Capítulo 15. Pecados.

Una vez que el coche de policía en el que llevaban a Yamato detenido se perdió de la vista de todo el mundo, Kenta siguió a Hiroaki a una zona que estaba muy cerca del hospital. A su vez, Sora, fue siguiendo a Kenta. Sora nunca había visto al hombre que iba siguiendo Kenta. El móvil de Sora comenzó a vibrar. Era Ken.

–Como me imagino que sabrás, nos hemos llevado a Ishida a la cárcel, así que ya no necesitamos que le hagas de niñera. Ahora tienes una nueva misión. –dijo Ken mientras la detective seguía a Kenta. Este se detuvo como intentando espiar al desconocido. –Será mejor que colabores en la identificación del verdadero terrorista. Quiero que me informes de cada detalle. Tememos que haya un segundo ataque. –dijo Ken.

Mientras tanto, Sora vio cómo unos hombres salieron de una furgoneta negra y secuestraron a Kenta. Sora intentó llegar corriendo hasta la furgoneta, pero éstos habían realizado un trabajo limpio y rápido y se marcharon antes de que ella pudiera detenerlos. Fue entonces que vio una gran cruz cristiana, presidiendo lo que parecía ser una iglesia.

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Cuando Yamato entró en la celda en la que había pasado los últimos diez años, volvió a colgar su amuleto en la cama. Todavía no le habían proporcionado la ropa de prisionero, por lo que seguía vestido con la ropa de calle. Entonces, escuchó los pasos de alguien que se acercaba. Allí apareció Jou Kido sonriente con una maleta plateada.

–Quítate la chaqueta y la camisa. –dijo Jou.

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Maki Himekawa, Daigo Motomiya y Ken Ichijouji se reunieron en una de las suites del hotel después de que el asunto del hospital hubiera finalizado.

–Mientras mantenga mi boca cerrada, las contribuciones ilícitas para tu campaña no se harán públicas. –le dijo Daigo a Maki mientras le servía una copa de champán. –Ken también ha silenciado el asunto de mi hijo. Cuando Yamato curó a Ken, el asalto de mi hijo desapareció de los medios al igual que la herida que provocó. Siento los problemas que te he causado. Ahora ya no hay ningún obstáculo en tu camino hacia la presidencia del gobierno.

–No te preocupes, Daigo. La adversidad fortalece los cimientos. –dijo Maki ofreciendo su copa para brindar. Desde que Yamato había vuelto a ser encerrado, Maki respiraba mucho más tranquila. Las copas al brindar sonaron increíblemente afinadas. –Lo pasado, pasado está. Y lo más importante es que el Primer Ministro me ha felicitado por mi liderazgo en la resolución de este incidente. Me ha dicho que apoyará mi candidatura.

–Eso son grandes noticias. –celebró Daigo. –No hay duda de que serás la próxima Primera Ministra.

–Sin embargo, hay una condición. –dijo Maki. Entonces giró su mirada hacia Ken, que permanecía allí de pie. –Me han confiado la supervisión de Yamato para que algo así no vuelva a ocurrir. Será mi responsabilidad como Ministra de Sanidad y Bienestar Social lidiar con él.

–Eso me preocupa. –intervino Ken, que había estado callado hasta entonces. Aquello sorprendió a sus interlocutores. –Te hacen asumir esa responsabilidad con las próximas elecciones en juego. Si no solucionas el asunto de Yamato, jugarás con desventaja. Seguramente, tu rival más directo, el Secretario Jefe del Gabinete, ya tendrá eso en la cabeza.

–¡¿Qué?! –preguntó Maki, que había olvidado por completo a su rival político, aunque estuvieran en el mismo equipo de gobierno. –Pero ya he aceptado. ¿Qué hay de Yamato?

–Su detención es sólo un disfraz. Le ofrecimos un tratamiento exclusivo en este hotel, pero dijo que para él era mejor estar en su celda. –dijo Ken.

–¿De verdad crees que te escucha? –preguntó Maki. –¿Qué haremos si se produce alboroto para que sea liberado?

–Necesitamos ganar algo de tiempo. También debemos aplacar a todos aquellos que pidan su liberación. –respondió Ken.

–¿Qué vas a hacer una vez que ganes ese tiempo? –preguntó Daigo.

–No hay necesidad de ningún dios en este mundo. No nos queda otra opción que eliminarlo. –respondió Ken.

