Capítulo 9. La reina.

Al día siguiente de verse atacado en su propia casa, Takeru acudió al hospital. Allí, a través de los cristales del box, Hikari se encontraba pasando una toalla húmeda al brazo de su madre. Sin más, decidió no molestarlas y se marchó a casa.

–Medalla de segunda categoría a un oficial de policía al morir en el cumplimiento de su deber. –escuchó Takeru cuando llegaba a la puerta de su edificio. Cuando miró a su lado, un relajado Ken Ichijouji estaba allí. –La última persona que has matado con tu manita era Chiaki Tanaka, un escolta policial que estaba trabajando. Es verdaderamente lamentable perder a un subordinado tan destacado. Pese a todo, cumplió su misión.

–Fuiste tú quién lo envió, ¿verdad? –preguntó Takeru, horrorizado de que la misión de aquel hombre fuera morir en sus manos, aunque seguramente lo hubieran engañado para ello.

–Matar está mal, Takeru. ¿Es lo que sientes? –preguntó Ken.

–¿Qué intentas decirme?

–En realidad, sentimos que es una virtud el poder deshacernos de alguien que es una amenaza para la sociedad. Tu poder, sin duda, nos es muy útil. Para una organización como la mía, es la única manera de utilizar la muerte para castigar. En mi opinión, quien no tiene ninguna utilidad es Yamato Ishida, que existe como si fuera un dios. Si la gente conociera su habilidad, el mundo se volvería un caos. Sería demasiado peligroso. –Ken se acercó a él y reprodujo un vídeo en su móvil para que Takeru lo viera. En él, aparecía Daisuke Motomiya nervioso por estar encerrado en alguna parte.

–¿Daisuke? –dijo Takeru. Ken se guardó el teléfono.

–Daisuke sabe demasiado sobre Yamato y no es de fiar. –dijo Ken.

–¿Qué piensas hacer?

–Venga, Takeru, deja volar tu imaginación. ¿Por qué crees que he venido a verte?

–¿Me estás pidiendo que lo mate? –preguntó Takeru.

–También lo hago por ti, Takeru. Si ese chico continúa por ahí, volverá a hacer lo mismo una y otra vez. Mira como acabó la señorita Kamiya. Y no contento con ello, la buscó para matarla, y ahora quien está en una cama es su madre. Sólo será un momento. Una muerte pacífica sin rastro. Lo cierto es que eres el arma soñada. No olvides esto: yo soy el único que realmente valora tu poder.

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Desde la sospechosa liberación de Yamato y el encuentro que tuvo con Ken, Sora Takenouchi comenzó a desconfiar de él, por eso, fue al Instituto Anatómico Forense a recabar información. Sabía que su amigo Jou lo conocía.

–Ken Ichijouji fue compañero tuyo en la universidad, ¿verdad? –le preguntó Sora a Jou.

–Sí. Bueno, estaba unos cursos por encima cuando yo empecé a estudiar medicina. –contestó el moreno mientras organizaba el instrumental.

–¿Qué clase de persona es? –preguntó Sora.

–La verdad es que no lo sé. Cambió la medicina por los servicios secretos. Desde luego es que hasta para mí es extraño. –dijo Jou mientras se sentaba en un taburete donde tenía un ordenador.

–Será muy inteligente, pero es detestable. –dijo Sora. Entonces, se abrió la puerta y Aiko asomó la cabeza.

–Mamá, ¿te falta mucho? –preguntó la niña.

–¡Hola, Aiko! –saludó Jou efusivamente al ver su cabecita. –¿Ya estás de vacaciones de verano? Ven aquí.

Pero la niña negó con la cabeza. No era un sitio que le gustara, y Sora lo agradecía. Ese lugar no era sitio para una niña.

–Le da miedo esta sala. –dijo Sora. –Bueno, tengo que irme, Jou.

Jou le hizo adiós a Aiko con la mano. Fue entonces que Sora vio en una bandeja de documentos junto al ordenador, el informe preliminar con la foto de Chiaki Tanaka, el agente que detuvo a Yamato delante de ella en la habitación de hospital en la que estuvo Aiko ingresada. También fue el hombre al que Ken le ordenó que la acompañara a casa cuando fue a encararlo a la sede de la Agencia Nacional de Policía.

–Jou, este hombre…

–Ah, sí. Lo trajeron anoche. –dijo Jou.

–¿Cuál es la causa de la muerte?

