Capítulo 13. Estado de Emergencia.
La noticia de la existencia de un joven con capacidad de curar cualquier herida o enfermedad supuso una revolución en Tokio, aunque era factible que se extendiera a otras zonas del país, o incluso internacionalmente.
Las manifestaciones en Tokio delante de los principales organismos del gobierno se sucedían para que Yamato Ishida estuviera a disposición de todo aquel que lo necesitara, y no que fuera monopolizado por el gobierno.
La situación puso patas arriba al gobierno, y concretamente, a Maki Himekawa, que no sabía cómo atajar la situación, por lo que como solía ser habitual en ella, llamó a Ken Ichijouji para solucionar las cosas.
–¡Durante estos tres días he recibido infinidad de solicitudes relacionadas con Yamato y estoy harta!
–Si Yamato está haciendo tratamientos médicos, eso es jurisdicción del Ministerio de Sanidad y Bienestar Social. –dijo Ken eludiendo responsabilidades.
–¡No hables como si esto no fuera contigo! –le riñó Maki. –¡Te recuerdo que todo esto ha pasado por tus meteduras de pata! Ni siquiera sabes dónde está. Es como una maldición. Así que, antes de que empeoren las cosas, encuentra a Yamato.
Tras colgar, Ken veía cómo en la tele no daban otra cosa excepto cómo Yamato lo curó delante de todo el mundo, o las reacciones de la gente ante la existencia de la mano de Dios.
–¿Qué Dios ha descendido a la Tierra? Las mentes de la gente están siendo reveladas. –dijo Ken para sí.
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Pese a las circunstancias, por fin Daisuke Motomiya había tenido unos días tranquilos. No había salido de su casa desde que su padre se lo llevara de la sala de prensa, pero había decidido abandonar su confinamiento para dar un paseo. Cuando abrió las puertas que separaba la propiedad de la calle, se encontró a Takeru Takaishi allí plantado.
–¿Te rindes, por fin? –preguntó Takeru.
–¿Rendirme? ¿Qué quieres decir? No hay herida de arma blanca en Ichijouji, y por lo tanto, no hay prueba de que lo haya apuñalado. –dijo Daisuke, que parecía que no había perdido ni un ápice de su chulería.
–¿Y la culpa desaparece igual que desapareció la herida? –preguntó Takeru –No sólo hablo de Ken. También hiciste daño a Hikari y a su madre.
Daisuke no quería escuchar más y comenzó a andar pasando de Takeru, pero él lo detuvo y le puso una mano en el cuello, al igual que hizo en el carguero cuando fingieron su muerte.
–¿Qué pensaste cuando creías que estabas a punto de morir? –preguntó Takeru. Daisuke se removió incómodo reviviendo aquel momento. –Recuerda ese sentimiento. Si pones un dedo encima a las Kamiya, te mataré de verdad.
Takeru soltó a Daisuke y este se llevo la mano al cuello.
–Debes expiar tus crímenes. –terminó de decir Takeru.
–Lo mismo te digo, ¿o acaso olvidas lo que has hecho con esa mano? –contraatacó Daisuke.
–Y lo haré… a mi manera. –dijo Takeru.
Desde la puerta de la vivienda, Daigo no perdió detalle de aquella escena.
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En el jardín de la casa frente al mar en la que se refugiaba Yamato bajo la protección de Sora, estaba Yamato tomando un té tranquilamente mientras la detective llamaba a su hija.
–Te llamaré mañana por la mañana. –dijo Sora antes de colgar. –Acuérdate de tomar tus medicinas.
–Sí. –dijo Aiko mientras Jou cortaba algunos ingredientes para la cena. –Vuelve pronto.
–Sí, cariño. Adiós. –dijo Sora. Entonces vio cómo un pequeño pajarito se posó en la mano de Yamato.
–Me pregunto por qué desde siempre las aves se acercan a mí. –dijo Yamato mirando al pequeño animal. –A diferencia de lo humanos, no piden nada.
–¿Por qué utilizaste tu poder enfrente de todos? –preguntó Sora con curiosidad. –Sabías que causarías una conmoción en la sociedad.
–Si todo el mundo conoce mi poder, nadie pensará en monopolizarlo. –contestó Yamato.
