Capítulo 12. Traidor.
En el edificio de la sede de la Farmacéutica Nishijima, la enorme sala de prensa estaba preparada. Los periodistas también estaban posicionándose en sus lugares mientras ultimaban los últimos detalles antes del comienzo de la rueda de prensa. Otros periodistas, incluso estaban conectando en directo con sus programas.
–Estamos en directo informando desde la sala de prensa de la Corporación Farmacéutica Nishijima. Su presidente, Daigo Motomiya no ha llegado todavía.
Ken Ichijouji, en un lateral de la sala de prensa, llamó por teléfono a Jou mientras esperaba la aparición de Daigo.
–Jou, soy Ken. ¿Te ha llegado un joven de pelo castaño oscuro ahogado? –preguntó Ken.
–¿El cuerpo de un joven ahogado? –preguntó Jou desde su sala de autopsias mientras ésta veía en directo la rueda de prensa que todavía no había comenzado. –No, no nos ha llegado ningún cuerpo con esas características.
–De acuerdo, no importa. –dijo Ken desde la entrada de la sala de prensa del edificio de la empresa de Daigo. Al otro lado de la sala, Yamato lo observaba oculto en unas gafas de sol. Pero se las quitó al ver entrar a Takeru, que se dirigía con decisión hacia las puertas que se acababan de abrir y por las que entraría Daigo Motomiya.
–El Presidente Motomiya acaba de entrar en la sala de prensa. –informaba la periodista. Maki Himekawa también permanecía atenta desde su despacho.
Por la puerta de los periodistas, también entró Sora Takenouchi. Enseguida localizó a Yamato apoyado en la pared de un lateral de la sala. Se fijó que miraba hacia Daigo, que estaba dirigiéndose hacia el estrado, y después vio a Takeru que se dirigía hacia Daigo.
Antes de que Daigo pusiera un pie en el escalón para subir, Takeru lo agarró del brazo para detenerlo. La primera reacción de Daigo fue huir, consciente del poder de Takeru y de que se trataba del asesino de su hijo, pero él lo detuvo y le susurró en el oído.
–Ken Ichijouji quiere matarte. –dijo Takeru. –Aquí estás en peligro, ven conmigo.
Takeru echó a andar seguido de Daigo. No sabía por qué, pero intuía que era mejor hacerle caso. Ken, que lo vio, se comunicó con sus subordinados como si le hablara al interior de su chaqueta.
–Takaishi nos ha traicionado. Pasamos al plan B. –dijo Ken, que siempre contó con la opción de que Takeru lo traicionara. Lo que no esperaba era que su costado fuera atravesado por una navaja que sujetaba el mismísimo Daisuke Motomiya. –Daisuke. Sigues vivo.
Entonces, el joven sacó la navaja y la camisa de Ken comenzó a tornarse roja. Ken Ichijouji se desplomó en el suelo mirando hacia arriba.
Fue entonces cuando los periodistas se dieron cuenta de que alguien se había desplomado.
–¡Llamad a una ambulancia! –exclamó un periodista al ver a aquel hombre en el suelo.
Ante el jaleo, Daigo Motomiya, que todavía no había llegado a la salida, se giró para ver a su hijo intentando escapar de los agentes de Ken. ¿Acaso no estaba muerto? No entendía nada. Pero su primera reacción fue correr hacia su hijo.
–¡Daisuke!¡Daisuke! –gritó Daigo. Daisuke miró a su padre por un momento, pero después huyó bajo los flashes de las cámaras de algunos periodistas. Pero no llegó muy lejos al ser retenido por un agente de la Agencia Nacional de Policía. –¡Dejadlo!¡No toquéis a mi hijo!
Daigo separó a los agentes de su hijo y se abrazó a él por detrás.
–¡Este es mi hijo! –exclamó Daigo.
–Papá. –dijo Daisuke sorprendido por la actitud de su padre. Lo dijo como si realmente se sintiera orgulloso de él, cosa que no ocurría desde que él era muy pequeño.
–Gracias a Dios que estás vivo. –dijo Daigo poniendo sus manos en las mejillas de su hijo, como si fuera a desvanecerse en cualquier momento para abrazarlo después. Mientras tanto, Daisuke intentaba asumir que su padre realmente lo quería. Aunque le había costado mucho. Parece verdad eso que dicen que uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde, y Daigo necesitó creer que su hijo estaba muerto para arrepentirse del trato que le había dado.
