Capítulo 17. La lección de los niños.

En las urgencias, los sanitarios trabajaban muy deprisa intentando estabilizar a Hiroaki con el sonido de los monitores de fondo. Un sonido que cada segundo que pasaba era más tenso. Entonces, los sanitarios se quedaron sorprendidos al ver a Yamato entrar.

–Yo lo curaré. –dijo Yamato. –Salid de aquí o no podré concentrarme.

Tras varios segundos de duda, accedieron, conocedores de los milagros que ese joven podía realizar. Una vez que salieron, Yamato se acercó a su padre, que milagrosamente había sobrevivido a la explosión y estaba consciente, aunque muy débil.

–Yamato, estás ileso. –dijo Hiroaki con dificultad al ver a su hijo junto a él. Hiroaki sacó fuerza para apartarse la mascarilla de oxígeno. –¿Has curado tus propias heridas?

–Decidí no usar mi poder en mí mismo. Pero he incumplido mi propia promesa. –dijo Yamato. –No puedo dejarte morir. Tendré que estar más pendiente de los dos.

Entonces, Yamato le quitó la sábana que lo cubría parcialmente y extendió el brazo hacia el pecho desnudo de Hiroaki.

–¡No! –se negó Hiroaki agitado. –¡No me cures! No me merezco que me cures. Huí de vuestros destinos.

–Pero has vuelto. –dijo Yamato. –Creí que te habías olvidado del pueblo y de nosotros para vivir de forma despreocupada. Pero no me olvidaste.

–Yamato. – ¿Acaso su hijo lo estaba perdonando?

–También estabas dispuesto a morir. Eres un padre estúpido.

–Yo sólo quería protegerte. Por eso hice que tu madre y Takeru se marcharan. –confesó Hiroaki.

–¿Qué quieres decir?

–El poder de la mano de Dios acabaría destruyendo el pueblo y cuando ese momento llegara, la mano del Diablo eliminaría a la mano de Dios. Según la leyenda del pueblo, ese es el destino de la mano del Diablo. Que el hermano menor matara al hermano mayor. ¡No podía permitir que eso ocurriera!

Los monitores marcaban que las constantes vitales de Hiroaki iban empeorando. Entonces, Takeru comenzó a moverse un poco, señal de que empezaba a despertar.

–Ojalá hubiera hecho algo antes. Era muy simple. –dijo Hiroaki con arrepentimiento. –No uses tu poder, por favor.

–Papá. –dijo Yamato, pero cuando fue a cogerle la mano, Hiroaki la apartó para que no lo curara.

–¡No me toques! –exclamó Hiroaki, que la falta de oxígeno se hacía cada vez más evidente. –Ya no tienes que usar más ese poder. No quiero que sufras más.

Yamato accedió al deseo de su padre y con pesar, apartó su mano. Mientras tanto, Takeru, todavía en la camilla giró la cabeza para ver a Hiroaki. Cuando Yamato salió, los sanitarios se apresuraron a entrar para intentar salvarlo. Nada más salir, Ken lo esperaba fuera.

–¿No vas a curarlo? –preguntó Ken. –Y eso que es tu propio padre. Iba a hacerle unas cuantas preguntas como testigo directo, pero parece que va a ser imposible.

–Pareces estar muy bien informado de lo que ha pasado en la iglesia y quién era quien quería matarme. –dijo Yamato.

–¡Doctor, el pulso está bajando! –se escuchó decir a una enfermera.

Entonces, Takeru, que por fin se recuperó del todo, se quitó la mascarilla de oxígeno, se quitó los cables que lo conectaban a los monitores, se levantó y fue hacia la camilla donde estaba Hiroaki. Allí, se agachó para ponerse a la altura de la cabeza del moribundo.

–¡Padre, Padre! –lo llamó Takeru. Al escuchar su voz, Hiroaki volvió a abrir los ojos mientras los sanitarios seguían intentando normalizar las constantes vitales del sacerdote.

–La mano del Diablo existe para eliminar a la mano de Dios. –le confesó Hiroaki. –Ese es tu destino.

