Capítulo 14. El orden de los que deben vivir y morir.

Ya eran las nueve de la mañana y Yamato y Sora seguían refugiados en la casita frente al mar en la que ella creció cuando era niña. Yamato miraba las noticias mientras Sora estaba sentada a la mesa marcando el número de Jou.

Hay unos doscientos pacientes que se han encerrado dentro del hospital. –decían en las noticias.

–Hola Jou. ¿Cómo está Aiko? ¿Tenéis suficientes medicinas? –preguntó Sora.

–Hola, Sora. Ella está bien. No ha tenido ni un solo ataque. Te la paso. –dijo Jou.

–Mamá, ¿sabes qué? Jou se ha tomado el día libre y vamos a ir al zoo. –dijo la niña ilusionada.

–¿En serio? Qué suerte. Es genial. –dijo Sora sonriendo.

–¿Estás de viaje con un chico sin el permiso de un superior? –preguntó Ken Ichijouji, poniéndose al teléfono. A Sora se le borró la sonrisa de repente al escuchar quién estaba tras el teléfono. –Yamato está ahí, ¿verdad? Sigue hablando como si fuera tu hija para que no se dé cuenta.

–Claro. ¿Qué quieres que te lleve de regalo? –preguntó Sora fingiendo.

–Envíame un mensaje con un lugar de encuentro. Utiliza una buena excusa y llévalo allí. –dijo Ken.

–De acuerdo. Pórtate bien, Aiko. –dijo Sora.

–Sí, Mamá. –dijo Ken.

–¿De verdad eres amigo de Mamá? –preguntó Aiko una vez que aquel señor colgó.

–Por supuesto. –dijo Ken.

–Mamá volverá pronto, y es gracias a Ken. –le dijo Jou para que la niña no se asustara. Jou sabía que por la forma en la que Ken había hablado con Sora, Aiko había percibido un comportamiento no demasiado amistoso, a pesar de haberlo presentado como un amigo cuando se presentó allí tal y como le dijo el día anterior por teléfono. Lo cierto es que a Jou tampoco le estaba gustando el modo de proceder de Ken.

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–¿Aiko está bien? –preguntó Yamato apagando la televisión.

–Sí. –respondió ella. Yamato sorbió de su té. –Haré más té.

Pero Yamato puso su mano encima cuando Sora fue a coger la tetera. La había notado ausente y preocupada a mitad de la llamada.

–¿Qué mentira vas a contarme para llevarme allí? –preguntó Yamato. –¿Qué Aiko no se encuentra bien? Esa estaría bien. Genial. Hace buen tiempo. Si me invitas a un paseo, iré.

¿Era eso una forma de hacerle el favor y ponérselo fácil a ella? ¿Acaso intuía que Ken estaba con Aiko? Lo que pasaba por la cabeza de Yamato, siempre le era un misterio. Entonces le quitó el teléfono que Sora seguía teniendo en la mano y buscó el contacto que quería. –Hola, Takeru. ¿Qué tal va por el hospital?

–Yamato. ¿Qué quieres ahora? –preguntó Takeru.

–Voy para allá. –dijo Yamato.

–No vengas. –dijo Takeru. ¿Por qué siempre tenía que hacer lo contrario a lo que él deseaba?

–Si no voy, volarán el hospital por los aires y morirán por una explosión, en vez de por sus enfermedades, y eso no es muy natural. –dijo Yamato. –Admite que me quieres allí.

–No te necesitamos. –dijo Takeru. –No permitiré que vuelen el hospital. Encontraré la bomba yo mismo.

–Vaya, ahora me apetece ir todavía más. –dijo Yamato.

Nada más colgar, Takeru se puso en pie. Comprendía muy bien a Hikari. Era normal que se sintiera desesperada porque su madre se curara, pero Yamato había demostrado ser un gran manipulador y de alguna forma u otra, siempre acababa asumiendo el control de todo. Así que, decidió buscar la bomba para que su presencia allí no fuera necesaria.

