Capítulo 18. Anhelo.
–Me alegro de que hayas tenido la iniciativa de venir hasta aquí. –dijo Ken al ver entrar a Takeru, con Daigo Motomiya expectante. –Me has ahorrado mucho tiempo. Hay alguien además de mí que quiere deshacerse de Yamato. Tu padre también quería.
–No digas tonterías. –dijo Takeru seriamente.
–Intentó matar a Yamato y se sacrificó para ello. El poder de Yamato sólo provoca desorden en el país y no podía dejar que algo como lo que ocurrió en Ryukoku volviera a ocurrir. Estaba intentando cumplir su destino. –explicó Ken.
–¿Y si me niego?
–¿De verdad hace falta que te lo diga?
–¿Me estás amenazando? –como respuesta, Ken sonrió de forma maligna y se giró, pero Takeru le puso su mano del Diablo en la espalda.
–Si mato, no sólo será a Yamato. Yo decidiré si acabo con él o no. –le advirtió Takeru. –Pero tú, irás primero.
–¡Quietos! –apareció Sora apuntando con una pistola, seguida de dos agentes de Ken, que creían que Sora seguía trabajando para la Agencia Nacional de Policía. Maki le había dicho a Sora dónde podría encontrar a Ken Ichijouji y permanecía escondida mientras Sora intentaba controlar la situación. Además, no era conveniente para ella que Ken supiera que lo había delatado. –Aparta tus manos del Director Ichijouji.
–Sora. –dijo Takeru. Los agentes entraron pensando que podrían detener a Takeru, pero entonces, Sora les dio el alto. –¡No os mováis! No hay necesidad de que utilices tu poder. En cuanto a Ken, voy a arrestarlo. Director Ichijouji, le pido que venga conmigo. Quiero que me cuente muchas cosas sobre la explosión de la iglesia.
–¿De qué estás hablando? –preguntó Ken.
–En el lugar de la explosión se han encontrado piezas de móvil un poco especiales. Las dejó Kenta Ninomiya cuando le ordenaste manipular el detonador de la bomba. –explicó Sora.
–¿Y? ¿Tienes una orden de arresto? –preguntó Ken sin desmentirlo. –¡No tienes autoridad para detenerme!¡Lo que estoy haciendo es por la seguridad del país!¡Tendríamos problemas si tuviera que ocuparme de asuntos policiales como tú!
–¿De qué hablas?
–¡Cualquiera que quiera crear una sociedad fácil y limpia de escoria debe tener a alguien que se ocupe de la basura! –exclamó Ken. –¡Y eso no puede hacerse con métodos limpios! No te niego que como oficial de policía tienes mucho valor, pero con el poder insignificante que tienes, no podrás alterar mis planes. No lo olvides.
–¡Señor Director! –apareció otro agente de Ken, sin esperar aquella escena.
–¿Qué pasa? –preguntó este.
–Ishida ha anunciado el lugar y la hora. –informó el agente. Aquella información distrajo a todos los presentes, momento que aprovechó Ken para revolverse y empujar a Takeru. Los agentes de Ken no tardaron en sacar sus armas y tomar el control. Mientras, Ken encendió la televisión.
–Yamato Ishida acaba de anunciar el lugar y la hora a la que pondrá a su disposición su milagrosa habilidad. Aquí tenemos el vídeo. –anunciaba el presentador de informativos en un avance de última hora dando paso al nuevo mensaje de Yamato, que estaba grabado desde el mismo lugar que el anterior.
–El lugar será la presa de Ryukoku, en la Prefactura de Fukushima,mañana a mediodía. –dijo Yamato.
–Mucha gente ya está intentando llegar al lugar, pero la autopista y las carreteras de acceso están cortadas por la policía. –decía el periodista. Ken apagó la televisión.
–Hablaremos allí. Vamos. –le dijo Ken a Sora, pero antes de continuar, se giró hacia Takeru. –Por cierto, Yamato puede curarse a sí mismo. Su muerte debe de ser instantánea. El hombre poseedor de la mano de Dios sólo puede ser eliminado por el que posee la mano del Diablo, o sea, tú. Tu padre no consiguió parar a Yamato, así que, ahora es tu destino.
