Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada, Shiori Teshirogi y Chimaki Kuori.


Después de presentar su solicitud de cambio de turno Milo se había enfocado en ser el empleado perfecto, con tal de que se lo dieran. Estaba cansado del turno nocturno, lo aburrido que podían llegar a ser las dos y cuatro de la mañana, horas donde por lo general no había gente; tener que acomodar todo para esa mañana, barrer, limpiar, poner precios, quitar precios, soportar vagabundos y borrachos. Por supuesto eso no era lo que más lo atormentaba, ese tipo de cosas las podía soportar sin el mayor lío, el problema era que la universidad se ponía complicada y estaba cansado y soñoliento todo el día a raíz del trabajo, aunque tampoco quería renunciar a él, que en tan poco tiempo le había dado tantas alegrías como obtener un poco de dinero extra.

Ese día en particular había llegado tarde, no por su culpa, por supuesto, el camión por alguna extraña razón no había pasado y tuvo que recurrir a su padre para que lo llevara al trabajo.

- ¿Qué hay del autobús? - le había preguntado mientras hablaban por teléfono.

- Desde hace media hora lo estoy esperando, y no llega - Milo se sentó en la banqueta - ¿entonces si vendrás?

- ... No lo sé - Kardia suspiró, no quería hacerlo, pero no encontraba las palabras perfectas para decirle a su hijo que no.

Comenzaba a hacer frío, Milo se encogió y trató de cubrirse mejor, sabía que su padre no quería hacerlo, estaba por decirle que lo olvidara pero escuchó al fondo de la llamada con su padre la voz de su madre y una discusión que comenzaba.

- Kardia, tienes que llevarlo, pocas veces tu hijo te pedirá favores. Están creciendo y creen que ya no nos necesitan.

- Pero... mujer... ya va a empezar el partido.

- Si te hubieras apurado cuando Milo te llamó ya habrías regresado y lo estarías viendo sin problema.

- ¿No crees que debemos de dejar que Milo se haga responsable de sus acciones, Calvera? Así aprenderá la lección.

- Dije que llevarás a Milo a su trabajo y eso harás, ¡ahora! - Milo se sobresaltó, cuando su madre comenzaba a gritar era mejor estar lo más lejos posible.

- Bien, pero si me pierdo algo importante por llevar a tu hijo al trabajo, ¡que conste que fue por tu culpa! - dramatizó Kardia, antes de regresar a la llamada - voy para allá.

Milo se quedó sentado en la banqueta sintiéndose como un niño que acababa de ser regañado o que había hecho algo mal. De cierta forma también por eso quería cambiar su turno; eran casi las siete y media de la noche, por lo que el transporte público tardaba más en pasar, o definitivamente no pasaba. Su meditación en ese lugar no tardó mucho, después de diez minutos un auto se detuvo frente a él. La ventana del copiloto se bajó, dejando ver a su madre.

- ¡Hola cariño!

- Hola mamá.

- Vamos Milo - en el asiento del chofer, Kardia miró a su hijo mientras se estiraba para estar más cerca - faltan quince minutos para que inicie el primer tiempo.

Milo se apresuró a entrar; apenas cerró la puerta de la parte trasera, Kardia arrancó como si estuviera en medio de una carrera de autos.

- Milo, noté que no te llevaste nada de comer, así que me tomé la molestia de prepararte algo - dijo Calvera volteando a ver a su hijo.

- Gracias mamá pero no er...

Sin dejar que su hijo terminara su oración, Calvera puso sobre sus piernas un sándwich dentro de una bolsa. Por un momento el joven se sintió aliviado, sólo era algo pequeño, pero al ver que su mamá sonreía algo en él le hizo temer.

- También te traje quesadillas, un poco del arroz que sobró ayer... - decía la mujer mientras comenzaba a poner un montón de recipientes sobre las piernas de su hijo.

Otros diez minutos después y finalmente el auto se estacionó frente a la tienda donde trabajaba el menor. Con dificultad debido a todo lo que cargaba, Milo se bajó del auto y caminó hacia la entrada, donde lo esperaba otro joven que también trabajaba en el mismo turno.

- ¡Dio! - gritó la madre de Milo desde el auto.

- ¡Buenas noches Calvera!

Al bajar con varios contenedores de comida Dio soltó un silbido, estaba por acercarse para hablar con la mujer dentro del auto, pero en ese momento Kardia se despidió de su hijo y arrancó como si lo estuviera persiguiendo la policía.

— ¿Cómo conoces a mi mamá? — preguntó Milo entrando a la tienda.

— Estamos en el club de mexicanos.

— ¿Existe un club de mexicanos?

— Es un club exclusivo — respondió Dio, pensando en los únicos dos miembros del exclusivo grupo — antes de irse la jefa dijo que debíamos de cambiar la publicidad, acomodar las cabeceras y contar el alcohol, eso será mi tarea.