Una vez que se reencontraron, Daigo, junto a su hijo se apartaron de allí para dejar de ser el centro de atención. Eso sí, seguidos de los agentes de la Agencia Nacional de Policía.
Fue entonces que Yamato abandonó la pared en la que estaba apoyado para dirigirse hacia el cuerpo herido de Ken Ichijouji.
–¿Debería curarte? –preguntó Yamato a un desvalido Ken.
–Me niego. –dijo Ken con orgullo.
–Entonces, ¿quieres que le pida a Takeru que alivie tu dolor? Pareces preferirle a él. –dijo Yamato, refiriéndose a la muerte como forma de aliviar el dolor. Fue entonces que Takeru también se acercó a Ken, poniéndose al otro lado del cuerpo y quedando la mano de Dios y la mano del Diablo frente a frente. –Takeru, alivia su dolor.
Takeru se agachó y extendió su mano hacia Ken.
–¡Para! –exclamó Ken. Takeru se detuvo justo antes de rozarlo.
–No me des órdenes. –dijo él. –Seré yo quien decida cómo uso mi poder.
–¿Qué quieres decir? –preguntó Ken cada vez más debilitado. –No te permitiré algo así. Yo soy quien debe controlar tu poder.
Takeru le cogió del hombro y lo apretó ante la mirada de miedo de Ken al sentir su mano. Pero no notó que muriera. Al menos, no por Takeru, sino por la herida que le provocó Daisuke Motomiya.
–No obedeceré órdenes de nadie. –insistió Takeru. Finalmente, lo soltó y volvió a levantarse, haciendo que Ken comenzara a hiperventilar, no sólo por su herida, sino por la tensión que estaba viviendo al haber perdido el control sobre Takeru.
–¿Es así como vas a actuar? –preguntó Yamato.
–Sí. –respondió Takeru.
Entonces, Yamato miró hacia la sala y levantó su mano, llamando todavía más la atención.
–¿No eres Yamato Ishida, al que absolvieron recientemente de todos los cargos por el asesinato de tres jóvenes? –preguntó un periodista, que lo había reconocido. Era un caso demasiado reciente y sonado como para haber sido olvidado. Si de por sí la rueda de prensa ya suscitaba mucha atención, lo que no sabían los periodistas es que todavía iba a suscitar más expectación si cabía.
–¿Qué?¿Por qué está usted aquí? –preguntó otra periodista. Los periodistas y las cámaras rodearon a Takeru, a Yamato y a Ken. Una vez que Yamato consiguió atraer la atención, se agachó junto a Ken y le levantó la camisa, dejando ver la sangrante herida.
–Pero, ¿qué hace? –se preguntaban los reporteros.
–Para, no me toques. –le pedía Ken. Había intentado por todos los medios que nadie se enterara de las habilidades de Yamato, y finalmente, todo el mundo se iba a enterar de lo que tanto había querido evitar, siendo él el paciente. Yamato levantó su mano para que a todos les quedara claro que no tenía nada en ella. A continuación, la bajó despacio hasta posarla sobre la sangrante herida de Ken.
–¡Noooo! –gritó Ken.
La herida y la sangre fueron desapareciendo ante la atónita mirada de todos.
–¡La herida ha desaparecido! –exclamaban los periodistas asombrados.
–¡No hay ni rastro de ella! –comentó otro.
–¡Sólo le ha tocado con la mano! –dijo otra reportera.
Ken se incorporó.
–¿Es esto real?
–¿Cómo es posible?
Yamato se levantó y levantó su mano para que las cámaras lo grabaran bien.
–Mi mano puede curar cualquier enfermedad o herida. –explicó Yamato.
–¡Es un milagro!
–El poder existe. –musitó Jou desde la sala de autopsias, que hasta que no lo vio emitido en directo con sus propios ojos no acababa de creérselo.
–Mierda. –farfulló Maki desde su despacho.
Los transeúntes que iban por Tokio lo vieron en la pantalla gigante de una de las zonas más céntricas de la ciudad. En realidad, todo el país lo había visto en su televisión. Esta vez sí que se había hecho público y ni siquiera Ken Ichijouji había podido evitarlo.
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Una vez que el "circo" que se había montado en la sala de prensa se había disipado, Takeru se quedó sentado en una de las sillas de la sala de prensa, justo al lado de donde Ken había sido apuñalado.
–No mataste a Daisuke.
Flashback.
–No me mates. –dijo Daisuke mirando por un instante hacia atrás para ver la altura a la que podría caer. Takeru extendió su mano y cogió a Daisuke del cuello. –¡Para!
