Una mano delicada y frágil se asomo entre un ramo de plantas, retiro unas cuantas hojas muertas de la pequeña maceta y acomodo la tierra. Los dedos se flexionaron, mostrando en ellas unos nudillos huesudos resaltando a través de la piel. Lamentablemente, los humanos envejecen, las flores también marchitan. Pétalos que caen y se pudren.
Han cambiado muchas cosas para Ciel en estos años.
Se ha vuelto mucho mayor de lo que creería.
Y a veces se pregunta cual sería la reacción de Sebastian de verlo así. ¿Seguiría siendo el niño de sus ojos? ¿Incluso con las canas y los pliegues de cansancio en su rostro?.
La suave piel se a vuelto corrosiva, los suaves labios se han agrietado, el ritmo se ha vuelto lento, y con sueño constante... incluso en este estado, aún sigue esperando.
La razón de estar vivo es esperar que vuelva por él.
Siempre arregla su modesto jardín y se sienta en su mecedora, observando sus flores y rosas balancearse al ritmo del viento solemne. Se arrulla cómo un pequeño niño en ella, quizás buscando un poco de tranquilidad ante el abandono.
Hace unos años había tomado la decisión de vender sus propiedades junto a su compañía de juguetes cuando se dio cuenta que la estaba llevando a la ruina, compro una modesta casa a las afueras de Londres, dentro de un bosque encantador.
Desde ese entonces ha vivido ahí, siempre con la mirada vacía y los sueños desquebrajados.
¿A caso debería estar contento de no ser devorado?.
¿Debió ser feliz?.
¿Esto era la felicidad?.
Se meció lentamente, mirando el bosque que rodeaba su casa. Miro sus plantas, miro sus flores y miro sus rosas blancas. Fue un día tranquilo, se arrullo un poco más, siempre con esa mirada de tristeza en el rostro.
La soledad lo estaba carcomiendo con cada año, con deseos insatisfechos que le hacían un hueco en el estomago.
La suave brisa del viento le hizo cerrar sus parpados, sumergiendolo nuevamente en sus pesadillas.
Sus labios eran suaves.
— Joven amo... —
El mayordomo se acerco a los labios de Ciel y los beso suavemente, acaricio su boca contra la suya y los saboreo con su lengua. Un demonio disfrazado de mayordomo se había encariñado con una almita pequeña pero feroz; lejos del hambre, hubo una necesidad de complementar alguna parte de su ser que con el paso de los años llego a comprender.
Inconscientemente, fue al joven conde con quien había caído, la dulce oscuridad demoniaca quería envolverlo inmediatamente para él, siempre bajo sus alas.
La voz que le acompañaría hasta que la última pieza de ajedrez se derrumbara al pronunciar.
'Es una orden'.
Su fiel caballero que jamás le traicionaría ni mentiría, y que juntos, eran perfectos. Las piezas de un mismo lado unidas, eso eran.
Pero no sólo fue la capa superficial del llamado amor humano, fue casi espiritual, intimo. Que ni siquiera una palabra humana podía explicar correctamente la extraña conexión que rugía de sus entrañas.
Había cosas totalmente codiciadas por ese demonio:
Cuerpo, mente y espíritu.
Fue la blasfemia de dios, la santa trinidad.
Él alma de Ciel fue de Sebastian desde primer momento, pero siempre hay deseo de más, y entonces la mente de Ciel pronto se lleno de un sólo pensamiento...
'Sebastian'
Y sus sentimientos no pararon de envolver a su caballero cómo suyo.
Pero faltaba algo; [Cuerpo].
Ciel se entrego a él en la tierna edad de 14 años, cuando el contrato había terminado. Decidió entregar todos los pedacitos que Sebastian anhelaba. Lo hicieron sobre el asiento de fría piedra de aquel templo perdido entre la niebla donde el tomaría su alma, en el bosque oscuro y con la brisa gélida del viento feroz. El intercambio de esencias enloqueció la mente de ese diablo, la palabra 'sexo' quedaba corta, fue un placer intangible.
La imponente noche solemne hizo pensar a Sebastian, miro cómo las vertebras de su señor se comprimían con aíre denso y arrugaba el rostro con placer; entonces concluyó que jamás tendría suficiente, quería todo, cada pedacito lo quería con él.
Se había vuelto devoto.
Casi loco por él.
