CAPÍTULO 25

Ya era noche cerrada, y hacía un buen rato que todos se habían quedado dormidos, cuando Sasuke salió sigilosamente del castillo.

El día se había hecho interminable mientras él se esforzaba por ocultar a los ojos de aquellos a los que amaba lo que planeaba hacer. El esfuerzo de mantener la mirada apacible y refrenar su impaciencia lo había dejado agotado, porque tenía que comportarse como si estuviera completamente de acuerdo, sin mostrar ninguna señal delatora, por insignificante que fuese, a aquel hermano que lo conocía demasiado bien, de que no tenía la menor intención de seguir el plan que habían estado diseñando meticulosamente durante aquella tarde lluviosa.

El plan que haría que todos fueran a Londres y todos corrieran peligro.

Durante la última parte de la tarde, mientras Sakura y Sakurasou hacían el equipaje para su viaje a Londres —el viaje que nunca iba a tener lugar—, Sasuke bajó a la mazmorra e interrogó al hombre de la secta de los draghar. Utilizó la magia para arrancar implacablemente la información de su mente, pero tal como le había asegurado Izuna, aunque el hombre sabía que existía una manera de volver a aprisionar a los trece y evitar la transformación, no conocía los detalles de ésta.

Que no hubiera duda de que existía una manera bastó para llenar a Sasuke de una nerviosa emoción, y una furiosa impaciencia por ver sus deseos realizados sin perder un instante.

Los cuatro se reunieron a cenar en la gran sala, y poco después de que hubieran terminado, Sasuke se llevó a Sakura a la cama, donde le hizo el amor hasta que ella quedó fuera de combate, saciada, en sus brazos.

Sasuke la había mantenido estrechamente abrazada, paladeando la sensación de tenerla entre sus brazos, durante casi otra hora antes de que finalmente dejara su cama.

Y ahora, mientras salía a la noche, estaba preparado. Ya iba siendo hora de enfrentarse al enemigo y poner fin a las cosas de una vez y para siempre.

Solo.

Sasuke nunca permitiría que ninguna de las personas a las que amaba corriera aquel riesgo con él. Era él quien había creado todo aquel embrollo y sería él quien lo resolviera. Siempre daba lo mejor de sí mismo cuando actuaba en solitario, libre de toda carga —nuevamente el Fantasma Galo, un espectro oscuro y elegante que apenas si era visible al ojo humano— y que no tenía ninguna necesidad de mirar por encima de su hombro para proteger a alguien más.

No había salvado una vez a Izuna para Sakurasou sólo para ahora perder a uno de ellos o a ambos. Y nunca perdería a Sakura.

Sabía que se pondrían furiosos, pero con un poco de suerte todo habría terminado antes de que despertaran o, en el peor de los casos, poco después de que lo hubiesen hecho. Sasuke necesitaba actuar de aquella manera, sabiendo que ellos estaban a salvo dentro del castillo, para así poder mantener su mente concentrada en su objetivo sin ninguna clase de distracciones.

Entraría en los cuarteles generales de la secta de los draghar, examinaría sus archivos, localizaría la dirección de Daore Dōtonbori, caería sobre él y extraería de su mente la información que necesitaba. El pensamiento de que, dentro de poco, podía verse liberado de la agotadora batalla que llevaba tanto tiempo librando se le hacía casi inconcebible. La idea de que, por la mañana, podía regresar junto a Sakura siendo nada más que un druida y un hombre parecía un sueño demasiado maravilloso para que pudiera ser cierto.

Pero podía llegar a hacerse realidad. Según Oyashiro —y una mente que había sido violada con semejante crueldad era incapaz de mentir—, Daore Dōtonbori sabía cómo devolver a los antiguos a aquella prisión de la que habían venido.

El vuelo hasta Londres fue corto, aunque luego Sasuke necesitó varias horas llenas de frustración para localizar el Edificio Belthew. No había estado en Londres con anterioridad, a excepción del aeropuerto, y la ciudad lo confundía. Se quedó un rato de pie ante el edificio a oscuras, estudiándolo desde todos los ángulos. Era un gran almacén construido de piedra y acero, con cuatro pisos, pero a juzgar por lo que había confesado Oyashiro, aquello que buscaba se encontraba debajo del nivel del suelo. Sasuke inspiró lenta y profundamente hasta llenarse los pulmones con el frío aire nocturno impregnado de neblina. Después fue hacia el edificio con rápidas y silenciosas zancadas y accionó la cerradura mediante una frase suavemente murmurada. Con aquélla ya eran dos las veces que había utilizado la magia aquel día, y de ahora en adelante procuraría recurrir lo menos posible a ella.

