Capítulo 7. Arresto.
Takeru y Sora miraban a Hikari, que a su vez, miraba a través de las ventanas cómo las enfermeras acomodaban a Yuuko en el box 101 de la Unidad de Cuidados Intensivos. Yuuko permanecía estable dentro de la gravedad, pero se encontraba sedada.
–¿Cómo está? –preguntó Taichi entrando en esa zona de hospital, seguido de Iori.
–Sigue viva. –respondió Sora.
–El paradero de Daisuke es desconocido. –le informó Taichi. –Aumentaremos la seguridad alrededor de Hikari. Si hubiéramos sido un poco más rápidos esto no habría ocurrido. Ahora que Hikari se ha recuperado, cae su madre.
–Pero creo que su madre estará satisfecha. Como madre sé que lo sacrificaría todo por salvar la vida de su hija, su vida, e incluso su orgullo. –dijo Sora identificándose con Yuuko Kamiya. Ella también habría actuado así sin dudarlo de haber sido su propia hija. Pese a todo, Sora no podía evitar sentirse un poco culpable por haber dejado escapar a Daisuke.
–Me imagino que te sientes identificada con Yuuko Al igual que tú, es madre soltera. –dijo Taichi. –Aiko está en el hospital de Aizuki, ¿verdad?
–Sí.
–Ve con ella. –le dijo Taichi.
–Gracias, Taichi. –tras agradecerle, Sora se marchó.
–Mamá. –dijo Hikari preocupada.
Flashback
–¿Me vas a echar la culpa? –preguntó Yamato. –Porque no lo es. En realidad es tuya, por no haberte deshecho de Daisuke cuando tuviste la oportunidad. Deberías haber hecho ese sacrificio.
Fin del flashback.
Takeru no se quitaba de la cabeza lo que había dicho Yamato una vez que Daisuke hirió a Yuuko. Cada vez se sentía más y más culpable por lo que había pasado.
–Es culpa mía. Lo siento. –le dijo a Hikari.
–¿Qué estás diciendo? –preguntó Hikari que no veía qué culpa podía tener él. Más bien al contrario. Se sentía muy agradecida por todo lo que estaba haciendo desde que ella lo involucró. –Me has protegido e incluso sigues aquí.
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Yamato estampó a Kenta Ninomiya contra la pared de un callejón.
–Habrás ido, supongo. –dijo Yamato.
–Sí. –dijo Kenta asustado. –Sus padres no son de nuestro pueblo. Pero cuando mencionaron Ryukoku parecieron ponerse nerviosos.
–Así que fueron a un pueblo al que nadie iba. Sigue vigilándoles. –le ordenó Yamato. Le puso la mano en la cara, para susto de Kenta, pero simplemente le curó los rasguños que le hizo cuando lo estampó contra la pared.
Una vez que Yamato se marchó, Kenta se dirigió al hostal de mala muerte en el que se cobijaba. A pesar de que se llamaba Paradise Inn, de paraíso tenía más bien poco. Y además tenía que compartir habitación con otro buscavidas.
Después de beberse varias cervezas preguntándose por qué Yamato no le dejaba en paz, vació su petate y tras desenrollar una vieja camiseta, sacó una antigua cámara de vídeo. Abrió la solapa y volvió a ver la escena que le arruinó la vida.
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–¡Aiko! –dijo Sora entrando a la habitación de su hija mostrándole una bolsa de papel que a todas luces era un regalo.
–¡Mami! –dijo la niña alegrándose de volver a ver a su madre.
–¿Has sido buena?
–¡Sí! –dijo la niña animada.
–Toma, un regalito. –dijo Sora dándole la bolsa.
–Pompas de jabón. –dijo la niña muy alegre mientras su madre se sentaba en la cama a su lado y le acariciaba la cabeza. –Y también pegatinas. Gracias, Mami.
Para Sora no había mayor felicidad que ver feliz a su hija. Sólo lamentaba estar utilizándola para atrapar a Yamato.
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Cuando el coche de alta gama de Daigo Motomiya se disponía a salir de su propiedad, Takeru se interpuso, haciendo que el chófer tuviera que frenar bruscamente al no esperarse aquello. Por suerte, al estar saliendo por su puerta, todavía no había acelerado el coche.
Una vez que el coche estuvo parado, Takeru se dirigió a la ventanilla trasera en la que estaba Daigo, que bajó con desgana.
–Usted es el señor Motomiya, ¿verdad? Necesito ver a su hijo. Ha intentado matar a una alumna mía, ha apuñalado a su madre y ahora mismo está en cuidados intensivos. –dijo Takeru. –Por favor, señor Motomiya, déjeme ver a su hijo. Ni mi alumna ni yo hemos testificado todavía. Si se entrega podrían considerarlo un delito menor.
