CAPÍTULO 28

Poco después Sakura fue despertada por un ruido persistente que no le era familiar. Necesitó unos momentos para localizar su fuente, para entender que aquel sonido de arañazos provenía de la puerta del ático.

Frotándose los ojos, se incorporó hasta quedar sentada en el sofá. Había llorado hasta que se quedó dormida, y tenía los ojos hinchados y el rostro manchado de lágrimas. Su mirada fue hacia la puerta a través de la oscuridad y escuchó atentamente.

¡Oh, Dios, pensó horrorizada, sonaba como si alguien estuviera intentando forzar la puerta!

Siguió escuchando durante unos momentos más. Sí, eso era. Podía oír el rechinar metálico causado por alguien que trataba de forzar la cerradura. Sakura dio gracias al cielo de que hubiera podido salir del estupor de la pena el tiempo suficiente para accionar el cerrojo interior cuando entró por la puerta.

«Oh, por el amor de Dios —pensó, súbitamente exasperada—, ¿qué es esto? ¿Mi año de miseria? ¿Es que todas las cosas malas que podrían llegar a ocurrirme van a ocurrir una detrás de otra?»

No iba a permitir que volvieran a hacer de ella una víctima, y punto. Sakura Haruno ya había tenido suficiente. La capacidad de aguante de una chica tenía su límite. De pronto se sintió peligrosamente furiosa con quienquiera que estuviese al otro lado de aquella puerta, atreviéndose a complicarle todavía más la vida.

¿Cómo podía alguien atreverse a darle más motivos para llorar?

Vagamente consciente de que quizá no estuviera actuando de una manera del todo racional, pero demasiado harta de todo para que eso pudiera importarle, Sakura se levantó del sofá, descolgó la gran espada de los soportes que la mantenían suspendida encima de la chimenea y fue hacia la puerta sin hacer ningún ruido.

Primero pensó en golpear la puerta con la hoja de la espada, esperando que eso asustaría lo suficiente al intruso como para hacerlo huir, pero enseguida decidió que con lo aislado que quedaba el ático, el intruso podía terminar forzando la puerta de todas maneras y entonces ella habría sacrificado la ventaja de la sorpresa.

Así que se quedó inmóvil detrás de la puerta y esperó en silencio. No tardó mucho en oír unos chasquidos metálicos cuando los cilindros se movieron y el cerrojo giró. Tragando aire con un jadeo entrecortado, Sakura se irguió sobre las puntas de los pies, inclinó el cuerpo hacia delante para adoptar una postura lo más sólida posible, y alzó la pesada espada empuñándola con ambas manos.

La puerta se abrió muy lentamente y una silueta oscura entró en el ático.

Rápidamente, y quizá con más fuerza de lo que había pretendido, Sakura impulsó la hoja de la espada en dirección a la garganta de la silueta. Oyó un rápido ruido de tragar aire y sospechó, con lo afilada que era la hoja, que le había hecho un corte al intruso.

«Mejor», pensó.

—Por Dios, mi pequeña Sakura, haz el favor de bajar esa espada —dijo Sasuke en voz baja.

Sakura gritó.

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A las compañeras de los Uchiha nunca les resulta fácil reunirse con sus hombres. Algunas cruzan distancias demasiado vastas y extrañas para que la mente pueda llegar a asimilarlas; otras recorren un corto sendero, aunque la distancia es mucho más grande dentro de sus corazones. Lo habitual es que se resistan a cada paso del trayecto, mas para cada Uchiha siempre habrá una mujer que hará ese viaje. Reclamarla es cosa del Uchiha.

Fugaku dejó sobre su regazo el diminuto tomo que había encontrado en la cámara de la biblioteca. Era el único tomo que se había arriesgado a sacar de la cámara antes de sellarla. Ahora, solo en lo que antaño había sido su dormitorio y su santuario privado —la biblioteca de la torre a ciento tres escalones por encima del castillo propiamente dicho—, había terminado de leerlo. El libro no mencionaba a quién lo escribió, como hacían la mayoría de ellos al pedir una bendición para la persona que había escrito las palabras que contenía, y se limitaba a unas cuantas docenas de páginas de pergamino. Sin embargo aquellas páginas, un compendio sobre el emparejamiento de los varones del clan Uchiha, habían sido fascinantes.

«¿Y tú por qué no has reclamado a tu compañera, anciano?»

La respuesta a aquella pregunta era complicada, reflexionó Fugaku mientras paseaba la mirada por la cámara de la torre.

