A/N: Hola mis queridos Querubines, esta historia está inspirada en esas parejas que no tienen miramientos a la hora de decirse las cosas en la cara, esas personas que son capaces de llevarse al extremo y saben que a lo mejor no es sano, pero que a final de cuentas prefieres una última discusión con él/ella, a una vida sin haberle conocido. El soundtrack para este capítulo es "Once upon a time in america" de Enio Morricone. Saludos.

La Gruya Enjaulada

La había visto tres o cuatro veces en toda su vida, si realmente se sinceraba consigo mismo la información que tenía sobre ella era por su habilidad para indagar y espiar; siempre que la veía tenía aquella expresión ilegible con aquel semblante frío característico en su rostro, generalmente eran por encomiendas específicas de su maestro que acudía a Lemuria, conforme los años pasaban anhelaba esos momentos pequeños donde podría verla aunque fuese tan solo por unos minutos.

Su presencia constante era un fantasma en su cabeza, desde aquella primera vez que la había visto salir a recibirle para guiarlo dentro de aquella torre, hace trece años; de andar altanero, mirada desafiante, y su melena tan sedosa a la vista, siempre que la veía tenía que frenar su mano para no alcanzarla y tocarla, para no dejarse llevar por aquella inercia. La impresión que había provocado en él había sido tal, aquella primera vez, que no dejaba de revivir su encuentro con la aprendiz. Repasando su nombre en su cabeza una y otra vez… Yuzuriha.

Era solamente cuestión de tiempo para que su maestro notase la profunda impresión que Yuzuriha había provocado en aquel chico que consideraba su hijo, ya que Manigoldo no era de la clase de muchachos que soñaba despiertos o emitía pequeños suspiros imperceptibles a cualquier hora del día.

Cualquiera que conociera al caballero dorado de Cáncer te diría que era un ser sumamente frío, carente de apegos emocionales, listo para la batalla, arrogante, percibido incluso como prepotente, sin embargo su maestro conocía la realidad de su discípulo mejor que nadie. Un joven callado, retraído en su interior, de emociones intensas y complicadas, difíciles de entender, por lo que no le sorprendía para nada que con tan solo unos poco encuentros le hubiese bastado para decidir tan rotundamente que la joven era merecedora de sus sentimientos.

Desde aquel momento el juego del amor lo tuvo muchos años jugando en una especie de estire y afloja difícil de resistir para él, en donde siempre que tenía una oportunidad preguntaba por la discípula del hermano de su maestro, velando por la vida de la joven en más de una ocasión.

No habían intercambiado muchas palabras entre ellos, generalmente se limitaban a conversaciones sumamente superficiales o respecto a las misiones, todo había sido así entre ellos, casual y profesionales; hasta aquella tarde donde recibió aquella misión peculiar de su maestro.

Estaba en el templo mayor hincado frente al gran patriarca, mientras esperaba el plan de marcha, jamás se imaginó que tendría un compañero en aquella misión, mejor dicho una compañera.

Reconocería su cosmos donde fuera, y al sentirla entrar a aquel lugar, sintió inmediatamente su latir acelerarse, reprendiéndose internamente por aquella reacción tan estúpida, la misión era simple, reconocimiento en Italia, ubicar a los pueblos amigos y enemigos, reclutando de ser posible jóvenes para la causa. Sería una misión larga eso era claro, tres meses como mínimo… tres meses donde el único rostro que vería sería el de ella.

…..

-No entiendo por qué no quieres detenerte a pedir indicaciones—bufó exasperada la candidata a la armadura de la gruya, mientras miraba al caballero dorado de cáncer dar vuelta una vez más en aquel recodo que acababan de tomar hacía menos de una hora. Porqué simplemente no admitir en voz alta lo que ya sabían ambos.

Estaban perdidos, eso era obvio, la cuestión era saber que tanto se habían distanciado del camino, pero eso solamente lo sabrían si se paraban a preguntarle a algún lugareño como lo había sugerido hacía menos de tres segundos, cosa a la que Manigoldo se negaba rotundamente

-Sé exactamente donde estamos, mujer—repitió por enésima vez el aludido, masticando cada palabra entre dientes, a punto de perder sus estribos.

-De ser así no habríamos pasado por aquel árbol que marqué… hace una hora por cierto—dijo con todo el sarcasmo impregnado en su voz, Manigoldo cerraba sus puños intentando por todos los medios no soltarle un golpe y recordándose que ésta era la chica que había ocupado su mente y corazón durante toda su juventud y adolescencia prácticamente.