Milo suspiró, iniciaba otra noche más en en trabajo.

Las noches de fin de mes, cuando las ofertas terminaban, eran las más largas; en primer lugar la gente seguía sin llegar por montones, pero ahora pagaban con billetes grandes, tantos que el cambio se agotaba. También estaba el hecho de que debían de vaciar las cabeceras, acomodar ese producto en su lugar original y después acomodar el nuevo.

Después de acomodar sus cosas debajo del mostrador y ponerse su camisa del trabajo Milo se paró detrás del mostrador, mientras Dio sacaba sus inventarios.

— ¿Por qué la cara larga? — preguntó el mexicano, no podía trabajar en completo silencio, menos si la bocina para escuchar música estaba descompuesta.

— Estoy cansado Dio, ni siquiera porque son vacaciones he podido dormir bien.

— ¿Por qué no duermes ahora?

Milo se recargó en el mostrador y miró a su compañero, su idea era alocada.

— ¿Aquí?

— Sí, en la bodega para que no te vean las cámaras.

— ¿Ahora? ¿Perdiste la cabeza? ¿Te tomaste una de esas botellas? ¿Es por eso que quieres contarlas? — acusó Milo señalando las bebidas alcohólicas detrás de él.

— No, me gusta contar — Dio se subió a un banquito para comenzar a contar las botellas del estante de arriba — esto está muerto y no sabía que eras hijo de Calvera, tómalo como un favor por ella.

El griego miró la solitaria tienda, tenían trabajo, pero la propuesta de dormir sonaba muy bien, demasiado bien. Una hora no le haría daño, ni a ellos o la tienda.

— Una hora, ¿podrás tú solo?

— Claro, claro, ve y descansa.

— Después te ayudaré en el trabajo, pondré los carteles.

Milo se llevó su celular y buscó un lugar cómodo para dormir en la bodega, al final se decidió por un pequeño espacio entre las cajas con frituras y las bolsas que tenían panes para preparar hot-dogs. Sólo dormiría una hora, su alarma ya estaba programada, en el inicio del turno nocturno las personas aparecían muy poco, era el plan perfecto.

Mucho, mucho tiempo después, Milo se despertó, no porque su alarma estuviera sonando, lo hizo porque el olor de algo quemándose llamó lo sacó del mundo de los sueños, donde también dormía plácidamente sobre una cama suave y cálida. El griego salió corriendo de la bodega, pronto se hizo evidente que dejar a cargo a Dio no había sido tan buena idea.

En primer lugar, algo sí se estaba quemando, en el horno de microondas, que llevaba veintiocho minutos encendido y aún le faltaban otros trece, el suelo frente a las puertas donde estaban las bebidas alcohólicas estaba pegajoso, como si hubieran tirado justamente una cerveza, mientras que del otro lado, en la sección de farmacia, había todo un camino de gotas de sangre y un pequeño charco desde ahí hasta la salida, algunos de los carteles con la publicidad del mes estaban a medio poner. ¿Y Dio? Dio estaba comiendo una barra energética mientras le pedía al cliente que le repitiera su número de teléfono por cuarta vez en esa noche.

— ¡Tal vez si te quitaras esas cosas que tienes en los oídos podrías escucharme! — le gritó el hombre, a punto de él mismo quitarle los audífonos al joven.

— Tal vez si se calmara un poco y dictara más lento podría comprenderlo mejor.

— El chico tiene razón Mystoria, estas algo frustrado hoy y no debes de descargarte con los trabajadores de este humilde local.

— Entonces por qué no lo haces tú, Écarlate, ya que estas tan tranquilo — murmuró el hombre mirando a su amigo, quien alzó los hombros antes de sacar su teléfono para ver cuál era el número al que le debían de poner crédito — ¡¿Y quieres dejar de comer?! ¡¿Acaso no tienes un horario para eso?!

Milo se acercó con paso lento pero decidido, sintiendo que cada vez que avanzaba sus zapatos se pegaban al suelo por el estado tan pegajoso del mismo; tenía muchas preguntas, cada una más justificada que la anterior, pero primero tenía que asegurarse de que los clientes se fueran satisfechos y sin quejas, algo que ya parecía imposible debido al ceño fruncido, que parecía permanente, de Mystoria.

— ¿Algún problema, caballeros? — preguntó parándose a un lado de su compañero.

— Sí — contestó Mystoria, mientras Écarlate decía que no y Dio intentaba murmurar algo, aún comiendo su barra de cereal.

— ¿Usted es el gerente?

— Bueno… no, la gerente está en su casa.

— Entonces el encargado de este turno.

Milo se quedó en silencio, Dio ya estaba ahí cuando él entró a trabajar, de hecho todo lo que sabía sobre cómo manejar una tienda era por el mexicano, siempre le había parecido que Dio sabía que hacer en el momento adecuado, aunque esa noche las evidencias apuntaran hacia lo contrario.