Pero a pesar de que veía a su hijo capaz de hacer todo lo que le decía aquel joven, se limitó a subir la ventanilla y a seguir su camino sin hacerle el mínimo caso a las peticiones de aquel desconocido. Aquello le sirvió para confirmar una noticia que había leído en el periódico en la que no se mencionaban nombres. Daigo llamó a su hijo y le dijo que fuera a la suite de Yamato en el Hotel Lastat inmediatamente. Cuando Daigo llegó, Daisuke ya estaba tirado en el sofá de la habitación. Daigo lanzó un periódico a la mesa de mala manera, dejando ver el siguiente titular:
Mujer apuñalada en el hospital. El culpable ha huido.
–¡¿Qué significa esto?! –preguntó Daigo malhumorado.
–No sé nada de eso. –mintió su hijo con gesto indiferente.
–¡Podrías haberla matado, y entonces te acusarían de asesinato! –gritó Daigo invadiendo el espacio vital de su hijo. –¡¿Qué es lo que te tiene insatisfecho?! ¡¿Cuántos problemas necesitas causarme para sentirte mejor?!
–¡Cállate! –le respondió Daisuke levantándose. –A ti sólo te importa tu posición. Deja de actuar como un padre.
Daigo reaccionó dándole un bofetón a su hijo. ¿Cómo se atrevía a hablarle así a su propio padre?
–Si tanto te molesta, entrégame a la policía. –dijo Daisuke.
–Suficiente. –dijo Daigo suspirando. Si hacía lo que decía su hijo su buen nombre, su posición y la de su empresa quedarían en entredicho. –Pensaré en algo. No te metas en más líos. ¿Entendido?
–Menudo es tu padre. –comentó Yamato cuando se cruzó a Daigo saliendo. Después se sentó en uno de los sillones de la suite. – Ocultando desde un condenado a muerte a un hijo con tentativa de asesinato. Debe de tener mucha autoridad para ser capaz de ocultarnos con crímenes tan graves.
–La detective me dejó escapar. –confesó Daisuke. –Me dijo que te dijera que su hija quiere verte.
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Sora velaba el sueño de su hija en el hospital, cuando una voz masculina hizo que girara la cabeza hacia la entrada de la habitación.
–Tiene carita de ángel. –dijo Yamato. –¿Cómo eras tú de pequeña, Detective? Viendo tu personalidad, seguro que eras una niña de armas tomar. Seguro que te quedabas jugando hasta tarde hasta que se ponía el sol. Pobre Aiko, pudiendo estar disfrutando de su infancia y está aquí, atada a la cama de un hospital. ¿Sabes lo que le dije? Le dije que si me daba su posesión más preciada, le curaría su enfermedad. Pero rechazó mi oferta diciendo que lo más preciado que tiene es su mamá y que nunca me la daría. ¿Qué harás tú por mí?
Sora se levantó, se colocó frente a él y se quitó la chaqueta. ¿Le estaba ofreciendo su cuerpo a cambio de curar a su hija? Le cogió la mano a Yamato y la dirigió hacia su propio brazo. Cuando estaba a punto de tocar el apósito que tenía por el disparo que recibió de Daisuke, Sora le colocó las esposas.
–Yamato Ishida, estás arrestado por estar en búsqueda y captura por fugarte de la prisión de Kanto. –dijo Sora cogiéndole de la otra muñeca para terminar de ponerle las esposas. Él no opuso resistencia alguna.
–¿No quieres que la cure? –preguntó Yamato haciendo referencia a Aiko.
–No quiero que alguien como tú le ponga un solo dedo encima a mi hija. –dijo Sora.
–Eres una madre muy fría. –dijo él.
–Por supuesto que quiero que se cure, pero no me fio ni de ti ni de tu poder. –dijo Sora.
–Lo que significa que eres detective antes que madre. –dijo Yamato. Entonces a Aiko le entró algo de tos, pero no se despertó. Yamato se sentó en la orilla de la cama a los pies de la niña, extendió la mano hacia el pecho de Aiko, con la compañía del otro brazo por llevar las esposas, pero antes siquiera de tocarla, la retiró y volvió a insistir. –¿Qué vas a hacer? Podría curarla, pero no con esto puesto. Libérame.
