A/N: Debo de decir que este One- Shot, fue uno que particularmente me emociono escribir, ya que las situaciones presentes fueron en extremo inocente y románticas, cargadas de sentimientos muy particulares y mucho amor, Albafica al principio fue indescifrable para mí, y sin embargo me dejo con este bellísimo Shot, que ahora comparto para ustedes. Para todos aquellos que pidieron leer sobre Agasha y Albafica, aquí les dejo el resultado. Un beso enorme, y si la lista crece, yo felizmente cumpliré sus caprichos. Como es costumbre les dejo el soundtrack recomendado para este capítulo, que es Fable, de Robert Miles.

1.- Díselo con flores.

La primera vez que lo vio era una niña viviendo en Rodorio, como cualquier otra persona en el lugar imposible era no enterarse de las actividades dentro del Santuario, quienes habitaban aquel pequeño pueblo demostraban su constante amor y fervor a los Santos que peleaban por el amor y la justicia como valor universal, poniendo sus vidas en juego, logrando milagros inimaginables; todo por su diosa Athena.

Aquella tarde estaba en la florería con su Padre, era un día normal como cualquier otro, y como si del viento se tratara, murmullos comenzaron a inundar las calles del pueblo, curiosa como cualquier otro niño asomó su cabeza por la puerta, y lo vio, apenas tenía seis años, pero la imagen en su mente era clara como el agua, como si hubiera sido ayer; un joven no mayor de quince años se paseaba por el pueblo con portentosa armadura, recibiendo inclinaciones de cabeza en su camino, muestra del respeto que los pobladores le profesaban. Los ojos verdes esmeralda de Agasha brillaron con curiosidad al ver aquello, cuál sería su sorpresa cuando el mencionado joven se detuvo instintivamente en la florería, él admiraba los girasoles con una modesta sonrisa dibujada en sus facciones, la primera sonrisa que le regalaba o por lo menos así lo recordaba ella, su padre salió inmediatamente del lugar para atenderlo, entonces escuchó su nombre por vez primera.

-Señor Albafica—sonrió su padre, realizando profunda reverencia en muestra de respeto.

-Buenas tardes—dioses su voz, qué voz, Agasha jamás había escuchado algo tan hermoso era meliflua, cantarina y sedosa.

La niña, llevada por su naturaleza curiosa salió corriendo de aquel lugar, cuando hubo salido del local de la florería, se escondió detrás de su padre, al verlo pulcro con su armadura dorada, capa blanca inmaculada, cabellera celeste perfectamente aseada, sintió un poco de pena por los harapos que llevaba puestos, fuera de lugar; pero tenía que saber quién era. Asomando su cabeza levemente de detrás de las piernas de su Padre.

-¿Quién eres? ¿Porqué vistes una armadura? ¿Eres un ángel? —soltó a fuego rápido la niña, temiendo que sí se le acababa el aire no fuera capaz de elaborar una sola de aquellas preguntas. Logrando que su padre abriera los ojos de la impresión, y provocando una pequeña risita en el Santo Dorado. Normalmente, Agasha, era una niña muy segura de sí misma, su padre jamás la había visto así de avergonzada.

-Y dime pequeña, ¿Por qué piensas que soy un ángel? —soltó el aludido que descendía al nivel de la niña, colocándose en cunclillas, para mirarla directamente a los ojos, su expresión cándida al mirarla.

-Porque traes puesta una armadura dorada y eres bellísimo, como los ángeles que están en las pinturas del templo—dijo la niña con los ojos abiertos para acentuar la obviedad de su afirmación. La mirada del Santo se enterneció, mientras negaba lentamente con su cabeza.

-No soy ningún ángel, pequeña, soy un caballero al servicio de la diosa Athena—

-¡Eres uno de los doce! –soltó afirmando la niña con una voz un poco estridente, no podía creerlo, había escuchado historias toda su niñez respecto a ellos y ahora veía uno por primera vez así de cerca. El santo una vez más sonrió ante la mirada de admiración.

-Así es, soy el Santo de Piscis—dijo sin mayor preámbulo.

Con paso seguro la niña corrió dentro de la florería, tomando los mejores girasoles de adentro, haciendo un ramo con ellos. El santo esperó pacientemente con mirada curiosa invadiendo su bello rostro, hasta que la niña salió del lugar con ramo en manos y mirada agachada, ofreciéndole los girasoles toscamente sin mayor preámbulo con ambos brazos bien extendidos.

-Gracias—dijo el joven con una sonrisa enorme en su rostro, tomando delicadamente el ramo, procurando no rosar la piel de la pequeña.

Después de ese primer encuentro, Agasha, muerta de la curiosidad había investigado por todo el pueblo la historia del santo de Piscis, indagando todo lo posible, fue así que se enteró que él jamás establecía contacto físico con las personas.

