CAPÍTULO 27
—No quiero que te vayas —dijo Sakurasou por, según la impresión de Sakura, centésima vez—. Por favor, Sakura, quédate con nosotros.
Sakura sacudió la cabeza con cansancio. Durante las últimas dos semanas, ella y Sakurasou habían llegado a estar muy cerca la una de la otra, algo que la consolaba al tiempo que la llenaba de un nuevo dolor, porque le hacía pensar en lo increíble que habría podido ser la vida si las cosas hubieran salido de otra manera. No le cabía ninguna duda de que ella y Sasuke se hubieran casado, y después se habrían quedado en Escocia y comprado una casa cerca de Sakurasou e Izuna. Ella y Sakurasou se parecían en muchos aspectos, y con el tiempo Sakurasou habría llegado a ser la hermana que nunca había tenido.
¡Qué sueño tan perfecto y lleno de felicidad habría sido ése! Vivir en las Highlands, rodeada por una familia y casada con el hombre al que amaba.
Pero todo había salido tan condenadamente mal y ahora aquellas cosas nunca llegarían a existir, y su creciente afecto por aquella mujer tan brillante y llena de amor que había permanecido incansablemente a su lado desde aquella terrible noche había empezado a hacerle más daño que a ayudarla.
—Me he quedado todo el tiempo que he podido, Sakurasou —dijo Sakura, prosiguiendo su sombría y decidida marcha hacia la puerta de embarque.
Se hallaban en el aeropuerto, y estaba impaciente por encontrarse en el aire para poder escapar a tantos recuerdos dolorosos. Si no salía de allí pronto, temía que se pondría a gritar y no pararía nunca de hacerlo. No podía mirar una sola vez más a Izuna. No podía soportar estar en el castillo que había construido Sasuke.
No podía soportar estar en Escocia sin él aunque fuera un solo segundo más.
Habían transcurrido dos semanas desde la horrible noche en que la despertó el sonido de la puerta de un coche al ser cerrada. Dos semanas desde que salió corriendo del castillo en pos de Sasuke, sólo para ser tomada como rehén por miembros de la secta que habían estado esperando a que se presentara una oportunidad así.
Dos semanas desde que huyó, sollozando, del corazón de las catacumbas, y salió dando traspiés del Edificio Belthew para llamar a Sakurasou e Izuna desde un teléfono público.
Dos semanas desde que Sakurasou e Izuna se reunieron con ella en Londres y registraron cada centímetro de aquel maldito edificio.
Al principio, cuando Sakurasou e Izuna la habían llevado de regreso al castillo Uchiha, Sakura se hallaba en estado de shock y no podía hablar. Permanecía acurrucada en un dormitorio con las luces apagadas, tenuemente consciente de que ellos estaban cerca. Pasado un tiempo, consiguió contarles lo que había ocurrido —la parte que había visto— y luego se hizo un ovillo en la cama, repasándolo una y otra vez en su mente en un desesperado intento de llegar a entender lo que había sucedido realmente.
Para comprender que nunca lo sabrían con certeza.
Lo único que sabían sin lugar a dudas era que Sasuke se había ido.
Durante dos semanas, Sakura vivió en una especie de suspensión insoportable, un fardo de tensión y pena... y traicionera esperanza. Después de todo, no había llegado a ver el cuerpo muerto de Sasuke. Así que, quizá... Así que nada.
Dos semanas de aguardar, rezar y esperar contra toda esperanza.
Y ver juntos cada día a Sakurasou e Izuna había sido la más pura clase de infierno imaginable. Izuna tocaba a Sakurasou con las manos de Sasuke. Bajaba el rostro de Sasuke para besar el de Sakurasou. Hablaba con la voz profunda y sensual de Sasuke.
Y no era Sasuke. No era suyo para que Sakura pudiera tenerlo entre sus brazos, aunque parecía como si debiera serlo. Izuna pertenecía a Sakurasou, y Sakurasou estaba embarazada, y Sakura no. Lo sabía, porque hacía unos días Sakurasou la había convencido de que se sometiera a un examen ginecológico, argumentando que si daba positivo le proporcionaría algo a lo que aferrarse. Desgraciadamente, Sakura no había recibido las alegres noticias que le habían dado a Sakurasou hacía unos meses.
Sus análisis habían dado negativo.
Al igual que su vida. Todo había quedado reducido a un enorme resultado negativo.
