Declaración: Los personajes no me pertenecen, le pertenecen al maravilloso tío Rick… y la trama le pertenece a Quinn Loftis.

Capítulo 4: Frederick IV

"No te das cuenta del sacrificio que estás dispuesto a hacer hasta que tu hijo te necesita. No te das cuenta que eres verdaderamente capaz de destruir el mundo que te rodea, aplastando cualquier casa que se interponga en tu camino, llevando a tus enemigos a sus rodillas hasta que descubres que la única casa por la que tu mundo gira está siendo arrancada de ti. Que Dios ayude a quien se interponga en mi camino. ¿Es posible que ni siquiera Dios pueda no ser capaz de protegerlas de mi ira?"

-Frederick.

-Se que suena loco, Frederick, pero es la verdad -imploro Quirón al padre de Annabeth, y Alfa de la manada de Denver. Había llamado al Alfa estadounidense a petición de Lee, quien, por la ausencia de Poseidón y de los otros altos lobos llevaba mucho sobre sus hombros.

-¿Me estás diciendo que la Gran Luna te contacto?-pregunto Frederick incrédulo.

-Como he dicho, sé que parece una locura. Ella está llamando a las manadas.

-¿Las manadas?- La voz de Frederick sonaba tensa con aprensión.

-Como a todas ellas-confirmo Quirón- Dio la piedra lunar a las Fae. Ya sabes lo que eso significa.

-Quiere que las Fae nos convoquen a todos con ella. -Las palabras de Frederick no eran una pregunta.

La línea quedó en silencio, mientras cada uno pensaba en las consecuencias de lo que iba a suceder. Frederick sabía que la situación debía ser muy seria si las manadas iban a reunirse en un solo lugar. Había habido tal división entre ellos durante tanto tiempo que no estaba seguro cómo iban a estar juntos sin posturas dominantes y luchas sangrientas. Esto iba a ser posiblemente el más grande y maldito desastre de su historia.

-¿Quién más sabe de esto?-preguntó Frederick.

-Solo las Fae, yo, y ahora tú.

-Una vez que las Fae usen la magia de la piedra lunar ninguno de nosotros va a ser capaz de resistir la llamada. -Frederick sabía que no estaba diciendo nada que Quirón no supiera ya, solo sentía la necesidad de expresarlo, casi como si diciéndolo en voz alta pudiera ayudar a prepararlo para lo inevitable.

-Hay algo más.-La voz de Quirón cayó- No he sabido nada de Poseidón o Luke desde que se fueron.

-Se fueron a una extenuante excursión, tratando de atrapar a esta bruja por su cuenta. ¿Qué demonios esperabas que sucediera? -gruñó Frederick- Al contrario de lo que todos ustedes creen, Poseidon no es invencible.

Quirón devolvió el gruñido del Alfa.

-Él está manejando una situación que debería ser responsabilidad de todos. No deberías haberte ido.

-¡Él nos dijo que nos fuéramos!-gruñó Dillon.

-Eres un Alfa. Sabias lo que él estaba asumiendo. Sabias que esto podría afectar algo más que la manada de Lobos Grises Rumana. Es tu trabajo discernir cuando se te necesita, así que no me sermonees acerca de tener a Poseidón en muy alta estima.

-¿Me estás dando órdenes? -La voz de Frederick era baja y desafiante.

-Solo te estoy diciendo lo que te niegas a reconocer. Esto no es un problema de la manada Rumana. Este es un problema de todas las manadas. Se te necesita. Todos nosotros, somos necesarios y los Altas van a tener que dar un paso adelante y ser un ejemplo para sus compañeros de manada

-No me estás diciendo algo que no sepa, Quirón- Frederick dejó escapar un suspiro de frustración- Voy a empezar a reunir a mis lobos más dominantes. Dame un par de días y estaremos de camino. Aunque Quirón sabía que Frederick no podía verlo, cerró los ojos con alivio.-Quirón, ¿sabes si Annie está bien? -Frederick no enmascaró la preocupación en su voz. Quirón no respondió de inmediato.