Y cuando termino de derramar su caliente néctar dentro de su pequeño amo, tomo una drástica decisión: quería quedarse a su lado para siempre, cuidar de él para siempre, hasta el fin de los tiempos. Por toda la eternidad [Tales palabras radicales son peligrosas]
Sus encuentros fueron simple capricho, ellos sabían que no eran necesario para demostrar interés. La idea de estar en una habitación compartiendo alientos de vulnerabilidad, fue lo que los arrinconaba a los placeres carnales, sin embargo para ellos tuvo otra definición lejos del placer que los humanos habían etiquetado.
Daba confort al alma y serenaba los sentimientos.
Sebastian pronto se dio cuenta que eran llamas gemelas, hechos de la misma energía vital que él universo había asignado para ellos. O quizás una definición que el se había inventado para justificarse.
Y cuando se termino de concretar el agitado acto en el banco helado, Ciel pensó en su final. Estaba bien, su mayordomo también necesitaba alimentarse, su esfuerzo debía ser remunerado ... sería injusto no alimentarlo, ser su comida lo llenaba de orgullo. Si lo deseaba, podía despedazarlo y comerlo de un bocado, el seguiría satisfecho de ser importante para él.
La comida perfecta.
Ciel dio la vuelta sobre su asiento y cerro los ojos, esperando desaparecer, pero los labios hambrientos le hicieron añicos sus pensamientos.
Abrió los ojos con extrañeza.
La decisión se habría tomado, hecho irreversible, Sebastian no estaba para aceptar cambios. Con ese breve beso sabor a pertenencia, supo que esta noche no acabaría.
Fue así que los sellos de contrato jamás desaparecieron por capricho, se encariñaron con la sensación que les transmitía portarlos, después de todo, las reglas de los sellos eran manipulables. No necesariamente había necesidad de un deseo; los demonios siempre han tenido fama de posesivos.
La bestia demoniaca disfrazada de traje, se regocijo en tener el titulo de caballero, fiel guardián. El mar de dependencia que lo mantenía a su merced lo enloquecía, él prometió por siempre encargarse de él [Por siempre es un tiempo largo].
Siempre sería tratado cómo su pequeño niño de quien cuidar.
Pero hubieron cosas con las que Sebastian paso de alto.
Desde la perspectiva inmortal, el tiempo no fue realmente un enemigo, más tarde supo que sí.
Una mañana de agosto, el ardor en su ojo derecho lo despertó, abrió ambos ojos; hasta que la visión sangrienta lo palideció. Toco su mejilla con escepticismo, sintiendo en la punta de sus dedos humedecerse por la cálida sangre, su corazón se paro por un segundo cuando comenzó a deducir lo que había pasado.
El sello estaba roto.
— S-sebastian — Podía sentir su voz resquebrajarse al llamarlo.
Unos destellos eléctricos devolvieron el color original donde antes estuvo un fluorescente morado. Lejos de sentir tranquilidad, sintió pánico. Un joven adulto, de veinticinco años, salió corriendo de la habitación matrimonial, sin ni siquiera molestarse en abrigarse con estas temperaturas frías, ni importarle a la dulce mujer de rizos dorados a su lado mientras dormía.
Entro en un estado de impulsividad.
Quizás porqué Ciel sabía algo del que renegaba.
Salió corriendo entre los pasillos, corriendo sin rumbo.
Y cada habitación que sus pies tocaban, fue secuestrada por la mirada de Ciel en los espejos, tallando una y otra vez su ojo, esperando que el sello reapareciera, el sudor se escurrió de su frente empapando su rostro.
Con el paso de los minutos y no ver reacción en donde antes estaba el sello, lo estaba poniendo de nervios.
¿Fue a caso una pesadilla?
Camino por las escaleras, con cierto escepticismo de hallarlo entre los jardines, se llevo las manos a la cabeza y pensó, pero rápido alejo la idea, tenía la esperanza que ahí estuviera.
Sebastian siempre cuido con mucho cuidado las rosas del jardín, especialmente las blancas. Las favoritas de Ciel, su mayordomo se esmero de tenerlas bien cuidadas y de vez en cuando colocarlas en su oficina cómo un pequeño tributo hacía su amo.
Al llegar a la parte trasera de la casa, la primera vista que recibió fue del sonido del viento soplando a la vegetación, pero no hubo silueta negra que indicara su presencia.
El jardín estaba intacto, igual cómo la noche anterior.
Toco de nuevo el parpado de su ojo, frotandolo con la yema de sus dedos cómo un desquiciado. Algunas pestañas de sus ojos se desprendieron de sus parpados y cayeron. Sin saber el daño que se causaba, accidentalmente rasgo con la punta de su uña la cornea.
