Capítulo 10. Asesino.

Desde que lo probó, Yamato le había encontrado el gusto a beber vino, por lo que de vez en cuando, acudía a la barra del restaurante del hotel de lujo en el que se hospedaba para beber una copa.

–Parece que has estado ocupado. –escuchó Yamato cuando estaba a punto de llevarse la copa a los labios. Cuando giró la cabeza, vio a Ken Ichijouji sentarse también a la barra y pidiendo un whisky escocés al barman. –Por tu cara diría que te estás preguntando qué hace un funcionario como yo viniendo a tomar una copa justo aquí.

–Me imagino que de vez en cuando también necesitas un descanso. –dijo Yamato.

–Gracias por comprenderme. Me imagino que con Sora Takenouchi también ocurre, pero parece que por alguna razón, atraes a las mujeres. Incluso la ministra Himekawa parece embelesada contigo. –comentó Ken. –Pero para serte sincero, yo no veo qué tienes de fascinante.

–Tu interés está en el poder opuesto al mío. –afirmó Yamato, que había calado a Ken.

–Si tu poder sale a la luz, será caótico para el mundo. –dijo Ken.

–Y tu trabajo es mantener el equilibrio y la estabilidad, ¿verdad? –dijo Yamato. –Es mejor deshacerse rápidamente de lo que causa problemas. Y por eso quieres el poder de Takeru Takaishi.

–Piensas demasiado. –dijo Ken tras una larga pausa en la que ambos se miraron desafiantes. –Espero que no vuelvas a usar tu poder delante de nadie. Si me haces caso, podremos mantener una buena relación.

–Qué egoísta eres. –dijo Yamato levantándose para marcharse.

–Tu cita de hoy es una de las personas que sabe demasiado sobre el tema. –dijo Ken. –Para una oficial de policía a la que le apasiona tanto su trabajo, es una desgracia.

Aquello, a Yamato le sonó a una amenaza, pero decidió hacer caso omiso y salió del bar. Al salir, en la recepción del hotel lo estaba esperando Takeru. Los dos subieron a la azotea. Allí podrían hablar más tranquilos.

–Este hotel tiene una gran vista. –comentó Yamato apoyándose en la baranda mientras admiraba la hermosa vista nocturna de la ciudad. –Mirar a la gente desde aquí arriba me hace sentir como un dios. Si fuera tú, supongo que me sentiría como un dios de la muerte. ¿A qué has venido, Dios de la Muerte? ¿A buscarme?

–Tú también me buscabas a mí. –respondió Takeru. –¿Por qué?

–Porque me han levantado el castigo. Ahora soy libre y quería preguntarte si querías salir a jugar. –respondió Yamato.

–Deja de tomarme el pelo. –dijo Takeru.

–He estado en la cárcel durante diez años y no he tenido a nadie con quién jugar. En cambio tú, tienes padres amables y una bonita hermana con la que divertirte.

–¿Por qué has espiado a mi familia? –preguntó Takeru, cayendo en la cuenta de que aquel tipo que vio merodeando en su casa estaba espiando a su familia para Yamato. –¿Qué quieres?¡Contesta!

–Cálmate, Profesor. Permíteme un consejo. Una vez que empiezas a usar tu poder, es mejor cortar lazos con tu familia. –dijo Yamato.

–¿Qué quieres decir? ¿Estás insinuando que voy a hacerle daño a mi familia?

–¿No lo has hecho ya? ¿A cuánta gente has matado ya? Una vez que conozcan esa habilidad te mirarán con miedo y odio. Cuando tu propia familia te mire así, ¿podrás soportarlo? Al que le dolerá será a ti. Por eso no quieres que tu familia descubra tu poder.

–Basta. –advirtió Takeru.

–Soy la única persona en el mundo que comprende cómo te sientes. –dijo Yamato.

–¿Cómo ibas a entenderlo? –preguntó Takeru. –Tu poder vuelve loco a la gente.

–Que la gente enloquezca no es culpa mía. –dijo Yamato.

