Capítulo 11. ¿Justicia?
Ken Ichijouji estaba que no cabía en sí de gozo. Desde que había comprado el periódico no había dejado de tararear el último éxito de Mimi Tachikawa. Cuando por fin llegó a su Departamento en la Agencia Nacional de Policía y dejó el periódico plegado sobre la mesa, llamó a Yamato con su móvil.
–Intuyo que estás de buen humor. –dijo Yamato mientras se secaba un poco el sudor con una toalla al haber estado corriendo en una cinta en su suite del hotel.
–Cuando las cosas salen según lo planeado, es inevitable estar de buen humor. –dijo Ken.
–¿Eso significa que te va bien con Takaishi? –preguntó Yamato.
–No te preocupes por eso. Hay noticias mucho mejores. –dijo Ken extendiendo el periódico, en cuya portada estaba Mimi Tachikawa en un momento de su concierto en directo desde el hospital. –Mira lo que dice el titular: "Recuperación milagrosa de Mimi Tachikawa. Anunciada una gira nacional".Por descontado, no se menciona tu participación en su recuperación. Seguramente querías dar a conocer tu poder de forma espectacular, pero para mí no ha supuesto un gran problema silenciarlo. Es mejor que no te tomes el poder político demasiado a la ligera. Con eso, sólo te estarías poniendo una soga al cuello.
–¿Por eso me habéis incrementado la vigilancia? –preguntó Yamato, que desde que curó a Mimi había notado más seguridad a su alrededor. Yamato sabía que realmente Ken tampoco tuvo que hacer mucho para silenciar a la prensa, ya que cuando curó a la cantante lo hizo de manera en que pasó inadvertida para los presentes en el concierto, pero lo dejaría fanfarronear por su supuesto logro.
–Seré franco contigo. Te odio. Y me fastidia que me sobrecargues de trabajo. Que tengas un buen día. –dijo Ken, poniendo fin a la conversación.
Una vez que Ken le colgó, Yamato se sentó en uno de los sillones de la suite y llamó a Takeru.
–Hola, Takeru. ¿A quién has matado para que Ichijouji esté de tan buen humor? –preguntó Yamato.
–A Daisuke Motomiya. –respondió Takeru.
–¿Te lo ordenó él?
–Sólo he protegido a alguien utilizando mi poder. He salvado una vida. –dijo Takeru.
–¿A quién, a Hikari? Si de todas formas lo ibas a liquidar, tendrías que haberlo hecho antes. –dijo Yamato incorporándose. –Pero al haber tardado tanto, ha habido sacrificios innecesarios, como el de la señora Kamiya. Hablas de salvar vidas y de proteger a la gente, pero ¿eso es lo que entiendes por utilizar tu poder de forma correcta? Si hubiera alguien a quien realmente quisieras proteger, deberías haber empoderado a esa persona para que cuando tú no estés, pueda seguir viviendo por su cuenta. Eso es lo que significa proteger a alguien.
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No sabía cómo lo hacía, pero Yamato siempre se las arreglaba para hacerle pensar. Desde que colgó, no se había movido del sofá de su apartamento mirando a la nada. Entonces Sora tocó a la puerta con urgencia.
–¡Takeru, soy Sora! –pero él no se dio mucha prisa. –¡Takeru, sé que estás ahí!¡Abre!
Aunque no le apetecía ver a nadie, ante la insistencia de la detective decidió abrir.
–Takeru Takaishi, estás arrestado por el asesinato de Daisuke Motomiya. –dijo Sora.
–¿Tenéis el cuerpo? –preguntó Takeru.
–Todavía no. –reconoció ella.
–Entonces, ¿tienes pruebas? –por la cara que puso Sora, era evidente que no tenían ninguna. –Siempre me decías que sin pruebas no podéis detenerme. Márchate, por favor.
–Takeru. –dijo Sora intentando impedir que Takeru cerrara la puerta, pero fue demasiado tarde. –¿Por qué? ¿Incluso tú has cambiado por Yamato?
Pero Takeru no contestó.
