Muerte en tres acto

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Shingeki no kyojin es propiedad de Hajime Isayama.

Esta historia participa en "Casa de Blanco y Negro 2.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Condiciones: Darkfic y sinfonía.


Primer acto

El extraño

1.

Lo conoció en el tercer aniversario de la noche más triste de su vida.

Levi Ackerman se encontraba en el bar «la Brecha» en el distrito Trost, al sur de la muralla Rose, como cada doce de diciembre. Aquel era el único día del año que se tomaba un descanso del trabajo para abstraerse en su dolor. Conducía hasta el distrito Trost donde nadie conocía su nombre o su pasado y se tomaba un vaso de whisky en las rocas.

Nunca se emborrachaba, pues odiaba perder el control de su cuerpo y de su mente. Pasaba la gran parte de la noche en la barra, con la mirada perdida en el fondo del vaso, donde dos solitarios hielos navegaban en los restos de bebida, esperando que el alcohol desapareciera de su sistema y la culpa de su cabeza.

Pero en esa ocasión fue diferente.

Afuera, el cielo estaba espejado y la tormenta de nieve había dado tregua tanto a los conductores como a los peatones; dentro, en el bar, el fuego crepitaba al fondo del establecimiento y, en lugar de poner un viejo reproductor de música con esas nuevas canciones que sólo les gustaban a los jóvenes, se decantaron por música instrumental para armonizar la velada.

Muchos de los presentes ignoraban que, tres años atrás, se había evitado una nueva guerra con los marleyanos. ¿Por qué iban a preocuparse cuando no habían llegado a ser invadidos? Levi sí lo recordaba porque había sido parte del triunfo.

Un muchacho alto, de pelo oscuro y largo hasta los hombros, ataviado con unos jeans gastados y una camisa blanca, se subió al escenario improvisado junto a la chimenea a tocar el violín.

Levi, quien estaba sentado en la barra —negándose por quinta vez al ofrecimiento del barman de servirle otro trago—, abandonó su vaso vacío para centrarse en él y en la melancólica melodía que les arrancaba a las cuerdas del violín. Los dedos pálidos del muchacho contrastaban con el ébano del instrumento; las luces doradas que pendían del techo acompañaban las notas.

«Qué hermoso y trágico al mismo tiempo —pensó, perdiéndose en el sonido. Le molestó que el resto de los presentes no apreciara la música como él—. No reconozco la pieza.»

Inevitablemente, se acordó de Isabel Magnolia y su piano de cola. Cuando vivían juntos, el apartamento era constantemente invadido por sus interpretaciones clásicas. Isabel no era capaz de recordar el nombre de las calles del distrito, pero sí se sabía de memoria todos los repertorios en los cuales había participado desde su infancia.

Cuando la interpretación acabó, Levi dejó dos billetes sobre la barra —uno para pagar el trago y otro como propina— y se dirigió al baño. El letrero que decía «caballeros» tintinea cuando abrió la puerta. Los cubículos eran pequeños, pero estaban siempre limpios y eso era sumamente importante para él.

Se bajó la cremallera del pantalón y vació el contenido de su vejiga. Estaba acomodándose la ropa cuando escuchó que alguien irrumpía en el baño, hablando por teléfono.

—¡Prometiste que no volverías a hacerlo! ¡Lo prometiste, carajo! —exclamó la voz—. ¿De verdad piensas que te estoy engañando? ¡Estoy trabajando, Reiner! Vaciaste nuestra cuenta de banco, ¿cómo quieres que pague mis gastos?

«No es asunto mío», se dijo Levi.

Sin embargo, entreabrió la puerta del cubículo para ver al dueño de aquella voz que emanaba enojo y tristeza al mismo tiempo. Se sorprendió al darse cuenta que se trataba del muchacho del violín; la caja del instrumento reposaba sobre el lavabo.

