Muerte en tres actos

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Shingeki no kyojin es propiedad de Hajime Isayama.

Esta historia participa en "Casa de Blanco y Negro 2.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Condiciones: Darkfic y sinfonía.


Segundo acto

El trastornado

1.

Se encontró con Erwin Smith en la cafetería llamada «Segunda Rosa» —había una dentro de cada muralla— durante su hora de descanso.

El establecimiento se encontraba a tres calles del cuartel de la policía militar, donde Levi prestaba servicio, y se caracterizaba por sus mesas de fresno y las enredaderas llenas de flores que se extendían como brazos por el lugar. Y su especialidad era el té de rosa, un té exótico, pero agradable al paladar.

Levi Ackerman se pidió uno en lo que aguardaba su llegada. La mesa se encontraba junto a la cristalería empañada; al otro lado, la ciudad se llenaba de automóviles, peatones y trabajadores que, como él, estaban descansando. El sol blanco de invierno no era suficiente para palear las bajas temperaturas, por eso la campana de la cafetería no dejaba de sonar, anunciando nuevos clientes.

Tomó su teléfono y le escribió un «hola» a Eren. No era bueno iniciando conversaciones, pero supuso que aquella era una buena forma de empezar una. O retomar la última que habían mantenido. No esperó su respuesta, guardó el teléfono en su chaqueta.

Erwin llegó poco después.

Su pelo rubio se ocultaba dentro de un gorro de lana, tenía el rostro rojo por el viento frío y estaba envuelto en una gabardina color café. Sus zapatos, negros y lustrados, anunciaron su arribo.

—¿Cómo estás, Levi? —saludó. Se sacó el abrigo y lo clocó en el respaldo de la silla—. Debo decir que me sorprendió tu mensaje. Comienzo a pensar que sólo me buscas cuando necesitas encubrir un asesinato o quieres un favor.

A Erwin Smith lo había conocido cuando vivía en la Ciudad Subterránea —una construcción que, como bien decía su nombre, se erigía por debajo del territorio de la muralla Rose y había servido como refugio para los ciudadanos durante la guerra de Paradis y Marley— y él todavía no era Comandante.

Levi, quien ese entonces se ganaba la vida como un ladronzuelo de los bajos fondos junto a una banda de adolescentes que también eran huérfanos, había intentado asaltarlo en una de sus visitas a la Ciudad Subterránea. Erwin, en lugar de apresarlo por el intento de robo —y por el largo prontuario que llevaba a sus espaldas—, le ofreció un puesto dentro de su propio escuadrón de policías.

En aquel entonces, a Farlan —su compañero de aventuras desde que tenía memoria— no le gustaba la idea. Decía que así estaban bien: viviendo al margen de la ley, yendo a sus anchas por la ciudad, delinquiendo y emborrachándose en el bar local. Pero, con el pasar de los años, agradeció la paz de la superficie. Saber que tenían un techo propio y no debían vivir huyendo, fue algo impagable.

Y todo se lo debía a Erwin, un hombre capaz de dar segundas oportunidades y ver un atisbo de luz en mares de oscuridad.

—Ahórrate el sermón, Erwin —gruñó. Una mesera se acercó a llevar el pedido del recién llegado. La taza humeante hizo que el comandante entrara en calor a la brevedad—. Pedí tu favorito: té de frambuesa con tres de azúcar.

Levi era bueno recordando detalles. Eso lo había llevado a triunfar tanto en su carrera laboral como en su vida personal. Aquel gesto suavizó el semblante de Erwin, quien medio sonrió después del primer sorbo.

—La próxima vez que me pidas un expediente, sé más específico con los parámetros de búsqueda. ¿Sabes cuántos Reiner hay en Paradis?

—Podrías haber acortado la búsqueda al distrito Trost y al negocio de la minería, allí es donde vive y ésa es su actividad financiera.