–No voy a matarte. –dijo Takeru. –Ken Ichijouji está mirando. Déjate caer al agua como si te hubiera matado.
Daisuke se dejó hacer y sujeto del cuello, Takeru lo empujó hacia atrás, cayendo al agua.
Fin del flashback.
–Así que eso es lo que pasó. –dijo Sora cuando Takeru le contó que fingieron la muerte de Daisuke –¿Por qué hacer creer que había muerto?
–Para poder salvar una vida. Aunque me hubiese negado a obedecer a Ken, alguien lo habría matado en mi lugar. Así que preferí fingir haberlo matado y dejarlo escapar.
Sora se sentó en la silla de delante de Takeru.
–Has salvado a padre e hijo. En cambio yo, he sido incapaz de salvar la vida de Taichi. –dijo Sora atormentada por la reciente muerte de su amigo, mientras le caía una lágrima.
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–¡Esto es un insulto! –decía Maki por teléfono desde su despacho. –Utilizar tu cuerpo para mostrarle al mundo su poder. Al menos la rueda de prensa de Daigo ha sido cancelada, lo que me ha evitado muchos problemas y me permite ganar tiempo. Pero no tenemos mucho tiempo. Haz algo, y rápido.
–Entendido. –dijo Ken colgando el teléfono y tirando la camisa manchada de sangre tras haberse cambiado. Con rabia y desprecio, se tocó el lugar donde había tenido la herida.
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Para Ken no supuso ningún esfuerzo atrapar a Kenta Ninomiya. Él ni siquiera tuvo que salir de la Agencia Nacional de Policía. Tan sólo bastaba con ordenar a sus subordinados que lo llevaran allí.
En menos de una hora, Kenta estaba encerrado en una sala de interrogatorios frente a Ken Ichijouji, mientras otro agente preparaba dos cámaras para grabar lo que ocurría allí dentro.
Tras el interrogatorio, Ken se dispuso a analizar la grabación.
–Sí, hace dieciocho años secuestré a Yamato Ishida y nos fuimos de Ryukoku. –decía un asustado Kenta.
Flashback.
Yamato Ishida, siendo todavía un niño, estaba delante de un señor mayor en silla de ruedas, mientras que Kenta, que lo sujetaba por detrás, le animaba a utilizar su poder.
–Va, ¿qué pasa? Adelante.
Fin del flashback.
–Quería hacer dinero con él curando a gente rica. Pero no me hacía caso.
Flashback
Una vez que llegaron al cuchitril en el que vivían, Kenta le dio un bofetón a Yamato.
–¿Por qué no le has curado? –preguntó un enfadado Kenta. –Para ti es muy fácil.
Fin del flashback.
–No importaba lo que le hiciera, no hacía nada. Tan sólo me miraba con esos fríos ojos que se volvían espeluznantes. Así que, cuando comprendí que no iba a conseguir nada, lo abandoné y huí. Si no utilizaba su poder, no me era de utilidad. Entonces, ocho años después, me encontré con él de casualidad. Lo reconocí inmediatamente.
Flashback.
Kenta trabajaba de vigilante en lo que parecía ser una fábrica. Mientras hacía una de sus rondas nocturnas, se percató de que había cuatro jóvenes. Tres de ellos reían animadamente, pero el único chico rubio permanecía con gesto impasible. No estaban haciendo nada, tan sólo charlaban, aunque no debían de estar allí.
A pesar de que Kenta estaba escondido, no podía evitar mirarlo.
Fin del flashback.
–Seguía teniendo la misma mirada. Si hubiera utilizado bien a Yamato, podría estar viviendo entre lujos y nadando en la abundancia. Así que, volví a obsesionarme y decidí que tenía que controlarlo para utilizar su poder. Preparé una cámara y la escondí. Necesitaba pruebas. Decidí herir a esos chicos para que Yamato los curara. De esa forma, llenaría mis manos de dinero. Mi razonamiento me decía que si hería a sus amigos, los curaría.
Flashback.
Kenta, saliendo de la nada, apuñaló por sorpresa a los tres amigos de Yamato, que estaba allí parado sin hacer nada. Cuando terminó de apuñalarlos, Kenta se dirigió a la cámara que previamente había puesto a grabar y se dirigió hacia Yamato, haciendo caso omiso a los jóvenes que se quejaban de dolor.