Finalmente, dejó escapar un suspiro resignado.

-Ella estaba con los demás, no tengo ni idea de lo que ha sido de ellos. Así que, para ser honesto, no tengo ni idea. Lamento tener que decirte eso.

-Vamos a estar allí pronto- le dijo Frederick, sin responder a la explicación de Quirón, y luego colgó sin despedirse.

Quirón miró el teléfono después que Frederick hubiera colgado. Negó con la cabeza mientras consideraba las palabras del Alfa. Tenía que estar de acuerdo, esto sin duda podría ser la mayor catástrofe conocida por su especie. Tantos dominantes juntos, listos para la batalla. Si pensó el mundo, como lo conocemos, podría ser destruido por Desdémona, o solo tal vez por los propios lobos.

Damansen corrió a toda velocidad, con una Atenea gritando al hombro, y Artemisa sobre sus talones. Esquivó árboles y ramas colgando bajo. Salto sobre los hoyos y los tocones, sus pies moviéndose a un ritmo inhumano.

-¡DIJISTE QUE AYUDARIAN!- grito Atenea por encima del ruido del viento azotando su cara.

-AHORA NO, ATENEA-gritó Damansen.

Atenea puso los ojos en blanco mientras trataba de aferrarse a la cintura de Damansen mientras este corría. No podía creer que estuvieran en esta posición. Damansen le había asegurado que este ser podía ayudarles a entender las ramificaciones de abrir el velo ahora que Damansen había encontrado a su compañera. Damansen había sido todo: él puede ayudar. Él sabe lo que voy a tener que hacer... bla, bla, bla. En lugar de ello, se habían encontrado a un grupo de criaturas más allá de las peores pesadillas de Atenea. Ahora los monstruos... no, monstruos no era la palabra correcta. Ahora, los dragones estaban dirigiéndose hacia ellos, sus mandíbulas abiertas, y listos para tragárselos enteros.

Atenea miró hacia arriba cuando oyó el sonido chirriante más fuerte que jamás hubiera atravesado sus oídos. Sus ojos se agrandaron cuando vio la forma de alas imposiblemente grandes y una larga cola elevándose a través del aire. Un dragón gigante cayó en picado hacia ellos.

-Uh, DAMANSEN, PODRÍAS CAMBIAR A QUINTA VELOCIDAD AHORA. -La voz de Atenea se sacudió un poco mientras veía al dragón llegar más y más cerca.

Justo cuando Atenea estaba segura que estaba a punto de convertirse en comida de mediodía de la criatura. Artemisa se giró y, en un movimiento digno de una película de Hollywood, estiró sus brazos mientras volaba de espalda a través del aire. Una luz brillante voló de las manos de ella directamente hacia el dragón. Golpeó a la criatura justo entre los ojos y este cambió bruscamente su curso, elevándose de nuevo hacia el cielo. Antes de que Artemisa cayera al suelo, llevó sus piernas hasta el pecho y tiró su cuerpo hacia atrás, girando las piernas alrededor y aterrizando en sus pies. Se dio la vuelta sin perder el ritmo y siguió corriendo.

Atenea miró a la Fae y le dio sus pulgares en altos. Juró que vio una pequeña sonrisa en su rostro habitualmente estoico

Damansen siguió corriendo. Después de un kilómetro y medio sin ninguna señal de la bestia, finalmente bajo la velocidad.

Atenea le dio un golpecito en la espalda.

-¿Podrías ponerme abajo ahora, para que pueda desgarrarte correctamente?

Él se detuvo y la colocó en posición vertical sobre sus pies. Ella lo miro a su hermoso rostro mientras cruzaba los brazos sobre el pecho. Su pie comenzó a dar golpecitos mientras trataba de formular las palabras que quería decir.

-Entonces, ¿qué diablos fue eso? -gritó ella,

-Bueno, para ti probablemente seria llamado un dragón, pero en realidad o lo que llamamos un drahim.

