Capítulo 16. Hermanos.

–¿Qué pasa ahora? Estoy ocupada con la propuesta al parlamento sobre la mano de Dios. –dijo Maki con uno de sus trajes, esta vez de color mostaza mientras revisaba unos documentos.

–Este es Takeru Takaishi. –le presentó Daigo Motomiya.

–A la próxima, acude a mi Comité Electoral antes de presentarme a nadie. –le avisó Maki. La ministra se acercó a Takeru y se estrecharon las manos.

–Se rumorea que es la persona que puede matar con un solo toque. –le explicó Daigo. Al decir aquello, Maki soltó su mano asustada.

–¿La mano del Diablo? ¿Qué pretendes? ¿Matarme? –preguntó Maki retrocediendo.

–Se equivoca. –intervino Takeru por primera vez. –Fui yo quien le pidió al señor Motomiya que nos presentara.

–Le debo un favor, así que no me pude negar. –dijo Daigo.

–¿Qué quieres? –preguntó Maki fingiendo recuperar la compostura, aunque seguía asustada.

–Se trata de Yamato. Por favor, haga unas declaraciones públicas diciendo que ha perdido su poder. –le pidió Takeru. –Si se extiende que ha perdido su facultad para curar, se olvidarán de él, nadie lo reconocerá y se acabarían los problemas. Haciendo eso, creo que podríamos salvarlo.

–Y si lo hago, ¿qué harás por mí? –preguntó Maki, intentando utilizar la misma estrategia que solía utilizar Yamato.

–¿Qué?

–¿Vas a ofrecerme tu poder a cambio del de Yamato? –preguntó Maki. –En vez de utilizar la mano de Dios para tener a la gente a mi favor, podría utilizar la mano del Diablo para eliminar a los que se interponen en mi camino. De esa forma, tendría el asiento del Primer Ministro mucho más cerca.

Tanto Takeru como Daigo se quedaron paralizados por lo fría y calculadora que podía llegar a ser esa mujer.

–¡Estoy bromeando!¡Ja, ja, ja! Lo dejaremos así. No quiero ensuciar mis manos. –dijo Maki –Pareces comprender los sentimientos de Yamato. La soledad humana ha filtrado un poder extraordinario. Cuando no pueda localizarlo, te consultaré.

Tras decir aquello, Maki salió de la estancia.

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Yamato tocó el timbre de la residencia de los Takaishi. Cuando Natsuko abrió, se encontró un hombre joven vestido con ropa oscura.

–Tú eres…–balbuceó Natsuko. Lo reconocía de haberlo visto por la televisión, porque últimamente casi no se hablaba de otra cosa. Además, ese cabello y esos ojos le resultaban extremadamente familiares. –…Yamato Ishida.

–Quiero hablarle de su hijo. –dijo Yamato. Natsuko lo dejó entrar y lo guió al salón. Yamato se sentó en el sofá mientras que Natsuko preparaba un té.

–Takeru dijo que no volvería más. –dijo Natsuko mientras ponía el té sobre la mesilla.

–Parece que no es consciente.

–¿De qué?

–Pensé que él ya habría muerto. –dijo Yamato. –Hace mucho tiempo, cuando no éramos más que unos niños. Pensé que se había ahogado en un lago de Ryukoku.

Cuando Yamato mencionó el lago de Ryukoku, Natsuko volvió a rememorar lo que ocurrió.

Flashback.

Un bolso de mano de mujer junto a unos zapatos, así como una pequeña mochila de niño con calzado también de niño estaban en la orilla del lago de Ryukoku.

Una mujer, que sujetaba a un niño de la mano, se encaminaba hacia el fondo. El niño no tendría más de cuatro años. Cuando al niño le empezó a cubrir el agua por la cintura, la mujer lo cogió en brazos y siguió adentrándose hacia el fondo. El agua cada vez los cubría más y más.

Fin del flashback.

–Pero sobrevivió. Y ahora es su hijo, Takeru Takaishi. Debería decirle la verdad. Y debería hacerlo usted. –le dijo Yamato.

–Yamato, tú eres… –comenzó a decir Natsuko. Yamato le mostró su amuleto de la suerte. Natsuko se quedó sorprendida. Era exactamente igual que el de su hijo.