–Tuvo un ataque al corazón mientras trabajaba por causas desconocidas. Ya es el cuarto caso. –informó Jou.

–Takeru. –musitó Sora. –Lo siento, Jou, tengo que irme. Vámonos, Aiko.

Cuando Sora se fue, Jou cogió su teléfono.

–Hola, Sora Takenouchi acaba de estar aquí, y parece que está atando cabos. No te pases con ella, Ken. –dijo Jou.

Mientras Sora y Aiko iban hacia el coche, Sora llamó a Takeru.

–Te llamo por el tipo que fue a tu apartamento. –dijo Sora cerrando la puerta del coche.

–Ken Ichijouji ha venido a verme hoy. Estoy seguro que fue él quien lo envió. Tiene a Daisuke encerrado en alguna parte porque sabe demasiado de Yamato. Sora, ten cuidado. Tú también sabes demasiado de Yamato. Perdona que te cuelgue, tengo prisa. –le dijo Takeru.

–Espera, Takeru, no cuelgues. –pero fue demasiado tarde. Él ya había colgado. Cuando lo llamó, no pensó que estuviera al corriente de lo que acababa de descubrir en la sala de autopsias. De hecho, fue él quien le dio las novedades a ella. Entonces, Aiko empezó a toser.

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Takeru fue al edificio de la Farmacéutica Nishijima a toda prisa. Cuando entró, por suerte vio a Daigo Motomiya andando al volver de la cafetería de la empresa.

–Señor Motomiya. –lo interceptó Takeru. Al reconocerlo, Daigo retrocedió asustado al no esperar ver allí a aquel profesor.

–Ya he hablado con mi hijo. No te causaremos más problemas. –dijo Daigo para evitar a Takeru mientras salía para dirigirse a su coche.

–¡Espere, por favor! ¡Su hijo está en peligro! –exclamó Takeru siguiéndolo. Aquello lo hizo detenerse.

–¿Qué quieres decir? ¿Qué le estás haciendo? –preguntó amenazante y olvidándose de su miedo.

–No soy yo. Es Ken Ichijouji, de la policía. –dijo Takeru.

–¿Ichijouji? Sandeces. –dijo Daigo volviéndose al coche.

–Ichijouji tiene a Daisuke encerrado. –insistió Takeru poniéndole la mano en el hombro intentando detenerlo para que lo escuchara. En cuanto sintió su mano, Daigo se revolvió para que no lo tocara. Sin más, se subió al coche y se marchó.

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¡En el cielo azul, quiero extender mis alas y volar…! Mamá, ¿sabes cómo sigue la canción? –le preguntóAiko mientras cruzaban el parque después de haber hecho unas compras.

¡Agitar las alas! –siguió Sora.

–¡Hacia el cielo azul! –terminaron las dos.

–Me gusta cantar, me hace sentir bien. Es como si mi enfermedad se hubiera curado. –dijo Aiko tras terminar de cantar el último éxito de Mimi Tachikawa.

–Eso es porque hay una magia misteriosa en la música. –le dijo Sora sonriente. Por fin llegaron a la puerta de su apartamento. Mientras Sora sacaba la llave, Aiko vio la herida de bala de su madre. Ya no llevaba el vendaje. Tan sólo le quedaba la muestra de la quemadura que le había ocasionado el roce de la bala.

–¿Todavía te duele tu herida? –preguntó Aiko con curiosidad. Sora se miró la herida.

–No, tranquila. Está bien. –le dijo la pelirroja. Entonces, su hija puso sus manos sobre la herida y empezó a cantarle en voz baja.

En el cielo azul, quiero extender mis alas y volar, agitarlas hacia el cielo azul. ¿Curará la magia de la canción tu herida? –preguntó Aiko inocentemente. Aquel gesto enterneció a Sora, por lo que se agachó y se abrazó a su hija.

–Una vez que se caiga la costra estará completamente curada. –dijo Sora. –¿Entramos?

–Sí. –dijo Aiko. Cuando entró, la niña empezó a descalzarse, pero cuando Sora fue a cerrar la puerta, una mano se lo impidió.

–Yamato.

–Hola, Aiko. –dijo Yamato entrando como si fuera su casa.

–El mago. –dijo la niña.

–Aiko, vete a tu habitación. –dijo Sora siguiendo a Yamato dentro de la casa.

