Capítulo 6. Los que venden su alma al diablo.

A la mañana siguiente, Takeru salió de su apartamento. Le extrañó ver un gran coche negro parado en su puerta. Apoyado en él había un hombre moreno vestido con un traje oscuro, camisa blanca y sin corbata.

–Takeru Takaishi, supongo. –abordó el desconocido del coche. Takeru se detuvo al escuchar su nombre. ¿Cómo sabía su nombre si jamás había visto a aquel tipo?

–Soy yo, ¿en qué puedo ayudarle?

–Soy Ken Ichijouji, director del Departamento de Seguridad Nacional de la Agencia Nacional de Policía. Ha habido ciertos casos de muertes sospechosas ocurridas a su alrededor. Cuando murió Shuuhei Uchimura hubo varios testigos, entre los cuáles se encontraba la Detective Sora Takenouchi. Testificó que en el momento de la muerte, usted lo estaba tocando. Además, usted se entregó en comisaría confesando el crimen.

Al escuchar todo aquello, Takeru cerró el puño con fuerza, gesto que no pasó desapercibido para Ken.

–Cuando ocurrió aquello estaba muy impresionado. –dijo Takeru.

–¿Y por eso confesó ser el autor de la muerte? –preguntó Ken.

–No estoy seguro de lo que hice, ni por qué lo hice. Lo que quiero decir es que esa historia ridícula es imposible. –dijo Takeru, al que aquel tipo no le dio buena espina desde que lo vio.

–¿Ha oído la historia del rey Midas? Era un rey griego que convertía en oro todo lo que tocaba. El rey Midas puso una maldición a su propio poder. Por lo visto, convertir todo lo que tocaba en oro no le compensaba. Volveremos a vernos. –dijo Ken tendiéndole la mano. Tras sopesar si dársela o no, Takeru se la estrechó, palpándose la tensión en el ambiente.

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Aiko estaba en un columpio de un parque esperando a que su mamá llegara de hacer unas compras en una tienda cercana. Mientras esperaba, le dio un poco de tos. Entonces, vio como un hombre rubio de ojos azules, muy guapo y vestido completamente de negro se puso a su lado. Aiko lo reconoció como el mismo joven que estuvo aquel día en el garaje de su edificio. El hombre estiró la mano, pero la niña se apartó para que no la tocara. El hombre simplemente retiró la mano.

–¿Esperas a mamá? –preguntó Yamato, pero la niña no respondió. Yamato se apoyó en unas barras que había frente a los columpios. –Supongo que me recuerdas. Soy un aliado de la justicia. Os salvé a ti y a tu madre.

La niña sólo asintió con la cabeza y volvió a toser.

–¿Es tu asma muy serio? ¿Cómo te llamas?

–Aiko. –respondió la niña. Yamato miró detrás de él al ver cómo la niña miraba a otros niños corretear y jugar.

–Pobrecita. Me apuesto lo que quieras a que también quieres jugar al pilla-pilla con ellos.

–El pilla-pilla es muy infantil. –dijo Aiko.

–Para ser una niña, no actúas como tal. –dijo Yamato.

–Quiero ser mayor cuanto antes. Cuando lo sea, mi asma se curará. Me lo dijo Mamá. –dijo Aiko.

–¿Puedo curarte tu enfermedad? –preguntó Yamato levantándose.

–¿Eres médico? –preguntó la niña.

–No. Soy mago. –dijo Yamato.

–Mientes.

–Claro que no. Si me das tu posesión más preciada, te curaré. –dijo Yamato. –Dime, ¿cuál es?

–Mi mamá. –respondió la niña.

–¿Tu mamá? –Yamato dio un paso y volvió a extender el brazo y posó su mano sobre la cabeza de Aiko.

–Nunca te daré a mi mamá. –dijo Aiko.

–Lo sé. Toma, un regalo. –dijo Yamato acuclillándose y extendiéndole una pequeña bolsita roja de papel.

–Gracias. –dijo la niña aceptándolo.

–¡Aiko! –escuchó la niña como la llamaba su madre mientras entraba en el parque.

–¡Mamá! –Aiko se dirigió hacia su madre y la abrazó efusivamente.