–¿Me estás diciendo que lo hiciste para protegernos a todos? –preguntó Sora.
–Simplemente no quiero que me utilicen más. –dijo él sin quitar su vista de su mano. Entonces, estiró el brazo para que el pajarito emprendiera el vuelo, deseando ser ese pajarito.
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Takeru acudió aquella noche al hospital para acompañar a Hikari a la azotea, junto con otros pacientes y familiares para poder ver los fuegos artificiales que solían tirar en la época veraniega.
–Ojalá Mamá pudiera ver esto. –dijo Hikari mirando los fuegos. –Cuando era pequeña, mi padre, mi madre y yo íbamos juntos a ver los fuegos artificiales, pescábamos pececillos, jugábamos a juegos de tiro en puestos de la feria y comíamos algodón de azúcar. Hasta que un día, mi padre nos dejó. Ni si quiera me acuerdo de su cara. La empresa de mi padre no funcionaba muy bien y no quería que asumiéramos sus deudas. Me lo explicó mi madre el otro día. Pero como todavía era una niña, pensé que nos había abandonado. Para mí fue muy triste.
El cielo dejó de estar iluminado, y al igual que se apagó el cielo, también el ruido de la pólvora.
–Parece que ya han terminado los fuegos. La felicidad desaparece en un instante. –dijo Hikari, que no se refería precisamente a los fuegos. –Lo que me importa, desaparece ante mis ojos.
De repente, se escuchó una fuerte explosión a unas calles del hospital. Al estar en la azotea, tanto Takeru como Hikari podían ver la llamarada de fuego.
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Eran las nueve de la noche cuando la comisaría de policía recibió una llamada en la que había tenido lugar una explosión en un edificio. Según aquella llamada, la explosión tuvo lugar en el tejado y se barajaba la posibilidad de que fuera un ataque terrorista.
–¿Por qué tenemos que lidiar con estas cosas cuando estamos tan cortos de personal? –se preguntó Kyotaro Imuna. En poco tiempo, había perdido al que quizás, era el policía con más olfato del cuerpo, Taichi Yagami. Y la discípula de Taichi estaba infiltrada en la Agencia Nacional de Policía, por lo que tampoco podía contar con ella.
–Jefe, tiene una llamada. –dijo Iori.
–Ya la cogeré luego. –dijo Kyotaro, que no tenía tiempo de atender llamadas en ese momento.
–Dice ser el que ha puesto la bomba. –dijo Iori. Aquello cambiaba las cosas. Así que, se dirigió al teléfono y lo cogió cuando el equipo se preparó para localizar la llamada, y poniendo la llamada de tal modo que en esa parte de la comisaría se pudiera escuchar.
–Soy el Comisario Kyotaro Imuna.
–Eso sólo ha sido una demostración. –decía una voz aguda, manipulada y artificial. –El verdadero espectáculo empieza en veinticuatro horas.
–¿Qué quiere decir? –preguntó Kyotaro.
–Tenéis veinticuatro horas, antes de las nueve de la noche de mañana, para que Yamato Ishida cure a todos los pacientes del Hospital General Misumi del barrio de Shinagawa. No quiero que se quede ni un solo paciente sin curar. –dijo la voz. –Si no es así, lo próximo en volar por los aires será el propio hospital. No negociaré.
Tras decir aquello, el terrorista colgó el teléfono.
–Evacuad el hospital ahora mismo. No quiero que se filtre nada sobre la bomba. –ordenó Kyotaro. Cuando los agentes se marcharon a cumplir las órdenes, Kyotaro miró el sitio que había sido de Taichi, donde había un jarrón con flores. –Taichi, ¿cómo me has dejado sólo para resolver estos misterios?
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Tan sólo había pasado media hora desde la llamada del terrorista cuando la policía comenzó a evacuar a los pacientes y familiares con la excusa de un escape de gas en el barrio.
Los sanitarios y familiares ayudaban como podían para evacuar a todo el mundo. La megafonía del hospital informaba de lo ocurrido y rogaba que se mantuviera la calma.
–Hikari, vamos. Ayúdame a evacuar a tu madre. –dijo Takeru poniéndose a los pies de la cama de Yuuko para sacarla de allí.
–Takeru, nosotras nos quedamos. –dijo Hikari.