–¿Qué quieres decir? –preguntó Takeru. –¿Por qué sabes lo de mi poder?

Hiroaki hizo el esfuerzo de levantar su mano. Takeru la cogió.

–Takeru, sálvale. El único que puede salvarle eres tú. –dijo Hiroaki. Entonces, Takeru notó como el sacerdote dejó de ejercer fuerza en su mano. El monitor emitió un sonido mantenido, indicando que Hiroaki había muerto.

–¡Doctor, ha entrado en parada! –exclamó una enfermera.

–¡Comenzamos el masaje cardiaco! –dijo el médico. –Apártese, por favor.

Mientras realizaban el masaje, el monitor volvió a emitir sonidos cortos y discontinuos, pero fue inútil. Hiroaki se había ido.

Takeru miró hacia afuera, donde estaba Yamato. Entonces, enfadado, salió a su encuentro.

–¿Por qué no lo has curado? –le reprendió Takeru. Pero el aludido no dijo nada. Takeru, más enfadado todavía, lo cogió de la pechera de la camisa que todavía tenía desabrochada. –¡Contesta!

De la mano de Yamato cayó el amuleto, sin que Takeru se percatara.

–He curado tus heridas. Podrías estarme agradecido. –se limitó a decir Yamato.

–¿Por qué sólo me has curado a mí?¿Por qué? –insistió Takeru. Yamato se zafó del agarre de Takeru y se marchó.

–Yamato es un hombre cruel, ¿verdad? –comentó Ken apareciendo por detrás mientras Takeru veía cómo Yamato se alejaba. –Se ha limitado a verlo morir. Sin embargo, Hiroaki fue recompensado al final. Ha podido morir con alguien de su familia a su lado. Hiroaki Tatsumi era tu padre biológico.

–¿Qué estás diciendo? –preguntó Takeru muy afectado. Entonces, de repente, comenzó a pensar que quizás, lo que decía Ken, no era tan descabellado. Hiroaki conocía su poder y su madre le dijo por teléfono que tenía algo importante que decirle. ¿Eran piezas del mismo puzle? Cuando Takeru volvió a mirar atrás, vio cómo cubrían a Hiroaki.

–Yamato lo sabía y no lo ha curado. Sólo quiere hacerte daño. –mintió Ken.

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Aprovechando que empleados del Instituto Anatómico Forense estaban por el hospital para llevarse a otros cuerpos que analizar, Jou fue requerido para llevarse también a Hiroaki, puesto que su muerte debía ser investigada al haber sido provocada por una explosión. Mientras esperaba que sus colegas del hospital arreglaran el papeleo, Ken entró a la zona de urgencias con él.

–No le has dicho que son hermanos, ¿verdad? –adivinó Jou apartando un poco la sábana que cubría a Hiroaki provisionalmente. Entonces, cayó un pequeño trozo de metal que Jou recogió sin que Ken se percatara.

–Yamato ha salido ileso de la explosión. –dijo Ken, que no encontraba explicación a aquello.

–Se curó a sí mismo. –dijo Jou. –Vi cómo lo hacía. Puede curarse, aunque nos hizo creer que no podía. Matarlo será un poco más complicado. Tendrías que acabar con su cerebro y su corazón a la vez, o volarlo en mil pedazos. En cualquier caso, el método que elijas tendría que ser instantáneo.

–Claro, el único que puede matar al hombre con la mano de Dios, es el que posee la mano del Diablo. –dijo Ken cayendo en la cuenta.

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Tras salir del hospital, Yamato se marchó a un parque que estaba muy cerca del hospital. Necesitaba reflexionar sobre los últimos acontecimientos y asumir la muerte de su padre. A pesar de haberle recriminado el haberle abandonado, nunca quiso que acabara así. Finalmente, se dio cuenta de que su padre sí le quería realmente cuando confesó que hizo lo que hizo por protegerle de morir en manos de su hermano, y que de alguna manera, él también vivió condenado.