La mucosa fina del ojo rasgada hizo brotar una mancha de sangre al rededor de su ojo. Ciel ni siquiera sintió el daño que se causaba en sí mismo al querer una reacción que jamás sucedería. Y al pensarlo más, comenzó a entrar en un estado maniaco.
Su respiración se agito, sus pulmones pronto se sintieron obstruidos y sentía que se ahogaba.
"¡Sebastian!"
Grito con todo su aliento, los dedos le temblaron, mientras sus gritos se volvieron desgarradores.
El aíre pronto comenzó a drenarse de sus pulmones hasta obstruirlos y sus últimos alaridos se convirtieron en un chirrido sin sentido, su respiración lentamente se perdió entre la maleza y los árboles distantes. De pronto, escucho las voces de sus empleados acercarse, tal vez alarmado por los gritos de su señor que empapaba los pasillos con gritos desgarradores.
No estaba queriendo dar alguna explicación, así que con el poco aliento que tenía, camino hasta las escaleras que daban a las habitaciones de servició. Intento volver hablar, para llamar a Sebastian, pero todo lo que salió de su boca fue un chirrido, el asma se estaba apoderando nuevamente de él cómo en el pasado.
Por dentro, sabía de lo que quería renegar.
Él sabía porqué estaba pasando, pero intento guardarlo en la oscuridad.
Casi ahogandose, camino intentado sujetarse de la pared, quería ir al cuarto de Sebastian, tal vez todo era un mal entendido que ambos lograrían solucionar.
Él sabía.
Tosiendo, intento abrir la puerta. Pero antes de lograrlo, su mirada se nublo y sus pulmones dejaron de filtrar aíre y cuando su cuerpo cayo en la oscuridad, logro escuchar el tocar de una puerta resonar en su cabeza.
La noche anterior... la puerta fue la entrada de su oficina.
Tuvo que admitir que estos años se habían vuelto difíciles, lejos de lo que habían planeado, la relación se había distanciado con el tiempo. Y a Ciel se le había metido la idea de tener una familia.
Quizás para reparar el daño de su infancia, ¿O fue mera insistencia de Elizabeth?, ideales extraños que enfurecían al diablo.
Sebastian no le gusto la idea, la despreciaba. Se lo dijo, pero dejo de lado sus comentarios. Elizabeth había logrado meterle ideas sin sentido.
Y con el paso de los años, los puso por lados separados.
Ciel ya era un esposo con compromisos con su cónyuge, y con los planes futuros para tener un bebe estaban en marcha, Elizabeth insistió también, necesitaban de un heredero para el linaje. Y sus suegros no podían estar más contentos cuando descubrieron los futuros planes, un Phantomhive era así.
Cada día fue una división de planes, lo que antes los mantenía cercanos fue dividido por compromisos; Ciel ya no era niño, así que comenzó a vestirse y asearse solo. Desayunaba y cenaba con Elizabeth, compartía el lecho matrimonial con ella y la mayoría del tiempo, fue imposible mantener una conversación con Sebastian sin que Elizabeth interrumpiera con derechos de ser la mujer de Ciel.
Curiosamente, eso nunca quito los sentimientos que de ambos aún permanecían, estaban escondidos en una pequeña jaula, y aún podían respingar en su revoloteante pecho cuando fijaban sus miradas.
Por desgracia, no podían olvidar los roles que estaban interpretando, la idea fue más clara en Ciel, con quien tuvo claro que el era conde y Sebastian el sirviente; tienen que actuar cómo tales si querían mantener el puesto.
Pero para Sebastian le hizo dar otra perspectiva, el mayordomo que presumía con anterioridad de su puesto, comenzó a despreciarlo, junto al estilo de vida que se le fue tirado, ahora era un sirviente demás sin libertades ni una pizca de atención.
Llego a sentirse traicionado, y cuando estuvo apunto de romper las cadenas que lo estaban arraigando en la lejanía, recordó que estaba aquí para cuidando de su pequeño. Eso lo apaciguó por un rato y espero que todo mejorara. La esperanza se convirtió en una broma graciosa.
Entonces tomo las riendas y aquella noche toco la puerta de su oficina, Ciel dejo su papeleo y miro la puerta. Sebastian dio tres pequeños golpes en la madera y espero.