–¿Dónde está Takeru? –preguntó Yamato sentándose en el sofá. –He ido a su apartamento pero no estaba.

–Aunque lo supiera, no te lo diría. No sé qué habrás hecho para salir de la cárcel y librarte de la condena, pero mataste a tres personas, así que vete de aquí. –ordenó Sora.

–¿Me tienes miedo? –preguntó Yamato levantándose y poniéndose a la altura de ella. –Sé exactamente lo que estás pensando. Te arrepientes de haber antepuesto mi arresto a que curara a Aiko. ¿No vas a pedirme que la cure?

–¡Márchate! –exclamó ella.

–La puerta estaba abierta. –dijo Koushiro entrando.

–¿Tu novio? –preguntó Yamato al ver a Koushiro. Koushiro conocía a aquel hombre. ¿Quién no lo conocía? En los últimos días no se hablaba de otra cosa. Era el hombre cuya pena de muerte había sido derogada por la aparición de nuevas pruebas que demostraban su inocencia.

–Márchate. –insistió Sora.

–Si cambias de opinión, búscame aquí. –dijo Yamato dejando en la mesa una tarjeta del Hotel Lastat dejando ver el número de la habitación 418. A modo de despedida, le dio unas palmaditas en el brazo que Sora no se esperaba, pero de las que mostró su rechazo. Mientras salía, Yamato vio a Aiko.

–Nos vemos, Aiko. –se despidió Yamato.

–Adiós. –le dijo ella.

–¿Quién es ese? –preguntó Koushiro a Aiko y comprobando que se hubiera ido.

–Un mago que puede utilizar su magia para curarme. –respondió la niña.

–Aiko, no digas tonterías. –dijo Sora.

–Mamá, tu herida se ha curado. –dijo la niña con sorpresa al ver que su madre tenía el brazo intacto. Al decirlo, Sora se miró con sorpresa. –¿Te lo ha curado el mago?

Con curiosidad, Koushiro volvió al salón y se fijó en el número de la habitación de aquel hombre tan extraño.

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Cuando Takeru volvió a su apartamento, encontró metida en el resquicio de la puerta, una tarjeta del hotel Lastat con el número de habitación 418.

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Después de haber visitado a Sora, Yamato volvió al hotel donde se hospedaba. Tras lanzar una mirada al escolta que había en la puerta de su suite, introdujo la tarjeta y entró.

En el cielo azul, quiero extender mis alas y volar, agitarlas hacia el cielo azul. –canturreaba Maki al son de la canción que la famosa cantante Mimi Tachikawa interpretaba por televisión en aquel momento.

–Si quieres practicar tus dotes musicales vete a un karaoke. –le dijo Yamato al ver a Maki sentada relajadamente en el sofá de su suite con uno de sus típicos trajes en tono pastel.

–¿Dónde has ido? –preguntó Maki,

–¿Ahora te crees mi novia? –preguntó Yamato reticente a darle explicaciones.

–Esa es Mimi Tachikawa. ¿La conoces, verdad? –preguntó Maki señalando a la televisión. Cuando Yamato miró, vio una bonita joven castaña cantando. A un extremo de la pantalla ponía su nombre y el título de la canción: Dame alas. –Tiene cáncer de garganta, y como mucho, un mes de vida. Si se somete a una compleja operación, quizás pueda salvarse. Pero ha rechazado el tratamiento porque quiere seguir cantando. Pasado mañana, actuará en directo desde el Hospital General Misumi para los enfermos, y de paso, recaudar fondos. A pesar de la proximidad de su muerte, quiere dejar este mundo cantando. Una historia conmovedora, ¿no te parece? Tiene millones de seguidores. Todos ellos jóvenes sin interés alguno en la política. Si pudiese captar los corazones de esa franja de edad, me ayudaría mucho para conseguir la presidencia del gobierno.

–Le estás vendiendo tu compasión a una cantante. Como política, una vida humana también puede ser un arma. –dijo Yamato.

–Ella no es la única. –dijo Maki apagando la televisión con el mando. –Hay muchos otros a los que puedes curar. Aquí tienes una lista.

Maki le pasó una lista a Yamato con sus fotografías. Él la tomó para mirarla.

–¿Qué vas a hacer por mí? –preguntó Yamato.

–Por supuesto, no lo harás gratuitamente. ¿Qué quieres? –preguntó Maki, que ya se esperaba la pregunta de Yamato.