Sora se encontraba en una encrucijada. Adoraba a su hija y lo que más deseaba en el mundo era que se curara. Pero tal y como había actuado, Yamato tenía razón. Había actuado más como detective que como madre, porque había utilizado la situación de su hija para atraerlo y detenerlo. Cuando Sora estaba a punto de claudicar y había sacado las llaves de las esposas de sus vaqueros para liberarlo, cuatro hombres vestidos con traje y corbata negra sobre camisa blanca entraron bruscamente en la habitación y agarraron a Yamato.
–¿Quiénes son ustedes? –preguntó Sora. Uno de ellos sacó una placa de identificación.
–Soy Chiaki Tanaka. Somos agentes del Departamento de Seguridad Nacional de la Agencia Nacional de Policía. –dijo el que parecía estar a cargo. –Nos llevamos detenido a este hombre.
–Pero, esperen un momento. –dijo Sora.
–Son órdenes directas del Director de nuestra división, Ken Ichijouji. –dijo el hombre. –Nos ha pedido que le transmitamos un mensaje. Debido a que ha conseguido capturarlo a pesar de actuar estando suspendida, esta vez no se emprenderán acciones contra usted.
–Pero…
–Usted no pinta nada en esto. –dijo el hombre fríamente.
–Cuando se tarda tanto en decidir algo, siempre hay alguien que coge la delantera. –dijo Yamato. –Es una lástima. Prefería que me arrestara una bonita detective.
–Vamos. –dijo el agente.
–Ven a verme si cambias de opinión. –le dijo Yamato antes de que los hombres se lo llevaran detenido.
–Mami, ¿qué pasa? –preguntó una somnolienta Aiko, que había alcanzado a ver a Yamato justo antes de salir. –Es el mago.
–Lo siento, Aiko. –dijo Sora sentándose en la orilla de la cama. –No he podido curarte.
–No pasa nada. Pronto seré mayor y cuando lo sea mi enfermedad se irá, ¿verdad? –dijo la niña intentando animar a su madre. Sora se abrazó a su hija conmovida por su inocencia, pero también por la reacción que tuvo cuando Yamato se ofreció a curarla a cambio de lo más preciado para ella.
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–Es una buena mujer. –dijo Yamato a Ken Ichijouji, que viajaba a su lado mientras lo trasladaban a la prisión escoltados por varios coches de policía.
–¿Te refieres a la Detective Takenouchi? –preguntó Ken.
–Sí.
–Sí, es buena agente, pero su sentido de la justicia es un poco extremo. –dijo Ken. Entonces sacó un papel que le extendió a Yamato. –Aquí está la orden de ejecución de tu sentencia de muerte. El fiscal general por fin la ha firmado. Incluso podríamos ejecutarte mañana. Sin embargo, este documento es un error.
Tras decir aquello, Ken rompió la orden, algo que no sorprendió a Yamato.
–Yamato Ishida, de Ryukoku, un pueblo desaparecido bajo el agua de la presa de Ryukoku. Desapareció del mapa. Se convirtió en un pueblo fantasma siendo tú un niño. –dijo Ken.
–Veo que has investigado. –dijo Yamato.
–La seguridad de Japón no es algo baladí. Tu situación es algo que hay que tomarse muy en serio. –dijo Ken. –Tu nombre, tu lugar de nacimiento, y también, tu poder especial.
Cuando Ken rompió la orden de ejecución de su sentencia de muerte, supo de inmediato que no lo llevaban a la prisión de Kanto. Efectivamente, Yamato no se equivocó. El coche entró en un garaje subterráneo y aparcaron junto a otro coche de alta gama. Una vez fuera, todavía esposado, se abrió la ventanilla trasera del otro coche, dejado ver el rostro de Maki Himekawa con una media sonrisa. Yamato estiró sus brazos y Ken le quitó las esposas.
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–¡Sora, estoy muy orgulloso de ti! –dijo un Kyotaro eufórico. –Los de Seguridad Nacional me han llamado y han dicho que han capturado a Ishida gracias a ti. Sigue así, Takenouchi.
–Jefe, ¿qué hay de mi suspensión? –preguntó Sora.
–¿Suspensión? ¿De qué suspensión me hablas? –preguntó Kyotaro haciéndose el loco antes de marcharse a su despacho.
Pese a ser elogiada por su jefe, Sora seguía debatiéndose por si había hecho lo correcto.
–¿Qué te pasa? –preguntó Taichi con un café en la mano. –Ya sé. Como no estás acostumbrada a que el jefe te elogie, a tu cabeza le cuesta aceptarlo. Pero coincido con él. Has hecho un gran trabajo deteniendo a Yamato. Es un gran logro. Deberías estar contenta. Por cierto, ha llamado Takeru para ver si había novedades en el caso, así que, cuando le he dicho que lo has arrestado me ha transmitido su felicitación, y que con su arresto se siente más aliviado.