Flashback.

¡Yamato, cúrame!¡Cúrame, por favor! –decía una multitud desesperada mientras le rodeaban.

Fin del flashback.

–La gente débil muestra sus verdaderos deseos y van en manada hacia mi poder. Son ellos solos los que se vuelven locos. –dijo Yamato. –Son ellos los que están equivocados.

–Deja de decir tonterías. –dijo Takeru cogiéndolo de la pechera de la chaqueta.

–Has venido a matarme, ¿verdad? –dijo Yamato.

–Una vez me dijiste que no tiene sentido tener un poder si no lo usas. –dijo Takeru mirándolo a los ojos. –Lo he comprendido. Significa que tengo que utilizar mi poder.

–Entonces, ¿vas a matarme? –preguntó Yamato con naturalidad, que no parecía muy asustado ante esa perspectiva. –Deshazte de los problemas. Al final, es el mismo razonamiento que el de cierto agente.

Tras decir aquello, refiriéndose a Ken, Yamato se soltó de Takeru sin que éste hiciera nada por detenerlo.

–Takeru, eres demasiado serio. Esto sólo es un juego. –dijo Yamato.

–¿Un juego? –preguntó Takeru sin dar crédito.

–Todo el mundo compite por utilizarnos como sus piezas. Pero nosotros no somos piezas. Somos nosotros los jugadores. Voy a hacer el siguiente movimiento. ¿Qué vas a hacer tú?

–Lo más importante para mí es usar mi poder de la forma correcta. –respondió Takeru.

–Bien. Pues enséñame tu siguiente movimiento. –dijo Yamato.

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–No consigo comunicarme con Daisuke. –dijo un nervioso Daigo Motomiya por teléfono. –¿Dónde está mi hijo?

–Está en un viaje encontrándose a sí mismo. ¿No es genial? –respondió Ken Ichijouji. –Sólo debes sentarte y mirar de lejos. Me imagino que cuando ponga los pies en la tierra te enviará algún mensaje. Tengo que dejarte. Tengo una reunión.

–¡Ken! –exclamó Daigo, pero Ken había colgado. Sin saber por qué, Daigo comenzó a arrepentirse de haberle pedido a Ken que lo ayudara con su hijo.

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Unos segundos tras haber colgado, Takeru entró y se acercó a Ken.

–Sabía que vendrías. –dijo Ken con una sonrisa. Takeru no dijo nada. Tan sólo le extendió la mano, lo que sorprendió un poco a Ken. A pesar de las dudas de si lo mataría o no, Ken le estrechó la mano, pero no ocurrió nada. Ken Ichijouji lo consiguió. Tenía a Takeru Takaishi.

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Sora entró a la sede de la Agencia Nacional de Policía para dirigirse al Departamento de Seguridad Nacional. Mientras subía la escalera, al fondo vio aparecer a su director, Ken Ichijouji, aunque éste no se había percatado porque miró hacia atrás como para indicarle el camino a alguien. Sora se ocultó para no ser vista, pero lo que no esperaba era ver a Ken seguido de Takeru.

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En el amplio recibidor del hospital, Mimi Tachikawa, una castaña vestida completamente de blanco, cantaba una de sus famosas canciones frente a los niños que estaban ingresados y otros pacientes del hospital. También había bastantes curiosos y, por supuesto, los medios de comunicación no podían perderse la que quizás, fuera la última actuación de la cantante por culpa de su cáncer de garganta.

–Ver a Mimi en directo hará muy felices a los pacientes, pero especialmente a los niños. –le dijo el director del hospital a la representante de la cantante. Estaban sentados en un lateral junto a Maki Himekawa, la ministra, vestida esta vez con tono turquesa pálido.

–Muchas gracias, señor Director. –dijo la representante.

–No obstante, como médico debo decir que lo que está haciendo no es muy recomendable. Si se hubiera sometido a la operación… Este será su último concierto. –dijo el médico, aunque Maki lo miró de reojo como tramando algo.