–¿Te duele algo? –le preguntó un niño pequeño que andaba correteando por el parque. El niño tenía una herida en la mano que seguramente se había hecho jugando. –Aunque eres grande estás llorando.

Sora, que andaba buscándolo después de haber hablado con Kenta, lo vio allí sentado junto a un niño de unos cuatro años, y se escondió tras un árbol para no ser vista.

–Sí. Duele mucho. –admitió Yamato. Sora nunca había visto a Yamato de aquella manera. Siempre se mostraba frío y calculador y allí sentado, junto aquel niño, se le veía roto y abatido, y no sabía por qué.

–Te cantaré "Cura sana". –dijo el niño con toda su inocencia cogiéndolo de la mano. –Cura sana, cura sana, culito de rana, si no se te cura hoy, se te curará mañana.

Después de cantarle, Yamato se marchó. Fue entonces que la madre del niño lo buscaba para marcharse.

–¡Mamá, mi mano se ha curado! –exclamó el niño contento corriendo hacia su madre.

–¿Qué? ¿Cómo?

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Mientras tanto, Takeru, que deambulaba por el hospital hacia la salida, intentaba asumir que Hiroaki Tatsumi era su padre biológico y que Yamato no lo hubiera curado.

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Yamato salió de Tokio para dirigirse a su lugar de origen. En lo alto del monte, veía el río en el que estaba la presa de Ryukoku. Después, deambuló por el bosque, hasta encontrar el monolito de la cruz con el dragón que le era tan familiar.

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Tras haber visto aquella escena en el parque, Sora se dirigió a la comisaría. Tal y como dijo Kyotaro, la clave para comprender muchas cosas había estado en Kenta Ninomiya. Por eso, cuando lo abordó a las puertas del hospital, pidió ayuda a una unidad para que se lo llevaran a comisaría. Había llegado la hora de interrogar a Kenta.

–Hemos recopilado artículos del lugar de la explosión. –le dijo Kyotaro a Sora entrando en la sala de interrogatorios. –Hemos acordonado y precintado la zona para que Ken no pueda meter sus narices.

–Sobre las pruebas contra Ken... –comenzó a decir Sora, pero Kyotaro la interrumpió.

–Sería muy aburrido si nos lo contara de inmediato. Los misterios hay que resolverlos paso a paso, ¿verdad? –tras decir, eso, salió de la sala, dejando a Kenta y Sora a solas.

–¿Cómo está Yamato? –preguntó Kenta.

–Está bien. –dijo Sora, refiriéndose a su estado físico, porque no tenía tan claro que en el plano emocional estuviera demasiado bien al haberlo visto tan afectado.

–¿Y el padre? –volvió a preguntar Kenta.

–¿El padre de quién?

–De Yamato, por supuesto. Hiroaki es el padre de Yamato. –dijo Kenta para sorpresa de Sora. –Se dice que los ancestros de Ryukoku son extranjeros que llegaron para cazar ballenas. Abandonaron los barcos y se escondieron allí. Eran católicos ocultos que veneraban a Cristo en secreto. Por eso, los lazos con otros pueblos eran prácticamente nulos. El lugar en el que nació Yamato parecía un santuario sintoísta, pero en realidad era una iglesia. En Ryukoku había una leyenda. Una vez cada varios cientos de años nace una persona capaz de curar cualquier herida o enfermedad con su mano. La iglesia guardaba un shintai, una mano momificada que según la leyenda, contenía el espíritu de Dios. Pero todavía hay más. Al nacimiento del niño con la mano de Dios, le sigue el nacimiento de otro que puede arrebatar la vida con su mano: la mano del Diablo, el hermano pequeño de Yamato. Se dice que pertenecía a un hombre con la mano de Dios durante el periodo de guerras de hace quinientos años.

–¿Me estás diciendo que Yamato y Takeru son hermanos? –preguntó Sora.