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Sora llevaba a Yamato en su coche. Ya eran las once de la mañana y quedaban diez horas para que la bomba explotara. Pararon en el lugar acordado por mensaje. Allí ya los esperaba un agente de Ken, que le pasó un teléfono a Yamato.

–El helicóptero llegará pronto. –dijo Ken. –En dos horas estarás en Tokio.

–No voy a ir en helicóptero. Mi condición es que si voy, será en coche. –dijo Yamato.

–No sé qué pretendes, pero no te dejaré actuar a tu antojo. –dijo Ken. –Aunque no vengas y todo salta por los aires, para mí no supone ninguna diferencia.

–¿Aunque tu deseado Takeru Takaishi esté también en ese hospital? –preguntó Yamato. Los ojos de Ken se abrieron de la sorpresa. Al final, tendría que acceder a las condiciones que le imponía Yamato.

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Una vez que habló con Yamato, Ken llamó a Maki para decirle que Yamato iba de camino, pero su condición era ir en coche.

–¡¿En coche?!¡¿Cuánto tiempo le llevará eso?! –preguntó con evidente enfado desde su despacho. –¡Aunque tengas que cortar las carreteras, te exijo que llegue a tiempo!

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Yamato pudo cumplir su exigencia de ir en coche, aunque esta vez, y muy a su pesar, la compañía había cambiado. Sora iba en su coche, mientras que Yamato era conducido por los agentes de Ken en un coche negro de alta gama que era mucho más rápido que el de Sora.

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Ya eran las siete y media de la tarde y sólo quedaba una hora y media para la explosión. Los pacientes menos graves continuaban por los pasillos montando guardias para evitar que la policía los desalojara. El cansancio ya comenzaba a hacer mella en ellos, pero seguían teniendo la esperanza de que Yamato apareciera.

Hikari continuaba al lado de su madre, que seguía sedada, cuando el señor en silla de ruedas que la ayudó a deshacerse del agarre de aquel policía disfrazado de médico entró.

–¿Estás cuidando a tu madre? –preguntó el hombre. –Me parece admirable.

–Es lo menos que puedo hacer por ella. Gracias por lo de ayer. –dijo Hikari.

–Fue un placer.

–¿Eres paciente aquí? –preguntó ella.

–No, pero pensé que si venía aquí, podría volver a empezar. –explicó el hombre.

–¿Volver a empezar?

–Redimirme, supongo. Con tu edad quizás no lo entiendas, pero la vida a veces ofrece muy pocas oportunidades. –dijo el hombre.

En el pasillo, los pacientes comenzaban a impacientarse.

–¿Por qué no aparece Ishida? –se preguntó un paciente que comenzaba a frustrarse. –¡Ya casi no queda tiempo!

–¡Chicos, ya está aquí! –dijo otro que no le quitaba el ojo a su móvil.

Takeru, que había recorrido casi todo el hospital en busca del explosivo que haría estallar el centro y que en ese momento miraba en un falso techo, escuchó que Yamato había llegado. Cada vez tenía menos tiempo para encontrar la bomba. Había buscado por todas las habitaciones, plantas, baños, consultas, quirófanos, almacenes y controles de enfermería, pero no había ni rastro de explosivos.

–¡Estamos salvados! –celebraban los pacientes. Pero Takeru ya no se creía nada. Yamato era todo un experto en darle la vuelta a todo y no tenía ni idea de por dónde saldría esta vez, a pesar de que al principio estaba convencido de que no vendría.

El hombre de silla de ruedas, al escuchar los gritos de celebración de los otros pacientes, sonrió a Hikari, que en seguida miró a su madre sonriente.

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En los exteriores del hospital el revuelo se había hecho todavía más evidente con la llegada de Yamato. Varios agentes lo escoltaron hacia otro coche que estaba en la zona trasera del hospital y le hicieron subir. Allí, en el asiento trasero, estaba Maki Himekawa.