Los seres que llevaba en su interior ya habían empezado a agitarse. Sasuke podía percibir sus tanteos, como si estuvieran tratando de percibir lo que los rodeaba.

Abrió la puerta, metió medio cuerpo por el hueco y tecleó el código. Sasuke estaba preparado; había extraído todo el conocimiento que necesitaba de la mente de Oyashiro y se lo había grabado en la memoria. Conocía cada secuencia de números, cada alarma a esquivar, cada clave de acceso.

Cruzó el umbral y de pronto sintió un súbito pinchazo de dolor en el pecho, en las profundidades de la masa muscular. Encogió el hombro, tratando de disipar la molestia, pero ésta se negó a desaparecer y Sasuke, perplejo, bajó la vista.

Por un instante la visión del dardo plateado que se estremecía en su pecho simplemente lo dejó atónito. Entonces su visión sufrió una alarmante oscilación y se encogió hasta quedar convertida en un túnel lleno de penumbra. Parpadeando, Sasuke escrutó la habitación sumida en la oscuridad.

—Es un tranquilizante —le informó educadamente una voz masculina con acento de clase alta.

Unos instantes después, maldiciendo salvajemente, Sasuke se desplomó sobre el suelo.

Sasuke volvió en sí —no tenía ni idea de cuánto tiempo después— para sentir el frío contacto de la piedra en su espalda. A medida que el estupor inducido por la droga iba disipándose lentamente, fue consciente de que lo habían atado.

Se sentía raro, pero no podía determinar en qué consistía exactamente aquella sensación. Algo era diferente dentro de él. Tal vez fuesen los efectos residuales del tranquilizante, decidió.

Sin abrir los ojos, Sasuke flexionó los músculos en una serie de ínfimos movimientos para poner a prueba sus ataduras. Se hallaba encadenado a una columna de piedra que tendría medio metro de diámetro. Cadenas de gruesos eslabones le mantenían los brazos inmovilizados sobre la espalda, alrededor de la circunferencia de la columna. Sus tobillos también habían sido encadenados, dejándolos atrapados contra la base de la columna. A menos que recurriese a la magia, lo único que podía mover era la cabeza.

Manteniendo los ojos cerrados, escuchó y fue percibiendo las distintas voces que hablaron durante los momentos siguientes, haciendo así el recuento de sus enemigos. Media docena, no más. Si no lo hubieran drogado nunca habrían podido capturarlo, y si lograba liberarse, no tendría ningún problema para escapar. Sasuke desplegó sus sentidos de druida para comprobar la solidez de sus cadenas.

«Por todos los infiernos», pensó sombríamente. Había un hechizo de sujeción en las cadenas. Sasuke lo sondeó suavemente, poniendo a prueba su fuerza mediante la magia sin querer utilizar más de la estrictamente necesaria. Pero en vez de un tanteo sutil y bien dirigido, un súbito torrente de poder incontrolado recorrió todo su cuerpo, mucho más intenso de lo que había tenido intención de emplear y más de lo que nunca hubiera utilizado de una sola vez antes. Sintió la respuesta instantánea de los trece; empezaron a murmurar en su lenguaje incomprensible, sus voces zumbando como insectos dentro de su cráneo. Sasuke se vio bombardeado con sensaciones...

Gélida oscuridad. Inacabables discusiones y enfrentamientos entre ellos. Estar obligados a permanecer eternamente juntos sin ninguna escapatoria. Períodos de lucidez, períodos más largos de locura, hasta que finalmente lo único que quedaba era rabia y odio y una abrumadora sed de venganza.

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Sasuke. Era la percepción más intensa de ellos que había tenido hasta el momento y resultaba tan repugnante que, si sus manos hubieran estado libres, sospechó que se habría desgarrado la cabeza en un fútil esfuerzo por arrancárselos del cráneo.