Ciel sabía quien se hallaba tras esa madera, la versión cansada de su mayordomo, tuvo que ordenar que cambiara su apariencia para evitar sospechas, no podía quedarse siempre joven, sería incongruente. Había modificado ciertos detalles de su rostro, agregando líneas de expresión en su rostro para disimular el paso de los años.
El joven conde estaba cansado, había pasado casi todo el día leyendo los papeles de la compañía y también hubo reservado un poco de sus horas para salir con Elizabeth de compras para completar los adornos de la habitación del futuro heredero. Ella aún no estaba embarazada, ni siquiera habían tenido intimidad en su tiempo de matrimonio, pero tarde o temprano tendría que suceder; era su compromiso.
Después de los suaves golpes, hubo un silencio sordo.
[...]
Hasta que la voz de Sebastian hablo, una voz suave y arrulladora salió de su boca.
"Buenas noches, mi pequeño amo".
Los solemnes pasos de Sebastian se alejaron lentamente mientras que Ciel bajo la mirada y decidió ignorar lo ocurrido. Un tanto desconcertado por su despedida, Sebastian no había usado ese termino en un mucho tiempo, escucharlo de nuevo fue extraño.
Quien hubiera pensando que esos suaves toques fueron su ultimátum, sí hubiera sabido con antelación, él hubiera abierto la puerta.
Y mientras caía al duro piso, miro las siluetas borrosas de sus tres empleados corriendo hacía él, después; todo se volvió un vacío negro sin sueños.
Una pequeña gota lo hizo despertarse, abrió los ojos un poco desorientado, un frío helado lo hizo estremecerse; parece que caería una lluvia. Mojo sus labios y busco al costado su bastón, no dependía de él, pero lo necesitaba para levantarse.
Se dirigió a la entrada de su vivienda, sin antes dar un último vistazo a la entrada de su jardín, sonrió para sí mismo y agito suavemente la cabeza. Debería dejar de esperar, no volverá.
La edad le demandaba descanso, dormir fue algo que pasaba a menudo, o tal vez fue su deseo de desconexión con el mundo real que le daba tanta somnolencia.
Sintió que debería irse a la cama, a pesar de haber dormido gran parte del día. Cuando estuvo apunto de subir el primer escalón, su estomago gruño. No recordaba haber comido en la tarde, ahora su cuerpo estaba hambriento.
Estos saltos de alimento que hacía constantemente lo hicieron ver muy delgado y frágil por lo mal que se alimentaba, demostrando lo aburrido y sin vida que estaba.
Gruño un poco, quería dormir, pero por el otro lado necesitaba alimentarse, el ya no cuenta con sirvientes que hicieran las tareas básicas, vive solo. Si quería algo, lo tenía que hacer por su cuenta. Era muy costoso pagar un empleado si es que quería sobrevivir lo poco que le quedaba de vida.
Mentiría si dijera no extrañar las atenciones que Sebastian hacía por él en su juventud.
Suspiro cansado, jugueteando con los dedos en el barandal de madera que daba a la segunda planta.
Un recuerdo nostálgico resplandeció en sus ojos; fue de él cuando tenía 11 años, estaba enfermo en cama, demasiado débil cómo para decir una palabra. Sebastian le había traído un pedazo pequeño de pastel para animarlo, lo acomodo en la cama y lo alimento con cuidado, ni siquiera tenía fuerzas para refutar que él podía comer sólo.
Trago saliva con un suspiro infeliz, sintiendose mucho más cansado, sujeto el barandal y subió las escaleras. Podría aguantar una noche sin cenar, ya había aguantado muchas... una más no pasaría nada.
Al llegar a su habitación, dejo el bastón al costado de su cama y se dirigió al armario, había dejado de lado los bonitos trajes de su juventud y ahora tenía ropa mucho más barata que iba acorde a su edad. Ahora fue más precavido en sus gastos, ya que actualmente sólo vivía de la venta de sus tierras y su empresa. Ese dinero se había drenado con el paso del tiempo y no podía darse ciertos lujos.
Su condición también le impedía trabajar, era mediocre en este estado. Era sólo un inservible anciano sin función para aportar en la sociedad, un simple estorbo. Él era un hombre solitario, desaparecer de la vida publica había provocado que dejara en el pasado a los pocos conocidos que tenía. Pero sabía tres cosas.
Qué Sebastian lo había abandonado, que los sirvientes se fueron a petición de Ciel y ...