–Exacto. Su nombre real es Takeru Ishida. El niño con lo mano del Diablo no podía ser mantenido con vida. Su abuelo y los jefes del poblado ordenaron secretamente a su padre disponer de Takeru. Era el deber del padre matarlo y enterrarlo. Si él no podía, otra persona debía hacerse cargo. Y no pudo. Su madre cogió a Takeru y se marchó. A las afueras del pueblo, junto al lago Ryu, encontraron sus pertenencias. Descubrimos que había cogido a Takeru para ahogarse juntos en el lago. Pero de alguna manera, parece que Takeru sobrevivió.

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Tras salir del hospital, Takeru fue a su apartamento a ducharse y cambiarse para dirigirse posteriormente a la casa de sus padres. Tenían una charla pendiente, por lo que toda la familia se sentó para aclarar su pasado.

–He conocido al que se supone era mi padre biológico. ¿Es cierto? –confesó Takeru, que prácticamente estaba preguntando si era adoptado.

–No sé nada de él. –admitió Shinji. –Sin embargo, es cierto que no tenemos relación consanguínea.

–¿Cómo?¿Estáis diciendo que Takeru no forma parte de esta familia? –preguntó Shiho.

–¿No estás contenta? No somos hermanos. Este poder no tiene nada que ver con vosotros. –dijo Takeru, hablando como si fuera un motivo de tranquilidad no estar emparentado con él.

–Takeru. –dijeron los tres. ¿Cómo podía considerarse un monstruo?

–Hace veintitrés años conocimos a tu madre biológica en el lago de Ryukoku. –explicó Shinji.

Flashback.

Un bolso de mano de mujer junto a unos zapatos, así como una pequeña mochila de niño con calzado también de niño estaban en la orilla del lago de Ryukoku.

Una mujer que sujetaba a un niño de la mano, se encaminaba hacia el fondo. El niño no tendría más de cuatro años. Cuando al niño le empezó a cubrir el agua por la cintura, la mujer lo cogió en brazos y siguió adentrándose hacia el fondo. El agua cada vez los cubría más y más.

¡No lo haga! –gritó Natsuko entrando en el lago y cogiendo al niño.

Fin del flashback.

–Aquel niño eras tú. –explicó Shinji.

–Al encontrarte, me salvaste. –dijo Natsuko.

–En aquel entonces, tu madre sufrió un aborto después de haber tenido dificultades para quedarse embarazada. –explicó Shinji. Shiho se sorprendió al no saber ese detalle de sus padres. –Estábamos muy deprimidos, especialmente ella. Así que, para intentar animarnos un poco, decidimos hacer ese viaje para disfrutar de la naturaleza. O quizás lo hicimos para morir juntos. Y entonces, te encontramos.

–Le hicimos una promesa a tu madre biológica. Le prometimos que pasara lo que pasara, te cuidaríamos.

Flashback.

Según la leyenda del pueblo, este niño podría poseer la mano del Diablo. Cuidad de Takeru, por favor. –dijo la madre biológica de Takeru.

Fin del flashback.

–Eres nuestro hijo, de Natsuko y mío. Y también el hermano de Shiho. –enfatizó Shinji. La aludida también asintió con la cabeza.

–Takeru, teneros a los dos me hizo mucho bien. –dijo Natsuko.

–Creo que me siento muy afortunado y feliz de teneros, pero todavía tengo que poner en orden mis sentimientos. Voy a volver a mi apartamento. Necesito tiempo para pensar. –admitió Takeru mientras se levantaba.

–Por supuesto. –dijo Shinji mientras que Natsuko asentía con la cabeza mientras le corrían lágrimas por el rostro. Comprendían perfectamente que Takeru tenía que digerir muchas cosas.

–Gracias. Me alegro de ser vuestro hijo. –dijo Takeru a modo de despedida.

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Después de haber recorrido los alrededores del pueblo, ya que el pueblo en sí estaba sumergido, Yamato subió a la presa de hormigón. En lo alto, también se aprovechaba esa barrera para que hiciera de puente para comunicar un lado del río con el otro a modo de carretera.

–Bien, ¿empezamos el final del juego? –preguntó Yamato girándose. Allí, había una cámara sobre un trípode. Tras la cámara, estaba Koushiro Izumi.