–No me digas que…, piensas acabar con él. –dijo Maki, sin esperar que Ken llegara tan lejos. –¡Eso me causará un escándalo todavía mayor!

–Nuestras manos no se ensuciarán para nada. –dijo Ken para calmarla. –Hay alguien que lo hará por nosotros.

–¿Quién?

–Definitivamente, el verdadero culpable volverá a intentar ir tras Yamato y nos hará el trabajo. Estoy seguro de que le guarda mucho rencor.

–¿Por qué le guardas tanto rencor a Yamato? –preguntó Maki, que percibía que no le gustaba nada Yamato.

–¿Rencor, yo? No hay necesidad de contestar a eso. Me gusta pensar en qué ocurrirá una vez que seas Primera Ministra.

–¿Qué quieres decir?

–Tú misma dijiste que querías conseguir una sociedad ideal ahora, no en el futuro. Eres la única política que habla tan claro. Y a mí también me gustaría crear una sociedad ideal. Pero para eso, es necesario erradicar muchas cosas como terroristas, dictadores y parásitos de la sociedad. –sin saber por qué, al decir aquello, a Daigo le dio la impresión de que Ken hablaba de su hijo, pero no dijo nada. –Pero no hay nadie que pueda hacerlo. El as que me guardo es la carta más fuerte para garantizar la seguridad diplomática. Debemos aprovechar la ventaja que nos da esa carta.

–¿Estás hablando del chico que posee la mano del Diablo? –preguntó Maki.

–Estoy seguro de que lo comprenderá. Y en cuanto a Yamato, le pondremos fin una vez que lo hayamos utilizado convenientemente. Ganar tiempo significa hacer nuevas leyes y así adquirirás mucho más poder. A modo de disculpa con el señor Motomiya, le daré la oportunidad de analizar científicamente los poderes de la mano de Dios y de la mano del Diablo. Podría ser muy útil en el desarrollo de nuevos avances médicos. Con un poco de suerte, incluso se podrían crear clones. –dijo Ken.

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Cuando Takeru giró en el pasillo del hospital para ir hacia la habitación de Yuuko Kamiya, un grupo de pacientes discutían por lo que había ocurrido con Yamato frente a su habitación.

–¿Por qué sólo la curó a ella? –preguntó una de las pacientes que iba en silla de ruedas.

–Seguramente conocía a Ishida. –dijo otro de ellos.

–Sí, tienes razón. ¿Acaso se cree mejor que los demás? –dijo otra paciente con envidia. –¿Qué pasa con todos los demás?

–¡Sí, sal ya de ahí! –increpaba otra paciente.

–¡No es su culpa! –exclamó Takeru antes de entrar. Allí, Hikari abrazaba a su madre, afectada de que la increparan. Seguía allí en observación por prevención. –Mañana te darán el alta.

Una vez que las cosas se calmaron en los pasillos al volver cada paciente a su habitación, Hikari se subió a la azotea del hospital para despejarse.

–Hikari, siento mucho lo que está pasando. –se disculpó Takeru al ver que la joven no estaba llevando demasiado bien las críticas del resto de pacientes del hospital.

–¿Por qué te disculpas? Tú no estabas muy de acuerdo, pero me alegro de haber insistido en quedarme aquí. Es todo muy triste, pero mi madre se ha recuperado. También he podido conocer a mi padre y ponerle cara. Creo que es el destino. Yamato nos ha concedido esto. –dijo ella.

–Yamato no es Dios. –dijo Takeru, algo molesto de que alguna forma, Hikari le estuviera agradecida a Yamato.

–¿Sabes? He decidido aceptar mi destino con resignación. No tiene sentido ir contra él. No me queda otra que aceptarlo.

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La comisaría estaba revolucionada. Habían recibido una nueva amenaza de bomba a propósito del poder de Yamato, por lo que los agentes trabajaban a destajo para obtener más información al respecto.

–Jefe, la amenaza de bomba es falsa. –confirmó Iori al comisario.

–¿Cuántas amenazas vamos a tener que soportar? –preguntó Kyotaro enfadado como si Iori tuviera la respuesta. Temía que fuera a convertirse en una costumbre. Comenzaba a hartarse de los imitadores del primer caso. –Si seguimos así, pediré el traslado a una zona rural más tranquila.

–¿No seguirás un poco más? –preguntó Sora entrando en la comisaría.