— Escuche joven, no pasa nada malo, mi amigo aquí presente ha tenido una mala madrugada, nuestro auto se quedó sin gasolina y cuando intentamos llamar a un amigo descubrimos que no teníamos crédito en nuestros teléfonos para hacer una llamada, además de que casi tenemos más de veinticuatro horas despiertos, y unos no pueden aguantar eso — señaló el pelirrojo, intercambiando una mirada tranquila con Mystoria — te dictaré el teléfono de nuevo.

El griego observó todo el intercambio en silencio, incluyendo la salida de los dos clientes de la tienda después de que finalmente pudieran efectuar su recarga con éxito. Como solía hacerlo su madre, se llevó ambas manos a las caderas y pensó qué era lo que preguntaría primero, que de todas las cosas que estaban en desorden era la más importante, al final se decantó por una duda que surgió de último momento, mientras recordaba lo dicho por el hombre.

— Dio, ¿qué hora es?

— Mmm — Dio tiró la basura de su barra en el bote detrás de él y miró la computadora — faltan quince minutos para las cuatro.

— Oh, bueno… ¡¿Qué?! — el impacto de la hora fue más fuerte al consultar con su celular y ver que, efectivamente, casi eran las cuatro de la mañana — ¡Te dije que sólo sería una hora! ¡¿Por qué no me despertaste?!

— Tienes el sueño pesado — Dio se alejó de la caja y agarró el trapeador que estaba recargado cerca de la segunda computadora, donde su jefa hacía los inventarios y todas las cosas importantes de administración — luego intenté decirle a tu madre, pero ella también tiene el sueño pesado, así que hice lo que me pareció más lógico y te dejé dormir bello durmiente.

— ¡Y este lugar se fue al infierno! ¡¿Qué fue lo que sucedió para que todo se descontrolara?! ¡Solo falta que algo explote o se queme para que el mal escenario esté completo!

Como si tuviera habilidades de predicción, en ese momento comenzó a salir un espeso humo del microondas, que a pesar de estar en problemas seguía funcionando como si nada.

— ¡Vaya! Ahora di que quieres unas quesadillas con mucho queso.

Los empleados miraron cómo lo que sea que estuviera dentro del microondas se quemaba, Milo suspiró antes de agacharse para agarrar uno de los múltiples recipientes que le dio Calvera y entregárselo a Dio.

— Apagaré el fuego, termina de trapear y después entre los dos terminamos de colocar toda la publicidad.

— De acuerdo jefe — respondió Dio antes de llevarse una de las quesadillas a la boca.

Según la experiencia, Dio siempre se metía al baño a las cuatro y media de la madrugada para salir seis minutos después, cambiando sus pantalones de mezclilla, tenis blancos y uniforme del trabajo por un traje perfectamente planchado, con todo y corbata negra, zapatos negros brillantes y una gorra de chofer que tenía en la parte delantera un tridente, el simbolo de Empresas Solo. Después de eso se daba una vuelta por la tienda, asegurándose de que todo estuviera en orden, metía sus cosas en su mochila, se ponía su gorra y se despedía de Milo, asegurando que lo veía esa noche.

Dio podría ser un desastre, como cuando olvidó quitarle la tapa a la cafetera y todo el café se derramó, o como cuando casi se cortaba un dedo por estar distraído al momento de cortar la cebolla, pero Milo no era mejor, Milo era quien había quitado toda una publicidad para luego ponerla de nuevo porque se confundió, también era el que una vez le dio a una señora puras monedas porque le pagó con un billete de quinientos euros algo que sólo costaba cinco. Tal vez era debido a eso que Olivia se resistía a verlos trabajar y los había puesto a ambos en el turno nocturno, dónde podían pasar cualquier cosa, como ver a dos personas con un auto descompuesto o escuchar que las puertas dónde estaban las bebidas frías se abrieran y cerraran.

Pero Milo estaba cansado del turno nocturno, si quería no morir de cansancio debía de aplicarse, no más siestas en el trabajo, menos si estaba con Dio, menos si no podía contar ni siquiera con que su madre lo despertara.

Para cuando eran las cuatro con treinta y seis minutos de la madrugada Dio salió del baño usando su pulcro uniforme; Milo lo vio darse su acostumbrada vuelta, aún no tenía la oportunidad de preguntarle cómo era que podía mantenerse tan despierto, que él supiera el mexicano tenía al menos dos empleos, eso si no contaba la vez que lo vio vendiendo dulces en la universidad.

— ¿Estás seguro de que ya no falta nada? — preguntó Dio regresando a la parte de las cajas, debía registrar su salida.

— Sólo terminar de acomodar el nuevo producto, pero estará listo antes de que llegue Olivia.