–¿Juego final? –preguntó Koushiro sin comprender muy bien qué pretendía Yamato. Una vez que estaba frente al objetivo, Koushiro le dio a grabar.

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–Once, doce, trece, catorce peldaños. Adiós. –se despidió Aiko de sus amigos de la escuela de verano despidiéndose al final de la escalera. Fue entonces que la niña se percató de que Yamato estaba allí sosteniendo un ramo de flores. –¡Es el mago!

Contenta de verle y teniendo en cuenta que debía esperar a que llegara su madre, decidió acompañarlo a un cementerio cercano. Una vez que llegaron, Yamato dejó las flores sobre la tumba de Hiroaki Tatsumi. Al haberse cambiado el apellido, ahora ese era su nombre oficial. La tumba estaba llena de ramos que seguramente habría dejado gente a la que Hiroaki había ayudado en Futaba.

–¿De quién es esta tumba? –preguntó la niña.

–De alguien a quien desprecio. –contestó Yamato levantándose tras haber dejado las flores.

–No deberías decir algo como eso. –dijo Aiko antes de empezar a toser.

–¿Estás bien?

–Sí, pero mañana tengo que volver a quedarme en el hospital. –dijo la niña. Yamato se agachó para ponerse a su altura.

–Aiko, ¿no hay nadie que no te guste?

–No.

–¿Nunca has tenido una riña con nadie?

–Sí, pero hicimos las paces rápidamente. –dijo la niña recordando una pequeña riña con alguien del colegio.

–Entiendo.

–¿Has tenido una pelea con alguien? –preguntó Aiko.

–Sí. –dijo Yamato levantándose.

–Dame tu mano. –dijo Aiko extendiendo su mano. Yamato le hizo caso. –Si tienes una pelea, debes estrechar la mano de la otra persona así para resolver el problema. ¿Entendido?

Yamato sonrió enternecido por la inocencia de la niña. Ojalá fuera todo tan fácil, pero al menos la niña le hacía sentirse mucho mejor. Mientras Aiko le seguía estrechando la mano, durante un instante la mano de Yamato adquirió el tono rojo con el que se manifestaba su poder, pero en seguida, la niña se soltó al escuchar a su madre.

–¡Aiko! –la llamó Sora.

–¡Mami! –dijo Aiko yendo hacia ella abrazándola.

–Espérame aquí, cariño. –le dijo Sora, que se dirigió hacia Yamato. –Escuché a la enfermera decir que ese sacerdote se negó a que lo curaras. Dime, ¿por qué no le dices la verdad a Takeru?

–Mientras me odie, la tristeza será más fácil de manejar. –razonó Yamato.

–¿Y no te importa que te odie? ¿Acaso no es tu hermano de sangre? –preguntó Sora. Yamato la miró sorprendido de que supiera aquello. –Es Takeru de quien estamos hablando. Creo que puede comprender tu soledad.

–¿Por qué no te metes en tus asuntos? –preguntó Yamato. –Deja de actuar como nuestra madre.

Dicho aquello, Yamato se alejó, pero se detuvo al escuchar a Aiko.

–¡Señor Mago!¡Recuerda estrechar la mano!¿Vale? –dijo la niña haciendo el gesto de dar la mano a alguien.

–Entendido. –dijo el sonriéndole.

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En la comisaría, una hilera de bolsas de plástico con pruebas recopiladas tras la explosión de la iglesia estaban dispuestas a lo largo de una gran mesa.

–El objeto que tanta intriga ha despertado ha aparecido. –dijo Kyotaro cogiendo una de las bolsitas más pequeñas para mostrársela a Sora. Tenía una pequeña chapa rectangular. –Es parte de un teléfono móvil, y es una pieza que según la policía científica, no incluyen los teléfonos normales. Sirve para prevenir que intercepten llamadas. Ciertos departamentos de policía pueden utilizar este dispositivo especial.

–¿Ciertos departamentos? ¿Puede ser esta la prueba de la que hablaba Kenta?