–Gracias por venir. –le dijo Maki. –Pero tampoco hay necesidad de que te sientas obligado a curar a los pacientes. Si los curas, todo el mundo te estará agradecido, pero situaciones similares ocurrirán una y otra vez. Si no curas a nadie y ves cómo mueren, todo el mundo pensará que eres una persona horrible. ¿Lo entiendes? Los cures o no, serás el responsable de todo lo que ocurra. Al venir aquí, ya has perdido. Mi único objetivo era traerte aquí. Al venir, yo ya no pierdo nada. Vete, todo el mundo te espera impaciente.

Yamato, miró a Maki desafiante, y sin decir nada, se bajó del coche ante una sonriente Maki.

La policía había acordonado la zona y fue capaz de mantener a la prensa y los curiosos alejados. Entre esos curiosos, se encontraba Kenta Ninomiya.

Sora también acababa de llegar y vio cómo Yamato se dirigía hacia la entrada del hospital. Sora también se fijó que Kenta también estaba entre los curiosos. Los pacientes que podían ir por sí solos y algunos familiares de pacientes se reunieron contentos e ilusionados en la entrada a la espera de que Yamato entrara. Takeru también acudió.

Entonces, Yamato alzó su mano, pero todavía no entró porque todavía no les había dado tiempo a quitar toda la barricada. Además, lo que iba a hacer, le interesaba que lo escucharan los medios y la policía.

–¡Quiero salvar a todos con mi mano! –dijo Yamato.

–¡Bien! –celebraron y aplaudieron algunos pacientes.

–¡Sin embargo, en esta hora que queda antes de la explosión, salvaros a todos es imposible! ¡Decidid el orden en el que queréis que os salve! –dijo Yamato. Con aquello, los pacientes se quedaron helados. No habían pensado en que eran demasiados para que en una sola hora los curara a todos. –¡Decidid quién debe vivir, y quién debe morir!¡Llamadme cuando encontréis la respuesta!

–¿Eso significa que habrá gente que no viva? –preguntó la madre de un niño en silla de ruedas con leucemia.

–¡Eso es cruel!¡Tenemos la mano de Dios justo delante de nosotros! –se quejó un paciente con una percha de suero, que se acercó a la barricada para terminar de quitarla, siendo seguido por más pacientes.

–¡Parad! Tal y como ha dicho, debemos decidir. Es imposible que nos salve a todos. Debemos decidir el orden de prioridad. –dijo un paciente, al que le sobrevino la tos.

Takeru pensó que Yamato había vuelto a hacer de las suyas. Así que, no iba a perder más el tiempo y seguiría buscando la bomba por el hospital.

Mientras tanto, Maki, desde el coche en el que había hablado minutos antes con Yamato, seguía con detalle todo lo que acontecía en el hospital por medio de una tablet. Pensaba que había puesto a Yamato en jaque, pero se había vuelto a sacar un as de la manga.

–Tenía pensado esto desde el principio. –dijo Maki dándose cuenta de la jugada maestra de Yamato. –Tenía pensado desde el principio dejar que sean los pacientes los que decidan a quién salvar y a quién dejar morir. Le ha trasladado a ellos la responsabilidad.

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Takeru seguía buscando la bomba a la desesperada. Sólo quedaban cincuenta y ocho minutos. Después de haber mirado en algunos lugares más, decidió bajar a la zona de sótanos. Fue entonces cuando vio algo extraño. El hombre de silla de ruedas se dirigía a alguna parte por una de las zonas del sótano. ¿Qué hacía por allí un paciente? Así que decidió seguirlo. El hombre entró con su silla a la morgue. Cuando Takeru se asomó, lo vio de pie manipulando algo. Cuando el hombre salía, Takeru se escondió y cuando no hubo peligro de ser visto, entró y vio lo que parecía ser un ataúd. Takeru lo abrió y vio una cuenta atrás con números en rojo y un montón de explosivos. Quedaban cuarenta y cinco minutos.

Takeru volvió a subir y vio cómo los pacientes no se ponían de acuerdo.

–¡Dirijo un empresa financiera!¡Si me cura a mí, dividiré mi fortuna entre todos vosotros! –propuso el paciente que propuso poner en orden las prioridades para ser curado. –¡Con ese dinero, podréis ir a un hospital mejor!

