Muerte en tres actos

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de Shingeki no kyojin es propiedad de Hajime Isayama.

Esta historia participa en "Casa de Blanco y Negro 2.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Condiciones: Darkfic y sinfonía.


Tercer acto

El asesino

1.

Su plan terminó de consolidarse en la víspera de Navidad.

Levi Ackerman se encontraba en la jefatura número tres del distrito Tres, a unos diez kilómetros de la muralla Rose, ingresando en el sistema informático todos los procedimientos policiales que habían tenido lugar a lo largo del día. La mayoría de informes databan de disturbios provocados por borrachos y bandas callejeras que asolaban las calles. Ninguno había sido procesado judicialmente —pocos jueces solían firmar sentencias los veinticuatro y veinticinco de diciembre—, por lo que solamente quedaba un registro en la base de datos.

Un gran número de agentes había pedido la baja temporal por enfermedad —aunque Levi sabía que era para pasar las fiestas navideñas con sus respectivas familias— y por dicha razón, la jurisdicción de Trost se veía obligada a pedir refuerzos a la muralla Rose.

Levi fue el único que se ofreció voluntario para cubrir el puesto que fuera necesario, siempre y cuando lo asignaran a trabajo de oficina, pues no quería congelarse los huesos patrullando calles atestadas de nieve y hombres que apestaban a alcohol.

El Comandante de Trost —un hombre enjuto, que poca confianza le inspiraba— le indicó su oficina: un cuarto pequeño al final del pasillo, donde se encontraba la única computadora de la jefatura, con un papel tapiz que se estaba despegando. Y le dijo que, además de trascribir los procedimientos, debía recibir las denuncias de la noche. «Aunque no creo que nadie venga un veinticuatro de diciembre», le ladró antes de golpear la máquina expendedora para que lanzara otra barra de chocolate.

Mientras sus dedos golpeteaban las pesadas teclas, sus pensamientos viajaban en otras direcciones.

No podía dejar de pensar en la escena que había tenido lugar tan pocos días atrás: Eren bajándose de su automóvil, en lugar de pedirle ayuda, y siguiendo a su novio de nuevo al infierno que había orquestado especialmente para él. También recordaba las palabras, cargadas de suciedad y maldad, que Reiner Braun había pronunciado mientras profanaba su cuerpo. ¿Y él que había hecho? Solamente correr antes de cometer una locura fruto de la impotencia y el enojo del momento.

No.

Él no era así.

No podía permitirse perder el control. Tenía que actuar, iba a hacerlo, pero seguiría un estricto plan, sin errores o torpezas, donde Eren Jaeger no saliera lastimado. Porque, ante todo, lo que más deseaba era salvarlo.

Estaba terminando de pasar el tercer procedimiento cuando escuchó que alguien entraba en la jefatura y decía:

—Buenas noches. Quisiera reportar una desaparición.

—¿En Nochebuena? —preguntó de mala forma el comandante—. Se debe haber ido de copas. Volverá al amanecer o dentro de un par de días. —La persona no desistió de su cometido porque, al cabo de unos segundos, el hombre añadió—: Última puerta. Allí le tomarán su denuncia.

Tocaron la puerta con los nudillos.

—Adelante —contestó Levi, resignado. Se sorprendió al darse cuenta que, el caprichoso destino, los había juntado por casualidad. Eren vestía unos pantalones jeans rasgados en las rodillas y un abrigo de cuello tortuga—. Eres tú, mocoso. Pasa.

Eren cerró la puerta tras él y se sentó en la silla frente al escritorio.

—Pensé que trabajabas al otro lado de la muralla Rose.

—Lo hago —aseguró el capitán—. En Trost están faltos de personal por estas fechas, así que me he ofrecido para ayudar en lo que pueda. Por eso estoy aquí. Entonces, ¿en qué te ayudo?

—Quiero reportar la desaparición de mi novio. —Levi sabía de la ausencia de Reiner Braun, ya que, gracias a ella, había podido hablar con Eren varias noches seguidas hasta quedarse dormido—. Hace cinco días que no lo veo.