–Va, Yamato. Hazlo. Utiliza tu mano para curarlos. –decía Kenta Ninomiya. Pero Yamato no hacía nada. –Venga, ¿a qué esperas? Hazlo como sueles hacer. ¿Qué estás haciendo? ¡Date prisa! ¿O es que quieres matarlos?
–Si no los curo, ¿soy yo el asesino? –dijo Yamato.
–¿Qué dices? –preguntó Kenta mientras veía como Yamato se le acercaba. –Aléjate. ¡Aléjate de mí!
Fin del flashback.
–Pero Yamato no los curó. Y por eso murieron aquellos muchachos. –confesó Kenta. –¡No es culpa mía! Fue su culpa dejar que sus compañeros del orfanato murieran por no curarlos cuando se lo pedí!
–Menudo canalla. –musitó Ken al ver la confesión completa de Kenta.
–¡Yamato ha desaparecido! –dijo un agente interrumpiendo los pensamientos de Ken.
–¿Cómo que ha desaparecido? –preguntó Ken. ¿Cómo era posible, teniéndolo tan vigilado?
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Sora y Yamato habían decidido escapar de la vigilancia de Ken. Como ahora trabajaba para él, no le fue difícil engañar a sus nuevos compañeros de trabajo. Pero antes de huir, llamó a Jou y pasó por casa para preparar una pequeña maleta.
–Aiko, mamá tiene que irse de viaje unos días, así que tienes que hacer caso a Jou. Sé buena chica, ¿de acuerdo? –preguntó Sora.
–Sí. –dijo Aiko.
–Jou, siento haberte pedido este favor tan de repente. –se disculpó Sora. Aunque se quedaba más tranquila si Aiko se quedaba con él. Al fin y al cabo, era médico y sabría cómo actuar en caso de que a Aiko le diera una crisis.
–No te preocupes. Lo pasaremos bien. –dijo Jou.
–Bueno, me voy. –dijo Sora dando un abrazo a su hija. –Adiós.
–Mamá, cuídate y buena suerte. –dijo la niña siguiéndola hasta la puerta.
Una vez que Sora se despidió de su hija, bajó al garaje y se montó en su coche, donde la esperaba Yamato.
–Jamás me habría imaginado que dejarías a tu hija con otra persona por acompañarme. –dijo él.
–Es mi trabajo garantizar tu seguridad, pero no voy a informar a Ken de nuestro paradero. –dijo Sora mientras se abrochaba el cinturón y arrancaba el coche. –Me hiciste elegir entre salvar o no a la mujer de Taichi. Pero no sé si la respuesta que di fue la correcta o no. Pero ahora lo entiendo. Al igual que me pasó a mí, siempre te has visto obligado por los sentimientos de la gente. Siempre obligado a cargar con el peso de la vida de los demás.
–No has comprendido nada. –dijo Yamato. –Ni si quiera Takeru lo comprende.
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Mientras que Sora y Yamato huían del foco de la policía y del foco mediático, los medios de comunicación no hablaban de otra cosa que no fuera la mano milagrosa de Yamato Ishida. Los periódicos se estaban vendiendo como churros desde que se hicieron eco de la noticia. Yamato y la foto curando a Ken estaba en portada bajo grandes titulares. Ocurría lo mismo en los diarios electrónicos y en las redes sociales.
Los periodistas estaban atestados a las puertas del Hotel Lastat, donde se rumoreaba que hasta ahora se había estado alojando Yamato en una suite, aunque ignoraban que se alojaba allí gracias a Daigo Motomiya y Maki Himekawa. Los periodistas exigían ver a Yamato, pero no sólo los periodistas mostraban su interés, sino personas y padres con sus hijos enfermos para que fueran curados por aquel hombre de manos milagrosas.
El personal, la seguridad del hotel e incluso los agentes de la Agencia Nacional de Policía no daban abasto para disolver aquella avalancha de gente. No importaba que dijeran que Yamato ya no estaba allí, la desesperación de la gente era mucho más fuerte.
En el hospital en el que estaba ingresada Yuuko Kamiya, Hikari también percibió que algunos pacientes comenzaron a revolucionarse.
–¡He dicho que no voy a operarme! –exclamó un paciente mientras que su médico intentaba tranquilizarlo infructuosamente. –¿Acaso no es más efectivo y confiable el tratamiento de Yamato Ishida?
–Pero, Señor, debe descansar. –le decía el médico.
–¡No me fío de los médicos!¡Quite sus manos de encima! –decía el paciente.
La existencia de la mano de Dios ya no era un secreto para nadie.