–¡Entonces utiliza tú ese dinero para ir a otro hospital! –le reprendió otro paciente.

–¡Eso! –corearon todos.

–¡¿No debería ser prioridad la vida de un niño?! –preguntó la madre del niño con leucemia. –¡Mi hijo sólo tiene cinco años! ¡Su vida no ha hecho más que empezar!

–¡En ese caso, también debe curarme a mí, que tengo cuatro hijos!¡Cuatro!¡Si muero, ¿qué será de ellos?! –argumentó otro paciente.

–Nos estamos equivocando. –intervino un hombre mayor. –En primer lugar debería curar a aquellos con enfermedades cuyo pronóstico sea más grave. La vida de mi mujer pende de un hilo.

–Esa mujer ya ha vivido su vida. –dijo el paciente empresario.

–¡¿Cómo te atreves?! –preguntó el hombre mayor lanzándose al cuello del empresario.

Afuera, Yamato había visto a Takeru a través de los ventanales y decidió entrar, encontrándose en una zona más tranquila.

–Hola, Profesor. ¿Has encontrado ya la bomba? –preguntó Yamato.

–Sí.

–¿Y por qué no se lo has dicho a la policía?

–Si lo hago, no habrá motivos para que cures a nadie. Cúralos a todos, por favor. –le pidió Takeru. –Sé que no hay tiempo suficiente, pero los puedes curar fuera del hospital.

–¿Por qué este giro de los acontecimientos? ¿Acaso no decías que no querías que utilizara mi poder? –preguntó Yamato, que le pidió que no acudiera al hospital.

–No quiero aprobar tu poder, pero tampoco quiero ver morir a esas personas sin más. –dijo Takeru.

–Si lo hago, volverá a ocurrir lo mismo una y otra vez. –dijo Yamato.

–¿Por qué haces todo esto? –preguntó Takeru. –¿Por qué haces sufrir a la gente haciéndolos decidir?

–Porque ese es el mayor privilegio. –respondió Yamato.

–¡No hay manera de que puedan decidir!¡Están todos desesperados! –dijo Takeru.

–¿No crees tanto en el ser humano?

–No es eso.

–No están teniendo una discusión bochornosa. Están buscando una respuesta desesperadamente. –argumentó Yamato mirando como el grupo de pacientes y familiares seguían debatiendo. –Lo que están intentando averiguar es el valor que le dan a sus vidas. No me digas que esto no tiene nada que ver contigo.

–¿Qué quieres decir?

–El orden de los que deben vivir, cuando se invierte, se convierte en el orden de los que deben morir. En otras palabras: están decidiendo el orden por ti. Despierta y entérate de por qué estamos tú y yo en el mundo.

–Yamato. –dijo Takeru agarrando a Yamato de la pechera de la cazadora que llevaba. –No deberías existir. Y yo tampoco.

Takeru, con los ojos acuosos, deslizó su mano de la pechera al cuello de Yamato.

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En el exterior del hospital, Kyotaro Imuna cogió el megáfono para hablarle a las personas que estaban en el hospital.

–¡Faltan cuarenta minutos para la explosión!¡Por cuestiones de seguridad, vamos a entrar a desalojar! –avisó Kyotaro. Nada más decirlo, varias unidades de antidisturbios, equipadas con sus cascos y sus escudos de protección, formaron justo delante de la entrada principal del hospital. –Vamos.

–Se acabó el tiempo. –dijo Yamato al ver como la policía se acercaba en formación. Yamato, apartó los brazos de Takeru sin que éste opusiera resistencia.

Mientras tanto, Sora Takenouchi, que se las había arreglado para entrar al hospital por una puerta trasera de servicio, llegó hasta donde estaban los pacientes, colocándose junto a Takeru. Ya se ocuparía más tarde de Kenta.

–¡Esto no es broma! –dijo el paciente empresario al ver cómo la policía cercaba la entrada cada vez más. –¡Todavía no ha curado a nadie!

–¡Silencio! –gritó el hombre de silla de ruedas. Cuando todos giraron la mirada, el hombre llevaba un pulsador en la mano. –Yo soy el culpable. Yo decidiré el orden. Ven aquí, Ishida.