Era normal ver a los doce dorados por Rodorio, sin embargo, cuando le veía a "él" quedaba hipnotizada por su caminar con un porte y altanería característicos, distinto al de sus otros compañeros, una mirada fría con gesto distante, facciones finas como si los dioses las hubieran labrado en mármol, hombros ensanchando su hermosa contextura embarnecida, piernas fuertes, brazos varoniles, pecho marcado, abdomen decadentemente acentuado en los lugares precisos y necesarios, eso sí lo que la armadura mostraba era cierto. Y sus ojos, por todos los dioses, sus ojos tenían este color de plata derretida que jamás había visto en otra persona, sus labios finos, las pocas veces que lo había visto sonreír era como si el rostro de la luna se pintara en él. Y el lunar, ese lunar delicadamente pintado en su pómulo derecho.

Conforme crecía, su corazón comenzaba a entender esos sentimientos infantiles a otros niveles, transformando todo aquel enamoramiento infantil en algo profundo que no sabía identificar, pero ella aceptaba la realidad de su situación, interiorizando finamente lo que le pasaba, imposible, irrealizable, esas palabras siempre formaban parte en su mente.

Ella lo entendía, comprendía el porqué el objeto de su afecto jamás permitía que se le acercaran, protegiendo a las demás personas a su alrededor de lo que seguramente sería una muerte dolorosa. Pero… ¿cómo combatir algo sobre lo que no se tiene control?, ¿cómo dejar de sentir?

Una vez más pasaba inmutable e imperturbable, con esa apariencia "perfecta", soy invisible para él, va rumbo al templo mayor al parecer, los demás dorados se habían movilizado en esa dirección.

Suspiro largo.

Agasha sabía perfectamente bien que estaba elaborando en su interior algo completamente imposible, todos en el Santuario y Rodorio sabían de la condición que el señor Albafica sufría, veneno, a menudo comparado con las rosas que él tanto amaba, bellas, pero de no poner cuidado capaces de herirte profundamente; sin embargo, se puede soñar, y vaya que había soñado con él desde ese día que puso lo vio por primera vez, no era tonta, sabía que era tan relevante para él como cualquier otra; su vida y devoción dedicadas completamente a su misión, acechado por su miedo, recluido en la soledad de su templo, estableciendo el mínimo contacto posible con los seres a su alrededor; presa insospechable de la mirada esmeralda de una joven que con el paso de los años había aprendido a leerlo bien.

Elevación de alguna de las comisuras de sus labios; sonrisa irónica, normalmente la empleaba cuando alguno de sus compañeros decía algo sumamente tonto.

Brillo en los ojos, aparentando plata derretida, esa calidez y devoción estaban estrictamente dedicados a Athena, cada vez que la dulce pequeña caminaba por el Santuario despertaba esa mirada en él.

Ceja arqueada, dedicada especialmente a quienes lo hacían enojar.

Sinnúmero de expresiones que con el paso del tiempo la joven había memorizado, todos y cada uno de sus pequeños gestos, de sus miradas, tonos de voz empleados, haciendo que el fuego en su interior se avivase a paso lento pero seguro. Llevando aquel momento de su infancia en el corazón, esa sonrisa que había sido dedicada únicamente para ella, sólo esa vez.

Cuando sus padres murieron fue cuando Agasha decidió dedicar su vida a Athena, consciente de que debía permanecer pura e inmaculada por siempre, haciendo promesas de castidad, humildad y claustro; tomando aquella decisión guiada por el fervor de sus sentimientos, la realidad humilde que vivía, y el hecho de estar convencida que jamás podría sentir algo así por nadie más que no fuera él. Viviendo junto a las demás vestales en el Santuario desde los quince años, dedicándose pura y netamente a su juramento, trabajando duro para servir a su propósito en el interior del Santuario, enfocándose sólo en eso, y pensando que sí los dioses decidían unir su camino al de él era porque así estaba escrito.

…..

Aquel día había sido llamada ante la presencia del Patriarca. Sage encontraba que la chica de dieciocho tiernos años representaba una especie de debilidad para él, ganándose al agrio viejo con su dulzura, comentarios ocurrentes, vivacidad, disposición y servicio, no se podía negar que Agasha se había convertido en alguien muy querida dentro del Santuario, siempre con esa cándida sonrisa; ante la mirada de todos creciendo para convertirse en una hermosa y exótica belleza que al parecer no se daba cuenta de su propio atractivo, poseedora de una figura equilibrada y estilizada, con larga cabellera cobriza, piel besada por el sol, ojos verdes brillantes y llenos de emociones; le enternecía en demasía la poca conciencia que tenía la joven sobre su propio cuerpo y las miradas que arrancaba en su andar, incluyendo a algunos santos. Se quitó el casco y sobo las sienes un poco. Definitivamente era la mejor decisión que podía tomar, no pensaba arriesgarla a seguir sirviendo a los Santos de Plata que eran famosos por desflorar a cuanta vestal se les ponía en frente.

Unos pasos delicados se escucharon sobre el mármol, provocando una sonrisa autómata en el rostro del anciano Sage, tenía unas pisadas particulares, parecidas a las de un gato, ella no se daba cuenta, pero su píe izquierdo siempre pisaba donde el derecho lo había hecho, logrando un grácil y equilibrado andar, poco característico en una vestal. Definitivamente es la mejor elección.