La volteó a ver con el rabillo del ojo, no admitiría que estaban perdidos, porque no lo estaban, simplemente se había distraído un poco al verla correr frente a él, no le ayudaba para nada ver semejantes muslos torneados, con aquella ropa que no cubría mucho dejando poco a la imaginación, y su rostro, su aroma y su melena… bufo exasperado, volteando a cualquier otro lado intentando concentrarse en el mapa que sostenía, y no en la incómoda erección que iba y venía desde hacía media hora.

-Si mal no recuerdo tu misión era acompañarme y asistirme mujer, así que se una buena asistente y cállate—dijo secamente, impregnándole más veneno a su voz del que quería, sorprendiéndose y de paso a ella, se pasó la mano por la cara intentando calmarse un poco, emitiendo un respiro largo. Su voz era meliflua para él, simplemente escucharla decir su nombre por primera vez, fue sentir una descarga de corriente eléctrica recorrerle el cuerpo.

"Excelente Manigoldo, muy bien, seguro estas provocando una excelente impresión en ella" su mente le gritaba irónicamente mientras pensaba que esto no podría ser peor, por lo menos eso pensaba. Yuzuriha simplemente se cruzó de brazos volteando a ver el mapa, intentando descifrarlo.

Estaban perdidos en medio de un bosque en Italia, no sabían exactamente en qué parte del bosque, o de Italia si eran exageradamente sinceros, el horizonte mostraba los primeros rayos del ocaso a lo lejos, y para colmo un cumulo de nubes comenzaba a formarse, fuertes relámpagos se escuchaban en los cielos, oscureciendo todo como por arte de magia desatando una lluvia torrencial, se movieron rápidamente dentro del follaje para intentar cubrirse de la tormenta que caía.

Sin embargo el monzón no conocía de jerarquías o misiones, mojando por completo el mapa y de paso dejándolo inservible para su posterior lectura y uso, la joven gritó exasperada.

-Perfecto—sus manos golpearon la corteza de un árbol seco, logrando partirlo para arrancando la madera y colocándola a manera de refugio encima de otras ramas—simplemente perfecto, ahora no tenemos mapa, estamos completamente mojados y sin saber a dónde ir, eres un excelente líder Manigoldo—

El caballero volteó a verla con sus ojos llenos de ira, eso era evidente para ambos, hasta toparse con aquella imagen que él simplemente no se esperaba, las vendas que normalmente la cubrían estaban empapadas, brindando una imagen de su escote, completamente transparente, el chaleco que llevaba encima se ceñía como una segunda piel a su cuerpo, lo mismo de aquellas bermudas, las formas completamente a la vista y Manigoldo cerraba sus puños, mientras los volvía a abrir, un nuevo calor apoderándose de su mirada.

-Ahora piensas culparme de la lluvia mujer—dijo con su voz sedosa arrastrando las palabras, mientras se volteaba a otro lado, intentando por todos los medios no tomarla en ese momento y lugar, intentando no ceder ante los impulsos más bajos de su ser.

-No soy estúpida—lo tomó del hombro y lo volteó—mírame cuando te hablo, no te estoy culpando por la lluvia, pero si te culpo de la situación, si hubieras preguntado a un lugareño como te sugerí mmmmhhhh—la tenía que silenciar de alguna manera, y en aquel momento con el frio y la lluvia que caía a cantaros no se le ocurrió mejor manera de callarla que besándola.

Todo en su vida había sido así, desde que era pequeño estaba acostumbrado a tomar todo por su voluntad, en el momento que quería, esta vez no sería la diferencia, los años de espera, los sentimientos en su interior, el cumulo de emociones, la admiración, el deseo, simplemente había sido demasiado, no podía tolerar tenerla otra semana cerca de esta manera sin hacerla suya.

Cuál sería su sorpresa al sentir una respuesta por parte de la joven entre sus brazos, correspondiéndole con el mismo fervor y sentimiento, besándolo con ira, con coraje, la tomó de la cintura, pegándola a su cuerpo por completo, dejó caer la caja de Cáncer detrás de él, mientras dejaba sus manos vagar por el cuerpo de ella, sintiendo como se arqueaba de manera deliciosa contra sí.

-Es tu culpa—soltó sin aliento Yuzuriha, mientras volteaba a verlo a los ojos, con renovados bríos, provocando una risa estridente en él, que asentía con la cabeza admitiendo su culpa. Para después volverla a tomar entre sus brazos y besarla como si la vida se le fuera en ello, sintiendo en su interior un alivio inaudito.