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Tras el burdo intento de detener a Takeru, Sora volvió a comisaría. Sentía mucha curiosidad por el gran cambio de actitud de Takeru.
–¿Dónde está Taichi? –le preguntó Sora a Iori, extrañada de que no anduviera por allí.
–No está. Se ha tomado unos días de vacaciones. –respondió Iori mientras hurgaba en una caja de galletas para engañar a su estómago. Sora estaba extrañada de que no le hubiera dicho nada. Entonces apareció Kyotaro.
–Qué pena que hayan elegido a nuestra mejor policía. Te trasladan al Departamento de Seguridad Nacional de la Agencia Nacional de Policía. –le informó Kyotaro. Era un gran avance en su carrera, pero sería una lástima perderla en la comisaría.
–¿Quiere decir que mi superior va a ser Ken Ichijouji? –preguntó Sora, a la que no le gustaba nada la idea.
–Sí. Te quiere a ti en su equipo. –dijo Kyotaro, ignorando que Sora detestaba a ese hombre.
–¡Ni hablar! ¡Jamás podría trabajar para alguien como él!
–¿No creerás que tiene intenciones ocultas? –preguntó Kyotaro al ver como Sora sacaba a relucir su carácter. –Jamás baja la guardia y no se le escapa nada. Pero ahora que caigo, ¿qué crees que trama para quererte en su equipo? Si queremos descubrirlo, tendrás que infiltrarte, no hay otra manera.
–¿Infiltrarme?
–Sí, una operación encubierta. –dijo Kyotaro emocionado. –Piénsalo. Una detective de una comisaría de Tokio se infiltra para descubrir la verdad de los servicios secretos japoneses.
–Jefe, está disfrutando esto, ¿verdad? –preguntó Sora. Pero la idea de su jefe ya no le parecía tan descabellada. Quizás si fingiera trabajar para Ken, descubriría la verdad, porque para ella era más que evidente que Ken Ichijouji no era trigo limpio. Y él mismo quería tenerla a ella en su equipo.
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Taichi Yagami estaba descansando en un banco del parque antes de volver a casa con unas compras. Aunque miraba a los niños que jugaban en los columpios y zona de juegos, su pensamiento no estaba allí precisamente.
Sora, a la que le había parecido extraño que Taichi se hubiera tomado unos días sin ni siquiera avisarla, decidió ir a su casa, pero cuando iba por el barrio en el que vivía su amigo, lo vio sentado en el parque.
–¡Taichi! –lo llamó Sora dirigiéndose hacia él. –¿Has ido de compras?
Taichi miró la bolsa de la compra por un momento.
–Sí. –respondió él.
–¿Ternera y verduras? –preguntó Sora asomándose a la bolsa.
–Sí. Es para un sukiyaki. Aunque hace calor, mi mujer quiere comerlo. –respondió Taichi.
–¿Vas a cocinar? ¡Eso sí que no me lo esperaba! –dijo Sora sentándose al lado de Taichi.
–Calla. No te rías de mí. –dijo él.
–Bueno, normalmente eres tú quien le causa problemas a tu mujer, así que me parece un buen detalle que le cocines de vez en cuando, especialmente estando de vacaciones. –dijo Sora.
–Pero no estás aquí para hablar de eso, ¿verdad? –preguntó Taichi, que la conocía como la palma de su mano. –¿Cuándo empiezas en el Departamento de Seguridad Nacional?
–¿Lo sabes?
–Kyotaro me lo ha contado. El poder de Yamato es real, ¿verdad? Y Ken quiere meterte en su propia sección, ¿me equivoco? ¿Qué vas a hacer? –preguntó Taichi.
–Empiezo mañana. –respondió Sora. –Quiero comprobar qué se trae Ken entre manos.
–¿En serio?
–Taichi. Muchas gracias por todo lo que has hecho por mí. –dijo Sora con agradecimiento.
–Va, para. No es para tanto. No es como si no fuéramos a vernos más. Bueno, tengo que irme, o esta carne tan cara se echará a perder. –dijo Taichi levantándose y cogiendo la bolsa de la compra.