–¿Por qué? –preguntó él.
–No es ningún escape de gas. –dijo Hikari mirando su teléfono móvil. Cuando ella le pasó su móvil, vio que era cierto.
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Nada más saltar las alarmas, Maki Himekawa, Asakawa Goro, en calidad de Ministro de Justicia, el Secretario Jefe del Gabinete Owada Shiro, y Shigehisa Haru, el Secretario de la Agencia Nacional de Policía fueron convocados a un gabinete de crisis en la residencia del Primer Ministro Takigawa Masahito. El resto de ministros estaban en otras zonas del país de campaña electoral y no pudieron acudir.
–Señor, no es necesario establecer ningún operativo de respuesta especial. –dijo Maki. –Creo que es suficiente con evacuar el hospital. Podemos ocultarlo y mantener la versión del escape de gas.
–Maki, no creo que eso funcione. –dijo Shiro, el Secretario Jefe.
–¿Por qué? –preguntó Maki. –Si los pacientes descubren la verdad del asunto…
–Ya es demasiado tarde. –dijo Haru, el secretario de la Agencia Nacional de Policía. –El terrorista ha filtrado por internet la amenaza de bomba.
–Aunque intentemos ocultar la verdad, los medios se decantarán por la versión de la bomba, y no por la del escape de gas. –dijo el Secretario Jefe del Gabinete.
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El revuelo a las puertas del hospital era total. Los pacientes que ya habían sido evacuados intentaban volver a entrar en el hospital tras haberse filtrado la verdad por medio de las redes sociales. Y los que estaban dentro, se aferraban a seguir allí. Incluso había pacientes llegados de otros centros.
Entre todo el revuelo, un hombre de pelo castaño muy corto y que se notaba que era bastante alto, pero que iba en silla de ruedas, consiguió entrar.
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–A pesar de la amenaza de bomba, muchos pacientes del Hospital General Misumi se niegan a ser evacuados ante la perspectiva de que Yamato Ishida, la mano de Dios, aparezca y cure a todos los pacientes. Además, parece que pacientes procedentes de otros hospitales están intentando llegar a este hospital para ser curados por la mano de Dios. –decía un reportero conectado en directo desde las puertas del hospital, donde se apreciaba el desbordamiento de la policía. –Según nuestras fuentes, después de la explosión producida a las nueve de la noche en el tejado de un edificio cercano a este hospital, la comisaría de Minami Nagawa recibió una llamada del presunto terrorista.
Yamato y Sora se estaban enterando en directo de lo que estaba ocurriendo en Tokio. Ahora, parecía que la pelota estaba en su tejado.
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Dentro del hospital, la policía seguía intentando desalojar a los ingresados, pero éstos oponían resistencia.
–Vamos, Señor. –dijeron una pareja de policías.
–¡He dicho que me quedo aquí! –dijo uno de los pacientes deshaciéndose del agarre de los guardias. –Si me quedo aquí, Ishida me curará.
–¡Dejen de controlarnos y márchense! –exclamó otro que llevaba una percha con un gotero.
–¡Sí, esta es nuestra oportunidad! –dijo una madre que tiraba de la silla de ruedas de su hijo, que parecía tener leucemia.
Takeru, que se había asomado desde la habitación en la que estaba Yuuko, fue testigo de esa desesperación.
–Hikari, Yamato no vendrá, y aunque viniera, no curará a nadie. –le dijo Takeru.
–¿Por qué piensas eso? –preguntó ella mirando a su madre, que seguía sedada. –Yo creo que sí que curará a mi madre, igual que me curó a mí.
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–Para poder recibir tratamiento por parte de Yamato Ishida, dentro del hospital los pacientes se están sublevando contra la policía e incluso están montando barricadas en los accesos. –informaba el periodista mientras en las imágenes, efectivamente, se veía cómo estaban bloqueando los accesos con sillas, bancos de las salas de espera, mesas, etc.
Sora consideró que ya había visto suficiente, por lo que salió fuera para llamar a Takeru.
–Hola Takeru. –dijo Sora. –He visto las noticias. La madre de Hikari sigue ingresada allí, ¿verdad? ¿Sabes cómo está todo?