Tras decir aquello, Ken y los agentes se marcharon, dejando solos a Daigo, Sora y Takeru.
–No deberías utilizar tu poder según le convenga a Ken. –le dijo Sora. –Yamato es…
–No pintas nada aquí. –le dijo Takeru fríamente, antes de que Sora pudiera confesarle que Yamato era su hermano. –Utilizaré mi poder siguiendo mi propio juicio.
–Yo te llevaré. –se ofreció Daigo.
Cuando se marcharon, Maki salió de su escondite.
–¿De verdad pretendes arrestar a Ken? –preguntó Maki.
–Sí. –asintió Sora.
–Si quieres hacerlo, no me importará echarte una mano. –le dijo Maki.
–No, gracias. –dijo Sora tras una pausa. –Siento que confiar en ti no está bien. Siento que debo hacerlo por mí misma. Después de todo, es mi trabajo.
–Veo que eres una mujer muy fuerte. –dijo Maki sin tomarse a mal que hubiera rechazado su ayuda.
–Gracias. Si me disculpa. –dijo Sora antes de marcharse.
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–¿Estoy haciendo lo correcto, Taichi? –se preguntó Sora como si Taichi fuera a darle la clave de todo. Era en momentos como aquellos que lo echaba especialmente de menos.
Flashback.
–Eres torpe como yo y no puedes ser otra cosa que detective. Si tienes tiempo para pensar en cosas inútiles, entonces ve al lugar de los hechos directamente. –le dijo Taichi en uno de los tantos consejos que le dio en vida.
Fin del flashback.
Alentada por el recuerdo de Taichi, Sora se montó en su coche y se fue a casa. El día siguiente sería un día muy largo.
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Takeru fue a la Institución Futaba. Por suerte, sólo quedó afectada la zona de la iglesia, mientras que la zona residencial había quedado intacta. Allí, le dijeron dónde habían enterrado a Hiroaki, por lo que se dirigió allí antes de ir a la presa de Ryukoku.
Flashback.
–La mano del Diablo existe para eliminar a la mano de Dios. –le confesó Hiroaki. –Ese es tu destino.
Fin del flashback.
Flashback.
–¿Qué haréis por mí? Encontrad la respuesta y venid.
Fin del flashback.
Tras mirarse la mano frente a la tumba de su padre biológico, Takeru tomo una decisión y se dirigió hacia el coche de Daigo. Allí, en el lugar acordado, lo esperaba tanto Daigo como Daisuke. Takeru se sorprendió de verlo allí. Además, no vestía con ropa propia de un pandillero como solía, sino que llevaba un traje de chaqueta, aunque sin corbata.
–Voy a disculparme con las Kamiya. He decidido cambiar mi vida. –dijo Daisuke.
–Es lo que ha decidido y como padre, es mi responsabilidad apoyarle. Yo también asumiré mi culpa, lo que ocasionará algunos problemas a la Ministra Himekawa.–dijo Daigo asumiendo su parte de culpa, hablando de las contribuciones ilícitas. –Nos has salvado, Takeru, y tenemos la oportunidad de redimirnos por nuestros errores. No dejaremos que Ken vuelva a interponerse en nuestro camino.
–Señor Motomiya, eso no es algo que deba hacer usted. –Takeru se acercó a Daigo, que pensó que iba a matarlo, pero Takeru sólo le sacó una pistola que tenía en el interior de la chaqueta. –Por favor, espere a que vuelva su hijo. Esa es su obligación.
–Tiene razón, Papá. –dijo Daisuke. Sin decir nada más, echó a andar al lugar donde se refugiaban las Kamiya.
–¡Te esperaré, Hijo! –le dijo su padre.
Daigo y Takeru se montaron en el coche y se dirigieron a la presa de Ryukoku.
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Cerca de Ryukoku se agolpaba una multitud deseosa de que Yamato Ishida ejerciera su poder sobre ellos para que les curara sus enfermedades y dolencias. Pero la zona estaba cortada por la policía, que le costaba cada vez más retener a las masas.
Mientras tanto, Kenta y Sora, cuando llegaron a una zona por la que ya no podían avanzar más, siguieron caminando por el monte.