Entonces comprendió dos cosas: la secta de los draghar tenía que estar más avanzada en el druidismo de lo que él había pensado para ser capaz de urdir un hechizo tan poderoso en el frío hierro, y le habían administrado algo más aparte de un mero tranquilizante. Le habían dado alguna clase de droga que reducía su capacidad para controlar el poder que llevaba dentro. Ahora Sasuke era como un hombre que al haber consumido demasiado whisky podía, pretendiendo hacer una suave caricia, llegar a descargar un golpe mortífero, por pura torpeza y aturdimiento.

Y no le cabía ninguna duda de que un golpe semejante lo volvería completamente oscuro.

Con una profunda inhalación, Sasuke obligó a sus sentidos a desplegarse hacia el exterior para alejarse del caos que zumbaba dentro de su mente. Saboreó el aire y trató de visualizar la forma de la sala a partir del eco de la conversación. Parecía tener el techo bastante bajo y ser larga, y había un tenue olor a musgo sobre la piedra. Sasuke no tenía ni idea de durante cuánto tiempo había permanecido inconsciente. Estaba bastante seguro de que se encontraba en las catacumbas que había debajo del edificio.

¡Qué estúpido había sido al irrumpir allí, subestimando a su enemigo! Había actuado de una manera irreflexiva y temeraria, impulsado por la impaciencia y una desesperada necesidad de proteger a las personas que amaba. No se le había ocurrido pensar ni por un solo instante que la secta de los draghar podía tener a alguien que lo observaba e informaba de cada uno de sus movimientos. Aparentemente lo mantenían vigilado, porque no cabía duda de que habían estado preparados para su llegada.

¿Cuál era su plan? ¿Pretenderían utilizar aquella droga mortífera para causar su transformación?

—Está volviendo en sí —dijo alguien.

Sasuke habría preferido que siguieran creyéndolo inconsciente, ganando así un tiempo precioso para que los efectos de la droga fueran disminuyendo, pero evidentemente, aunque había permanecido inmóvil, se había delatado de alguna manera. Su pecho quizás estuviera subiendo y bajando con unos movimientos más marcados. Abrió los ojos.

—Ah, hete aquí —dijo un hombre alto y delgado de pelo canoso, dando un paso adelante y deteniéndose ante él. Después lo contempló en silencio durante unos instantes—. Soy Daore Dōtonbori, el maestre de la secta. Éste no es el modo en que esperaba llegar a conocerte. Te pido disculpas por las cadenas, pero, por el momento, son necesarias. Supongo que Oyashiro está muerto, ¿verdad? —inquirió educadamente.

—Oyashiro vive —dijo Sasuke, teniendo mucho cuidado en modular su voz. No mostraría señal alguna de su conflicto interior ante aquel hombre—. A diferencia de vuestra orden, los Uchiha no quitan la vida sin tener una causa para ello. —Y no importaba lo mucho que le hubiera gustado hacerlo.

Daore caminó alrededor de la columna de piedra.

—Nosotros tampoco lo hacemos. Todo lo que hemos hecho era necesario para servir al propósito de recuperar los poderes a los que tenemos derecho. Para cumplir nuestro destino.

—Esos poderes nunca os pertenecieron por derecho propio. Fueron dados por los Tuatha de Danaan, y los Tuatha de Danaan tenían todo el derecho a reclamarlos cuando se hizo evidente que el hombre abusaría de ellos.

Daore soltó una seca carcajada que más parecía un ladrido.

—Así es como habla el hombre que rompió sus propios juramentos. Míralo como quieras. Da igual, nos guiarás.

—Nunca permitiré que se cumpla la Profecía.

—Ah, así que sabes de ella. Me preguntaba si estarías al corriente. ¿Cuándo lo descubriste? ¿Te lo contó Oyashiro? No es que lo culpe, porque sé de lo que eres capaz. Está todo aquí. —Extendió un brazo hacia atrás para abarcar con él las pilas de manuscritos y textos cuidadosamente repartidas en docenas de estantes—. Todo lo que los draghar pueden hacer. Todo lo que nos enseñarán. El poder para desplazarse a través del espacio y el tiempo, el poder para abrir los reinos.