Gruesos pilares de velas dispersos por varias mesitas ardían brillantemente con sus llamas oscilando bajo la cálida brisa nocturna, y Fugaku sonrió mientras paseaba la mirada por su refugio lleno de paz. De joven, había encontrado delicioso todo lo que guardaba relación con la torre, los escalones que subían en espiral, los muros de piedra con su miríada de grietas y sus hendiduras cubiertas por gruesos tapices, y la impresionante belleza del paisaje que se divisaba desde el ventanal en la espaciosa estancia circular. De viejo, la encontraba igual de encantadora.

Había estado sentado en el mismo asiento contemplando la noche primero como un hombre que sólo tenía una veintena de años, luego como uno que tenía dos veintenas y, ahora, como uno que tenía más de tres veintenas con unos cuantos años de propina. Conocía cada irregularidad y elevación del terreno más allá de sus ventanas. Con todo y lo que la amaba, no obstante, la soledad que había buscado como su salvación con el tiempo terminó convirtiéndose en su prisión, y hacía unos años no le costó nada abandonarla cuando contrajo matrimonio con Shizune y se trasladó al castillo propiamente dicho.

Aun así, había anocheceres, como aquél, en los que anhelaba las majestuosas alturas y un lugar tranquilo donde pensar. Sasuke y Sakura se habían ido hacía ya casi una luna, y Fugaku se preguntó cuánto tiempo tendría que transcurrir antes de que terminara aceptando que nunca llegaría a saber qué había sido de su hijo. Aunque creía que Sasuke haría lo que tuviera que hacerse, no saber cómo había terminado todo lo obsesionaría hasta el fin de sus días. Y a Shizune también. La atmósfera en el castillo había sido ciertamente sombría desde que se fueron.

Shizune. Cómo había bendecido su vida. Sin ella, habría perdido a sus dos hijos y ahora estaría viviendo solo en lo alto de la montaña de los Uchiha.

Dentro de un rato, soplaría las velas y bajaría por el tortuoso tramo de escalones. Primero iría al cuarto de los niños, donde para aquel entonces sus hijos ya estarían profundamente dormidos. Fugaku se sentaría junto a ellos como hacía cada noche, y se asombraría de verlos allí. Todo su ser se maravillaría ante aquella segunda oportunidad en la vida que le había llegado cuando menos se lo esperaba.

Abrió el tomo por la página donde su dedo mantenía el pasaje en el que había interrumpido la lectura.

El intercambio de los votos de unión sellará juntos sus corazones para toda la eternidad, y una vez unidos, nunca podrán amar a otro.

Y ése era el quid de su problema. Fugaku no había llegado a reclamar del todo a su compañera debido a la diferencia de edad que existía entre ambos. Sabía que él moriría antes que ella. Probablemente bastante antes que ella.

Y entonces, ¿qué? ¿Shizune no volvería a casarse porque él se había ido? ¿Pasaría los siguientes veinte o cuarenta años sola? Pensar en ella yaciendo con otro hombre casi lo hacía enloquecer, pero pensar en ella sola en su cama durante tantos años hacía que se sintiera igualmente fuera de sí. Shizune debería ser amada, cuidada, mimada y acariciada. Debería ser saboreada y... y... y... ¡oh, Dios mío! ¡Era como un acertijo imposible de resolver!

«La elección debería corresponderle a ella», intervino su conciencia.

—Pensaré en ello —gruñó él.

«¿Y si mueres antes de que hayas terminado de pensar en ello?»

Frunciendo el ceño, Fugaku metió el tomo en uno de los bolsillos secretos que Shizune había cosido para él en todas las túnicas azules que eran su prenda favorita y ya se disponía a levantarse cuando reparó en que había una presencia en la estancia, de pie justo detrás de su hombro.

Se quedó completamente inmóvil y desplegó sus sentidos de druida para identificar al intruso, pero quienquiera o lo que quiera que se hallaba de pie detrás de él, desafiaba su comprensión.

—Sigue sentado, Uchiha —dijo una voz que hablaba con la suave música de unas campanillas de plata.

Fugaku así lo hizo. No estaba seguro de si había optado por obedecer, o si la voz lo había despojado de su voluntad.