No sabía por qué le había respondido aquel beso, simplemente lo hizo porque así lo había sentido, porque así lo había querido, todo con aquel hombre provenía de las entrañas, sus respuestas, lo que provocaba en su interior, jamás había perdido tanto los estribos en su persona, hasta que lo había conocido a él. Desde la primera vez que lo había visto provocó un desequilibrio en su persona, por lo que se había prohibido a sí misma ahondar en el caballero dorado más de lo necesario.

Manigoldo era un factor volátil para ella, de sentimientos extraños y volubles, se había negado tanto tiempo a sí misma la oportunidad de conocerle que en el momento en que la convivencia se había extendido tanto tiempo reventaba a cada oportunidad que tenía contra él, todo para provocar en él esas reacciones que ella sentía en su interior, no era justo que simplemente ella estuviese tan desequilibrada por él. Siendo sorprendida de una manera impresionante cuando sintió sus labios en los suyos, solamente aquello había logrado calmar su ansiedad.

Se besaron como si la vida se les fuera en ello, no importándoles la situación, el poco refugio que tenían, que estuviesen enterrando los pies en fango, no les importó nada, ella se aferraba a sus hombros, mientras sentía un rastro de fuego recorrer su cuerpo, las manos de Manigoldo dejaban explosiones por donde atravesaban. Y así como inició lo detuvo, de una manera abrupta alejándose de él inmediatamente.

-¿Qué sucede?—preguntó el caballero, mientras intentaba acercarse a ella.

-No, no puedo permitirme seguir con esto es una ofensa…-sin embargo Manigoldo no la dejó terminar.

-Ofensa… ¿ofensa?, ¿es una ofensa vivir lo que sientes en el momento que lo sientes?, eso es una ofensa, estas muy equivocada Yuzuriha, puede que yo perdiera el camino, pero estas tan encerrada en ti misma que te has perdido dentro de tus cavilaciones mentales—bufó exasperado y frustrado mientras la miraba, los ojos de la joven abiertos de par en par, mientras escuchaba aquella verdad dolorosa provenir de aquellos labios que hacía menos de cinco minutos atrás la habían llevado al cielo.

Después de aquello la misión había sido cumplida en total silencio, de vez en cuando sus miradas se encontraban en las noches, cargadas de aquel calor y fuego que habían experimentado juntos en ese beso, sin embargo nadie hacía referencia a esa noche que se encontraba en su pasado, y cuando volvieron al santuario, cada uno regreso a sus vidas y rutinas.

…..

Es noche sería la última para él, estaba seguro, porque jamás permitiría que su maestro fuese solo a enfrentar a los dioses gemelos, es irónico como el hecho de estar tan consiente de tu próxima muerte pone en perspectiva las cosas para ti, acababa de encerrar al caballero de Pegaso en las celdas, el muchacho testarudo tenía que sobrevivir un poco más por el bien de todos; ahora en la soledad de su templo en lo único que podía pensar era en ella, y en aquella noche, los recuerdos atestando su cabeza a manera de sentencia… no podría volver a besarla una vez más, a lo lejos escuchó unos pasos queriendo atravesar su templo.

Salió inmediatamente colocándose frente a los trasgresores de la cuarta casa, frente a él los caballeros de unicornio y de la gruya, seguramente al rescate de Pegaso.

-No puedo dejarlo pasar—soltó con voz tranquila, mientras no podía evitar verla portar orgullosa su armadura de plata, se veía endemoniadamente hermosa, con esa mirada altiva, rebelde como solamente ella sabía, sin portar la máscara que le obligaban a las demás, una guerra santa se cernía sobre de los y en lo único que podía pensar era en esa sonrisa sincera que por vez primera le mostraba.

-Yato, vete, yo me encargo del caballero—dijo la joven gruya, mientras tanteaba al caballero, que no se inmutó al momento de ver al joven unicornio pasar a un lado de él.

-¿No te parece que tienes demasiado confianza en ti misma?—soltó con una voz en tono burlón mientras comenzaba a caminar lentamente hasta estar a escasos centímetros de distancia, colocando sus manos en la cintura de la joven—por que ciertamente tienes que pagar el precio para pasar por mi templo—dijo el juguetón, mientras le arrancaba un beso sin miramientos, siendo correspondido inmediatamente por la gruya, que se aferró a él en el acto.

No demoraron mucho en desprenderse de sus armaduras y sus ropajes, quedando completamente desnudos uno frente al otro, admirando lo que tocaban y sentían con su piel. Cuerpo contra cuerpo en una lucha por poder, mientras un cumulo de emociones se apoderaba de los dos.

Pequeñas lágrimas se agalopaban en los ojos de Yuzuriha, pero se negaba a que la última memoria que Manigoldo tuviera de ella fuera la de su rostro con llanto, por lo que sonreía ante la ironía de la situación, sintiendo sus labios recorrer su cuerpo, mientras su espalda en el piso del templo se arqueaba ante la sensación.