–Doctor, lo sabemos, pero Mimi lo ha decidido así. –dijo su la agente de la cantante. –Cantar su última canción frente a personas que como ella están luchando contra la enfermedad es lo que ella quería. Y en cuanto a usted, señora Ministra, arreglarlo todo para realizar este concierto ha sido todo un detalle. Ha hecho muy feliz a Mimi.

–En absoluto. No ha sido nada. –dijo Maki dándole unos toques en la espalda. Mientras, Yamato entró y se situó en pie, apoyado con el hombro en un pilar en el lateral opuesto al de la ministra, de manera que ésta lo vio llegar, removiéndose un poco en su asiento. –Discúlpeme, por favor.

–Claro. –respondió la agente de Mimi. Maki se dirigió hacia Yamato y se situó junto a él. –Seguro que hay un motivo para que de repente aceptes mi petición.

–En realidad, no. –dijo Yamato.

–Haré lo que sea si la curas. –dijo Maki. –Va a cantar una canción más y en cuanto termine, la llevarán a una sala de espera.

–¿Y quieres que espere allí hasta entonces? –preguntó él.

–¿Por qué, no quieres?

–Sólo curo cuando tengo ganas. –dijo Yamato. –Si la curo, tiene que ser aquí y ahora.

–No seas insensato. –dijo Maki con los ojos salidos de sus órbitas. –Usar tus poderes con tanta gente está estrictamente prohibido.

–Entonces, no tengo nada que hacer aquí. –dijo Yamato. –Es su última oportunidad de ser sanada. ¿Qué vas a hacer?

–Eres una decepción. –dijo Maki después de un suspiro. –Si no vas a curarla, al menos disfruta de su última canción antes de marcharte. Por desgracia, la siguiente será la última.

En ese momento, la canción terminó y los espectadores aplaudieron efusivamente. Mimí respiraba algo emocionada. Sabía que la siguiente sería su última canción y ya no podría hacer lo que más la apasionaba. Cuando se apoyó en el micrófono para hablar, Mimi se sintió desfallecer y cayó al suelo.

–¡Mimi! –gritó su representante acudiendo hacia ella. El director del hospital y otros sanitarios acudieron raudos a su auxilio. –¡¿Estás bien?!

Los sanitarios la levantaron y la pusieron en una silla de ruedas para llevársela de allí.

–Llevémosla a una consulta. –dijo el director. Pero cuando la celadora empezó a empujar la silla de ruedas, Yamato se situó delante, de manera que tuvo que detenerse.

–¿Estás huyendo? –preguntó Yamato a una apurada Mimi, cuya debilidad hacía que se le escapara el oxígeno. Mimi miró a aquel desconocido vestido con ropa oscura, a pesar de estar en pleno verano. –¿Huyes del escenario abandonando a tu público?

–¡¿Qué está diciendo?! –preguntó la agente de Mimi. –¡¿Acaso no ve que no se encuentra en condiciones?! Por si no lo sabe, Mimi vino aquí por…

–De todas formas no vas a vivir mucho más. –interrumpió Yamato, haciendo caso omiso a la representante y dirigiéndose a Mimi en todo momento. –Según dicen, este es tu último directo. ¿Te conformas marchándote sin terminar?

–Yo… –comenzó a decir Mimi sin voz. –Yo…quiero cantar. Pero no puedo.

–Entonces, márchate. –dijo Yamato. –Escuchar una canción de alguien tan poco entusiasta y con tan poco espíritu no merece la pena y no le gustará al público.

Yamato se dirigió hacia el escenario, pero no subió. Desde abajo, cogió el micrófono que había caído con la cantante, volvió a ponerse frente a ella y se lo extendió para que lo cogiera.

–Si realmente tienes voluntad de cantar, levántate, coge el micrófono y vuelve al escenario. –dijo él.

–¡Pare ya! –le gritó la representante.