–Taichi, lo cierto es que para detener a Yamato, dejé marchar a Daisuke. –confesó Sora. No aguantaba más esa presión en el pecho y pensó que Taichi era quien mejor la podría entender. –Pero lo cierto es que…
–Que has cazado a Yamato. ¿Te parece poco? –preguntó Taichi comprensivo.
–Pero…
–Pero no debes preocuparte por pequeños detalles. No te obsesiones con eso, Sora. ¿Por qué no te tomas un tiempo de descanso?
–¿Qué? –preguntó ella. Ahora que le habían quitado la suspensión Taichi le ofrecía descansar.
–El caso de Daisuke Motomiya es cuestión de tiempo, aunque debemos seguir tomándonoslo en serio. No voy a irme a ninguna parte, así que, déjamelo a mí y cuida de la pequeña Aiko. Después de todo, es verano. –dijo Taichi.
–Está bien. Te tomo la palabra. Gracias. –dijo Sora un poco más animada. Desde luego es que Taichi Yagami siempre le había transmitido tranquilidad y le hacía las cosas mucho más fáciles.
Cuando Sora salió de la comisaría, en la puerta la esperaba Takeru. Tenía mucha mejor cara. El rictus de tensión que solía tener desde que lo había conocido estaba mucho más relajado. Era evidente que seguía sufriendo por tener tres muertos en sus manos, pero la detención de Yamato pareció relajarlo considerablemente.
–Felicidades por detener a Yamato. –dijo Takeru.
–Gracias. Seguimos investigando el paradero de Daisuke y como habrás comprobado, la seguridad de Hikari se ha incrementado. –dijo Sora.
–En realidad, hoy estoy aquí por mí. Ahora que Yamato está entre rejas, no hay razón para seguir tirando balones fuera. –dijo Takeru, al que le volvió el rictus de tensión. Era cierto que sintió que con todo el esfuerzo que había puesto Sora, debía felicitarla en persona de todo corazón, pero ahora, aquello ya era secundario para él. –He matado a tres personas y debo ser juzgado.
–Takeru, vamos al parque. –Takeru no se esperaba aquella reacción de Sora. No obstante, la siguió hasta el parque más cercano y le ordenó que esperara en un banco. Cuando llegó, la detective le ofreció una tarrina de helado, lo que sorprendió a Takeru. –Si no te das prisa, se derretirá. Me parece bien que te guste el helado hecho una sopa, pero si no sujetas el tuyo, yo no podré comerme el mío, y a mí sí que me gusta helado.
Cuando Takeru lo tomó, Sora se sentó a su lado.
–A mi hija le encanta este helado. Todos los años está deseando que llegue el verano para comerlo. Pero debido a su asma, no puede tomar demasiadas cosas frías y sólo le doy el capricho muy de vez en cuando. También procuro no comerlas delante de ella.
–Sora.
–Es curioso, ¿sabes? Cualquiera intentaría librarse de lo que ha hecho, pero tú no. Estás dispuesto a asumir las consecuencias y eso demuestra que tienes una gran moral. A pesar de todo, la policía no puede detenerte. –dijo Sora interrumpiendo a Takeru.
–Pero…
–Una persona que puede matar a alguien con sólo tocarla, ¿cómo puedes demostrar eso?
–Pero a pesar de todo, no dejo de ser un asesino, y tú eres la única persona que lo ha visto. –dijo Takeru.
–Te olvidas de Daisuke. –dijo Sora.
–Ya, pero sólo confío en ti. –dijo Takeru.
–Siento no poder ayudarte. Y a partir de hoy, estoy de vacaciones. Una vez que le den el alta a mi hija, quiero pasar tiempo con ella. ¿Qué hay de tu familia?
–Tengo a mis padres y a mi hermana pequeña. –respondió él.
–¿Saben lo de tu poder?
–No.
–¿Cómo crees que se sentirían si lo supieran? –preguntó Sora. –Todavía no es demasiado tarde para que tengas en cuenta sus sentimientos. Aunque yo ya no estoy segura de lo que está bien y de lo que está mal. Definitivamente, matar está mal y aunque debería saberlo mejor que nadie, lo cierto es que quería confiar en Yamato para que curara a mi hija, aunque sepa que es un asesino. Me arrepiento de no haber aprovechado las oportunidades que me ha brindado para curarla. Por orgullo, le he arrebatado a mi hija cosas tan simples como correr todo lo que quiera o comer un helado.
Takeru comprendió que no era el único con dilemas morales, pero no sabía qué decir.
Continuará…