Erwin Smith había llegado a ser Comandante de la policía militar gracias a su sentido innato de la justicia, la valentía y el liderazgo. Era el mejor tirador que conocía, capaz de acertar un blanco a kilómetros de distancia, y también quien más experiencia tenía con los sistemas informáticos. Había creado la base de datos de Paradis, en los tiempos posteriores a la última guerra, y sabía todos los atajos de la red. Si alguien podía conseguir información, ése era Erwin.

—No lo encontré en la base de datos de Trost sino en los viejos archivos del Hospital Psiquiátrico de Shiganshina. —Erwin extrajo de su gabardina un sobre marrón, caratulado con el nombre «Reiner Braun»—. Allí está todo lo que encontré de él.

»Es un marleyano que llegó hace cinco años aproximadamente a la isla. Lo encontraron deambulando junto a la muralla María, sin documentos o pertenencias. Los guardias pensaron que se trataba de un brote psicótico.

—Por eso lo ingresaron al hospital —finalizó Levi—. Pero eso no concuerda con lo que me contó Eren. Dijo que había llegado a Shiganshina buscando invertir su herencia.

—Me comuniqué con una enfermera retirada del hospital que se acordaba muy bien de su caso. Me contó que Reiner Braun era uno de los pacientes más enigmáticos del centro. Nadie supo su nombre hasta que, tiempo después de su ingreso, apareció un hombre llamado Marcel Galliard y le comunicó que su padre había fallecido y que él era su único heredero.

»La mujer me dijo que, en ese momento, Reiner cambió radicalmente de actitud, como si fuera otra persona. Pasó de ser esquivo y silencioso, a expresarse con fluidez y mostrar voluntad con la vida. Le diagnosticaron estrés postraumático, pero nunca pudieron averiguar qué lo detonó.

»Al ver una notable mejoría en su conducta, no tuviera razón para retenerlo.

Cuando el muchacho le había hablado por primera vez, las palabras usadas fueron: «él no está bien». ¿Eren Jaeger sabía de su paso por el Hospital Psiquiátrico de Shiganshina y no lo había mencionado por discreción? ¿O su novio le ocultaba su historial clínico?

—¿Algo más que deba saber de él?

—Me llamó la atención que estuvo involucrado en un accidente automovilístico el año pasado, a pesar de que en la base de datos no aparece su permiso para conducir. Al parecer, perdió el control del coche y atropelló a una chica. Como no tenía familia, no se presentó ninguna demanda civil en su contra. Tuvo que cumplir con dos meses de servicio comunitario y archivaron el caso. —Sus ojos se posaron en la carpeta—. Ahí encontrarás imágenes del accidente.

Levi abrió el expediente; una fotografía lo miró.

En ella se veía a un hombre alto, de pelo rubio y pajizo, ojos pequeños y maliciosos, mandíbula cuadrada y hombros anchos. «Y tú debes ser Reiner Braun —pensó mirándolo. Allí estaban todos los datos que se habían podido recabar a lo largo de los años: su nombre, edad aproximada, lugar de nacimiento y última dirección registrada—. ¿Qué pudo ver Eren en ti? No tienes nada de especial, y eres un trastornado.»

Las siguientes imágenes eran del accidente en sí. Había auto blanco con manchas de sangre en el capó y el parabrisas destrozado; una bufanda roja, descansaba solitaria junto al cuerpo embestido.

—¿A qué velocidad iba para dejarla en este estado?

—Muy rápido —contestó Erwin—. ¿Qué planeas hacer con toda esta información?

—Todavía no lo decido —se sinceró Levi—. Quiero ayudar al chico, pero no sé cómo.

—¿Y crees que él vale la pena? —cuestionó. Apoyó la taza de té sobre la mesa, junto a la carpeta, cuando lo terminó—. Me da miedo que te involucres demasiado con ese extraño, Levi. Ya sabes lo que sucedió con…

Levi lo detuvo.