—No puedes hacerme esto, Reiner —insistió. Era una súplica, la voz se le quebró—. ¿Has visto el clima? Puede que la tormenta de nieve se haya detenido, pero volverá. ¿Dónde voy a dormir? —preguntó. Una lágrima corrió por su mejilla. Era pequeña, apenas imperceptible, pero Levi la atrapó con sus ojos—. ¿Reiner? ¿Reiner? ¡Maldito bastardo!

La persona con la que estaba hablando debió haber cortado abruptamente la llamada, ya que el muchacho aventó el teléfono contra la puerta del baño. Un grito de pura frustración emanó de su garganta y los puños cerrados golpearon una y otra vez el granito del lavamanos.

«No debo entrometerme», volvió a repetirse.

Cerró la puerta con brusquedad para que el otro supiera de su presencia.

—Oye, mocoso. ¿Estás bien?

Se limpió otra lágrima traicionera con el dorso de la mano.

—Supongo que lo escuchaste todo.

—No fuiste muy silencioso que digamos —respondió. Sus miradas se encontraron reflejadas en el espejo plateado—. ¿Problemas en el paraíso?

Conocía cientos de historias donde padres abusivos les negaban un techo a sus hijos y hermanos mayores que, cansados de hacerse responsables del hogar, cerraban las puertas para que nunca más volvieran. Pero la experiencia le decía que la discusión era de índole amoroso.

—Mi novio… él no está bien —contestó el muchacho—. Constantemente piensa que lo estoy engañando y que planeo abandonarlo. Para evitar que lo hiciera, cerró la cuenta de banco que compartíamos y cambió la cerradura de su apartamento. Ya es la quinta vez que lo hace en lo que va del año.

—Entonces, no tienes dónde dormir —concluyó—. ¿Por qué no vas a un hotel?

—El hotel más cercano está al otro lado de la muralla Rose y no tengo cómo llegar hasta allí. Con el dinero que conseguí esta noche, solamente puedo pagarme el taxi, no el alojamiento. —Tomó su instrumento y se encaminó hacia la puerta—. Gracias por escucharme, no tenías que hacerlo.

«No lo hagas. Es un extraño. No debes entrometerte», dictó su mente, pero su corazón se dejó convencer por la mirada rota y por las lágrimas que iban cayendo de ella.

No tenía ninguna razón para ayudar al extraño que había peleado con su novio porque, sin duda, no se veía reflejado en él. Cuando estaba en los veinte años, las discusiones las terminaba en la cama y, cuando salían de ella, todo volvía a empezar. Pero aquella no era la situación del violinista.

—Tengo un apartamento pasando la muralla Rose. Puedes pasar la noche allí si no tienes a dónde ir —propuso—. Y en la mañana te pagas un taxi de regreso.

—¿Por qué harías eso por un perfecto extraño? —preguntó—. ¿Qué quieres como pago?

Le ofendió que hiciera esa insinuación. Levi Ackerman no era de esos hombres que recogían muchachitos en la carretera para exigirle favores sexuales. Una sola relación había mantenido a lo largo de su vida y aún se mantenía fiel a su recuerdo, a pesar de que ya había caducado.

—Lo único que pediré a cambio es el nombre de la pieza que interpretaste.


2.

Una luna blanca y redonda se asomaba en el cielo como un ojo que todo lo contemplaba.

El automóvil de Levi estaba estacionado en la entrada del bar, junto a un cartel fosforescente que rompía con el patrón de farolas viejas de la calle. Era un coche de la década pasada, negro, con ventanillas automáticas, que cumplía bien su función de trasladarlo desde su apartamento hasta el trabajo y viceversa.

El muchacho acomodó el instrumento en la valija del auto; luego, se sentó en el asiento del copiloto.

—Y bien —dijo Levi después de encender el motor—, ¿cuál es tu nombre?

—Eren. Mi nombre es Eren Jaeger.

Él repitió su nombre en su mente para grabárselo a fuego.