Elizabeth se marcho cuando se dio cuenta que jamás le podría sacar de la mente a tal mayordomo, sin mencionar los arranques violentos que a veces tenía su marido, ya sea destruir su oficina entera o ...
Lastimar a Elizabeth.
Sus sirvientes a veces la vieron con unos cuantos moretones, ellos pensaron en todo, menos en lo que era más claro que el agua. Ella siempre dijo que eran accidentes, hasta que una noche la encontraron tirada en los pasillos, sus rosadas mejillas se habían teñido de sangre y el golpe fue tan fuerte que la había hecho desvanecerse en el piso.
Quizás ella dijo verdades incomodas.
Fue la última vez que Ciel le puso la mano encima, empaco sus cosas y regreso a casa de sus padres. Nunca acuso a Ciel de nada, se marcho sin palabra alguna. Las buenas esposas no acusan a sus maridos.
El afligido conde quiso imitar la vida de los demás aristócratas y cómo lidiaban con el dolor, en la bebida. Pero se había salido de control, al punto de agredir a quien menos lo merecía, su querida prima. Nunca la amo cómo ella le hubiera gustado, pero la quería como su familia.
Nunca había deseado lastimarla, la primera vez que lo intento, fue detenido por Sebastian. Pero sin él, las consecuencias fueron radicales.
Su prima jamás pudo ser amada por su culpa, lo poco que pudo hacer por ella fue arreglar su divorcio desde lejos, no podía hacer nada que desear que encontrara el amor que tanto había soñado desde que era una niña.
Él jamás se lo podría dar.
La desaparición de su mayordomo había vuelto el ambiente un nicho denso, junto con la mansión y la empresa y las tierras, habían ido en picada. Al no querer supervisar sus tierras y fabricas, las cifras estaban en números rojos, el papeleo por supervisar fue dejado atrás, su tiempo fue derrochado en creerse sus mentiras y paranoias.
Una noche fue invitado a una fiesta hecha para la aristocracia, no quiso acudir; pero los deseos ante la reina tenían que ser. Y mientras divagaba entre la multitud, su mentira fue tan fuerte, que creyó que se le paralizaba el corazón cuando miro a un hombre de piel blanca, silueta negra y hebras cómo el vacío mismo.
Oh, y las mentiras rápidamente lo inyectaron con placebos que durmieron por un rato la mente que no paraba de atormentarlo con pesadillas. Fue una simple mirada quien los hizo entablar una conversación, después de un rato se sonrieron y unas horas después.
Ciel ya estaba rendido en los labios del desconocido hombre, devorandolo cómo Sebastian solía hacerlo con él. Fue una pequeña cura a su enfermo corazón, delicioso placebo que Ciel en su terquedad no lograba cuestionar.
Prefirió vivir en su cuento por una noche.
Y el efecto se rompió cuando llego el amanecer, Ciel estaba ebrio, tenía sueño, quería descansar entre los brazos de "Sebastian", pero fue abofeteado por la verdad; el nunca fue Sebastian. Después de terminar su encuentro nocturno y sin palabra alguna, el hombre se coloco sus prendas y se marcho.
Para ese hombre, fue una noche de sexo casual.
Ciel quedo petrificado en la cama, sin mover un sólo musculo, con el semen de un hombre desconocido en su interior y una sudoración fría. El hechizo se había roto, el placebo se había terminado.
Y él había quedado abandonado otra vez.
Siempre intento mantener su frente en alto, sin tartamudear ni mostrar debilidades. Pero que caso estaba teniendo su orgullo, cuando ya se había vuelto un don nadie, perdido sin saber que hacer. Trago un poco de su orgullo y se retorció entre las sabanas con desesperación, mirando cómo un maniaco a todos lados, convenciéndose que todo era un sueño que pronto terminaría.
"No es real"
Repitió cansado, su respiración se fue calmando, hasta caer en un profundo sueño. Sonrió pensando que quizás el lo estaba mirando y pronto volvería por él, eso lo tranquilizo.
Donde estuviera Ciel, sabían que sería un desastre, arranques de ira, papeles importantes perdidos, mal gasto de recursos... fue el infierno en vida.
Entonces tomo la mejor decisión.
Vendió todo.
No era cruel, él sabía de sus empleados, entonces, en su último gesto de bondad, les ofreció un pedazo de tierra y un poco de dinero para que pudieran subsistir un tiempo, ellos no quisieron aceptar, su promesa fue clara, proteger a su señor. Ciel ya no hacía misiones, la reina estaba disgustada por su desempeño y sus enemigos fueron inexistentes; parecía haber sido olvidado por ellos. No tenía más sentido mantenerlos con él, fue todo un desperdició.