—Eso no volverá a ocurrir —dijo de forma tajante. No quería pensar en el pasado que ya estaba enterrado en su memoria—. Gracias por tu ayuda, Erwin. Te debo una. ¿Qué tal las cosas en Sina?

—Tengo ganas de retirarme, con eso te digo todo. Son demasiados años de servicio.

Era otra de forma de decir «si hubieras aceptado el ascenso, yo estaría al otro lado del mar, viviendo otras aventuras», pero Erwin era demasiado educado como para insistirle. Y, por más cansado que estuviera de consagrar su corazón a la justicia, no se retiraría hasta que alguien de su completa confianza lo reemplazara. Hasta en eso era tan meticuloso.

—Se está acabando mi hora de descanso. Será mejor que me marche.

Levi sacó un par de billetes de su pantalón y los dejó encima de la mesa como propina para la mesera.

—Por poco lo olvido. Isabel dará un recital la noche de Navidad en Trost.

—Pensé que seguía triunfando al otro lado del mar.

Isabel Magnolia se había metido en su vida sin tocar la puerta, sin pedir permiso. Y se había ido de ella de la misma forma.

Después de que Levi Ackerman entrara a la policía militar, Farlan y él alquilaron un apartamento en el distrito Karanese. Y allí conocieron a Isabel. Ella vivía en el cuarto contiguo, era estudiante de música del Conservatorio de Karanese y soñaba con darse a conocer más allá de la muralla Rose. Había conquistado la muralla María y no sólo eso: sus interpretaciones habían cruzado el mar.

—Está de paso por la muralla Rose y se asentará en Sina. Me envió una carta, pero no soy el destinatario de la misma. —Sacó un papel arrullado y sellado del bolsillo pequeño de su camisa y se lo entregó—. Es para ti.

No le extrañaba que no se la hubiera enviado directamente, pues se había mudado desde la última vez que se habían visto.

—La leeré después —dijo Levi, esquivando el tema—. Ahora sí debo irme.

Cuando iba saliendo de la cafetería, el teléfono vibró en el bolsillo de su chaqueta. Eren Jaeger había respondido a su escueto «hola» con un: «¿nos vemos mañana por la noche?» seguido del nombre de una calle del distrito de Trost.

La misma calle que estaba registrada en el expediente de Reiner Braun.


2.

La calle estaba desierta cuando Levi Ackerman estacionó el automóvil.

Del manto oscuro que era el cielo, caían copos de nieve como lágrimas en el rostro de una viuda de la guerra. Se posaban en los techos y en las luces de la acera. Las chimeneas exhalaban humo negro y espeso que ascendía hasta perderse en la oscuridad. Hileras de casas lo flaqueaban por ambos lados; un edificio grisáceo se alzaba imponente en la esquina.

Mientras aguardaba, bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo. En rara ocasión fumaba, pues no le gustaba el olor que emanaba ni los restos de ceniza en la ropa, pero le ayudaba a controlar la ansiedad.

No había podido dormir la noche anterior, pensando en la cita —que, en realidad, no podía considerarse como tal— y en lo qué sucedería en ella. ¿Eren en verdad querría verlo tanto como él anhelaba? ¿Y si era una trampa de su trastornado novio que se había enterado de donde había dormido la noche del viernes? Todas esas preguntas le obnubilaban el pensamiento, pero Levi decidió no carcomerse por la duda y dirigirse al lugar indicado, y que sucediera lo que el destino dictara.

Consultó la hora en el reloj de su muñeca. Aún faltaban diez minutos para la hora pactada. El exceso de puntualidad era uno de sus más grandes defectos. Se fumó dos cigarrillos más en lo que esperaba. Estaba apagando el tercero cuando vio que una silueta se acercaba a paso apresurado.

Su elegancia al caminar y su pelo largo hasta los hombros lo hacían inconfundible. Se trataba de Eren Jaeger.