Rebuscó en las carpetas del archivero hasta que encontró una que decía: «reportes de desapariciones» en letra grande y negra. Tomó una hoja de solicitud y se la extendió a Eren para que fuera llenando los campos. Para que la situación no fuera tan impersonal, le preguntó:

—¿Es la primera vez que desaparece por tanto tiempo? —El muchacho asintió con la cabeza mientras escribía—. ¿Te dio algún indicio de dónde podría estar? —Era una pregunta tonta, teniendo en cuenta que estaba denunciando su desaparición, pero Levi quería saber cuánta información poseía.

—Reiner dejó sus tarjetas de crédito en el apartamento y también su identificación. Fui al banco a preguntar si había hecho algún movimiento, pero me dijeron que la cuenta ya estaba vacía desde hace varias semanas. La vació el doce de diciembre, el mismo día que cambió la cerradura y me dejó afuera.

Levi recordaba a la perfección el incidente; gracias a éste tenía a Eren en su vida.

—Si no tiene ninguna forma de acceder a dinero en físico, se descartará la posibilidad de secuestro —advirtió Levi—. Pero siempre se puede tratar de un principiante o de un rival de negocios que no sepa que su cuenta bancaria está vacía.

—No creo que se trate de un secuestro. Nadie ha llamado para pedir un rescate. ¿Y si algo malo le sucedió? —planteó.

—No hemos tenido ningún reporte de un hombre rubio, alto, de piel blanca, que haya participado en los disturbios. Al menos, en esta jefatura. De todas formas, enviaré un aviso a las otras dos para descartar posibilidades. Pero no quiero darte falsas esperanzas, mocoso, los agentes no moverán el culo hasta el veintiséis de diciembre cuanto todo este alboroto pase.

—Gracias, Levi —dijo. Esbozó media sonrisa—. De ser por el hombre de la recepción, me habría vuelto a casa sin ningún avance.

—Solamente he pasado un día aquí, pero me da la impresión que no le gusta trabajar —susurró. Las paredes eran tan finas que podía escucharse todo—. Prefiere tener una máquina expendedora averiada antes que comprar otra computadora para agilizar el trabajo.

—No tiene sus prioridades en orden —acotó Eren, quien de seguro había visto a qué se refería—. ¿Qué planes tienes para mañana?

—Pues estaré otra noche aquí, transcribiendo reportes. Nada interesante. —Se encogió de hombros. Desde el otro lado de la puerta, le llegaba el olor del café amargo recién preparado—. La otra vez dijiste que te gustaba Isabel Magnolia, ¿verdad?

Los ojos verdes, tan grandes y cristalinos, brillaron de la emoción.

—¡Por supuesto! Ella es mi musa inspiradora.

Levi sacó el billete que tenía doblado en su bolsillo.

Había conseguido comprarlo a último momento cuando el precio era exorbitante por la puja. Una persona había devuelto su entrada en primera fila un día antes del concierto y los compradores se habían lanzado desesperados para conseguirlo. Levi se había gastado su último sueldo, pero valía la pena.

—Feliz Navidad, mocoso. Pensaba dártelo mañana, pero en vista de que te has aparecido de improviso en mi puesto de trabajo… —Dejó la frase en suspenso, esperando que su reacción la completara.

—No tengo palabras para… —él también se quedó a la mitad. Una lágrima traicionera corrió por su rostro—. Es el mejor regalo que he recibido. ¿Aceptas compartir un humilde cigarrillo como muestra de agradecimiento?

—No puedo salir a fumar en mi horario de trabajo. ¿Mañana después del recital? Puedo pasarte a buscar y llevarte a tu casa —ofreció—. Me preocupa que vuelvas solo con todos estos disturbios.

Eren aceptó.