–Creo que Ken es nuestro hombre. –afirmó Kyotaro. –Tenemos que ir con cuidado. No debemos caer en sus trampas.

–¡Jefe, Sora! –dijo Iori entrando al lugar con un portátil con dos agentes más y sentándose para colocar el ordenador. –Mirad.

Yamato Ishida salía en un vídeo dando un mensaje. Como de costumbre, vestía completamente de negro. De fondo, salía un río y el emisor del mensaje estaba en la presa de Ryukoku.

–Este mensaje va para todo el mundo. A partir de ahora, voy a dejar de utilizar mi poder. Pero antes de hacerlo, me gustaría curar a todo aquel que quiera ser curado. –dijo Yamato con semblante serio. –En dos días, es decir, el veinticinco de septiembre, curaré a cualquiera que quiera venir. Sin embargo, hay una condición. ¿Qué haréis por mí? Encontrad la respuesta y venid. El lugar y la hora, la diré más adelante.

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El mensaje de Yamato se había extendido por todo el país. Evidentemente, los lugares donde más expectación había creado ese mensaje era en los hospitales. Pero por supuesto, Yamato volvió a causar revuelo por su manera de actuar.

Nada más finalizar el comunicado, Maki llamó a Yamato muy enfadada.

–¡Esto no es lo que habíamos acordado! –exclamó Maki.

–Para empezar, no tenías intención de aplicar la Ley de la mano de Dios en ningún momento, ¿o me equivoco? –respondió Yamato desde la azotea del hotel.

–¿De qué hablas?

–Intentas amarrar los deseos de la gente a la ley cuando de hecho, lo consideraste imposible y te das por vencida desde el principio. Por eso he interferido. –Maki seguía callada, lo que la delataba. –He decidido divertirme, puesto que comienza el juego final.

–¡Espera! –pero Yamato había colgado.

–Lo único que me queda es esperar a mis contrincantes. –dijo Yamato para sí mismo.

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–El lugar en el que está grabado el vídeo es donde solía estar el pueblo de Yamato, Ryukoku. Hemos cortado las carreteras y todos los accesos a la presa para que la gente no se acerque. –informaba Ken a Maki, con la presencia de Daigo. –Sin duda, es una declaración de guerra. Considero que debemos deshacernos de él. Causa demasiados problemas.

–¿Pretendes matar a Ishida? –preguntó Daigo.

–No morirá con mecanismos normales. Puede curarse a sí mismo. –dijo Ken.

–¿Entonces?

–Necesitaremos una carta mejor.

–La mano del Diablo. –dijo Maki comprendiendo a lo que se refería Ken.

–He descubierto algo fascinante. Takeru Takaishi es el hermano pequeño de Yamato Ishida. Son hermanos biológicos, aunque Takeru todavía no lo sabe. –dijo Ken.

–¿Planeas hacer que Takeru mate a su propio hermano? –preguntó Maki.

–El primer asesinato de la historia de la humanidad fue entre dos hermanos: Caín y Abel. –dijo Ken como si eso lo justificara. –El hermano mayor mató al pequeño. Esta vez será al revés.

–Takeru no es alguien que te haría caso tan fácilmente. –opinó Daigo.

–Al ser alguien que se preocupa tanto por su familia y Hikari Kamiya, hay muchas formas de convencerlo. –dijo Ken. Daigo y Maki estaban sorprendidos por la frialdad que mostraba Ken. –Alguien se está interponiendo en su camino: su hermano de sangre, que lo separó de su padre. Y si quitamos la relación sanguínea, Takeru se convertirá en un dios de corazón frío e insensible. Considerad esto como la oportunidad de completar el arma definitiva.

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Al día siguiente, Aiko fue ingresada de nuevo tal y como le dijo la niña a Yamato el día anterior.

–Aiko, te dejo aquí los pijamas. –le dijo Sora a su hija mientras colocaba los pijamas perfectamente doblados en el armario de la habitación del hospital.