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Jou jugaba con Aiko en una rueda que hacía de columpio en un parque cerca del río. La niña se lo estaba pasando en grande. Desde la distancia saludó a su madre desde allí, que estaba en una mesa de madera del parque junto a Takeru. Sora le devolvió el saludo con una gran sonrisa.

–De vez en cuando, Jou cuida a Aiko por mí. –le explicó Sora.

–Ese es el mío. –le dijo Takeru, al ver que Sora iba a beber refresco del vaso equivocado.

–Lo siento.

–Vaya, así que tú eres más del tipo de Sora. –bromeó Jou acercándose y sentándose junto a Sora.

–Deja de tomarnos el pelo, Jou. –le dijo Sora. –No es lo que piensas.

–Tenía que decirle algo y me dijo que viniera aquí. –le explicó Takeru, que sentía que debía justificarse.

–¿Y a eso no se le llama "cita"? –preguntó Jou, incomodando todavía más a Takeru y Sora. –Con niña incluida.

–Jou. –dijo Sora sonriendo para que parara de bromear.

–Vale, vale. El sujeta velas se va. –dijo Jou refiriéndose a sí mismo. –Por cierto, Takeru, tienes un pelo suelto en el hombro.

Mientras se levantaba, Jou aprovechó para quitárselo. De esa forma, también podría analizarlo, al igual que analizó la sangre de Yamato. Jou cogió los vasos ya vacíos y emprendió la marcha.

–Me llevo vuestros vasos para tirarlos a la papelera. Divertíos. –dijo Jou a modo de despedida.

–Gracias por todo. –dijo Sora.

–¡Aiko, adiós! –se despidió Jou desde la distancia. La niña, que correteaba por el parque también se despidió con la mano alegremente.

–Tengo entendido que Hikari y Yuuko están en la Institución Futaba. –comentó Sora.

–Sí. Su director es muy amable. Las ha ayudado mucho. Además, parece que también ayudó a Susumu en el pasado. –dijo Takeru recordando al amable sacerdote. Pero Sora recordó entonces que fue hasta allí donde Kenta Ninomiya siguió a un hombre el día de suceso en el hospital.

–¡Mamá! –saludó Aiko sacándola de sus pensamientos. La niña se había descalzado y jugaba con el agua de una fuente, donde otros niños también se refrescaban intentando evitar el calor del verano.

–¡Ten cuidado, cariño! –le dijo Sora devolviéndole el saludo con la mano.

–¡Sí! –contestó la niña. Takeru no pudo evitar sonreír al ver a la niña tan contenta.

–Sora, aunque has estado con Yamato muchas veces, ¿no has pensado en pedirle que cure a Aiko? –preguntó Takeru con curiosidad.

–Te mentiría si te dijera que no, pero lo cierto es que dudo en hacerlo todo el tiempo. –reconoció Sora.

–Parece que el poder de Yamato va a estar bajo el control del gobierno, y si eso ocurre, será más difícil que cure a Aiko. Si se lo pides, debes hacerlo cuanto antes. –le dijo Takeru. Sin saber por qué, eso perturbó un poco a Sora debido a su indecisión sobre si debía acceder a curarla o no.

–¿Qué te ha pasado para que ahora estés en contra de su poder? –preguntó Sora.

–Tampoco estoy seguro. Pero quizás la respuesta sea que tanto él como yo podamos vivir tranquilos. No como monstruos, sino como personas normales. Probablemente Yamato también esté buscando la respuesta. –dijo Takeru.

Entonces, Sora vio como su hija, todavía descalza se acercaba corriendo por el césped, cuando cayó de bruces al llegar a unos escalones.

–¡Aiko! –exclamó Sora al verla caer. Al darse cuenta y sin pensarlo, Takeru echó a correr hacia la niña para comprobar si se había hecho daño. Pero justo antes de tocarla para ayudarla, reculó al recordar cómo reaccionó Sora el día que madre e hija fueron de excursión a la presa de Ryukoku, temerosa de que matara a su hija al tocarla. Takeru miró a Sora. Ella, que venía de camino, en seguida supo por qué Takeru paró. Ella le asintió con la cabeza, dándole tranquilidad y haciéndole saber que confiaba en él. Aquello fue muy reconfortante para Takeru, porque con aquella mirada, supo que Sora ya no le miraba como un monstruo asesino.