¿Cómo había llegado ante aquella situación?, ¿en qué momento había dejado que todas sus emociones se salieran de control ganándole a su razón? Es que siempre era así con Manigoldo, él representaba lo más volátil para ella, y quizás por eso jamás se había permitido ceder ante su necesidad de conocerle, pero ahora en la antesala de la muerte poco importaba si cedía o no, porque aunque fuese solamente esa vez le pertenecería momentáneamente en cuerpo y alma.

Verla recostada de esa manera con su melena extendida como abanico, su cuerpo desnudo y tembloroso ante él, en completa rendición a sus sentimientos, era una buena manera de irse, porque por lo menos una vez podría amarla con todo lo que tenía sin arrepentirse de lo que podría suceder.

Sus senos perfectos, su vientre de paloma, sus piernas rodeando su cadera, sus manos aferrando las suyas, respiración acelerada, mejillas rozadas, mirada fija en sus ojos, dejando que la devorará de todas las maneras posibles que su cuerpo lo dejara, sus manos burdas y ásperas en contraste con su piel blanca, delicada y suave.

Sintiendo cada centímetro, guardando cada rincón en su memoria, permitiendo que su cosmos la acariciara y dejando entrar el de ella, era demasiado el deseo, demasiada la necesidad, entró en ella en una estocada certera, arrancándole un gemido de dolor.

Se movió rápidamente, sin compasión, dejando que sintiera lo mucho que la deseaba, lo mucho que la necesitaba, sintiendo esa mezcla de dolor y anhelo en su interior, mientras por vez primera se reprendía con el pasado, preguntándose por qué simplemente no había ido a ella, por qué se había dejado dominar por el orgullo y por el ego. Ahora la gruya era presa de su amor y su deseo, porque no importaba el tiempo, las vidas que pasaran él la encontraría.

Sus movimientos dentro de ella no eran piadosos o cuidadosos, y Yuzuriha no lo habría querido de otra manera, así era todo con él, fuego que quemaba desde el interior dejando en cenizas todo a su paso, pero ahora no le importaba que la consumiera desde el interior, si eso le permitía ser suya solo esta vez.

-Te amo—su voz sonó fuerte y clara en su oído, arrebatándole el llanto que tenía guardado en su interior, mientras el derramaba lagrimas propias y se movía sin compasión, con furia, mientras sus respiraciones se aceleraban, entremezcladas con los gemidos de placer y dolor de ella, besos eran intercambiados, esa clase de besos que te roban el alma y te dejan sin nada, cada embestida de él era acompañada por un movimiento de cadera de ella.

Sus movimientos cada vez más erráticos, mientras se miraban a los ojos, tratando de ignorar las lágrimas que ambos habían derramado, a punto de alcanzar el cielo juntos, para después bajar al infierno de la realidad una vez más.

Sus manos varoniles aferradas a su cadera, el sonido de sus cuerpos chocando en una colisión primitiva, sudor recorriendo sus cuerpos, mientras el sentía su interior caliente y mojado, su erección firme destrozándola una y otra vez, llevándola a limites impensables para ella.

-Te he amado desde el primer momento en que te vi, has sido presa de mis ojos desde el momento en que te conocí, y juro que no importan las vidas, el tiempo, te volveré a encontrar… Yuzuriha—sonaba agitado, con voz entrecortada por el placer, mientras ella tomaba su rostro entre sus manos, bebiendo cada una de las palabras dirigidas a su persona, una sonrisa en su rostro, lo besaba con dejo y abandono, ¿qué caso tenía ahora negar sus sentimientos?

-Manigoldo—sus ojos cerrados y su boca abierta en mudo placer, mientras se dejaba hacer, alcanzando el cielo juntos, uno en los brazos del otro, la dejó irse sin decirle lo que iba a suceder, su cuerpo mucho más relajado y enfocado a lo que venía.

-Si mueres… prométeme que vendrás por mí—dijo Yuzuriha, mientras volteaba a verlo desde la parte posterior del templo.

-Claro—soltó de buena gana—te encerraré en una pequeña jaula mi amor, espero y mi corazón sea suficiente—dijo sinceramente provocando que ella regresara corriendo a besarlo.

Se besaron una vez más como si la vida se les fuera en ese simple acto, sus manos aferradas a sus cuerpos, frentes unidas, mientras acompasaban sus respiraciones.

-Prefiero ser presa de tu corazón, que jamás haberte conocido—antes de partir de aquel templo para no volverse a ver ella lo dijo por única vez—te amo Manigoldo—