–Ahora mismo estoy en el hospital con ellas. –dijo Takeru, que se había salido de la habitación para hablar. –No me escucha y realmente cree que Yamato vendrá y curará a su madre. El resto de pacientes piensa igual.
–¿Debería ir? –preguntó Sora.
–¿Estás con él? –preguntó Takeru. –No creo que deba venir. Si viene, creo todavía causará más revuelo.
–Tienes razón. Volveré a llamar. –dijo Sora antes de colgar.
Yamato, por su parte, pensaba qué debía hacer.
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–Señor Ministro, creo que la única opción que nos queda es evacuar el hospital por la fuerza. –sugirió Haru, el Secretario de la Agencia Nacional de Policía al Primer Ministro del país.
–¿Qué haremos si les ocurre algo a los pacientes? –preguntó Maki.
–Pero tenemos que darnos prisa. –dijo Haru. –También necesitamos tiempo para lidiar con la bomba.
–¿Todo esto no ha sido provocado por problemas a la hora de controlar a Ishida? –preguntó el Shiro, el Secretario Jefe del Gabinete. –Al tener ese poder tan especial, ¿no debería el Ministerio de Sanidad y Bienestar Social haber tomado el control de la situación mucho antes? En lugar de utilizarlo para el Ministerio, Maki, lo has utilizado para asuntos personales.
–¡Eso no tiene sentido! –dijo Maki removiéndose incómoda en su asiento al verse atacada. –¿De dónde has sacado esa idea?
– ¿Es eso cierto, Ministra Himekawa? –intervino el Primer Ministro.
–Tu plan era monopolizar el poder de Ishida, ¿me equivoco? –volvió a decir Shiro.
–Señor Secretario, deje de formular conclusiones extrañas. No intente cambiar de tema sólo porque no es capaz de manejar una crisis. –atacó Maki.
–¡¿Cómo?! –preguntó indignado el aludido.
–¡Parad ya los dos! –interrumpió Goro, el Ministro de Justicia, que había estado callado hasta entonces. –Aunque seáis rivales en la campaña electoral, tenemos que estar unidos en esto.
–Si traemos a Ishida, estaremos accediendo a las peticiones del terrorista y la situación se repetirá una y otra vez. –dijo el representante de la Agencia Nacional de Policía.
–Señor Ministro, ¿qué hacemos? –preguntó el Ministro de Justicia.
–No tenemos elección. Dad la orden de evacuación. –dijo el Primer Ministro, que tenía la última palabra.
Tras la decisión, el Secretario de la Agencia Nacional de Policía se marchó para cumplir la orden dada por el máximo responsable del país. Maki se levantó y se dirigió a un carrito desde donde se sirvió agua de una jarra.
–El Primer Ministro se parece al Secretario Jefe. No tiene determinación y es incapaz de manejar una crisis. En situaciones así, necesitamos un líder natural. Maki, ¿no crees que esta es tu oportunidad? –preguntó el Ministro de Justicia, que también fue a servirse agua mientras el Primer Ministro y el Secretario Jefe charlaban ajenos. –Todo el país está pendiente de esto. Si lo haces bien, tendrás el sillón del Primer Ministro mucho más cerca.
Tras el apoyo mostrado por Goro, Maki se salió fuera y llamó a Ken.
–Encuentra a Yamato Ishida rápido. ¿Entendido? –exigió Maki hablando en voz baja.
–Déjamelo a mí. –dijo Ken. Cuando colgó, Ken marcó otro número. –Iré mañana por la mañana.
Entonces, Daigo apareció frente a Ken en la sede de la Agencia Nacional de Policía.
–Señor Motomiya. ¿Qué negocios te traes con la persona que ha intentado matarte a ti y a tu hijo? –preguntó Ken.
–Estaba totalmente consumido por los actos de mi hijo y olvidé mi lealtad. Lo siento mucho. –se disculpó Daigo.
–Es lo que se espera de un padre. –dijo Ken.
–La forma en cómo se ha desarrollado todo con mi hijo ha estado mal, y me siento culpable. –insistió Daigo. –Maki está a un paso de convertirse en la Primera Ministra. Quiero prestar mi ayuda, otra vez. Quería decírtelo a ti antes de ir con Maki.