–Te he comprado unos pijamas nuevos. Serás la niña más guapa del hospital. –dijo Sora mientras Aiko reía. –¿Qué te parece si vamos a comer tu hamburguesa favorita antes de ir al hospital?

–¡Sí! –celebró la niña. Tras dar unos pasos, Aiko se acordó del chico que habló con ella, por lo que se dio la vuelta, pero allí ya no había nadie. Al sentir el tirón de la mano, Sora se giró.

–¿Qué pasa? –preguntó Sora.

–He conocido al mago del garaje.

–¿Qué? –Sora miró a su alrededor preocupada, pero no había ni rastro de Yamato. Sólo veía niños jugando.

Una vez que madre e hija comieron la hamburguesa, se marcharon al ala pediátrica del Hospital Aizuki. La niña ya estaba en la cama de su habitación y se comía su merienda mientras su madre guardaba las mudas de la niña.

–Aiko, haz caso a los médicos y enfermeros, ¿de acuerdo? Si eres obediente saldrás antes de aquí. –dijo Sora.

–Sí. –dijo la niña con la boca llena mientras jugaba con un pequeño puzle.

–¿De dónde has sacado eso? –preguntó Sora, que no recordaba que su hija tuviera aquel juguete.

–Me lo ha regalado el mago de antes. –dijo Aiko. Era un puzle de mover piezas para formar un dibujo. Era evidente que el dibujo era de un perro, pero a Sora no fue lo que le interesó, sino lo que vio debajo cuando su hija desplazó una de las piezas. Dejaba ver la palabra Hotel.

–Déjamelo un momento. –dijo Sora cogiendo el puzle. Al quitar la pieza siguiente a la de la palabra Hotel, descubrió la palabra Lastat. Para ella fue más que evidente que Yamato le había enviado un mensaje por medio de su hija.

Tras devolverle el juguete, Sora se salió de la habitación y llamó a Taichi, que caminaba por la calle.

–¿Qué pasa? –preguntó Taichi al ver que era su protegida.

–Yamato está en el Hotel Lastat. –le dijo Sora.

–¿Cómo lo sabes? –preguntó Taichi.

–Ha buscado a mi hija y le ha regalado un puzle del hotel. Estoy segura de que es un mensaje. Creo que nos está invitando a ir para que intentemos atraparlo. Se está riendo de nosotros. –dijo Sora. Cuando colgó, volvió a la habitación a por su bolso y en seguida se dio la vuelta para marcharse.

–¡Mamá! –cuando Sora se giró, su hija estaba teniendo una crisis. Volvió a dejar el bolso y fue a frotarle la espalda a su hija. Pulsó el botón para pedir que fueran a la habitación.

–Estoy aquí, Aiko, tranquila.

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Mientras tanto, en el Hotel Lastat, un operativo de policías de incógnito subía a toda prisa por las escaleras del lujoso hotel.

–El director del hotel ya está avisado del registro. –dijo Iori Hida.

–Prefiero un registro así a estar esperando en la recepción del hotel. ¿Cuántas habitaciones tiene el hotel? –preguntó Taichi.

–Setecientas. –respondió Iori, a lo que Taichi puso cara de circunstancias. A pesar de llevar bastantes agentes, les llevaría un rato.

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–Sí, habitación 307. –dijo Yamato por el teléfono de la suite 408 del hotel. Gracias a su acuerdo con Daigo Motomiya, viviría allí como un rey. Tras colgar, le entregó un sobre a un botones del hotel. –Que lo entregue un mensajero de los que van en bicicleta.

–Sí, Señor. –dijo el botones saliendo de la habitación. Yamato entró en su habitación y se cambió de ropa, poniéndose un traje negro con camisa negra y sin corbata. Entonces, entró un sastre para hacerle los últimos arreglos al traje. Hacer negocios con Motomiya tenía sus ventajas.

–Pareces estar muy cómodo. –dijo Daigo entrando a la habitación mientras el sastre terminaba con la aguja hacerle los últimos toques a los bajos del pantalón. Cuando Yamato escuchó la voz de Daigo se giró, ocasionando que el sastre le hiciera una pequeña tajada en la mano con la aguja.

–Lo siento, Señor. Me marcho, ya he terminado. –se disculpó el sastre y se marchó.