–Podremos llegar a la presa por aquí. –dijo Kenta al pasar cerca del monolito con la imagen de la cruz abrazada por el dragón. –Cogí esta ruta secreta para marcharme de aquí con Yamato.
–¡Eh, vosotros! ¡¿A dónde creéis que vais?! –dijo un policía con uniforme que vigilaba la zona y había percibido movimiento. Entonces, sin ni siquiera dejar a Sora enseñar su placa, Kenta fue corriendo y se abalanzó sobre el policía.
–¡Corre!¡No te preocupes por mí! –dijo Kenta para que Sora pudiera seguir avanzando. –¡No volveré a esconderme más!¡Salva a Yamato!¡Dile que pagaré por los crímenes que le obligué pagar a él!¡Venga, date prisa!¡Salva a Yamato!
Convencida por Kenta, Sora siguió corriendo por el monte.
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–Gracias por traerme. –le dijo Takeru a Daigo mientras se quitaba el cinturón y salía del coche. Ya no se podía avanzar más, porque estaba todo repleto de coches y lleno de policía.
–Takaishi. –le dijo Daigo haciendo que se detuviera. –De nuevo has vuelto a salvarme. ¿Vas a matar a Ishida? Tú eres…
Pero Takeru sólo asintió con la cabeza y comenzó a andar. Entre las personas que se acercaban, había personas que ayudaban a sus familiares enfermos. Entonces le sonó el móvil.
–Hikari.
–Takeru, no te lo vas a creer.
Flashback.
Cuando Hikari abrió la puerta de su nueva residencia, no esperaba ver a Daisuke Motomiya allí parado y vestido de manera muy formal. Al principio se puso en alerta, pero el chico tenía una expresión de perro apaleado.
–Daisuke. –dijo Hikari. Al escuchar a su hija, Yuuko se apresuró a salir, pero a diferencia de la última vez que se encontraron con él, éste tenía una verdadera expresión de arrepentimiento. Sin decir nada, Daisuke se arrodilló y agachó la cabeza hasta apoyar su frente en el suelo.
–Lo siento mucho. –se disculpó Daisuke. Hikari lo tocó del hombro para hacerle saber que estaba todo perdonado.
Fin del flashback.
–Me alegro mucho, Hikari. Ahora podéis respirar tranquilas. –dijo él.
–Takeru, ¿de casualidad no habrás ido donde está Yamato? –preguntó Hikari, que intuía la respuesta. Pero Takeru ya no contestó. Colgó y se abrió paso entre la multitud. Como había subordinados de Ken allí por si llegaba, dieron instrucciones a los policías que retenían a la multitud para que lo dejaran pasar.
–Dejadle pasar. –ordenó un Agente de la Agencia Nacional. Los policías abrieron las vallas y los antidisturbios que estaban en la retaguardia también lo dejaron pasar. En seguida, el agente avisó a Ken por radio.
–Takaishi acaba de pasar el cinturón de seguridad. –informó el agente.
–Perfecto. –dijo Ken, que estaba en una zona más alta desde la que podía ver lo más alto de la presa, donde estaba Yamato. A su lado, tenía un rifle preparado.
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Cuando Yamato sintió llegar a Takeru, se dio la vuelta para ponerse frente a él. Takeru llevaba un vaquero azul y una camisa blanca remangada, mientras que Yamato, como de costumbre, vestía con una camisa negra y un pantalón azul marino.
–Te he estado esperando, Takeru. –dijo Yamato. –Tienes dos opciones: la primera es matarme aquí mismo.
–¿Y la otra?
–Contarle al mundo tu poder y convertirte en un dios conmigo. –dijo Yamato. –Un dios no sólo trae milagros y felicidad a la gente. A veces también castiga duramente. El poder de administrar vida y el poder de administrar muerte. Si se juntan, se convierten en la mano de Dios, capaces de cambiar el mundo. Sin embargo, para convertirse en Dios y cambiar el mundo, es necesario despojarse del corazón.
–¿Despojarse del corazón?
–¿Empezamos aquí, o acabamos aquí? –preguntó Yamato dando a elegir a Takeru.