–Saluda a Meiko de mi parte. –dijo Sora.
–Claro. Adiós. –dijo Taichi marchándose.
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–No localizo a mi hijo. –dijo Daigo Motomiya andando nervioso por la suite de Yamato, mientras el rubio estaba sentado tranquilamente en el sofá leyendo un libro. –Estoy muy preocupado. Podría haberle ocurrido algo.
–Tu hijo ha sido asesinado. –dijo Yamato con tranquilidad y sin quitar la vista del libro, como si dijera el tiempo que hace afuera. –Y como sospechaba, lo ha matado Takeru Takaishi.
Al escuchar aquello, Daigo necesitó un lugar para sentarse. Por suerte, tenía uno de los sillones justo al lado.
–Pero no puedes culparle. El que lo provocó fue Ken Ichijouji. –dijo Yamato. –Su estilo es eliminar a quien le causa problemas como si no fueran nada. Pero tú eso lo sabes de sobra, ¿no?
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Aunque no era tarde, ya había oscurecido en la ciudad. Maki estaba en su oficina tras una montaña de papeles. Mientras buscaba algo, llamó a Ken.
–¿Está Yamato comportándose? –preguntó Maki.
–Lo tengo vigilado todo el tiempo. –respondió Ken mientras divisaba la ciudad desde los ventanales del edificio de la Agencia Nacional de Policía. –Además, tengo planes para ponerle canguro.
–¿Un canguro? ¿Hasta dónde quieres llegar? –preguntó Maki, que le hizo gracia la ocurrencia.
–Por cierto, hay otro asunto que nos puede causar problemas. –dijo Ken.
–¿Qué asunto?
–Enciende la tele y mira las noticias. –dijo Ken. Maki así lo hizo. Lo primero que vio fue el edificio de la Corporación Farmacéutica Nishijima y una foto de Daigo Motomiya. Al leer el grafismo de la noticia, Maki se quedó de piedra.
La Farmacéutica Nishijima, sospechosa de contribuciones ilícitas.
–Según diversas fuentes, la empresa farmacéutica Nishijima, liderada por su presidente Daigo Motomiya, está en el foco por posibles donaciones a un miembro actual del gabinete de gobierno cuyo nombre no ha trascendido. Daigo Motomiya ha convocado una rueda de prensa para mañana, en la que aclarará la situación.
–¿Qué significa esto? –preguntó Maki comenzando a ponerse muy nerviosa. –Podrían llegar hasta mí.
–Exacto. –dijo Ken.
–Pero, ¿cómo?
–Supongo que piensas que Daigo se ha vuelto loco. –dijo Ken.
–¿Contribuciones ilícitas? Si me exponen más, será mi fin. –dijo Maki.
–Sí. Y tu sueño de convertirte en Primera Ministra se esfumará. –dijo Ken poniendo el dedo en la yaga.
–Pues lo mismo te digo. Sin mi apoyo, no tendrás futuro. –dijo Maki calmándose e intentando recuperar el control de la situación.
–Me pregunto si ese era el objetivo de Daigo. –dijo Ken, al que no le preocupó en absoluto lo que dijo la ministra.
–¿Qué?
–Maki, una vez que seas Primera Ministra, ¿seguirá siendo el Presidente Motomiya tan importante? –preguntó Ken, pero la ministra no contestó. –Es cierto. Desde que te convertiste en miembro del Parlamento hasta hoy, has recibido respaldo con generosas aportaciones monetarias de su parte. Pero a día de hoy, eres la mejor posicionada para convertirte en la próxima Primera Ministra. ¿De verdad es Daigo tan esencial?
–Pues… –empezó a decir Maki sin saber qué contestar.
–No te preocupes. Tomaré medidas inmediatamente. –dijo Ken.
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Takeru había permanecido sentado en el sofá de su apartamento durante todo el día. Ni siquiera había encendido la tele o la luz, a pesar de haber oscurecido. Desde que se convirtió en un asesino, y especialmente desde que comenzó a colaborar con Ken, su carácter había cambiado para convertirse en una persona taciturna. La vibración de su teléfono lo sacó de sus pensamientos. Era Ken. Seguramente le encomendara otra misión.