–¿Qué pasa? –preguntó Yamato al ver la mirada interrogante de Daigo, mientras se soplaba en el pequeño rasguño de la mano.

–¿No vas a curarte ese rasguño? –preguntó Daigo.

–No. No puedo curarme mis propias heridas. –respondió Yamato. –Inesperadamente inconveniente, ¿no crees?

–¿Hay otras cosas que no puedas curar? –preguntó Daigo con curiosidad.

–Cirugía estética. –respondió Yamato. –Supongo que se limita a lo que cubren los seguros.

–Cuéntamelo todo la próxima vez que nos veamos. Podrías ser de gran ayuda en el desarrollo de nuevos fármacos. –dijo Daigo antes de marcharse.

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En la habitación 307 del hospital, a Hikari ya le habían dado el alta médica y madre e hija recogían todo antes de marcharse frente a Takeru, que no quería despegarse de la joven al sentir que corría peligro. Si Hikari testificaba, la policía iría a por Daisuke Motomiya y como Sora no le pudo conseguir toda la protección que demandaban, decidió estar todo el tiempo posible junto a ella hasta que atraparan a Daisuke.

–Disculpen. En cuanto estén preparadas, podemos ir a comisaría para que testifiquen. –dijo uno de los policías que esperaban para trasladar a Hikari. –Tenemos un coche esperando en la entrada de abajo.

–Gracias. –dijo Takeru.

–Mañana tengo que volver a que me hagan una revisión, aunque estoy completamente recuperada. Qué rollo. –se quejó Hikari con algo de pesar mientras terminaba de preparar su bolso.

–¿Pero qué dices? Has estado muy grave. Ni te imaginas lo preocupada que he estado. –dijo Yuuko, a la que como madre, toda precaución le parecía poca.

–No te pedí que te preocuparas por mí. –dijo Hikari.

–Parece que lo único que no se te ha curado es esa bocaza tuya. –dijo Yuuko.

–Oh, calla, Mamá.

–Si sigues hablándome de esa manera, tu querido Profesor Takaishi va a empezar a pensar mal de ti. –dijo Yuuko.

–Deja de decir tonterías, Mamá. –dijo Hikari sonrojándose y echando una mirada furtiva a Takeru, al que le hacía gracia la relación que tenían madre e hija. A pesar de esa pequeña riña, parecía que hasta discutían con amor.

–Por cierto, tengo que ir al control a arreglar el papeleo de tu alta. –dijo Yuuko. –Termina de recoger todo.

–Sí. –dijo Hikari antes de que su madre saliera.

–Ahora nos vemos, Takeru. –dijo Yuuko.

–¿No es genial que estés tan bien como antes? –preguntó Takeru.

–Según las palabras de Mamá, "Dios ha obrado un milagro". –dijo Hikari. –Desde que Papá nos dejó, siento que sólo le he causado problemas a mi madre. Así que he decidido no hacer nada que la preocupe y dejaré ese horrible trabajo. Después de todo, Dios vino a salvarme.

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Sora tenía intención de participar en el operativo para buscar a Yamato por el hotel, pero la condición de su hija se lo había impedido, hasta que por fin, su hija yacía durmiendo tranquila en la cama. Tras darle unas caricias en la cara, Sora salió de la habitación, no sin antes mirar hacia Aiko. Se le rompía el alma dejarla allí, pero tampoco podía descuidar su trabajo.

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En un coche negro de alta gama, escondido en algún lugar de Tokio, Ken Ichijouji llamó a Jou Kido por teléfono.

–He conocido al creador del cadáver perfecto. –dijo Ken.

–La policía está extremadamente ocupada con la misión secreta del fugado de prisión y, ¿tú estás interesado en eso? –preguntó Jou desde su sala de autopsias. –Por tu seguridad, creo que es mejor que no te acerques mucho a él. Conociéndote, lo próximo que vas a querer hacer es verlo actuar.

–Jou, ¿no crees que ya es hora de que dejes de jugar con muertos? –preguntó Ken.

–¿Qué quieres decir? –preguntó Jou,

–¿Qué te parecería participar en un juego de vida?

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El operativo policial revisaba planta por planta y habitación por habitación buscando a Yamato Ishida. Hasta el momento, no habían obtenido resultados positivos, debiendo disculparse con todos los huéspedes que estaban molestando en el proceso de búsqueda.