–¿Estás bien? –preguntó Takeru cogiéndola de la mano para ayudarla a levantarse. –Arriba. ¿Te duele algo?

–Estoy bien. –dijo Aiko.

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Tal y como le prometió a Hiroaki Tatsumi el día anterior, Yamato entró en la Institución Futaba casi a las doce de la mañana. Al entrar, los niños correteaban por allí. Yamato se paró justo enfrente de la fachada de la iglesia.

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Después de comprobar que Aiko estuviera bien, los tres fueron a la parte del paseo. Aiko y Sora permanecían mirando al río haciendo pompas de jabón, mientras que Takeru se sentó en unos escalones cercanos desde los cuáles podía observarlas. Entonces comenzó a sonarle el móvil y vio que lo llamaban de casa.

–Takeru. –dijo Natsuko.

–Mamá, ¿ha ocurrido algo? –preguntó Takeru preocupado.

–¿Puedes pasar por casa? –preguntó su madre. –Yamato ha estado aquí.

–¿Qué?¿Por qué?

–Pues…

–¿Ha ido a buscarme?

–Me dijo que hay alguien que quiere que conozcas. Takeru, sólo quiero que sepas que…

–¿Ha dicho dónde iba a estar? –preguntó Takeru sin dejar terminar a su madre.

–En la Iglesia de la Institución Futaba. Me dijo que fueras a mediodía. –le explicó su madre.

–¿En la Iglesia de Futaba? –preguntó Takeru, que no comprendía qué relación podría tener aquel lugar con Yamato y con él mismo. La palabra "Futaba" llamó la atención de Sora. –¿Por qué está allí?

–Cariño, tengo algo que contarte. Es muy importante. –dijo Natsuko.

–Lo siento, luego te llamo. –le dijo Takeru consciente de la hora.

–¡Espera, Takeru! –pero su hijo ya había colgado.

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Hiroaki Tatsumi, vestido con una sotana, estola morada y alzacuello, estaba en la sacristía de la iglesia cuando escuchó que alguien entraba en el templo. Debía ser él. Salió por otra puerta y volvió a entrar en el templo por la puerta principal. Yamato ya estaba frente al altar y Hiroaki cerró la puerta para no ser molestados y evitar interrupciones. Después, se dirigió por el pasillo hasta llegar frente a Yamato.

–¿No ibas a traer a alguien? –preguntó Hiroaki mientras guiaba a Yamato hacia la sacristía.

–Llegará pronto.

Lo que ambos ignoraban era que Kenta Ninomiya también se había colado en la iglesia y había permanecido escondido allí siguiendo las órdenes de Ken desde bien temprano. Una vez que comprobó que Hiroaki y Yamato se habían reunido, Kenta se dirigió hacia la puerta que previamente había cerrado Hiroaki y salió corriendo sin preocuparse de cerrar la puerta.

Mientras tanto, Yamato y Hiroaki entraron en la sacristía, adornada con algunos cuadros y esculturas de vírgenes sosteniendo niños.

–Estoy seguro de que me parezco a Mamá, y no a ti. –dijo Yamato mirando una escultura de la Virgen María sosteniendo al niño Jesús.

–Me he arrepentido por huir y abandonarte todo el tiempo. –dijo Hiroaki. –No mucho tiempo después, me enteré de la tragedia en la que murieron decenas de personas. Lo que había temido, ocurrió.

–Mucha gente murió antes de aquello mientras peleaban por mi poder, mientras que tú, cómo padre no hiciste otra cosa excepto escapar. –dijo Yamato observando esta vez un cuadro de otra virgen con un niño.

–No es que no hiciera nada. Tenía intención de avisar a la policía, pero la gente del pueblo no quería y me amenazaron. –se defendió Hiroaki.

–¿Me estás diciendo que no te quedaba otra opción que abandonarme y salir huyendo? –preguntó Yamato sin dar crédito. –No fui el único al que abandonaste, ¿verdad? Fue igual con Mamá y mi hermano pequeño.

–Eso…–balbuceó Hiroaki al verse acorralado.