—Los draghar a los que rendís culto casi destruyeron el mundo en una ocasión cuando trataron de abrir los reinos. ¿Qué te hace pensar que no volverán a hacerlo en cuanto estén libres?

—¿Por qué destruir el mundo cuando pueden gobernarlo? —replicó Daore—. Creo que podemos determinar qué fue lo que salió mal la última vez que intentaron ir en pos de los Tuatha de Danaan. Ahora nuestro mundo se encuentra mucho más avanzado de lo que lo estaba entonces. Y hay tantos fieles seguidores que esperan el momento de poder darles la bienvenida...

—¿Qué te hace pensar que los draghar tienen intención de pasar a formar parte de tu pequeña orden? ¿Por qué iban a quedarse aquí con vosotros? —se mofó Sasuke.

—¿Qué quieres decir?

Una sombra de inquietud cruzó velozmente por el delgado rostro del hombre.

—Si pueden viajar a través del tiempo, ¿qué va a impedirles regresar a su propio siglo? ¿Qué piensas tú que anhelan por encima de todo?

—Recuperar su poder. Una oportunidad de volver a vivir, de gobernar de nuevo. De ocupar el lugar al que tienen derecho en el mundo.

Sasuke chasqueó la lengua burlonamente. Aunque él no podía entender su lenguaje y no sabía cuáles eran las intenciones de los draghar, eso Daore lo ignoraba. Sembrar dudas podía ser un arma muy útil. Si conseguía hacer que siguiera hablando durante un tiempo lo bastante largo, quizá los efectos de la droga llegarían a disiparse lo suficiente para que pudiera arriesgarse a sondear la mente de Daore.

—Ellos quieren cuerpos, Daore, y tendrán el poder para regresar a los suyos. Una vez que los hayas liberado, ¿cómo impedirás que vuelvan? No serás capaz de controlarlos. Los draghar pueden destruir a tu orden en el momento en que yo cambie. ¿De qué les vais a servir? Regresarán a su siglo, evitarán que la guerra llegue a tener lugar, y reescribirán los últimos cuatro mil años de historia. —Sasuke rió—. Y para cuando ellos hayan terminado de cambiar las cosas, puedes estar seguro de que ninguno de nosotros habrá nacido jamás.

Oh, sí, los hombres que había en la sala parecían estar cada vez más nerviosos. El nerviosismo era bueno. La disensión violenta sería todavía mejor.

—Liberarás un poder que no puedes entender y que no tienes ninguna esperanza de dominar. —Sasuke le dirigió una sonrisa aterradora.

Después de un tenso silencio, Daore agitó la mano en un gesto despectivo.

—Basta. No me dejaré engañar por tus ardides. Los draghar no intentarán regresar porque correrían el riesgo de volver a ser aprisionados. Ellos nunca se arriesgarán a eso.

—Eso es lo que tú dices, cuando en realidad no sabes nada acerca de ellos. Yo sí.

Daore apretó las mandíbulas y les hizo una seña a dos de los hombres que esperaban de pie cerca de él.

—No permitiré que nada me aparte del curso de la Profecía. He jurado hacer que se cumpla. Y puede que no sepa tanto como me gustaría acerca de los draghar, pero sé mucho acerca de ti. —Miró a los hombres—. Traedla —ordenó.

Los hombres se apresuraron a salir de la sala.

Sasuke se puso rígido. Traedla... ¿A quién? , casi rugió. No podía ser, se dijo. Sakura estaba a salvo y dormida entre los muros bien protegidos del castillo. Estaba terriblemente equivocado.

Cuando volvieron unos instantes después, Sasuke sintió que se le hacía un nudo en las entrañas.

—No —susurró, sin que sus labios se movieran apenas—. Oh, no, muchacha.

—Oh, sí, Uchiha —se burló Daore—. Una mujer preciosa, ¿verdad? Intentamos llegar hasta ella en Manhattan. Pero no temas, podrás tener todo lo que quieras de ella una vez que te hayas inclinado ante lo inevitable. Sospecho que los draghar estarán muy hambrientos de mujer después de cuatro mil años.

Los hombres hicieron avanzar a Sakura, mitad a empujones y mitad a rastras. Sus manos y sus pies estaban atados, y tenía el rostro ceniciento y manchado de lágrimas.