Mientras esperaba en una tensa inmovilidad, una mujer salió de entre las sombras detrás de él. No, una mujer no, sino un..., oh, un ser. Lleno de asombro, Fugaku ladeó la cabeza y alzó los ojos hacia ella. La criatura resplandecía de tal manera y era tan hermosa que apenas podía soportar mirarla. Sus ojos llenos de matices iridiscentes brillaban con un sinfín de colores imposibles de nombrar. Cabellos rojos que parecían haber sido tejidos con hilos de plata, un rostro delicado e inhumanamente hermoso. De pronto Fugaku se preguntó si no habría algún trozo echado a perder en el buey que había cenado y ahora estaba padeciendo alguna inestabilidad de la mente inducida por un envenenamiento de la digestión. Después fue presa de un miedo mucho peor, que hizo que sintiera la cabeza alarmantemente ligera y que la sangre palpitase con demasiada fuerza dentro de su pecho: quizás había llegado su momento, y aquélla era la Muerte, pues ciertamente era lo bastante hermosa como para hacer que cualquier hombre la siguiera hasta aquel gran país desconocido que se extendía más allá de la vida. Fugaku podía oír su propia respiración, que se había vuelto rápida y entrecortada; podía sentir el curioso cosquilleo que se adueñaba de sus manos, como si estuvieran a punto de quedarse insensibles. Un sudor frío cubrió su piel.

«No puedo morir ahora —pensó vagamente—. No he reclamado a Shizune.» No sería capaz de soportarlo, pensó mientras cerraba y volvía a abrir unos párpados que se habían vuelto enormemente pesados. Quizá nunca volvieran a encontrarse, con lo que se vería obligado a padecer un centenar de vidas sin ella. ¡Eso sería el más puro infierno!

—Mito, reina de los Tuatha de Danaan, pide que le des la bienvenida, Uchiha.

La visión de Fugaku se volvió borrosa, y su último pensamiento antes de que..., ejem, antes de que el estrés del momento lo privase temporalmente de toda capacidad de pensar, fue de alivio al saber que no se estaba muriendo, y de furia dirigida contra sí mismo por perderse aunque sólo fuese un segundo de lo que sin duda era el acontecimiento más emocionante de toda su vida.

¡Los legendarios Tuatha de Danaan habían venido! ¿Y qué fue lo que hizo el gran laird de los Uchiha?

Desmayarse como una gallinita asustada.

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Unos minutos después, Sakura estaba sentada en el sofá con la cabeza entre las rodillas mientras hacía desesperados intentos por respirar.

Sasuke estaba sentado a sus pies y le rodeaba las pantorrillas con las manos.

—Estás hiperventilando, muchacha. Deja que te traiga una bolsa de papel.

—¡No te... —jadeo, jadeo— ATREVAS —jadeo, jadeo— a dejarme sola! —chilló ella al tiempo que lo agarraba por los hombros.

—No planeo volver a dejarte nunca, amor mío —dijo él con voz tranquilizadora mientras le acariciaba los cabellos—. Sólo voy a la cocina a coger una bolsa de papel. Trata de relajarte, cariño.

Sakura casi volvió a gritar de pura frustración. ¿Relajarse? Como si eso fuera tan fácil. Necesitaba tener a Sasuke entre sus brazos, besarlo, exigir que se le contara qué demonios estaba pasando. Pero no conseguía llegar a respirar con inspiraciones lo bastante profundas para que le fuese posible hacer nada.

De pie allí en la puerta, cuando oyó la voz de Sasuke deslizarse a través de la oscuridad, casi se había desmayado. La espada había caído con un gran estrépito de sus manos súbitamente carentes de vida, las rodillas se le habían convertido en mantequilla, y sus pulmones habían dejado de funcionar como era debido. Sakura siempre había pensado que los ataques de hipo eran horribles, pero ahora sabía que eran mil veces preferibles a hiperventilar.

¡Y además lo había cortado! Había una delgada línea de sangre en su cuello. Sakura trató de limpiarla, pero él tomó sus manos en una de las suyas, se las bajó suavemente sobre el regazo, y luego echó a andar hacia la cocina. Ella estiró el cuello en esa dirección y lo vio marchar. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo era posible que Sasuke estuviese vivo? ¡Oh, Dios, estaba vivo!

No podía quitarle los ojos de encima y fue volviendo el cuello de un lado a otro, siguiendo sus movimientos sin perderlo de vista ni por un solo instante. Sasuke estaba allí. Estaba allí de verdad. Era real. Ella lo había tocado.

Sabía, por el color ceniciento que había aparecido en el rostro de Sasuke, que su incapacidad para respirar profundamente había empezado a asustarlo. También la estaba asustando a ella, así que se obligó a concentrarse en deshacer todos los nudos de tensión que le oprimían las entrañas.