–Vamos a la siguiente planta. –ordenó Taichi una vez que habían revisado todas las habitaciones de la planta en la que se encontraban.

–La siguiente planta está formada por las suites. –informó Iori Hida mirando el plano del hotel.

–Atención a todas las unidades. El teléfono móvil relacionado con Yamato Ishida aparece conectado. –dijo una agente encargada de las comunicaciones. Tanto Iori como Sora, que en ese momento conducía su coche hacia el hotel, también lo había escuchado al llevar una emisora de radio de la policía en su vehículo. –La señal del móvil se dirige hacia el sur por la calle Sakurada, repito, al sur por Sakurada.

En cuanto pudo, Sora cambió de sentido para dirigirse hacia donde dijo su compañera. Después, no pudo evitar mirar una foto que tenía en el salpicadero donde ella y su hija aparecían sonrientes haciéndose un selfie.

–El sospechoso va en dirección al Hospital General Misumi. –volvió a decir la agente por radio.

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–A Mamá le está llevando su tiempo. –dijo Hikari poniendo el perrito que le regaló Takeru dentro de uno de los bolsos y cerrándolo. –Quizás debería adelantarme.

–Señorita Kamiya, un repartidor ha traído esto. –dijo una enfermera entrando en la habitación.

–¿Para mí? ¿Qué será? –cuando se marchó la enfermera y abrió el sobre, sacó su teléfono móvil. –Es mi teléfono. Y está encendido. –dijo Hikari. Al decir aquello, Takeru supo de inmediato que quien se lo devolvió fue Yamato Ishida.

Entonces, Hikari miró hacia afuera, donde estaba Daisuke Motomiya mirándola fijamente, y en su mano llevaba una navaja. El castaño entró con decisión para apuñalarla, pero Hikari se apartó y lo esquivó. Takeru lo agarró por detrás intentando apartarlo y sacarlo de la habitación.

–¡Daisuke, para!¡¿Qué vas a conseguir con esto?! –dijo Takeru mientras intentaba sacarlo de allí.

–¡Cállate! –dijo él deshaciéndose del agarre. –Sus chismorreos me traerían problemas, así que la mataré, y después te mataré a ti también. Si lo hago, se acabarán mis problemas.

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Sora aparcó justo donde estaban el coche policial de su compañero. Cuando decidió ir a la habitación 307 se tropezó con un cuerpo. Era el agente encargado del traslado de Hikari a comisaría.

–¿Estás bien? –preguntó Sora para verificar el estado de su compañero. Por suerte, parecía que sólo estaba inconsciente, así que se fue corriendo a la habitación en la que Hikari había estado ingresada.

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Mientras tanto, en la habitación 307, Daisuke y Takeru peleaban. Durante el igualado forcejeo, Takeru puso su mano en el pecho de Daisuke con decisión.

–¿Vas a matarme a mí también? –preguntó Daisuke con provocación. Ante aquello, Takeru tomó conciencia y bajó la mano, momento que aprovechó para deshacerse de su agarre e hiriendo a Takeru de un navajazo en la mano. Mientras estaba en el suelo, Daisuke aprovechó para ponerse frente a Hikari, pero ésta salió de la habitación, con Daisuke detrás.

Justo cuando el agresor alcanzó a Hikari casi en la puerta de su habitación, no dudó en clavar el cuchillo, pero se lo clavó a la persona equivocada. Yuuko Kamiya, que llegó justo en aquel momento, no dudó en interponerse.

–¡Mamá! –dijo Hikari sosteniéndola en brazos mientras intentó ponerla en el suelo con cuidado.

–¡Doctor! –gritó una enfermera al girar la esquina y encontrarse aquel panorama.

–La próxima vez me aseguraré de matarte. –dijo Daisuke huyendo de allí.

–Hikari. –dijo Yuuko con voz débil. –Estoy orgullosa de ti. Me alegro de que estés bien.

–¡Mamá! –gritó Hikari en llanto sin romper el abrazo.

Takeru se lamentaba de no haber podido proteger a las Kamiya otra vez.

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Daisuke Motomiya salió corriendo y no dudaba en empujar a quien se interpusiera en su camino. Pero cuando estaba a punto de salir por una puerta de emergencia de la tercera planta, que era un lugar más despejado, se encontró de frente con Sora. Sabía que si alguien huía, lo más probable es que lo hiciera por allí, por la zona de salida de emergencias.