–¡Estoy harto! –exclamó él sin darse cuenta de que la que habló fue Sora.

–Ichijouji me ha ordenado que colabore en la investigación. –dijo Sora, contenta de haber vuelto a su comisaría, aunque todavía estuviera a las órdenes de Ken.

–Nuestra mejor agente ha vuelto. –celebró Kyotaro, al que se le disipó su mal humor al tenerla allí.

–¿Ha dicho algo Susumu Kamiya del verdadero culpable? –preguntó Sora refiriéndose a la persona que le ordenó colocar la bomba en el hospital para matar a Yamato.

–Susumu no le vio la cara al que preparó la bomba en ningún momento. –respondió Iori mirando el panel, donde había una foto de Susumu, junto con anotaciones sobre las pesquisas obtenidas hasta ahora. –Todas las instrucciones le llegaban por teléfono, y tampoco reconocía la voz.

–La mano de Dios es una verdadera molestia. –añadió Kyotaro. –Si cura a una persona, aquellos a los que no ha curado se quejan. Quizás el verdadero terrorista lo que quería era deshacerse de la raíz del problema, es decir, de Ishida.

–Kenta Ninomiya estaba merodeando por la zona. –confesó Sora. –Cuando se llevaron a Yamato, comenzó a seguir a un hombre que también estaba en el exterior del hospital. Pero los agentes de Ken se lo llevaron.

–Creo que Ken trama algo. –dijo Kyotaro admitiendo sus sospechas. –Sigue a Kenta. Es nuestra oportunidad para saber en qué anda Ken Ichijouji.

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–He venido porque Sora me lo ha pedido. –le dijo Jou a Yamato en su visita a la prisión mientras le curaba la herida que Susumu Kamiya le había propinado en el hospital en el brazo izquierdo. –Me pidió que te curara la herida. Incluso parecía que no le hacía mucha gracia pedírselo a Koushiro. Parece que no eres muy popular.

–¿Cómo está Aiko? –preguntó Yamato.

–Está durmiendo. He venido sin despertarla. –dijo Jou mientras le vendaba la zona del tríceps. –Es curioso que no puedas curar tus propias heridas. Tienes un poder inesperadamente inconveniente.

–A veces el dolor hace que me sienta vivo. –dijo Yamato.

–Pues mira, eso te ha permitido que te cure un chico tan guapo como yo. –dijo Jou.

–No me disgusta la gente con exceso de confianza. –dijo Yamato.

–¿En serio? Como Sora. –dijo Jou. Yamato no dijo nada. –No eres muy sincero.

Una vez que terminó, Jou aprovechó la cercanía para abrazar a Yamato por detrás.

–Tienes buenos pectorales y ni pizca de grasa. Tienes un cuerpo que me apetece analizar. –dijo Jou de manera sexi con su barbilla apoyada en el hombro de Yamato. Él giró la cabeza para mirarlo a los ojos. Él comenzó a acortar distancia para besarlo.

–Lo siento, pero no eres mi tipo. –dijo Yamato levantándose.

–Aunque tengas la mano de Dios, tienes un juicio muy pobre. –dijo Jou sin insistir. Se levantó y con una pinza metió la gasa con la que había limpiado la herida de Yamato en una bolsita.

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Nada más salir de la cárcel, Jou llamó a Ken.

–He conseguido una muestra de su sangre. –le informó Jou.

–Perfecto. –dijo Ken mientras veía a Kenta Ninomiya a través de unos monitores. Sus subordinados lo tenían en una furgoneta de la agencia y lo grababan para que Ken pudiera observarlo y comunicarse con él. –Dime, Kenta, ¿hay alguien que tenga alguna conexión con Yamato?

Kenta pasaba diferentes fotografías que le habían proporcionado los agentes y que consiguieron en tiempo récord. Entre las fotos, estaban la de los pacientes ingresados y de curiosos que habían permanecido en el exterior del hospital, hasta que llegó a una cara que sí conocía.

–No. No hay nadie. –mintió Kenta.

–¿Estás seguro? –preguntó Ken. Sabía que mentía porque sus ojos se abrieron más de la cuenta al llegar a la foto de un hombre llamado Hiroaki Tatsumi.

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Yamato estaba echado en la cama. Hacía rato que le habían dado el uniforme blanco de preso. Como hacía calor, sólo llevaba el pantalón y una camiseta blanca de tirantes. Mientras yacía pensativo, escuchó unos pasos. Al incorporarse, vio a Sora Takenouchi.