-No estaba hablando de la jodida bestia persiguiéndonos, aunque llegaremos a eso en un minuto. Estaba hablando de ti diciendo que íbamos a recibir ayuda de tu hermano, pero en lugar de eso casi nos convertimos en el almuerzo.

Los ojos de Damansen se estrecharon. Se apartó de ella y miró en la dirección de la que acababan de llegar. Había pasado mucho tiempo desde que había hablado con su hermano. A pesar de que la última vez había sido bastante tensa, no había esperado tal hostilidad.

-Tal vez él no se dio cuenta que era yo -dijo, con voz débil.

-Damansen, mírame. -Atenea descruzó los brazos y levantó la mano para apretar su cola de caballo que se había aflojado en la carrera para conseguir alejarse del drahiem-. ¿Hay historia entre tú y tu hermano, que no hayas mencionado?

-Es complicado -respondió Damansen.

-Inténtalo- dijo Atenea, secamente.

Artemisa se recostó contra un árbol aparentemente nada afectada por la carrera o el truco que había hecho. Ella observaba a Damansen con ojos penetrantes y esperaba su explicación. Si el hermano de Damansen realmente era su única posibilidad, entonces todo lo que se había interpuesto entre ellos iba a tener que ser tratado.

Damansen miró a lo lejos mientras dejaba que los recuerdos que había enterrado salieran a la superficie.

-Han pasado siglos desde que sucedió y realmente pensé que lo había superado para ahora.

-Fue una mujer, ¿no es así?- preguntó Atenea.

-Si, pero no como estás pensando. Él estaba acoplado. Ella era una de las mujeres más dulces que jamás había conocido. No se merecía lo que pasó y yo no pude salvarla. Me culpa por su muerte y con toda razón- El tono generalmente confiado de Damansen cayó derrotado.

-No creo eso. Si no la salvaste entonces no podría haber sido una opción para ti. Deben haber sido las circunstancias. Todos ustedes los machos Alla piensan que todo recae en sus hombros y olvidan que no son perfectos.

El lado de su boca se elevó ligeramente mientras observaba a la mujer que ahora llamaba compañera defenderlo. Si solo ella supiera las "circunstancias" como ella las llamaba. ¿Pensara menos de él? ¿Se negaría a confiar en el para protegerla, para proteger a su hija?

-Pocas veces existe la paz entre las razas sobrenaturales.

-¿No me digas? -resopló, con sarcasmo.

Damansen se rió entre dientes.

-¿Es tu hija como tú?

Atenea sonrió.

-¿Si te refieres a que es la cosa más increíble que existe? Entonces no, ella es aún más increíble que yo.

Damansen sonrió.

-No puedo imaginar eso.

-No te salgas del tema.- Entrecerró los ojos hacia él.

-Cuando hay paz- continuo- no es de larga duración y es tenue cuando mucho. Algo tan simple como la percepción de una palabra irrespetuosa puede romper la tregua. Ha habido paz durante algún tiempo entre mi raza y los Trolls que viven en las montañas.

-¿Trolls? -Las cejas de Atenea se levantaron.

-Sin duda, te das cuenta que hay más seres sobrenaturales que solo los que conoces, pequeña.

Atenea se encogió de hombros.

-Eso no quiere decir que no sea aún impactante.

-Thea, era la compañera de mi hermano, estaba empeñada en que nos uniéramos y en crear una alianza con los Trolls. Mi hermano le advirtió permanecer fuera de los asuntos del consejo, pero eso solo la incitó a hacerlo. Ella busco al líder de los Trolls para tratar de hablar con él, pero no fue el líder a quien conoció en la montaña ese día. -Damansen hizo una pausa y volvió a pensar en ese día.

Aún podía ver a Thea caminar lejos de él después que le hubiera dicho que como su rey le prohibía buscar a los Trolls. Había visto el desafío en sus ojos y sabía que no iba a escuchar. Si solo la hubiera seguido, si solo le hubiera dicho a su hermano antes. Fue sacado de los recuerdos por una mano cálida sobre su brazo. Miró a Atenea, con los ojos llenos de comprensión. Eso le dio el coraje para continuar.