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Al día siguiente, Sora se dirigió hacia su nuevo puesto de trabajo. Cuando llegó, se presentó frente a Ken Ichijouji.
–Me gustaría que comenzaras cumpliendo tu deber desde hoy mismo. –dijo Ken.
–Me imagino que tu plan es mantenerme vigilada a cambio de haberme perdonado la vida. –dijo Sora sin importar que fuera su superior y sin ocultar su desagrado personal.
–Si no me equivoco, tienes una hija. –dijo Ken.
–Por favor, no toques a mi hija. –dijo Sora, que para ella era sagrada.
–Me alegro de que me comprendas. Vas a ser la guardaespaldas de Yamato. –dijo Ken.
–¡¿Qué?!
–No te preocupes. Si recibieras un balazo por protegerle, él podría curarte en un instante.
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Cuando Sora se presentó en la suite de Yamato como su escolta personal, él se giró para preparar un té.
–Ken hace cosas inteligentes de vez en cuando. –dijo Yamato al ver quién era su nueva "niñera". –¿Cómo está Aiko?
–No es asunto tuyo. –respondió Sora fríamente.
–Si cambias de opinión, te prestaré mi poder en cualquier momento. –dijo él de espaldas a Sora.
–¿Acaso no te lo dije ya? No voy a depender de tu poder. –respondió Sora orgullosamente. –Aiko es una niña fuerte y lo superará.
–¿De verdad lo crees?
–Sí. Si crees que todo el mundo se arrodillaría ante tu poder, creo que te equivocas. –dijo ella.
A Yamato le encantaba la cabezonería de Sora en el asunto de su hija porque no actuaba como los demás. Otros en su misma posición se arrodillarían para que utilizara su poder. El rubio se giró y le puso una taza de té en una mesilla. Después, la miró fijamente a los ojos.
–Eres diferente al resto de la gente. ¿Qué vas a hacer? ¿Aceptas ser mi escolta? –preguntó Yamato sentándose en el sofá con su propia taza de té.
–Sí.
–Es duro ser funcionaria. –dijo Yamato encendiendo la televisión, donde hablaban de las supuestas contribuciones ilícitas de Daigo.
–Esas donaciones podrían violar las leyes actuales. Según el presidente de la empresa farmacéutica Nishijima, hablará hoy en rueda de prensa. –decía el periodista. En el grafismo, estaba la foto de Daigo con una flecha hacia una silueta negra porque todavía se desconocía quién era el receptor de esas contribuciones. –Todo apunta a que el nombre del beneficiario de esas donaciones será revelado en la rueda de prensa. Recordamos que las contribuciones de empresas o particulares a políticos están prohibidas, siendo motivo de acusación por parte de la fiscalía.
El teléfono de Yamato sonó.
–Yamato. –dijo Takeru.
–Qué raro que me llames, Takeru. –dijo Yamato. A la mención de Takeru, Sora quitó la vista de la televisión para mirar a Yamato.
–¿Has visto las noticias? –preguntó Takeru.
–Sí.
–Ahora es mi turno. –dijo Takeru, que caminaba por la calle hacia algún lugar.
–Se espera que en la rueda de prensa, Daigo Motomiya, el presidente de la farmacéutica, proporcione detalles sobre la acusación de proporcionar fondos ilícitos a un miembro del gobierno.
–Ahora lo entiendo. Has matado al hijo y ahora vas a matar al padre. –dijo Yamato mientras veía imágenes de Daigo refugiado en su coche mientras los medios intentaban conseguir su foto con desesperación. –¿Te has convertido en un perro de presa para usar tu poder? No te entiendo.
–Soy yo quien no te entiende a ti. –dijo Takeru.
–¿Qué quieres decir?
–Si quieres saberlo, ven a la sala de prensa. –dijo Takeru antes de colgar.
–Parece que Takeru por fin se ha puesto serio. –dijo Yamato.