–¿Te pillaba la cárcel de camino a casa? –preguntó Yamato.

–Sí. –dijo Sora siguiéndole el juego. –Ha sido un día muy largo.

–Aquí fue donde nos conocimos la primera vez. No has dejado de intentar el volver a traerme aquí. –dijo él. –¿No estás contenta? Tu deseo se ha hecho realidad.

–Quería preguntarte por qué te escapaste. Cuando te hablé de que Takeru tenía la mano del Diablo, tu actitud cambió. Y una vez que lo conociste, te fugaste. ¿Tienes algún objetivo?

–Estaba harto de estar en esta jaula. Y encontré compañeros de juego en Takeru y en ti. –dijo Yamato levantándose de la cama. –Por eso me escapé.

–Deja de evitar la pregunta con ese tipo de respuestas. Quiero sacarte de esta jaula. El poder de la mano de Dios es como una celda para ti. Incluso aunque salgas de aquí, ese poder te mantiene atado, te encierra en tu propia jaula y aleja a los demás. –Sora puso su mano en la parte acristalada de la celda. –Si al menos no tuvieras ese poder, podrías ser más libre.

Yamato también alzó el brazo para ponerlo a la altura de la mano de Sora, pero justo antes de posarla sobre el cristal, la retiró.

–Estar dentro de una jaula, ¿no es lo mismo para ti? Como policía y como madre de Aiko tú también estás atada con ciertas cosas. Por eso me vendiste a Ken Ichijouji. Deberías irte a casa. Aiko estará esperándote, aunque ya será muy tarde. –dijo Yamato.

Sora no se imaginaba que le saliera por ahí. Ella había hablado sinceramente y con el corazón en la mano. Pero ahora le echaba en cara el haberlo llevado con los agentes de Ken después de haber estado refugiado en la casa de la playa. De hecho, él se lo había facilitado de alguna manera. Sin saber qué decir, Sora se fue de allí.

–No puedo romper esta jaula. –se dijo Yamato a sí mismo, a pesar de que Sora hubiera descrito sus sentimientos a la perfección. Nunca nadie había conseguido leerlo como ella, pero no se lo iba a reconocer. De hecho, nadie se había interesado en hacerlo, porque sólo mostraban interés por su poder. Pero era lo mejor. –Para ser libre, necesito el poder de Takeru.

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Hikari lo llamó para que se acercara a su casa porque necesitaban ayuda. Una vez que llegó, se encontró papeles y pósters insultándolas, llamándolas criminales y exigiendo que abandonaran su casa. Parecía que la gente no aceptaba que sólo ellas se hubieran beneficiado del poder de Yamato. Pero no se merecían ese escarnio público al que las estaban sometiendo.

Cuando tocó a la puerta y Hikari se aseguró de que no era ningún vecino enfadado, dejó entrar a su profesor.

–Es Takeru. –le dijo la joven a su madre. Allí, Yuuko recogía algunas cosas y también vio a un hombre que no conocía.

–¿Qué está pasando? –preguntó Takeru al ver varias cajas por la casa. Entonces, el timbre sonó. Sin esperar nada, también tocaron a la puerta.

–¡Eh, Kamiya!¡¿Estáis ahí?!¡Abrid! –insistía el vecino.

–El abogado nos ha llamado esta mañana y nos ha dicho que cuidará de mi marido. Tengo algo que hablar contigo. –dijo Yuuko.

–Él es Takeru Takaishi, mi profesor. –dijo Hikari al desconocido.

–Mi nombre es Hiroaki Tatsumi. –dijo el hombre presentándose a sí mismo. Entonces, una pedrada rompió un cristal de la cocina. Takeru fue hacia la piedra, que venía enrollada con un papel en el que recriminaban a las Kamiya que sólo ellas fueron sanadas.

–¿Quién ha hecho esto? –preguntó Takeru saliendo al balcón, pero Hiroaki lo detuvo.

–Deja que se aburran. –le aconsejó el hombre cogiéndolo del brazo para volver a meterlo en casa. –Ya se cansarán y se olvidarán.

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Yamato veía cómo su persona se había convertido en actualidad. Las noticias no dejaban de hablar de él.