—Lo siento tanto, Sasuke ... —boqueó—. Desperté cuando oí cerrarse la puerta del coche y salí corriendo del castillo, tratando de alcanzarte...

Uno de los hombres la hizo callar de un manotazo, y cada músculo del cuerpo de Sasuke gritó. Cerró los ojos e hizo frente a la oscura tormenta que crecía dentro de él.

«Soy un hombre y un Uchiha. No golpearé a ciegas», se repitió a sí mismo una y otra vez. Transcurrieron varios instantes antes de que consiguiera volver a abrirlos, y cuando lo hizo, sus miradas se encontraron.

«Te amo —articuló Sakura moviendo los labios silenciosamente—. ¡Lo siento tanto!»

Él sacudió la cabeza, rechazando su disculpa con la esperanza de que ella entendiese que le estaba diciendo que no había necesidad de ninguna disculpa. La culpa era suya, no de ella. «Yo también te amo, muchacha», articuló en silencio.

—Qué conmovedor —dijo Daore secamente. Ordenó con un ademán a los hombres que sostenían a Sakura que la hicieran avanzar, y luego los detuvo a media docena de pasos de la columna a la que estaba encadenado Sasuke—. Disponer de un avión privado tiene sus ventajas —dijo con una sonrisa—. Ella ya se encontraba aquí antes de que tú tomaras tierra en Londres, y ahora mis hombres la matarán a menos que tú tengas a bien impedirlo. Estar encadenado no debería suponer ningún obstáculo para un hombre con semejante poder.

—Hijo de perra.

Sasuke tensó los músculos en un feroz esfuerzo dirigido contra las cadenas, pero no le sirvió de nada. Sin magia, no iría a ninguna parte.

La rabia lo consumió, acompañada por la feroz tentación de usar el poder más horripilante que tenía a su disposición. Podía paladear la potencia de los antiguos mientras ésta se acumulaba dentro de su garganta y rogaba ser liberada. Las palabras que traían la muerte se enroscaron en la punta de su lengua. Sasuke quería sangre, y los seres que llevaba en su interior anhelaban derramarla.

Daore había planeado bien su estrategia. Había drogado a Sasuke para que no fuera capaz de controlar la cantidad de magia que utilizaba, había hecho cautiva a la mujer que amaba y ahora se disponía a matarla, a menos que Sasuke utilizara la magia para impedirlo.

Y si Sasuke utilizaba la magia para salvarla, se transformaría.

Era inevitable, comprendió con un peculiar distanciamiento. El momento por fin había llegado. Estaba acorralado en un rincón y no tenía escapatoria. No permitiría que le hicieran ningún daño a Sakura. Nunca. Ella era su compañera, tenía su selvar. La vida de él era su escudo.

Por una fracción de segundo, un instante curiosamente suspendido en el tiempo, fue como si estuviera allí en las catacumbas y sin embargo no se hallara allí. Su mente se retiró a un lugar tranquilo donde los recuerdos se sucedieron unos a otros en una rápida conjunción.

Estaba viendo a Sakura por primera vez, de pie bajo la llovizna en una calle de Manhattan llena de gente. Estaba descubriéndola debajo de su cama. Estaba sintiendo la plenitud de sus labios cuando le había robado aquel primer beso.

Le daba a comer trocitos de salmón. Escuchaba cómo ella no paraba de hablar acerca de algún oscuro tomo que hacía brillar sus ojos. Veía cómo le daba caladas a un grueso puro.

Estaba viendo sus ojos adormilados y llenos de sensualidad cuando la había llevado a su primer clímax a bordo del avión. Le hacía el amor en una piscina de límpidas aguas bajo un interminable cielo azul en sus amadas Highlands. Se derramaba en su interior, convirtiéndose en parte de ella. Miraba, mientras ella estaba subida a una silla y practicaba cómo decirle que lo amaba hablándole a un escudo, para luego volverse hacia él y gritarle. Para más tarde volver a decirlo, después de que él le hubiera contado su más oscuro secreto. Permaneciendo resueltamente a su lado.

Y en aquel extraño momento de calma, Sasuke comprendió que si no hubiese roto su juramento y no hubiera pasado a través de las piedras para salvar a Izuna, nunca habría conocido a Sakura.