–Sabia decisión. Se lo haré saber a la Ministra. –dijo Ken saliendo afuera, pero entonces asomó la cabeza hacia Daigo. –Por cierto, ¿te gustaría ver algo interesante?
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A las doce de la noche, la policía irrumpió en el hospital para cumplir las órdenes del Primer Ministro del país. Pero antes de utilizar la fuerza, fueron avisando a los pacientes de abandonar el edificio voluntariamente.
–¡Se ruega a todos los pacientes y familias que abandonen el edificio! ¡Los que no lo hagan serán acusados de obstrucción a la justicia! –decía Kyotaro Imuna por megáfono mientras la policía intentaba despejar los accesos bloqueados por las barricadas que habían montado.
Cuando Kyotaro consiguió asomar la cabeza hacia la recepción del hospital, un montón de pacientes estaban allí plantados con objetos punzantes, amenazando con autolesionarse.
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Hikari había entrado a un cuarto de baño a humedecer una toalla para poder pasársela a su madre por la frente, cuando entró Takeru. Hikari sabía por qué la buscaba.
–Takeru, por más que insistas, no cambiaré de opinión. –le dijo Hikari sin que el joven hubiera abierto la boca.
–Hikari, conocí a Yamato cuando estuvo en la cárcel. –confesó Takeru.
–¿Qué?
–Yo le ayudé a escapar y no sabes cuánto me arrepiento. Me dijo que quería ayudar a todo el que lo necesitara, y yo le creí como un imbécil. –se lamentó Takeru. –Pero no sólo me ha manipulado a mí. Hay más gente que está siendo manipulada por sus palabras y por el hecho de tener ese poder. Muchos de ellos son criminales. Yamato tiene un poder que es mejor no desear. Ni siquiera me extrañaría que esta amenaza de bomba la haya planeado él. No le dejaré venir. Si viene…
–Takeru, ¿no lo entiendes? No me importa la clase de persona que sea Yamato. Sólo quiero que mi madre se cure. ¿Qué tiene de malo confiar en su poder? –dijo ella, ya que fue una de las afortunadas que se benefició del poder de Yamato.
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Ken Ichijouji guió a Daigo Motomiya hasta una sala de reuniones para proyectar en pantalla grande a Kenta Ninomiya, que seguía encerrado en la sala de interrogatorios vigilado por un guardia. Ken tenía un walkie-talkie con el cual comunicarse con él. Ken preguntó por el origen de Yamato, y Kenta se dispuso a contestar.
–Yamato y yo nacimos en Ryukoku. Según la leyenda, en nuestro pueblo, una vez cada varios cientos de años nace alguien con la mano de Dios, capaz de curar cualquier herida o enfermedad. Cuando nace, el pueblo peligra. Intenté utilizar el poder de Yamato para lucrarme, porque tan pronto como alguien resultara herido o enfermara, él podría curarlo. También quería aprovecharme de los que se toman la vida a la ligera poniéndose en peligro. La gente trabajadora del pueblo se llenó de deseo y olvidaron la importancia de la vida. Hace veinte años, justo cuando levantaron la presa de Ryukoku, el pueblo fue sacudido por la tragedia. El alcalde conocía el poder de Yamato y lo utilizó como excusa para comprar la tierra de la gente más pobre y enferma del pueblo a precios irrisorios mientras les prometía compensarlos con los beneficios de la presa y las curas de Yamato. Esto hizo que el pueblo se dividiera en dos facciones y comenzaron las disputas. Murieron decenas de personas. Al final, el alcalde lo vendió todo y el pueblo se desvaneció bajo el agua de la presa. Nadie sabe quién soltó el agua de la presa. ¡Pero fue el poder de Yamato el que destruyó el pueblo! Si no tuviera ese poder, no habría ocurrido nada en el pueblo,… ni a mí. Todo el mundo comentaba que si su padre hubiera hecho algo al respecto, todo esto no habría pasado.
–¿Cómo se llama el padre de Yamato? –preguntó Ken por la radio.
–Hiroaki. –respondió Kenta. –Era sacerdote en el templo de Ryukoku.
–¿Está vivo?
–Debería. Consiguió huir del pueblo. –respondió Kenta.