Mientras que Yamato Ishida ostente el poder de la mano de Dios, situaciones similares se repetirán una y otra vez. –decía el tertuliano al conocer la existencia de varias amenazas de bomba falsas. El titular de la noticia rezaba Yamato Ishida detenido por ejercer la medicina sin licencia.

–Has vuelto a tu agujero. –dijo Maki Himekawa vestida con uno de sus trajes color pastel, esta vez de color amarillo. –A veces Ken hace algunas cosas odiosas. Parece que aquí ni siquiera voy a poder beberme una taza de té.

Yamato apagó la tele y se acercó a la cristalera.

–¿Te arrepientes de haberme tenido por ahí afuera? –preguntó Yamato acercándose también para ponerse frente a Maki. –Yo te elegí a ti. Y aún así, no has sido capaz de utilizar bien mi poder. Qué mal. Eres una mujer inesperadamente aburrida. Una mujer a la que no merecía la pena curar.

Maki puso un papel en el cristal sosteniéndolo con su mano.

–Firma esto. Si lo haces, serás libre. A cambio de tu libertad, tu poder estará controlado por el gobierno japonés.

–"¿Ley de regulación de tratamientos médicos por poderes sobrenaturales?" –preguntó Yamato leyendo el título de aquel papel.

–Bueno, ¿qué te parece si entre nosotros la llamamos Ley de la mano de Dios? –sugirió Maki.

–¿Me está el gobierno diciendo que no utilice mi poder? –preguntó mirándose la mano.

–La forma en la que se utilice tu poder como servicio público lo decidirá el gobierno. –explicó la ministra. –Redactaremos leyes para evitar el caos.

–¿Y eso hará feliz a todo el mundo? –preguntó Yamato. –Una sociedad en la que la gente sienta felicidad. –dijo él con palabras que solía utilizar Maki en campaña. –¿Cumplirás tus promesas electorales con esas leyes?

–Sólo espera y verás. –dijo ella.

–Así que, sólo soy una pieza de ajedrez que te ayuda a convertirte en Primera Ministra. –dijo Yamato.

–Lo eres. –reconoció ella sin tapujos. –Si hay algo que puedo utilizar, aunque sea tan maligno, lo hago. Es mi forma de hacer las cosas.

–No estás siendo sincera. –dijo él.

–De todas formas, las mentiras y el engaño no te afectan. –dijo ella.

–Eso es lo que me gusta de ti. En el fondo, eres buena persona. –dijo él. Maki sonrió. Después fue a la parte de barrotes y le pasó el documento y un bolígrafo a Yamato. Mientras lo cogía, Ken Ichijouji apareció allí.

–Me preocupa que aceptes las condiciones de la Ministra tan obedientemente. –dijo Ken.

–¿Qué tal está tu querido Takeru Takaishi? –preguntó Yamato mientras se daba la vuelta y leía el contenido del documento.

–Cuando analicé tu perfil de comportamiento, encontré algo extraño. Me di cuenta de que tu interés por Takeru no era normal, y me hizo pensar que no sois unos completos extraños. A la próxima, tengo intención de presentarle a Takeru a la Ministra. –dijo Ken. Yamato se giró por lo que dijo. Entonces sacó una fotografía de Hiroaki. –Por cierto, agradecería tu ayuda en la investigación sobre este hombre. En la amenaza de bomba del hospital, bueno, mejor dicho, en el intento de asesinarte, este hombre merodeaba por allí. ¿Quién es?

–No lo sé. –dijo Yamato sentándose.

–¿Eso es un amuleto de la buena suerte? –preguntó Ken al ver el amuleto colgar de la cama.

–Parece bastante viejo. Es un poco extraño que una persona divina como tú tenga un amuleto de la buena suerte. Qué interesante. –dijo Maki con una risita irritante.

–Al firmar la Ley de la mano de Dios, tendréis que liberarme. –dijo Yamato.

– No olvides que ahí fuera hay alguien que quiere acabar contigo. –advirtió Ken.

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–Siento que hayas terminado ayudándonos. –le dijo Yuuko a Takeru mientras descargaban cajas del taxi que las había llevado a la Institución Futaba, en Shinagawa. Era una institución que acogía a niños huérfanos, pero si era necesario, también proporcionaba un hogar a familias que lo necesitaran en algún momento puntual. La institución la presidía la Iglesia Futabazaka con una gran cruz. Al entrar por la puerta que separaba la calle de la institución, los niños jugaban a la comba, a pillar o a la pelota.

