente para que se hubieran enamorado locamente el uno del otro. El suficiente para que ahora estuvieran unidos como un solo ser frente al incierto futuro.

Escuchó pacientemente mientras Sasuke los ponía al corriente de lo que habían descubierto. Cuando Sasuke habló de la cámara de la biblioteca debajo del estudio en el castillo de Maggie y Daisuke, tuvo que estrujar los brazos de su sillón para no levantarse de un salto y correr a explorarla. Para tocar y leer el legendario Pacto, para redescubrir su historia perdida.

—Esos miembros de la secta druida de los draghar de los que has hablado... —empezó a decir Izuna.

—¿Sí? —lo animó a seguir Sasuke cuando su hermano se calló.

—Tenemos a uno de ellos en nuestra mazmorra.

Sasuke se levantó de un salto.

—¿Cómo ha llegado allí? ¿Lo has interrogado? ¿Qué te contó? —quiso saber.

—Cálmate, hermano. Me lo ha contado todo. La base de la organización de su orden está en Londres, en un lugar llamado Edificio Belthew, en la parte sur del West Side. Eran él y su compañero quienes iban detrás de Sakura en Manhattan, y fue su compañero el que saltó de tu terraza. Él os siguió hasta aquí, con la esperanza de tener otra ocasión con Sakura. Intentaban provocarte para que utilizaras la magia y así forzaras la transformación.

—¡Mataré a ese hijo de perra! —rugió Sasuke, y empezó a caminar hacia la puerta de la biblioteca.

—Siéntate —dijo Sakura, yendo detrás de él y tirándole firmemente de la manga—. Oigamos el resto. Puedes matarlo después.

Hirviendo de furia, Sasuke se negó a moverse por un instante y luego soltó un bufido y siguió a Sakura de regreso al sofá. «Puedes matarlo después», había dicho ella, de un modo casi ausente. Cuando Sasuke se dejó caer a su lado en el sofá, Sakura se acurrucó en sus brazos y le dio palmaditas del modo en que uno podría tratar de calmar a un mastín enfurecido. Sasuke sacudió la cabeza, sintiéndose un poco disgustado mientras pensaba en lo agradable que resultaría que de vez en cuando Sakura se sintiera un poquito intimidada por él.

Pero su pareja nunca haría eso. Ella no le tenía miedo a nada.

—Admitió —Izuna sonrió con una hosca satisfacción—, bajo una cierta coacción...

—Bien —dijo Sasuke secamente—. Espero que fuera tremendamente dolorosa.

—... que el edificio fue construido sobre un laberinto de catacumbas, y esas criptas son el lugar donde guardan todos sus archivos. Que él sepa, actualmente el edificio se encuentra ocupado por no más de tres o cuatro hombres, y de noche lo más habitual es que sólo haya dos, en el corazón de la estructura. El edificio dispone de un sistema de seguridad, pero creo que éste no supondrá ningún desafío para alguien dotado de tus incomparables habilidades, hermano —añadió secamente—. Hay toda una compleja serie de protecciones, y para gran consternación suya, tuvo que describirme minuciosamente qué es lo que debemos hacer para superarlas. A juzgar por la información de que dispone, ellos siguen creyendo que tú no tienes ni idea de que existan, y que no sabes nada acerca de la Profecía.

—Perfecto. Entrar allí a altas horas de la noche y examinar sus registros e historias no debería ser demasiado complicado. ¿Le preguntaste si sabía de algún modo de librarse de los trece?

Izuna frunció el ceño.

—Sí. Puedes estar seguro de que lo hice. Fue una de las primeras cosas que le pregunté. Me indicó que había un modo, pero no sabía en qué consistía. Había oído al maestre de su orden, un hombre llamado Daore Dōtonbori, expresar su preocupación ante la posibilidad de que lo descubrieras. Te aseguro que lo sondeé a conciencia, pero el hombre no tenía ni idea de en qué consiste ese método.

—Entonces necesitamos encontrar a ese Daore Dōtonbori, y me importa un comino el daño que tengamos que hacerle para descubrir lo que sabe.

Sakura y Sakurasou asintieron para indicar que estaban completamente de acuerdo con él.

—Bien, ¿cuándo nos vamos? —preguntó Sakurasou como si tal cosa.

Tanto Sasuke como Izuna la atravesaron con la mirada.

—Nada de «nos vamos» —dijo Sasuke firmemente.

—Oh, sí, claro que nos vamos —lo contradijo Sakura inmediatamente.

Sasuke puso mala cara.

—Ni se os ocurra soñar con que vamos a llevaros ahí dentro...

—Entonces limitaos a llevarnos a Londres con vosotros —dijo Sakurasou, consiguiendo sonar conciliadora y sin embargo terca—. Nos quedaremos en un hotel cercano, pero no permaneceremos aquí mientras vosotros dos os metéis alegremente en las fauces del peligro. Esto no es negociable.

Izuna sacudió la cabeza.

—Sakurasou, no permitiré que arriesgues tu vida o la de los pequeños, muchacha —dijo, con su profunda voz enronquecida por la tensión.

—Y deberías estar seguro de que no haré ninguna de las dos cosas —dijo Sakurasou sin inmutarse—. No voy a permitir que les ocurra nada a nuestros bebés. Sakura y yo nos quedaremos en el hotel, Izuna. No somos idiotas. Ya sé que no hay gran cosa que una mujer embarazada como yo pueda hacer cuando se trata de entrar sin ser descubierta en un lugar y registrarlo. Pero no podéis dejarnos aquí. Si lo intentarais, sólo conseguiríais que os siguiéramos. Llevadnos con vosotros y dejadnos instaladas en el hotel, donde estaremos a salvo. No podéis mantenernos fuera de esto. Nosotras también somos parte de ello. Las dos nos volveríamos locas sentadas aquí esperando.

El debate se prolongó durante más de media hora. Pero al final, las mujeres prevalecieron y los hombres accedieron de mala gana a llevárselas consigo a Londres al día siguiente.

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—Ha vuelto, padre, al igual que la mujer —informó Hugh Dōtonbori a Daore, hablando en voz baja por su móvil—. Los vimos regresar ayer ya bastante entrada la noche.

—¿Alguna idea de dónde estuvieron? —preguntó Daore.

—Ninguna.

—¿Y sigue sin saberse nada de Oyashiro?

—No. Pero no podemos entrar en el castillo. Aunque no estuviera protegido, no estoy seguro de que fuese prudente intentarlo —dijo en un suave murmullo.

No había ninguna necesidad de hablar en voz baja, dado lo lejos del castillo que se encontraban él y su hermano mientras lo observaban a través de binoculares, pero Sasuke Uchiha lo ponía nervioso. Aquel castillo de los Uchiha, a diferencia del otro que se alzaba en la cima de la montaña, estaba ubicado en un gran valle, y las colinas cubiertas de bosques que lo rodeaban proporcionaban una cobertura excelente. Aun así, Hugh se sentía expuesto. Su hermano se había quejado de la misma sensación.

—Infórmame cada dos horas. Quiero estar al corriente de cada movimiento que hagan —dijo Daore.