–Una vez que un niño nace con la mano de Dios, el siguiente en nacer puede robar la vida con un solo toque. Nace la mano del Diablo. –dijo Yamato caminando por la sacristía lentamente hasta posarse junto a la talla de la virgen y el niño, posando su mano en la mano del niño abrazado a su madre. –El abuelo temía a la mano del Diablo e intentó matar a mi hermano pequeño. Por eso Mamá…

Flashback.

¡Mamá! –decía un niño pequeño corriendo hacia su madre, que se marchaba con un bolso en la mano.

¡Yamato, no! –dijo un hombre deteniendo a un niño de no más de siete años. El niño no paraba de llamar a su madre, pero aquel hombre lo detuvo. –El pueblo te necesita.

Tras una última mirada, la mujer se perdió por el camino.

¡Mamá, no me dejes solo!

Fin del flashback

–No te opusiste al abuelo. Al contrario, dejaste morir a Mamá y a Takeru. –dijo Yamato.

–¡Suficiente! –dijo Hiroaki alterado. –Ya te he dicho que lo he lamentado todo el tiempo. Lo dejé todo y huí. Incluso me cambié el apellido de Ishida a Tatsumi. No podía soportar haber sido tan miserable. Por eso me refugié en Dios para empezar de nuevo. Pero entonces, apareciste en televisión. Primero anunciando tu inocencia, y luego haciendo un alarde público de tu poder. Ahora, el poder de la mano de Dios se conoce en todo Japón. No, no sólo en Japón, sino en todo el mundo. Y la tragedia de Ryukoku se repetirá por todo el mundo una y otra vez. He tomado una decisión. Y es que sólo yo puedo pararlo. Soy tu padre, y por tanto tú eres mi responsabilidad.

Hiroaki quitó uno de los cuadros de la pared, dejando ver un butrón con una gran carga de explosivos dentro.

–Yamato, muere conmigo. –dijo Hiroaki. –Tengo que matarte. Es la única opción.

–¿Quieres que muramos juntos? Es el primer acto paternal que has mostrado nunca. Sin embargo, no me apetece morir. Además, hay alguien que quiero que conozcas. Cuando lo veas, reconsiderarás la opción de saltar por los aires.

–No importa a quién conozca. No cambiaré de opinión. –dijo Hiroaki.

–¿Dices que no importa a quién conozcas? ¿Y si fuera Takeru?

–¿Takeru?

–Pensabas que murió con Mamá, ¿verdad? –dijo Yamato ante la sorpresa que mostró su padre. –Pero sigue vivo.

–No mientas.

–No estoy mintiendo. Pronto llegará. –dijo Yamato. Miró un reloj que había en la sacristía. Casi eran las doce.

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Detrás de la Iglesia, Ken Ichijouji permanecía en su coche esperando ser testigo del espectáculo.

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En el laboratorio de la Farmacéutica Nishijima, Koushiro analizaba las muestras que le había pasado Jou. En la bandeja, dentro de unas bolsitas de muestras, estaban el vaso de papel en el que bebió Takeru y también un pelo suyo.

–Gracias por arriesgarte a hacerme este favor. –le agradeció Jou a Koushiro.

–No hay de qué. Poder investigar sobre la genética de Yamato es como un sueño hecho realidad. –dijo Koushiro. –Analizando su secuencia de ADN podríamos crear clones con el mismo poder.

–¿Qué resultados dan las muestras que he traído? –preguntó Jou.

–Pronto lo sabremos. –dijo Koushiro sosteniendo un pequeño tubo de ensayo frente a él.

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Takeru corría por la ciudad lo más deprisa que podía hasta llegar a la Institución Futaba.

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–No puede estar vivo. –dijo Hiroaki, resistiéndose a creer que su hijo menor siguiera vivo.

–Pues lo está. Pero no le he hablado de ti. En cuanto conozca a su padre biológico, descubrirá que Papá ha intentado, y sigue intentando matar a su hermano biológico. Se sorprenderá mucho. –dijo Yamato dirigiéndose a la puerta.

–¿Dónde y qué está haciendo ahora? –preguntó Hiroaki.

–Trabajaba en un instituto. Su nombre actual es Takeru Takaishi. –respondió Yamato. Entonces Hiroaki recordó al joven que ayudó a las Kamiya a trasladarse. Era aquel chico atormentado y al que él mismo dio consejo. Al fin y al cabo, Takeru era un nombre bastante común y él era muy pequeño cuando los abandonó. –Antes de morir, el abuelo dijo que quizás, matar a Takeru había sido un error.