Debido a la situación de escarnio público que estaban viviendo las Kamiya, Hiroaki les ofreció ayuda al conocer su situación y ver lo peligrosa que se estaba tornando para ellas. Se lo debía a Susumu Kamiya, al que ayudó en el pasado. Hikari ya había entrado, seguida de Yuuko. Cuando Takeru iba por la entrada de la institución llevando una caja, Hiroaki se paró frente a él.

–Señor Takaishi, parece que es usted el único en quien pueden confiar. –comentó Hiroaki refiriéndose a las Kamiya. –Por favor, sigue apoyándolas.

–¡Hola Hiroaki! –dijeron unas niñas llevándoselo a rastras.

–Hola chicas, ¿qué pasa?

–Vamos a jugar al baloncesto y a la comba. –dijeron ellas.

–Está bien, pero sólo cinco minutos y con cuidado, que ya tengo una edad. –dijo él. Aquella escena hizo sonreír a Takeru. Ese Hiroaki parecía un buen hombre. No por nada era sacerdote y dirigía una institución así, por lo que Takeru se quedó más tranquilo. Yuuko y Hikari estarían bien allí hasta que encontraran un apartamento.

Una vez que dejó a Hikari y a su madre poniendo en orden sus pertenencias, Takeru entró en la iglesia. Había despertado su curiosidad desde que llegó al ver la cruz en la entrada. Al entrar, vio imágenes típicas de la religión católica, como la imagen de un Cristo crucificado o vidrieras que daban una luz especial al templo.

–¿Le preocupa algo, Profesor Takaishi? –preguntó Hiroaki cuando vio a Takeru parado frente al altar. Takeru no se había percatado de que ya había pasado un rato desde que entró al templo. Hasta ahora sólo había visto al sacerdote con ropa normal, pero Hiroaki se había cambiado e iba vestido completamente de negro con un alzacuello.

–Ya no soy profesor. –le corrigió Takeru.

–Sí, ya me ha contado Hikari que has dejado tu trabajo. –dijo Hiroaki. –Parece que hay algo que te atormenta.

–Soy una persona que no debería estar en un lugar sagrado como este. –dijo Takeru. –Adiós.

–La Iglesia acepta a todo el mundo, independientemente de los pecados cometidos. –dijo Hiroaki mientras que Takeru se encaminaba hacia la salida por el pasillo central. El rubio se paró a la mitad. –Puedes ser salvado si hablas de ellos.

–Los pecados que he cometido son pecados que no pueden ser perdonados. –dijo Takeru. –Son cosas tan horrendas que no se pueden reparar. Pero la policía no puede detenerme. No hay manera de que pueda expiar mis pecados.

–¿Has hablado de esto con alguien? –preguntó el sacerdote. –¿No hay nadie que pueda comprender tu agonía?

–¿Comprender? –preguntó Takeru. Entonces recordó el día que conoció a Yamato. Aquel día, a través de los cristales de su celda, él le dijo que eran iguales. –No.

–De momento, has admitido tus pecados y has llegado hasta aquí cargando un gran sufrimiento, y me imagino que sintiendo una gran soledad.

–¿Soledad?

–La soledad es lo más doloroso de todo. –dijo Hiroaki acercándose a Takeru. –Las personas que se sienten solas a veces acaban haciendo daño a otras personas, pero también a sí mismos. ¿No hay alguna manera de resarcirte de tus pecados?¿Alguna manera que sólo tú puedas conseguir, por ejemplo, salvando a alguien? Debe haber alguien cuya soledad sólo tú puedas comprender. Alguien a quien sólo tú puedas reconfortar. Hay cosas que sólo tú puedes hacer porque tú también sientes esa angustia. Eso es una forma de expiación y resarcimiento.

–¿De verdad es eso posible para mí?

–Por supuesto.

–Gracias. Apenas nos hemos conocido hoy y ya hemos tenido una conversación así de profunda. Quizás es porque es usted un siervo de Dios. –dijo Takeru, que hablar con ese pastor le había reconfortado mucho.

–No. Quizás es, porque como tú, he vivido sufriendo por los pecados que he cometido. –dijo Hiroaki.

–¿Qué? –preguntó Takeru. ¿Cómo podía ser que alguien así hubiera cometido pecados? Hiroaki se giró para mirar a la imagen de Cristo crucificado que presidía el altar.