-Me llamó mi señor—dijo la voz de la joven que se arrodilló inmediatamente, mientras agachaba la mirada. El patriarca hizo una seña para que se pusiera de píe inmediatamente.

-Así es Agasha, la verdad que has demostrado gran capacidad durante tu trayectoria dentro del Santuario, y me gustaría recompensarte por eso, permíteme elaborar, sorprendentemente el Santo de Piscis ha solicitado por primera vez una Vestal que se encargue de mantener limpio su templo y ordenar sus objetos personales—los ojos de Agasha casi se salen de su órbita al escuchar aquello, será posible que los dioses fueran tan caprichosos—sin embargo Albafica tiene reglas muy específicas que ya te explicará, te he elegido a ti, ya que, a diferencia de las otras chicas, jamás se ha rumorado absolutamente nada sobre tu persona, estoy seguro de tu ética y moral inflexible al trabajar.

La joven abrió los ojos como platos, asintiendo levemente ante aquella aseveración, sintiendo la mirada sería de su señor sobre ella, adquiriendo un delicado tono rosado en sus mejillas, que en ella se veía adorable. Sage reía internamente. Se había quedado muda.

De pronto escuchó pasos metálicos detrás de ella, involuntariamente su espalda se tensó inmediatamente sintiendo su presencia inconfundible, volteó para encontrárselo ahí, más cerca de lo que hacía tantos años lo había tenido, su corazón latía con furia, galopando como un caballo desbocado, el caballero de Piscis hincado en su rodilla derecha, su rostro en un rictus frío, indiferencia, aburrimiento, identificó rápidamente. Albafica le dedicó una mirada fugaz, para después pasarla al patriarca.

-¿Solicitó mi presencia señor? —dijo, con esa voz que lograba erizarle todos los vellos del cuerpo, hacía mucho que no lo escuchaba hablar. Arremolinaba sus pies instintivamente mientras permanecía parada en aquel lugar.

-Ah, Albafica, así es, como lo has solicitado, aquí está la vestal que se encargará de atender tus necesidades; le he comunicado a la chica que hay reglas específicas que deberá seguir, ya se las explicarás tu—volteó su mirada a la joven que de pronto se había cohibido, haciéndose pequeña en ese cuadrito en el que estaba parada, Sage abrió un poco los ojos, que raro—Agasha, él es Albafica—ni siquiera se atrevió a levantar su mirada, sentía que sudor frío recorría sus manos y en un intento desesperado tratando de cubrir su nerviosismo, frotaba sus manos entre sí; hizo una pequeña reverencia a manera de saludo, que fue notada apenas por el aludido.

El caballero sin mediar palabra alguna, con paso firme comenzó a retirarse emprendiendo camino al templo de Piscis, impresionado de que no tuviese que llamarla para que lo siguiese, la joven simplemente lo hizo; bien, al parecer aprende rápido.

Agasha caminaba callada detrás de él, su espalda la única compañía ofrecida, en el momento que llegaron al camino de escalinatas direccionado al Templo de Piscis pudo observar el gran campo de rosales que cubría el lugar, enmarcando sublime su visión, simplemente te robaba el aliento, jamás había estado en ésta parte de la Acrópolis, las vestales tenían sus propios caminos para llegar al templo del patriarca, al ser doncellas dedicadas al servicio de Athena, habían jurado una vida de claustro, por lo que salir a Rodorio estaba prohibido; humildad y servicio, esa era su vida.

Emitió un largo suspiro.

Vaya que se podía percibir la belleza del santuario en todo su esplendor, el perfume de las rosas impregnaba el viento, a lo lejos, como un óleo enorme, se podían admirar las cadenas montañosas que rasgaban el cielo a la redonda, y ahí en las faldas del Santuario el pueblo que la había visto nacer.

Albafica esperó respetuosamente cinco minutos para dejar que la joven apreciara la vista, sabía perfectamente bien la vida a la que eran sometidas todas las vestales, por lo que la dejó respirar un poco de libertad para después comenzar con la instrucción de las reglas.

-Pon atención—dijo con voz monótona y carente de sentimiento—hay solamente un camino seguro para atravesar este campo de rosas—la mirada de la joven doncella estaba puesta completamente en él, mientras asentía levemente con su cabeza—voltea al suelo, en las escalinatas que llevan al templo podrás ver que un lado del escalón está marcado con una rosa, y el otro no—dijo mientras se aseguraba de ser escuchado.

-Si señor—dijo la chica con voz casi imperceptible, mientras miraba muy fijamente los escalones.

-La clave de la rosa se va alternando de lugar según el escalón, ¿sí?, eso quiere decir que debes de fijarte siempre muy bien por donde pises, tus pies no deben pisar en otro lado que no sea el sello de las rosas, has entendido—siguió explicando con aquel tono de voz monótono.

-Como ordene señor—respondió obedientemente la joven.