Tomó el billete y lo guardó cuidadosamente en el bolsillo superior de su abrigo. Se puso de pie, caminó hasta la silla donde Levi se encontraba e, inclinándose sobre los poza brazos, le besó la mejilla, muy cerca de los labios. En su fuero interno, deseaba que se desviara y atacara su boca, sin vergüenza alguna. Lo deseaba, cada poro de su piel gritaba su nombre, pero no quería que él se transformara en una versión de sí mismo de la que luego se avergonzará. No quería que fuera infiel sino verdadero.

—Nos vemos mañana por la noche, entonces.

—Nos vemos mañana, mocoso —corroboró.

Su aliento fresco aún permanecía en su nariz cuando tomó el teléfono para hacer una llamada. Discó el número que se sabía de memoria y aguardó que el interlocutor contestara.

—Lo haremos mañana durante el concierto de Isabel Magnolia —dijo Levi.

—¿Cómo estás seguro que funcionará?

—Porque sé que su mayor temor es perderlo.


2.

Nevó durante toda la noche de Navidad.

Los copos caían del cielo, blancos y perezosos, y formaban barricadas en las entradas de las casas y en los estacionamientos. Los vidrios estaban cristalizados por el frío; las chimeneas, encendidas.

Era el veinticinco de diciembre más gélido que recordaba. Estar dentro de la diminuta oficina de la jefatura, con una taza de café amargo, era diferente a salir a la intemperie. Para colmo, la calefacción del automóvil se había averiado y no podía arreglarla hasta después de año nuevo. Los dos pares de guantes que llevaba, impedían que los dedos se le congelaran mientras conducía por la calle secundaria del distrito Trost.

El Comandante Máquina Expendedora —como decidió llamarlo después de que estuvo apostado tres horas junto a la misma, golpeándola en reiteradas ocasiones para obtener barras de chocolate gratis— lo había dejado partir a las diez de la noche, después de que había transcrito todos los procedimientos del día. El hombre estaba ebrio de ron y chocolate, por lo que luego Levi le diría: «¿se acuerda que me fui más tarde? Clasifiqué todos los expedientes del último año» y el Comandante Máquina Expendedora asentiría, para no delatar su ineficacia.

Su coartada estaba cubierta; ahora era cuestión de ejecutar el plan.

Primero esperó que su campo de acción estuviera despejado. Aguardó cual buitre paciente a que el movimiento de la entrada del edificio cesara. Luces se encendían y apagaban; coches de alquiler se desfilaban por la calle. Las últimas dos personas salieron alrededor de las diez y media, pararon un taxi y se marcharon, dejando una estela de un humo tras sí.

Levi Ackerman descendió de su vehículo —el cual no había estacionado en la misma calle por si alguien se fijaba en la placa proveniente de Rose— y caminó hasta el edificio. Una vez más usó su tarjeta de policía para burlar el magnetismo de la entrada y abrirse paso.

Tal como había notado en su anterior incursión a las instalaciones, las cámaras de seguridad estaban apagadas. Teniendo eso como ventaja, no se arriesgó a usar el ascensor por si otro inquilino aparecía sino que subió por la escalera ya conocida. Al llegar al piso número siete, aguardó. No escuchó voces; tampoco el sonido de una televisión.

«No hay nadie», determinó.

En Navidad era común que se diera una fuga masiva de ciudadanos desde el territorio de la muralla María hacia la Rose y la Sina, ya que muchas familias estaban fragmentadas en Paradis y las agencias de viajes hacían descuentos especiales por la ocasión. Las puertas se atestaban de personas que querían cruzar. Levi debía ser uno de los pocos que hacía el pasaje a la inversa, desde Rose al distrito Trost.

Al entrar en el apartamento, se encontró con una estancia perfectamente ordenada e impoluta. Lo único que encontrarían serían huellas producto de la cotidianeidad. ¿Podrían culpar a un chico por mantener sus pisos limpios? ¿O por tener los almohadones esponjados? Ningún juez se atrevería a insistir con una investigación con tan poco fundamento.