–¿Otra vez tú? –preguntó Daisuke. Este la atacó, pero Sora detuvo su embestida, lo desarmó con facilidad y lo inmovilizó con la cara contra la pared retorciéndole del brazo.

–Voy a dejarte marchar. –dijo Sora para sorpresa de Daisuke. –A cambio, dile a Yamato Ishida que mi hija quiere verle. Está en el Hospital de Aizuki.

–¿Dónde está la salida de emergencia? –se escuchó decir.

–Por allí. –respondió otro. Sora reconoció la voz de sus compañeros, así que, giró a Daisuke.

–Golpéame, rápido. –le ordenó Sora. –¡Rápido!

Daisuke le hizo caso. Le dio un puñetazo en la cara que la tiró al suelo, recogió su navaja del suelo y salió corriendo por la puerta de emergencia.

–Sora. –dijo Iori al encontrársela en el suelo.

–Lo siento. No he podido detenerle. –mintió Sora. Iori salió para ver si podía atrapar al sospechoso, mientras que Taichi ayudó a Sora a levantarse.

–¿Estás bien? –preguntó Taichi.

–Sí.

–Se ha ido. –confirmó Iori.

–Vamos tras él. –dijo Taichi. –Tú ve hacia arriba, yo iré hacia abajo.

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Una vez que estabilizaron a la madre de Hikari, Takeru salió a la zona ajardinada del hospital y se sentó en un banco. Necesitaba tomar el aire y pensar. Allí se miró la herida que le hizo el desgraciado de Daisuke en la mano.

–Es una herida un poco fea. –dijo Yamato sentándose junto a él. –Cuando alguien es salvado, otro es sacrificado. Así es como funciona el mundo.

–Tú… –dijo Takeru agarrándolo de la pechera, pero Yamato ni se inmutó.

–¿Me vas a echar la culpa? –preguntó Yamato. –Porque no lo es. En realidad es tuya, por no haberte deshecho de Daisuke cuando tuviste la oportunidad. Deberías haber hecho ese sacrificio.

Takeru lo soltó. Parecía estar al tanto de todo. ¿Acaso los había espiado? Estaba claro que Yamato era un hombre de recursos.

–Hay personas sin lógica, sin moral y sin buena voluntad. Ese niñato es uno de ellos. Se rige por la impresión de que siempre debe salirse con la suya. Sólo es un niño rico problemático. Depender de la policía y la justicia es inútil. Aunque lo cojan, a lo sumo le caerán cinco años de prisión; y aunque viva en una cama de rosas, se convertirá en un adulto vengativo. Se alimenta de venganza y hará lo mismo una y otra vez cuando lo suelten. Esa muchacha, Hikari, vivirá atemorizada por ese chico de por vida. ¿Quieres que eso sea así? Puedes salvar a esa chica de una forma en la que sólo tú puedes hacerlo.

Yamato tocó la mano de Takeru y la herida de su mano desapareció. Cuando Takeru se dio cuenta, el poseedor de la mano de Dios se había esfumado de su lado, al igual que se esfumó su herida.

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Cuando Yamato llegó a un camión medicalizado, lo recibió un rabioso Daigo Motomiya.

–¡Llegas tarde!¿Dónde te habías metido? –preguntó Daigo al verlo entrar. Entonces se dirigió al personal sanitario. –Salid.

Allí, en una cama, estaba Maki Himekawa. Su condición iba a peor. A pesar de estar intubada, estaba consciente. Habían optado por un sitio así, proporcionado por Daigo, en lugar de un hospital, para mantener en secreto la verdadera condición de Maki.

–¿Tienes la respuesta a tus deberes? –preguntó Yamato acercándose a Maki. –¿Qué harás por mí?

La expresión de Maki era asustada, pero con su mirada le hizo saber que deseaba ser curada. Yamato extendió su mano.

Continuará…


Notas de autora: aquí traigo nuevo capítulo. Muchas gracias a los lectores que siguen esta historia, en especial a Annavi21 y a Ginevre, que siempre dedican un poquito de su tiempo a dejar sus comentarios. Un abrazo.