— Bien, no podría irme si sabía que faltaba mucho.

— Puedes irte sin problema, me dejaste dormir casi toda la noche, por cierto, aún no me has dicho cómo fue que la tienda terminó en desastre.

— ¡Oh! ¡Mira la hora! La jefa me va a regañar si llego tarde, hoy tenía una reunión importante muy temprano en la mansión Kido — Dio comenzó a retroceder, acercándose hacia la puerta — ¡te veré en la noche bello durmiente!

El griego entrecerró los ojos, debía de resignarse a nunca saber por qué había sangre cerca del área de farmacia, o de quien era la sangre en primer lugar. Silbando una suave tonada que le había escuchado a su compañero silbar antes, continuó acomodando los productos hasta que fueron las cinco de la mañana, esa era la hora de entrada de Katya, y Katya siempre llegaba temprano para poder salir temprano.

Su compañera de trabajo era más tranquila, con menos experiencia que Dio, pero más que Milo; además de que era amable y nunca se quejaba de los clientes, incluso aquellos que le gritaban o intentaban robarle. Apenas Katya entró al establecimiento se congeló al ver a Milo, ahora en la caja.

— Buen día Milo — saludó, tratando de no parecer confundida.

— Hola Katya — el griego la miró tan fijamente como ella lo estaba mirando a él, eso le estaba pasando mucho esa noche — ¿pasa algo?

— ¡No! Nada, sólo… te ves bien.

— Gracias.

Ambos se encontraron pronto hablando sobre diferentes cosas, olvidando ese extraño primer momento, hasta que dieron las seis y media y el turno de Milo oficialmente terminó, otro día superado y parecía que las cosas se habían mantenido estables hasta esa hora. Pronto la jefa apareció también y pidió hablar con el griego a solas, dejando a su hija y empleada a cargo.

— Dio me dijo algo muy interesante, de hecho lleva semanas haciéndolo — inició Olivia, ganando por completo la atención del griego que hasta ese momento estaba puesta en la hija de la jefa que estaba hablando con Katya, había algo en ella que le hacía pensar que ya la conocía — es sobre ti.

— Yo.. bueno, no sé que dijo pero de seguro miente — aseguró Milo, ganándose una ceja alzada de parte de Olivia.

— ¿Estás seguro? Porque me dijo que eres el mejor compañero que ha tenido, demasiado responsable para su gusto — Olivia le sonrió — sé que me pediste un cambio de turno, y si todavía lo quieres sólo me queda pedirte que esperes hasta el final de la quincena, necesito organizar a mis empleados, y las vacaciones de Dio comenzarán pronto.

— ¿De verdad? ¿Va a cambiarme el horario? — preguntó feliz, pensando en besar a la mujer a pesar de la presencia de sus compañeras y que eso significaba un posible despido.

— He recibido un buen reporte de ti, así que sí, cambiaré tu horario si todavía lo quieres, sólo sigue trabajando tal y cómo lo haces — la mujer le sonrió abiertamente, antes de darse la vuelta para iniciar con su trabajo — sólo una cosa, espero que no te veas así cuando trabajes en la mañana, existen ciertos lineamientos a cumplir, ya te lo dije.

Milo asintió sin comprender, demasiado feliz para hacerlo; besaría a Olivia, a Katya, incluso a Shoko que estaba siendo regañada en ese momento por todavía no ponerse el uniforme, saltaría de felicidad, bailaría, celebraría en grande. Se conformó con abrazar a la primera persona que se le acercó; Saga sólo había puesto una mano en el hombro de su primo con intención de zarandearlo, como todas las mañanas el gemelo mayor iba a recoger a Milo al trabajo para dejarlo en la universidad o en su casa según fuera el caso, ambos lugares le quedaban de camino.

Sin comprender, Saga fue abrazado fuertemente por un Milo que parecía estar imitando a Afrodita, con una sombra de ojos azul, rimel, las pestañas grandes y enchinadas, los labios pintados de un rojo brillante, e incluso tenía un lunar en la mejilla derecha, además de un suave rubor.

Porque, a pesar de que Dio estimaba a su compañero de trabajo, no había podido resistirse a aprovechar que este estaba dormido para jugarle una broma; antes y Milo debía de agradecer que en lugar de usar el plumón negro tuvo misericordia y sólo agarró el estuche de maquillaje que Katya siempre olvidaba, además de que la única evidencia de sus acciones fue enviada a Calvera, quien no pudo evitar compartir la foto con Kardia, quien tampoco pudo evitar hacer lo mismo con Aiacos, y el pelinegro sólo se encargó de compartir la broma con Kanon. Kanon pasó todo el día en discusión consigo mismo sobre si esa foto debía de ser compartida al grupo donde estaba todos o no, al final decidiendo qué eso se quedaría sólo para la familia.