–Fui débil y huí. No enfrenté la realidad. Pero al final, he encontrado una manera de expiar mis pecados. Sentí la llamada de Dios y decidí intentar levantar esta institución para ayudar a la gente. –mientras Hiroaki decía aquello, Takeru sacó su amuleto de la suerte para mirarlo.

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Yamato Ishida se preparaba para ser liberado de nuevo. Como solía ser habitual en él, se vistió con ropa oscura. Un pantalón vaquero negro algo desgastado y una camiseta negra que se ajustaba a su bien formado torso. Lo único que contrastaba con la oscuridad de su ropa era la venda del brazo. Antes de salir, no se olvidó de coger una cazadora negra y su amuleto de la suerte.

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Cuando Takeru volvió de la Institución Futaba hacia su casa, Yamato lo esperaba en la calle.

–Yamato. –dijo sin entender qué hacía en libertad. Hasta donde él sabía estaba detenido.

–Gracias a ti, el otro día escapé de la muerte por los pelos. –dijo Yamato refiriéndose al ataque de Susumu Kamiya en el que Takeru intervino salvándolo. –Se ha armado mucho revuelo para intentar matarme. El verdadero culpable debe tenerme mucho resentimiento. Profesor, será mejor que tú también tengas cuidado, puesto que tu poder puede ser incluso más odioso que el mío. Además, a diferencia de mí, tú tienes una familia que puede llorarte si mueres.

–Ya no tengo familia. –dijo Takeru. Entonces, siguiendo la guía del sacerdote con el que acababa de hablar, vio una gran oportunidad para que Yamato viera que empatizaba con él.

–¿Qué? –preguntó Yamato.

–Tú siempre has estado solo. Sin familia y sin nadie a quien amar. Los únicos que han acudido a ti se han acercado por interés, por querer algo de ti. Por eso actúas así.

– ¿Te estás compadeciendo de mí?

–No es lástima. Dijiste que no sientes nada al usar tu poder. Pero tu poder puede salvar a gente, y por eso todo el mundo lo quiere y te ruega que los cures. Como no puedes curarlos a todos, te odian. Y al final, el que sale herido eres tú. Incluso tú mismo te haces daño. No es que utilicemos este poder porque queramos. Nuestros poderes nos aíslan y nos hacen daño. –dijo Takeru. –¿Qué te parece si dejamos de utilizar nuestros poderes? ¿No nos haría más felices?

–Profesor, parece que odias mi poder extremadamente. –dijo Yamato.

–Yamato, yo…

–Lo he entendido. No lo usaré por tu bien. Al menos, te prometo no utilizarlo frente a ti. –dijo Yamato.

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Cuando Yamato terminó aquella charla con Takeru, en la que parecía que intentó comprenderlo y reconfortarlo, se marchó en busca de Kenta Ninomiya. Fue entonces que notó que lo seguían. Seguramente sería un subordinado de Ken. Yamato lo despistó fácilmente y cuando dio con Kenta, lo llevó a un lugar dentro de una fábrica donde no pudieran ser vistos.

–¿Has perdido a los que te seguían? –preguntó Yamato.

–Aunque no lo parezca, fui policía. –dijo Kenta para hacerle saber que sí.

–¿Eres tú el que quiere matarme? –preguntó acorralándolo contra una máquina. –Recuerda que soy testigo de los asesinatos que cometiste. ¿Qué te ha pedido Ken que hagas?

–Yamato, te equivocas. Quería darte información. –dijo Kenta.

–¿Qué información?

–Pues…

–¿Es sobre la persona que quiere matarme? –preguntó fijando su fría mirada en la mirada asustada de Kenta.

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En la residencia de los Motomiya, Daigo hablaba por teléfono mientras su hijo se pelaba un melocotón.

–Así que posee unos genes avanzados. Bien, pues vamos a crear un equipo para un proyecto financiado por el gobierno. Utilizaremos el mejor equipo de investigadores del ADN. Adiós.

–¿Otra vez estás pasando el rato con la Ministra Himekawa? –preguntó Daisuke.

–Tengo algo en la cabeza. –dijo Daigo.

–Lo que significa que no puedo entregarme. –dijo Daisuke.

–Ahora no es momento para eso. Aunque te entregaras, Ken te aplastaría. –dijo Daigo.