Por su apellido, podía deducir que era hijo de inmigrantes alemanas; por su forma de andar y expresarse, que no siempre había vivido en el distrito Trost. «¿Vendrá de la muralla María o del otro lado del mar?» se preguntó. Por lo general, la población migraba desde el exterior hacia el interior del país, en rara ocasión se hacía a la inversa. A lo largo de sus treinta y cinco años, Levi no conocía a nadie que hubiera abandonado la muralla Sina para vivir en las afueras.

—¿Qué hace un mocoso como tú en un bar apestoso de Trost? —cuestionó. Al ver que parecía más un interrogatorio que una forma de entrar en confianza, reformuló—: Eres joven y talentoso. Deberías estar estudiando en un conservatorio.

—Tengo veintidós años. Mi tiempo de estudiar ya pasó —respondió con desgana—. Cuando era pequeño vivía en el distrito Shiganshina, soñaba con llegar al Conservatorio de Sina, pero me quedé atrapado aquí. —Sus ojos verdes se quedaron fijos en el parabrisas, viendo la gran muralla que se alzaba en el horizonte—. Muerte en tres actos.

—¿Qué?

—Así se llama la melodía que interpreté.

—Nunca la había escuchado —dijo Levi.

—Yo la compuse —reveló él—. Inicialmente, iba a ser una sinfonía de tres partes e iba a enviarla al Conservatorio de Sina como prueba de admisión, pero… —dejó la frase flotando en el aire. Luego, prosiguió—: Al estar pensada para ser interpretada por una orquesta, solamente toqué el primer acto con el violín.

«Cuando habla es como si volviera a estar con Isabel —pensó. Ella podía pasar horas y horas hablando de música, exhalando esa pasión que la volvía única—. Me siento como cuando tenía veinte años y todo era perfecto.»

—¿Por qué no presentaste la sinfonía? —La respuesta llegó por simple deducción—. Tu novio, ¿verdad?

—No quiero hablar de él. ¿Te importa si fumo? —Levi negó. Le abrió la ventanilla automática para que lo hiciera. El viento nocturno agitó el pelo largo de Eren mientras encendía el cigarrillo—. ¿Qué hay de ti? ¿Cuál es tu historia?

Del bolsillo delantero de su pantalón, extrajo su licencia. En la pequeña libreta se podía ver: su nombre, su fecha de nacimiento, su rostro y un resumen de su vida.

—Ahí está toda mi historia.

—Levi Ackerman —leyó, deteniéndose en su apellido—. Estos son muchos reconocimientos. Ya debes ser comandante de la policía militar.

—Capitán —corrigió—. Me ofrecieron ascenderme a Comandante, pero debía trasladarme a la jurisdicción de Sina. Y no estaba preparado para abandonar mi vida en la muralla Rose. No hay mucho más para contar.

La conversación murió cuando llegaron a la puerta de la muralla Rose. El rostro de una mujer estaba grabado en el escudo de plata. El muro resplandecía a la luz de la luna que se trasladaba junto a ellos.

Levi detuvo el automóvil en el puesto de vigilancia y enseñó su permiso para circular entre las murallas durante la madrugada. La puerta se elevó con un chirrido metálico cuando el guardia dio la orden de apertura.

El entramado de edificios, casas, negocios y plazas se reveló frente a sus ojos.

Eren Jaeger miró por la ventanilla, fascinado como un niño. Sus pupilas se dilataron y absorbieron la imagen que la ciudad ofrecía.

—¿Primera vez en la muralla Rose? —Eren asintió.

Levi sintió pena por él porque, al amanecer, debería volver a su mundo de sueños frustrados y discusiones por teléfono.

Siguió conduciendo con precaución por la calle principal, ya que la escarcha volvía traicionero el camino, hasta el tercer cruce y ahí dobló hacia la izquierda. Su casa quedaba a quince minutos de distancia.