-Ella vino a mí, implorándome entrar en razón, esas fueron sus palabras. Le dije que no iba a ir, pero algo en sus ojos me dijo que me desafiaría. Me había reunido con el líder de los Trolls y sabía que él no le haría daño. Él era en realidad un hombre honorable, pero como cualquier líder, no solo tenía seguidores leales, sino también seguidores corruptos. Me imagine que la acompañaría de regreso a su fortaleza, todo el tiempo luciendo una sonrisa dudosa, riéndose de su inocencia. Y lo habría hecho, si éste hubiera sido a quien había conocido. Pero cuando se fue a la montaña Troll, se encontró con dos de los Trolls que hablaron en contra de la paz entre sus razas. Vieron una oportunidad para destruir esa paz. Ella nunca tuvo una oportunidad. Y, ellos tuvieron éxito destruyendo la paz. La enemistad entre los brujos y los Trolls sigue existiendo hasta nuestros días. Ni siquiera puedo describir lo que hicieron con ella. Debería haber la seguido. Era mi trabajo, como su rey protegerla, incluso de ella misma.

Atenea negó.

-Era el trabajo de tu hermano e incluso entonces, ella tenía libre albedrio. Sin importar el resultado, y lo horrible que fue, Thea tomó esa decisión. No digo esto por ser mala, pero no puedes asumir la responsabilidad de su elección.

Damansen no podia creer que no viera condena en sus ojos, sino comprensión y empatía. Él no se lo merecía. Independientemente de lo que dijera Atenea, ella no entendía la responsabilidad que tenía por su raza. Había fallado en proteger eso que era lo más valioso para su hermano y él había sabido que ella iba a ir. Cuando él y su hermano habían encontrado su cuerpo, el perdió el control. Su tormento y dolor eran tan tangibles que Damansen lo sintió en su alma. Tan pronto como pasó la conmoción, él se había girado hacia Damansen. Podía oír las palabras reverberando en su mente, un disco rayado de verdades infinitas.

"¡Tú eres nuestro rey, sabias que ella lo haría! Deberías haber venido a mí. Deberías haberme advertido. Esto es obra tuya su sangre está en tus manos" Su hermano le grito. Todo lo que Damansen había podido hacer fue inclinar la cabeza, derrotado. Cayó de rodillas en vergüenza a la verdad detrás de las palabras de su hermano. Permitió que su hermano lo golpeara hasta que sus guardias más cercanos lo salvaron de la ira de su hermano. Él quería morir, quería que su hermano lo matara. Era lo que se merecía. El consejo encerró a su hermano hasta que sintieron que ya no era una amenaza. Pero, Damansen sabía que si a su hermano se le diera la oportunidad lo mataría. El tiempo pasó, años, décadas, siglos, y aun así, no había vuelto a tener noticias de él.

-Damansen.

Se dio cuenta que Atenea había estado diciendo su nombre mientras él estaba recordando aquel horrible día. Su visión se centró en ella y sonrió a la determinación en su rostro.

-Esto no es tu culpa. Repítelo conmigo-lo alentó.

Damansen negó.

-Lo siento amor, pero esta vez lo es.

Atenea pudo ver que nada de lo que dijera iba a cambiar su opinión. Sabía cuándo retroceder. Ahora bien, no era el momento, pero llegaría el día cuando ella lo haría entender.

-¿Y ahora qué?- le preguntó.

Damansen miró a Artemisa.

-¿Sabes cómo mi hermano podría haber conseguido traer al drahiem a este reino?

Artemisa frunció el ceño mientras pensaba.

-En realidad es toda una sorpresa para mí que el fuera capaz de conseguir que crucen a través del velo. Son animales muy recelosos.

-¿Sabes algo acerca de los drahiern, como cualquier debilidad que puedan tener?-preguntó Atenea.

La expresión en el rostro de Artemisa no parecía ser prometedora.