Comenzaron a emprender camino al templo de Piscis, la dejo pasar primero, respiraba profundamente mientras sentía su mirada pesadamente sobre sus hombros, sabía que observaba cada paso que daba, estaba alerta, en caso de que ella cometiera un error pudiese ayudarla inmediatamente.

Que equivocada estaba, Albafica estaba sorprendido gratamente, miraba como de manera cadenciosa y ceremoniosa la joven hacía lo que le había sido instruido a la primera y sin necesidad de repetir la instrucción, pisaba única y solamente el sello de la flor, con andar grácil parecido al de un gato. La caminata fue relativamente larga, puesto que Agasha se fijaba muy bien donde poner sus delicados píes; cuando por fin hubieron llegado al templo de Piscis, pudo observar que en todas y cada una de las columnas había rosas envolviéndolas a manera de enredaderas. Se veía como un verdadero paraíso.

-Todas las rosas aquí son venenosas Vestal—continuó con la instrucción interrumpiendo la ensoñación de la joven que abrió los ojos como platos, entonces ¿Cómo haría para limpiar? —tu tarea de limpieza se limitará a la parte interna del templo; que son las tres naves principales, compuestas por el salón principal, el salón de la armadura, y el ala de meditación, no vayas al invernadero, está prohibido… en la parte baja del templo se encuentra el ala privada, donde están mis pertenencias, las habitaciones de uso doméstico, supongo que ya te iras familiarizando, el cuarto de servicio se encuentra en la parte posterior, está equipado con todo lo necesario para ti; en tu closet encontraras ropajes especiales que te protegerán de las espinas de las rosas, por lo que de ahora en adelante esa será la ropa que utilizarás; no deseo que me molestes con nimiedades como el menú diario, o situaciones domésticas, tu sabes cómo te organizas, confío en que si te dieron este trabajo es porque eres excelsa en lo que haces, lo único que te pido es que mi comida siempre tenga un alto contenido de carnes—la joven asintió a todo lo que se le dijo haciendo notas mentales emprendía su camino de exploración dentro del templo.

El santo alejándose en dirección al templo de Acuario, observaba la mirada curiosa de la chica, que en intervalos se mordía levemente los labios provocando que se enrojecieran hermosamente. Esos ojos curiosos le recordaban a alguien, sin embargo, parecía un sueño lejano ya olvidado.

…..

Tres Meses Después

Lo primero que notó Albafica, sobre la vestal es que tenía esta maldita afición por cantar, solía cantar todo el tiempo y a todas horas, robándole la poca paz que tenía en sus horas libres; y no era que cantara mal, sino que había cierta dificultad para mantenerla callada. Hablaba sola todo el tiempo, además, cosa más extraña no podía encontrar en alguien, ofreciendo sus actividades diarias a los dioses, preguntándose cosas en voz alta… y contestándose ella misma.

Además, se había apropiado de sus horarios de una manera estricta, temprano por las mañanas lo despertaba siempre con su desayuno dispuesto en la mesa de su habitación, abría sus cortinas con esta actitud exageradamente positiva, dejando entrar el sol, y de paso interrumpiendo su descanso. Siempre colocaba girasoles por toda la casa, en especial a un lado de su cama, una especie de regalo suponía él; bufaba exasperado por la constante sonrisa que portaba en su rostro; nadie podía ser tan feliz siempre, todo el tiempo, a todas horas. Era simplemente antinatural.

Sin embargo, no podía quejarse, la joven jamás invadía su espacio de más, siempre mantenía el templo en condiciones exageradamente pulcras, su ropa con este aroma hogareño particular, y sus sabanas eran de lo más suave al momento de hacer contacto con su piel.

-¿Por qué siempre cantas Vestal? —preguntó un día aleatoriamente, no era que su voz le fuese desagradable, simplemente despertaba su curiosidad.

-Porque no me gusta el silencio—dijo la chica mientras recogía los ropajes sucios de su habitación. No se atrevía a decirle que la verdadera razón de su canción era por la alegría de su corazón, por estar cerca de él.

Era la primera vez que le dirigía una palabra que no fuese un monosílabo, y Agasha estaba feliz por eso, conforme había podido convivir con el señor Albafica, había logrado saber que era una persona que odiaba las mañanas con todo su ser, sin embargo, ella no podía evitar querer verle despertar; también sabía que tenía una afición por la pintura, y que disfrutaba del paisajismo. Que, de todos los santos dorados, él era el que más se recluía en sí mismo, que a veces tenía pesadillas de las cuales despertaba agitadamente sin poder conciliar el sueño, después de esos episodios siempre se pondría a dibujar, pintar o realizar algún boceto.

-Vestal—la llamó aquella tarde—¿Por qué siempre pones girasoles en mi habitación? —

La joven levantó la vista de la capa que estaba zurciendo cuidadosamente, mientras se ponía un dedo delicado bajo su barbilla, pensando un poco su respuesta.

-¿Le desagradan señor? —contrapunteo con voz cantarina.