Flashback.

En una humilde casa de madera, el abuelo de Yamato hablaba con él siendo todavía un niño.

Yamato, si tu hermano, que poseía la mano del Diablo, estuviera aquí, la gente no habría enloquecido ni intentado aprovecharse de tu poder. El equilibrio está en el poder de administrar la vida y la muerte. Sólo cuando ambos poderes están juntos, se convierten en la mano de Dios.

Fin del flashback.

–Desde entonces, me he estado preguntado continuamente cómo habría sido mi vida si mi hermano hubiera estado vivo. –dijo Yamato. Entonces se miró la mano. –Debido a mi poder, la gente cambió y el pueblo fue destruido. Pero quizás, si hubiéramos estado los dos, las cosas podrían haber sido diferentes. Estando los dos juntos, todo habría ido bien.

–Yamato las cosas no son así. –dijo Hiroaki. Entonces, Yamato pareció despertar de sus reflexiones y cogió a Hiroaki de la parte que separaba el cuello de la sotana del alzacuello. –Para el detonador.

–Pero…

–¡Hazlo! –gritó Yamato. –No quiero que seas tú el que me mate.

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Justo en ese momento, Takeru entró en la iglesia.

–¡Yamato! –lo llamó Takeru mirando a todas partes desde el pasillo central.

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–Está bien. –accedió Hiroaki, al ver que su hijo comenzaba a ponerse violento. Hiroaki observó el mecanismo de los explosivos, pero había algo que no estaba bien. –Está cambiado.

–¿Qué pasa?

–No se para. –dijo Hiroaki mientras manipulaba el detonador para detenerlo. El reloj marcaba que faltaba un minuto y diez segundos para que explotara. –¡No puedo pararlo!¡Cuando se acabe el tiempo, explotará!

–¡Yamato!¡¿Dónde estás?! –Yamato escuchó cómo Takeru lo buscaba.

–¡Takeru, por aquí! –exclamó Hiroaki dejando la bomba desatendida.

–¡No, espera! –le dijo Yamato intentando detenerlo.

–¡¿Padre?! –dijo Takeru reconociendo la voz del sacerdote y dirigiéndose hacia la sacristía. Mientras, Yamato intentaba evitar que Takeru entrara.

–Muramos juntos. –le dijo Hiroaki mirando a Yamato a los ojos. –Con Takeru.

–¡No me fastidies! –dijo Yamato dando un puñetazo a Hiroaki tan fuerte que lo tiró al suelo. Entonces Takeru abrió la puerta de la sacristía.

–Yamato, ¿qué estás haciendo? –preguntó Takeru. ¿Había agredido a un sacerdote? Entonces, Yamato giró la cabeza hacia el butrón en el que estaba la bomba, viendo que tan sólo quedaban treinta y ocho segundos para que explotara.

–Padre. –dijo Takeru entrando para ayudar al sacerdote, pero Yamato lo detuvo.

–¡Déjale! –dijo Yamato agarrándolo por detrás y sacándolo de la sacristía.

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Al ver cómo Takeru había salido corriendo después de haber estado con ella y su hija, Sora dejó a su hija con una vecina, se montó en su coche y condujo a toda velocidad hacia Futaba. Intuía que fue hacia allí porque lo escuchó decir en la conversación telefónica que había mantenido antes de marcharse. Cuando llegaba, vio a un despistado Kenta Ninomiya, que salía de espaldas sin dejar de mirar la institución, como si esperara que ocurriera algo.

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Yamato había conseguido sacar a Takeru de la sacristía, pero Takeru, que estaba oponiendo resistencia consiguió liberarse.

–¡Déjame! –gritó Takeru intentando volver a la sacristía, pero Yamato lo detuvo de nuevo. –¡Déjame marchar!

–¡No! –exclamó Yamato. Ambos estaban frente a frente sosteniéndose de las pecheras.

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En el coche, Ken seguía esperando impaciente a que la iglesia saltara por los aires con Yamato dentro. Entonces, recibió una llamada de Jou.

–Hemos encontrado algo increíble en el ADN. Al comparar las muestras de Yamato y Takeru han dado un 99.9%. Yamato y Takeru son hermanos biológicos.