La puerta que conducía a la habitación estaba abierta de par en par, como una sutil invitación a husmear en aquel mundo que le era ajeno, pero no podía dejar ningún rastro de su paso por el apartamento. Todo debía estar imperturbable, tal como lo había dejado Eren Jaeger al salir.

Su teléfono vibró.

«Hotel Acorazado. Se registró con el nombre Marcel Gerard. Se bebió una botella entera de licor», decía el mensaje.

La situación no podía ser más idónea. El Hotel Acorazado quedaba sólo a quince minutos del apartamento, por lo que no tendría que esperar tanto la llegada de Reiner Braun.

Mientras aguardaba, le marcó a Erwin.

—¿Le entregaste la nota? —preguntó.

—Conseguí el número de teléfono de su habitación y lo llamé desde una cabina pública. Si le pasaba una nota debajo de la puerta, tendría que hablar con la recepcionista o con algún empleado del hotel —explicó—. Le dije textualmente lo que me indicaste y no le di tiempo a responder para crear más incertidumbre.

—Perfecto. ¿Pudiste ver si llevaba algún teléfono consigo? —Eren le había dicho que no usaba, pero por las dudas quería cerciorarse.

—Salió del hotel cinco minutos después de que le hice la llamada y, a juzgar por la desesperación con la que salió, no creo que haya telefoneado al chico. Ni siquiera llamó a un taxi, corrió detrás de uno que pasaba. —Levi le dio las gracias por la información—. Ya sabes lo que quiero —recordó.

—Cumpliré mi palabra —prometió.

Erwin Smith podría haberle pedido cualquier tipo de favor —como que sacara a Eren de su vida para siempre o que lo acompañara a recorrer el mundo—, pero lo único que deseaba era retirarse con su reemplazo asegurado.

«Tengo medio año para convencer a Eren de enviar su sinfonía al Conservatorio de Sina —meditó. Erwin había sido benevolente al no exigirle el favor de inmediato. Así tendría tiempo de poner su vida en orden antes de partir—. Nos iremos juntos. Lo convenceré.»

Levi caminó hacia la ventana que conducía al balcón y la abrió de par en par. De esa forma, cuando Reiner Braun llegara, correría a cerrarla y evitaría que la nieve se colara en el apartamento. No era un truco ingenioso ni rebuscado, pero funcionaría.

Consultó una vez más la hora. Faltaban pocos minutos para las once de la noche; todavía tenía una hora antes que el concierto de piano terminara.

Dos luces iluminaron la silueta del edificio; un taxi se detuvo en la calle. Levi vio un hombre alto y rubio que se bajaba del coche. Intercambió unas palabras con el chófer que no llegó a descifrar y se alejó tambaleante hasta la portería del condominio.

Levi se acomodó junto a la puerta para esperarlo. En su posición, Reiner Braun no lo vería hasta que entrara. Pero, para ese entonces, ya lo habría cogido por sorpresa y aventado por el balcón.

El ascensor se detuvo con su característico chirrido metálico, pasos apresurados y nerviosos, y una voz que decía:

—¿Eren? —preguntó desde el pasillo—. ¡Eren! ¿Dónde mierda estás? —Cuando cruzó el umbral de la puerta, sus ojos se posaron en la ventana abierta—. ¡Maldito imbécil! ¡Te vas y encima no pones el seguro!

Levi emergió a sus espaldas como una pesadilla viviente. Sus manos enguantadas lo sujetaron por los hombros y lo llevaron hasta el borde. Un paso más y caería al vacío, extinguiendo su maldad para siempre.

—¿Quién eres? —interrogó. Sus pupilas se dilataron cuando lo reconocieron—. ¡Eres tú! ¡Eres el policía que estaba en el auto! ¿Qué te dijo? Es todo mentira —balbuceó—. No es verdad. Yo jamás le he hecho nada.

—Cierra la maldita boca —ordenó—. Yo vi lo que hiciste… Vi las marcas en su cuerpo; vi su miedo al fracaso. Lo destruiste, Reiner Braun —«Pero yo lo reconstruiré», añadió en su mente—. Por eso he venido a matarte. Parecerá que te suicidaste.