-Hay muy pocas cosas que pueden matar a uno y no son las más amables de las bestias.

-¿Tú dices? -Atenea se río, con sarcasmo, Artemisa continuó como si Atenea no hubiera hablado.

-Tu hermano parece haberlos convencido para que le sirvan como guardias. Esto es un misterio para mí. Su piel es más gruesa que el cuero, casi impenetrable. Si eso no fuera suficiente refleja la luz de manera que un resplandor cegaría a sus oponentes. Es como el agua siendo golpeada directamente por el sol, puede ser cegadora. Sus ojos tienen una funda transparente que se desliza en su lugar cuando están en batalla, sus colas están llenas de picos mortales y sus bocas excretan un veneno que cuando perfora la carne causa parálisis -explicó Artemisa con naturalidad, como si no estuviera describiendo un enemigo casi indestructible.

Atenea pensó por un momento, repasando la descripción que Artemisa acababa de darles. Frunció el ceño mientras lo consideraba.

-Espera-dijo ella, dando un paso hacia Artemisa-. Dijiste que su piel es casi impenetrable. Eso significa que no es imposible, se puede hacer. -Los ojos de Atenea se llenaron con una pequeña cantidad de esperanza.

-¿Hay algún tipo de arma que puede conseguir atravesar su piel gruesa? -preguntó Damansen.

Artemisa pareció sombría.

-¿Por qué creo que esto va a ser alguna otra tarea imposible que probablemente podría hacer que nos maten?- preguntó Atenea, con ironía.

Atenea casi se echó a reír cuando las comisuras de la boca de Artemisa se alzaron en una media sonrisa.

-Hay un arma que puede matarlos. Es una flecha hecha de un metal especial que solo es forjada por...

-Los Elfos-interrumpió Damansen, ominosamente.

Artemisa asintió.

-Los Elfos -concordó.

Atenea levantó las manos mientras sus cejas se alzaban.

-Esperen un segundo. ¿Elfos? -Sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro de frustración- Ahora sé por qué mi hija y sus amigas están constantemente utilizando palabras como maldito infierno, cállate, y madre perla.

Damansen inclinó la cabeza hacia un lado mientras veía a su compañera.

Atenea lo miró y rió ante su rostro confundido. Ella lo descarto con la mano.

-No preguntes. Muy bien, entonces, ¿exactamente cuantas especies sobrenaturales hay?

Antes que Damansen pudiera responder, oyeron un sonido atronador demasiado familiar por encima de ellos. Cada uno de ellos levantó la vista justo cuando una de las bestias de las que habían estado discutiendo voló por encima de sus cabezas, sus grandes alas batiendo el aire a su alrededor.

Justo cuando pensaban que no se había dado cuenta de ellos, la bestia volvió la cabeza hacia abajo y los atravesó con sus ojos extraños.

La compostura habitual de Artemisa se agrietó por un breve momento, mientras sus ojos se encontraban con los de Atenea.

-¿He mencionado que tienen un excelente sentido del olfato?

Los ojos de Atenea se agrandaron.

-Um, no, seguro como el infiero que no lo hiciste.

Damansen la agarró y suavemente la levantó en sus brazos, esta vez acunándola contra su pecho.

Ella gimoteo

-Aquí vamos de nuevo.

Damansen despegó a toda marcha, su velocidad aumentando con cada paso. Atenea miró por encima del hombro y vio que Artemisa estaba justo en sus talones. Atenea miro hacia el cielo, tratando de bloquear la velocidad a la que Damansen se estaba moviendo, haciendo caso omiso de los árboles borrosos por delante de ellos. Vio al enorme draheim y se estremeció cuando un rugido atravesó el cielo.

¿Como es posible que la gente, dentro de un radio de 80 kilómetros, no escuchen y vean a la bestia?, se preguntó Atenea. Cuando la bestia hizo un vuelo en picada hacia ellos, decidió que se trataba de una pregunta que podría esperar una respuesta, siempre y cuando sobrevivieran a esto.