Con tristeza, ellos tuvieron que aceptar la propuesta y marcharse.
Se quedo por un tiempo a solas en la casa mientras arreglaba los papeles de traspaso; y no hubo ni un sólo ruido en ese tiempo. Fue la de él y la de su respiración en las noches, junto el mecer de las paginas entre sus dedos. Incluso en su estado más solitario, bajo durante las noches al pequeño cuarto que perteneció a Sebastian y se acostó en la tiesa cama, siendo el único lugar donde podía conciliar el sueño.
Con la esperanza de abrir los ojos y ver que en realidad todo fue una pesadilla.
No debería pensar en esas cosas, debió ser feliz.
¿Pero donde estaba la sonrisa?
Lugo de recordar el pasado, Ciel tomo su ropa de noche y se dirigió a su cama. Después de vestirse, se acostó, sumergiendose en sus mantas. Miro a la oscuridad de su habitación y tuvo el pequeño consuelo al pensar que se hallaba ahí, en su habitación, cómo antes hacía cuando era niño. Vigilando.
En este punto, fue habitual que se creyera por momentos sus mentiras, cerro sus parpados y durmió.
Al despertar fue la misma historia de todos los días, comer unas cuantas migajas de pan, beber té, preparar algunos alimentos y cuidar de su jardín. Antes también solía elaborar pequeños juguetes de madera que vendía en pequeños mercados, pero sus manos con el tiempo se volvieron débiles y tuvo que dejarlo ir.
La perdida de su fabrica lo entristeció, quiso replicar lo mismo aunque supiera que jamás llegaría tan lejos cómo antes, su animo fue la barrera que lo dejo aislado a un simple juguetero de madera tallada. Ya ni siquiera sabía si su antigua compañía seguía activa, no ha visto ni siquiera alguna envultura de sus antiguos dulces en la basura.
El esfuerzo que había hecho en el pasado, había sido por nada. Parecía no tener derecho a tener ilusiones, rápidamente eran aplastadas por sueños rotos y un vacío en el corazón.
Ciel cuido de su jardín durante mucho tiempo, vio a las hojas nacer y desfallecer debajo de él, las rego y planto una que otra. A veces recogía unas y las ponía en distintas zonas de su casa hasta que se podrían y las volvía a colocar en la tierra, de vez en cuando se sentía como un ser sin alma que hacía las cosas por mecanismo, en ese entonces tenía que parpadear varías veces y recordar a quien esperaba.
Se sentaba en su mecedora y jugaba con sus dedos, arrastrando sus dedos entre las arrugas, alaciando la piel, recordando su juventud y como esta se había deslizado de su palma como arena.
Cada día sentía que su vida se acortaba.
Estando solo en una casa aislada en los bosques, no ayudaba a su estado de animo. Y al principio no fue grave su situación solitaria, hasta que con los meses, su vista comenzó a fallar, los lentes no sirvieron de mucho y ni siquiera sabía si podía costear unos nuevos, el dinero que intentaba contar se veía borroso y no entendía su valor.
Vivir varios años en la propiedad le había dado el don de presagiar donde estaban distintas cosas, eso lo ayudo por un tiempo.
No necesitaba ayuda, lo tuvo bajo control.
Pero no conto con que el almacén comenzó a escasear por la carencia de salir al exterior. Ciel compraba sus provisiones para varios meses, porqué era barato y cómodo, ya que no tenía que caminar mucho. Pero ahora, lo poco que podía ver de su borrosa visión eran unas cuantas latas apiladas y una borrosa mancha entre café y verde, al sentirla supuso que era un pan mohoso. Se quedo un rato viendo las manchas de colores, pensando.
Si no compraba provisiones probablemente moriría de hambre, el invierno se acercaba y eso lo puso nervioso. Regreso a su habitación y busco dinero, tenía algunos chelines y peniques, que intento acercar a la cara para mirar, pero fue recibido por una mancha más caótica. Los conto a tientas, deduciendo su tamaña y los coloco en su bolsillo, sabía que podrían estafarlo si se daban cuenta que tenía una corta vista.
Coloco las manos en la pared y fue por un abrigo, luego bajo con mucho cuidado las escaleras. A fuera tenía una pequeña carreta que lo ayudaba a arrastrar sus mandados, palpo al rededor de su hogar hasta que sintió la manija de madera, tenerla en sus manos en la primera búsqueda le dio un suspiro de alivio, la saco donde se hallaba y con cuidado de no maltratar su jardín, la puso en el camino que daba a la entrada de su casa.