-Me son completamente indiferentes—dijo con voz seca, mientras observaba como el brillo juguetón de sus ojos se esfumaba, que raro.

-Entonces no es necesario que le diga porque—dijo la chica con finalidad y una sonrisa triste en su rostro.

El santo simplemente se encogió de hombros y siguió con su camino, mientras su curiosidad se despertaba más por aquella respuesta.

A la mañana siguiente no fue solamente un girasol el que lo saludó al despertar; fue un ramo.

La vida continuaba, la rutina se establecía, las semanas pasaban, comenzando a conocerla un poco más, sabía que la joven cocinaba deliciosamente especialmente el estofado de carne, pero jamás se permitiría vociferar aquello, siempre le agradecía por la comida y se retiraba en silencio. También descubrió que era muy inteligente, que aprendía rápidamente las cosas, teniendo una memoria excepcional para las instrucciones que le daba.

Sus canciones, extrañas compañeras de sus silencios, se habían hecho un bálsamo calmante para él, ya no eran enervantes como solía pensarlo, y tenía que admitirlo, a veces lo mimaba de más, no importaba la hora.

-Vestal—soltó ese día mientras estaba acostado en su cama, observándola acomodar el dichoso girasol en el florero a su lado—¿Cuál es el significado de los girasoles? —preguntó inteligentemente mientras veía sus mejillas colorarse. Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro del Santo.

Agasha detuvo su andar durante un momento para pensar bien su respuesta. Una sonrisa misteriosa dibujándose en su rostro, para continuar barriendo el lugar, lo observó directamente a los ojos, para comenzar su narración.

-Había una vez una hermosa ninfa de las aguas llamada Clitia, y la ninfa se enamoró del sol cuando lo vio caminando por la extensión de los cielos. Ella vivía sólo para mirar su resplandeciente luz. Al tocar su piel el calor del sol, la ninfa pensaba que le enviaba una caricia, y eso la hacía sentirse feliz—

El caballero ahora completamente sentado la escuchaba habadamente mientras la seguía con su penetrante mirada, bebiendo cada uno de los detalles que le contaba, la ojiverde continuó con su historia.

-… una tarde, como muchas otras la ninfa se sentó junto a un arroyo, sus cabellos largos le caían sobre la espalda y el rostro, como muchas gotas de agua puras y brillantes. Esperando como todas las tardes que el sol bajara a acariciarla, pero después del ocaso, cuando todo lo cubría la noche, el sol no volvió. Después de nueve días de estar esperando en vano, lloró mucho porque se acababa su esperanza: nueve días y noches permaneció cubierta de lágrimas y desde entonces el rocío apareció; pues al principio el rocío no nació para refrescar las flores, broto de la tristeza ¿Qué haremos ahora con la ninfa Clitia?, se preguntaron los dioses en el Olimpo, Athena, la más sabia de todos, encontró la respuesta "haremos de ella una flor que cuide siempre el paso del sol, con esperanza". Entonces la ninfa se convirtió paulatinamente en una flor que hasta hoy se mueve siguiendo siempre la marcha del sol: su nombre: girasol—terminó con la pequeña narración, mientras lo volteaba a ver sonriendo, el señor Albafica le devolvía una mirada de extrañeza. Mientras se quedaba cavilando aquella historia.

-Es por eso que te gustan tanto los girasoles entonces—asumió el caballero.

La chica reía tiernamente mientras negaba con la cabeza, y se sonrojaba visiblemente.

-No—soltó crípticamente.

…..

Llovía a raudales, mientras Agasha corría en dirección a al templo de Piscis, traía un gran ramo de girasoles que había bajado a cortar cerca del campo del coliseo, su túnica se pegaba completamente a su cuerpo de manera pesada, haciendo su paso más lento, al ser poco consiente la joven de sus curvas, no notaba la manera en cómo acentuaba sus curvas en los lugares adecuados.

Cuando llegó a las escalinatas principales del templo, observó la figura de su señor en la entrada del templo con los brazos cruzados mirando para un lado y otro, parecía expectante, como si esperará algo, pero debido a la gran cantidad de agua que caía del cielo era imposible divisar bien su expresión, conforme se fue acercando al lugar, la posición del señor Albafica se tensaba visiblemente, pero no entendía por que, sus ojos se abrían como platos, mientras cerraba sus puños a sus costados.

Se puso al frente de él regalándole una de esas sonrisas tan particulares en ella, mientras le ofrecía la vista más decadente, la toga ciñéndose a todo su cuerpo, las mangas largas completamente pegadas a su piel, quién diría que una toga pensada para detener el deseo de cualquier hombre sería aquello que despertaría sus instintos más bajos; la falda marcando sus muslos, que debía admitirlo se veían hermosamente torneados, su busto levemente enmarcado por la pechera de su toga, dioses, una erección involuntaria comenzó a tomar lugar tomando un largo suspiro volteó a otro lado se mordía los labios hasta sangrar para no decir nada.