–Comprendo. Gracias. –cuando colgó, Ken sonrió de forma maligna.

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Takeru consiguió zafarse de Yamato y le dio un empujón que lo tiró al suelo.

–¡¿Qué le has hecho al pastor?! –preguntó Takeru. A falta de once segundos, cuando intentaba volver a la sacristía, Yamato lo volvió a atrapar y se puso encima de él para someterlo. Entonces, Takeru puso su mano sobre el pecho de Yamato. Justo cuando iba a matarlo, la sacristía explotó, haciendo que Yamato cayera encima de Takeru.

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Desde el coche, Ken vio cómo de las cristaleras del templo reventaron, saliendo humo negro. Debía reconocer que Kenta se había mostrado bastante eficiente en la manipulación de los explosivos. Mientras disfrutaba de los momentos posteriores a la explosión, Ken llamó a Jou.

–Creo que pronto te llegará el cadáver de Yamato. –le informó Ken.

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Kenta comenzó a alejarse como desorientado. La bomba estaba por estallar y no quería estar presente cuando ocurriera.

–¡Espera! –exclamó Sora saliendo de su coche. Al verla, Kenta echó a correr y ella fue tras él, convencida de que sabía algo de aquel lugar. Fue entonces que la bomba estalló. El susto y la onda expansiva hizo caer tanto a Sora como a Kenta. Sora miró hacia la procedencia de la explosión y se temió lo peor.

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Una vez que llamó a los servicios de Emergencia y sacaron a las víctimas, Sora siguió en su coche a las ambulancias hasta el hospital. En primer lugar, trasladaron al sacerdote del templo, ya que era el que revestía más gravedad. Seguidamente, trasladaron a Yamato y a Takeru.

–Hombre de veinticinco años herido por explosión de bomba. –informaban los camilleros que hacían el traspaso del paciente a las urgencias.

–Hombre de veintiocho años. También herido por la explosión de una bomba. –decían los sanitarios que atendieron la segunda camilla. –Tiene algunas heridas y quemaduras por la onda expansiva.

Sora los alcanzó. Quería comprobar por ella misma cómo estaban. La camilla que iba delante era la de Yamato. Estaba inmovilizado con un collarín, con la camisa abierta y llevaba una mascarilla para respirar. En su cara, que tenía los ojos cerrados, había diversas heridas y su ropa negra estaba cubierta de polvo.

–La presión arterial es de setenta. Está inconsciente. –dijeron los de la camilla de Takeru, que también tenía puesta una mascarilla de oxígeno y al igual que Yamato, tenía varias heridas.

Sora alcanzó a la camilla trasera, que era la de Takeru.

–¡Takeru, Takeru, aguanta! –le decía Sora. Entonces, Yamato, en la camilla de delante se incorporó.

–¡¿Qué está haciendo?! ¡No debería moverse! –le increpó una enfermera. Yamato, haciendo caso omiso, se quitó la mascarilla mientras que los sanitarios de la ambulancia trataban de detenerlo. Yamato, algo débil, intentaba acercarse a la camilla de detrás, en la que estaba Takeru.

–¡Esperad! –les pidió Sora. –Es Yamato Ishida: la mano de Dios.

Al escuchar eso, los sanitarios se apartaron un poco. Todo el mundo había oído hablar de él. Se había convertido en toda una celebridad. Con una evidente cojera, Yamato se puso al lado de Takeru, le apartó la sábana con la que le habían tapado para mantener la temperatura corporal y puso la mano sobre su pecho. Su mano adquirió un tono rojo y las heridas de Takeru, para sorpresa de los sanitarios, fueron desapareciendo.

–Está inconsciente. Despertará en un rato. –dijo Yamato. –Si os preocupa, podéis meterlo para hacerle un chequeo.

–De acuerdo. –dijo el sanitario a cargo. Entre varios, se llevaron a Takeru hacia las urgencias.

–Tú también necesitas asistencia médica. –le dijo Sora.

–Estoy bien. Vete.

–¡¿Pero qué dices?! ¡Mira cómo estás! –exclamó Sora mientras los camilleros se llevaban la camilla en la que habían trasladado a Yamato ante su negativa de ser atendido.