–¿Convertirse en dios significa deshacerse de nuestras emociones como seres humanos? ¿Significa cortar el vínculo con la gente que te importa y que amas, como tus padres, hermanos, tus amigos o tu pareja? Si es lo que realmente quieres, te mataré. –dijo acercándose unos pasos hacia Yamato. Cuando fue a posar su mano en el cuello de Yamato, un disparo al aire lo evitó.
Era Sora.
–¡Para, Takeru! –dijo Sora acercándose a ellos. –Yamato es…
–¡No! –la interrumpió Yamato, que no quería que Takeru se enterara de la verdad.
–Lo sé. –dijo Takeru. –Tu amor es demasiado profundo. Lo hiciste todo por mi bien. Eres mi hermano mayor, ¿verdad?
–Si lo sabes, no lo mates, por favor. –le pidió Sora. –La razón no importa. ¡No puedes matar a tu propio hermano!
–Es precisamente porque somos hermanos. Me has hecho enfrentarme a mi poder y a vivir sin que me utilicen. Lo has hecho como otro ser humano con un poder especial; lo has hecho como mi único hermano. Esta es la última vez que me pruebas. Tu último deseo es que acabe contigo. Si es así, no puedo huir. Con la mano del Diablo, eliminaré a la mano de Dios.
Takeru volvió a poner su mano en el cuello de Yamato. Tras mirarse a los ojos, Yamato cerró los suyos esperando el inevitable desenlace. Pero el final no llegaba, por lo que volvió a abrirlos, viendo brillar los de su hermano.
–¿Por qué dudas? –preguntó Yamato. –¡Mátame ya!
–¡Para, Takeru, no lo hagas! –le pedía Sora, a la que se le empezaban a saltar las lágrimas.
–Tienes claro qué es lo que anhelo: mi soledad. Sólo con eso puedo morir en paz. –Yamato asió la mano de Takeru para ajustarla mejor a su cuello. –Mátame. Déjame volver a ser un ser humano normal.
Takeru apartó su mano del cuello de Yamato.
–¿Por qué no lo mata? –se preguntó Ken desesperado dirigiéndose hacia los hermanos a paso ligero y armado con el rifle. –¡No hace falta ningún dios!
Ken apuntó a Yamato, que estaba de perfil y no lo vio, pero Takeru sí, interponiéndose en el disparo. Takeru recibió un balazo en el hombro derecho.
–¡Takeru! –exclamó Sora al verlo caer al suelo. Ken volvió a apuntar a Yamato, pero Sora, que seguía teniendo su pistola en la mano fue más rápida y le disparó en la pierna. Al caer, Sora se dirigió hacia Ken para controlarlo.
Yamato se agachó junto a su hermano. La camisa blanca de Takeru comenzó a teñirse de rojo en la zona del disparo.
–No tienes que curarme. –le dijo Takeru respirando con dificultad cuando percibió que Yamato dirigía su mano a su hombro. –Me prometiste que no utilizarías tu poder en mi presencia. No uses ese poder en mí.
–Podrías morir. –dijo Yamato, omitiendo el hecho que ya rompió su promesa cuando lo utilizó para que no muriera por la explosión de la bomba de la iglesia.
Mientras tanto, Sora apuntaba con su arma a Ken, todavía en el suelo herido en su pierna izquierda.
–¡Takenouchi! –exclamó Ken.
–Tu orden de detención ya ha salido. –le dijo Sora.
–¿Qué?
–He recibido una llamada de la Ministra Himekawa. –le dijo Sora.
Flashback.
–He hablado con la Agencia Nacional de Policía. –le dijo Maki desde su coche oficial, llevando un traje rosa palo.
–Si arrestamos a Ken, entonces su posición…
–No te preocupes por eso y cumple con tu deber. Es por el bien del futuro. –dijo Maki.
Fin del flashback.
–¿La Ministra me ha traicionado? –musitó Ken.
–Los poderes especiales vuelven loca a la gente. –dijo Sora bajando el arma. –Pero quien más ha perdido…
–No me he vuelto loco. –dijo Ken, a pesar de que su cara demencial reflejara todo lo contrario. –¡Hércules matará al perro de Ortros!
Ken cogió el rifle en un rápido movimiento y disparó a Yamato, acertando en la zona baja de las costillas de su lado izquierdo. Debido al disparo, Yamato retrocedió hacia atrás, apoyando su espalda en la baranda que protegía de caer al agua del río.