Vivía en un complejo de viviendas relativamente nuevo. Se había mudado allí luego de que Isabel se marchara al otro lado del mar. Tenía dos habitaciones, un baño, un salón comedor con un gran ventanal que mostraba la mejor cara de la ciudad y una cocina pequeña. Para él era más que suficiente y muchas veces se sentía solo dentro de tanto espacio.

Con el control a distancia, abrió la puerta del garaje —que se encontraba en el subsuelo del complejo— y estacionó el automóvil en el lugar que tenía asignado. Las luces de la estancia se prendieron cuando detectaron el movimiento; Eren fue el primero en bajarse.

—Sígueme —apremió Levi.

Eren, con el estuche del violín en la mano, se apresuró a seguirle el paso. Lo guío por un pasillo estrecho, lo hizo atravesar dos puertas y subir tres tramos de escaleras. Cuando llegaron a su vivienda, Eren jadeaba con rapidez. Levi le dio unos segundos para recuperarse mientras introducía la llave en la cerradura.

Al entrar, encendió la luz para que la oscuridad se disipara.

—Primera puerta a la derecha es el baño; la segunda es donde puedes dormir —indicó—. No te ofrezco ropa porque te iría pequeña. —Eren era, por lo menos, una cabeza más alto que él y tenía los brazos más gruesos y las piernas más largas—. En el horno hay pizza de ayer, por si te da hambre.

—Gracias —contestó—. De verdad, gracias. No sé qué hubiera hecho.

—Ni lo menciones, mocoso. No todos los días invito a un extraño a dormir a mi casa. —Trató de esbozar una sonrisa—. Si amanezco con el apartamento desvalijado, te iré a buscar hasta el fin del mundo. No te olvides que soy policía.

—Jamás se me ocurriría…

—Era broma, mocoso. Relájate —tranquilizó Levi—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Sus manos se rozaron cuando Levi se dirigió a su habitación.


3.

Levi Ackerman se despertó cuando escuchó el teléfono.

Deslizó la mano por la superficie suave de la cama, buscando apagar el molesto sonido, pero pronto descubrió que no era el suyo el que estaba sonando. Entonces, recordó que no era el único en el apartamento. La cabeza le daba vueltas por las horas de sueño que le faltaban y la llamada no hacía más que retumbar en sus tímpanos.

«Maldito mocoso —pensó mientras hacía las sábanas a un lado. Se pasó la mano por el pelo en un vano intento de despejarse—. ¿Por qué no atiende o apaga el teléfono?»

Aún somnoliento, se dirigió al comedor —de donde provenía el sonido—, pero se encontró con una imagen que le secó la boca: la espalda desnuda de Eren era la fantasía húmeda de cualquiera. Piel blanca, tersa y tonificada, que se ondulaba con cada movimiento; un solitario lunar coronaba su hombro.

Cuando se volteó, su cuerpo resplandeció bajo la luz de la mañana que se filtraba por el gran ventanal. Eren cargaba dos tazas humeantes de té y una media sonrisa en el rostro.

—Quería preparar algo más elaborado, pero no tenías mucho en la cocina —dijo como forma de justificar el humilde desayuno. Apoyó las tazas sobre la mesa. Allí también reposaban unas tostadas con mantequilla y unos huevos revueltos—. Es mi manera de agradecer el hospedaje.

El teléfono volvió a sonar y a moverse gracias a la vibración. En la pantalla que se encendía y se apagaba al ritmo de la música, aparecía el nombre «Reiner».

—¿Por qué no contestas?

—No quiero discutir tan temprano. Ya hablaremos en casa si es que me abre la puerta. —Se encogió de hombros—. ¿No bebes más que té? —Un remolino de vapor flotó hasta su nariz.

—La cafeína me desvela —contestó Levi. «Y no soy bueno lidiando con el insomnio y los recuerdos», agregó en su mente—, por eso bebo solamente té. —Le dio un sorbo a su taza. Estaba perfecto de azúcar y de intensidad—. ¿Desde cuándo vives en Trost?