–Vale. –dijo la niña. Esta vez, fue ingresada en una zona en la que había más niños. Aiko se sentó en la orilla de su cama y se quedó mirando al niño de la cama de al lado. El niño era algo menor que Aiko. Llevaba un vendaje en la cabeza y un brazo en cabestrillo. Con la otra mano jugaba a tirar la pelota hacia arriba y a cogerla. –¿Te gusta el béisbol? –el niño asintió con la cabeza. –Entonces, cuando te recuperes, jugaré contigo a atrapar la pelota.

–Vale. –dijo el niño. Aiko tenía una habilidad especial para congeniar con todo el mundo. Sora, mientras preparaba las cosas de su hija, no podía evitar sonreír. Incluso con lo pequeña que era, era muy protectora con los demás.

–¿En qué curso estás? –le preguntó Aiko.

–Voy al último curso de la escuela infantil. Tengo cinco años. –dijo el niño. Entonces, entró la madre del niño, vestida con un traje de ejecutiva color gris claro. Era Jun, la asistente de Maki Himekawa.

–Shota. ¿Has hecho una nueva amiguita? –preguntó la mujer al ver que había interrumpido la charla de los pequeños. El niño asintió con la cabeza.

–Hola. –saludó Aiko.

–Hola. –saludó Jun. Tras las presentaciones oportunas, Jun y Sora salieron a charlar a una sala de espera del hospital. Tras explicarse mutuamente por qué sus hijos estaban ingresados, para sorpresa de Sora, Jun le contó que era la asistente personal de Maki.

–¿Eres la asistente personal de la Ministra Himekawa? –preguntó Sora.

–Sí, hasta que empecé a serlo, sólo era una madre soltera pasando por momentos muy difíciles, pero cuando acudí a un grupo de ayuda en el que estaba ella, Maki me dijo que quería crear una sociedad en la que las mujeres como nosotras podamos vivir con tranquilidad. Entonces era apasionada, tenía ideas muy claras y la admiraba. Me gustaría que volviera a ser como antes. Pero no debería decir estas cosas. Al fin y al cabo, soy su asistente personal. –dijo Jun. Entonces, Jun vio a Maki caminar hacia ella y se levantó. Llevaba un regalo en la mano. –Señora Ministra.

–He oído que Shota está ingresado. Me quedé preocupada, así que he venido a ver qué tal está y le he traído esto. –dijo Maki mostrando el paquete. Aquel detalle hizo sonreír a Jun. No esperaba que hiciera eso, puesto que sentía que había cambiado respecto al principio de conocerse.

–Gracias, Ministra. –entonces, Jun miró a Sora, que también se levantó y la saludó educadamente. –Su hija también está ingresada en la misma habitación que Shota.

–Vaya, lamento oírlo. –dijo Maki.

–Es por aquí. –dijo Jun, indicando a la ministra hacia la habitación de los niños.

–Enseguida voy. Necesito ir al baño. –dijo Sora.

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Yamato entró a la habitación que le habían dicho en recepción que estaba Aiko Takenouchi ingresada.

–¡Oh, Yamato! –dijo la niña alegrándose de verlo.

–Le he visto en la tele. –dijo Shota.

–¿Por qué estás aquí? –preguntó Aiko con curiosidad poniéndose frente a él.

–He venido a decirte adiós. –contestó él.

–¿Por qué?¿Vas a alguna parte?

–Sí. Esta será la última vez que nos veamos. –dijo Yamato.

–¿De verdad? –preguntó la niña con expresión triste.

–Sí. Por eso, voy a curarte para agradecerte lo que me has enseñado. –dijo Yamato recordando todas las pequeñas charlas que había mantenido con ella.

–¿De verdad vas a curarme?

–Sí. –asintió él. Entonces, Jun y Maki llegaron a la habitación, sin esperar encontrárselo allí. Yamato puso su mano sobre la cabeza de Aiko.

–No. –se negó Aiko. –No tienes que curarme.

–Sabes que no me llevaré lo más preciado para ti. –dijo Yamato para que la niña accediera, especialmente sabiendo que lo más preciado para ella era su madre.