Mona estaba de pie en la colina, con vistas a las montañas de los Cárpatos. Sintió la perturbación en el aire. La magia provocándole un cosquilleo en la piel, por lo que había respondido a su llamada. No entendía por qué Hera conjuraría una tormenta, y estaba segura que era Hera, basada en la pureza de la magia. Fuera lo que fuese que Hera estaba haciendo, Mona había tomado el volante. No iba a seguir así por mucho tiempo porque tenía otros asuntos con los que tratar, pero sentía que esto era una buena manera de hacerles saber que no había olvidado a su pequeño grupo, vagando perdido en el bosque. Se sorprendió al verlas fuera de los Alpes de Transilvania, pero oh, definitivamente no se había olvidado de ellas y simplemente supo a quién dispondría de primero a los demonios. Acarició la melena de Octavian y sintió su inquietud a medida que el pisoteaba sus cascos sobre la hierba marchita.

-¿Listo para una carrera mi viejo amigo? -le preguntó al gran corcel negro.

Octavian respondió con un bufido. Mona continuó manteniendo la tormenta con su mente mientras se subía al caballo. Las haría sufrir un poco más y antes que todo esté dicho y hecho, quizás podría arrojar por diversión una tormenta de hielo.

Susurro una ubicación a Octavian y con un arranque suave despego en un galope. Para un animal tan grande, sus movimientos eran elegantes. Mona dejó vagar su mente del paseo mientras pensaba en su siguiente movimiento en el juego de ajedrez que había creado.

Octavian no era ningún caballo normal. El viaje a su destino, el cual debería haber tomado días, duró solo la tarde. Ella se bajó y dejó a Octavian pastando por su cuenta. Dejó escapar un suspiro y finalmente puso en libertad la tormenta implacable que había robado del poder de Hera. Dejó escapar un lento suspiro y se sacudió la ligera debilidad que la tormenta le había causado.

El bosque a su alrededor se había vuelto silencioso y sus ojos se estrecharon cuando su piel se estremeció al comprender que estaba siendo observada.

-Sal, sal, dondequiera que estés -cantó en el aire. Empezó a murmurar un hechizo para revelar al intruso desconocido cuando Ainsel, el Rey Duende, salió de las sombras de los árboles.

-¿Qué estás haciendo aquí. Desdémona del antiguo aquelarre? -Su voz sonó tensa de ira, mientras miraba hacia ella.

Mona le sonrió a medida que tomaba asiento en una roca frente a él. Sabía que le haría más amable si no parecía tan imponente.

-He venido a decirte que estoy en la necesidad de tus servicios, una vez más.

El rey se echó a reír, y la indignación llenó su tono.

-¿Crees que te ayudaría, cuando no cumpliste el primer trato que hicimos? ¿Estás loca?

-Bueno, si te refieres a loca como en enojada, entonces no. Pero, si te refieres a loca como en loca como una cabra, bueno, francamente, eso es casi un hecho. -Los ojos de Mona brillaban con maldad.

El rey la miró con cautela, observando su comportamiento. Él no diría que estaba feliz, porque podía ver que ella nunca podría ser capaz de verdadera felicidad. Decidió que la conclusión más cercana a la que podría llegar era que estaba extasiada, como un niño que había robado la caja de galletas y no había sido atrapado.

Mona miró a los ojos del rey, cuando comenzó a cantar.

"Hago un llamado a la magia que intenta salir de este lugar,

Va a responder a mi llamada, a prestar ayuda en su lugar,

Va a reunirse en el velo y extenderse,

No va a permitir que decaiga o esconderse.

Yo te llamo, te acojo, para hacer mi voluntad,

Te doy forma y te fundo al velo, para acallar.

No hay otro que te pueda liberar de mi comando,

Solo es mi deseo el que se te permite afrontar."

Mona se volvió hacia el Rey Duende:

-Dame tu mano.

Ainsel la miró con recelo.