Acto seguido él le puso su capa seca encima, necesitaba pensar claro, y no podía pensar claro si tenía semejante espectáculo frente a él, ella se cobijó con la capa con un gesto agradecido en el rostro y susurró palabras inteligibles, lo único que Albafica escuchaba era el zumbido de su corazón bombeando sangre en su interior, dirigiendo todo al sur, logrando una verdadera incomodidad para él.

La observó retirarse con su capa cubriéndola, destilando agua, apretó los ojos y siseó en desesperación, enclaustrándose en su habitación con un fuerte portazo, se acostó en su cama, mientras esa imagen lo asaltaba una y otra vez, no podía mantener sus ojos cerrados sin verla a ella de esa manera tan cadenciosa.

Era imposible que no se diera cuenta de su figura, ¿cierto?, maldición porqué no puedo dejar de imaginarla, mierda. Escuchó la regadera del fondo prenderse, seguramente la vestal estaba tomando un baño, y no podía dejar de pensar en sus delicadas manos recorriendo su cuerpo bajo el agua; vaya que era hermosa debía admitirlo… era la primera vez que sentía curiosidad por tocar a alguien.

…..

Esa tarde después del entrenamiento se quedó profundamente dormido sin darse cuenta, el baño tibio de árnica y sal que le había preparado la Vestal haciendo bien su trabajo curando y desinflamando, relajando cada nervio, flotando en una cálida ensoñación. Un sueño muy vivido ocupaba lugar en su cabeza.

-¿Eres un ángel? —soltó a fuego rápido la niña, con voz clara e inocente, sus ojos brillantes como esmeraldas tenían un calor y calidez particular que nunca había visto, era la primera vez que le hacían aquella pregunta.

-Y dime pequeña, ¿Por qué piensas que soy un ángel? —, era la primera vez que entablaba conversación con alguien ajeno al santuario, esa niña con su dulzura se lo había ganado a pulso. Como olvidar su cabello cobrizo, o esos ojos que no pertenecían a ningún mortal, porque no eran de este mundo.

-Porque traes puesta una armadura dorada y eres bellísimo, como los ángeles del templo—dijo la niña con los ojos abiertos para acentuar la obviedad de su afirmación. Cuanta ternura habitaba aquel pequeño corazón.

-No soy ningún ángel, pequeña, soy un caballero al servicio de la diosa Athena—

-¡Eres uno de los doce! –soltó afirmando la niña con una voz un poco estridente.

-Así es, soy el Santo de Piscis—

Abrió los ojos con extrañeza, al parecer se había quedado dormido en la tina, la canción de la vestal a lo lejos lo relajaba, claro que al agua ya no estaba ni medianamente tibia, pero eso no le importaba mucho; la niña de su sueño se parecía mucho a la vestal; aquella pequeña le había dado el primer regalo en toda su vida; girasoles… ¿será posible?. Salió de la bañera tranquilamente con una pinta mejorada, estirándose por completo dejando que sus nervios se adaptaran, sus ligamentos tronaban un poco por la paliza del día.

Tenía que ser ella, cierto, no podía haber alguien más, además jamás había compartido esa historia con alguna otra persona. Sería posible que la vida le regalara la oportunidad de conocer aquella pequeña bondadosa que sin temerle un solo instante le había regalado aquellas flores. La manera en cómo le había ofrecido aquel ramo con esa inocencia. Sus ojos, esos ojos, como esmeraldas resplandecientes.

Cuando salió de su habitación, se había colocado únicamente un par de pantalones de pijama, mostrando su torso desnudo manteniendo ese porte y altanería tan característicos de él, un gesto pensativo marcando sus facciones. No se había dado cuenta que Agasha aún estaba despierta; quien dé la impresión de verlo así se había puesto de mil colores, provocando una risa estridente en él. Era la primera vez que lo escuchaba reír.

-Lo siento mi señor, no sabía que ya había despertado, le habría preparado su ropa—el seguía emitiendo esta pequeña risa, mientras la miraba con un calor distinto en su mirada, esa expresión jamás la había visto en él, y no sabía identificar que era, pero algo estaba seguro esa expresión deletreaba peligro.

-No te preocupes—soltó Albafica arrastrando las palabras mientras se sentaba en la mesa para que le sirviera la cena—además, no soy inútil mujer, puedo buscar mi ropa, me has mal acostumbrado que es distinto—dijo graciosamente mientras la miraba sonrojarse una vez más.

Cuando Agasha volvió a sonrojarse, no pudo evitar pensar que le sentaba muy bien ese rojo en sus mejillas. Y como una verborrea mental la imagen de la joven con su toga mojada regresó a su mente.

-Te sienta bien ese sonrojo Agasha—soltó, mientras no se daba cuenta que era la primera vez que la llamaba por su nombre, los ojos de la chica se llenaron de una luz impresionante que lo deslumbraron.

-Gracias señor Albafica—dijo la joven mientras lo observaba sonreír una vez más.

-¿Oye Agasha… aún sigues pensando que luzco como los ángeles de las pinturas del templo? — preguntó como que no quiere la cosa, mientras tomaba otro bocado de carne.