Irónico, pensó, su destino había requerido su propia caída para conducirlo hasta la mujer que había sido su salvación de tantas maneras distintas. Si se le hubiera dado a elegir entre retroceder en el tiempo y optar por no romper su juramento y no conocer nunca a Sakura Haruno, hubiese entrado en el círculo de piedras sin pensarlo dos veces y habría vuelto a hacerlo todo, siendo plenamente consciente de que a aquel momento terminaría llegando.

Simplemente para tener la alegría de amar a Sakura durante el tiempo que le quedara.

Desde aquel lugar lleno de calma, su mente se deslizó rápidamente hacia otro: a aquella noche tan fría en la que había bailado sobre el resbaladizo muro de la terraza. Lo hizo porque siempre había sabido que podía poner fin a todo aquello muriendo. Una solución muy simple, realmente. Si no había recipiente, no habría resurrección. Jaque mate, y final de la partida. Una parte de él había estado tan cansada de luchar...

Pero aquella noche había decidido que seguiría luchando, y relegó los pensamientos de suicidio a su arsenal del último recurso, porque la mera idea le resultaba aborrecible.

Entonces había conocido a Sakura, que le había dado un millar de razones para vivir.

Sasuke sonrió amargamente. No podía invocar la magia necesaria para liberarla y ponerla a salvo sin dejar sueltos también a los draghar, lo cual lo colocaba en una posición imposible.

Nunca abriría las puertas a aquella «época de una oscuridad más brutal que cuanto la humanidad haya conocido jamás» de la que hablaba la Profecía. No había forma de saber cuántos millones de personas podían morir. ¿Qué ocurriría si aquellas palabras con las que había inquietado a Daore realmente expresaran lo que planeaban hacer los trece? ¿Y si de verdad tenían intención de retroceder en el tiempo? ¿Quizá para volver a librar la guerra? ¿Quizá para, esta vez, ganarla?

Eso cambiaría por completo cuatro mil años de historia de la humanidad. Cuando los trece hubieran terminado, el hombre quizá ya ni siquiera llegara a existir en los tiempos presentes.

No. Sus opciones, sus posibilidades, todo había sido agotado.

«Ay, amor mío —se lamentó—, no se suponía que fuese a terminar de esta manera.»

Cuando abrió los ojos, fue para descubrir que habían metido una mordaza en la boca de Sakura. Sus ojos color de las esmeraldas relucían con el brillo de las lágrimas.

—Cortadla —dijo Daore suavemente—. Mostradle su sangre.

Sasuke se mordió la lengua, llenándose la boca con un amargo sabor metálico. Sabía que tenía que calcular el momento a la perfección. Tenía que asegurarse de que se infligía una herida lo suficientemente letal como para morir antes de que la transformación fuera completa, pero no antes de que los miembros de la secta estuvieran muertos y Sakura hubiera quedado libre. Armándose de valor, se preparó para actuar con una impecable resolución. Un solo momento de titubeo podía ser su perdición. Tenía que estar comprometido al cien por cien con la muerte.

Y aquello era algo que resultaba tremendamente difícil cuando se estaba mirando a Sakura.

Uno de los hombres pasó la hoja de un cuchillo por encima de la piel de su cuello, y afloraron gotitas escarlata. Sakura se retorció entre los brazos de los hombres que la sujetaban, debatiéndose y forcejeando.

«Ahora», se dijo Sasuke a sí mismo al mismo tiempo que le susurraba un tenue «adiós» a su compañera. La pena que sintió en ese momento fue tan desgarradoramente intensa que echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un aullido que salía de las mismísimas profundidades de su alma.

Entonces, por primera vez desde la noche en que habían tomado posesión de él, Sasuke bajó la guardia y dejó de resistirse a los trece. Se abrió a ellos. Los invitó. Les dio la bienvenida.

La respuesta fue instantánea. El poder, la astucia y la locura inundaron todo su ser. Sasuke se vio súbitamente bombardeado con partículas y fragmentos de trece vidas, llenado con la fuerza fenomenal de doce hombres y una mujer cuya pasión por la vida había sido tan intensa que querían vivir para siempre. Pero sobrepasando con mucho cualquier sensación de ellos en tanto que individuos estaba el odio y la rabia que los trece sentían como uno solo hacia sus carceleros, una incesante e incontenible determinación de ver destruidos a los Tuatha de Danaan, incluso si para ello tenían que destruir todos los reinos durante el proceso.