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En el Hospital General Misumi, cuando Hikari volvía a la habitación de su madre, vio a un médico que salía de allí. Pero Hikari sospechó que no era médico. Simplemente llevaba la bata blanca para camuflarse, porque no le pasó desapercibido un pinganillo en su oído. Eso quería decir que la policía había conseguido entrar.
Sabiéndose descubierto, el agente se puso a forcejear con Hikari para evacuarla.
–¡Pare! –exclamaba Hikari.
–Por favor, no grite. –le pedía el guardia. Fue entonces, que Takeru, al doblar la esquina del pasillo y verlos forcejear se dirigió corriendo en su auxilio, pero un hombre de pelo castaño muy corto que se desplazaba en silla de ruedas llegó antes que él y lo agarró por la espalda para separarlo de Hikari.
–¡Márchese! –dijo el hombre, que incluso llegó a levantarse un poco. Entonces, otro paciente fue en su ayuda. –¡Era un policía!
El otro paciente fue en busca del policía mientras que el hombre ayudaba a Hikari a levantarse.
–¿Estás bien? –preguntó el hombre. A Takeru, que estaba allí plantado en medio del pasillo, había algo que no le cuadraba.
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La policía estableció su centro de operaciones en un edificio secundario del hospital que sí había sido controlado, hasta resolver aquella crisis que parecía complicarse por instantes.
–Jefe, he investigado a los hospitalizados y a los implicados, pero nada indica que sean expertos en explosivos. –dijo Iori.
–Ya no importa quién es el terrorista. Todos se han convertido en sus cómplices. –dijo Kyotaro mirando por la ventana cómo algunos pacientes conseguían expulsar a los agentes de policía, a pesar de que algunos incluso llevaban a rastras la percha con el gotero.
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Ya eran las seis de la mañana y quedaban quince horas para que la amenaza de bomba tomara forma de masacre si es que no cumplían con las exigencias del terrorista, es decir, que Yamato llegara al hospital y curara a todo el mundo.
El Gabinete de Crisis seguía reunido en la residencia del Primer Ministro.
–Parece que tendremos que cumplir sus condiciones. –dijo el Ministro de Justicia.
–Ni hablar. –dijo el Primer Ministro. –Tendremos que recurrir a la fuerza militar.
–¿Y si hay heridos o muertos, quién va a asumir la responsabilidad? –preguntó el Ministro de Justicia.
–Señor. –dijo Maki, que había estado pensativa durante un rato. –Por favor, póngame a cargo en el centro de operaciones. Déjeme este asunto a mí. Es un problema en el que vidas humanas están en juego. Traeré a Ishida y conseguiré persuadirlo. Estoy segura de que vendrá.
–¿Eso significa que estás dispuesta a asumir toda la responsabilidad? –preguntó el Primer Ministro, sorprendido de que alguien se prestara a algo así.
–Por supuesto. –respondió ella.
–Está bien. Te lo dejo a ti. –accedió el Primer Ministro.
–Muchas gracias. –dijo Maki. Para el Secretario Jefe del Gabinete, aquel ofrecimiento no fue más que una maniobra para escalar posiciones en la batalla del partido político. Pero tal y como estaba la situación, también podría ser su tumba política.
Nada más salir de allí, Maki llamó a Ken.
–¿Qué está pasando? –preguntó Maki. –Si no encuentras a Yamato será el fin para los dos.
–Hay una condición. –dijo Ken.
–¿Estás negociando conmigo?
–Una vez que acabe todo este desastre, me gustaría que me confiaras todo lo referente a Ishida a mí. –dijo Ken.
–Está bien, pero llévalo inmediatamente al hospital. –accedió Maki. Tras colgar, suspiró e intentó auto-convencerse. –Todo irá bien si va Yamato. Lo conseguiré aunque caiga en el intento.
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Ken fue a la sala de reuniones donde se había dejado el walkie-talkie.
–Puedes irte a casa. –dijo Ken mirando el rostro de Kenta a través de la pantalla.
–¿De verdad?¿Y los cargos contra mí? –preguntó Kenta sin comprender.
–No tiene sentido pagar por tus crímenes en prisión. Le serás útil al país de otra manera. Eso será suficiente resarcimiento.
–De acuerdo. –dijo Kenta.
–Vas a trabajar mucho. –dijo Kenta sin comunicarlo por radio.
Continuará…