—La policía investigará, sabrán que no fue un suicidio.

—Dado tu historial en el Hospital Psiquiátrico de Shiganshina, será su primera hipótesis. Cuando analicen tu sangre, verán que habías bebido de más. Desequilibrio mental y alcohol, una mala combinación. —Levi chasqueó la lengua—. Eren les hablará de sus desapariciones voluntarias, de tu conducta errática, y nadie dudará de él.

—¡Es el único beneficiario de mi testamento! —gritó. Las manos se aferraban al marco de la ventana con desesperación—. ¡Sospecharán de él!

—Eren tiene una coartada sólida. Decenas de personas afirmarán que lo vieron en la primera fila del recital de Isabel Magnolia. Él está a la vista de todos los espectadores, incluso de la propia pianista, en este preciso momento.

Sus ojos claros se inundaron de lágrimas.

—Su cuerpo no vale nada. —Se contuvo para no golpearlo. Si lo hacía, dejaría marcas y eso levantaría sospechas, y no podía permíteselo—. No queda ninguna parte de él que no haya usado. ¿Qué te ofreció para que te arriesgaras así?

—No lo entenderías.

«Redención. Paz. Reinicio.»

Le dio el golpe de gracia.

Reiner Braun cayó por el balcón. El viento hizo vibrar el cristal de la ventana; su grito se propagó como un eco en la noche silenciosa. Intentó frenar la caída con las manos; eso fue peor. Los brazos se le doblaron en un ángulo inhumano y su cabeza se convirtió en una masa sanguinolenta. Alumbrado por las luces de la calle, el cuerpo quedó inmóvil en cuestión de segundos.

«No somos iguales —se dijo. Apresuró el paso. La nieve caía a su alrededor—. Con Eren será diferente. El monstruo murió con Farlan y sus mentiras. No volverá a ocurrir.»

Levi Ackerman salió por la puerta de emergencia del edificio, amparado por la oscuridad y el anonimato. No tuvo tiempo de mirar atrás, pues debía llegar para el final del recital.


3.

Un doce de diciembre, tres años atrás, tenía lugar el fatídico hecho que Levi Ackerman había bautizado como la noche más triste de su vida.

Todo comenzó después de las nueve de la noche, cuando el cielo estaba cubierto de nubarrones que eran iluminados por los relámpagos que irrumpían, plateados y efímeros, la negrura. Un trueno retumbó entre las nubes, anunciando la tormenta que pronto tendría lugar.

Llegó al apartamento antes que el aguacero cayera sobre la ciudad —después de un largo y exhausto viaje en tres desde las afueras de la muralla María—, deseando con todo su corazón encontrarlo sentado en el sillón, tomando una cerveza y jugando con esa consola que Levi odiaba, pero que él amaba con locura.

No le avisó que llegaba. Quería sorprenderlo.

La misión había sido exitosa. Habían logrado hacer retroceder a los submarinos de Marley y, ante el fracaso de su invasión, las autoridades habían decidido aceptar la paz que Paradis proponía. De modo que, una vez más, la segunda guerra entre las naciones había sido evitada.

Levi Ackerman había sido herido en el tobillo, por eso llegaba a su casa antes que el resto de las tropas. Por la lesión, tendría que hacer dos semanas de reposo. Detestaba la inactividad, pero estar con Farlan era un precio bajo a pagar por ella.

Cuando llegó al apartamento, el panorama fue desolador.

Farlan se encontraba en la habitación que compartían —la que habían decorado juntos, con cuadros de galaxias y estrellas adhesivas que brillaban cual luces de neón en la oscuridad—, juntando sus pertenencias. Sobre la cama destendida había una maleta abierta, con un par de pantalones, dos camisas y el álbum de estampillas que su novio conservaba desde la infancia, pues era el único recuerdo que le quedaba de su madre.

Él no lo miró hasta que Levi dejó caer su mochila, llena de cansancio y de nostalgia; sus ojos se encontraron. Acero contra zafiro en una lucha sin igual.