–Tendré que matar a ese tarado de Ken. –dijo Daisuke clavando el cuchillo en el melocotón. –Si mato a un policía como él, podrían condenarme a muerte.

–¡Suficiente! –exclamó Daigo. –Soy tu padre, y tus delitos también se convierten en mi responsabilidad. Estoy pensando en resarcirme contigo. No te dejaré que cometas más crímenes. Y en cuanto a Ken, seré yo quien lo aplaste.

Entonces, sonó el timbre de la puerta. Cuando Daigo abrió, Takeru entró en la residencia Motomiya. Daisuke se sorprendió al ver a Takeru allí.

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Eran casi las doce de la mañana y Hiroaki Tatsumi preparaba la iglesia para la próxima misa. Cuando ponía unos cojines sobre los bancos para que sus feligreses estuvieran más cómodos, Kenta Ninomiya se asomó al templo, seguido por Yamato.

–Buen trabajo. –lo felicitó Yamato al conseguir que Kenta lo guiara hasta allí. Con un gesto de su cabeza, le ordenó que se retirara. Entonces, entró. –Ha pasado mucho tiempo, Padre.

–Yamato. –dijo Hiroaki sorprendido de verlo allí.

–Han pasado dieciocho años y no me dedicas ni un saludo. Aunque no sé de qué me extraña. Al fin y al cabo, huiste del pueblo y me abandonaste. Tienes un rostro que no he podido olvidar nunca. –dijo Yamato. Hiroaki esquivó su mirada avergonzado. –Haciendo eso, ¿quién pensaría que te convertirías en sacerdote? Es de risa. No importa cuánto intentes esconder que eres de Ryukoku y que digas que eres católico. Tú, el hijo de un sacerdote de un templo sintoísta. Si el abuelo levantara la cabeza, se volvería fantasma de la sorpresa. ¿Sabes que murió?

–He oído rumores. –dijo Hiroaki. –No sólo él. Por ti, decenas de personas en el pueblo…

–La única persona en el mundo que me odia eres tú. Y para resarcir tu culpa has intentado matarme por medio de Susumu Kamiya. –afirmó Yamato.

–¿De qué estás hablando?

–¡No me tomes por tonto! Aunque hayan pasado dieciocho años, no has cambiado ni un ápice. ¡Sigues siendo el mismo cobarde! Si vas a matarme, hazlo con tus propias manos. –dijo Yamato cogiéndolo de la muñeca para llevar la mano de Hiroaki a su cuello. –No utilices a otras personas.

Hiroaki apartó su mano del cuello de Yamato.

–Hay alguien que quiero que conozcas. –dijo Yamato. –Si decides matarme o no, toma la decisión después de conocerle. Vendré mañana a la misma hora.

Una vez que Yamato se marchó, Hiroaki bajó al sótano de la iglesia y encendió un flexo, dejando ver un montón de cables en la mesa. Hiroaki destapó un bulto que estaba tapado con una sábana. Eran un montón de explosivos formados como si fuera una pirámide.

Kenta, que había hecho creer a Yamato que se había marchado, entró en el templo cuando se aseguró que Yamato no estaba, y siguió a Hiroaki. Escondido en la parte alta de la escalera, vio el montón de explosivos.

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Kenta volvió al centro de la ciudad y se sentó en un lugar tranquilo, aunque se escuchaba el ajetreo del metro. No sabía qué hacer, y eso le ponía nervioso. Entonces fue abordado de nuevo por los hombres de Ken, que le pusieron un móvil en su oreja, aunque al principio pensó que era un revólver y que le volarían la cabeza.

–¿Diga? –dijo cuando se dio cuenta de que era un teléfono.

–Soy Ken. ¿Con quién se ha reunido Yamato? –preguntó Ken, que al tener controlado a Kenta sabían que había estado con alguien, aunque él creyó que los había despistado. –No me subestimes. ¿El hombre con el que se ha encontrado hoy Yamato era el que quería matarlo por medio de Susumu Kamiya en el hospital?

–Tiene dinamita escondida bajo la iglesia. –confesó Kenta. –Creo que planea utilizarla para acabar con Yamato.

–Entonces, ¿fue a buscar a propósito al hombre que quiere acabar con él? Bien, una cosa menos de la que preocuparme. –dijo Ken. –Hay algo que quiero que hagas. Algo a lo que no puedes negarte. Conserva ese teléfono, no se puede pinchar.

Continuará…