La aludida abrió los ojos como platos atragantándose con el agua y tosiendo involuntariamente, mientras tomaba respiraciones profundas.

-No…cómo…us…usted lo, lo… recuerda—dijo trastabillando mientras veía sus ojos como la plata derretirse a un color plomo profundo. Ella sintió el peso de esa mirada hasta la medula.

-Es el primer regalo que me han dado—dijo mientras la miraba con cuidado y se levantaba de la mesa acercándose poco a poco— ¿Cómo podría olvidarlo? –

La chica agachó su mirada mientras se mordía los labios; ahí está otra vez ese maldito tic que comenzaba a robarle el sueño y la tranquilidad, verla morder sus labios provocaba una ansiedad interna difícil de describir, sus manos se cerraban en puños mientras seguía el trayecto de sus delicados dientes pasar por su labio inferior.

-Te estas mordiendo los labios Agasha—soltó Albafica respirando con dificultad, la chica subió sus ojos involuntariamente mientras veía al santo acercarse de manera depredadora, sintiéndose acorralada, caminó instintivamente hacía la pared de la cocina, y se quedó ahí, muy pegadita, haciéndose pequeñita, mientras él colocaba sus manos a sus costados, procurando no tocarla de ninguna manera, acercó lentamente su nariz a su cabellera aspirando su aroma.

-Señor Albafica—el nombre del caballero se escapó de sus labios como un susurró sin aliento, estaban muy cerca, más cerca de lo que alguna vez habían estado en sus vidas, y sin embargo un margen claro de milímetros separaba al caballero del objeto de sentimientos confusos que lo embargaban.

Como sí su voz lo sacara de su ensoñación se separó inmediatamente de ella, como expelido por un resorte, mientras miraba sus manos con una expresión triste en su rostro, levantó la mirada viéndola ahí, recargada en la pared, ella lo entendía, sabía perfectamente bien que su terror a envenenarla lo había alejado de ella. Una sonrisa triste se pintó en su rostro, asintió levemente con la cabeza.

Yo entiendo.

…..

Seis días después

Esto es insoportable, como poder sobrellevar todo lo que siento, cada vez que la veo tengo esta maldita necesidad de besarla, de tocarla, sentirla…mierda, lo que daría por poder sentir su piel, por poder sentir sus manos sobre mi cuerpo, y al final de cuentas es imposible, completamente imposible, jamás me permitiría ponerla bajo un riesgo tan estúpido, y aquí estoy otra maldita noche sin dormir, dando vueltas en mi cama, cuando lo único que desearía es tenerla aquí, DIOSES AQUÍ ESTOY, y tanto he rogado porque me manden un ángel, y me mandan una tentación con disfraz de inocencia.

No puedo resistirme a su sutileza, su encanto...

Se levantó rápido de la cama, mientras se frotaba la frente, maldiciendo su destino por primera vez, permitiéndose fantasear un momento con lo distinta que hubiera sido su vida; tal vez la habría conocido en Rodorio, caminando, un choque accidental, o en las fuentes, quizás la habría invitado a salir, le habría llevado flores; quizás después de la primera cita habría besado su mano; y después de pretenderla un tiempo, le habría pedido su mano en matrimonio a sus padres como se acostumbraba… pero la vida no se puede llevar con hubieras no se puede entablar una ilusión así y olvidar como vivir. De nada te sirve soñar si olvidas el ahora.

-Mi señor—escuchó la voz de la joven fuera de la puerta de su cuarto.

Abrió la puerta, sorprendido de que se encontrara despierta a aquella hora de la madrugada.

-Agasha—soltó con voz queda mientras la dejaba pasar.

Ambos se miraron durante unos minutos que parecieron haber transcurrido como horas, mientras la joven se tomaba las manos, su pecho respiraba agitado, y para Albafica era la visión más hermosa sobre la cual había puesto sus ojos.

-¿Qué sucede? —soltó con voz enronquecida por el calor que comenzaba a sentir en su cuerpo.

-Hoy es mi cumpleaños—dijo la chica un poco torpe, mientras lo miraba con ilusión en sus ojos.

El santo de piscis abrió los ojos por completo mientras se sentía avergonzado por su torpeza, jamás le había preguntado un detalle tan simple, que tonto.

-¿Qué deseas de regalo Agasha? —preguntó él acercándose lentamente a ella, permitiéndose un momento de debilidad, tomando un mechón de su melena cobriza entre sus manos.

Ella levantó sus ojos, para mirarlo, no había mentira en esa mirada, solamente la sinceridad de aquel cumulo de sentimientos que desde hace años se formaban en su interior.

-Un beso señor, uno suyo—dijo la chica mientras lo miraba con la inexperiencia de su edad, su inocencia y la total devoción que le profesaba.

Albafica abrió los ojos como platos, sintiendo como su corazón se aceleraba en su interior, sabiendo perfectamente bien que no podía darle lo que ella le pedía, hasta que vio detrás de ella un girasol.