Levi le quitó el seguro a la puerta del acompañante para recibirlo.

—Pensé que no vendrías —confesó Eren cuando se sentó. Sonrió con toda la inocencia de los veinte años—. Me gusta que vinieras.

Sintió que su rostro enrojecía. «Contrólate —se dijo. El aliento de Eren olía a pasta dental, fresco e hipnótico—, ya no eres un adolescente hormonal.»

—¿Tu novio no ha vuelto a cambiar la cerradura? —El ambiente se cargó de tensión cuando lo mencionó—. ¿Dónde está ahora?

—No lo veo desde ayer. —Se encogió de hombros—. A veces hace eso. Le da uno de sus brotes, desaparece por un tiempo y luego vuelve como si nunca se hubiera marchado. Y el imbécil tiene el descaro de acusarme de infidelidad.

Le ofreció fuego y un cigarro; el muchacho aceptó.

—¿Por qué sigues con él? —preguntó—. ¿Qué te retiene a su lado? ¿Dinero? ¿Costumbre? ¿Miedo?

—Cuando mi madre murió, no tuve más razones para luchar por mis sueños o por mi futuro. Me sentía traicionado por la mentira de mi padre y devastado por la pérdida de mi madre, y que Reiner apareciera en mi vida hizo que no tuviera que preocuparme por mi rumbo. Simplemente, seguí la ruta que él me trazó, sin mirar hacia otro lado.

»Y ahora estoy atrapado aquí. Sin estudios, sin trabajo formal y sin dinero para largarme y comenzar en otra parte.

—Eres joven, puedes recomenzar —alentó Levi. Tenía veintidós años, toda una vida por delante. Podía equivocarse, redimirse y volverse a equivocar—. El Conservatorio de Sina tiene un excelente programa de becas para jóvenes artistas. Lo sé porque una antigua amiga mía se formó allí. Ella tampoco podía costear sus estudios.

—¿Y sí mi sinfonía no les gusta? ¿Y sí no les parezco talentoso?

—¿Y sí les pareces el joven más talentoso de los últimos cien años? —planteó Levi. Se notaba que la personalidad de su novio lo había moldeado, destruyendo toda su seguridad—. Podrías terminar tocando el violín en la orquesta de la capital.

—Podría —repitió, saboreando la posibilidad. Le dio una calada al cigarrillo; una nube grisácea lo envolvió—. Una vez intenté escapar. Le escribí a la única amiga que tenía en Shiganshina. La conocí cuando éramos niños, vivía a dos granjas de mi casa y era una chica increíble. Si podía confiar en alguien, era en ella.

»Le escribí, le dije lo que estaba viviendo y le pedí que me ayudara. Me dijo que llegaría en la mañana a Trost, que esperara por ella, que me ayudaría a salir de aquí. Esperé, esperé y esperé. Pero ella nunca llegó. Nunca más atendió mis llamadas o respondió mis mensajes. Y no puedo dejar de pensar que él, de alguna forma, se enteró que ella llegaría al distrito y le hizo daño.

»Es más miedo que certeza, pero nunca más me atreví a pedir ayuda.

Levi vio el pasado reflejado en sus ojos tristes.

Su madre había abandonado el seno de su familia a temprana edad. «Por terquedad —solía decirle cuando era niño—. Lo tenía todo y me fui en busca de nada.» Sin recursos para sobrevivir, comenzó a vender lo único que tenía en su posesión: su cuerpo. Por un par de monedas, los extraños podían tenerla una noche. Y todos pensaban que, por pagar el precio, podían humillarla, despreciarla y usarla.

Muchos hombres habían pasado por su vida —entre ellos, el padre del propio Levi, quien había sido un amorío de una noche, olvidado al amanecer—, de todas las clases sociales y de todas las edades. Algunos llegaban muy borrachos a reclamar sus atenciones; a otros, les gustaba golpearla para reafirmar su poder sobre ella.