—Me parece que no deberías estar sola —protestó Sakurasou.
Sakura intentó sonreír tranquilizadoramente, pero por la expresión que vio en el rostro de Sakurasou, sospechó que sólo había conseguido llevar a cabo una horrible exhibición de dientes.
—Estaré bien, Sakurasou. No puedo quedarme aquí más tiempo. No puedo soportar ver...
Se calló, no queriendo herir los sentimientos de Sakurasou.
—Lo entiendo —dijo Sakurasou con una mueca.
Ella había sentido algo muy parecido cuando pensó que había perdido a Izuna para siempre y había conocido a sus descendientes. Podía imaginar lo que tenía que sentir Sakura cada vez que miraba al gemelo de Sasuke. Y Sakura no tenía la promesa de sus bebés a la que aferrarse, como había tenido ella.
Lo peor de todo era que no había respuestas. Sasuke simplemente se había ido. Sakurasou también se había aferrado a la esperanza, durante aquellos primeros días, hasta que Izuna le confesó que desde la noche en que desapareció su hermano no había podido volver a sentir aquel vínculo único entre los gemelos que él y Sasuke siempre habían compartido.
Decidieron que por el momento no se lo contarían a Sakura. Sakurasou todavía no estaba segura de que hubieran tomado la decisión correcta. Sabía que una parte de Sakura seguía abrigando esperanzas.
—Dentro de unas semanas iremos a Manhattan, Sakura —le dijo Sakurasou, abrazándola con fuerza.
Permanecieron estrechamente aferradas durante unos momentos, y luego Sakura puso fin al abrazo y prácticamente corrió hacia la puerta de embarque, como si no pudiera irse lo bastante deprisa de Escocia.
Sakurasou lloró por ella mientras la veía marchar.
Sakura advirtió rápidamente que el Juego del Quizás era el juego más cruel de todos, peor que el Juego del Lo-Que-Podría-Haber-Sido.
El Juego del Quizás eran padres que salían a cenar y ver una película y nunca volvían a casa. El Juego del Quizás era un funeral con los féretros cerrados y la imaginación de una niña de cuatro años cuando se veía ante unas relucientes cajas de madera y los incomprensibles rituales de la muerte que las acompañaban.
El Juego del Quizás era una aterradora sala vacía llena de sangre y sin ninguna respuesta.
Sasuke había utilizado los poderes de los draghar para liberarla, matar a los miembros de la secta y luego transportar mágicamente sus cuerpos a otro lugar para que ella no tuviera que hacer frente al horror, y en ese otro lugar se había dado muerte a sí mismo para asegurar que la Profecía nunca llegaría a hacerse realidad.
Eso era lo que creía Izuna. Y en el fondo de su corazón, eso era también lo que creía Sakura. Ella sabía que Sasuke nunca se arriesgaría a liberar el antiguo mal para que volviera a andar sobre la Tierra. Ni siquiera por ella. Aquello no tenía nada que ver con el amor, y sí todo que ver con el destino y el futuro del mundo entero.
Sakura había vuelto a revivir una y otra vez dentro de su mente aquel momento en que el cuchillo se apartó bruscamente de su cuello y salió disparado a través del aire.
Había ido en dirección a Sasuke.
Pero quizá, no paraba de insistir otra vocecita insidiosa, él y la secta de los draghar se habían desvanecido mutuamente..., ejem, sin darse cuenta, y... todos regresarían..., ejem, sin darse cuenta. Pasado algún tiempo. Cosas más extrañas podían ocurrir. Cosas más extrañas ocurrían continuamente en los episodios de Buffy. Quizás ahora estaban atrapados en algún lugar librando un combate a muerte.
«Quizá —la torturaba su mente— Sasuke todavía está vivo en algún lugar, de alguna manera.» Ese era el quizá más insoportable de todos.
¿Cuántos años había creído ella que un día sus padres volverían a entrar por la puerta principal? Cuando el abuelo vino para llevarla a Kansas, saber que tenía que marcharse de allí la llenó de terror. Todavía se acordaba de cómo le había chillado que no podía irse porque «¡cuando mamá y papá vengan a casa no sabrán dónde encontrarme!».
Sakura había pasado años aferrándose a aquella angustiosa esperanza, hasta que finalmente llegó a ser lo bastante mayor para entender qué era la muerte.
—Oh, Haruno —murmuró—. No puedes jugar al Juego del Quizá. Ya sabes lo que te hace.