Caminó unos pasos detrás de Agasha, en la oscuridad de su habitación y tomó el girasol entre sus manos, lo besó dulcemente aspirando su aroma, y después colocó el girasol en sus labios. Sonriéndole dulcemente, sus manos unidas inocentemente en aquella flor testigo del creciente sentimiento entre ellos.

Agasha siguió al amor de su vida y lo observó recostarse en la cama, su pecho desnudo tocado por los rayos lunares que se filtraban por los grandes ventanales, dándole una imagen arrebatadoramente bella que le quitaba el aliento. Hipnotizada por los influjos de esa noche ella se recostó a un lado de él, siempre procurando no tocarlo y así no romper el encanto. Se miraron largo tiempo, mientras sus respiraciones se aceleraban.

Con su cosmos comenzaba a acariciarla lenta y lánguidamente, provocando que su interior se incendiara de maneras inimaginables, era como si tocara su alma, conforme las caricias subían de sus tobillos a sus muslos la bata se iba levantando, hasta que la dejó completamente desnuda para su admiración. Albafica respiró hondo emitiendo un pequeño gruñido, ella se sentía completamente embelesada al ser presa de esa mirada. Mientras el peliceleste saboreaba cada instante de ese momento, sintiéndola, aunque fuera así de esta manera.

Cuando estuvo completamente desnuda se sentó en la cama frente a ella, tomando la flor de entre sus manos delicadamente, dejaba otro beso en el girasol, para después recorrer los rincones más recónditos de su cuerpo con sus pétalos, su rostro de sirena, su cuello delicado, descendía decadentemente lento, sacando de ella los gemidos más hermosos, observando cómo se deshacía bajo el roce de esa flor. Siguió con su trayecto, acariciándola, bebiendo cada gesto, cada expresión, haciendo suyo su placer, sus labios abiertos emitiendo exhalaciones rápidas, sin dejar de mirarlo, jamás perdiendo de vista su sonrisa, su cálida mirada, la respiración de su pecho.

Cuando la flor rozó sus pezones, ella arqueó su espalda, demasiado sensitiva, rozaba sus piernas entre sí, mientras sentía el aliento de Albafica en sus mejillas, luego en su cuello, en una mezcla que la estaba volviendo loca. La flor seguía su trayecto y controlada por quien la manipulaba, llegaba a su centro arrancándole el primer grito impúdico lanzado al aire. El Caballero apretó los dientes intentando controlarse, dominar sus instintos y no tomarla ahí mismo, esto era para ella, rozó un poco su miembro con su mano intentando calmar su necesidad. Siguió descendiendo, rozándola con su larga melena celeste, su aliento y los pétalos de la flor; hasta llegar y posicionarse en medio de sus muslos, soplando levemente en esa flor expuesta solamente para él, con su cosmos comenzó a acariciarla ahí, mientras su mirada se aferraba a aquella hermosa imagen, de ella aferrando con sus manos su melena, su boca abierta en placer, escuchaba sus respiraciones agitadas, la mano de él viajando delicadamente en su persona, mientras comenzaba a estimularse; un hormigueo en su bajo vientre, todo este cumulo de sensaciones nuevas en su persona, y no podía creer que el culpable de todo fuera él, ese hombre que había guiado involuntariamente cada decisión en su vida, sudor aperlaba su frente mientras un calor inexplicable la envolvía.

La mano de Albafica subía y bajaba en un desenfrenado ritmo, necesitando llegar a esa tan ansiada liberación, mientras veía las piernas de ella temblar, producto de la tensión antes de explotar, y como si de una poesía se hubiese tratado, tocaron el cielo juntos por primera vez. Sus nombres en sus labios en un grito infinito.

…..

Un gran campo de girasoles sorteaba la brisa, orgullosos seguían el paso del sol, y en el centro de aquel lugar una tumba, hermosamente esculpida con ángeles, en el centro el nombre de su señor. Todas las tardes después de sus labores, acudía a aquel lugar para platicarle su día. Pero esa tarde en particular era su cumpleaños, como aquella noche.

Había sido la noche más hermosa de su vida, y ahora tantos años después aún seguía recordándolo, seguía manteniendo su templo pulcro, a pesar de que los años ya no le permitían moverse con la misma agilidad. Si le preguntaran, ¿volverías a pasar por todo aquello?, ella respondería que si mil veces, por ver su rostro despertar todas las mañanas, por ver su sonrisa enmarcando alguno de sus comentarios, por escuchar su nombre salir de sus labios en un murmullo de placer, lo volvería a hacer todo igual, por el amor de aquel hombre que sacrificó su vida por sus ideales… bien había valido todo, sí le permitían tener el recuerdo de esos ojos como plata derretida en su memoria. Antes de levantarse de la tumba leyó el epitafio, desempolvándolo con sus manos. Una sonrisa pequeña en sus labios y lágrimas recorriendo su arrugado rostro, su pelo ya pintaba algunas canas. Porque de alguna manera sabía que esas palabras eran suyas y de nadie más.

Díselo con flores.