Al verlo, Sora le dio una patada a Ken desarmándolo. Cuando este estiró el brazo para recuperar el arma, Sora le puso uno de los grilletes de las esposas en el brazo que tenía más atrasado.
–¡No me esposes! –exclamó él. Pero ella no hizo caso y lo terminó de esposar. –¡Sólo yo puedo crear una sociedad ideal!
Kyotaro y Iori, que aparecieron por detrás, lo agarraron de las axilas y se lo llevaron. Sora se alegró de que por fin llegaran los refuerzos para perder de vista a alguien tan maligno como Ken.
Al ver que Ken estaba controlado por sus compañeros, Sora giró la cabeza y vio que Yamato se estaba desangrando apoyado en la baranda.
–Me alegro de que al fin lo hayas conseguido. –le dijo Yamato a Sora de forma entrecortada, debido a la debilidad causada por su herida.
A pesar del dolor, Takeru por fin consiguió levantarse y ponerse junto a Yamato, que seguía apoyado en la baranda.
–¿Estás bien? –preguntó Yamato.
–No te preocupes por mí. Tu herida es mucho peor que la mía. –dijo Takeru. Era cierto, la zona del disparo de Yamato era mucho más delicada. –¡Rápido, cúrate!
–Te lo prometí, ¿recuerdas? Te prometí que no usaría mi poder.
–No seas idiota.
–Es la misma sensación de antes contigo. Por fin nos comprendemos. Cuando era niño, lo que me salvó de mi soledad fueron tus sonrisas y las de Mamá. Quiero volver a aquellos años. –confesó Yamato. Entonces, tras mirar al lugar donde el pueblo debía estar sumergido, miró a Takeru a los ojos. –Por favor Takeru, sácame de esta miseria con tu poder. Quiero que le pongas fin a esto.
Tras pedirle eso, a Yamato se le escapó una lágrima. Takeru, que realmente veía anhelo en los ojos de su hermano, también se le comenzaban a aguar los ojos. Cuando fue a alzar el brazo para llevar su mano al cuello de Yamato, el dolor del hombro por el disparo se lo impidió.
–Pareces un bebé. –dijo Yamato al ver la debilidad de su hermano. Así que, posó su mano en la herida de Takeru y se la curó, volviendo a romper su promesa. Una vez curada, Takeru, esta vez sin ningún tipo de dolor, llevó su mano al cuello de Yamato mientras este lo seguía mirando con cariño y anhelo.
–¡No, Takeru!¡Para, por favor! –gritó Sora corriendo hacia ellos.
–Hermano. –dijo Takeru. Cuando la lágrima se le escapó, Yamato, al ver la duda en Takeru, fue él mismo quién se dejó caer hacia abajo, pero Takeru logró retenerlo agarrándolo de la mano antes de que pudiera caer al vacío.
–Déjame ir. –le pidió Yamato, mirando la cara de esfuerzo de Takeru, que intentaba que no cayera al agua de la presa.
–¡Ni hablar!¡Ahora que nos comprendemos no voy a dejarte! –dijo Takeru.
–Takeru.
–Mientras estemos juntos, todo estará bien. –dijo Takeru, al que se le derramaban las lágrimas. Takeru agarró a Yamato más fuerte para subirlo, pero su pie de apoyo resbaló, cayendo los dos hermanos al agua.
A pesar de la caída de gran altura, los dos hermanos seguían vivos bajo el agua. Yamato volvió a sujetar la mano de Takeru, que se había soltado con la caída, mientras que se comunicaban con la mirada.
–Quiero morir por tu poder, tal y como dice la leyenda.
Las manos agarradas de los hermanos, adquirieron color azul durante un instante. Finalmente, las manos se separaron.
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Sora miraba asomada por la baranda esperando a que salieran a la superficie, pero los minutos pasaban y ninguno salía.
–¡Nooo!
En el bordillo desde el que Takeru había intentado subir a Yamato, estaba el amuleto de la suerte.
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Un año después.