Levi había sido testigo de todo desfile de miseria humana. De pequeño, vivía encerrado en el armario de la cocina para no escuchar los gemidos y las voces que provenían de la habitación continúa. Se preguntaba constantemente por qué su madre aceptaba aquellos tratos, por qué no denunciaba los denunciaba.

Cuando creció, aprendió a usar un cuchillo para amenazarlos. Siempre que lo hacía, su madre lo contemplaba con aquella mirada rota y silenciosa. Más tarde, le confesó que se sentía avergonzada por necesitar su ayuda. «Soy yo quien debe protegerte y, sin embargo, estás ahí con ese cuchillo, enfrentándote a la maldad del mundo.»

—Puede que tengas el teléfono intervenido, por eso se enteró de que esa chica venía en tu ayuda —teorizó Levi.

Eren negó.

—Reiner aborrece todo lo tecnológico. No tiene teléfono propio. Habla con su madre mediante cartas.

«Eso es extraño en un marleyano, teniendo en cuenta todo el avance tecnológico que poseen —pensó Levi. Se removió en su asiento. El cristal del parabrisas estaba empañado por el frío y cubierto de la nieve que caía en el exterior; dentro del automóvil el calor era sofocante—. Mejor. De esa forma podré hablar con Eren sin que lo descubra.»

—Ese novio tuyo es todo un personaje —dijo, pero no sonrío.

No supo en qué momento sus bocas se juntaron.

Sus ojos se encontraron en un sutil contacto, sin malicia, sin segundas intenciones. Y, de repente, estaban besándose. No fue apasionado ni lujurioso, apenas un roce que hizo que el corazón de Levi volviera a latir. Sabía que para Eren no era más una maniobra de escapismo, una forma de abstraerse de aquella burbuja de soledad y manipulación, de sentir que le importaba a alguien.

¿Cuánto tiempo habría pasado a la deriva, buscando una mano solidaria que lo salvara sin pedírselo? ¿Cuántas personas lo habrían ignorado antes de que él le diera un lugar para dormir?

—Lo lamento —dijo cuando se separaron—. Debes pensar que soy…

«Un chico atrapado y desesperado», pensó Levi.

—No te preocupes, mocoso —contestó. Tenía su sabor en su boca. Lo había disfrutado tanto como su primer beso, tantos años atrás—. ¿Algún día podré escuchar la sinfonía completa?

—Lo prometo —dijo con solemnidad—. ¿Juras que no te reirás de mí? —Levi asintió—. Esta sinfonía la compuse después de escuchar el tercer concierto de piano de Isabel Magnolia. Mientras la escribía, la imaginé interpretándola.

Levi se esforzó en sonreír.

—¿Te gusta Isabel Magnolia? —preguntó. Omitió el hecho que había sido su vecina, su amiga y que sus grandes piezas habían sido compuestas en su apartamento—. Dará un recital Stohess.

—Será su primer recital en Paradis después de haber pasado años al otro lado del mar…

El rostro de Eren Jaeger se petrificó cuando un hombre rubio, de ojos pequeños y maliciosos, golpeó la ventanilla del automóvil con los nudillos.

Ya sabía quién era.

Reiner Braun.


3.

Una gota fría de sudor descendió por su nuca.

¿Desde cuándo el hombre se encontraba cerca del coche? ¿Los había visto besarse o solamente había escuchado sus voces en una cálida conversación? ¿Qué represalias tomaría contra Eren de conocer toda la verdad?

Viéndolo en persona, Reiner Braun no le pareció la gran cosa.

Era un tipo grande, rudo, con el ceño fruncido, pero nada más. No era atractivo, ni tampoco tenía buen porte. Vestía un saco desgastado —algo que no concordaba con su posición económica— y unos jeans también viejos, y el olor a tabaco barato emanaba de su boca.