–A ti. –dijo él. Aquello dejó sin habla a Maki durante unos segundos que se hicieron muy largos.

–Deja de tomarme el pelo. –dijo Maki cuando fue capaz de reaccionar. Yamato se levantó, y antes de salir, rompió la lista y la echó a la papelera, ante la mirada sorprendida de Maki.

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–Parece que la vista en la que se declarará oficialmente que Yamato está libre de cargos se ha retrasado. –dijo Kyotaro a Taichi.

–¿Qué van a hacer ahora después del despliegue mediático? –preguntó Taichi.

–Es un misterio. Es muy extraño que aparecieran pruebas de la nada después de tanto tiempo. –dijo Kyotaro. –Quizás sean…

–¿Fabricadas? –acabó Taichi.

–¿Está Ken Ichijouji implicado en el caso? –preguntó Sora entrando.

–¿No estabas de vacaciones? –preguntó Taichi.

–No puedo disfrutar de mi descanso así. –dijo Sora.

–Sora tiene razón. Pero ahora que lo dices, Ken Ichijouji se dejó caer por aquí hace algún tiempo. –dijo Kyotaro.

–¿Por Yamato? –preguntó Sora.

–No. Fue cuando presenciaste la muerte de la fiesta. –aclaró Kyotaro.

–Entonces, ¿vino por Takeru? –volvió a preguntar Sora.

–Sí, parecía muy interesado en él. –respondió Kyotaro. –No obstante, Yamato también es un misterio. Como recordaréis, fue internado en un orfanato cuando tenía diez años. Pero de antes de eso, no se sabe nada más. Según lo que viene en los registros, todo excepto su nombre es un completo misterio. No se sabe nada, ni de su lugar de nacimiento ni de sus padres. Lo cual es bastante extraño para un niño de diez años. Creo que está fingiendo esa pérdida de memoria a propósito.

–Un ex convicto envuelto en temas de seguridad nacional. Es un caso un tanto complejo. –admitió Taichi.

–Investigaré partiendo del incidente de hace diez años. –se ofreció Sora.

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En su suite del hotel, Yamato jugaba al ajedrez consigo mismo, cuando se escuchó al guardia de la puerta.

–¡Espere, no puede entrar! –exclamó el guardia. Pero Koushiro se las arregló para entrar.

–¡Señor Ishida! –exclamaba Koushiro mientras el guardia intentaba retenerlo agarrándolo por detrás. –¡Soy Koushiro Izumi, investigador de la Farmacéutica Nishijima! ¡Por favor, permítame que investigue su poder!

–¡Deténgase! –insistía el guardia intentando retenerlo. Al verlo, Yamato lo recordó. Fue el chico que entró en casa de Sora en su última visita.

–¡Quiero analizar su poder para ayudar a salvar a la gente! –decía Koushiro. –¡Por favor, muéstreme su poder!¡Si lo hace, haré lo que sea!

Al decir aquello último, Yamato se levantó, acabando con el forcejeo del guardia y los gritos de Koushiro.

–Has venido en el momento adecuado. Parece que lo único que se me resiste es la reina. –dijo Yamato refiriéndose a Sora, pero también a la partida de ajedrez que estaba jugando en aquel momento.

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Sora sabía muy bien en qué barrio se refugiaba Kenta Ninomiya, puesto que la policía no había dejado de vigilarlo, y Kenta también sabía que lo vigilaban. Por eso, cuando la vio, echó a correr huyendo de la pelirroja hasta que llegó a una destartalada fábrica. Kenta intentó pillarla por sorpresa atacándola con una barra que encontró por allí, pero Sora era mucho más rápida y mejor luchadora que Kenta, por lo que no le costó demasiado hacerse con la barra y acorralarlo contra el suelo.

–¡Vale, está bien, está bien, no me hagas nada! –suplicaba Kenta. –Arréstame y haz lo que quieras, pero no me hagas daño. Pero lo que andas buscando ya me lo ha robado la policía. Es la prueba de que Yamato es inocente. Un vídeo confiscado ilegalmente no puede usarse como prueba.

Era increíble que Kenta siempre acabara cantando como un pajarito cuando se veía amenazado.

–¿De qué es el vídeo? ¿Dices que muestra su inocencia? ¡Suéltalo! –le exigió Sora cogiéndolo de la solapa. Kenta no sabía qué hacer. En cuanto Sora viera el vídeo vería que el verdadero culpable de todo no era Yamato, sino él. –¿Entonces es cierto que Yamato no mató a nadie? No entiendo nada. Entonces, ¿por qué no apeló?