—Creí que volverías la semana que viene —titubeó Farlan.

Algo le decía a Levi que aquello no se trataba de un viaje improvisado para sorprenderlo en la muralla María.

—La misión terminó antes —contestó secamente—. ¿Ibas a alguna parte?

—Iré a ver a mi padre que está en la ciudad.

Estaba mintiendo.

Levi lo sabía porque el padre de Farlan le había escrito tan sólo dos horas atrás, diciéndole que lo lamentaba, pero que no podría encontrarlo en la estación de taxis de Karanese.

—Prometiste que no volverías a mentirme —recordó—, que la sinceridad era la base de nuestra relación.

Farlan cerró los puños.

—Y tú prometiste que no volverías a intervenir mi teléfono. —Levi sabía que el engaño no duraría demasiado, pero esperaba que le durara más tiempo, hasta encontrar otra manera de duplicar su mensajería—. Me voy, Levi. No quiero seguir desperdiciando mi vida a tu lado.

—¿Qué vida, Farlan? Tú no habrías sobrevivido de no ser por mí. Estabas muriendo de hambre en un callejón cuando te encontré. Tu padre se gastaba lo poco que tenía en la bebida y te dejaba a tu suerte. Yo te di un lugar dentro de la banda, te enseñé a robar y a defenderte.

»Y te aparté de la delincuencia cuando estuvimos a punto de caer. Exigí que borraran tus antecedentes penales para formar parte de la policía militar. Te di esta casa, la ropa que vistes, los zapatos que calzas y la maldita consola en la que juegas todo el día. No te pedí nada a cambio, salvo tu amor y tu lealtad. Y ni siquiera eso pudiste darme.

»¿Enserio me abandonarás después de que te di lo mejor de mí? —Se puso la mano derecha en el corazón; luego, avanzó en su dirección—. ¿Te atreverás a hacerlo, maldito infeliz? —Farlan aún tenía las marcas de la discusión anterior. No le gustaba hacerlo, las diosas sabían que se lastimaba más a sí mismo que a él cuando lo golpeaba, pero sus mentiras lo llevaban a eso—. ¡Vete de una vez! Pero te advierto: tendrás que irte muy lejos para que no te encuentre.

Él no le contestó enseguida. Cerró la maleta, la tomó y pasó a su lado, rozándole ligeramente la mano.

—Adiós, Levi.

Salió de la habitación, dirigiéndose al comedor. A la derecha estaba el balcón; a la izquierda la puerta.

Furibundo, Levi le arrancó la maleta de una patada. Ésta cayó al suelo y se abrió, desparramando todas las pertenencias en el suelo alfombrado. Farlan no se atrevió a maldecirlo o a hacer algo en su contra, pero Levi sí. Era tal la impotencia que sentía, la rabia, por su abandono que no pensó, sólo actuó.

El apartamento quedaba en el noveno piso del edificio; las gotas de lluvia repiqueteaban en el balcón. La ventana estaba abierta y dejaba entrar las ráfagas opalescentes que se mecían al compás del viento invernal.

Él era más alto y de brazos más largos, pero Levi tenía más fuerza y determinación gracias al entrenamiento policial; la ira que obnubilaba su corazón, también lo ayudó a llevar a cabo el cometido.

—¿Quieres irte? —dijo Levi—. ¡Vete por el balcón!

Y lo arrojó al vacío.

Su gritó se perdió en el aguacero y en el viento. Su cráneo explotó como una fruta madura al impactar contra el borde de la acera. La lluvia se llevó la sangre hacia el desagüe que se bifurcaba al final de la calle, borrando cualquier evidencia que pudiera relacionarlo con el crimen.

Levi Ackerman no sintió remordimiento alguno por su muerte, pues Farlan lo había orillado a tomar tal decisión con sus mentiras, sus engaños y su huida.

¿Cuántas infidelidades le había perdonado? ¿Cuántas humillaciones había pasado por alto? ¿Cuántas veces había intentado reconstruir los cimientos de su relación?