–En vez de preocuparte por mí, ¿por qué no vas a resolver el tema de la bomba? ¿No es ese tu trabajo? –le dijo Yamato. Por una vez, a Sora le pareció que Yamato había perdido el control de todo.

–Kenta Ninomiya estaba merodeando por la zona en el momento de la explosión. –le dijo Sora. Entonces Yamato recordó que cuando Hiroaki intentó parar el detonador de la bomba, algo había dejado de funcionar, impidiéndole desactivarla.

–Entiendo. Así que ha sido él. –dijo Yamato. Entonces comenzó a caminar, pero la debilidad casi le hace caer, si no fuera porque Sora lo agarró del brazo evitando que cayera.

–¿Estás bien? –preguntó preocupada.

–¡Déjame! –le gritó Yamato soltándose el brazo. Estaba enfadado porque sentía que se la habían jugado. Sora decidió hacerle caso y se marchó. Agarrado al posa manos, Yamato fue casi arrastrándose en dirección a la sala de urgencias. Le dolía mucho todo el cuerpo. Tanto que le costaba respirar. Tras descansar varios segundos, volvió a emprender el camino. Mientras lo hacía, colocó su mano sobre su pecho todavía algo encogido por el dolor. La mano volvió a adquirir tono rojo. Entonces, cada vez fue caminando con más soltura y energía. Estaba completamente curado.

Jou, que tras hablar con Ken había ido al hospital por motivos de trabajo, vio a Yamato.

–Así que puede curarse a sí mismo. –musitó para sí mismo sorprendido.

Yamato se dirigió con paso seguro hacia las urgencias, donde habían trasladado a Hiroaki.

–¡Presión arterial de setenta! –informaba la enfermera.

–Necesita una transfusión. –dijo médico dando instrucciones desesperadamente para salvarlo.

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Sora salió del hospital y se dirigió hacia su coche para ir en busca de Kenta, pero antes de ponerse el cinturón, volvió a verlo asomarse al hospital como si estuviera curioseando. Harta de verlo merodear por todas partes y sabiendo que él tenía las claves de todo, salió del coche, lo alcanzó y lo llevó a una zona apartada. Doblegándolo de un brazo, le puso unas esposas en la muñeca del brazo que tenía sometido hacia atrás.

–Tú y yo tenemos que hablar de la bomba. –dijo Sora.

–Ve al lugar de la explosión y examínalo. –le contestó Kenta. –Puede que encuentres algo interesante.

–¿Qué quieres decir?

–Yo también fui policía. Ya estoy harto de ser el perro de ese tío. Allí encontrarás pruebas.

–¿Qué pruebas?

–¿No quieres tener algo contra Ichijouji? –preguntó Kenta.

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Yamato por fin llegó al final del pasillo, donde estaban las urgencias del hospital. Allí los sanitarios se afanaban por salvar la vida de Hiroaki. Era la misma sala en la que él mismo salvó la vida de Yuki a cambio de la vida del hombre que lo atropelló.

–¡¿Dónde está la trasfusión?! –exclamó el médico.

–¡Aquí está! –dijo una enfermera entrando raudamente con unas bolsas.

Yamato vio que en otra camilla, cerca de Hiroaki, estaba Takeru.

–Sigue inconsciente debido a la explosión de la bomba, pero no tiene las heridas que traía de camino aquí. Ishida usó la mano de Dios. –dijo un enfermero revisando la condición de Takeru.

Al fondo, Jou no perdía detalle de lo que ocurría. Como Futaba quedaba muy cerca del hospital, Ken no tardó en llegar, colocándose al lado de Jou, que lo había avisado de los pacientes que habían llegado en ambulancia.

–Esto es muy interesante. El hermano mayor, con la mano de Dios, y el pequeño con la mano del Diablo. –comentó Jou.

–Es como el perro de Ortros de la mitología griega. –dijo Ken.

–Sí. Un perro diabólico con dos cabezas. –dijo Jou, conocedor de ese personaje mitológico.

–¿Sabes qué le ocurrió al perro de Ortos al final? –preguntó Ken. –Murió. Hércules lo mató.

Mientras tanto, Yamato miraba a su padre y a su hermano. En su mano, sostenía el amuleto de la suerte que lo había acompañado toda su vida.

Continuará…