El tiempo era frío, había comenzado la temporada invernal y las ráfagas de viento en ocasiones eran vilmente heladas, Ciel ni siquiera tenía la edad para poder aguantarlas, en primer lugar nunca debió estar en el exterior de su hogar con este clima, debió de estar en un sitio caliente con alguien que cuidara de él.
Tal vez debió esperar un tiempo más oportuno, pero muy a su pesar, hubo cosas que no cambiaron; la terquedad.
Ayudado con su bastón, fue picoteando el frente del piso mientras que con lo poco de fuerza que tuvo, movió la carreta, intento visualizar la zona, pero nuevamente la visión abrumadora de colores lo hizo entrecerrar los ojos, desorientado intento caminar la zona que estaba resbaladiza, arrugo la mirada e intento avanzar.
Hasta que dio un paso en falso.
Cayó en un charco helado, su carreta se estanco en el lodo y el había quedado empapado de agua que no tardo en congelar su piel. Salió temblando del doloroso frío, cómo pudo volvió a su hogar y se quito la ropa empapada e intento acobijarse para entrar en calor. No era tan fácil cómo pedir que le prepararan un baño caliente para deshacerse del frío, menos prepararlo él mismo con el temblor de sus manos y la vista borrosa, le sería tarea imposible.
No tuvo más remedio que secarse lo más posible, cambiarse de ropa y dormir debajo de unas cobijas acolchadas. Tenía temor de que comenzara a entrar en un ataque de asma, se intento abrigar lo más posible hasta que sus temblores cesaron y el quedo inmovil en la cama hasta quedarse dormido.
Al siguiente día, sintió un dolor agudo en su garganta, su cuerpo se sentía cansado con fatiga, y sus ojos comenzaron a lagrimear. Una pequeña tos vino de su pecho y le costo un poco respirar. Necesitaba de medicina, al buscar en su cajón de noche y agitar los botes donde debería haber pastillas, ningún envase resonó, ahora nada le podía ayudar, todos estaban vacíos.
Temblando de escalofríos, coloco una manta cálida en su espalda y bajo las escaleras hacía la alacena, tenía mucha hambre y frío, cualquier cosa que tuviera abajo la comería. Intento enfocar los productos, esperanzado que aquella vez hubiera sido un error y hubiera más cosas; cuando puso sus manos y alzo lo que había en esa alacena, tuvo que sentir que eran las mismas dos latas y un pan rancio.
Nada más.
Sujeto una lata con sus dedos, viendo una mancha roja. Siguió intentando mirar, hasta que una opresión apretó su garganta y parpadeo un poco, hasta que unas pequeñas lagrimas nublaron la poca vista que tenía.
¿Por qué Sebastian le había dejado en el abandono?
Ahora le encantaría que apareciera de la nada y cuidara de él, la ayuda mundana cómo cuidar a un enfermo, hubiera sido una vergüenza para su yo joven.
"No necesito ayuda"
Recordó el eco de sus palabras anteriores...
Pero en este estado, la perspectiva se volvía más sentimental. Un poquito de cuidados no los despreciaría.
Los años también puede tirar el cascaron de hierro, cuando te ves en un entorno solitario, sin nadie con quien hablar, comienzas a recodar tiempos lejanos para consolar a tú corazón. Y entre más se sumergía en sus pensamientos; con sus lagrimas drenandose en el piso, concluyó que había vuelto a ser como un pequeño niño que necesitaba ayuda para cualquier cosa, que quería atención y cariño.
En su infancia, sus padres habrían preferido ofrecerle esa atención a su hermano, menos a él. Hasta que Sebastian se la brindo cuando se le fueron renegadas de niño. Seguía siendo humano después de todo.
En los días siguientes, el invierno había llegado y hubo nevado sobre la casa de Ciel. El jardín, por desgracia se seco, las flores se marchitaron. Ciel ya no había podido cuidarlas por largas semanas, su vista no ayudo mucho, ahora todo su esfuerzo estaba reducido a polvo que la nieve sepultaría.
La gripa, se había vuelto mortal. La fiebre renegaba de bajar, su cuerpo estaba tan fatigado que le costaba mover alguna extremidad. La tos fue desesperante, sin remedio a detener. Inclusive a veces miraba destellos blancos en su habitación, también llevaba una semana sin ingerir ninguna gota de alimento. Las latas habían sido consumidas, hasta el pan había sido consumido en la necesidad.