Tanto Yamato como Sora se dirigieron al garaje del hotel, donde un coche estaba disponible para ellos en cualquier momento. Mientras se abrochaban el cinturón, alguien golpeó en el cristal de Yamato.
–¡Yamato, estoy preparado! –exclamaba Koushiro con un brazo en cabestrillo. –¡Me he roto el brazo!¡Cúramelo, por favor!¡Quiero experimentar tu poder en persona!¡Por favor!
–Oye, Guardaespaldas. Haz tu trabajo. –dijo Yamato. Sora salió del coche, sorprendida de que su amigo hubiera sido capaz de llegar tan lejos por su investigación.
–Koushiro, aparta, por favor. –dijo Sora separándolo del coche.
–Sora. –dijo Koushiro sorprendido de verla allí, ya que estaba tan obcecado con Yamato que ni siquiera la había visto. Pero Koushiro siguió insistiendo. –¡Por favor Yamato, te lo ruego!
Muy a su pesar, Sora lo empujó hacia un pilar del garaje.
–¡Koushiro, por favor, márchate! –le dijo Sora.
–Por favor, Sora. Escucha. Estoy seguro que comprendes lo importante que es el poder de Yamato para el mundo de la medicina, incluida la enfermedad de Aiko. –aquello hizo pensar a Sora, pero se vio interrumpida cuando se escuchó la puerta del coche y el sonido de un arma cargando. Al girarse, vieron al chófer del coche fuera de él con las manos en alto. Al otro lado del coche, un hombre vestido con ropa oscura, guantes negros, mascarilla blanca, gafas de sol y gorro lo apuntaba con una pistola. Cuando Sora hizo el gesto de volver al coche, el desconocido la apuntó a ella. Fue entonces que Sora percibió algo raro. Aquella manera de sujetar el arma, y la propia arma le resultaron muy familiares.
–Conduce. –dijo el hombre subiéndose a la vez que el chófer en el asiento del copiloto. Cuando entró, miró hacia Yamato y lo apuntó con la pistola. El coche salió del garaje, dejando a Sora atrás. Pero ella sabía quién era. Así que se dirigió hacia su propio coche.
–¡Takenouchi! ¿Dónde está Ishida? –preguntaron dos agentes.
–Lo han secuestrado. Se han ido por allí. –dijo Sora dándoles una indicación hacia otra planta del garaje.
–¡Vamos! –dijeron los agentes marchándose. Ahora que no tenía más interrupciones, Sora se montó en su coche y salió de allí.
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A Yamato le hacía gracia aquella situación y sonrió de medio lado. Cuando por fin llegaron, el desconocido golpeó al chófer, primero en el estómago y a continuación en la nuca para dejarlo inconsciente. Salió del coche y abrió la puerta de Yamato.
–Sal del coche. –ordenó el hombre apuntándolo con la pistola. Yamato se desabrochó el cinturón y fue dirigido al interior de una casa. Al entrar, en el salón había una cama que parecía de hospital. En ella, estaba una mujer de pelo negro abrazando un osito de peluche. Cuando miró a su lado, no parecía muy escandalizada por el hecho de que un hombre con la cara cubierta estuviera apuntando a otro con una pistola.
–Hola. –saludó la mujer sin más con cara alegre.
–Cúrala. –ordenó el secuestrador.
Por su parte, Sora llegó y dejó el coche justo detrás del coche de la Agencia Nacional de Policía. Había llegado donde ella imaginaba. Cuando salió, vio que su compañero estaba inconsciente sobre el volante. Así que se dirigió hacia dentro.
–Tiene demencia. –dijo el secuestrador mientras la mujer jugaba tranquilamente con el osito.
–¿Y? –preguntó Yamato.
–¿Acaso no comprendes la situación en la que estás? –preguntó el secuestrador volviendo a apuntarlo con el arma. –¡Cúrala, deprisa!
–¡Tira el arma! –dijo Sora entrando y apuntando con el arma, pero el secuestrador, en un movimiento rápido, se puso detrás de Yamato para tomarlo de rehén.