–¿Cómo quieres que lo sepa? No hay manera de saber qué piensa. –dijo Kenta. En eso Sora estaba de acuerdo con él.

–Hemos investigado a Yamato pero no hemos encontrado nada de antes de que lo internaran en el orfanato. –dijo Sora. Si había alguien que podía saber algo, ese era Kenta, y tal y como la miró, Sora confirmó que así era. –Lo único que hemos averiguado es que cuando Yamato tenía diez años, vivía con un hombre que por lo visto era su padre en un apartamento del área metropolitana. Ese hombre eras tú. Y después acabó en el orfanato. ¿Eres su padre?

–¿Cómo voy a ser su padre? –preguntó Kenta. –No nos parecemos ni en el blanco de los ojos.

–¿Entonces por qué vivíais juntos? –preguntó Sora.

–Porque estaba a mi cargo. –respondió él.

–¿Qué pasó con sus padres y su familia? –preguntó Sora.

–Su madre murió cuando él tenía unos ocho años, y su padre, se marchó. –respondió Kenta.

–¿Qué quieres decir?

–Le tenía miedo, y por eso se fue. Teniendo de hijo a un monstruo, es normal. Cualquiera hubiera huido. –respondió Kenta.

–Y entonces, los dos juntos os marchasteis de Ryukoku. –dijo Sora atando cabos. Kenta volvió a reaccionar ante la mención de Ryokoku. –¿Qué ocurrió allí?

–Es el corazón humano lo que altera el mundo. Mientras Dios exista, habrá paz en la Tierra. –divagaba Kenta mientras rememoraba parte de lo que ocurrió.

Flashback.

Ryokoku se había convertido en una batalla campal.

¡Traidor! ¡Te mataré! –decía un hombre.

¡Devuélveme mi hogar! –gritaba otro.

Durante la batalla, alguien liberó el agua de la presa, inundando a todo el pueblo y sus habitantes.

Fin del flashback.

–Es mejor que lo dejes. Ese pueblo ya no existe. –dijo Kenta. –¡Es culpa de Yamato!

Tras decir aquello, se levantó y se marchó alterado. Mientras Sora veía confundida cómo Kenta se marchaba, le sonó el móvil.

–Hola…¿Qué, ahora?

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Takeru, sentado en el sofá de su apartamento, pensaba en cómo había cambiado su vida desde la fiesta en la que comenzó su oleada particular de asesinatos. Después de haber mirado el amuleto que tenía desde siempre durante horas, se levantó para lavarse la cara. El sueño de aquella mujer pidiéndole cariñosamente que no odiara a nadie o cosas terribles sucederían se le estaba presentando con mucha más frecuencia que antes. Siempre había seguido ese consejo como un mantra porque aquella mujer le transmitía paz y algo en su interior le decía que debía de hacerle caso. Pero últimamente, por más que intentara seguir ese camino, siempre terminaba acabando con la vida de alguien. Ya llevaba un perro y cuatro personas muertas en su haber: su perro Patamon, Shuuhei Uchimura, Narushi Ikeda, el tipo del hospital y Chiaki Tanaka.

Tras mirarse al espejo, tomó una decisión.

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–Menos mal que te he localizado. –le dijo Koushiro a Sora mientras él paraba su coche frente a un restaurante que parecía de postín. –Este profesor está muy ocupado y sólo podía verme hoy.

–¿Está ahí ese profesor? –preguntó Sora.

–Sí. Es toda una autoridad en el tratamiento del asma. Creo que podría ayudarnos para tratar a Aiko. –le dijo Koushiro.

–Gracias, Koushiro. –le agradeció Sora sinceramente. –Parece un lugar muy caro. ¿Crees que voy bien vestida?

Sora llevaba un vaquero negro, una camiseta de color verde guerra y una chaqueta negra de manga francesa. Y además había estado persiguiendo a Kenta Ninomiya, por lo que pensaba que no llevaba el atuendo adecuado para ver a una eminencia del mundo de las enfermedades respiratorias.

–¿Qué dices? Estás perfecta. Entra. –le animó Koushiro. Sin dudar más, Sora se desabrochó el cinturón y se encaminó al restaurante. Nada más entrar, la recibió un amable camarero.