-Oh, por el amor de los hombres a Dios, no voy a rebanarte. El hechizo requiere tú sangre, un sacrificio, como cualquier buen hechizo.

Él lentamente levantó la mano y ella se la arrebató. Metió la mano en su capa y sacó un cuchillo, y con un suave movimiento lo recorrió a lo largo de su palma. Mona inclinó su mano hacia abajo y dejó que la sangre cayera al suelo del bosque. El aire alrededor de ellos se espesó con magia y los ojos de Ainsel se ampliaron brevemente ante la ondulación que vio aparecer como si el universo hubiera sido cortado. Odiaba darle la satisfacción de ver su alivio, pero no pudo evitar el asombro que él sabía estaba pintado en su rostro...

-Ahí está -dijo ella, con aire de suficiencia- He abierto tu velo de forma permanente. He mantenido mi parte del trato.

El rey luchó por dentro con su ira, pero también sabía que si no la ayudaba podía destruirlo y a su raza.

-¿Qué es lo que necesitas? -preguntó finalmente.

Ella sonrió triunfante mientras empezaba a contarle.

-El contacto que se supone iba a ayudarme a abrir el velo al Inframundo, hasta el momento, no lo ha hecho. Creo que podría estar planeando traicióname. Y, dado que fuiste tan bueno al rastrear a esos perros por mi-se encogió de hombros con indiferencia- pensé que podrías encargarte de esto sin ningún problema.

-¿Quién es ese contacto?

Una vez más, Mona se esforzó por parecer aburrida e indiferente mientras recogía una pelusa inexistente de su ropa.

-Damansen- apenas había dicho la palabra cuando el Rey Duende tosió ahogadamente. Ella levantó la vista para ver que sus ojos estaban estrechados y su respiración se había vuelto superficial.

-¿Tu-tu-tú, quieres que capture al Rey Hechicero? -tartamudeó.

Mona asintió mientras se levantaba. Ainsel dio un paso atrás mientras la observaba, su mente todavía se tambaleaba ante la información que acababa de caer sobre el como una tonelada de ladrillos. Sus hombros se sintieron pesados con el peso de su solicitud.

-Él nunca estará esperándote. -Ella montó su caballo y miró al pequeño rey-. No sé cuánto tiempo pasará hasta que se muestre ante mí, pero tienes que tenerlo en la mira y estar listo para encargarte de él si necesito que lo hagas.

Ainsel levantó su mano para detenerla.

-¿Cómo se supone que voy a encárgame del Rey Hechicero exactamente?

Mona se encogió de hombros.

-Se creativo. -Y, antes que pudiera responder galopó hacia el bosque, los árboles engullendo su retiro sin dejar nada atrás, pero la leve perturbación del follaje que provocaba cesó.

Ainsel quedo en estado de shock, incapaz de asimilar lo que acababa de suceder. Desdémona había abierto el velo a su mundo, un velo que era inestable y que había estado cerrándose y abriendo por sí solo. Sabía que era solo cuestión de tiempo antes que se cerrara para siempre. Mona había buscado su ayuda con los lobos y, a cambio, estaba manteniendo su velo abierto. Originalmente, no había mantenido su parte del trato y se imaginó que nunca lo haría. Pero ahora, lo necesitaba de nuevo. No se fiaba de ella, no hasta que pudiera deshacerse de ella. El llevaría a cabo esta tarea que le había dado, y estaría mirando por encima del hombro por el cuchillo inevitable que eventualmente se sumergiría en su espalda.

Alston, el más alto miembro del Consejo Fae se situó en la apertura del velo de su reino al ámbito humano. Nissa, Gwen, y Dain estaban con él. La Gran Luna les dijo que Mona había bloqueado a Hera, impidiéndole cruzar, pero no que ellos no pudieran pasar.

Sostenía la piedra lunar en su mano y el peso de la responsabilidad que viene con ella se apoderó de él como una manta pesada. Las manadas no se habían unido en milenios. Eran demasiado volátiles para reunirse, y eso era exactamente lo que iban a hacer. Iban a cruzar el velo hacia el reino humano, y llamar a cada manada que la Gran Luna había creado.