Cuando Sasuke regresó con la bolsa de papel, y aunque todavía temblaba visiblemente, Sakura ya había conseguido que su respiración volviera a la normalidad. Alzó la mirada hacia él mientras las lágrimas de alegría corrían por sus mejillas.

—¿Cómo? ¿Cómo puede ser? —chilló mientras se lanzaba a sus brazos.

—Ay, muchacha —ronroneó él, recibiéndola en su abrazo. Bajó la cabeza y rozó los labios de ella con los suyos. Una vez, dos, una docena de veces—. Pensaba que te había perdido para siempre, Sakura —gimió.

—¿Tú? ¡Eso mismo pensaba yo!

Más besos frenéticos, profundos y llenos de avidez. Sakura entrelazó las manos detrás del cuello de él, saboreando la solidez de su presencia y la cálida presión de su cuerpo; algo que había creído que nunca volvería a sentir.

Finalmente, Sasuke murmuró junto a sus labios:

—¿Cómo has llegado aquí, muchacha? ¿Cómo te las arreglaste para regresar tan deprisa de Escocia?

—¿Deprisa? —Sakura retrocedió y se quedó mirándolo con la boca abierta—. Sasuke, han transcurrido tres semanas y media desde que desapareciste.

Pensar en aquellas semanas espantosas bastó para hacer que volviera a echarse a llorar. Él bajó la mirada hacia ella, perplejo.

—Tres semanas y media... ¡Ah! Con que era a eso a lo que se refería la reina —exclamó.

—¿La reina? ¿Qué reina? ¿Dónde has estado? ¿Y por qué estabas tratando de forzar la cerradura? ¿Por qué no te limitaste a...? ¡Oh!

Se calló y miró dentro de sus exóticos y sensuales ojos dorados. Dorados.

—Oh, Sasuke —jadeó después—. Se han ido, ¿verdad? No sólo estás vivo, sino que además..., además eres libre, ¿verdad?

Él le dirigió una sonrisa deslumbrante y rió con una carcajada exultante.

—Sí, muchacha. Se han ido. Para siempre. Y en cuanto a lo de forzar la cerradura, dado que ellos se han ido, ahora ya no conozco sus hechizos. Me temo que mis días de ladrón han terminado, muchacha. ¿Seguirás queriendo tenerme junto a ti como poco más que un hombre? ¿Un simple druida de los Uchiha, nada más?

—Oh, te aceptaré, Sasuke Uchiha —dijo Sakura fervientemente—. Te aceptaré de cualquier manera en la que pueda tenerte.

Hicieron falta docenas de besos antes de que ella volviera a estar lo suficientemente calmada —y lo bastante convencida de que Sasuke era real— como para permitir que él la sentara encima de su regazo en el sofá y le contara lo que había sucedido.

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Cuando Fugaku recuperó el conocimiento y empezó a removerse en su asiento, la reina estaba sentada enfrente de él, observándolo atentamente.

—Sois reales —consiguió decir Fugaku.

Ella pareció levemente divertida.

—No hace mucho se me hizo reparar en que quizá no deberíamos haberos dejado tan completamente desprovistos de una guía. Que quizás habíais empezado a pensar que no éramos reales. No quedé convencida. Ahora lo estoy.

—¿Qué sois, exactamente?—preguntó Fugaku, humilde y fascinado.

—Eso sería muy difícil de explicar en vuestro lenguaje. Podría mostrártelo, pero no te ha ido demasiado bien con esta forma, así que me parece que no lo haré.

Fugaku la miró, tratando de grabarse cada uno de sus detalles en la memoria.

—Tu hijo ha quedado libre, Uchiha.

Fugaku sintió que le daba un vuelco el corazón.

—¿Sasuke triunfó sobre los draghar? ¿Consiguió volver a aprisionarlos?

—En cierta manera. Baste con decir que supo estar a la altura del reto al que se enfrentaba.

—¿Y vive? —insistió Fugaku—. ¿Está con Sakura?

—Lo devolví a la mujer que él había escogido como su consorte. Nunca podrá regresar a este siglo. El tiempo ya ha sido alterado más de lo que es prudente.

La boca de Fugaku se abrió y se cerró varias veces mientras intentaba decidir qué decir. No se le ocurrió nada remotamente inteligente, así que al final se conformó con un simple: «Os agradezco que hayáis venido a decirme esto». Que la reina de la raza legendaria se hubiera molestado en venir a contárselo todavía lo tenía completamente atónito.