–¡Para conseguir la felicidad, no hacen falta poderes especiales!¡La grandeza está en ser insignificantes!¡Yo he vuelto a la casilla de salida!¡No tengo nada salvo mi poca fuerza, pero con la que intentaré cambiar las cosas a mejor! –decía Maki en un pequeño mitin con poca gente a las puertas del metro. Desde lo que presenció en el hospital, renunció a la presidencia del gobierno y decidió volver a empezar con humildad. Por lo que decidió que de momento, se presentaría a la alcaldía y poco a poco volvería a escalar posiciones de una forma más humilde y menos egoísta.
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Sora estaba trabajando en uno de sus casos cuando recibió la llamada de Jou.
–A Aiko le ha bajado la fiebre y está mucho mejor. –le dijo Jou.
–¿Qué tal te ha ido el cambio a pediatría? –le preguntó Sora una vez que Jou le aseguró que su hija estaba bien de un catarro que había cogido.
–Estoy inesperadamente bien con los vivos. –dijo Jou, que pidió el traslado al ala pediátrica de un hospital.
Nada más colgar, la llamó Koushiro.
–Hoy se disuelve el equipo de análisis de ADN de Yamato. –le dijo Koushiro desde el laboratorio. –Todo lo que hemos averiguado es que eran seres humanos completamente normales. No tenemos que depositar nuestra fe en Yamato. Asumiré el reto de fabricar nuevos tratamientos por medio de la investigación.
–Buena suerte. –le deseó Sora mientras caminaba por la calle.
–Sora, ¿quieres tener una cita conmigo? –preguntó Koushiro armándose de valor.
–Ni hablar. –se apresuró a decir ella sonriendo antes de colgar.
Por fin, llegó al nuevo instituto en el que trabajaba Takeru. Cuando los alumnos salieron, Sora entró en el aula de Takeru.
–Dime. ¿Qué ha sido de Yamato? Su cuerpo jamás fue encontrado en la presa. Tal y como decía la leyenda, ¿tú…
–Tengo la sensación de que la leyenda se equivocaba. –dijo Takeru interrumpiendo la pregunta de Sora.
–¿Qué?
–Quizás, para que mi mano eliminara a la mano de Dios, no significaba que tuviera que matar a mi hermano, sino sólo eliminar su poder. –dijo Takeru.
–Entonces, ¿Yamato perdió el poder de la mano de Dios?
–También mi poder.
–¿Ha desaparecido?
–No lo sé. –dijo Takeru sonriendo. Su poder sería mucho más difícil de comprobar a no ser que quisiera matar a alguien. –Pero lo siento así. Al eliminar el poder de la mano de Dios, mi mano ha cumplido con su deber. El único trabajo que puedo hacer es el de profesor. Ver a los chavales crecer día a día y animarles a seguir adelante. Ese es mi destino ahora.
Sora le ofreció una cálida sonrisa al ver que por fin, estaba volviendo a ser quien era.
Si era cierto lo que Takeru decía y Yamato seguía vivo, quizás intentara dar con su paradero. No sería difícil con su trabajo. Todavía no había borrado de su mente aquel beso que le robó. Pero sobretodo, no olvidaba cómo era con su hija. Estaba segura que Aiko le robó el corazón al frío y calculador Yamato.
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Cuando Takeru volvía a su apartamento, vio una caja en la que había un cachorro de perro.
–Oye, ¿a quién tenemos aquí? –dijo Takeru agachándose para acariciar al pobre perro. Si por él fuera, se lo llevaría, pero en su edificio no permitían tener animales. –Espero que te adopte una buena persona.
Apenas unos segundos después, Yamato Ishida, que daba un paseo, escuchó el gemido de un cachorro. Al mirar, vio una caja y al asomarse, vio dentro a un pequeño cachorro de Shiba Inu abandonado. Entonces vio que tenía sangre en su patita delantera.
–¿Estás herido? –preguntó Yamato. Puso su mano sobre la patita herida y le sonrió. Pero ya no podía curar. Lo que sí que podía, era entender mejor que nadie cómo podía sentirse ese perrito, porque también fue abandonado de niño. –¿Quieres venir a casa conmigo? Yo te cuidaré. Te llamaré Gabumon.
Fin.
Notas de autora: pues hasta aquí esta historia. Espero que os haya gustado. Nos leemos.