Sería el mayor encuentro de seres sobrenaturales en su historia.

-Alston. -Escuchó su nombre pronunciado en voz baja detrás de él, de Gwen. Se dio la vuelta para mirarla-¿Vamos?- preguntó ella

Alston dejó escapar un profundo suspiro y mientras caminaba a través del velo, su voz reverberó sobre cada uno de ellos.

-Qué así sea.

Salieron del velo en el aire frio, fresco, y un dosel de árboles antiguos altos se alzaron por encima de ellos. La noche había caído en el reino humano y donde debería haber habido estrellas en el cielo, solo nubes oscuras se podían ver. El suelo crujió bajo sus pies de la ligera nieve que se había acumulado y las hojas de las plantas brillaron como diamantes de las gotitas congeladas.

Caminando lentamente, más lejos del velo, cada uno de ellos se volvió para enfrentarse entre sí en un círculo. Alston sacó la piedra lunar del bolsillo donde la había resbalado cuando habían cruzado el velo. Miró a la pequeña roca, aparentemente insignificante, y sacudió la cabeza. Esta piedra estaba a punto de cambiar el curso de la historia.

Miró a los rostros de sus parientes, sus ojos llenos de determinación, pero con una sombra de duda. Se inclinó, puso la piedra en el suelo en medio de su círculo, y luego se unió a ellos de nuevo.

-Hay que esperar que la luna se manifieste desde las nubes. La Gran Luna dijo que esta noche sería una luna llena.- Sus palabras parecieron resonar en la noche y cada uno de ellos volvieron sus rostros uno a uno.

La noche se quedó en silencio y el aire quedó inmóvil. Toda la naturaleza parecía estar conteniendo la respiración, esperando y observando

Los cuatro Fae observaron al cielo nocturno cuando las nubes comenzaron lentamente a separarse. Muy despacio, poco a poco, la luna comenzó a brillar a través de la abertura. Y, a continuación, estaba allí, llena en toda su belleza. Las nubes la rodeaban, pero brillaba plenamente, como si estuviera mirando hacia abajo a ellos. Aunque la luna no les proveía calor, su luz los bañó en un tipo diferente de calidez y sabían que era de la Gran Luna. La luz de la luna golpeó la piedra lunar que estaba en el suelo y ésta comenzó a brillar, una luz blanca y suave al principio, pero rápidamente creció en brillo.

Alston fue el primero en hablar cuando empezó el ancestral canto para llamar a los hijos de la Luna. Era un canto que nunca se había dicho en voz alta. Y, uno por uno, todos ellos se unieron.

"Por el poder de la luna,

Que es la luz que a todo alumbra,

Por el resplandor de la piedra,

No están por su cuenta.

Nosotros te llamamos.

Tú que eres fuerte,

Tú que has vagado para siempre,

Tú que conduces a los endebles,

Es a ti a quien busca tu creador.

Nosotros te llamamos.

Tu tiempo es ahora, tu propósito es aqui,

Se ha ido la división, ha llegado la restauración

Atiende a la llamada, al aullar en la noche,

Nosotros te llamamos.

Prepárate de toda manera, prepárate para la pelea.

Nosotros te llamamos.

Nosotros te llamamos.

Manadas de la Gran Luna,

TE LLAMAMOS."

Las últimas palabras resonaron en la noche cuando los cuatro Fae bajaron sus manos y volvieron a mirar a la luna. La calma que había cubierto todo el bosque comenzó a desaparecer a medida que el viento comenzó a soplar y los árboles se mecieron en una danza eterna. Por encima del aullido del viento escucharon su voz tan claramente como si estuviera de pie ante ellos.

-Prepárense. Está hecho

Nissa miró a Alston y dejó escapar un suspiro tembloroso.

-¿Por qué eso parece sonar extrañamente ominoso?

Fue Dain quien respondió.

-Porque esa es la única palabra que podría describir la unión de las manadas.