—No he venido a contarte esto. Al despertar parecías encontrarte bastante débil, así que pensé que podía darte nuevas fuerzas con unas buenas noticias. Tenemos trabajo que hacer.

—¿Tenemos? —Fugaku abrió mucho los ojos.

—Está la pequeña cuestión de un Pacto roto. Roto en este siglo por parte de los Uchiha. Tiene que volver a ser sellado, aquí y ahora.

—Ah —dijo él.

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—Así que hiciste que el cuchillo se apartara de mi cuello —dijo Sakura, sonriendo mientras se secaba los ojos con un pañuelo de papel.

Sasuke se lo había contado todo: cómo la secta de los draghar lo había drogado con una poción que hacía que le resultara imposible controlar el uso de la magia, cómo cuando la llevaron a ella a aquella sala había comprendido que sólo le quedaba una opción.

Tal y como habían sospechado ella e Izuna, Sasuke fue honorable hasta el final: había tratado de quitarse la vida.

—Ibas a morir y dejarme —le reprochó ella mientras le golpeaba el pecho con el puño—. Casi podría odiarte por eso.

Luego suspiró ruidosamente, sabiendo que también lo amaba por ello. El honor de Sasuke era una parte integral de él, y Sakura nunca querría que fuese de ninguna otra manera.

—Créeme, muchacha, fue la cosa más difícil que me he forzado a hacer jamás. Decirte adiós casi me hizo pedazos el corazón. Pero la alternativa era liberar algo que podía terminar destruyendo no sólo el mundo, sino también a ti. ¿Acaso piensas que no sufrí un millar de muertes temiendo lo que podían hacerte los draghar si yo no conseguía morir antes de que ellos hubieran tomado posesión de mí? Te juro que no quiero tener que volver a soportar nunca semejantes temores. —Subió las manos por sus brazos, las sumergió en sus cabellos y la besó con una exigente firmeza, deslizando profundamente su lengua dentro de la boca de Sakura.

Cuando los dos se hubieron quedado sin aliento, ella dijo:

—¿Y qué sucedió entonces?

Resiguió los contornos de su cara con los dedos, paladeando el áspero contacto de su mandíbula sin afeitar y la suavidad de sus labios pecaminosamente sensuales. Y oh... ¡la visión de aquellos dorados ojos de tigre, tan límpidos y libres de sombras!

Sasuke le contó que había utilizado la magia para arrebatarle la vista y el oído de modo que no se viera obligada a verlo cambiar y morir. Un mero instante después de que él se hubiera clavado el cuchillo en el corazón, un hombre y una mujer —por llamarlos de alguna manera— habían aparecido. Eran los Tuatha de Danaan.

—¿Los Tuatha de Danaan vinieron? ¿Llegaste a conocerlos? —casi gritó Sakura.

—Sí. —Sasuke sonrió ante la expresión de curiosidad insaciable que había en el rostro de Sakura. Sospechó que se vería obligado a repetir docenas de veces aquella parte de su historia durante las dos semanas siguientes para que ella pudiera estar segura de que no se le había escapado un solo detalle—. Le hicieron algo a los miembros caídos de la secta que los hizo desaparecer. No tengo ni idea de dónde fueron a parar. Mis cadenas cayeron, y después supe que me habían llevado a algún otro... lugar. Fui tenuemente consciente de que yacía en una playa cerca de un océano en un sitio que no se parecía a ninguno de los lugares en los que he estado. Los colores que había a mi alrededor eran brillantes...

—¿Qué hay de ellos? —exclamó Sakura impacientemente—. ¿Cómo eran los Tuatha de Danaan?

—No eran humanos, de eso puedes estar segura. Sospecho que en realidad no se parecen en nada a nosotros, aunque eligen un aspecto similar al nuestro cuando se nos aparecen. Son muy parecidos a como los describen las leyendas: altos, esbeltos, de imagen cautivadora. A decir verdad, resulta muy difícil mirarlos directamente. Si yo no hubiera estado sangrando y en semejante estado de debilidad, lo más probable es que su apariencia me hubiera impresionado mucho más de lo que lo hizo. Eran inmensamente poderosos. Pude sentirlo en el aire alrededor de ellos. Yo pensaba que los antiguos druidas poseían un gran poder, pero eran meras motas de polvo comparados con los Tuatha de Danaan.

—¿Y? ¿Qué ocurrió?

—Me curaron.

Después Sasuke le explicó lo que habían hecho y por qué.