Y nada le había bastado. Siempre deseaba más; siempre quería irse. «Maldito infeliz —pensó. Buscó su cigarrera y el encendedor—. Lo teníamos todo y lo perdió por nada.»

Encendió un cigarrillo para distenderse; luego llamó al comandante Erwin.

«El imbécil está loco por ti, y tú no haces más que manipularlo. —Aunque Farlan yacía muerto a varios pisos de distancia, su cuerpo no había vuelto a moverse, su voz estaba demasiado fresca en su memoria—. Lo usas, igual que me usas a mí. Y tienes el descaro de hablarme de infidelidad.»

—¿Levi? —contestó al otro lado del auricular—. ¿Ya llegaste a Karanese?

—Erwin, necesito que me ayudes —suplicó. Estaba atrapado en un laberinto sin salida—. Farlan… Él acaba de morir. —No sé molestó en mentirle porque, tal como había dicho Farlan, Erwin Smith estaba enamorado de él, por eso le había ofrecido borrarle su historial delictivo y entrar en la policía militar—. Por favor, ayúdame.

A partir de ese instante, Erwin Smith se encargó de tejer la red de mentiras.

Se encargó de esparcir el falso rumor de que Levi había sido herido de gravedad en la emboscada a los submarinos —después de comprobar que nadie lo había visto tomar el tren, ni llegar al edificio— y que, al haber escuchado la trágica noticia, Farlan Church se precipitó desde el balcón del apartamento que compartían.

Cuando la policía arribo al lugar —gracias a la llamada de una vecina que lo había visto al amanecer, cuando iba a trabajar—, no dudaron que se trataba de un suicidio. La lluvia tampoco les dejó evidencia para pensar lo contrario. Se retiró el cuerpo antes que los niños fueran a la escuela y lo vieran. Y lo guardaron en un congelador hasta que Levi apareció —después de unas semanas escondido en la casa del señor Smith— y lo reclamó para enterrarlo.

Al reconocerlo, se largó a llorar sobre los restos fríos y marchitos del hombre que alguna vez lo había amado, y nadie dudó de que su dolor era genuino. «Una parte de mí murió contigo, Farlan. Nos mataste a los dos.» Todos lamentaron la tragedia producto de la desinformación y la desesperación.

Todos, excepto una persona.

Isabel Magnolia.


Final

Estás en tu automóvil, estacionado junto a la farola de la calle. La luz dorada extiende sus brazos largos alrededor de tu cuello. Te inclinas para encender el cigarrillo que cuelga de la boca de tu acompañante; él debe haber hecho una broma porque te ríes como si tuvieras derecho a hacerlo. Le arrebatas el cigarrillo para poder atacar su boca a placer.

¿En qué momento dejó de molestarte el humo, el olor y el sabor? Antes, nunca fumabas ni dejabas que él lo hiciera; ahora, te bebes a sorbos su aliento contaminado y bailas con la nube grisácea que emana de sus fosas nasales.

El chico es más joven que tú. Tiene el pelo oscuro y largo, un rostro tallado a mano y una sonrisa encantadora. Es extraño ver que él pueda sonreír de esa forma estando contigo cuando Farlan no conoció más que lágrimas y sufrimiento. También le gusta la música; lo reconozco porque lo vi en la primera fila de mi concierto, imitando el movimiento de mis dedos sobre el piano. Y se ve inocente. Todo lo que a ti te gusta, ¿verdad?

Pero no te permitiré que hagas con él lo mismo que le hiciste a Farlan. No dejaré que destruyas otra vida y lo ocultes bajo otro falso suicidio. Los dos sabemos que Farlan no se tiró del balcón sino que fuiste tú quién lo empujó. Él te iba a abandonar y quisiste evitarlo, matándolo.

Has vivido tres años con impunidad por tu crimen, manteniendo esa farsa de vida que llevas, pero eso se va a acabar. Tienes que pagar por lo que hiciste y yo me encargaré de eso, Levi Ackerman.