–¡No te acerques! –dijo el hombre.
–Por favor, no me hagas disparar, Taichi. –dijo Sora. La pelirroja jamás pensó que se vería en una situación así. Estaba frente a su amigo y mentor, que no se explicaba cómo los había encontrado, puesto que la ventaja que habían tenido había sido suficiente como para poder escapar holgadamente sin ser seguidos. Pero Sora contestó rápidamente a su pregunta sin que hiciera falta formularla. –Inmediatamente supe que eras tú por la manera de sujetar el arma. Fuiste tú quien me enseñó a usarlas. Tú me enseñaste todo. Eres inconfundible para mí. ¿Por qué estás haciendo esto?
Taichi se quitó la mascarilla, las gafas y el gorro sin bajar el arma. No tenía sentido permanecer oculto. Además, que Sora conocía la casa, aunque hacía mucho tiempo que no iba por allí.
–Como puedes ver, Meiko ya casi ni me reconoce. –dijo Taichi mirando a su mujer, que seguía jugueteando con el osito de peluche ajena a lo que estaba pasando en su propio salón. A pesar de ser joven, el estado mental de la mujer no era el propio de su edad.
–¿Y por eso has hecho esto? –preguntó Sora.
–No lo entiendes. –dijo Taichi.
–Oh, Chiharu –dijo Meiko, tomando conciencia de que había gente en la casa. –Chiharu, has vuelto a casa.
Al ver que su mujer pensaba que Sora era su hija, Taichi bajó el arma con tristeza. –Ayúdame con la cena.
Sora sabía perfectamente que desgraciadamente, la hija de Taichi y Meiko falleció al poco de comenzar la secundaria. Aquello supuso un gran golpe para la pareja. Los padres jamás deberían de enterrar a los hijos, pero a veces, la naturaleza era brutalmente cruel. La foto de Chiharu estaba en el centro del pequeño altar budista que las familias japonesas solían poner para tener presentes a los seres queridos que habían fallecido.
–Hoy es tu cumpleaños, así que vamos a preparar sukiyaki. –dijo Meiko. La mujer extendió su brazo. –Chiharu.
Sora pasó el brazo en el que tenía la pistola a su espalda y le dio la mano. Meiko la sujetaba con el amor que una madre puede dar a su hijo.
–Durante muchos años, todo lo que he hecho ha sido trabajar y le dejaba todas las tareas domésticas a ella. –dijo Taichi. –Incluso cuando murió mi hija, no estuve con ella para soportar juntos el dolor porque me refugié en el trabajo. Mi mujer ha estado cuidándose ella sola durante su enfermedad. Pero siempre le decía que aguantara, y que en cuanto me concedieran una excedencia, cuidaría de ella. Pero de un tiempo a esta parte su condición ha empeorado mucho y siguen sin concederme la excedencia. Por favor, sálvala.
–¿Qué me dices, Detective? –preguntó Yamato.
–¿Qué estás diciendo? –preguntó Taichi.
–Tú decides si la curo o no, Sora. –dijo Yamato pasando la responsabilidad a la pelirroja.
–Entonces es simple, Sora. Dile que la cure. –le pidió Taichi. Pero Sora no respondía. Ni siquiera había permitido que curara a su propia hija. –¿Por qué estás dudando?¡No hay motivos para dudar!
–Taichi, esto está mal. –dijo Sora apenada. –Secuestrar a Yamato y amenazarlo así con un arma para que cure a Meiko no está bien.
–Lo sé, pero entre toda la gente, tú deberías comprenderlo mejor que nadie. Si la cura, me entregaré voluntariamente. –dijo Taichi intentando convencerla.
–Taichi. ¿Tu trabajo no es arrestar a los malos? –preguntó Sora, que comprendía que debía de estar muy desesperado para haber llegado a ese punto.
–¡Ahora mismo lo que menos me importa es el trabajo o la justicia!¡No me importa nada! Para mí lo más importante es Meiko. Por favor, cúrala. –dijo Taichi comenzando a romperse. Pero entonces, apuntó a Yamato a la cabeza. –¡Cúrala!