–La está esperando en la terraza. –le dijo el camarero. Cuando Sora salió a la terraza, lo primero que vio fue la figura de la reina blanca del ajedrez en una mesa. Yamato Ishida, ataviado con el traje negro que le hicieron a medida y su camisa negra, cogió la figura.

–¿Yamato? –aquello sí que no se lo esperaba. Sora había imaginado un señor entrado en años, con pelo canoso y barba entrañable, pero la eminencia resultó ser Yamato Ishida. –¿Por qué estás aquí?

–La casa en la que vivías de pequeña está junto al mar, ¿verdad? –preguntó Yamato.

–¿Cómo sabes eso? –preguntó Sora.

–Tu novio pelirrojo me lo ha contado. –contestó él.

–¿En qué estás pensando? –preguntó Sora.

–Con un sueldo mediocre de una compañía farmacéutica no le llega para traerte a sitios como este, ¿verdad? –dijo Yamato levantándose.

–Koushiro. –musitó Sora.

–Parece que quiere investigar sobre mi poder. Por eso está dispuesto a sacrificar lo que sea. Como investigador, tiene un espíritu de lo más respetable. Es de admirar. La gente puede traicionar a los demás fácilmente por satisfacer sus deseos. Las personas sólo son seres vivos. –dijo Yamato mirando la figura de la reina.

–Eres una persona muy triste que sólo sabe jugar con los sentimientos de la gente. De esa forma, no te involucras con nadie. De hecho, nunca has amado a nadie. –le recriminó Sora. Entonces, sin esperarlo, Yamato la agarró de un brazo y le robó un beso en los labios. Al principio, Sora respondió al beso desarmada, pero entonces volvió a la realidad. Cuando se separaron, le dio un bofetón y se marchó de allí, sin querer reconocer que le había gustado.

Mientras volvía a su apartamento, no dejaba de pensar en la encerrona de Koushiro. Justo antes de entrar al portal de su edificio, un coche negro tipo berlina se dirigió hasta ella a toda velocidad, frenando en seco. Antes de que se diera cuenta, unos hombres vestidos de negro intentaron meterla en el coche. Cuando estuvieron a punto de conseguirlo, alguien golpeó a los hombres.

–Rápido. –dijo Takeru agarrándola de la muñeca y huyendo de allí. Después de correr sin descanso durante varios minutos llegaron bajo un puente y pararon para tomar aire y vigilar que no los hubieran seguido.

–Takeru. Tu mano. –dijo Sora mirando que él seguía agarrándola.

–Lo siento. –se disculpó soltándola. –¿Los conoces?

–Estoy segura que es una amenaza de Ken Ichijouji. –respondió Sora intentando recuperar el aire tras la carrera. –Supongo que me están diciendo que no me involucre.

–No es una amenaza. –dijo Takeru. –Ken va a recurrir a cualquier medio para mantener en secreto el poder de Yamato. Y eso también va por Daisuke Motomiya.

–Puede ser. Yamato está volviendo locos a todos. Los está controlando para dañar a otros. No sólo a Ken y compañía. También a Motomiya. Y a Koushiro. –dijo Sora, apagándose especialmente al mencionar a su amigo. –Cualquiera que haya visto su poder querría tenerlo para él solo. El asesinato de hace diez años…Ese poder debe haber vuelto loco a alguien. Yamato no mató a esas personas. El asesino fue otro.

–¿Hablas en serio?

–Aceptó la sentencia de muerte sin apelar, pero ¿por qué se ha vuelto así? –se preguntaba Sora. –No lo entiendo. Yamato fue a buscarte, pero al no encontrarte vino a mi apartamento. ¿Por qué tiene tanto interés en ti? Creo que es porque permití que os conocierais.

–No te culpes. Fui yo quien lo liberó. Aunque no haya matado a nadie, no debería de haberle ayudado a escapar de la cárcel. –dijo Takeru. –Tanto él como yo, no deberíamos existir en este mundo.

Takeru se dio la vuelta para marcharse.

–Takeru, ¿qué vas a hacer? –preguntó Sora, que pese a la tristeza que evidenciaba el rubio, le vio una mirada de decisión.

–Voy a ponerle fin a todo esto.

Continuará…


Notas de autora: simplemente quería agradecer a todas aquellas personas que siguen la historia, especialmente a Ginevre, que siempre me dedica un poco de su tiempo para comentar. Me alegro que la historia te tenga tan fascinada. Un abrazo, amiga.