La mujer se había identificado como la reina de los Tuatha de Danaan. Le había dicho que, aunque rompió su juramento y utilizó las piedras por motivos personales, luego se había ganado la absolución al estar dispuesto a quitarse la vida para evitar que la Profecía llegara a hacerse realidad. Le había dicho que con sus acciones había demostrado ser digno de llevar el nombre de los Uchiha, y que debido a eso se le estaba dando una segunda oportunidad.

Sasuke sonrió maliciosamente.

—Tendrías que haberme visto, mi pequeña Sakura, tendido allí y creyendo que me estaba muriendo y que nunca volvería a verte, para luego comprender que la reina no sólo iba a liberarme, sino que además planeaba curarme y devolverme a ti.

Hizo una pausa mientras pensaba en las otras cosas que habían sucedido, sin que se le ocurriera ninguna manera de explicarlas porque no habían acabado de quedarle demasiado claras.

Sospechaba que nunca llegaría a entenderlas del todo. Había existido una clara tensión entre la reina y el otro Tuatha de Danaan, al que ella llamaba Neji. Mientras él yacía allí, la reina había dado instrucciones a Neji de que lo curase, pero Neji había protestado diciendo que Sasuke se encontraba demasiado cerca de la muerte. Neji había argumentado que le costaría demasiado salvar la vida del mortal.

La reina replicó que aquél era el precio que reclamaba a cambio de la súplica formal que había presentado Neji, sin que quedara muy claro lo que significaba exactamente eso.

El Tuatha de Danaan no se había mostrado nada complacido. A decir verdad, y con todo lo ultraterrena que era aquella criatura, la orden de la reina pareció llenarlo de horror.

—¿Qué? ¿Qué es lo que no me estás contando? —dijo Sakura con impaciencia mientras le tomaba el rostro entre las manos.

—Oh, muchacha, no se trata de nada importante. Es sólo que me pareció que había ciertas cuentas pendientes entre los dos Tuatha de Danaan que escapaban a mi comprensión. En cualquier caso, Neji me curó y luego la reina hizo salir de mi cuerpo las almas de los draghar y las destruyó.

Sakura dejó escapar un suspiro de felicidad.

—¿Fue entonces cuando cerró las piedras?

—Sí. Mito dijo que había estado pensando en ello y finalmente decidió que el poder de desplazarse a través del tiempo no era algo que el hombre debiera poseer.

—Y entonces, ¿por qué se tardó tanto tiempo en traerte de regreso hasta aquí?

—Amor mío, para mí sólo han transcurrido unas cuantas horas desde ese momento en las catacumbas. Sólo cuando me dijiste que ha pasado casi un mes entendí a qué se refería la reina cuando dijo que el tiempo no discurría del mismo modo en nuestros reinos.

—¡Así que esa parte de la leyenda también es cierta! —exclamó Sakura—. Los antiguos relatos aseguran que un solo año en el reino de los Tuatha de Danaan equivale a aproximadamente un siglo en el mundo mortal.

—Sí. La suya es una dimensión distinta. —Hizo una pausa, y la miró con ojos llenos de una súbita preocupación. Contempló sus ojos hinchados y su nariz enrojecida—. Ay, muchacha, has pasado mucho tiempo llorándome —dijo con tristeza—. Si hubiera estado en mis manos, habría hecho cualquier cosa por evitarlo. ¿Qué hiciste?

—Esperé con Sakurasou e Izuna y... ¡Oh! ¡Tenemos que llamarlos!

Trató de levantarse del regazo de Sasuke para ir al teléfono, pero él la estrechó entre sus brazos, negándose a dejarla marchar.

—Luego, amor mío. Siento tanto que tuvieras que sufrir... Si hubiera sabido...

—¿Si hubieras sabido qué? Si esto es lo que tenía que suceder para volver a tenerte conmigo, entonces no tengo nada que lamentar. Deja de preocuparte por ello. Ahora estás aquí, y eso es lo único que importa. No hubiera podido pedir nada más.

—Yo sí —dijo Sasuke en voz baja.

Sakura parpadeó, pareciendo confusa y un poco dolida. Sasuke la besó tiernamente.

—Llevo mucho tiempo queriendo preguntártelo, pero temía que quizá no fuera a tener un futuro que prometerte. Ahora lo tengo. ¿Te casarás conmigo, mi pequeña Sakura? ¿Aquí, en este momento, a la manera de los druidas?