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Tras todo el revuelo que ocasionó Yamato, Takeru decidió ir a casa de sus padres. Estuvo unos minutos mirando la tumba de Patamon. Entonces, decidió que ya era hora de hablar con sus padres, que tomaban un té tranquilamente mientras leían el periódico.
–Papá, Mamá. Gracias por todo. –dijo Takeru sentándose a la mesa con ellos. –Me voy.
–¿Qué quieres decir? –preguntó Natsuko, intuyendo que no quería decir que se iba a su apartamento.
–Que no dejo de atraer problemas. –dijo Takeru.
–¿A qué te refieres? –preguntó Shinji, intuyendo la respuesta de su hijo.
–Quizás no me creáis, pero…
–¿Es sobre tu poder? –preguntó Shinji interrumpiendo a su hijo.
–¿Lo sabéis? –preguntó Takeru.
–Lo sentimos, Takeru. Lo sabemos todo, pero no podíamos hacer nada. Cuando salvaste a Shiho de Patamon lo confirmamos. –dijo Shinji. Shiho, que bajaba también a tomar un poco de té, se detuvo tras la puerta que daba acceso al salón mientras escuchaba compungida. –No sabíamos cómo aceptar tu poder.
–Siento haberos preocupado. Estaré bien. –dijo Takeru intentando tranquilizar a sus padres, que se encontraban apesadumbrados. –Os estoy realmente agradecido por todo lo que habéis hecho por un monstruo como yo.
–Takeru. –dijo Natsuko al ver a su hijo que se levantaba.
–¡No eres ningún monstruo! –dijo Shinji. –Sólo eres nuestro hijo. No importa lo que ocurra, siempre estaremos a tu lado.
–Gracias. –dijo Takeru. Los tres se fundieron en un abrazo que ninguno tenía ganas de romper. –Es hora de irme.
–¿Dónde irás? –preguntó Shinji.
–Voy a investigar a Yamato Ishida. –dijo Takeru.
–¿A Ishida? –preguntó Shinji. Natsuko miró a su marido como temiendo que su hijo se metiera en algo demasiado peligroso.
–Yamato tiene un poder opuesto al mío. Es un poder que puede romper el equilibrio del mundo. Quizás, mi poder existe para detener el suyo.
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Flashback.
–¡Mamá! –decía un niño pequeño corriendo hacia su madre, que se marchaba con un bolso en la mano.
–¡Yamato, no! –dijo un hombre deteniendo a un niño de no más de cinco años. El niño no paraba de llamar a su madre, pero aquel hombre lo detuvo. –El pueblo te necesita.
Tras una última mirada, la mujer se perdió por el camino.
–¡Mamá, no me dejes solo!
Fin del flashback.
Yamato Ishida abrió los ojos. No había día que no soñara con aquel momento. Desde entonces, comenzó su infelicidad. Al abrir los ojos, vio que Sora lo tenía sujeto de la muñeca. Había absoluto silencio, sólo roto por el sonido de las olas del mar.
–Tenías una pesadilla. –dijo Sora. –Incluso te escuchaba desde afuera. ¿Quieres beber algo?
Pero Yamato no contestó. Seguía sentado en la cama, vestido con una camiseta negra de tirantes y pantalón negro de chándal.
–Tienes la cara roja. ¿Estás bien? –preguntó Sora intentando ponerle la mano en la frente para comprobar si tenía fiebre. Desde que habían llegado a la casa en la que ella pasó su infancia, Yamato no había pronunciado palabra. Tan sólo se acostó a dormir aludiendo que necesitaba descansar.
–No me toques. –dijo él apartando un poco la cara. –Déjame solo.
–Pero…
–¡Sal de aquí! –exclamó él. Sora intuyó que aquella pesadilla lo había afectado más de lo que creía, por lo que decidió hacerle caso, pero antes de salir, se giró hacia él.
–No comprendo qué clase de sentimientos has debido de experimentar hasta ahora, pero no tienes por qué soportarlo solo. –dijo Sora. –Es una carga demasiado pesada para que la lleves solo. Aunque estés a punto de ser aplastado, no quieres ayuda convencido de que nadie te comprenderá. Si hay algo que quieras hacer, dilo claramente. Si hay algo que quieres, ¿no deberías intentar conseguirlo?
Entonces Sora se giró, pero justo cuando estaba a punto de salir, Yamato la detuvo por la muñeca, le dio la vuelta y la abrazó.
–El viento sopla. Se avecina tormenta.
Continuará…