Mientras los trece bullían en su interior como un enjambre, Sasuke se abrió paso dentro de la mente de Daore para sondearla brutalmente. Aunque ahora la respuesta ya no le sería de ninguna utilidad, seguía queriendo saber. Quería saber cómo podrían haber llegado a cambiar las cosas si él hubiera actuado de una manera menos temeraria y hubiese sido más sensato.

La respuesta que descubrió lo hizo reír. La ironía que encerraba era magnífica: aquella noche él había ido allí con tanta esperanza, y sin embargo ahora sabía que, incluso si Sakura no hubiera sido capturada, aquélla siempre había sido su única alternativa.

Daore, en efecto, conocía el modo de volver a aprisionar a los trece. Sasuke tenía que morir.

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Sakura se debatía entre los brazos de los hombres que la sujetaban y trataba de no echarse a llorar. ¡Qué estúpida había sido al salir corriendo del castillo, pero maldito fuese Sasuke por haber tratado de hacerlo solo! ¿Cómo iba a saber ella que unos hombres surgirían de entre las sombras en cuanto saliese fuera? Ni siquiera había tenido la oportunidad de gritar y advertir a Izuna y Sakurasou de que se la estaban llevando de allí.

Masticó desesperadamente su mordaza, pero no sirvió de nada. Seguía sin poder emitir aunque sólo fuese un gimoteo. «Oh, Sasuke», pensó mientras lo miraba, impotente y desvalida. Él la miró y sus labios se movieron, pero Sakura no pudo oír lo que había dicho.

De pronto Sasuke emitió un sonido de la más pura agonía, y su oscura cabeza se estrelló contra la columna de piedra con una fuerza tal que Sakura casi dejó de respirar y gritó silenciosamente por dentro. El cuello de Sasuke se arqueó, y su cuerpo se tensó como si estuviera siendo desmembrado en un potro de tortura.

El hombre llamado Daore gritó, cayó al suelo y se llevó las manos a la cabeza.

Sasuke rió, y el sonido le heló la sangre a Sakura. Sasuke nunca había emitido un sonido tan oscuro y deforme como aquél, impropio de él por completo. Temblando violentamente, Sakura contempló cómo su cabeza descendía muy despacio. Cuando vio sus ojos, se atragantó con la mordaza.

Eran casi completamente negros.

Un finísimo cerco de plata los rodeaba, tan tenue que apenas se percibía. Paralizada por el horror, Sakura dejó de debatirse.

Una galerna helada irrumpió en la sala, haciendo caer los libros de los estantes, volcando sillas y mesas, esparciendo por los aires hojas de papel y de pergamino.

De pronto los dos hombres que la sujetaban ya no estaban allí. El cuchillo que le apretaba el cuello salió disparado a través del aire, y Sakura lo perdió de vista entre los objetos que volaban. Las cuerdas que le ataban las muñecas y los tobillos se partieron, y la mordaza fue abruptamente arrancada de su boca.

Como desde una gran distancia, oyó la voz de Sasuke —pero no era del todo su voz, sino más bien como docenas de voces superpuestas unas encima de otras— diciéndole que cerrara los ojos, diciéndole que no vería y oiría nada hasta que él le ordenara otra cosa. Y un instante después supo que Sasuke le había hecho algo, utilizado alguna magia sobre ella, porque de pronto estaba ciega y sorda. Aterrada por la pérdida de sus sentidos, Sakura se dejó caer al suelo y se mantuvo completamente inmóvil.

Se quedó acurrucada, negándose a pensar en lo que podía estar ocurriendo. Negándose a creer en lo que creía haber visto antes de que el caos se adueñara de todo. Ella conocía a Sasuke, y él nunca haría algo semejante. Ni siquiera por ella. Tenía demasiado sentido del honor. Sasuke nunca escogería la vida de ella por encima del destino del mundo.

Entonces, ¿por qué había parecido como si se estuviera convirtiendo en un draghar?