–¡Replegaos! –ordenó Kyotaro al ver cómo un hombre amenazaba con hacer explotar la bomba de forma remota.

–Cura a las personas que te diga. –ordenó el hombre.

–Sora. –le dijo Takeru a Sora mientras todo el mundo prestaba atención al terrorista y a Yamato. –La bomba está en la morgue.

Sora, que había pasado desapercibida durante todo el tiempo, salió corriendo en busca de la bomba.

–¿Alguien tiene alguna objeción? –preguntó Yamato.

–¡Por supuesto que no tienen objeción! Si aprieto este botón rojo, volaremos todos. –exclamó el hombre. Nadie dijo nada. ¿Cómo iban a oponerse ante la amenaza de hacer saltar el hospital por los aires?

–En ese caso, yo tampoco tengo ninguna objeción. –dijo Yamato. –Comencemos por ti.

–No. –rechazó el hombre. Entonces, señaló a Hikari. –Cura a la madre de esa joven.

–Señor. –dijo Hikari, que estaba sorprendida por todo. En primer lugar, de que el terrorista fuera la persona que le ayudó a zafarse del policía, y en segundo lugar, de que se mostrara tan generoso con ella y su madre. Sin más dilación, Yamato, Hikari, el terrorista y el resto subieron a la habitación en la que Yuuko permanecía sedada.

–Deprisa. –apuró el hombre. Yamato miró a Hikari, que asintió con la cabeza. Tras mirar a Hikari, Yamato miró a Takeru y a seguidamente a Yuuko. A continuación, posó su mano sobre el hombro de Yuuko y apretó. La mano de Yamato adquirió un color rojo y en seguida, Yuuko abrió los ojos.

–Mamá. –dijo Hikari acercándose a ella aliviada.

Yuuko, todavía un poco atontada por el tiempo que había estado sedada, tuvo fuerza suficiente para quitarse la mascarilla para respirar y de incorporarse un poco para abrazar a su hija.

–Hikari. –dijo Yuuko. Entonces, se quedó petrificada al ver quién estaba en la silla de ruedas. –Susumu.

–¿Papá? –preguntó Hikari al reconocer ese nombre, mientras el hombre trataba de esquivar la mirada con vergüenza.

–¿Eres el siguiente? –le preguntó Yamato a Susumu.

–Sí. –dijo él. Entonces, cogió una pequeña navaja que tenia oculta en la silla de ruedas y se levantó para acuchillar a Yamato. Takeru, que estaba detrás, lo cogió para separarlo, aunque consiguió hacerle un tajo a Yamato en el brazo.

Sora llegó en ese momento y no esperaba encontrar a Yuuko Kamiya despierta y a Takeru inmovilizando contra la pared a un hombre. Al tener los brazos inmovilizados, Yamato le quitó la navaja y la apuntó contra la cara de Susumu.

–¿Por qué has intentado matarme? –preguntó Yamato.

–Susumu. –dijo Yuuko abrazada a su hija.

–Lo siento. Me prometí a mí mismo que si la curabas te mataría. –dijo Susumu.

Sora aprovechó aquel estado de desconcierto para coger el control remoto de la bomba del suelo y se lo extendió a Susumu. Después, levantó el control y lo pulsó. Los pacientes se encogieron al pensar que explotaría todo, pero no ocurrió nada.

–Sólo querías llegar a Yamato desde el principio. –dijo Sora. –Por eso, para evitar a los demás, desconectaste el detonador.

–Nunca estuvo conectado. –admitió Susumu.

–¿Quién te ordenó que me mataras? –preguntó Yamato. Sabía que ese hombre no tenía motivo alguno para matarle, así que para él era más que evidente que había intentado hacerle el trabajo sucio a alguien.

–Un hombre que no conozco. Me prometió que saldaría todas mis deudas. –dijo Susumu. –También él me proporcionó la bomba. Pensé que si conseguía liquidar mis deudas, podría volver con mi familia.