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No tenía ni idea de cuántos días llevaba refugiada en su minúsculo apartamento, completamente retirada del mundo. No contestaba al teléfono, no leía su correo electrónico ni miraba lo que le traía el cartero, y rara vez llegaba a levantarse de la cama. Pasaba su tiempo reviviendo mentalmente cada uno de los preciosos momentos durante los que ella y Sasuke habían estado juntos.
Sakura había vivido el mes más increíble de su vida, había conocido al hombre de sus sueños y se había enamorado locamente de él. Había tenido la promesa de un futuro lleno de felicidad. Había tenido en las palmas de sus manos todo aquello que hubiera llegado a desear jamás, y ahora no tenía nada.
¿Cómo se suponía que iba a seguir adelante con su vida? ¿Cómo se suponía que debía hacer frente al mundo? ¿Vestirse, quizá cepillarse el pelo, salir a la acera y ver a las parejas de enamorados riendo y hablando el uno con el otro?
Imposible.
Y así fueron transcurriendo lentamente los días entre una pálida neblina hasta que despertó obsesionada con el súbito deseo de tener los objetos antiguos que él le había dado allí, en su apartamento. Necesitaba tener en sus manos el skean dhu, rodearlo con sus dedos para ponerlos en los mismos lugares donde habían descansado los de Sasuke.
Lo cual significaba dejar su apartamento. Sakura trató de pensar en alguna otra manera de hacerse con ellos, pero no había ninguna. Sólo ella podía acceder a la caja de seguridad del banco.
Se obligó a ir a la ducha, se mojó más o menos y se secó más o menos, y fue con pasos tambaleantes hacia la maleta que ni siquiera había deshecho. Se puso unas cuantas prendas arrugadas que podían hacer juego o no hacerlo —francamente, le daba igual, al menos no estaba desnuda y no la arrestarían, cosa que la habría obligado a dirigirle la palabra a otras personas, algo que no tenía ningún deseo de hacer— y cogió un taxi que la llevó al banco.
Poco después fue conducida a una habitación privada junto con su caja de seguridad. La contempló durante un buen rato, de pie ante ella y mirándola fijamente mientras intentaba reunir la inmensa energía necesaria para hurgar dentro de su bolso en busca de su cartera. Finalmente, sacó la llave y abrió la larga caja metálica.
La abrió y se quedó paralizada, sin poder apartar los ojos de ella. Encima de su espada de hoja corta, el skean dhu, el broche de los Uchiha y el brazalete del siglo I intrincadamente tallado, había un sobre con su nombre en él. Escrito con la letra de Sasuke.
Sakura se apresuró a cerrar los ojos en un frenético esfuerzo por no verlo. ¡No estaba preparada para aquello! La mera visión de la escritura de Sasuke hizo que sintiera como si su corazón estuviera volviendo a romperse en mil pedazos.
Inspiró lenta y profundamente unas cuantas veces mientras trataba de calmarse.
Finalmente abrió los ojos y cogió el sobre con manos temblorosas.
¿Qué podía haberle escrito Sasuke tantas semanas atrás? ¡Antes de que ella partiera hacia Escocia con él sólo hacía cinco días que se conocían!
Sakura levantó la solapa y sacó del sobre una solitaria hoja de papel.
Mi pequeña Sakura:
Si ahora no estoy aquí contigo, es que me encuentro más allá de esta vida, porque ésa es la única manera en que te dejaré marchar jamás.
Sakura se encogió y sintió que todo su cuerpo empezaba a temblar. Transcurrieron varios largos momentos antes de que se obligara a seguir leyendo.
Espero haberte amado bien, cariño mío, porque incluso ahora sé que eres la estrella que más brilla en mi firmamento. Lo supe en el momento en que te vi. Ah, muchacha, tú adoras tanto tus antigüedades...
Este ladrón sólo codicia un tesoro que no tiene precio: tú.
SASUKE
Sakura apretó los párpados con todas sus fuerzas mientras una nueva punzada de dolor recorría su cuerpo. El nudo que había en su garganta creció, y el fuego abrasador que ardía detrás de sus ojos se volvió insoportable; aun así, se negó a llorar. Había una razón perfectamente válida por la que no había llorado desde la noche en que Sasuke desapareció. Sabía que si lloraba, eso significaría que él realmente se había ido.
Lo cual también parecía implicar, de una manera que distaba mucho de ser lógica, que mientras ella no llorase, había esperanza.