–Nunca me dispararías. –dijo Yamato a pesar del estado emocional de Taichi. Entonces, se escuchó un disparo que atravesó el pecho de Taichi, haciéndolo caer. Al mirar, vieron al agente que el propio Taichi había dejado inconsciente en el coche. Estaba con la pistola apuntando hacia el secuestrador.
Taichi, debilitado por el disparo, se agarró a la pierna de Yamato y miró hacia arriba para suplicarle.
–Por favor, cura a mi mujer. –suplicó Taichi.
–Taichi, no hagas esfuerzos. –dijo Sora agachándose junto a él y sosteniéndolo en sus brazos. –¡Llama a una ambulancia, rápido!
El agente que había disparado a Taichi se marchó corriendo para cumplir la orden de Sora, que estaba siendo testigo de cómo se le estaba escapando la vida a su amigo, algo que nunca quiso ver.
–Por favor, salva a Taichi. –le pidió Sora a Yamato.
–¿Eso es lo que quieres? –preguntó él.
–Taichi siempre ha cuidado de mí. También me ayudó cuando entré al cuerpo de policía. ¡Es una de las personas más importantes de mi vida! –dijo Sora desesperada. Entonces cogió el arma y apuntó a Yamato. –¡Sálvalo!
–Entonces, ¿ahora tú también me amenazas apuntándome con un arma? –preguntó Yamato.
–Exacto. Haría lo que fuera para salvar a quien me importa. –dijo Sora con lágrimas en los ojos. –Los seres humanos somos así. Está en nuestra naturaleza. ¡Sálvalo!
–Dispárame. Morir a tus pies no está tan mal. –dijo Yamato. Entonces, Sora fue bajando el arma, consciente de que estaba reaccionando igual que había reaccionado Taichi cuando ella misma había estado intentando convencerlo de lo contrario.
–Sora. –dijo Taichi extremadamente debilitado. Al escucharlo, Sora volvió a ponerse a su altura. –No te preocupes por mí. Cura a Meiko.
Sora miró a Yamato con la mirada empañada en lágrimas.
–Taichi, Meiko ya está curada. Yamato lo ha hecho. –mintió Sora para que Taichi pudiera morir tranquilo y en paz consigo mismo, consciente de que Yamato no iba a curar a nadie. –Se ha curado y está bien.
–¿De verdad? Qué alivio. –dijo Taichi. Éste hizo un último esfuerzo para mirar a su mujer, que seguía en la cama. –Meiko, te he causado tantos problemas.
Meiko simplemente lo miraba de manera dulce, pero debido a su demencia, no era consciente de lo que ocurría a su alrededor.
–Sora, gracias. –dijo Taichi.
–¡Taichi, Taichi! –pero Taichi ya no respondió, aunque sí tenía una expresión de alivio en su cara. –¡Taichi, Taichi!
Sora se resistía a creer que su mentor y amigo hubiera muerto. Taichi había sido como un hermano para ella.
–¡¿Por qué no lo has salvado?! –le gritó Sora a Yamato incorporándose y cogiéndolo de la pechera. –¡¿Tanto disfrutas de que la gente muera a tu alrededor?!
–Si lo hubiera hecho, ¿habría resuelto algo? –preguntó Yamato. Al decir aquello, Sora lo soltó. Entonces, Yamato miró a Meiko, que seguía jugando con el osito. –Si la hubiera curado, esta mujer no habría dejado de recordar la muerte de su hija durante toda su vida. ¿Crees que habría sido feliz así?
–Chiharu, el sukiyaki está listo. Ven a comerlo conmigo. –dijo Meiko alegremente haciendo los gestos de estar sirviendo la comida.
–Taichi habría entrado en prisión, debiendo dejar a su mujer atrás. ¿Habría sido él feliz así? –preguntó Yamato. Sora seguía con lágrimas en los ojos, pero no podía negar que a Yamato no le faltaba razón, y le fastidiaba mucho.
Continuará…