–Espera. –dijo Mimi interrumpiendo a su representante. Con dificultad, debido a la debilidad que sentía, Mimi hizo su mayor esfuerzo para levantarse y coger el micrófono, pero aquel hombre lo tenía demasiado alejado. No obstante, hizo un último esfuerzo y lo cogió, aunque perdió el equilibrio hacia delante y se apoyó en Yamato, que le pasó el brazo por la espalda. Con la otra mano, sujetó la de la cantante, aferrándose al micrófono y aunque para todo el mundo fue imperceptible, Maki se percató de un pequeño halo rojo. Maki supo entonces que había curado a la cantante sin que nadie se percatara de ello.

Extrañamente, Mimi comenzó a sentirse increíblemente bien y sin saber cómo, podía mantenerse en pie por sí misma.

–Mimi. –dijo la representante. La castaña miró a ese hombre de semblante serio. Él sólo le hizo un gesto con la cabeza para que volviera al escenario. No sabía por qué, pero sentía que debía hacer caso a ese chico. Así que se giró, y aún con paso algo inseguro, se dirigió hacia el escenario para la sorpresa de todos, incluidos gente de ciencia como los médicos.

En el piso de arriba, Taichi Yagami, que llevaba a una mujer en silla de ruedas, vio la escena desde arriba.

–Yamato. –musitó el policía.

Cuando Mimi subió al escenario, se llevó el micrófono a la altura de la boca, cerró los ojos y comenzó a cantar a capela.

–¡Música! –exclamó la representante a los músicos, que seguían alucinados de que su líder pudiera cantar como si no le hubiera pasado nada. En la siguiente estrofa, los músicos acompañaron a la cantante. Mientras, Mimi miró a Yamato con agradecimiento. No podría haberlo hecho sin el ánimo de ese chico, aunque se hubiera mostrado duro. Una vez que vio que todo estaba en su sitio, Yamato se giró y se dirigió hacia el piso de arriba para poder tener una mejor visión de todo.

–Yamato. –dijo Koushiro yendo hacia él. –He visto tu poder. ¿Cómo lo has hecho?

–Descúbrelo por ti mismo. –dijo Yamato mostrándole un escalpelo.

–¿Qué?

–Si es por la investigación, no te importará clavarle esto a tu chica. Clavártelo a ti mismo no tendría mérito.

Koushiro, aunque sabía que hacía mal y tenía sus dudas, extendió la mano para coger el bisturí, pero Yamato lo apartó y cogió a Koushiro de la pechera.

–Dime algo. ¿Cómo es posible que traiciones tan fácilmente a alguien que quieres? ¡¿Cómo puedes ser tan egoísta?! –Yamato soltó a Koushiro y se marchó de allí mientras el público aplaudía a Mimi, que acababa de terminar su canción. Jamás se había sentido tan feliz en un escenario, ni siquiera en aquellos conciertos en los que se llenaba el estadio.

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Ken y Takeru bajaron del coche del primero. Estaban en la zona portuaria frente a un carguero.

–¿Daisuke Motomiya está ahí dentro? –preguntó Takeru.

–Sí. El chico que le quería quitar la vida a tu alumna está ahí dentro, así que, me imagino que estarás deseando vengarte. –dijo Ken.

Sora, que los había seguido, entró por detrás sin que la vieran. Fue entonces que vio a alguien que parecía vigilar el cuchitril en el que estaba Daisuke. Vestía con camisa blanca y corbata negra e intentaba aliviar el calor con su mano, moviéndola como si fuera un abanico mientras que con la otra sujetaba el móvil, al que no le quitaba ojo. Debía de ser uno de los secuaces de Ken. Tal y como vestía, estaba claro que no trabajaba en el carguero. Sora cogió una llave inglesa que había en una caja de herramientas y la tiró. El ruido alertó al guardia que se levantó para ver qué pasaba. Cuando Sora se aseguró que el guardia había abandonado su puesto, se dirigió hacia la puerta que vigilaba y la abrió. Allí sentado estaba Daisuke Motomiya, que se puso en pie nada más verla.