—No puedo creer que veas a tu amante en la puerta de nuestra casa —fue lo primero que dijo. Sus ojos chispearon—. Eres un hijo de puta, Eren Jaeger.

En un rápido movimiento, Levi sacó la licencia de policía que tenía guardada en el pantalón y la colocó a la altura de sus ojos. Sus pupilas se movieron como dos cucarachas, escrutando la identificación y sus respectivos sellos.

—Capitán Levi Ackerman de la policía militar. ¿Quién es usted y por qué está interrumpiendo un interrogatorio?

—¿Un interrogatorio en un automóvil? —inquirió mordaz.

—¿Ha visto el clima? —Los copos de nieve cayeron sobre su cabeza, dándole la razón—. ¿Quiere que un potencial testigo muera congelado antes de que pueda declarar? —No esperó respuesta—. Por personas como usted es que la policía no puede hacer su trabajo, y son personas como usted las que se quejan si no lo hacemos.

El argumento lo convenció porque relajó parcialmente el semblante.

Levi conocía muy bien a los de su tipo: se creían muy poderosos e invencibles porque eran altos y tenían dinero, hasta que aparecía alguien con más autoridad y se sentaba sobre ellos. Entonces, ya no eran tan poderosos ni tan invencibles.

—¿En qué problema se metió este desgraciado? —Sus ojos se clavaron en Eren.

—En ninguno. Estoy investigando un incidente ocurrido en el bar la Brecha el pasado doce de diciembre. Su novio estaba tocando el violín esa noche, y puede ser de utilidad todo lo que vio.

—Entonces, de verdad estabas trabajando —murmuró Reiner. Eren susurró un «te lo dije» apenas audible—. Baja del auto, Eren —ordenó. A Levi le pasmó la sumisión con la que obedeció—. La próxima vez que quiera interrogarlo, tendrá que ser con mi abogado presente.

Su reunión clandestina se dio por finalizada con el sonido de la puerta cerrándose.

Por el retrovisor, los vio alejarse. Eren Jaeger caminaba a paso apresurado; Reiner Braun lo seguía muy de cerca. Cuando el encuentro había comenzado, Levi podía jurar que lo había visto acercarse desde el edificio grisáceo que estaba en la esquina. ¿Por qué se dirigían al lado contrario? «Lo hará dar vuelta a la manzana para que no sepa dónde viven», comprendió.

Levi se golpeó la frente contra el volante del auto, gritando un «mierda» en su cabeza y encendió el motor. Esperó a que ellos doblaran en la siguiente calle. Llevó su automóvil hacia adelante y lo estacionó en el espacio libre entre dos choches similares, de modo que se camuflara. Luego, se bajó y se agazapó, esperando como un cazador a su presa.

Al cabo de unos minutos, sus siluetas se proyectaron contra la entrada del edificio. Reiner Braun escrutó a su alrededor, buscándolo, pero las sombras de los dos automóviles lo ampararon. Aguardó en esa posición, observando cada uno de sus movimientos, hasta que fue seguro salir de su escondite.

Se encaminó hacia el edificio rectangular, con ventanas diminutas y balcones angostos. Las luces de la calle fueron testigos de sus pasos; el sendero de nieve, su delator.

La puerta de la entrada tenía un sistema de seguridad bastante precario: se abría cuando detectaba el magnetismo de la tarjeta de los residentes. «Perfecto», pensó Levi. Toda la policía militar tenía una tarjeta similar en su poder, que servía para momentos de emergencia.

Levi camufló su rostro con el cuello del abrigo para evitar el reconocimiento facial de la cámara de seguridad. Para su sorpresa, ésta estaba apagada. «Deben desactivarlas por la noche para ahorrar electricidad.»

Escuchó el chirrido del ascensor; el número siete se proyectó en el tablero electrónico. De esa forma, obtuvo ventaja para encontrar el apartamento. No tomó el ascensor, pues se delataría a sí mismo de esa forma. Siguió el pasillo principal que desembocaba en las escaleras. Subió cada escalón sin provocar el menor sonido.