—Desde que estoy con Reiner —confesó—. Antes vivía en Shiganshina con mis padres. Él viajaba mucho por trabajo, meses enteros a veces; mi madre se encargaba de mí y de la casa. Un día, ella descubrió que mi padre tenía otra familia y que, cuando se iba de viaje, en realidad iba a ver a su otra esposa e hijo. Mi madre murió poco tiempo después de tristeza. —Levi percibió que la voz le tembló—. Su corazón falló.

»En ese entonces, Reiner había llegado desde Marley y estaba buscando en qué invertir la herencia de su padre. Le aconsejé que no lo hiciera en los campos, pues las lluvias y los tornados de los últimos años han arruinado las cosechas, volviéndolo un negocio muy inestable. «Si tuvieras mi dinero, ¿en dónde lo invertirías?» me preguntó. Yo le hablé de Trost y de la explotación minera que estaba en auge.

»Reiner me dijo que le gustaba mi sinceridad y si quería acompañarlo en su viaje al distrito. En aquel entonces, no me pareció una mala idea. Invirtió en el negocio de la minería y triplicó su herencia en cuestión de un año. Me pidió que me quedara a su lado, que lo ayudara con sus negocios y compartiera sus ganancias. Y durante dos años fue una fiebre de oro, amor y dicha, hasta que… —El teléfono sonó una vez más, interrumpiendo la conversación—. No quiero aburrirte con la tragedia de mi vida. Será mejor que me vaya.

Levi quiso detenerlo, pedirle que le siguiera abriendo su corazón, pero el muchacho se apresuró a ponerse su camisa arrugada. Mientras se abrochaba los botones y doblaba los puños, Levi le pidió el taxi que lo llevara de regreso a Trost.

Lamentó que no pudiera quedarse más tiempo, que no pudieran seguir hablando de su vida y de los acontecimientos que lo habían llevado a encontrarse en aquel bar. Le gustaba que el muchacho fuera así de directo y sincero; tan opuesto al hermetismo que caracterizaba a Levi.

La mayoría de personas encontraban más fácil confiarle sus penas a un extraño que a un familiar o un amigo. Los interrogatorios de la policía militar era una prueba de ello. Bastaba una mirada, una palabra, un gesto, para que los acusados desarmaran su barrera y confesaran todo lo ocurrido.

—Ya lo cargué a mi cuenta —dijo cuando escuchó la bocina que provenía de la calle. Eren fue a replicar, pero Levi lo detuvo—. No digas nada. Acéptalo y ya.

El muchacho lo quedó mirando con sus enormes ojos verdes, esperando que le dijera algo más. «¿Qué se supone que diga? —se preguntó Levi. Sintió que una gota de sudor descendió por su nuca. Estaba nervioso—. ¿Fue un placer conocerte? ¿Espero que vuelvas a discutir con tu novio para poder verte? No. Mejor no.»

Al ver que ninguna palabra era pronunciada, Eren tomó un bolígrafo y le escribió su número de teléfono en el dorso de la mano.

—Por si algún día vuelves a Trost y quieres pasar el rato.

Lo dijo de una forma que no daba lugar a la duda: era un ofrecimiento, uno que no era para nada sutil. Levi asintió y le prometió que lo agendaría en sus contactos. Se acercó al ventanal y aguardó verlo subir al taxi.

Cuando el vehículo se puso en marcha, lo primero que hizo fue hacer una llamada. El auricular sonó y sonó, pero nadie respondió al otro lado de la línea. Al cabo de unos minutos, el buzón de voz atendió por él.

—Hola, Erwin —comenzó a decir en el mensaje—. Necesito que hablemos. He conocido a alguien… Lo conocí anoche en el bar de Trost. Lo escuché discutir por teléfono con su novio. El imbécil le cambió la cerradura y no podía entrar al apartamento. —Hizo una pausa, buscando una forma de expresar lo que había hecho—. Lo traje en mi auto y lo dejé dormir aquí. Acaba de irse. Llámame cuando escuches este mensaje, por favor.