–Tú. –dijo Daisuke al reconocerla.

–Rápido, vámonos. –dijo ella.

–¿Por qué estás aquí? –preguntó él sin comprender.

–No tenemos tiempo para explicaciones. Si sigues aquí, te matarán. –dijo Sora. Justo cuando iban a salir, el guardia que había estado vigilando la atacó con la misma llave inglesa que había utilizado para distraerlo, pero lo detuvo desde las muñecas y lo golpeó. Entonces le siguió el ataque de otro compañero, que llevaba una barra. Sora consiguió inmovilizarlo. –¡Rápido, corre!

Daisuke ni se lo pensó. Mientras Sora lidiaba con los guardias, se escabulló para intentar salir. Entonces, el otro guardia golpeó a Sora por detrás.

Daisuke abrió una puerta y consiguió salir a una cubierta, pero para poder salir de allí, tendría que bajar a una cubierta de abajo.

–Parece que te toca. –dijo Ken cuando vieron a Daisuke en la cubierta. Sin decir nada, Takeru fue con decisión hasta el carguero. Mientras tanto, a Ken le sonó el teléfono. Maki le acababa de contar el nuevo milagro obrado por Yamato.

Daisuke seguía buscando la salida de la cubierta, cuando se encontró con Takeru Takaishi.

–¿Por qué estás aquí? –preguntó asustado mientras retrocedía de espaldas. –No me digas que has venido a matarme. ¿No eras profesor? Un profesor no mataría a nadie. Vas a dejarme marchar, ¿no?

Pero Daisuke ya no podía retroceder más. Sólo la barandilla lo separaba del agua.

–Yo ya no soy profesor. –dijo Takeru fríamente. –Soy asesino.

Desde el muelle, Ken veía cómo Daisuke estaba acorralado. Los guardias, que habían conseguido reducir a Sora, la llevaban cada uno por un brazo hasta Ken. Fue entonces cuando vio cómo Takeru tenía a Daisuke acorralado.

–No me mates. –rogó Daisuke mirando por un instante hacia atrás para ver la altura a la que podría caer. Takeru extendió su mano y cogió a Daisuke del cuello. –¡Para!

Desde tierra, Ken Ichijouji, Sora Takenouchi y los dos subordinados de Ken, vieron cómo Daisuke caía desde la popa del carguero. Takeru se quedó allí apoyado en la baranda.

–Takeru. –musitó Sora. No podía creer lo que veía. ¿Cómo se había dejado seducir por Ken? Estaba convencida de que Takeru tenía buen corazón y evitaba matar a toda costa, aunque últimamente no tuviera mucho éxito.

–Bien, ahora es tu turno. Conoces el secreto de Yamato y no dejas de interferir en nuestro trabajo. La gente que trae problemas debe ser eliminada. Sin embargo tienes suerte. –le decía Ken a Sora. Los guardias la soltaron para su sorpresa. –He escuchado que Yamato ha curado a una cantante llamada Mimi Tachikawa delante de unas doscientas personas.

–¿Qué? –dijo Sora confundida.

–Como ya hay mucha gente al tanto de su poder, tendremos que replantearnos nuestro plan para utilizarlo discretamente. Así que, tu eliminación la pondremos en espera. Pobrecillo, ese muchacho ha muerto en vano. –dijo Ken riendo.

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Con el milagro que había obrado, el concierto de Mimi se extendió un poco más.

–Pensabas curarla desde el principio, ¿verdad? –le dijo Maki a Yamato con claras muestras de enfado. –¿Me estabas probando? ¿Pensabas mostrar tu poder frente a todos desde el principio? ¿Por qué lo has hecho?

–Ministra, la única persona que no la está escuchando cantar, eres tú. –dijo Yamato, mientras la dulce voz de Mimi seguía entonando su último gran éxito. Maki se apartó de allí indignada. Cuando se fue, Yamato abrió su mano, mirando el amuleto de la buena suerte, que tenía un dragón que abrazaba una cruz.

Continuará…