Al llegar al séptimo piso, su respiración era irregular. Se obligó a recuperar el aliento antes de avanzar. Contó hasta diez. Miró hacia el pasillo que contenía tres puertas; una sola estaba abierta, una rendija de luz se escapaba de su interior y se volcaba sobre el corredor. Se aproximó para escuchar las voces que, una vez más, se enfrascaban en una discusión.

—¿En dónde estabas, Reiner? —interrogó Eren—. Desde ayer no sé de ti.

—¿Y por qué corriste a buscar al primer policía que pasaba? —respondió el otro, muy molesto—. ¿Piensas que he creído por un momento esa estúpida excusa del bar? —Escuchó un golpe seco y un quejido—. ¿Qué le contaste, imbécil? —Otro golpe y otro quejido—. ¡Habla, carajo!

El chico inspiró una gran bocanada de aire.

—No le dije nada, Reiner —su voz sonaba ahogada, lejana—. ¿Piensas que te habría dejado ir si supiera lo que me haces?

Levi terminó de abrir la puerta con la punta del pie, arma en mano, preparado para cualquier movimiento. Sólo sintió una ráfaga de aire. Al ver que ninguno de los dos reaccionaba sino que seguían discutiendo, avanzó con pasos trémulos hacia el recinto.

El espacio estaba compuesto por dos sillones de terciopelo, una alfombra roja y una televisión que ocupaba casi toda la pared lateral; hacia el frente, los postigos de la ventana se agitaban gracias al viento de la noche.

—No lo olvides, Eren. Yo te forjé, yo te hice ser quien eres. Estabas a la deriva cuando te encontré, no tenías a donde ir. Tu padre te abandonó por otra familia; tu madre no lo soportó y también te abandonó. En cambio, yo te he dado todo de mí: mi dinero, mi amor y mi tiempo.

»Eres mío. Me perteneces —gruñó—. Y si algún día piensas en abandonarme, tendrás que irte muy lejos para que no te encuentre. ¿Me entendiste? —sus gritos rebotaron en las paredes, llegando hasta los oídos de Levi—. ¡Eres mío! ¡Jamás te dejaré ir! Lo sabes, ¿verdad? Dime que lo sabes —suplicó.

—Lo sé, Reiner —respondió Eren—. Suéltame, me dejarás marcas.

Otro sonido, esta vez más suave, como de una hebilla abriéndose y unos pantalones cayendo.

—Date la vuelta, quiero tenerte —susurró con una voz que pretendía ser lujuriosa—. Desnúdate. Me encanta cuando lo haces…

Levi Ackerman sintió que se le revolvía el estómago. Iba a vomitar si lo seguía escuchando. «Tengo que salir de aquí —se dijo. La bilis subió hasta su paladar. Si vomitaba, se daría cuenta que estaba allí y ¿qué le haría a Eren? No podía arriesgarse, ni arriesgarlo—. Volveré —prometió—, volveré antes que sea demasiado tarde.»

De nada servía que intentara proceder por la vía legal si Eren lo terminaba desmintiendo con el afán de protegerlo. Los victimarios calaban profundo en la mente de sus víctimas, hasta el punto que éstas sentían el deber de defenderlos y protegerlos de los males del mundo. Los manipulaban de tal forma que les hacían pensar que actuaban así por su culpa, que ellos habían detonado esos comportamientos.

También corría el riesgo que el juez no lo enviara a prisión sino a un hospital psiquiátrico, teniendo en cuenta sus antecedentes. ¿Y qué seguridad tendría Eren para mirar hacia el futuro? Ninguna. Siempre tendría miedo de que Reiner volviera a por él.

No podía quedarse de brazos cruzados, viendo cómo la vida de ese chico era devorada por el trastornado.

Pero, ¿qué?