–No es eso. En vez de a mí, cura a Shota. –dijo la niña girando la mirada hacia el niño, que permanecía allí sentado mirándolos. –Le he prometido que jugaría con él al béisbol cuando se recuperara.

–¿No quieres que te cure? –preguntó Yamato sorprendido por la generosidad de la niña

–No. –respondió Aiko.

–Eres igual que tu madre. –dijo Yamato. Entonces, se giró hacia Shota y extendió su mano para posarla sobre su cabeza. –Eres un chico con suerte.

–Yo tampoco quiero. En vez de a mí, cura a Haruki. –se negó Shota señalando a otro niño cuya cama estaba al otro lado de la habitación. Un niño con un gorro que tapaba la calvicie provocada por la quimioterapia.

–¿Tú tampoco quieres que te cure? –preguntó Yamato.

–No.

–Yo estoy bien. –dijo Haruki. El niño señaló a una niña que estaba al lado suyo en una silla de ruedas. –Cura a Miki.

–En vez de a mí, cura a la Profesora Hasebe. Es nuestra maestra en el hospital. Siempre sufre porque se le tensan los hombros. –dijo Haruki el niño del gorro.

–¡Sí, que cure a la Profesora Hasebe. –dijo Shota.

–¿Estáis seguros de que es lo que queréis? –preguntó Yamato.

–¡Sí! –asintieron los niños. Entonces, los niños guiaron a Yamato al aula hospitalaria, donde se estaba desarrollando una clase con otro grupo de niños.

La profesora Hasebe, que ya tenía cierta edad, permanecía sentada contando un cuento a un pequeño grupo de niños pequeños mientras otro grupo de niños algo más mayores realizaban otro tipo de actividad.

–El Señor Oso dijo: "¡Tengo un problema!". –Narraba Hasebe.

–¡Profesora Hasebe! –entraron los niños, con Shota a la cabeza de la "expedición".

–¡Chicos!¿Qué hacéis aquí? Todavía no es vuestro turno. –dijo Hasebe levantándose. Entonces vio a Yamato.

–¿Es usted la Profesora Hasebe? –preguntó Yamato.

–Sí. –asintió ella. Sin decir nada más, extendió su mano hacia ella.

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Cuando Sora volvió a la habitación y comprobó que estaba vacía, se dirigió al aula hospitalaria. Allí, Maki, todavía con el regalo de Shota en la mano, estaba intentando asimilar aquello de lo que había sido testigo. Sora se asomó. Los niños jugaban alegremente y con mucha energía, como si no estuvieran enfermos.

–¡Mamá! –exclamó Shota. –¡Estoy curado!

–¡Shota!¿No te duele? –preguntó Jun. Pero los saltos que pegaba el niño le confirmaban que estaba en perfectas condiciones.

–¡Mamá! –dijo Aiko yendo hacia su madre, que se agachó para ponerse a su altura. –¿Sabes qué? El mago ha usado su magia y nos ha curado a todos.

La niña se abrazó a su madre contentísima mientras Sora intentaba digerir lo que había ocurrido. Cuando volvió a la realidad, se dio cuenta de que Yamato, de alguna manera, siempre se había preocupado por su hija. De hecho, casi siempre que se habían encontrado, había preguntado por ella.

–Los adultos sólo queremos controlar el poder. Pero los niños han renunciado a él orgullosos por ayudar a los demás. –reflexionó Maki sorprendida por la generosidad mostrada por los inocentes niños. Esa lección, marcaría el modo de actuar de Maki, y la ayudaría a volver a ser quien era antes de convertirse en una persona sin escrúpulos.

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Yamato nunca se había sentido tan reconfortado como en aquel momento. Aiko había resultado ser un bálsamo para él. Desde el primer día esa niña se había ganado su corazón. Quizás fuera porque era igualita que su madre, que, a pesar de sus circunstancias, mantuvo su cabeza fría para no claudicar ante su poder, por muy tentador que fuera.

Pero ahora, no podía pensar en ellas dos. Debía terminar con el juego.

Continuará…