¡Oh, Dios, pero sí podía verlo con los ojos de su imaginación! Podía verlos a ambos, de pie en la orilla aquel día. Él era alto, moreno y demasiado hermoso para ser descrito con meras palabras. Ella estaba emocionada, nerviosa y excitada. Muy fascinada por él.
Tan llena de desconfianza, también, hacia el taimado e increíblemente atractivo Fantasma Galo. Sakura había observado cada uno de los movimientos que hacía él, para estar segura de que realmente ponía sus preciadas antigüedades dentro de la caja antes de cerrarla y darle la llave.
Y aun así, él se las había arreglado para meter la carta en el último instante sin que ella la viera.
Ya entonces. Él ya la quería entonces. Había dicho, ya entonces, que nunca la dejaría marchar.
—¿Señora? —la interrumpió una enérgica voz masculina—. Le pido disculpas por molestarla, pero acaban de informarme de que había llegado. ¿El señor Uchiha está con usted?
Sakura abrió lentamente los ojos. El director de la sucursal bancaria estaba de pie en el hueco de la puerta. Sakura todavía no se encontraba preparada para hablar con nadie, así que sacudió la cabeza.
—Bueno, entonces, me pidió que le diera esto en el caso de que usted viniera a recoger el contenido de la caja sin él. —Le tendió un juego de llaves—. Dijo que quería que tuviera... —se encogió de hombros al tiempo que la miraba con una abierta curiosidad— lo que sea que abren estas llaves. Dijo que ya estaba pagado, que si no deseaba conservar su propiedad, podía venderlo. Expresó su convicción de que eso le permitiría llevar una existencia muy cómoda durante el resto de su vida. —La sometió a un intenso escrutinio—. El señor Uchiha tiene depositada una considerable cantidad de acciones en nuestro banco. ¿Puedo preguntarle qué tiene usted intención de hacer con respecto a ellas?
Sakura cogió las llaves con una mano que temblaba. Eran las llaves del ático de Sasuke. Se encogió de hombros, para indicar que no tenía ni idea.
—¿Se encuentra bien, señora? Está usted pálida. ¿Se siente enferma? ¿Quiere que le traiga un vaso de agua o un refresco?
Sakura volvió a sacudir la cabeza. Se guardó la carta en el bolsillo y metió dentro de su bolso el skean dhu cuidadosamente envuelto. El resto de los objetos los dejaría en el banco hasta que dispusiera de un lugar que le pareciera seguro para guardarlos.
Nunca serían vendidos. Sakura no se desprendería ni de un solo precioso recuerdo.
Contempló las llaves, sintiéndose extrañamente vacía. Con cuánta minuciosidad él lo había planeado todo, qué lejos en el futuro había mirado, incluso entonces. Dejándole su ático en Manhattan, como si ella fuera a poder soportar jamás vivir allí. O venderlo. O ni siquiera pensar en él.
—Señora, me he dado cuenta de que no tenemos relacionado a ningún familiar en los expedientes del señor Uchiha...
—Oh, cállese, sólo cállese, ¿quiere? —consiguió decir Sakura finalmente mientras pasaba junto a él.
Se estaba muriendo por dentro, y a él lo único que le importaba era si su banco podía llegar a perder el dinero de Sasuke. Era más de lo que ella podía soportar. Dejó tanto la caja de seguridad como al director de la sucursal sin mirar atrás.
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Luego estuvo vagando por la ciudad durante un tiempo, abriéndose paso a través de las masas de gente sin verlas y sin tener idea de hacia dónde iba. Con la cabeza baja, siguió caminando mientras el sol dejaba atrás la hora del mediodía, descendía tras los rascacielos y se deslizaba hacia el horizonte.
Siguió caminando hasta que estuvo demasiado cansada para dar otro paso, y entonces se dejó caer en un banco. No podía soportar la idea de regresar a su apartamento, no podía soportar la idea de ir al ático de Sasuke. No podía soportar la idea de estar en ninguna parte y, de hecho, ni siquiera la de seguir existiendo.
Con todo, reflexionó, eso quizá la ayudaría en algo. Quizás el mero hecho de estar rodeada de las cosas de él, de volver a olerlo en sus almohadas, de tocar sus ropas...
Sería una auténtica agonía.
Sin saber qué hacer, Sakura se levantó del banco y reanudó sus vagabundeos sin rumbo.