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Y así fue como dio comienzo una de las horas más emocionantes de la vida de Fugaku Uchiha. Ahora estaba sentado enfrente de la reina de los Tuatha de Danaan y renegociaba los términos. Era fascinante; era frustrante porque ella se negaba a contarle nada acerca de sí misma; era vivificante. Mito era inteligente, e inmensamente poderosa, diez veces más de lo que Fugaku había llegado a percibir en los draghar.

No había ninguna necesidad de pedir que el poder de las piedras fuera eliminado de sus obligaciones, porque Fugaku las había sentido cerrarse poco después de que Sasuke se hubiera ido. De pronto el antiguo círculo de piedras había pasado a estar completamente muerto. Vacío de energía, con una mera sombra de permanencia que hacía que pareciese ligeramente más presente que el paisaje que los rodeaba. Cuando preguntó al respecto, la reina se limitó a decir que había reconsiderado los deberes de los Uchiha.

Discutieron un poco —¡él había discutido con la reina!— acerca de unos cuantos puntos menores. Más que nada porque aquello se parecía bastante a una partida de ajedrez y el tratar de obtener la máxima ventaja posible era tan propio de la naturaleza de la reina como de la de Fugaku.

Haría falta oro, la cantidad carecía de importancia, le dijo la reina, dado que se trataría de un gesto simbólico, para fundirlo y añadirlo al Pacto original. No había otra cosa a mano, así que Fugaku entregó el anillo que le había dado Shizune el día de su boda.

Aunque la reina se había negado resueltamente a responder a ninguna de las preguntas acerca de su raza que le hizo Fugaku, le dijo que a partir de aquel momento asistiría personalmente a los Uchiha en cada generación para que nunca volvieran a perder de vista el lugar que les correspondía dentro del orden de las cosas.

Y así El Pacto volvió a ser jurado y la responsabilidad de las piedras fue despedida con un agradecido adiós, para volver a ser padecida únicamente el día —y Fugaku esperaba que no llegara en mucho, mucho tiempo— en que el hombre descubriera por sus propios medios tan peligrosos secretos.

Cuando todo estuvo hecho y la reina se hubo desvanecido, Fugaku fue en busca de Shizune.

Tenía tanto que contarle, pero primero, había una cuestión enteramente distinta que le oprimía la mente con un gran peso. En el momento en que pensó que se estaba muriendo, comprendió lo estúpido que había sido. Tenía que intentarlo. Al menos tenía que ofrecérselo, y dejar que Shizune escogiera si quería tenerlo junto a ella o no.

La encontró en su dormitorio, poniendo bien las almohadas mientras se preparaba para acostarse. A los ojos de Fugaku, no había mujer más hermosa que ella. En su corazón, ninguna mujer era más perfecta.

—Shizune —le dijo suavemente.

Ella levantó la vista y sonrió. Era una sonrisa que decía que lo amaba, una sonrisa que lo invitaba a reunirse con ella en la cama de ambos.

Apresurándose a ir hacia ella, Fugaku cogió la almohada de su mano y la arrojó a un lado. Quería que Shizune le prestara toda su atención.

Y ahora que por fin contaba con ella, se encontró con que estaba inexplicablemente nervioso. Se aclaró la garganta. Se había preparado, había ensayado una docena de veces lo que iba a decir, pero ahora que el momento había llegado, ahora que estaba mirando dentro de los hermosos ojos de Shizune, todo parecía haber huido de su mente. Terminó empezando de una manera no muy afortunada.

—Voy a morir antes que tú —dijo con voz átona.

Shizune soltó una risita y le dio unas palmaditas en el brazo como para tranquilizarlo.

—Ay, Fugaku, ¿de dónde has sacado semejante...?

—Calla.

Shizune abrió mucho los ojos y lo interrogó con la mirada.

—Las probabilidades de que yo muera antes que tú, Shizune, son significativas. No quiero que tengas que llorarme. Nunca llegué a ofrecerle los votos de unión a mi primera esposa porque ella no era mi compañera, y yo lo sabía. Nunca te los he ofrecido a ti porque eres mi compañera, y lo sabía.

Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas. Ella lo miraba con ojos como platos y se había quedado muy quieta.

—Sin duda éste es el razonamiento más disparatado que ha salido jamás de tus labios, Fugaku —susurró finalmente contra el dedo de él.

—No podía soportar la idea de dejarte sola, atada a mí.

Ella tomó su dedo de los labios y puso su mano en la suya.

—Podría soportar cualquier número de años, Fugaku, si supiera que volveríamos a encontrarnos.