–Tendrá que explicarnos los detalles más tarde. –dijo Kyotaro apareciendo en la habitación acompañado de Iori y otros agentes. Iori se dirigió hacia Susumu y lo cogió del brazo. Ni siquiera consideraron en ponerle las esposas al ver al hombre tan abatido.

–¡Papá! –los agentes se detuvieron para que la muchacha pudiera decirle lo que quisiera. –Había olvidado tu rostro, pero hubiera querido estar contigo aunque tuvieras deudas.

–Lo siento, Hikari. –dijo Susumu.

–Cuando salgas, vuelve a casa. –le pidió Hikari. –Tu hogar está con Mamá y conmigo.

–Susumu, te estaremos esperando. –dijo Yuuko con los ojos acuosos.

–Gracias. –dijo Susumu también emocionado al saberse perdonado. –Una vez que pague por lo que he hecho, volveré con vosotras.

–Yamato, por favor, cúreme a mí ahora. –dijo el paciente empresario una vez que Kyotaro y Iori se llevaron a Susumu detenido.

–¡Y también a mi mujer! –dijo el hombre mayor. Los pacientes se empezaron a revolucionar de nuevo mientras que los agentes de policía que quedaban intentaban poner orden.

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–Arrestad a Ishida. –ordenó Ken Ichijouji por radio. Mientras que los pacientes intentaban ser los primeros en ser curados por Yamato, varios agentes de la Agencia Nacional de Policía entraron, y sin ninguna explicación, lo esposaron. De repente se hizo el silencio absoluto.

–¿De qué se me acusa? –preguntó Yamato.

–De ejercer la práctica médica sin licencia. –dijo el agente.

–En otras palabras: "Arrestadle". –dijo Yamato intuyendo la orden que habrían recibido los agentes. –¿Es lo que os ha ordenado Ichijouji?

Sin contestar a la pregunta, lo cogieron del brazo para llevárselo detenido ante la mirada atónita de todo el mundo. Al llevárselo, los pacientes y familiares gritaban indignados mientras la policía intentaba calmarlos de nuevo. Takeru salió tras ellos.

–Yamato. –dijo cuando iban a mitad de otro pasillo. Los agentes y Yamato pararon su caminar. –Dime sólo una cosa. Si hubieran decidido el orden, ¿los habrías curado?

–¿Qué habrías hecho tú? –preguntó Yamato. –Si te lo hubieran pedido, ¿podrías haberles matado en el orden contrario?

–Por supuesto que no. –contestó Takeru. –Pero mi poder es diferente del tuyo. Yo tengo la mano del Diablo.

–¿De verdad lo crees, Takeru? Cualquier ser humano, para hacer brillar una vida, está preparado para tener un final con la muerte. Y si ese fuera el caso, lo cierto es que ese poder tuyo, podría ser la mano de Dios.

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–Conduce. –ordenó Maki a su chófer una vez que todo terminó en el hospital.

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Takeru no dejaba de pensar en la posibilidad de que en realidad, la suya fuera la mano de Dios. ¿Y si tenía razón? Quizás la muerte fuera la solución de algunas personas.

–Todo el mundo envidia a Yamato. –dijo Sora yendo hacia él. –Tenían grandes expectativas de que los curara y los han traicionado. Podrían haber aceptado su destino y vivir en paz hasta el final.

–La mano de Dios no puede salvar a todos. –dijo Takeru. –Tanto los poderes de Yamato como los míos al final siempre acaban haciendo daño a la gente.

–Yamato también sabe eso. –dijo Sora. –Hacer daño a los demás, y a sí mismo. Sabiendo eso, creo que Yamato trata de decirnos algo.

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Los medios cubrían con expectación cómo la policía se llevaba detenido a Yamato Ishida. Kenta Ninomiya también estaba siendo testigo de aquello. A quien no se esperaba encontrar entre la gente era a aquel hombre.

–Hiroaki. –dijo Kenta sorprendido.

Hiroaki Tatsumi, un hombre cuyo pelo comenzaba a ponerse cano, apretó los puños al ver cómo se llevaban detenido a Yamato.

Continuará…