No podía hacer nada, tenía que esperar en cama hasta que hubiera signos de mejoría y pedir ayuda, lamentablemente eso jamás sucedió.
Prefirió cerrar los ojos y dormir, las cobijas cumplieron su función de mantenerlo caliente, pero sin la mínima ayuda, no sabía cómo podría bajar a tomar un vaso de agua sin retorcerse de dolor por su cuerpo.
La semana había transcurrido, la gripa se había calmado, ya no sentía escalofríos ni fiebre, pero su pulso se volvió débil y le costaba respirar. Su pecho subía y bajaba mientras miraba a su al rededor, sólo se limitaba a mirar manchas borrosas de colores. Se estaba muriendo de sed y de hambre, no sabía cuanto tiempo se había quedado en cama.
Hasta sus necesidades fisiológicas desaparecieron, parecía que su cuerpo había tomado cada gota que tenía de si mismo. Sentía que la cabeza se arremolinaba de un lado a otro.
A veces intentaba hablar, pero sólo se escurrió un balbuceo de su boca totalmente seca, intento lubricar sus labios pero ninguna gota de saliva salió. Con la borrosa vista, miro donde supuso que se hallaba la ventana y observo el cambio de tonalidades, iba a morir, lo presentía.
Una noche mientras dormía, sintió que alguien acaricio su cabello, sus ojos no tenían la más mínima fuerza para despegarse y continuo durmiendo.
Al despertar, intento observar; totalmente desorientado con los ojos entrecerrados, mientras veía que la habitación daba vueltas; todo fue tan confuso, la vista había quedado como una nube borrosa, sus oídos ya no lograban escuchar más que su respiración.
Casi creyó sentir en sus labios la punta de algo lizo que humedecía sus labios, intento mirar, pero la nube en sus ojos se lo impidió, ni siquiera los colores podía ver. Su cuerpo seguramente había comenzado a inyectarle alucinantes para protegerlo de la realidad. Es lo que el cuerpo hace cuando sabe que no le queda mucho, un lugar seguro para partir tranquilo.
¿No?
Mientras su cuerpo iba apagando sus funciones, creyó sentir que alguien más estaba en la habitación, también creyó sentir movimientos en sus extremidades, para luego volver a tener esa sensación de humedad en la boca, tal vez imaginaría, pero que jamás pudo tragar al sentir su garganta inflamada, se había cerrado para impedir el paso de cualquier alimento.
Después de la posibilidad de estar días en el desconcierto alucinando, los oídos se volvieron un eco distante, se sentía dentro de una cueva sin posibilidad de interactuar a su alrededor. Y quizás alucinando para calmar a su corazón, escucho palabras que no logró formular; cómo el sonido que hacían las olas del mar al chocar en las rocas.
Y una noche nevada de diciembre, mientras sentía a su cuerpo adormilarse, creyó alucinar la comodidad de dos brazos que lo sostuvieron, arrullandolo contra algo blando pero confortante, creyó sentir un beso en su frente y el sonido del mar.
Ciel abrió sus ojos por ultima vez, aunque de ellos no viera más que una neblina grisácea. Tal vez... con poco de esperanza de qué...
Pero entro en realidad y se rio entre sus adentros, eso no podía ser.
Lentamente fue cerrando sus parpados, que después de mucho tiempo, pedían descansar tranquilamente. La oscuridad lo cegó con un pitido en sus oídos y comenzó a cerrar los ojos, adormeciendose con la extraña familiaridad que lo sostenía.
Y al morir, unos suaves labios se presionaron en su piel, acunándolo.
Acunándolo.
Notas de Autor: He visto que la mayoría del fandom siente una fijación por contar historias con un Ciel adulto joven o un pubertó en escolar, pero no he visto mucho que se explore un más allá de la edad que es juvenil, tal vez porqué no es "sexy".
Muchos se habrán preguntado porqué se fue Sebastian, pero siento que cada quien puede tomar sus conclusiones. Volviendo con Ciel de la tercera edad, tal vez piensen que es demasiado sentimental, pero es correcto. Muchos a mayor edad se vuelven cómo pequeños niños, más sensibles, irritables, con cierta necesidad de atención y muchos se escapan de su realidad pensando en el pasado, esto se agravia si se sufre abandono. Ya tenemos esos síndromes como los de diógenes o demencia.