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La noche ya había caído y una luna llena engalanaba el cielo cuando Sakura se encontró entrando en el elegante vestíbulo del edificio de Sasuke. No era exactamente que hubiera tomado la decisión de ir hasta allí, sino que simplemente había seguido andando hasta que sus pies la habían llevado a algún sitio.
«Bien —pensó con abatimiento—, aquí estoy. Lista o no.»
Pasó junto al escritorio del servicio de seguridad con un vago agitar de llaves dirigido a los guardias. Estos se encogieron de hombros y mientras pulsaba el botón del ascensor que la llevaría hasta el piso cuarenta y tres, Sakura pensó que realmente deberían despedirlos.
Las piernas le empezaron a temblar nada más entrar en la antesala, y de pronto se encontró volviendo a revivirlo todo en su mente. El primer día cuando se detuvo ante la puerta de Sasuke, con el tercer Libro de Manannán firmemente apretado entre sus manos, llamando todas las cosas feas que se le venían a la cabeza al hombre al cual tenía que entregárselo. Preocupada porque alguna idiota despampanante pudiera dañar el tomo. Mofándose desdeñosamente de las bisagras recubiertas de oro. Entrando en su hogar y viendo la gran espada que colgaba sobre la chimenea, el objeto que había servido como señuelo para llevarla hacia su destino.
Ser sorprendida debajo de su cama. Fingir que era una doncella francesa. Ser besada por él aquella primera vez.
¡Oh, qué no hubiese dado por poder viajar hacia atrás en el tiempo y volver a vivirlo todo! Se habría conformado con cualquiera de esos días. Y si tuviera que volver a hacerlo todo, nunca se habría resistido a la seducción de que la hizo objeto Sasuke. Habría bebido ávidamente cada uno de los momentos.
Pero un deseo semejante no podía ser más fútil. Ni ella ni ninguna otra persona iban a volver a retroceder jamás en el tiempo.
Izuna le había contado que la noche en que desapareció Sasuke, él había sentido cómo el puente dentro del círculo de piedras quedaba muerto de pronto. Le había dicho que fue como si una energía que había percibido durante toda su vida simplemente se hubiera ido. Al día siguiente, él y Daisuke habían descubierto que las tablillas que contenían las fórmulas sagradas también se habían ido, al igual que todo recuerdo de las que se habían grabado en la memoria como parte de su adiestramiento.
Fuera lo que fuera lo que había hecho Sasuke aquella noche, había conseguido una cosa que quería. Los Uchiha ya no tenían la obligación de custodiar el secreto del viaje en el tiempo. Finalmente habían quedado liberados de aquella inmensa responsabilidad y de la tentación que la acompañaba. Ahora por fin eran capaces de vivir vidas más sencillas.
Cómo le habría gustado eso a Sasuke, pensó Sakura con una sonrisa llena de tristeza. Lo que más deseaba en el mundo era ser un hombre sencillo. Poder volver a llevar los colores de su clan. Y aunque Sasuke nunca lo había dicho, Sakura había sabido que él quería niños. Él quería tener una familia propia tanto como lo había querido ella.
«¿Cómo ha podido la vida llegar a estafarme de esta manera?», quiso gritar.
Armándose de valor para hacer frente al nuevo alud de todavía más recuerdos dolorosos que no tardaría en caer sobre ella, abrió la puerta (prodigio de prodigios, él la había cerrado con llave cuando se fueron) y la empujó con la mano. Fue directamente a la chimenea y pasó los dedos por el frío metal de la gran espada.
No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba ella allí, en la oscuridad, iluminada tan sólo por la pálida luz de la luna llena que se derramaba sobre las paredes, pero finalmente arrojó su bolsa al suelo y se tendió en el sofá. Luego, haría frente al resto del ático. Después, se obligaría a ir hasta la magnífica cama de Sasuke y se quedaría dormida en ella, envuelta en el olor de él.
«Mi pequeña Sakura: si ahora no estoy aquí contigo, es que me encuentro más allá de esta vida, porque ésa es la única manera en que te dejaré marchar jamás.»
Y no había que darle más vueltas. Él mismo lo había dicho en la carta que le dejó. Sakura no pudo evitar que se le escapara un ruidito ahogado.
Y finalmente las lágrimas llegaron en un torrente abrasador. Sasuke estaba muerto.
Realmente se había ido.
Sakura se hizo un ovillo en el sofá y lloró.