—¿Lo dices en serio? ¿De verdad?

—¿Cómo has podido dudarlo? ¿Acaso no te he mostrado el amor que siento por ti?

Oh, sí, pensó él sintiéndose lleno de júbilo, y de tantas maneras. Y ya iba siendo hora de que él le mostrara el suyo. Fugaku puso delicadamente la mano entre los pechos de Shizune, encima de su corazón, y luego puso la otra mano encima del suyo.

—Pon tus manos encima de las mías.

Ella bajó la mirada hacia su mano y sus ojos se entornaron.

—¿Qué le ha sucedido a tu anillo?

—Lo que nos mantiene juntos no es un simple aro de metal, Shizune. Es algo mucho más grande que eso. En cuanto a lo que le ha sucedido a mi anillo, se lo di a la reina de los Tuatha de Danaan cuando vino y me dijo que Sasuke estaba vivo y a salvo, y que por fin era libre.

—¿Qué? —jadeó Shizune.

—Ya te lo contaré luego —dijo Fugaku, impaciente. Ahora que había tomado la decisión de hacer los votos de unión, ardía en deseos de tener la respuesta de ella. No quería desperdiciar ni un solo instante. Sólo podía pensar en reclamar a Shizune, no fuera que ocurriese algo horrible, como por ejemplo que su corazón finalmente se diera por vencido antes de que él hubiera podido llegar a completar los votos—. ¿Dirás las palabras después de mí, muchacha?

—Ay, la vida nunca es simple, ¿verdad? —exclamó ella. Luego sonrió, radiante—. Sí, Fugaku. Diré las palabras.

Fugaku empezó a hablar con voz firme y profunda.

—Si algo tiene que perderse...

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—Bueno, ¿cómo se casa una con un druida? —preguntó Sakura con voz entrecortada.

No podía dejar de tocarlo, no podía creer que él estuviera vivo, que volviera a tenerlo a su lado y todo hubiera salido bien.

Poniéndole un dedo debajo de la barbilla, Sasuke le alzó la cara para un suave beso.

—Es bastante sencillo, en realidad. En una ocasión casi lo hiciste —dijo él, dirigiéndole una gran sonrisa.

Una sonrisa que llegó por completo a sus ojos dorados, llenándolos con una suave calidez. Una sonrisa que prometía un apasionado hacer el amor en el momento en que hubieran terminado con sus ritos druídicos. Y Sakura tenía muy claro que necesitaba hacer apasionadamente el amor, porque se sentía tan feliz que temía estallar en cualquier instante.

—¿Lo hice?

—Sí. —Él puso una mano sobre su corazón y la otra encima del de ella—. Pon tus manos encima de las mías, muchacha.

Cuando Sakura hubo hecho lo que le pedía, Sasuke volvió a besarla, esta vez muy despacio y con una inmensa dulzura, tomando como rehén a su labio inferior durante un largo y delicioso momento. Luego dijo:

—Repite después de mí, amor mío.

Ella asintió. Le brillaban los ojos.

—Si algo tiene que perderse, será mi honor por el tuyo...

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—He sido entregada —dijo Shizune, parpadeando para contener las lágrimas.

La emoción creció en su interior para romper dentro de su ser con la fuerza incontenible de una ola del océano, y habría podido caer de rodillas si Fugaku no la hubiera tomado entre sus brazos.

—Sí, muchacha, ahora realmente eres mía —dijo apasionadamente—. Para siempre.

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—¿Te casaste conmigo ese día en los brezales? —gritó Sakura—. ¿Y no me lo dijiste? ¡Oooh! ¡Tú y yo vamos a tener que hablar muy en serio acerca de cómo nos comunicamos! —Lo miró con el ceño fruncido—. ¡Y ya que hemos abordado el tema, todavía no hemos hablado de aquella noche en la que te fuiste sin decirme nada!

—Después de hacer el amor, muchacha —ronroneó Sasuke, inclinando su oscura cabeza sobre la de ella—. Entonces habrá tiempo de sobra para hablar de esas cosas.

Y esta vez el acto de hacer el amor, se juró mientras le quitaba el suéter pasándoselo por la cabeza, iba a durar mucho, mucho tiempo.

Él ya no era oscuro; el tiempo ya no era su enemigo. Había reclamado a su compañera, y el futuro se alzaba ante ellos, resplandeciente de promesas.

FIN.

Continuara en: EL HIGHLANDER INMORTAL (NEJISAKU)